sábado, 26 de mayo de 2012

Diccionario filosófico. Liberal


Mucho ha llovido desde la toma de la Bastilla. En la actualidad, dícese liberal del seguidor de una ideología conservadora cuyo principio es el respeto al adversario… en la oposición. Si los liberales pierden el poder en las urnas se apoyan en los poderes fácticos para recuperarlo a cualquier precio mediante la estrategia del golpe de Estado permanente (fórmula acuñada por François Mitterrand en sentido inverso); un golpe institucional, por supuesto, aunque antaño no dudaron en recurrir a métodos más contundentes. Muchos políticos liberales responden a otro nombre.
Sus ideas sirven de soporte a los desmanes del liberalismo económico (en realidad son cara y cruz de la misma moneda), es decir, del capital financiero desatado que ha traído a Europa la peste de la crisis (más bien la gran estafa).
“Individuo” es la palabra mágica que blanden. Significa que alguien nacido en la clase alta es capaz de mantener sus privilegios e incluso ampliarlos por méritos propios. El auténtico liberal es partidario de fomentar y proteger aquellos derechos y libertades individuales que le permiten a él ser igual ante la ley.
Mientras otros credos sostienen la verdad de sus ideas, el liberalismo avala la validez relativa de todas. Decía en clave marxista la pensadora Simone de Beauvoir: la verdad es una y los errores son muchos, por eso la derecha es pluralista. Sería más exacto decir: el pluralismo es el antifaz de la derecha liberal para ocultar el engendro del pensamiento único.     
El maestro fundador del liberalismo es Adam Smith y su ley de la gravitación social: Dejad hacer, dejad pasar, el mundo marcha por sí mismo; traducido: cuantas más riquezas acaparo más felices son los demás. Una visión ciertamente filantrópica.

Del liberalismo ético, símbolo de la tolerancia universal, muy poco. Decía con razón mi amigo Javier, algo escorado a la izquierda: Lo malo de los liberales es que al final no son nada liberales.

domingo, 20 de mayo de 2012

La visión trágica del lenguaje


En los albores del hombre surgieron los primeros signos del nombrar constituyente de las cosas; surgen también en los balbuceos del niño que aprende la lengua materna y en la disputa del escritor con las palabras, el poeta.


Para el escritor, la lucha por la vida se juega en el lenguaje. Sabe muy bien que la verdad gusta de ocultarse y cuanto más valiosa es la palabra más difícil resulta de entender. El decir relajado y común se extravía en la evidencia. La experiencia ambigua o misteriosa se transforma en convención, normalidad, hábito… El auténtico lenguaje literario nada tiene que ver con los usos correctos, las reglas gramaticales o la competencia del hablante.


Navegar en la corriente fácil del discurso, dice Adorno, es para el escritor la señal inequívoca del fracaso: sabe lo que quiere porque sabe lo que el otro quiere. Sólo lo que no precisa ser comprendido resulta comprensible. La simplicidad de la expresión, la pureza engañosa del estilo, la descripción trivial de las cosas, alumbran el fraude. Es sabido que la industria cultural promueve una literatura de digestión fácil y sin sobresaltos, por más que el estrépito de la acción o la magnitud del drama aneguen las páginas.


Insiste Adorno, el lenguaje cotidiano no es neutral, ni siquiera en las formas más gentiles: La propia amabilidad del habla supone una participación en la injusticia al dar a un mundo frío la apariencia de un lugar en el que todavía es posible hablar con los demás. Y concluye con una mirada heroica: para el escritor la soledad no quebrantada es el único estado en que aun puede dar pruebas de solidaridad. La visión trágica del lenguaje.


Para mí el paradigma de la visión trágica del lenguaje, transfigurada, es la poesía de Baudelaire. En otra entrada me atreví a traducir y comentar el soneto Á une passante. Hoy me he decidido por otra de las flores del mal.


Obsession


Grands bois, vous m'effrayez comme des cathédrales;
Vous hurlez comme l'orgue; et dans nos coeurs maudits,
Chambres d'éternel deuil où vibrent de vieux râles,
Répondent les échos de vos De profundis.


