lunes, 27 de noviembre de 2017

La vida monacal


Si quieres matar a un fraile, quítale la siesta o dale de comer tarde (dicho burgalés).

He visitado por tercera vez el Monasterio de Silos. Volvimos, tras un recorrido por la Rioja, no tanto por la belleza del doble claustro románico, la sala capitular, la puerta de las vírgenes, el museo, la botica o el enhiesto ciprés al que Gerardo Diego dedicó uno de los más bellos sonetos de la lengua castellana, sino para escuchar en vivo por primera vez la solemne monodia del canto gregoriano. Ignoraba que el monasterio tuviera una biblioteca con más de 160.000 ejemplares sólo accesible a los monjes o a los investigadores que lo soliciten.  
Al final, lo que realmente me enganchó fue el misterio religioso de la vida monacal. Del famoso ORA ET LABORA, el lema que expresa la vocación y la vida monástica benedictina, lo que me interesó fue el primer término de la locución; por tanto, no me refiero aquí al funcionamiento mundanal del monasterio: ni a las labores internas (la distribución del trabajo entre los miembros de la comunidad: la economía, la limpieza, el mantenimiento, la cocina, la encuadernación, la alfarería, la orfebrería, el huerto y la granja, entre otras muchas); ni a las externas (la hospedería, la tienda, las grabaciones, la comunicación con los medios, las visitas de los turistas, las misas por encargo, la relación institucional de la abadía de Silos con la jerarquía eclesiástica y la Congregación Benedictina o los acuerdos legales de la orden con la comunidad autónoma de Castilla y León).  Por cierto, La Abadía dispone de una estupenda página web.  
Hizo esta vez de guía un monje joven, de no más de treinta años, con el hábito negro benedictino; iba sin capa y con sandalias, a pesar de la rasca que estaba cayendo a la caída de una tarde brumosa de finales de otoño. Tenía un suave acento andaluz. Al hilo de sus explicaciones sobre el significado de los relieves de los ángulos del claustro (prescindió de los capiteles), nos fue examinando entre bromas y exageraciones sobre distintos aspectos de la religión y la liturgia católica; y, sobre todo, de la vida monacal como itinerario que va desde la toma del hábito, los votos de obediencia, castidad y pobreza, la renuncia a la vida extramuros (voto claustral), incluida la familia y la integración en una nueva familia (la comunidad de monjes), hasta el ideal del perfeccionamiento de la fe y la obtención de la salvación eterna. La llamó El Paraíso y tuve que morderme la lengua para no preguntarle qué entendía exactamente por El Paraíso. Además estaba seguro de que me hubiera contestado que el encuentro con Dios, lo cual me hubiera dejado igual. El joven insistió en el relieve de La duda de Santo Tomás situado en el ángulo noroeste del Claustro. La fe es un don que Dios otorga al monje en forma de llamada, pero es un camino largo, incierto y lleno de peligros. Al despedirse, nos rogó con voz queda que rezáramos por su persistencia en la fe verdadera. Llamaba la atención la espontánea bondad de su mirada. Hacía mucho que no veía algo así.   
La pauta de la vida espiritual, la oración, tal y como ordenó su fundador, San Benito, se basa en la Liturgia de las Horas Canónicas que se oficia siete veces al día basándose en el libro de los Salmos (“Siete veces al día te alabaré”) y obliga a los monjes a rezar en siete momentos puntuales de la jornada. Sólo es obligatorio que la comunidad se reúna en la Iglesia para celebrar las horas mayores (maitines, laudes y vísperas). Las horas menores pueden celebrarse en el lugar donde se encuentren los monjes tras interrumpir sus labores. Las oraciones están relacionadas con cada momento del día, que a su vez se vincula con las distintas etapas de la vida (sería demasiado prolijo entrar en materia): maitines (4 y media de la mañana), laudes (en torno a las 7 de la mañana), tercia (alrededor de las 9 de la mañana), sexta (a las 12 de la mañana), nona (a las 3 de la tarde), vísperas (6 y media de la tarde) y completas (entre las 8 y las 9 de la noche).
El ORA benedictino tiene que ver con la creencia en el poder y la eficacia de la oración tal y como el propio Jesucristo manifestó en reiteradas ocasiones en el Evangelio. La oración cumple una triple función: ascética en cuanto contribuye a perfeccionar la vida espiritual del monje, de apostolado para aumentar la presencia y persistencia de la fe entre los hombres y de intercesión ante Dios para pedir ayuda por las necesidades más acuciantes de la humanidad. La clausura monacal impide, por supuesto, desarrollar labores propiamente sociales: atención a los pobres, cuidado de los enfermos o dedicación a la enseñanza.
Nosotros asistimos a vísperas. Coincidió con la festividad de la Almudena en Madrid por lo que La Iglesia de la Abadía estaba llena. Mi primera decepción es que la comunidad era sólo de 27 hermanos. La segunda que sólo cantaban 10, los de la bancada de la izquierda. La tercera es que no cantaban tan bien como esperaba. Nada que ver con las espectaculares grabaciones que puedes comprar en la tienda del monasterio. Lo que me fascinó fue la pompa y circunstancia del ritual, el silencio reverencial de los asistentes, el olor a incienso, los siglos de historia que sobrevuelan los muros... Lo sagrado.
Es evidente, como reconoció con gracejo nuestro guía, que la crisis ha alcanzado también a las vocaciones. Es difícil desvelar los motivos que pueden llevar a la vida monacal. Comprendo que en la Edad Media era una forma de comer en los hijos de las familias pobres y una obligación en los hijos de las familias ricas, pero en la actualidad ambos motivos han caducado. A mí me da la impresión, mera intuición sin conceptos, que los monjes de clausura se consideran los depositarios últimos de una fe que declina, los conservadores privilegiados de una verdad universal que ha de ser mantenida en su pureza original, los intercesores auténticos entre Cristo y los hombres. Se consideran la última puerta del baluarte de la Iglesia. Son los apóstoles de una espiritualidad y una visión mística que resultan a la vez muy sencillas y muy difíciles de explicar.

