martes, 17 de julio de 2018

Cosmopolita



El término “cosmopolitismo”, antítesis de “nacionalismo” (al que me referí en otro artículo) tiene varios significados que me gustaría por lo menos airear. Comienzo brevemente por sus raíces históricas para seguir con algunas consideraciones más actuales.
Literalmente “cosmopolita” significa “ciudadano del mundo”. Sócrates y los sofistas fueron los primeros en contraponer naturaleza y convención como tema de reflexión: la diferencia es que al primero lo condenaron a muerte por cuestionar las convenciones sociales, mientras que los segundos enseñaban a usarlas con éxito en la vida pública.
Pero el primer filósofo griego que reivindicó el término “cosmopolita” fue Diógenes de Sínope, fundador de la escuela helenística cínica o etimológicamente “perruna”. Según parece, sus compatriotas atribuían esta denominación a los pensadores (o individuos) que se declaraban ajenos o contrarios al rígido nacionalismo diferencial del nomos (usos sociales, costumbres, leyes, religión) de las ciudades Estado griegas. Después de todo, el perro es un animal que se rige por sus inclinaciones naturales y habita en todos los lugares del mundo. También los estoicos defendieron que el vínculo primordial que une a los hombres no es político sino natural. La naturaleza humana, como la cualquier ser vivo, es un conjunto de necesidades, instintos, tendencias, deseos y fines universales. En líneas generales, ambas escuelas vinculan la tesis del cosmopolitismo con la existencia de una ley común, una especie de ley natural que, por encima de cualquier legislación positiva determina el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la virtud y el vicio, la felicidad y la desdicha, y sería la medida exacta de la conducta humana. Corresponde a la razón descubrir esta naturaleza innata. Son las leyes naturales las que unen a los hombres y los acercan fraternalmente como ciudadanos de un orden utópico, decían. La mayoría de las escuelas helenísticas, por ejemplo, los epicúreos, crearon jardines y espacios de convivencia ajenos a la ciudad Estado. Para las escuelas helenísticas, el hombre no es por naturaleza un animal político, como afirmaba Aristóteles, sino simplemente… un animal.
Y aquí empieza el lío: cuando las sucesivas generaciones de filósofos pretendieron haber encontrado las leyes comunes ocurrieron tres cosas: primero, que las convirtieron automáticamente en sólidas convenciones, en formulaciones explícitamente teológicas,  éticas y políticas; segundo, que no hubo acuerdo en la formulación de tales leyes. Recordemos a San Agustín (¡dos ciudades que se ignoran!) Tomás de Aquino, Hobbes, Locke, Rousseau o Marx; tercero, la diversidad de interpretaciones de la esencia de la naturaleza humana desvía el sentido genuino del cosmopolitismo hacia su contrario: las diferencias religiosas, morales y legales.  
Algunos han querido ver esa naturaleza humana común, universal, en la construcción histórica de los derechos humanos. Podemos pasar por alto que su descubrimiento histórico, progresivo y progresista, no sea contradictorio con su carácter natural. Una sola anécdota desbarata el invento. Hace años participé en la elaboración de los programas de Bachillerato y los libros de texto de un país centroafricano. Contaba con la colaboración de dos expertos nativos pertenecientes a etnias distintas. Cuando salió a la palestra el tema de los derechos humanos ambos coincidieron en que eran un invento de la cultura occidental y que no tenían ningún valor para las etnias africanas. Allí regían otros códigos inmutables. Incluso los derechos naturales eran diferentes para cada etnia, una de las cuales, para empezar, se sentía superior a la otra desde tiempo inmemorial por unas mitologías arcanas anteriores incluso a la aparición de las razas. Los jefes tribales son los herederos de los héroes inmortales del mito y sus derechos sobre sus súbditos son ilimitados.
En los países que defienden la universalidad de los derechos humanos, ocurren, a su vez, tres cosas: primero, los respetan parcialmente o no los respetan; segundo, son el aceite lubricante del capitalismo industrial y financiero; tercero, una tupida niebla semántica difumina el significado de sus términos para adecuarlos cuando convenga a fines particulares. No me extraña que los miembros de la Academia de la Lengua pierdan los papeles en sus disputas.
La Unión europea está basada en intereses económicos puntuales y un nacionalismo sin careta. La actual política internacional de Estados Unidos, Rusia o China consiste exclusivamente en barrer hacia dentro. No se ponen de acuerdo siquiera en evitar los crímenes de lesa humanidad.
Leía hace días en la prensa que un renombrado astrofísico afirmaba que por un montón de razones estamos solos en el cosmos. Inversamente, en la NASA consideran que sería un milagro estadístico que fuera así. Sea como sea, la mayoría de las personas, posiblemente influenciadas por la ciencia ficción y otras ficciones más interesadas, consideran a los extraterrestres provenientes de otros lugares del universo más como una amenaza nacionalista a escala planetaria que como unos pacíficos bienhechores dispuestos a compartir el pan y la sal. Después de todo, nada menos cosmopolita que El señor de los anillos o Juego de tronos. En las encuestas extraterrestres se impone la fuerza a la sabiduría. Quizás esos viajeros del más allá sepan en qué consiste la ley común a los seres racionales. Que nos visiten estos ciudadanos del cosmos acaso sea la única solución posible a lo que Borges tituló Historia universal de la infamia.
¡Pobre Diógenes si levantara la cabeza!
En cualquier caso, como dice el refrán, Dios aprieta pero no ahoga. Hay brotes verdes de cosmopolitismo entre los jóvenes: por ejemplo, los universitarios que disfrutan de las becas Erasmus para formarse profesionalmente y conocer otras personas, lenguas y culturas en los países de la Unión Europea. Vuelven encantados y enriquecidos con la experiencia. Algunos encuentran allí a su media naranja e incluso se instalan definitivamente porque fuera de España hay mejores oportunidades de trabajo debido a la libre circulación de personas y, sobre todo, a la escasez y precariedad de nuestro mercado laboral.
Las oportunidades de viajar a precios asequibles permiten a los jóvenes moverse por todos los rincones del planeta y conocer, independientemente de su valoración ética y política, una increíble variedad de culturas. Esta es quizás la mejor educación cosmopolita: observar, aprender, comparar, proponer.
Dejo sobre la mesa, por último, tres preguntas: en los grandes centros urbanos, coexisten diversas razas, creencias, costumbres, tradiciones procedentes de diferentes países; por ejemplo, Nueva York, París, Berlín, Londres o Madrid. ¿Se puede hablar realmente de cosmopolitismo?  ¿Ha sido y es Barcelona una ciudad cosmopolita? ¿Qué respuesta cabe desde el cosmopolitismo al drama de la emigración desde las costas africanas a Europa?