Je te hais, Océan! tes bonds et tes tumultes,
Mon esprit les retrouve en lui; ce rire amer
De l'homme vaincu, plein de sanglots et d'insultes,
Je l'entends dans le rire énorme de la mer.


Comme tu me plairais, ô nuit! sans ces étoiles
Dont la lumière parle un langage connu!
Car je cherche le vide, et le noir et le nu!


Mais les ténèbres sont elles-mêmes des toiles
Où vivent, jaillissant de mon oeil par milliers,
Des êtres disparus aux regards familiers.


Les Fleurs du mal, pièce LXXIX

Obsesión


Grandes bosques, me aterrorizáis como las catedrales:
Aulláis como el órgano; y en nuestros corazones malditos,
Estancias del duelo eterno donde vibran viejos estertores,
Contestan los ecos de vuestros De profundis.


¡Yo te odio, Océano! Tus vaivenes y tumultos,
Mi espíritu los halla en mí mismo; esa risa amarga
Del hombre vencido, lleno de sollozos y de injurias,
Los escucho en la risa inmensa del mar.


¡Como me cautivarías, oh noche! sin esas estrellas
En las que la luz habla un lenguaje conocido!
Pues busco el vacío, y lo negro, y lo desnudo!


Pero las tinieblas son en sí mismas lienzos
Donde habitan, tras surgir de mis ojos por miríadas,
seres desaparecidos a las miradas familiares.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Imágenes y palabras


Giorgio Agamben, Profanaciones. Desear

Desear es lo más simple y humano que existe. ¿Por qué, entonces, nuestros deseos nos resultan inconfesables? ¿Por qué es tan difícil ponerlos en palabras? Tan difícil que terminamos por esconderlos; construimos para ellos una cripta en alguna parte de nosotros, donde permanecen embalsamados, a la espera.

No podemos trasladar al lenguaje nuestros deseos porque los hemos imaginado. En realidad la cripta sólo contiene imágenes, como un libro de figuras para niños que todavía no saben leer, como las images d’Epinal de un pueblo analfabeto. El cuerpo de los deseos es una imagen. Lo inconfesable del deseo es la imagen que nos hemos hecho de él.

Comunicar a alguien los propios deseos sin las imágenes sería brutal. Comunicarles las propias imágenes sin los deseos, un aburrimiento (como contar los sueños o los viajes). Pero, en ambos casos, resulta fácil. Comunicar los deseos imaginados y las imágenes deseadas es la tarea más ardua. Por eso la postergamos. Hasta el momento en que comenzamos a comprender que el asunto quedará para siempre sin despachar. Que nosotros mismos somos deseos inconfesados, para siempre prisioneros en la cripta.

El mesías viene por nuestros deseos. Él los separa de las imágenes para satisfacerlos. O mejor dicho, para mostrarlos ya satisfechos. Aquello que hemos imaginado ya lo hemos tenido. Quedan –imposibles de satisfacer- las imágenes de lo que ha sido satisfecho. Con los deseos satisfechos, él construye el infierno; con las imágenes que no pueden ser satisfechas, el limbo. Con el deseo imaginado, con la pura palabra, la beatitud del paraíso.

lunes, 14 de mayo de 2012

Democracia biosocial


¿Cuál es la forma del Estado que hace al hombre más libre y, por tanto, más feliz? Descartamos los Estados autoritarios, totalitarios o integristas. Nos quedan dos modelos: el Estado neoliberal, propio de Estados Unidos y el Estado del bienestar, el sistema extinto de la Unión Europea (ejemplos ambos de una democracia representativa). La llamada “democracia participativa” es una prolongación maquillada, camuflada de nuevas tecnologías, del viejo contrato social. No me convence ninguna y más con lo que está cayendo.