martes, 26 de septiembre de 2017

Vacaciones. Segunda parte


Hoy las vacaciones son otra cosa. Ni siquiera se puede hablar de vacaciones de verano. En primer lugar, se viaja en cualquier época del año. Cualquier estación tiene sus encantos, muchos monumentos hay que verlos con bruma invernal o las calles nevadas, mientras la luz es esencial  para disfrutar de las vidrieras de la catedral de León o del Gran Canal de Venecia, sin contar con que cuando en un  hemisferio es invierno en el otro es verano o que en los países tropicales la temperatura es uniforme durante todo año. Cuba, Varadero, Santo Domingo… en general, el Caribe (¡cuidado con los huracanes, el sida y los secuestros exprés!). Además las ofertas de alojamiento y manutención son más que asequibles en temporada baja; las del principal programa de turismo para jubilados (propiamente no son vacaciones) subvencionado por el Ministerio de Sanidad, servicios sociales e igualdad en nuestro país, (¡vaya mezcla!), el Imserso, se cubren en temporada baja; eso sí, con precios más que generosos. Por lo que me han contado, la calidad del servicio es irregular: desde espléndidos complejos turísticos en Canarias con buffets buenos y abundantes (como los convites de las bodas gallegas), hasta la fonda del peine en un pueblo perdido de la Rioja alavesa, donde te sirven puré de macarrones y chuletas de cordero del Portal de Belén. Por otra parte, los viajes en grupo tienen sus inconvenientes: los demás en cierto modo siempre nos molestan. Hay que convivir con pelmazos, comer juntos y hablar de política, cantar en los autobuses, conocerse, ir detrás de una azafata que nos pastorea bandera en alto por recorridos que nos gustaría descubrir por nosotros mismos, paradas trufadas de explicaciones tediosas cada diez minutos. Todo el mundo haciendo fotos con el móvil. Al que le divierta que lo compre.
En segundo lugar, los tres meses de la familia de los Rodríguez, incluso el mes completo, un clásico del verano, se han convertido en unas vacaciones fragmentadas en períodos de tiempo menores, desde cuatro días en salidas a países europeos, una semana si cruzas el Atlántico y diez o doce días si se trata de “viajes mayores”, por ejemplo China, Japón o Australia. Además de Internet,
programas de televisión como Viajar, Ciudades del mundo, Españoles en el extranjero, revistas especializadas y, por supuesto, la presión social y las tendencias: Las Maldivas, Tailandia, La Gran Muralla China, El Cañón del Colorado… La unidad mínima vacacional es el fin de semana. Un mes da para cuatro de alcance medio. O el viaje relámpago; real como la vida misma: cuatro estudiantes Erasmus de la INSA de Lyon pierden el vuelo de Ryan Air de las cuatro de la tarde a Varsovia por el infame overbooking; finalmente consiguen pasajes para el de las ocho; dos horas en el aire. Llegan de noche y un autobús los lleva a su apartamento situado en un barrio de la periferia. La habitación única con cuatro catres tiene claraboya, no ventanas. Cenan en una pizzería del barrio. Un taxi los lleva a una discoteca de moda donde permanecen hasta las seis de la madrugada. Bastante pasados, vuelven al cubículo y duermen hasta las tres de la tarde, desayunan en el bar de la esquina, hacen el equipaje porque el avión de vuelta sale a las siete. Otro paseo en autobús por ignorados paraderos hasta el aeropuerto y a las diez en Lyon estés. ¿Os ha gustado Varsovia? Les preguntaron sus amigas al día siguiente…    
Plataformas, buscadores y metabuscadores, ofertas increíbles si eres un experto en navegación y contratas con tiempo suficiente: si estás donde hay que estar cuando hay que estar; aunque no es oro todo lo que reluce: vuelos low cost con sobreprecios abusivos en la letra pequeña, sobreventa por sistema, mega retrasos, apartamentos zulo, agencias inmobiliarias sin escrúpulos que se saltan las condiciones del contrato con el propietario y realquilan el piso a terceros por semanas e incluso días para obtener unas plusvalías de escándalo. Ha salido en la prensa que se han alquilado en Londres huecos de la escalera de pisos antiguos tapados con biombos o cortinas. Ideales para parejas. Por si fuera poco, el timo cibernético: entrega de fianzas o plazos en páginas fantasmas que desaparecen y cambian de sitio en cuanto cobran. Pisos o apartamentos que nada tienen que ver cuando llegas con las imágenes que te ofrecieron en la web; o que han sido alquilados por agencias humo en las mismas fechas a diez infelices que no dan crédito al embrollo montado a su costa. Otro método muy extendido para captar a las víctimas son fotografías de casas espectaculares a un precio muy barato. Puro Adobe Photoshop: casas que no existen; o si existen no tienen ninguna relación con el anunciante. Algunos han visto anunciada la suya. En más del 90% de los casos no se recupera el dinero y el exceso de confianza del usuario roza con frecuencia la insensatez, según la policía.
Por supuesto, hay otras formas de planear las vacaciones: turismo de intercambio, multipropiedad, turismo de riesgo, ecoturismo, turismo de balneario, turismo ético, turismo sostenible, turismo solidario, turismo sexual… En otra entrega hablaremos con detalle de cada variedad.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Vacaciones. Primera parte


