El Vaticano no
está en Roma sino al revés. Roma es uno de los vastos dominios pontificios y
una extensión de la autoridad espiritual de la Santa Sede. Es el Vaticano quien
ha concedido el derecho de extraterritorialidad a la Ciudad Eterna. Vamos del
Vaticano a Roma. Es preciso recorrer en sentido inverso la Via della
Conciliazione para entender donde estamos. Un ejemplo entre mil: El Coliseo se salvó de la
demolición gracias a que el Papa Benedicto XIV lo declaró en 1749 lugar sagrado
en memoria de los mártires cristianos ejecutados en la arena. Actualmente es
parada tradicional del Papa en el Via Crucis del Viernes Santo (para que
no se olvide lo que les pasó a los cristianos y al Coliseo). En Roma hay más de
novecientas iglesias católicas: pequeñas capillas de barrio, oratorios privados
y santuarios, sesenta y cuatro basílicas menores y cuatro grandes basílicas
papales. Es la ciudad con mayor concentración de templos del mundo.
La fila para
entrar a la Basílica de San Pedro, el mayor templo de la cristiandad, es
tolerable. Su pórtico está siempre abierto a los millares de almas que
acuden a diario. Sin esa generosidad (la entrada es gratuita) sería imposible traspasar las cinco puertas broncíneas.
Antes o después tendrán que limitar el acceso por razones de conservación. Lo primero que te encuentras dentro es una abigarrada marea humana que tiene don de
lenguas. Sólo cuando te acercas al altar mayor caminas con menos agobios. En el
transepto derecho, junto al altar y el baldaquino hay numerosos
confesionarios donde puedes redimir tus pecados en quince idiomas. Cada
confesionario pertenece a una orden religiosa. Curas y monjas de todas las órdenes
y profesiones deambulan como Pedro por su casa. Expresión del pluralismo
doctrinal de la Iglesia Católica.
Su interior es inabarcable; evoca
la teocracia y el poder absoluto del papado. La escala grandiosa del edificio,
el horror al vacío del Barroco, la cúpula, el baldaquino de bronce, las
estatuas con mitra y báculo, la cripta con las tumbas de 91 pontífices, un tercio de los Papas de la historia, los tesoros de la cámara, las
reliquias, todo concluye en una verdad intramuros: primero el Papa, después
la Curia Romana, luego el Espíritu Santo, la Virgen, los santos y la
cristiandad. La tradición, la jerarquía y las encíclicas sustituyen a los
Evangelios.
Durante mi visita, una parte de la nave central permanecía cerrada con vallas de separación y alfombra roja; al rato la recorrieron a paso ligero y mirada al frente cuatro cardenales y su séquito de clero subalterno. Comprendí a quienes esperaban los mercedes negros aparcados ante la escalinata de la Basílica con chofer y bandera de la Ciudad del Vaticano. Aproveché la desbandada de curiosos para contemplar sin empujones la incomparable Pietà. Las conocidas inscripciones grabadas en la base de la cúpula pueden resumirse en un mensaje: lo que sea atado en la tierra no sea desatado en el cielo.
El propio Nietzsche en El anticristo reconoce su admiración por la iglesia de Roma: su ostentación, su exterioridad, su gusto por el lujo y el ornamento, su sentido aristocrático, su amor por el gran arte. Las invectivas van contra el luteranismo, una religión de la oscura experiencia interior, del evangelio y la predestinación, de los valores contrarios a la vida, de la decadencia espiritual y el triunfo del nihilismo. Un ateo podría decir con fervor al levantar la vista a la cúpula de San Pedro: no creo en la religión verdadera y aún menos en las falsas.
Los museos vaticanos. Casi dos
horas de cola. Si no has reservado la entrada o no vas con un grupo organizado te
toca bordear la parte norte de las murallas hasta la única puerta de entrada en
Viale Vaticano 165, Roma. Lucía un sol picante de primavera: una legión multirracial
intenta venderte gorras y sombreros. De pronto llueve, un chubasco pasajero:
los mismos ahora cargados de paraguas. Compré uno por tres euros (me pedía
seis) y no llegó sano a la entrada. Manteros con recuerdos, quincalla y otras
menudencias. Cuando aparecen los carabinieri los mercaderes del templo se
esfuman como por ensalmo.
Al acceder a las estancias recordé
una cita de Chateaubriand: Me pierdo por los museos de este Vaticano con
once mil cámaras y dieciocho mil ventanas. ¡Qué soledad la de estas obras de
arte! Se convierten en objetos sin vida para ser fotografiados.
Inversamente, el peregrino se transforma en alguien que observa el mundo a
través de un móvil. En parte por los recuerdos y mensajes, aunque hay mejores imágenes
en los libros de la tienda oficial (excelentes). En la mayoría de los casos son
un remedio contra el tedio errante y el exceso de información.
La arquitectura de los palacios te invita a recorrer todas las salas. Una visión completa del museo llevaría semanas. Estuvimos una mañana entera. Tres maravillas: Fortuna detenida por el amor de Guido Reni (Sala XII de la Pinacoteca), Apolo de Belvedere (Patio Octógono) y la Galería de los mapas. Pero sobre todo la Capilla Sixtina, la obra de arte más hermosa que han contemplado los siglos. Su belleza trascendente es el mejor prueba de la existencia de Dios. Como es sabido allí se encierran con llave los miembros del Colegio Cardenalicio para elegir al nuevo Papa. Extra omnes, la fórmula solemne pronunciada por el Maestro de las Celebraciones Pontificias antes de que comiencen las consultas y votaciones que culminarán con la sagrada fumata blanca.
P.D. Acaso estas líneas ayuden a comprender mejor el significado de los fastos de la visita apostólica del Papa León XIV a España.

No hay comentarios:
Publicar un comentario