lunes, 20 de junio de 2022

Los arcanos radiofónicos

 

No solo nos hemos convertido en adictos a las series televisivas de las plataformas digitales. La pandemia ha relanzado los programas radiofónicos sobre temas esotéricos, ocultistas, proféticos, teosóficos, parapsicológicos, ufológicos, etc. que siguen en alza en todas las cadenas tanto en directo como en diferido (podcasts). Los índices de audiencia se han disparado según las encuestas del Estudio General de Medios. Algunos de los más conocidos son La Rosa de los VientosCuarto MilenioEspacio en blancoEl mundo de lo inexplicableLos iniciadosEl Colegio invisibleEl Centinela del Misterio entre otros. Es curiosa la inversión, la deriva de su función manifiesta y latente durante los dos últimos años. Llamo a estos programas los arcanos del ocultismo revelado. ¿A quién no le fascinan las teorías de la conspiración?

Escucharlos fue como sacar agua del pozo, indolentes, para echarla al rio desbordado de la vida. Los dramas próximos, los duelos y la memoria de los ausentes nos trasladaron del sofá a lugares insustanciales, pero menos hollados por la desdicha, a limbos imaginarios regidos por una lógica más llevadera. El aburrimiento de salón se soportó mejor en compañía de los grandes enigmas sin resolver, inocuos en el fondo, que abrumados por los datos oficiales de contagios, ingresos y muertes. Los sitios sin mapa donde habita el pueblo blanco de Arthur Machen sustituyeron al turismo rural y a la escapada. Las dietas mágicas de ciertas tribus primitivas para invocar a los dioses de la longevidad nos empujaron a la espiral de la repostería. Todo el mundo escribió sus memorias de la pandemia trufadas de alusiones radiofónicas paranormales, aunque las únicas manifestaciones de la telepatía y la telequinesis que nos tomamos en serio fueron la teleconferencia y el teletrabajo. 

Los relatos a media voz de la inexplicable desaparición de florecientes civilizaciones antiguas como los Mayas, Micenas, los nativos de la Isla de Pascua, Los Nabateos o la cultura del Valle del Indo nos dejaron indiferentes ante el espectáculo desolador de las cortinas metálicas de los negocios bajadas para siempre, vejadas por los grafiteros, o los comercios entrañables del barrio abandonados; o los candados en los portalones de las cadenas hoteleras con funestos carteles de apertura; o la ruina de la pequeña y mediana empresa ahogada por las deudas. La sombra de la suspensión de pagos se cernió incluso sobre las grandes superficies. La vida cotidiana se trasmutó en inquietud y los sobresaltos paranormales en formas de pasar el tiempo entre las sábanas a salvo de la docta ignorancia. La incertidumbre, la esencia de la condición humana, transformó los relatos teosóficos en fábulas sobre el eterno conflicto entre las luces y las sombras donde al final el mal perece y el bien prevalece, como en las películas de Walt Disney. Los engendros antropomorfos de la Inteligencia Artificial, ajenos a la noción de finitud, estancaron la reflexión sobre la fugacidad de la vida y avivaron la hoguera de las vanidades.

Oíamos los programas esotéricos como los cuentos sin tiempo que los padres leen una y otra vez a sus hijos antes de dormir. Nunca ha habido una separación tan radical entre razón y fe. Me acuerdo de Peneloux, el corajudo sacerdote de La peste de Camus, empeñado en defender los designios inescrutables de un Dios que permite el dolor insoportable y la muerte de los niños. El método científico, incluso a ciegas, desplazó a la religión en cualquiera de sus variantes. El tirón del cerebro reptiliano se rindió ante la presencia inmediata de la parca. Cualquier especulación sobre las visiones de los que volvieron del túnel luminoso del tránsito o el sexto sentido de algunos escogidos para comunicarse con los espíritus del más allá quedó desterrada a ese tercer mundo, ni real ni virtual, que poblamos como especie. La angustia existencial, la radiación de fondo de la mente, encontró de pronto objeto singular y se convirtió en pánico. La nada nadea. Las criaturas invisibles de la noche, los no vivos, vagaban por las calles desiertas, mientras las historias de fantasmas se convertían en devaneos de almohada con los auriculares puestos. Es más, las olas sucesivas de la pandemia dieron lugar a hipótesis alternativas, amplificadas por los programas del arcano, sobre los orígenes del mal, a conjeturas darwinianas, a sectas negacionistas, a teorías de la conspiración. ¿Se trata de un virus artificial, de la tercera guerra mundial (que ahora sí nos amenaza), de un invento de los Poderes Últimos para someter a la humanidad mediante las vacunas?

