lunes, 1 de abril de 2013

John Irving, Oración por Owen


Ahora mismo, entre los escritores norteamericanos contemporáneos mi favorito es John Irving. Su talento se funda en el poder de la imaginación, en la fuerza para encadenar hallazgos, en la ironía que surge de la trama y unos personajes que siempre hablan por sí mismos ajenos al fárrago y a la tesis encubierta. Una frase resume la intención del artista: escribe si tienes una buena historia que contar.

Posiblemente sus mejores novelas sean El mundo según Garp y Una mujer difícil, pero para mí, ninguna es tan entrañable como Oración por Owen. Aprovecho que estamos en Semana Santa: si piensas que el ciclo de la pasión de Jesús está agotado, lee Oración por Owen. Da igual las convicciones que tengas. Jamás presentirás el argumento. Al pasar las páginas no puedes dar crédito a tus ojos. Pero la intensidad narrativa, la energía luminosa del relato, hace que todo resulte más que verosímil. Tus defensas naturales caen, tu “sentido crítico” se esfuma y te entregas sin condiciones a la causa. A las cinco de la madrugada no puedes cerrar el libro. Compras a plazos sus obras completas. La mayor virtud del escritor (también del filósofo) consiste en arrastrarnos a su mundo. Ser hegeliano o irvingniano por convicción: en esto consiste el placer de la lectura.

Mientras que el Zaratrusta de Nietzsche es una parodia de los Evangelios, el Libro de Irving es una puesta al día. Permitan que les adelante algo con intención de aguzar el apetito. Owen es el enigmático hijo de Dios en pleno siglo XX. Pero no habla ni actúa vulgarmente, como uno de esos falsos profetas que aligeran el bolsillo de sus fieles, sino del único modo posible que… nos permite seguir con la novela y no tirarla en la página 15.
Hay en Irving dos tipos de personajes: el normal que se hace raro hasta donde resulta posible (Eddie, el joven amante de la madre de Ruth, en Una mujer difícil) y el raro que insiste hasta lo imposible en su rareza (Jenny Fields, la enfermera-madre, en El mundo según Garp). Owen pertenece a la segunda clase. Es un niño de metro y medio de estatura que no crecerá más. Hecho a escala, su cuerpo y sus facciones son normales, bien formadas, con un cuerpo que flota más que pesa y una voz que corta el aliento. En el colegio sus compañeros se lo pasan de mano en mano. Su éxito con las mujeres es inmediato. Todas desean tocarlo en una versión ampliada del Noli me tangere de Correggio. Su padre es un artesano del granito que dirige un lóbrego taller de pompas fúnebres y su madre hace tiempo que vegeta en un laberinto propio. La vida pública de Owen comienza con la amistad de un compañero de colegio, John Wheelwright, cuya madre, hermosa y soltera, y su inteligente abuela (una saga con prestigio social) lo adoran y protegen. John será su único y verdadero amigo y quien desempeñe el papel de biógrafo en la obra.

Owen siempre actúa en clave de destino. No quiero vivir como un héroe, soy un héroe, afirma. Si hay un tema evangélico por excelencia es el de la divina predestinación. En todos los momentos de su vida, escuela, colegio, universidad, ejército, puede elegir otros proyectos (socialmente más valiosos) pero los descarta sin vacilar. Su palabra concluyente siempre aparece con mayúsculas. Toda la comunidad de Gravesend (New Hampshire), un pueblo de la América profunda, gira en torno a su presencia irresistible. La gente de la comunidad, otro gran logro literario, es una fauna del mejor Dickens. Al hilo de la novela todos los enigmas son analizados con rigor dialéctico y sentido del humor. El conjunto es eficaz, no un montón de ocurrencias fragmentarias. En ningún caso Oración por Owen es una novela oportunista (una plaga estética junto con las mistificaciones históricas y los relatos para jóvenes).

