El estado de la cuestión (con algunas apostillas) es, más o menos, el siguiente: los antropólogos de antaño, políticamente incorrectos, pensaban que el hombre primitivo no superaba el mero pensamiento asociativo, una especie de sintaxis formada por oraciones simples y conjunciones copulativas, por lo que no alcanzaba en ningún caso el pleno pensamiento lógico; dicho con otras palabras, nuestros ancestros filogenéticos o no razonaban o lo hacían torpemente. El corolario de esta burda ideología colonial era que un pensamiento débil propiciaba una cultura poco avanzada y viceversa.
Otro dislate posterior sobre el tema -no menos recurrente- afirmaba que el hombre primitivo era menos inteligente que el hombre actual (sin entrar en más detalles sobre la definición de inteligencia). Ahora, la causa del pensamiento débil no era una cultura indigente (primer concepto discutible) sino la falta de desarrollo psicológico (otra dudosa expresión). La conclusión de esta interesada falsedad era que la mente del hombre primitivo era muy parecida a la del niño. Y a los niños, ya se sabe, hay que cuidarlos porque todavía no son capaces de valerse por sí mismos…
La antropología cultural de nuestros días, con pretensiones de ciencia positiva, una vez que ha depurado concienzudamente los residuos de un etnocentrismo anacrónico, demuestra que el hombre primitivo no tiene constitutivamente una mente inferior al hombre actual, sino sólo una cultura diferente. Para unos fines será más inteligente el hombre actual y para otros el hombre primitivo. Estas reflexiones surgieron cuando los sagaces antropólogos advirtieron que perpetrar sofisticadas tecnologías que pueden acabar con el planeta no es más clarividente que vivir pacíficamente al margen del progreso a orillas de un lago africano.
La contraposición entre racionalismo y empirismo como arquetipos del saber repunta con fuerza en ciertas consideraciones actuales sobre la mente del hombre primitivo. Por un lado está el racionalismo especulativo, al que cualquier problema le parece un abismo profundo y un horizonte cuyo sentido hay que construir más allá de los hechos percibidos; por otro, el empirismo, atento en exclusiva al significado epidérmico (el único posible y válido) de los acontecimientos que nuestros sentidos infalibles observan en el mundo.
El ejemplo más notable del racionalismo contemporáneo es Levi Strauss, creador del estructuralismo en antropología. Levi-Strauss afirma que mientras las principales corrientes de la antropología cultural (evolucionismo, difusionismo, funcionalismo) se han ocupado de estudiar las manifestaciones particulares de las distintas sociedades, de señalar sus semejanzas y diferencias, lo que pretende la antropología estructural es descubrir las estructuras profundas, universales y necesarias, que explican en última instancia los complejos e instituciones de cualquier cultura. El principal supuesto teórico de la antropología estructural es la oposición entre hechos sociales (cultura) y sistemas subyacentes (estructura). Levi Strauss investigó en tres obras admirables las estructuras elementales del parentesco, los sistemas de clasificación del pensamiento salvaje y las reglas inmutables de los mitos. Concluye con la hipótesis (ambiciosa, pero no verificable) de que más allá de las normas culturales o de las formas de organización social que varían de unos pueblos a otros, hay unas estructuras comunes que tienen su origen en la organización psicológica, lógica y epistemológica de la mente. Se trata, con palabras de Levi Strauss, de una especie de inconsciente colectivo del pensamiento, una unidad psíquica de la humanidad, que se proyecta de forma idéntica en las reglas, símbolos y necesidades que forman parte de la psicología colectiva de los pueblos.
Su obra El pensamiento salvaje, comienza con el análisis de lo que denomina "ciencia de lo concreto", el modo específico en el que se presenta el pensamiento de los pueblos sin historia.
Según Levi Strauss, no es cierto que las sociedades primitivas tengan un pensamiento menos complejo o profundo que el de las sociedades avanzadas. Los argumentos que intentan convencernos de que el lenguaje “primitivo” carece de conceptos abstractos para representar la realidad y tiene menos términos concretos para describirla, han sido refutados, según el autor, por las observaciones empíricas. La investigación de campo nos muestra que en esos pueblos existen las mismas preocupaciones intelectivas que en las añejas sociedades europeas. El pensamiento salvaje está dotado de una extensa terminología naturalista y de acertadas clasificaciones que le permiten distinguir miles de especies de la flora y de la fauna. Los conocimientos de estas sociedades, lejos de tener un significado meramente utilitario e inmediato, como se conjeturaba, tienen más bien la función expresa de organizar el entorno y conocer a fondo el orden de las cosas.
Levi Strauss sugiere que no hay contraposición sino homología entre el pensamiento científico y el pensamiento mágico.
Los rasgos del primero serían el realismo (la naturaleza o la sociedad pueden ser pensadas tal y como son en sí mismas, en su apariencia y fundamento) y el determinismo (los fenómenos naturales, incluso los humanos, están sujetos al principio de causalidad universal).
El segundo postularía distintos niveles de realidad (materiales, biológicos, espirituales, sobrenaturales) algunos de los cuales admiten explicaciones objetivas y causales que no serían aplicables a los otros. El pensamiento mágico debe ser entendido como una anticipación gradual, sin duda inconsciente pero efectiva, del pensamiento científico. Aunque de esto no cabe inferir que el pensamiento mágico sea una forma de ciencia balbuciente o sabiduría prelógica. El totemismo o la magia no son saberes puntuales y fragmentarios, sino dos sistemas completos, tan perfectamente articulados como la misma ciencia experimental.
Lo que subyace detrás del pensamiento salvaje y del moderno son ciertas estructuras comunes o universales psico-lógicos que se manifiestan en ambas formas del saber. La organización psicológica y lógica del pensamiento hace imposible la dicotomía o separación radical entre magia y ciencia; esta organización incluye operaciones y reglas imposibles de soslayar sea cual sea la etapa de la evolución cultural en la que nos encontremos.