viernes, 13 de julio de 2018

Impresiones de un profesor en Barcelona



Lo que describo a continuación son mis experiencias en un instituto de enseñanza secundaria de Barcelona a principio de los años ochenta. Era mi primera plaza en propiedad. Insisto: me limito, en la medida de lo posible (no existe la neutralidad pura) a exponer en primera persona, no a juzgar ni a criticar las distintas vivencias de entonces.
Como decía, era mi primer destino como funcionario de carrera en prácticas. Soltero y sin compromiso. El primer lugar que me asignaron fue Huesca, lejos de Madrid; no me gustaba pero al menos era una capital de provincia. Calculé que podría acercarme a mi tierra en un par de años ya que aún no había concursos de traslados autonómicos que prácticamente te impedían (o restringían) salir de la comunidad de destino. Tras el obligado período de reclamaciones de los opositores a la lista provisional me asignaron la plaza definitiva en un instituto periférico de Barcelona. Un rebote inesperado. Me lo tomé por el lado positivo: vivir un tiempo en la ciudad más próspera, europea, marítima y modernista de nuestro país. Una experiencia prometedora.
Mi relato se sitúa en plena efervescencia del nacionalismo catalán, aunque no tanto como ahora. El tema de la independencia estaba latente, pero de momento el objetivo era conseguir un estatuto lo más amplio posible. No diré nombres. 
Cuando me presenté al director en la fecha prevista, lo primero que me espetó, tras un breve saludo y una información protocolaria sobre el centro y mis colegas del departamento, fue que aunque era madrileño era evidente que tenía raíces catalanas: mi segundo apellido es Isern, muy común en Cataluña; en mi caso procede de Mallorca. Le mentí prudentemente que así era; que una parte de mi familia materna vivía en Pedralbes, lo cual era cierto: Nos habíamos tratado muy poco. Ignoro las razones. Les hice varias visitas. Eran muy españolistas. Recuerdo lo que me dijo un tío abuelo la última vez que comí con ellos: ten siempre presente que Cataluña está dividida en dos partes que se ignoran y en el fondo, se desprecian. Lo único que se interpone es el dinero. Antes o después serán irreconciliables.  
Me preguntó el director si pensaba quedarme permanentemente en Barcelona, tras cerciorarse de que era exclusivamente castellano hablante. Le dije que todavía no lo había decidido, que me sentía a gusto en Barcelona (un halago de doble filo) pero que me inclinaba por volver a Madrid por motivos familiares. No se interesó por los detalles. Me recordó que si no pensaba integrarme definitivamente en Barcelona, con todas sus consecuencias culturales y lingüísticas, fuera consciente de que ocupaba la plaza de un profesor catalán que quizás estuviera desplazado en otras comunidades españolas: sonaba a que el profesor catalán estaba exiliado contra su voluntad y yo expatriado voluntariamente. Como traía la lección aprendida le contesté que estaría encantado de permutar mi plaza (un procedimiento legal) con un profesor catalán de mi asignatura que estuviera destinado en Madrid o provincia pero que ese procedimiento no era viable mientras yo estuviera en prácticas (una argucia del Ministerio de Educación para pagar menos a los profesores durante el primer curso de ejercicio). Somos un instituto bilingüe, concluyó, pero comprenderás que nuestra lengua predomine a todos los efectos. No le pregunté de qué “efectos” hablaba porque prefería enterarme sobre la marcha. Por cierto, entre norma y consejo dejé caer que no me interesaba lo más mínimo el fútbol y que no iba con el Real Madrid. A partir de ese momento y durante los dos cursos que trabajé en Barcelona mi relación con el director fue buena, es decir, inexistente, aunque no dejamos de saludarnos cortésmente en los pasillos. Buen rollo entre dos líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. No volví a pisar su despacho excepto para despedirme cordialmente. Jamás sentí el menor tipo de acoso profesional por parte de ningún miembro de la junta directiva, al contrario, siempre conté con su apoyo y colaboración.
Había horario partido, lo que suponía dar clase por la tarde dos días a la semana. El primer día que me tocó, me uní a la hora de comer a un grupo de diez profesores en la cafetería-comedor del instituto. Hablaban todos en catalán, excepto un catedrático de historia que sentía un desprecio manifiesto por el ambiente maniqueo de las mesas. A oídos sordos insistía en que la historia de Cataluña que contaban los nacionalistas era tendenciosa, falsa y además ellos lo sabían. El no ser me envolvía. Tuve la suerte de conocer pronto a un compañero de fatigas vallisoletano, profesor de lengua y literatura españolas, que vivía en Barcelona desde hacía un montón de años y a algunos colegas de la misma condición. Hacíamos vida aparte. Nunca hubo malos rollos. Simplemente nos ignorábamos. En mi opinión, sin la guerra civil  y la implacable represión de la lengua y la cultura catalana por el franquismo, Cataluña sería algo parecido a Escocia. Se ha cumplido la profecía de mi tío abuelo.