Las religiones cristianas de Gravesend forman parte de la intriga teológica: congregacionalistas, episcopalianos, anglicanos, católicos. Los últimos son los peor parados; Owen habla de la ofensa innombrable que infringieron en un tiempo a su familia. Detesta a las monjas a las que llama pingüinos y cosas peores, la represión sexual, la hipocresía, el gusto por la pompa y circunstancia. Sólo se salvarán del azufre un modesto párroco irlandés y la monjita que lo atenderá en sus últimos instantes.  
Es espléndida la escena del nacimiento viviente en la escuela. Owen hace de niño Jesús en la cuna gracias a su menudencia. Escoge entre sus compañeras a una deslavazada Virgen María que sólo quiere cogerlo en brazos con el consiguiente cabreo del infante envuelto en pañales como una momia; cuando por fin lo acuna tiene una tremenda erección, evidente para la chica y la esposa del pastor episcopalista (Owen está dotado de un modo formidable como se sabrá después)…
En una representación teatral dirigida por Dan, su padre adoptivo, encarna el “espíritu del futuro” y descubre escrito en la tumba del atrezzo la fecha de su muerte y las circunstancias que la envuelven. El dramatismo de Owen ante la tremenda revelación hace que el público huya estremecido de la sala antes de terminar la obra… Nunca olvidarán ese momento.
En Gravesend Academy, un centro de renombre que lo admite gracias a sus mecenas, es siempre primus inter pares: Jesús entre los doctores en el aula, guía espiritual entre sus colegas, modelo para la comunidad. Pero sin moralina: llega a falsificar credenciales académicas para que sus compañeros puedan pedir alcohol en los bares. Ten fe y peca fuertemente (¿existe una frase más mundana?). Su éxito con las chicas suscita la admiración de sus rivales. Evita la pelea pero se defiende como una comadreja, quien le ataca lo paga. Dirige la prensa de los alumnos con Voz tonante, se enfrenta a las mentiras interesadas del nuevo director, un filisteo ignorante, racista y antisemita, lo cual le cuesta la expulsión y al otro la posterior (y monumental) caída: si no temiera aburrirles recordaría ciertos detalles…

Si su amigo es John, su novia es Hester, una joven hermosa, sagaz y conflictiva. Hay dos Marías Magdalenas, una tibia y deseable, y otra en efigie. Conoció a la primera, Hester, prima hermana de John, en una fiesta familiar en 80 Front Street, Gravesend, la mansión de la abuela Wheelwright. Al final de la reunión, la chica evita las atestadas toilettes y decide hacer pis en el jardín. Para mayor comodidad se quita las bragas y se las deja a Owen que, prendado del gesto, no se las devolverá jamás. Un repentino chaparrón veraniego cala el fino vestido de la joven y muestra sus desnudos matices a la ofuscada concurrencia… la otra María de Magdala es de cemento y abre sus brazos como un mendigo suplicante en el patio del convento de las monjas. Ni siquiera Hester, con su pasión incandescente, podrá apartarlo de su sino; llegará a zurrarle desesperada para que abandone sus insensatos planes. 

Renuncia a Harvard y a Yale que le abren sus puertas con becas de excelencia a pesar de su graduación postiza en un centro público (¡así son los norteamericanos!). Para afrontar su destino se alista en las fuerzas armadas. Su interés se vuelca en combatir en la guerra de Vietnam, de la cual abomina, y cumplir así la voluntad incomprensible pero justa de Dios ("Creo porque es absurdo", todas las religiones se fundan en este dogma). A pesar del empeño, sus superiores no le autorizan a viajar por su menguado físico y, mientras insiste una y otra vez, lo destinan a un puesto de oficial de protocolo en la ceremonia de entrega del ataúd y la bandera a las familias de los soldados muertos. ¡Todo un genio en el arte de consolar al afligido! La narración del entierro del hijo de un clan de maleantes de los barrios bajos es un prodigio de realismo sucio.

No les cuento la consumación del sacrificio esencial de Owen. Cuando llega el día funesto espera que no aparezcan los signos fatales del hado. Duda por primera vez, ¡Señor, aparta de mí este cáliz y dame una vida mejor! Pero no. Sólo les puedo anunciar que hay por medio un grupo de niños. Se me hace un nudo en la garganta al recordarlo. Sólo me resta aludir al multitudinario funeral en Gravesend Academy que reúne a todos los que le amaron menos su novia, quien le advirtió que no estaría allí para llorarlo. Tampoco hablo de sus fugaces apariciones al tercer día, único rastro de la vida perdurable, para revelar a John Wheelwright ciertos flecos que marcarán su existencia. La pregunta no es si Owen fue feliz, sino que clase de felicidad vivió. Comparto la oración universal de Gravesend, su pueblo: Señor, por favor, devuélvenos a Owen Meany

4 comentarios:

  1. Así es, Rodolfo.- Vaya a saber porqué, en algún momento de la lectura del libro, el inefable Owen me hizo acordar Ignatius, de "La conjura de los necios".- Conmparto con Ud. su opinión sobre la valía literaria de Irving en la narrativa actual.- Pensar que hace poco leí en El Pais, una reseña de Eduardo Lago sobre la literatura Norteamericana contemporanea y no lo nombra a Irving!
    Excelente reseña, gracias y un gran saludo.-

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  2. Gracias por tu amable comentario. Acabo de terminar "Las normas de la casa de la sidra" y me ha parecido una novela excelente...
    Saludos

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  4. Bueno, parece que estamos en la misma ruta.- También terminé hace poco "Las Normas...".- Extraordinaria.- Originalísima.- Con todo lo bueno que debe tener una gran novela.- Literatura pura.- Un gran saludo, José (el "Unknown" del 21-5-13 17:23).-

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