Es obvio que no es lo mismo las vacaciones que el veraneo. Sobre todo si tenemos en cuenta que según las últimas estadísticas el cuarenta por ciento de los españoles no tienen capacidad adquisitiva para permitirse una semana de veraneo al año. Es evidente que resulta exagerado afirmar que el veraneo es una institución social. Por cierto, hace tiempo, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, sí, la que dijo que “ir de rubia” con ciertos animales políticos (en sentido aristotélico) era con frecuencia rentable, largó hace poco la antológica frase de que “tomarse las vacaciones anuales no era algo obligatorio sino voluntario”. De entrada se trata de una tautología majadera, aunque una lectura más suspicaz apunta a una defensa velada de ciertas patologías de empresa como la adicción al trabajo o la falsa creencia de que formas parte de un destino compartido a la japonesa, cuando en realidad quienes deciden son cuatro tiburones blancos; o un guiño a los trabajos forzados en esta época de “poscrisis”, o sea, de salarios de hambre y contratos leoninos, y un elogio de la productividad como valor supremo de la “democracia representativa”.
Pero volvamos al tema: puedes pasarte las vacaciones en tu casa tan ricamente, con  hamaca, ventilador y botijo. Cuando cae la tarde, planazo: terracita y helado de tres bolas, tertulia de madrugada con tus compadres, gin tonic y a vivir que son dos días. O a la inversa: los que mienten, los que consideran que los miran por encima del hombro si se enteran de que se han quedado un mes en dique seco. Aquí habría que darle la vuelta a la famosa sentencia de Wittgenstein: los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje. “Me voy la segunda quincena de Septiembre a Formentera, sí hemos estado en Gandía una semana, tal día salimos para Noruega, etc”. Después de todo vivimos en la civilización de la imagen, de la interacción narcisista (eres lo que aparentas en cada momento), de la importancia de los roles dominantes, del darwinismo social y la división técnica del trabajo. Más de la mitad de los veraneantes madrileños “pata negra” inundan la carretera el día de la operación salida a bordo de sus imponentes todoterrenos marcando estatus. Es posible que tengan un segundo coche o una moto para circular por la ciudad, si no es así, ya me contarán lo que pinta un cuatro por cuatro aparcando en la calle Tutor, pongo por caso.     
El veraneo exige otra residencia, la llamada segunda casa. También es distinto el veraneo en la segunda casa (sea un chalet de lujo o la casa del pueblo) al veraneo itinerante de hotel o parador (incomparables), casa rural o apartamento cutre, aunque vayas siempre a la misma playa o zona de montaña. Dentro del turismo itinerante hay que incluir, por supuesto, a los que llevan la casa a cuestas, a la zíngara, del tipo autocaravana o roulotte, azote de autovías,  y, por supuesto, los que plantan su tienda de campaña en un camping a orillas de un lago rodeado de pinares, embalse con club náutico (cuando aún llovía, ahora hay que coger un taxi para llegar al agua) o un río truchero con pozas de aguas gélidas donde te comen los tábanos y es heroico bañarse. Recuerdo una plácido fin de Semana en la mágica primavera conquense sentado a orillas del río Escavas en pleno pulmón de la Sierra Alta, frescor y olor a menta silvestre, cuando se acercó veloz el estruendo de una lancha a escala, un juguete similar a los muñecos diabólicos del cine de terror, dirigida a distancia por un niño francés… Río arriba y río abajo. No me gusta la caza pero hubiera dado cualquier cosa por disponer de una buena escopeta para hacer trizas el invento. El mismo paraje en verano está lleno de bañistas con tortilla, colillas por doquier, colchones enormes en el agua y bolsas de basura abandonadas.
Hay muchas variantes de segunda casa: por ejemplo los cruceros masivos en ciudades trasatlánticos con fiestas, atracciones, piscinas, tenis, golf con bolas al mar, parada de una tarde en los puertos de interés en los que te encuentras a tu jefe de la mano de una señora que nos es la suya y sobre todo engullir y beber a bordo. Guerra sin cuartel al aburrimiento. Sexo y aventura con la parienta. Más de una crisis conyugal irreparable se ha cocido en estos viajes. En una semana puedes echarle más de cinco quilos a tu cuerpo pinturero. El precio de salida es razonable pero en alta mar todo son extras y finalmente te cuesta el doble de la “tarifa garantizada”. También hay cruceros fluviales; el más conocido es el que remonta el Nilo desde Abu Simbel hasta la necrópolis de Giza cerca de El Cairo; es el favorito de los universitarios para su viaje de fin de carrera: barcos veteranos, disfraces de momias a bordo, colitis general y monumentos brumosos envueltos en resaca. El desierto no es mejor sitio para pasarla. Una amiga mía con buena bolsa se embarca hoy en una travesía de lujo para recorrer el Danubio desde Budapest hasta su desembocadura en el Mar Negro, por supuesto con paradas intermedias. Precios prohibitivos. Apetecible: lo bueno si caro dos veces bueno.
El veraneo, como todo en esta vida, decía Ortega, empieza a cobrar transparencia ante la razón histórica. Por ejemplo, las vacaciones de los años sesenta cuando a finales de Junio la señora de… partía rumbo al chalet de los abuelos maternos con sus cinco hijos. El marido, interventor de un conocido banco, los acompañaba hasta la estación del Norte y cuando el tren se convertía en una tenue columna de humo, él se transformaba a su vez en el traqueteado “Rodríguez”, mera leyenda urbana, argumento desgastado por el cine español del franquismo con salidas nocturnas a Chicote, cocteles exóticos y bellezas de harén; o los devaneos interminables del oficinista con la vecina del ático… hasta que el “homo solitarius” se tomaba las vacaciones en Agosto con algunas puntuales visitas de fin de semana a casa de sus suegros. El resto de la familia tornaba a la capital a finales de Septiembre para preparar el comienzo del curso de sus retoños, desde el parvulario a la Universidad.
No sé cuántos años después, las vacaciones a la española quedaron plasmadas en las inolvidables viñetas de Forges (¡no se las pierdan!), las del tímeme por favor en los restaurantes arroceros de la costa o las machistas del conocí a Purita, mi futura, en la verbena tras potarle encima dos litros de Jumilla cuando bailábamos el gato montés… Episodios nacionales con mucha intrahistoria.


(Continuará)

