Hay palabras y
expresiones que se han puesto de moda en los medios de comunicación, sobre todo en
las tertulias radiofónicas. Hace tiempo, en un artículo (bla,
bla, bla) analicé algunas que por su carácter circunstancial han
perdido fuerza: casoplón, coral, dejarse pelos en la gatera,
zona de confort, postureo, no es no, sostenible, cordón sanitario…
Otras siguen en
primer plano: visibilizar, mantra, poner en valor, empoderar,
resiliencia, en definitiva, lo compro o relato.
Todo un lapidario periodístico que se ha propagado como las ondas en la
superficie del agua hasta convertirse en una especie de koiné o lengua
común de los politólogos.
Consulten el
diccionario de la RAE y comprobarán que algunas palabras no se corresponden con
su significado correcto. Por ejemplo, visibilizar o mantra.
Asimismo, poner en valor es un galicismo infame (mettre en valeur)
que debería ser desterrado y sustituido por resaltar, poner de
relieve, destacar, enfatizar, etc.
La RAE admite el
verbo empoderar, del inglés to empower, que se emplea en estudios de sociología política con el sentido de conceder poder a un colectivo desfavorecido. El término ha sido adoptado con
entusiasmo por el feminismo militante y usado como arma arrojadiza contra el patriarcado
secular y, en general, contra el machismo dominante. ¡Seas hombre o mujer, cuídate
de los micromachismos! La frase contiene uno.
Resiliencia es la capacidad de
adaptación del ser humano a unas situaciones especialmente difíciles. El
término empezó a utilizarse profusamente durante los momentos más duros de la
pandemia, aunque se ha anclado en la mentalidad colectiva como un patrón
multiuso de resistencia ante la adversidad. Es una analogía procedente de la
ingeniería civil: resiliencia es la capacidad de la materia para recuperarse
de una deformación causada por una fuerza externa. Así, la resiliencia es
necesaria para recuperar la funcionalidad después de una situación adversa, y
cuando se trata del diseño estructural, esto resulta de vital importancia.
Por ejemplo, un terremoto.
Otra expresión
de moda: ¡te lo compro!, se refiere a la aceptación de una ocurrencia
fuerte o una idea débil del interlocutor; dicho de otro modo: vale, estoy de acuerdo con lo que
dices. Al revés: no te lo compro es un anglicismo importado
directamente de la expresión Im not buying it. El neoliberalismo ha
impuesto en el lenguaje la libre compraventa de dichos y opiniones. Si alguno
de tus conocidos te suelta tres veces ¡Te lo compro!, ponlo en
cuarentena por perfil plano.
La muletilla en
definitiva es una plaga que no cesa; el presidente del gobierno es uno de
sus aguerridos defensores. En ocasiones se coloca al comienzo de la frase,
cuando debería ir, lógicamente, detrás de las premisas del razonamiento que
intentamos concluir. Al revés, el ponente, desde la tribuna del Congreso de los
Diputados, finaliza su intervención con “en definitiva” para referirse a un
montón de asuntos heterogéneos (el famoso taco de folios) de los que es
imposible que se siga una síntesis unitaria excepto que se trate de una
banalidad retórica del tipo “convoquen elecciones ya” (en cuyo caso sobra). Por
último, tiene un uso emotivo si se pronuncia in media res, es decir, en medio
del discurso para provocar la ovación y vuelta al ruedo de la bancada incondicional
tras poner un par de banderillas al quiebro y retomar la faena.
El término relato causa furor entre los analistas con mayor índice de audiencia. Las tertulias mañaneras son su lugar natural. El problema es la aplicación indiscriminada del término relato a la política. Su abuso en los foros acaba por hartar. Ahora no se trata de una muletilla sino de un comodín demasiado amplio. Todo es susceptible de un relato puntual, parcial, general, esencial o global. La RAE le atribuye tres acepciones: la narración de unos hechos imaginarios, la información detallada de hechos supuestamente no ficticios (que no es lo mismo que reales) y la reconstrucción discursiva de ciertos acontecimientos interpretados a favor de una ideología o de un movimiento político. Cualquier definición lo hace sospechoso de eludir el contenido de verdad de la cosa tras evitar la objetividad de los hechos y traspasar los límites de lo fabulado, manipulado o tendencioso. El problema ahora no es que la política prescinda de la ética o de la lógica, sino que la política prescinda de la política.
Muy acertadas tus críticas amigo Rodolfo. Hay qu cuidar nuestro castellano con elgancia y casticismo. Muy bien
ResponderEliminarGracias, amigo. Un abrazo, Rodolfo
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