Las profecías apocalípticas dejaron de interesarnos, porque los informes científicos eran en sí mismos proféticos. Los arcanos del ocultismo revelado dejaron de ser mensajes del más allá, parábolas sin clave, para convertirse en la prolongación natural de las tertulias nocturnas, políticas o futboleras. Ni te lo crees ni te lo dejas de creer. Aburren o divierten. Las llaves de los misterios se han convertido en un género de ficción serie B, si es que no lo eran. Como en las malas novelas, el andamio es demasiado visible. Siempre se desvelan “hechos” ocurridos en lugares ignotos, inaccesibles, sean exteriores, en las profundidades del bosque prohibido o interiores, en mansiones perdidas en el doble sentido del término. Los iniciados en inteligencias estelares son jueces y parte. Es curioso como los especialistas del arcano utilizan una jerga rigurosamente científica para referirse a fenómenos sobrenaturales. La misma denominación de ciencias ocultas es un oxímoron, una contradicción en los términos. Y como sentencia la lógica clásica: de una contradicción se sigue lo que quieras. Siempre me hago la misma pregunta: ¿Los conductores del arcano se creen algo de lo que cuentan o es un oficio de imposturas a sabiendas? Los testigos nunca son espectadores imparciales sino parte del advenimiento. Las abducciones son narradas por el abducido. Los avistamientos pueden ser cualquier cosa. El único expediente X verosímil fue silenciado por la Organización Mundial de la Salud. O la milagrería: las únicas curaciones imposibles, uno de los temas recurrentes del arcano, han sido las de los que salían por su pie o en silla de ruedas de las unidades de cuidados intensivos. No hicieron falta versiones falseadas o inventadas de la historia sobre el papel crucial de los rosacruces o las biografías apócrifas sobre personajes traspapelados, otro de los temas estrella del ocultismo revelado; la historia real fue y es más insoportable que cualquier versión retorcida que traten de colocarnos.

sábado, 11 de junio de 2022

La joven del parque

 

Basado en hechos reales. Hace un montón de años, todavía profesor interino, impartía clases en el instituto más antiguo de Cuenca (dónde, por cierto, había cursado el bachillerato). Los profesores lo llamaban “Harvard”. Quizás porque era primerizo en el aula, me gané la confianza (o más bien al revés) de tres alumnos pocos aficionados a los apuntes y a los libros de texto, aunque lectores voraces de ciertos temas más turbios. Aunque me parecieron más inteligentes de lo normal, eran repetidores. Una mañana, después de inventarse un pretexto para ir a mi departamento, su interés por la metafísica, terminaron por contarme que habían saltado en varias ocasiones, a oscuras y en celada, la tapia del cementerio municipal Cristo del Perdón mientras dormía el cuidador y habían colocado un magnetófono cerca de una tumba en la parte nueva para grabar psicofonías, sin darme más detalles pese a mi insistencia. Una semana después los invité a mi casa para escuchar en el equipo de alta fidelidad una psicofonía, la última me dijeron, de una hora aproximadamente: en efecto, a intervalos irregulares se oía un sonido muy lejano, rítmico, denso, desconocido que me produjo escalofríos. Encendí la luz. Mensaje recibido, sonrieron tres rostros lívidos. Ante mis dudas razonables, me juraron que sería estúpido engañarme y que nunca más volverían a saltar la tapia y menos, acercarse a esa tumba, incluso de día. No volvieron a sacar el tema ni me dieron más explicaciones. Empezaron a faltar a las clases. Tampoco se presentaron a los exámenes finales.