domingo, 23 de julio de 2017

Sexo bajo demanda

La historia de la sexualidad bajo demanda (la prostitución es una modalidad) ha evolucionado, como casi todo, desde las primeras civilizaciones (seguro que en el Paleolítico también había pero no tenemos vestigios) hasta el siglo de la tecnociencia cuyos límites en genética y electrónica ni siquiera vislumbramos. Por ejemplo, en el tercer milenio a.C. las hembras de Babilonia tenían la obligación de ir al menos una vez en su vida al templo de Militta, la diosa del amor, a entregarse a un extranjero a cambio de un precio simbólico como homenaje al valor supremo de la hospitalidad. Algo similar (aunque más interesado) ocurre en ciertos pueblos esquimales que tienen la costumbre de ofrecer los favores de las esposas de las mandamases del poblado a los visitantes más significados como una forma de establecer fuertes vínculos exogámicos que faciliten el intercambio de bienes y servicios. Muchos comerciantes canadienses tienen que pasar por el trance si quieren colocar a los inuit sus hachas, botas y trineos. ¿Qué tal se ven en un iglú desvistiendo con ternura a la jefa del clan para quitarle las cuatro capas de piel de oso y grasa de foca que la cubren en invierno? ¡El negocio es el negocio, qué carajo! O los casamenteros japoneses de antaño que negociaban falsas esposas para extranjeros de paso. Cuando volvían a su país o se cansaban de ellas las abandonaban. El repudio equivalía legalmente al divorcio. El ejemplo más conmovedor en el arte de esta práctica feudal es Madame Butterfly, la desgarradora ópera de Puccini que se representa en estos momentos en el Teatro Real: el matrimonio fugaz de un capitán de fragata norteamericano con una hermosa joven japonesa que, engañada, cree en el matrimonio y lleva en su alma el amor puro de una esposa. Como todas las óperas acaba en tragedia y puñalada.

La prostitución, sea masculina o femenina, es un universal cultural con infinitas variantes. Obviamente no vamos a entrar en un tema que ocuparía tres tomos. Sólo la prostitución premium merecería capítulo aparte: las bellas esclavas egipcias, griegas o romanas. Los harenes de las mil y una noches árabes. Los efebos de gama alta. Las prostitutas rituales de los aztecas reservadas a los príncipes guerreros. Las modernas cortesanas. Las actuales chicas de compañía de alto standing.

Por otra parte, el comercio sexual no siempre es asunto exclusivo de los profesionales del ramo: madamas, proxenetas, rameras, anuncios de contacto, chaperos, mafias, turismo sexual… En la antigua Roma, muchas amas de casa (eran famosas las pompeyanas) se prostituían en los numerosos burdeles de la ciudad para completar sus ingresos. ¡Podían cruzarse con su pícaro marido en un pasillo del prostíbulo y saludarse cordialmente! Algo parecido he visto en los hoteles caros de África Central. A la hora de la copa nocturna, la cafetería se puebla de minifalderas de toda suerte y condición: madres, hijas y sobrinas que con el beneplácito familiar se sacan un buen pico para aliviar las escuálidas despensas. O la mujer casada occidental de la clase alta que no se lo hace por dinero sino por inclinación perversa, aburrimiento profundo o por venganza psicoanalítica contra su marido. Buñuel lo llevó al cine en su película “Belle de jour”. Eso por no hablar de las mantenidas y, si me apuran, de las amas de llaves de los párrocos.

Otra variante del amor bajo demanda son las muñecas hinchables que se pueden adquirir en tiendas tan reputadas como Amazon. Echen una hojeada al catálogo y flipen en colores. ¿Quién no recuerda la película de Berlanga “Tamaño natural”? El erotómano que fue Don Luis se despacha a gusto. Recuerdo una noticia salida en la prensa hace tiempo sobre el uso de estas muñecas despampanantes. La guardia civil de tráfico echó el alto en el Bus-Vao (carril rápido en la autopista Madrid-La Coruña por el que sólo pueden viajar coches con dos o más pasajeros) a un conductor acompañado… ¡de una muñeca hinchable! Imaginen el estupor de los dos agentes bigotudos ante la pareja postiza. Pienso que cualquier acuerdo sexual entre dos personas adultas, conscientes y libres que no perjudique a terceros es admisible; cuanto más esto: el onanismo considerado como una de las bellas artes. La única desventaja que se me ocurre, como a Michel Picoli en “Tamaño natural”, es someter tu salud mental a una dura prueba: pero también lo es la represión pura y dura. ¿Quién sabe qué? No seré yo quien se escandalice de las poupées gonflables.

Hace unos días leí en la sección científica de El País un artículo titulado “Así será nuestro futuro sexual con los robots”, es decir pasamos al sexo bajo demanda entre humanos y máquinas. El cine de ciencia ficción ya había tanteado el tema mediante engendros varios como autómatas conscientes construidos con circuitos mágicos (Alien), androides de protocolo (Star Wars), replicantes casi imposible de distinguir de los humanos (gran cinta Blade runner) fabricados con materiales que imitan a la perfección nuestros órganos y tejidos. Si les interesa el tema no se pierdan la excelente película Ex maquina (2015), la historia de Ava una mujer-robot cuya inteligencia artificial es capaz de enamorar al humano hasta las cachas y generar en el proceso de interacción sentimientos y decisiones propias. Imaginen lo que se podría simular mecánicamente en relación con todas las variantes del sexo: manual, oral, anal o vaginal. Un nuevo mercado se abre. De hecho ya está abierto, pero queda lo mejor. Dicen los expertos en robótica que en los próximos cinco años se alcanzará la excelencia y estarán disponibles los nuevos modelos: a precios asequibles los más sencillos y a precios prohibitivos los más sofisticados. Como cualquier aparato doméstico. Y añade: Es posible que todo este mercado quede reducido a un nicho dedicado a una minoría fetichista, pero también existe la posibilidad de que el sexo con robots cambie nuestra forma de relacionarnos y se convierta en la norma. Hay demasiada incertidumbre y lo que necesitamos es mucha más ciencia sobre el tema. Entretanto los moralistas ya han empezado a largar amarras: uso terapéutico en pedófilos, ayuda a violadores, tratamientos psiquiátricos de ciertas patologías, etc. Veremos.

Lo que el futuro del sexo bajo demanda nos depara, y eso decididamente no lo veremos, serán las empresas de vacaciones virtuales capaces de programar bioquímica o electrónicamente (o como sea) nuestro cerebro para tener vivencias “metaoníricas” (el término es aproximado porque el nuevo no existe) tan reales o más que la vida misma, como ocurre en la película Desafío total (1990) de Paul Verhoeven. Los científicos lograrán exprimir tu sesera al cien por cien de sus capacidades. Antes de empezar el viaje a través de tus neuronas, el experto del hotel-laboratorio te ofrecerá un montón de posibles entornos (en el trepidante film de Verhoeven, Arnold Schwarzenegger elige una ciudad artificial construida en Marte) y te preguntará qué tipos de mujer u hombre prefieres para tus gozosas experiencias sexuales. Y si no lo sabes o no lo tienes claro te ayudarán a descubrirlos. Después una aséptica enfermera te acompañará a la sala de control donde tras sedarte te implantarán en el cerebro un chip holográfico o algo parecido. No estaría mal pasar un mes en la Venecia de Casanova. En un solo día, tumbado en una cama llena de cables, tubos y monitores, pasarás unas vacaciones inolvidables.

lunes, 3 de julio de 2017

¿Colectivo gay?