Un grupo de profesores, muchos catalanes conversos, provenientes de otras regiones de España, organizaron en la primera semana del curso una excursión sabatina al Penedés en un autobús alquilado. Había dos tipos de conversos: los que habían nacido en Barcelona y los que no (cuanto menos catalanes, más radicales). Me llamaban Isern. Decidí observar el panorama. En seguida se formaron varios grupos separados, como en las bodas. Si el objetivo era confraternizar, fracaso total. Después de comer, se montó en una cabaña una partida de póquer. Uno de los conversos no natos, algo bebido que además perdía empezó a llamarme “el social” en alusión a la temida brigada político-social franquista, a insultarme desde que se enteró de que era de Madrid. Estuvimos a punto de llegar a las manos. Les gané una considerable cantidad de dinero, jugaba mejor que ellos sin más, y en estas menudencias pasamos la tarde. A los pocos días, los perdigones de la cabaña me invitaron a una timba en casa de uno de ellos. Me olí la tostada de un contubernio para desplumarme (nunca lo supe, lo reconozco) y rehusé en tres ocasiones hasta que se cansaron y me dejaron en paz. Los catalanes autóctonos soportaban a los conversos que les hacían loas y zalemas pero tampoco los trataban como a iguales. Cuatro grupos sociales convivían en el centro. Desde mi punto de vista, la diferencia entre conversos y autóctonos era que a los primeros los entendía, los consideraba mis próximos (los insultos del pagano del póquer eran impensables en un catalán de pura cepa); me resultaban incluso más transparentes que otros colegas de diversas regiones españolas que he tratado en Madrid. Los autóctonos, al contrario, me resultaban mas impenetrables que otros profesores europeos...
El trato con los alumnos fue en general bueno. No hay mejor método que levantar la mano y facilitar las cosas. Les expliqué los avatares burocráticos que me habían llevado hasta allí. Casi en tono de disculpa. Algunos me preguntaron si podían escribir los exámenes en catalán. Les dije que por supuesto, el único inconveniente era que mis conocimientos de su lengua materna eran limitados y quizás no entendiera sus respuestas todo lo bien que merecían por lo que podría haber errores de evaluación y continuas consultas en el departamento. Nunca tuve que corregir un examen en catalán. Su nivel de castellano era equivalente al de los alumnos de otras partes de España donde había trabajado de interino. En resumidas cuentas, eran bilingües; una riqueza cultural que no le hacía demasiada gracia a la directora del departamento de lengua catalana cuando cometí el error de comentárselo. Me trataba por mi apellido e intentaba captarme para la causa en un castellano tan fluido como el mío. Se dirigía, según ella, a la pars sana de mi herencia genética. Sutilmente me informó que había clases complementarias para los castellanoparlantes que decidieran también ser  bilingües, si tanto me gustaba eso. Para ella el castellano era una imposición del Estado que perjudicaba gravemente a Cataluña. Le dije que se lo agradecía pero que no merecía la pena que asistiera a sus clases pues pensaba pedir el traslado en cuanto pudiera para dejar mi plaza a un catalán de verdad, no a medias como yo. Su sentido del humor era un enigma inescrutable. Me contó que en un viaje a Madrid para participar en unas jornadas sobre la Renaixença, se partía de risa con las caras que ponían los dependientes de El Corte Inglés cuando les hablaba en catalán para comprar ropa interior. 
Los claustros de profesores eran “a todos los efectos” en catalán. Los temas estrella eran los de siempre: organización, coordinación, secuenciación, adaptación, distribución, evaluación... aparentemente se los tomaban muy en serio. En mi caso, nunca noté nada raro en el aula. Lo mejor era ver, oír y callar. Si algún foráneo preguntaba en castellano se le contestaba aleatoriamente en una u otra lengua. Mi amigo de Valladolid era el encargado de aclararme lo que pudiera tener relación con mi trabajo y se me hubiera escapado; nunca demasiado (después de todo el catalán es una lengua romance).
Hablo del ambiente que respiré en el instituto de enseñanza secundaria, no de Barcelona, la ciudad más próspera, europea, marítima y modernista de nuestro país.