Al cabo de un mes, en vacaciones de verano, al oscurecer la tarde, cuando sacaba a pasear al perro de mi padre por el Parque de los Moralejos, se me acercó una joven delgada, con vestido largo y un sombrero de ala ancha que le tapaba parcialmente el rostro. Me identificó y me preguntó si estaba preparado para unirme al antiguo grupo de Madrid. ¿A quiénes, le pregunté sorprendido? Lo sabes de sobra me dijo. Le contesté que ignoraba de que estaba hablando y que seguramente me había confundido con otro y, sobre todo (un relámpago iluminó mi memoria) que no me buscara más. Se dio media vuelta y desapareció entre las sombras. Llamé a mis tres alumnos y les conté lo ocurrido: se miraron confusos, guardaron un elocuente silencio y con más prisa de lo normal se marcharon. Estaba claro que sabían algo, pero nadie quería abrir la puerta. Ni preguntas ni respuestas. Poco a poco nuestra relación se fue diluyendo.

Antes de las vacaciones de Pascua, Germán el mayor de los tres alumnos, falleció al caer desde una cornisa rocosa de la Hoz del Júcar. Un paseante madrugador se tropezó con su cuerpo al amanecer, de lo que se deduce que se despeñó entrada la noche porque de lo contrario lo hubieran descubierto antes al tratarse de un camino bastante transitado. Nunca se aclararon las circunstancias. El cadáver del muchacho se encontraba en un paraje junto al río Júcar donde se practica la escalada que, según sus amigos y allegados, no solía frecuentar. ¿Alguien le citó? ¿Iba solo o acompañado? ¿Fue hasta allí o lo llevaron? La autopsia reveló que murió a causa de la caída. Fue un desgraciado accidente, les dijeron a sus familiares. La prensa local se limitó a repetir el comunicado.

Asistí al entierro en la parte nueva del camposanto, pero sus dos amigos no comparecieron. La curiosidad me pudo y me informé en la Secretaría del centro del nombre y domicilio de sus padres. Los chicos vivían en Cuenca en el piso de un tío de Germán al que no pude localizar por encontrarse de viaje. Ya se habían ido de vacaciones. Sus padres eran vecinos de Tragacete, un pueblo de la Serranía Alta. En la ficha no constaba ningún teléfono. Me desplacé con mi padre al pueblo, a unos setenta quilómetros de la capital. La dirección que me dieron en el instituto no correspondía a ninguna calle y nadie conocía a los padres ni sus nombres constaban en el padrón. Al volver a Cuenca me fui directamente a la policía y les puse al tanto de mi relación con Germán. Tras varias entrevistas con los mismos inspectores, se olvidaron de mí y yo de ellos. Pasado algún tiempo coincidí en la cafetería del Hotel Torremangana con un antiguo compañero del bachillerato de letras que ahora era comisario de policía. Tras los cumplidos de rigor, me atreví a preguntarle por el “caso Germán”. Lo recordaba. Me dijo que levantó un considerable revuelo interno, que había pasado a otras instancias de la policía judicial y que la investigación iba más allá de la provincia de Cuenca. ¿Madrid, le dije? De entrada, es posible, me susurró, y no pude sacarle más.

Al comenzar el curso, como era de esperar, los otros dos no se matricularon y no los volví a ver en una ciudad de treinta y tantos mil habitantes. No obstante, no omito ciertas extrañas circunstancias que me sucedieron mientras estudiaba la carrera en la Universidad Autónoma de Madrid. Una en el metro, otra en una librería céntrica, la última en la boda de un amigo. La misma cara, los mismos gestos, la misma mirada hipnótica y penetrante… Tengo la total certeza de que era la joven que me abordó en el parque. O ciertas reuniones en el Café Comercial con varios compañeros de la Facultad que comenzaron con diatribas políticas y derivaron pronto hacia terrenos morbosos e inquietantes. Les dije que no me interesaban y que no iba asistir más. Estoy seguro de que al menos en una de las reuniones estaba ella. A veces es mejor dejar las cosas como están y no completar los huecos que faltan. Les he contado lo que me pasó. Quizás nada.

viernes, 3 de junio de 2022

Ciudadanos del Cosmos

 

En el artículo anterior nos hemos centrado en la segunda parte del concepto de cosmopolitismo: la Politeia, las distintas versiones del hombre como ciudadano del mundo. Si nos centramos literalmente en la primera parte, el Cosmos en su acepción más amplia, el concepto se transforma para hacernos ver, en un sentido abrumador, más allá de la historia de las ideas, incluso de la historia de las civilizaciones, que somos visitantes accidentales del Cosmos, invitados fugaces a la fiesta de la vida, un instante puntual entre dos eternidades como individuos y como especie.  