Me quedo con un modelo de sociedad civil que no existe y dudo que se esté gestando. Lo elijo por su carácter imaginario, abierto a la especulación, no sometido aun al desgaste del oprobio; es decir, por su carácter utópico. Son muchas las formas utópicas del Estado, algunas triviales, otras peligrosas, pero, entre todas, propongo la democracia biosocial: precisamente porque no sabemos de qué se trata y porque cada ciudadano puede llenar el molde de la libertad con sus fantasmas antropológicos. Yo también tengo los míos, y aunque contemplo la ficción como un lienzo en blanco, me voy a permitir algunos devaneos.

Sostengo que los puntales de esa sociedad ideal son la familia extensa, el matriarcado y la poliandria.

La familia extensa organiza el parentesco mediante la unión de un conjunto de familias consanguíneas con sus cónyuges e hijos respectivos. Lo característico de la familia extensa es la ampliación de la crianza y la educación filial. Unas veces, la mujer tiene las mismas obligaciones y afectos hacia sus sobrinos y sobrinas carnales que hacia sus hijos. Otras, el hombre se ocupa de los hijos de sus hermanas, mientras los suyos están a cargo de los hermanos de su esposa. (¡Vaya lío!). Dicho de otro modo: de las dos familias a las que pertenecen, tienen más obligaciones y vínculos emocionales con la familia en la que han nacido que con la familia que han creado. La familia extensa consiste en una parentela central de hermanos, hermanas e hijos comunes y una periferia conyugal. ¡No les parece perfecta!

Si quieren entender las razones a favor de la familia extensa, lean la entrada del blog El mal en el mundo. Mi proyecto es de carácter sociobiológico: defendemos que la cultura interactúe con la biología desde otros principios fundacionales. Respaldamos la continua y profunda interacción entre ambas en un proceso único cuya consecuencia sea la aparición de una realidad biosocial eficiente, de un hombre nuevo, evolucionado, adaptado a la vida en las sociedades complejas, dotado para las interacciones primarias y secundarias, capaz de evitar la extinción de la especie.  

El matriarcado, segunda conjetura, se caracteriza por la situación predominante de la esposa frente al esposo. En esta versión del matrimonio, el vínculo conyugal y las alianzas externas se forman a partir de las líneas consanguíneas de la mujer. Además, el matrimonio matriarcal comporta que los cónyuges viven en casa de la esposa, y los hijos son identificados y reciben los privilegios de la herencia por parte de la madre.

Finamente, la familia extensa y matriarcal deberá adoptar la poliandria como forma jurídica del matrimonio: es decir, la normalización del vínculo de una mujer con dos o más hombres... con la red de relaciones sociales, culturales, y sexuales que esto supone. ¿Se imaginan el cambio?

Las razones son también evolutivas. La mujer es más perfecta que el hombre en todos los órdenes (fisiológico, mental, cognitivo, moral, social). El restablecimiento de un ritmo paralelo entre biología (la aparición de una especie renovada mediante mutaciones favorables) e historia (condenada al apocalipsis) es crucial para evitar nuestra desaparición de la faz de la tierra. Esta apuesta pascaliana por la mujer, la única opción de supervivencia posible, exige un cambio radical en los papeles y posiciones adscritos a las diferencias sexuales. ¡Sólo ellas nos harán libres, al revés que en el paraíso terrenal!

Saltamos del Estado al individuo y su soledad constituyente, empeñado en lo que llamamos pomposamente “felicidad personal”. De nuevo mis quimeras miran a la sociogénesis. La autoconciencia, la figura del espíritu libre, debe fundar su causa en cuatro valores supremos: la armonía, la independencia, la compasión y la inocencia. La primera apunta al viejo Platón: sólo un sujeto en el que se ahorman la parte corporal, emocional y racional puede adaptarse con éxito a los rigores del medio ambiente. La segunda apunta a Francis Bacon: la ausencia de ídolos, prejuicios, ataduras ideológicas, religiosas y morales, fomentará la aparición de una sabiduría colectiva que no sea un peligro letal para la especie. La tercera apunta a Rousseau, al sentimiento de la compasión: un impulso generoso que evita el sufrimiento de los demás y la confrontación de todos contra todos. La cuarta apunta a Nietzsche y a su visión del superhombre: Finalmente, la libertad como creación del genio deja paso a la inocencia. El hombre nuevo, libre, feliz, se convierte en un niño. Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un santo decir “sí”. El niño es el umbral, la puerta luminosa a esas mil sendas que no han sido recorridas, mil formas de salud y mil compensaciones ocultas en la vida

(Armonía, independencia, compasión, inocencia, los valores del eterno femenino).