Decididamente no me convence el término “colectivo”. Un colectivo es un agregado estadístico de individuos con una propiedad social que los agrupa aunque, en realidad, cada uno es, como se dice castizamente, “de su padre y de su madre”. Es el problema medieval de los universales (de si tienen existencia propia, un recuelo platónico, o sólo existen en los individuos), el matemático de los conjuntos (con sus leyes y paradojas) y el moderno de los estereotipos (el catálogo de estupideces que los europeos se aplican profusamente para conocer lo incognoscible). El término “colectivo” tiene en todo caso un significado sociológico y por tanto abstracto; pero como escribió en sus memorias aquel ilustre veneciano que fue Giacomo Casanova todo ser del que no se podía tener más que una idea abstracta sólo podía existir en abstracto. Mero “flatus vocis” sin posibilidad de gozarlo. Sería como decir que Casanova perteneció al colectivo de… ¿los libertinos? Y el resto de la apasionante historia de su vida, sabiduría mundana incluida (no se la pierdan en dos tomos) pudiera ser resumida en ese término. Ocurre lo mismo con la expresión “colectivo de profesores”, “colectivo de médicos”, “colectivo de discapacitados” o “colectivo de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales”. En este último caso dudo que compartan en sentido estricto propiedades comunes. Otrosí, ¿qué carajo significa la palabra de moda "pansexual"? Dicho sea de paso, lo que tienen en común los “colectivos” más heterogéneos que conozco es que en todos hay homosexuales y no pocos.

Hoy prefiero hablar de personas, de dos amigos que conocí hace años en mi segundo piso madrileño, cuando vivía tan ricamente de alquiler, casado y con hijos de mediana edad. Goyo y Alberto fueron primero vecinos de planta. Llegaron en agosto y tras una mudanza que me perdí porque estábamos de vacaciones en un pueblo de Cádiz se instalaron puerta con puerta. Tienen nuevos vecinos, me comentó, Antonio, el conserje, que no se le escapaba una. Son jóvenes y algo raritos, ya sabe, e hizo un gesto amanerado con las manos para apoyar su tesis… Han subido más tiestos que los que caben en la terraza de mi suegra. Esos dos pierden aceite, me jugaría las propinas del mes (un aviso a navegantes a primeros de septiembre). Cogí el ascensor pensando que los prefería mil veces a mis vecinos anteriores, un matrimonio que salía a bronca diaria con megafonía, churumbeles que movían los muebles y jugaban al frontón en el tabique compartido y un perro pequeño sin educar al que dejaban solo y ladraba y lloraba hasta que caía exhausto, supongo, en la cama mullida de sus dueños; además de mearse en los ascensores. Pensé en comprar por internet un aparato de ultrasonidos para ahuyentar perros, introducir por debajo de la puerta el mango de madera de un polo untado de cianuro con sabor a hueso, pagar a dos sicarios de la mafia para liquidarlo, pero mi mujer se negó en redondo. ¡Eres más pesado que el perro! me dijo.

Al día siguiente por la tarde llamaron al timbre y se presentaron. Cortesía de la casa.

- Somos Goyo y Alberto, los nuevos vecinos. Alberto, mi pareja, es abogado y yo profesor (¡un colega, abundan!). Para cualquier cosa podéis contar con nosotros. Seguro que a tu señora le gusta este pequeño obsequio: y puso en mis manos un paquete envuelto que resultó ser una caja de bombones Godiva.

- Muchas gracias y encantado de conoceros. Ahora mismo estoy solo pero ya veréis a mi familia. ¿Os apetece pasar y tomar una copa? (no sabía qué decir). Rehusaron amablemente y se despidieron. Un buen comienzo (¿En qué se diferencia una caja de bombones pensados de una caja de bombones comprados?).

Pronto corrió la voz en la comunidad, aunque puedo afirmar y afirmo que cada vez que un cretino me venía con el cuento de que tenía vecinos mariquitas y que pegaba el trasero a la pared del ascensor cuando subía con alguno, le contestaba lo mismo: me llevo muy bien con ellos, son encantadores y, sobre todo educados (haciendo hincapié en el adjetivo); ¿te han molestado alguna vez?... con lo cual yo les parecía todavía más raro que Goyo y Alberto. Las señoras eran discretas. ¿Será verdad que a las mujeres les encanta tener amigos homosexuales? Buen tema para otra entrada. Al final, se impuso el sentido de la convivencia con gente respetable y la mayoría se desprendió por lo menos en las formas de su coraza de ídolos de la tribu, o sea, de prejuicios sociales.

Me tomé con ellos unas cuantas cañas en los bares del barrio, quedamos en restaurantes italianos, marroquíes, tailandeses, japoneses y mexicanos... Les pirriaba la cocina internacional. Incluso asistí a su boda en la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid en la que hubo interminables discursos de casi todos los invitados y se leyeron un sinfín de epitalamios más o menos afinados: sin procacidades hetero ni basteces machistas. Salida gloriosa entre pétalos de bolsa y rociada de arroz hasta que los novios vestidos con trajes blancos y pajarita se subieron a un viejo pero reluciente Citroën de época aparcado a la puerta y cuyo alquiler les costó un pico como me contaron más adelante.

