viernes, 6 de diciembre de 2013

El golf comienza a los sesenta


A mis amigos del club de golf "Superseniors", aguerridos luchadores.

El problema del golf es que la pelota (como la llama Miguel Ángel Jiménez) y la cara del palo no son un balón de fútbol ni una raqueta de tenis, por más que los modernos drivers no paren de crecer. Todo el mundo ha sido víctima del misterio del swing. Sergio García se consolaba en sus momentos más bajos, los de psicólogo y zapatos al lago, con la teoría de que lo crucial es cómo llega el palo a la bola y lo demás no cuenta. Desgraciadamente “lo demás” es un mundo de proporciones infinitas. Hay un manual que se titula “Los cincuenta puntos básicos del swing”.

Nick Faldo (con algunos majors) confesaba que hasta que conoció a Leadbetter carecía de un swing consistente: era un ajuste continuo para ir tirando de un día para otro (¿os suena?). Esta es la cuestión: que nadie se pone de acuerdo sobre los fundamentos del “sube, gira y tira del palo”. Si lees sobre las facetas del juego, cada escuela defiende sus teorías, contradictorias entre sí. Parecen tratados de teología medieval. Cada época tiene su estilo, cada profesor su método, cada jugador su truco… igual que tú. Tiger ha cambiado veinte veces de entrenador. Periódicamente alguno de los consagrados se desvanece y un talento de dieciséis años salta a la fama y al dinero.

Entre los jugadores aficionados, el swing pasa del arte clásico al barroco. Entre mis colegas he visto los swings más extraños (incluido el mío). Artificiosos, retorcidos, alambicados, imposibles… Prodigios del expresionismo. Todos tenían en común la suma de un montón de ajustes para que el último solucionara los vicios del anterior y así sucesivamente. Es como las estafas piramidales: al final todo estalla y hay que empezar desde la nada. Tejer y destejer, el lema del golf.

Tu profesor te dice: “esto se hace así” (y le pega a la bola de miedo), en vez de decirte “tu puedes hacerlo así”: porque si te aclara lo segundo lo dejarías plantado en mitad de la clase. Tampoco los libros arreglan mucho. Recuerdo haber comprado en la FNAC el libro de David Leadbetter “El swing de golf” que estaba de moda. Cuando le quité el celofán, me puse las gafas y lo abrí por la primera página, leí desolado: “Los diez principios del swing atlético”. Salí disparado a la tienda y lo cambié por una historia de la filosofía. Mi cuñado siguió con el libro y estuvo tres meses sin darle a la bola.

Tal vez el único jugador que hasta ahora ha dominado el swing ha sido Jack Nicklaus. Cuando ganó uno de sus tres Open británicos, firmó el último día una tarjeta de 62 golpes. El periodista oficial le preguntó a Tom Weiskopf, su compañero de partido, qué le había parecido el recorrido del oso dorado; el gran jugador norteamericano se limitó a encogerse de hombros: No sé, no le puedo decir, no conozco ese juego que practica Jack… Su respuesta, en mi opinión, es algo más que una broma.

Hay que resignarse. Nuestro catálogo de rabazos es de sobra conocido: el topetazo de salida a ras de suelo, la madera de calle que se va al bosque como caperucita, el híbrido que acaba en el obstáculo de agua, el hierro medio que avanza veinte yardas, el filazo que avanza cien, el approach que aterriza en el bunker de la izquierda, el putt que se aleja cada vez más del agujero… Sobre esto hay un acuerdo total en los libros.

Pero la vida sigue. Para que el golf no acabe con nosotros (o nosotros con el golf) es imprescindible disponer de un sólido repertorio de excusas. La idea general es que la culpa del rabazo la tiene cualquier persona, animal o cosa que no sea el jugador. Si los políticos tuvieran la retórica del golfista, aprobaríamos sus desmanes. Ejemplos de las excusas más logradas: antes de jugar hay que dar sesenta bolas, no se puede jugar sólo los fines de semana, he dormido poco, me duele la espalda, no habléis cuando voy a tirar, la hierba está alta (o rala), los greens rápidos (o lentos), el palo está sucio o la bola es vieja, es un golpe muy difícil, hay que mirar a la bola (¿?), he metido el hombro e incluso... ¡Le he pegado demasiado bien y me he pasado!

¡Qué mala suerte!, otra treta, exclamamos ante un público escéptico después de dar un golpe perverso. En realidad, la suerte en el golf y en cualquier otro deporte se reduce a la respuesta de Niklaus a una revista del ramo: Sí, la suerte, yo cuanto más entreno más suerte tengo. En un PROAM, el compañero de Ballesteros, un hándicap bajo que estaba jugando mal, trató de disculparse y le dijo a Severiano: “estoy fuera de swing”. El maestro español, que tal vez no estaba del mejor humor, masculló entre dientes: para estar fuera del swing primero hay que tenerlo.

Para no desfallecer, la solución alternativa a las excusas son las trampas. Quien esté libre de pecado que tire la primera bola. No hace mucho en un partido, un jugador amateur de verdad, de esos que se han divorciado y perdido el empleo por culpa del golf, al detectar el trampeo general me dijo con su mejor ánimo: Creo que tenéis reglas propias que desconozco, si hago algo mal me lo decís.

Algunas trampas son muy conocidas: colocarte bien la bola en la hierba alta con el cuento de levantarla “para ver si es tuya”, patada de karateca para sacarla a la calle, sacar bola nueva tras perderla y callar como un muerto, el mulligan, adelantarla metro y medio en el green al limpiarla; una de mis preferidas: quitar arena en el bunker detrás de la bola para dejar sitio al palo; otra que nunca he practicado pero que he visto hacer a las señoras: coger con la mano la bola que se ha quedado junto a la valla y lanzarla disimuladamente lo más lejos posible. O sumar los golpes con las cuentas del Gran Capitán…
Es como aquel jugador amateur al que su marcador en un campeonato le preguntó tras terminar el hoyo:  
- ¿Qué has hecho?
-  Par.
- ¿Cómo que par? Te he contado nueve golpes.
- Ah, nueve… Entonces impar.

Y si no funcionan las excusas ni las trampas, lo mejor es el cabreo. Todo el mundo se cabrea porque forma parte de la condición humana. Lo que varía son las formas. Hay dos contrarias que reflejan el mal carácter del perdedor: el que se cabrea de puertas adentro y el de puertas afuera. El primero, con una sonrisa gélida en los labios, echa humo por las orejas, enrojece y le sale un sarpullido. El segundo jura en arameo, escupe frenético y rompe el palo contra un árbol. Algunos reúnen las dos características. Lo que tienen en común es que pagan sus frustraciones con los demás: los introvertidos hacen comentarios viperinos de tu juego, te vigilan con lupa, te repasan celosos los golpes, te corrigen y te fastidian. Los extrovertidos se limitan a no dirigirte la palabra durante una semana. Prefiero los segundos.

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