El mal

 

Se han dado diferentes interpretaciones del problema del mal y sus variantes: moral, físico, psicológico, social, económico… así como de sus parches y remedios. Algunos teólogos han negado su existencia. San Agustín argumentaba que si aceptamos la presencia del mal, hay que asumir que Dios lo ha creado, lo cual contradice su bondad infinita. Sólo queda descartarlo. El mal es una mera ausencia de bien, es decir, una falta de ser en personas, animales o cosas: el mal carece de realidad efectiva. (Recuerdo la muerte del encantador niño Alan Michaels de 12 años en la novela Némesis de Philp Roth, fulminado en tres días por la epidemia de polio del 42, quizás el más afortunado entre otros muchos que contrajeron la terrible enfermedad)…
De acuerdo con el sano principio de proliferación de teorías, deslizo una que me atrae sin ser mía (nada tengo que decir al respecto). Su núcleo lo leí en el National Geographic durante una tarde de tedio en la piscina. No me acuerdo del nombre del autor. Sólo me hago cargo de ciertos ornamentos que intentan traducir la fórmula científica en conjetura literaria.
Sostenía el artículo ¿Volver a los orígenes? que las manifestaciones del mal tienen un fundamento biológico: el mal proviene de la inadaptación de la especie humana a la vida en grandes comunidades; no estamos preparados evolutivamente para fundar poblaciones a escala planetaria. A lo largo de la historia se ha producido un desfase fatal entre biología y cultura cuyos resultados conocemos. (En general, la hipótesis recoge ciertos ecos de Rousseau sobre el origen de la desigualdad y la urgencia del contrato social que pasamos por alto).
Prosigo: el hombre es capaz de dar lo mejor de sí dentro de grupos reducidos, pero se pierde cuando vive en sociedades complejas. Estamos dotados genéticamente para transmutar, en el interior de grupos limitados, los instintos de conservación y reproducción en virtudes éticas. La veracidad, el desinterés, la compasión, el altruismo, la tolerancia, el sentido del deber, la generosidad, el bien común… sólo brotan en este círculo mágico de interacciones biosociales. Los valores adaptativos sólo funcionan dentro de colectivos simples. Es más, la sociedad actual habría desaparecido sin el contrapeso permanente de una red de relaciones primarias: padres, hermanos, primos, novios, amantes, amigos, pandillas, colegas de trabajo, vecinos de siempre, conocidos y afines, es decir, los que realmente nos importan. No es que los demás no cuenten, aclara el perspicaz articulista, sino que por naturaleza estamos incapacitados para ocuparnos éticamente de ellos. Aunque quisiéramos no podríamos. Fuera del círculo mágico, lo que vale de verdad se desvanece y, lo que es peor, se generan sus contrarios: el egoísmo, la ocultación, la mentira, la crueldad, el poder, la avaricia, la fama…
El desequilibrio entre biología y cultura explica el sinsentido de la ética en la sociedad industrial. Conozco el caso: he tratado de explicar la asignatura de ética durante años; nadie se cree nada, yo tampoco, a ninguno le atañe más que como atajo para reivindicar derechos, buscar beneficios, engañar al prójimo o perpetrar maldades; como mucho sirve de paliativo contra la confrontación violenta de intereses y el deseo ilimitado de bienes. El único código de la sociedad industrial es una ética de circunstancias, puntual, incoherente, fundada en el materialismo crudo. Todas las teorías políticas del pacto social, absolutistas, democráticas o totalitarias, son un tratamiento de choque para evitar los efectos apocalípticos del desajuste entre tendencias innatas y desarrollo cultural. El capitalismo en su versión final, cuando se quita la máscara del Laissez faire (¿os suena verdad?), muestra la cara cruel de una humanidad caída, inadaptada, seleccionada para la extinción: de una antinaturaleza llevada a sus últimas consecuencias.