domingo, 1 de julio de 2018

Palcos de ayer y hoy



Ya no hay palcos como los de antes. Me refiero a los palcos de ópera de las grandes capitales europeas. A los más exclusivos. A los de la ópera Garnier, por ejemplo. Normalmente estaban contratados una temporada tras otra por la crème de la sociedad parisina: los auténticos Guermantes del Faubourg Saint-Germain, la nobleza de rango, pares de Francia, escudos de prestigio con fortuna o sin ella (aunque este fuera su último empeño, en el doble sentido del término; ver y ser visto: figuro, luego existo). También la alta burguesía, familias adineradas de la banca y de la industria, intachables de puertas afuera, influyentes (l’argent fait tout), para las que el palco era un espacio de futuros negocios y escaparate de hijas casaderas bien vistas por los títulos nobiliarios con mucha heráldica y poco contante: nombres con mucho crédito en ciertas cosas y muy poco en otras. También por apuestos oficiales con uniforme de gala cuyo campo de batalla eran las veladas del París elegante: hijos de ilustres generales, cargados de medallas y billetes de banco, afines a la Restauración o renegados del Imperio, estos últimos con pocas oportunidades de ascender en la escala social.
Antes de comenzar la representación se pasa lista: quien está y quien no está, quien está con quien o quien no está con quien. Desfile de alta costura y joyas de las grandes firmas en manos, brazos y escotes deslumbrantes. Esmóquines, bastones de marfil con empuñadura de plata (que ocultan una hoja de acero filoso), monóculos, guantes blancos.
Caras nuevas en el patio de butacas, mundanos de pacotilla, petimetres y profesionales del sablazo, libertinos al estilo de Casanova y cortesanas de primera fila. Una noche en la ópera. Cuando se apagan las luces reaparecen los binoculares de orfebre. Empieza el tráfago en los palcos; en menos de media hora la geografía humana ha cambiado. En el patio de butacas, donde la movilidad es más limitada, el aforo mira a todas partes menos a escena. Sociología de la ópera decimonónica: paraíso (lugar de las clases medias), patio de butacas, palcos del primer y segundo anfiteatro: mundos paralelos, mónadas con estatus sin ventanas al mundo, culturas incomunicadas que necesitarán que finalice el siglo para empezar a comprenderse.     
La ópera profunda cobra vida en los palcos del Garnier. Requiebros amorosos que llegan a las manos de las bellas como por ensalmo, versos satíricos sobre ciertas matronas que los han vetado o pullas para difamar a sus rivales; replican a los galantes sobres perfumados con epigramas de doble o triple sentido. Un alto representante del clero entra camuflado en el palco de la condesa de N y se sienta en segunda fila. La peluca y el rostro empolvado no esconden el brillo salaz de sus ojos. En el escenario Adelina Patti interpreta un aria del Barbero de Sevilla, un libreto acorde con las inocentes travesuras del todo París.