El Cosmos es todo lo que es, todo lo que fue o lo que será alguna vez. Del Cosmos forma parte el universo conocido, acaso una cáscara de nuez en el océano del ser porque solo el ser es pensable y el no ser no es y ni siquiera es pensable (Parménides de Elea). Los científicos calculan que el universo conocido tiene una antigüedad de catorce mil millones de años. La Tierra se formó hace aproximadamente cuatro mil quinientos millones de años, gira alrededor de una estrella de tamaño medio, el Sol, situada en el borde de una galaxia entre miles de millones, La Vía Láctea, perdida en la inmensidad del espacio-tiempo. La Vía Láctea forma parte del Grupo Local de Galaxias situado en el Super Cúmulo de Virgo en Laniakea, a su vez ubicada en la llamada Corona Boreal en los confines del universo observable.

La Tierra no es un lugar normal. Ningún planeta estrella o galaxia puede ser un lugar normal, porque en la mayor parte del Universo hay menos de un átomo por metro cúbico, mientras en nuestro entorno terrestre hay quintillones de átomos en el mismo volumen. El único lugar normal es el vacío cósmico cuyos límites son un misterio para el cerebro humano. La noche helada y perpetua del espacio intergaláctico es un lugar tan desolado que en comparación suya los planetas, las estrellas y las galaxias son algo dolorosamente raro y precioso. 

Si nos soltaran al azar dentro del Cosmos la probabilidad de que nos encontráramos sobre un planeta o cerca de él sería inferior a una parte entre mil millones de billones (10 elevado a 33, uno seguido de treinta y tres ceros). En la vida diaria una probabilidad así se considera nula. Los mundos son algo precioso.

Las primeras formas de vida sobre la Tierra, unicelulares, datan de hace tres mil seiscientos millones de años. Aunque nada se sabe a ciencia cierta, la vida como realidad emergente tuvo su origen en la existencia de una primitiva atmósfera terrestre sin oxígeno en la que se formaron unos compuestos orgánicos muy simples. Estos compuestos estaban presentes en el agua primordial de los grandes océanos, donde, gracias a la energía proporcionada por el calor, los rayos ultravioletas y la electricidad ambiental, surgieron estructuras orgánicas más complejas que hicieron posible la formación de una atmósfera rica en oxígeno y el posterior desarrollo de todas las especies vivas. Fueron las bacterias los primeros pobladores del planeta y serán los últimos en dejarla cuando dentro de cuatro mil millones de años el fuego del Sol al morir consuma definitivamente la Tierra, nuestra única patria y morada. Somos polvo de estrellas, materia hecha consciencia en la que confluyen todos los niveles de realidad: fisicoquímico, biológico, neurológico, psicológico, cognitivo, cultural y virtual. Pienso, luego existe el Cosmos.

La existencia del hombre, el homo sapiens el hombre de Cromañón, la única consciencia capaz de preguntarse algo tan insólito como ¿Por qué el ser y no la nada? data de unos cuarenta mil años hacia atrás. Si convertimos la edad del Universo a escala de veinticuatro horas, el hombre lleva sobre la Tierra apenas unos segundos. Unos segundos tan valiosos que nos permiten considerarnos ciudadanos del Cosmos. Posiblemente los únicos. Stephen Hawking dejó escrito en su libro (póstumo) "Breves respuestas a las grandes preguntas"Tal vez la probabilidad de que la vida aparezca espontáneamente es tan baja que la Tierra es el único planeta en la galaxia — o en el universo observable— en el cual sucedió.