El patriotismo, otra aproximación, es un planteamiento ideológico que busca la mediación entre lo más cercano (la tierra de los padres) y lo más  lejano (la nación, el Estado): entre lo primario y lo secundario. No funciona. Se trata de un concepto trasnochado que sólo tiene presencia en la práctica nacionalista (o en al ámbito del fútbol internacional). La globalización ha barrido este fantasma del mapa político. La evidencia: en una crisis económica como la actual lo que  realmente le importa al ciudadano es salvar a su familia, no salvar al país; y si le importa salvar al país es para salvar su bolsillo. También a los políticos profesionales les interesa el suyo, aunque nos abrumen con su amor a la patria. Por eso colocan ventajosamente a su ingente familia, hacen negocios con los amigos y protegen sus intereses por encima de todo. Los genes mandan.
Inversamente, en las aldeas poco numerosas, en las que todos son parientes, el sistema de acción social se apoya en relaciones próximas, personales, empáticas, espontáneas, acordes con las pautas que la especie ha consolidado a lo largo de la filogénesis. Precisamente, el elogio de la vida rural se basa en “el retorno a la naturaleza”, es decir, en el predominio de las relaciones primarias. Los conflictos surgen o bien por la trasgresión de tales relaciones, por ejemplo: el adulterio, el abandono de la joven, la deslealtad con el amigo o la injuria al vecino; o bien por la influencia perturbadora de las relaciones utilitarias: la codicia en la herencia, la apropiación indebida de las lindes, la venta torva de unas reses o la intriga municipal. (Además, los dramas rurales no tienen ningún impacto global salvo el mediático).
Un caso intermedio, curioso, de la oposición entre relaciones primarias y utilitarias en la vida social, apunta el artículo, es el código de la mafia. Por un lado, la exacerbación del ideal de la familia extensa: todo por lo nuestro; por otro, la participación voraz de la familia en los grandes negocios nacionales e internacionales: los demás son un medio y el que importuna paga. Reglas propias: autonomía moral y autonomía legal.
Más madera: cualquier estudio de antropología social constata que las sociedades primitivas, respetuosas con las pautas de acción primarias, donde no prevalece el principio de utilidad puro y duro, están más cohesionadas que las complejas: son culturas coherentes con un patrón de vida sostenible.
Sugiere el artículo que la eficacia y el prestigio de la democracia ateniense del siglo V no se debe tanto a su forma política, ya que de los 400.000 habitantes de la ciudad-Estado sólo uno de cada diez tenía derechos de ciudadanía, sino al carácter primario o directo de sus instituciones: la asamblea popular donde todos los ciudadanos libres (que, sin duda, se conocen) toman decisiones; y el ostracismo, una consulta anual del Consejo de los Quinientos a los ciudadanos sobre si hay motivos para desterrar a alguno. El que tuviese más de seis mil votos a favor del destierro tenía que abandonar la polis por cinco o diez años. Esta práctica evitaba el abuso de poder, las intrigas, la corrupción y la acumulación injustificada de riquezas.
Si echamos la vista atrás, resulta evidente que fueron las sólidas relaciones primarias entre homínidos las que hicieron viable la especie. Sin las manifestaciones más solidarias, más puras del instinto de sociabilidad, hubiera sido imposible la defensa organizada, la transición de presas a predadores y el lugar dominante del género homo en la cadena trófica. Biología y cultura se aunaron en la génesis y desarrollo de la especie humana. El resultado más espectacular fue la aparición del lenguaje como instrumento de cooperación. Hoy, las relaciones utilitarias, disfuncionales, invierten la evolución y amenazan con el fin de los tiempos.
El final del ensayo: las mutaciones, los saltos genéticos, sirven a la evolución seleccionando a los individuos capaces de afrontar con éxito las formas más complejas de organización social. Pero el tiempo de la naturaleza es muy lento y el de la cultura muy rápido. Su contraposición revela los signos infalibles de nuestro destino. No es posible una síntesis feliz entre ambas. Antes de que surja una nueva raza, un anuncio luminoso de las ciencias de la vida (acaso el superhombre de Nietzsche), habremos desaparecido de la faz de la tierra. Hasta entonces, el futuro de las naciones será un continuo vagar por el dolor y la injusticia.

jueves, 10 de mayo de 2012

¡Campeones!