Hablamos de todo un poco. Admitían sin reparos que los gays de ambos sexos son una subcultura (en el sentido técnico del concepto), lo cual es evidente, y se referían a sus rasgos diferenciales: gastronómicos (por cierto, las clasificaciones del libro de Simon Doonan Los gays no engordan son divertidas pero falsas), informáticos (prefieren los ordenadores Mac de Apple, una marca cool), sexuales (según ellos, sólo un treinta por ciento de los varones homo practica la penetración anal), muebles (les encantan los lacados, los biombos y las mesas pink market), la ropa de diseño trendy con simbología propia o los gimnasios fitness para pulir el tipo… También hablamos del día del orgullo gay. Les dije que nunca había ido a verlo pero que me hacía una idea por los videos en las redes sociales y los documentales. Ellos sí habían estado el año pasado. Opiniones hay para todos los colores de la bandera arco iris, dijeron, pero que a ellos, al margen de las reivindicaciones en defensa de los derechos civiles y las declaraciones de los políticos salidos del armario, les parecía un desfile bastante chocarrero; en ocasiones de un erotismo pasado de rosca y un exhibicionismo que se acercaba a lo grotesco. Demasiados gritos obscenos y efectos de mal gusto. O la parafernalia de las carrozas kitsch. No nos sentimos identificados con los excesos chabacanos de esa fiesta, somos gays “convencionales”, concluyeron.

viernes, 16 de junio de 2017

Las casas de nuestros abuelos


Siguen habitados, en plena forma, y son muy codiciados según la zona. Inmuebles madrileños anteriores a 1900, de planta cuadrada como las casas que pintan los niños en el colegio (o Andrea Palladio) y fachadas adornadas por filas simétricas de balcones con rejería trenzada de hierro forjado. Actualmente la mayoría están protegidas por ley por lo que cualquier reforma en los pisos no puede modificarlas ni un ápice. Nada de aparatos de climatización a la vista, ni toldos multicolores a gusto del consumidor, ni cierres acristalados cada uno de su padre y de su madre. En muchas fachadas hay instalados andamios tubulares para acondicionarlas. Les quitan treinta años de encima. Otras comunidades prefieren el descuelgue de operarios en barquilla desde las terrazas, un sistema más barato pero menos eficiente. Las constructoras, tras explotar la burbuja del ladrillo, se buscan la vida a precios razonables. Por dentro y por fuera. Me consta que alguna ha promovido expediente de ruina del inmueble (sobre todo en barrios de gama alta) para obligar a los vecinos a vender a la baja, tirar todo por dentro, “modernizarlo” y hacer suculentos negocios de compraventa. Se colocan rápido y a precios muy altos por la ley del capricho: la crisis no empobrece a las rentas altas, al contrario.
Algunos inmuebles son de un solo propietario, desesperado porque los inquilinos tienen contratos de renta antigua a precios irrisorios: veinte euros al mes con las últimas actualizaciones según ley y sin obligación de impuestos ni reparaciones. Al final se convierte en un ten con ten entre las partes. El propietario no se ocupa de nada, las reparaciones esenciales se eternizan y cuando hay riesgo de llamar a los bomberos las hacen los afectados que le amenazan con medidas legales. Vale, piensa el dueño, pleitos tengas y los ganes... el día del juicio final. Con ese alquiler ningún vecino compra a no ser que otee beneficios inmediatos.
La puerta de entrada a estos vetustos inmuebles es pesada de origen, de madera maciza de doble jamba, un arco suave en la parte superior y ancha cerradura que abre fácil la llave del sereno. El portal es amplio. Nada más pasar hay dos bajos, uno enfrente del otro: una gestoría sin dueño conocido y una sastrería que pasa de padres a hijos desde la noche de los tiempos. Al fondo, a la derecha, está la escalera, con pasamanos oscuro en la barandilla, barrotes repintados, peldaños de madera de pino veteada, desgastados, fregados casi a diario por la portera. A la izquierda, el patio interior donde está la garita con madeja y calendario de doña Rosa, y su modesta vivienda, viuda de un militar franquista fusilado tras la batalla de Brunete. Macetas de geranios y claveles, ropa tendida, gatos sin dueño. Escenario de zarzuela. Ni Santiago Calatrava sería capaz de instalar un ascensor. Entonces no había garajes. En cada descansillo hay dos pisos. En total cuatro plantas. Ocho vecinos que se conocen de toda la vida. Eso era antes, ahora se busca la intimidad en la distancia. Ni mejor ni peor.
La puerta de entrada a la vivienda también pesaba lo suyo. Mirilla dorada de cinco centímetros que gira en estrella sin complejos. Ves y eres visto. Doble cerradura (el cerrojo fax comenzaba su andadura) que cualquier chorizo apalancaría hoy en cinco minutos. Felpudo del tamaño de la puerta con leyenda bromista: cuidado con el perro… de mi suegra. Techos de más de tres metros. Un lujo. El recibidor sirve de impredecible distribuidor de las habitaciones: en la pared de la derecha suele haber un óleo oscurecido por el tiempo con escenas de paisajes indescifrables: ¿Es aquella sombra un pastor? Debajo del cuadro una recia consola con animal disecado, un zorro o un  halcón, por ejemplo. A los lados, la fotografía de algún antepasado y el busto de un prócer de la patria. Quizás algún azulejo con el aviso de que aquí vive un hincha del Real Madrid, Hala Madrid. Enfrente se abre la puerta del salón con mesa de invitados, alfombra con más prestancia que valor, vitrinas repletas de plata y filigrana, y un mueble para la vajilla, los juegos de café y los manteles bordados. El salón comunica con el cuarto de estar, más pequeño, con mesa camilla de gruesas faldas para el invierno, brasero de picón y sillones de oreja. En la pared, marco de madera y cristal con las indulgencias plenarias y las bendiciones apostólicas de Pío XII. Radio y luego tele. El cuarto de estar, a su vez, comunica con una habitación de paso mediante un medio arco, multiuso, despacho de trabajo con bureau y biblioteca heterogénea (de Galdós a una historia del imperio bizantino), que a su vez sale al codo de un pasillo estrecho y quilométrico, enmoquetado, a veces de linóleo, a cuyo lado izquierdo dan el resto de las habitaciones, baño con grifería de gigante, cocina con despensa de cuartel, fogones de carbón y fresquera en la ventana; al final los dormitorios, opresivos, con armarios que se comen el espacio y ventanas al patio interior. Se me olvidaba: en alguna parte del pasillo se abre una hornacina donde se coloca la imagen del sagrado corazón de Jesús con hucha que circula de vivienda en vivienda. La familia que reza unida permanece unida...