Hay que saber perder (¡qué nos van a contar a los atléticos!) y saber ganar. Es la ética y la estética del fútbol, que no es un deporte propiamente dicho (c’est la guerre plutôt!). Y puesto que en las grandes finales sólo existe el bien o el mal y no hay grises como en la vida, lo primero es consolar a ese gran equipo vasco, joven y con casta, con historia y actualidad, que es el Athletic de Bilbao. Lo hicieron Antonio López y Simeone al acabar el partido; se hizo un pasillo cordial a los subcampeones y el célebre y nunca bien ponderado Cerezo puso por las nubes a la afición bilbaína (menos mal que no atribuyó la victoria a las bendiciones del Papa… ¿recuerdan la visita del club y sus palabras?: ¡Hemos estado con Benito 16!).
Además el Athetic es nuestro padre natural, algo que conviene señalar: el 26 de abril de 1903, un grupo de estudiantes vizcaínos de la Escuela Especial de Ingenieros de Minas decidió fundar un equipo filial del Athletic Club de Bilbao, el cual se denominó Athletic Club de Madrid. (¡Gracias por todo!)

Es la segunda Copa de la UEFA del Atleti en poco tiempo y forma parte de la herencia que dejo a mis hijos, sobre todo al pequeño, Nacho, que, como yo, es fiel seguidor de la religión rojiblanca, la única que profeso. Ahora mismo está en la fuente de Neptuno con bufanda y bandera en representación de la familia. ¡Este es el Atleti de mi abuelo, de mis padres, de mi hermano y el mío! Una mención especial para Ana, mi mujer, que es madridista (muy grave, en cualquier caso), aunque se desdobla en ferviente colchonera cuando lo requiere el amor por su niño. ¡Ya puedo morir tranquilo!

Digo lo mismo que el video oficial:

- ¿Papá -dice el tierno infante- qué es más importante, la Champions o la Europa League?

- (Silencio reflexivo) Eso depende...

La final de ayer es historia en el sentido literal del término: el campeón nos recordó al Atleti de leyenda, aquella escuadra genial que armaba su fútbol con una defensa rocosa, un centro del campo ágil y unas lanzas astutas y letales. El Glorioso. No cito nombres del pasado por no sollozar. Revivimos el famoso contraataque que nos hizo ganar ligas y copas, y medirnos con éxito a los grandes expresos europeos (esas multinacionales que nos birlaron al Kun y pronto pujarán por FalK.O.).

Todos jugaron, bien, hasta el utilero (¿por qué dicen “utillero”?), como explicaba Mario Suárez a la prensa. ¡Esta alegría de vivir no nos la quita nadie hasta el domingo! Un abrazo a la afición.

¡VIVA POR SIEMPRE EL ATLETI!

lunes, 7 de mayo de 2012

La gaviota, Anton Chéjov


Es conocida -y afortunada- la exclamación del crítico y autor Jules Lemaître ante una adaptación teatral "a la altura de nuestro tiempo": Dios mío, que exasperantes  son las ideas modernas cuando alguien forma parte de los clásicos…  Es lo que le ocurre a la obra de Anton Chéjov La gaviota, representada en el Teatro Galileo de Madrid bajo la dirección de Rubén Ochandiano.

El texto de Chéjov ha envejecido como el vino en la barrica: tres ejemplos, hoy nadie se suicida por amor, solloza en los brazos de su madre ni rumia las penas a orillas de un lago solitario. Eso sin contar con que los personajes rusos nos parecen habitantes de otro planeta. Uno de los lemas de la crítica, que aparece en el cartel, anuncia: Una obra real como la vida misma. Me parece un dislate. Sólo  las turbias relaciones que se desgranan en escena, donde todos aman (no digo desean) a la mujer del prójimo y se reconocen en la imagen fantástica del otro (porque no se aman a sí mismos)... conectan con la parte menos sustantiva de los tiempos que corren.

Comprendo también que el estreno de La Gaviota en 1896 fuera un sonoro fracaso y Chéjov tuviera que salir por la puerta trasera. Al público de finales del XIX tampoco le importaba el ámbito espeso de los autores, actores y adictos. A muchos escritores les sucede lo que a los periodistas, esa variedad menor del oficio: siempre están mirándose al ombligo, hablando de sí mismos y de su papel crucial en el sistema del mundo. La gente normal (ahora le doy brillo al adjetivo), entre la que nos gusta incluirnos bastantes veces, va al teatro para disfrutar del ingenio épico o lírico de la obra… no a atufarse con las plastas solipsistas del autor (la mayoría de las cuales son indecentes y mezquinas). ¡Vaya tropa!

Por ambas razones, el tiempo y el tema, la actualización de la obra de Chéjov nació condenada al fracaso. Además el marco material del Galileo no resulta adecuado. Se trata de un “teatro taller” con un escenario radial, en contacto directo con el público. El invento no funciona. En mi opinión, al revés, habría que llevar la obra a su lugar natural y alejar al público de la escena del drama: por ejemplo al teatro María Guerrero; por supuesto, con vestuario de época y un texto sin alteraciones ni símbolismos. No es de extrañar que la “comunión espiritual” con el espectador, la síntesis de los elementos en juego, la sangre del teatro, brotara en contadas ocasiones; en las demás, parecía el trabajo de un grupo muy bueno de aficionados. Las idas y venidas de los actores por el patio de butacas, un recurso del taller para tapar las carencias del montaje, sólo empeoraron las cosas. No critico por criticar: es que la entrada es muy cara. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Le lance-pierre

 

Un lance-pierre (c’est mon truc !), c’est le bidule de mon enfance que je souhaiterais retrouver derrière un canapé abandonné dans la mansarde de mes parents. Le lance-pierre dont je vous parle n’est pas un objet industriel qui a été fabriqué en série, avec une fourche métallique, des élastiques jaunes et une « basane » plastifiée. Il s’agit plutôt d’un authentique « gomero » artisanal, fait sur mesure en bois de merisier, avec deux élastiques en caoutchouc vulcanisé et une véritable basane en cuir. À l’âge adulte, j’ai eu beau chercher, je ne l’ai pas retrouvé !

Quand j’avais douze ans, j’ai passé une fois mes vacances d’été dans un petit village de la province de Cuenca : Valverde del Júcar. Mes parents étaient en voyage en Europe et mon oncle Gustavo, qui habitait et travaillait dans le village, m’avait accueilli avec plaisir chez lui. C’est à Valverde que j’ai connu le fils d’un travailleur de l’entreprise de mon oncle : Victoriano. C’était aussi un adolescent, bien qu’il ait toujours vécu à Valverde et moi à Madrid. Il écoutait en prêtant attention, comme s’il était hypnotisé, les histoires de Madrid que je lui racontais : les gens, les rues, les monuments, les stades, etc. Par contre, il me montrait tous les secrets de la vie de campagne : pêcher à la ligne, monter sur la herse pour battre le blé, trouver les nids des oiseaux, faire une cage pour les grillons, allumer un feu l’après-midi… Je ne pourrai jamais oublier ce mois-là. J’ai connu à travers ma vie le Bonheur (avec majuscule) en dix occasions. Celle-là est la troisième…

Quand les vacances se sont terminées, la veille du départ, mon ami Victoriano m’a fait un cadeau vraiment spécial : un lance-pierre fabriqué par lui-même pour que je me rappelle de ces vacances ensemble. Auparavant, je lui avais dit : « Le lance-pierre, ça me dit beaucoup, j’en ai assez des bidules mécaniques ». Pendant l’hiver à Madrid, le lance-pierre disparut après une plainte du professeur de religion du lycée… et depuis lors, je le cherche désespérément ; mais fidèle au dicton, je ne m’avoue pas vaincu : « l’espoir fait vivre ».