martes, 30 de mayo de 2017

El Valle de los Caídos


Nunca había estado en el Valle de los Caídos, conjunto monumental que depende de Patrimonio Nacional desde su apertura en 1959 (los Presupuestos Generales del Estado dedican a su mantenimiento un coste anual de 750.000 euros), pero la recurrente polémica, siempre la misma desde la democracia, en la que se ve envuelto, me decidió visitarlo con mi mujer. El objetivo además era comer en Las viandas mi restaurante favorito del Escorial.
La última polémica ha sido la comparecencia ante la justicia de los presentadores del programa televisivo El Intermedio, Wyoming y Dani Mateo, por unas declaraciones sobre la cruz del Valle consideradas un delito contra los sentimientos religiosos por la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos. Obviamente el asunto no tiene ni pies ni cabeza puesto que las opiniones estéticas no están incluidas en el código penal y los juicios de intenciones no tienen valor de prueba.
El decreto fundacional de 1 de abril de 1940, publicado en el Boletín Oficial del Estado el 2 de abril (que copio de Wikipedia) dice:
La dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la Victoria encierra, y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya, no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra Historia y los episodios gloriosos de sus hijos.
Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor.
A estos fines responde la elección de un lugar retirado, donde se levanta el templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de Peregrinación en que lo grandioso de la Naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada.
Por ello previa deliberación del Consejo de Ministros,
DISPONGO:
Artículo primero - Con objeto de perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada se elige como lugar de reposo, donde se alcen la Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, la finca situada en la vertiente de la sierra del Guadarrama con el nombre de Cuelgamuros, declarándose de urgente ejecución las obras necesarias al efecto y siéndoles de aplicación lo dispuesto en la Ley de 7 de Octubre de 1939.
Artículo segundo - Los gastos que origine la compra del lugar y la realización de los proyectos serán con cargo a la suscripción nacional, que quedará, en la parte que le corresponda, sujeta a este fin.
Artículo tercero - Por la Presidencia del Gobierno, se nombrará la Comisión o Comisiones necesarias a fin de dar en el menor plazo, cima a esta obra.
Así lo dispongo por el presente Decreto, dado en el Pardo, a primero de Abril de Mil Novecientos Cuarenta.
La Basílica es un ejemplo típico de arquitectura totalitaria: tanto por su neoclasicismo austero, sobrecogedor, desafiante, de dimensiones titánicas, en las que predomina el vacío espacial y ornamental, como por sus elementos simbólicos e ideológicos. Su significado religioso universal queda en segundo plano y está al servicio del componente historicista del monumento (incluido su evidente nacionalcatolicismo).
La inmensa explanada situada delante de la entrada al templo parece un lugar destinado a las grandes movilizaciones de las juventudes del partido en las jornadas de exaltación o adhesión incondicional de las masas populares (que en cuanto desaparece la dictadura votan a otros partidos y el que representaba al régimen se convierte en residual o se adapta rápidamente a las nuevas circunstancias democráticas, como ocurrió en Alemania, Italia y, por supuesto, España). También sobrevuelan el lugar las condiciones de su construcción, la mano de obra de los innumerables presos republicanos condenados a excavar la roca viva de la montaña, su aura de campo de concentración, de revanchismo… O la visión funeraria, sepulcral, del conjunto en el que fueron enterrados según las crónicas los restos de 33. 847 personas en la “mayor fosa común de España”. Cito de nuevo a Wikipedia:
…de acuerdo con una fuente del Valle incluida en un artículo publicado en El País en 2008, la exhumación de cadáveres sería imposible dado que estos habrían acabado formando parte de la propia estructura del edificio al haber sido empleados para rellenar cavidades internas de las criptas, y, que gracias al efecto de la humedad, habrían acabado conformado un “cadáver colectivo indisoluble”.
Tras el enterramiento de Franco, al pie del altar mayor (su escudo de armas está en la puerta de entrada), la Basílica adquirió un tinte piramidal difícilmente compatible con la idea posterior buscada por el propio régimen de “templo de la reconciliación” (sobre todo tras la represión de la posguerra) a fin de darle un giro más “fraternal y religioso”. Este punto de inflexión se produce  a partir de 1960, año en que el Papa Juan XXIII accedió a concederle el título de Basílica menor en un texto retórico, eufemístico e ignorante de la realidad.
En este monte sobre el que se eleva el signo de la redención humana ha sido excavado una inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los Caídos de la guerra civil de España, y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos, y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la nación española.
Tanto los impresionantes paisajes de la Sierra de Guadarrama y del Valle de Cuelgamuros como el interior de la Basílica subterránea, con sus bóvedas, capillas, criptas y columbarios, el coro en penumbra, los cadáveres sin nombre, los fantasmas del pasado y los ángeles custodios me recuerdan los estilemas de la novela gótica. Incluso la sensación de “castillo abandonado en ruinas” a la luz de la luna.
La inmensa cruz de 150 metros deteriorada gravemente por los años, las bajas temperaturas invernales y de la Sierra que se convierten en calores sofocantes en verano precisaría de una inversión de 14 millones de euros para su restauración. También el grupo de nueve esculturas de gran tamaño que se halla en su base se encuentra en muy mal estado. Se agudizarán las fisuras que actualmente tienen, continuarán los desprendimientos en la base de la cruz. Su erosión no parará y el Gobierno de turno tendrá que tomar una decisión muy costosa en lo económico pero también en lo político. A ello contribuye el descubrimiento de que las piezas no son macizas sino que están compuestas de placas de caliza aragonesa de Calatorao que se cohesionan mediante morteros. Fue calificado por técnicos especialistas como “como materiales incompatibles y totalmente inadecuados para su preservación” a largo plazo.

En mi opinión, la polémica sobre el Valle de los Caídos puede continuar hasta el fin de los tiempos porque no tiene solución. El monumento es lo que es. Quitar las tumbas de Franco y José Antonio no cambiaría esencialmente su significado. Llamarlo el Valle de la Paz, como se ha sugerido, y convertirlo en un museo de la “memoria histórica” es una causa perdida por discrepancia insalvable. Darle un sentido exclusivamente religioso es imposible porque no se puede abstraer del resto. En términos lógicos, El Valle de los Caídos no es un silogismo con premisas complejas de las que es difícil sacar una conclusión, sino una tautología, algo evidente por sí mismo.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Móvil en el elemento móvil

Escuchaba una mañana sabatina en la radio, delante de mi desayuno de cereales integrales, denostar al móvil o teléfono celular, ahora smartphone (a mí me gusta llamarlo matrix), a un selecto grupo de contertulios entre los que se contaban algunos de los que sigo con más interés. Los argumentos eran como siempre irónicos y salpimentados, universales y personales, históricos, sociológicos, psicoanalíticos o técnicos. También periodísticos: es inevitable que háblese de lo que sea, por ejemplo, la cría de focas en cautividad, los periodistas se miren al ombligo para cantar (oh musa) las excelencias de su profesión (de la que nadie duda que sea el cuarto poder y en alza). Dicho sea de paso, lo que realmente me hubiera gustado ser en esta vida es, como mi abuelo y bisabuelo, un buen periodista editorial.
Argumentario contra matrix: que le dedicamos más tiempo que a dormir, incluida la siesta de dos horas; que tenemos síndrome de abstinencia si por culpa de una bronca conyugal nos lo dejamos en casa y en cuanto llegamos a la oficina llamamos a la señora para disculparnos por nuestros malos modos (el pretexto) y preguntar si por casualidad está en el cajón de la mesilla. Y si no aparece al instante saltan todas las alarmas incluida la del coche al que saludas con un patadón al salir del trabajo. Otro tertuliano argüía que habría que enseñar a los hijos, como si viviesen a finales de XIX, a entretenerse con una caja de zapatos, dos recortables y cuatro palos. El ingenuo defensor de esta tesis ignoraba que el papel en la educación de sus hijos es sólo una parte (y con frecuencia no la principal); su retoño acabaría convirtiendo la caja de zapatos en una tablet. A la mayoría de los jóvenes el móvil no se le cae de las manos. Se pasan el día enchufados a matrix. Aunque sean tus hijos no te hacen ni puñetero caso y si tiras del cable te ponen mala cara por interrumpir el chorreo de WhatsApps. Hay más inconvenientes: El conductor que móvil en ristre va cada vez a más velocidad por el carril izquierdo de la autovía en función del calentón que le produce su discusión asimétrica con el jefe. O el politono del himno del Madrid que suena subitáneo en medio de la ópera (aunque sea cantado por Plácido Domingo). Prefiero los ronquidos de mi cuñado, que jamás admite, aunque se oigan más que al tenor. O el vozarrón ¡Que pasa contigo máquina, hablamos luego que ahora estoy en el cine con la parienta! He sido testigo en la Biblioteca Nacional de charlas interminables de jubilados duros de oído tras atender una llamada después de siete timbrazos y medio. Al final se armaba la gorda y salían bufando de la sala de lectura. O el ejecutivo memo que se pasa la mitad del viaje en el AVE de Madrid a Sevilla largando los pormenores de un negocio inmobiliario que a los cinco minutos aburre y apesta. Si reclamas discretamente al mozo del tren te dice que no puede hacer nada, que no está prohibido. Otra variante de la escopeta nacional. También sufrimos en el metro los meandros biográficos del usuario de matrix: pues no te he contado la última, el novio de Marta, sí, sí, Amadeo, que antes salía con tu prima hasta que le puso los cuernos, te cuento, conoce al tío ese que soltó el gallazo en eurovisión, fue en una fiesta pija, sí, por lo visto le echaba los tejos a… ya te contará a quien, no te lo vas a creer (y mira alrededor). O las conversaciones del paseante solitario, el típico “manos libres” en plena faena que parece un loco hablando solo; en todo caso, un mal menor por razones obvias. Como el lema del Nautilus: Móvil en el elemento móvil. Otro  “entendido” nos metió el miedo en el cuerpo con la amenaza de que matrix emite niveles de radiación que pueden dañar los tejidos, especialmente en los testículos. ¡Pues vaya plan! También pueden causar tumores cerebrales, cefaleas, problemas del sueño y pérdida de memoria. Lo cierto es que estamos rodeados de radiaciones por todas partes y más vale olvidarse del asunto. Confórmate con que no te espíen o intenten timarte.
Pero equilibremos el fiel de la balanza. Decía uno de los invitados, un peso medio de la pluma, que hace mucho tiempo la gente leía en el transporte público la prensa deportiva y sobre todo los tabloides gratuitos que se amontonaban por doquier mientras que ahora todo el mundo se dedica a manipular obsesivamente el móvil. Lo cierto es que la mayoría de los movilófilos se afanan precisamente en husmear la misma prensa deportiva y otra mejor que aquellos insípidos tabloides hechos con noticias de agencia. Casi prefiero las mentiras descerebradas de la prensa amarilla inglesa; son más divertidas. Pero la mesa radiofónica insistía en la progresiva dependencia (esclavitud se llegó a decir) que todos tenemos, sea cual sea nuestra edad y condición, del dichoso aparato. La razón es evidente: cada vez el smartphone incluye más funciones, aplicaciones y mojigangas (explicarlas ocuparía un tratado) por lo que se ha convertido en el arquetipo de la pantalla total. Y lo que queda. Mi suegra de noventa años considera que las videoconferencias con Skype cuando habla en tiempo real con su nieto de viaje por Japón desde el smartphone que le han echado los reyes o la voz del navegador Google Maps que la deja en la puerta del horno sabroso de un pueblo de la Sierra, es poco menos que magia. ¡Que maravillas de matrix nos tocará vivir aún y, puesto que tenemos fecha de caducidad como los yogures, cuáles nos perderemos! De momento lo que único que me preocupa es que la batería del teléfono no me estalle en las narices.
Alguien introdujo en un momento de sosiego y sentido común de la tertulia el apreciable tópico de que un móvil como cualquier objeto creado por el homo faber es bueno o malo según el uso que se le dé. Como decía el fenomenológico Heidegger, los útiles son, cualesquiera que sean las características que les atribuyamos luego, entes manejables cuyo ser es la manejabilidad… No se hable más. Como cualquier máquina informatizada es prácticamente imposible dominar todas las posibilidades de matrix. Yo manejo con interés las que todo el mundo, incluido hablar por teléfono con mis amigos.