Una variante de la época son los palcos sellados, cerrados a cal y canto. Gruesas cortinas de terciopelo que reservan inocentes pasatiempos. En el palco del duque de B. se juega a media voz una partida de bridge o de whist; apuestas fuertes sobre el tapete. En el de Monsieur L., el craso bodeguero borgoñés negocia sobre una mesa improvisada los términos de la boda entre su única hija y el vástago de una casa ducal venida a menos. En el de la marquesa de P. la baraja francesa se usa para jugar a las prendas entre tres damas y sus maridos, todos medio desnudos al terminar el primer acto. En el palco de la Princesa de N. sólo se corre la cortina de terciopelo para improvisar un refrigerio en petit comité. El príncipe consorte ha traído unas minucias de lo mejor de su cocina: perdiz fría, caviar iraní, queso de Normandía, croquetas de faisán, pastel de merluza y tarta de marron glacé. Un criado acude con dos botellas abiertas de Moët & Chandon en una cubitera con hielo. En el del Vizconde de V. dos cocottes retozan con el noble libertino, las bocas tapadas con pañuelos de seda para evitar los susurros, los gemidos a dúo o las frases obscenas del tenorio; lencería fina y bombones por el suelo. Todos estarán vestidos y compuestos a la mitad del segundo acto. Cuando termina la representación los carruajes de caballos esperan en fila a los señores de la noche. Algunos se demoran porque han ido a presentar sus respetos con orquídeas a los camerinos de las primas donas o a las jóvenes “promesas” del coro. Nieva en París, nieva sobre los Campos Elíseos y los jardines del Palacio de Versalles, nieva sobre el mundo entero…

Asistía hace unos días en el Teatro Real a la representación de Lucia di Lammermoor, las más famosa de las óperas de Gaetano Donizetti. Allí pude constatar las diferencias entre los palcos de antaño y los de ahora. En otra entrada me referí al Teatro Real y a sus entresijos musicales y sociales:


Para empezar, la mayoría de los palcos VIP del primer anfiteatro son patrocinados por bancos y empresas. Los mecenas distribuyen las invitaciones entre sus ejecutivos que a su vez las regalan a familiares y amigos. El público, por tanto, suele ser muy variado y cambiante; muchos invitados van por primera vez al Real: la curiosidad por asistir a un espectáculo insólito prima sobre el gusto por la música. La mayoría no vuelve. Además los buffets gratis del intermedio han ido perdiendo calidad y cantidad; como los programas de mano. Por supuesto, la mayor parte del aforo son abonados que eligen entre las diferentes modalidades y precios, por tanto, son aficionados a la ópera cuando menos.
En el palco de empresa nadie se conoce. Los extraños se saludan al entrar, ocupan su asiento y tal día hará un año. También puede ocurrir que un jefazo acapare todas las entradas del palco y asistan los miembros de una misma familia nuclear o extensa. En este caso resuenan los ronquidos del abuelo y los codazos de la nieta, la madre desenvuelve el papel de celofán de un caramelo de menta cada cuarto de hora: medio minuto crepitante que crispa al respetable; su marido, que ha ido por decreto conyugal, se sitúa lo más atrás posible conectado al partido del sábado con auriculares. Al hijo mayor, a su lado, se le ha olvidado apagar el móvil hasta que suena con estruendo un mensaje de WhatsApp que llega hasta el foso de la orquesta. Lo apaga presto pero enciende el Ipad sin sonido para ver la página del Real. Un foco más en la iluminación del teatro. A la abuela, más pendiente del ronquido marital que de la soprano, se le escapa sin control una tos bronquial con bramido expectorante que despierta del coma a los chavales del palco de al lado. En el patio de butacas una andanada de toses sin pañuelo hace coro a la abuela. El abuelo hace tal esfuerzo por no roncar en el sillón que se le afloja el muelle y larga un cuesco de tenor lírico. Desbandada en el palco de los jóvenes para no reventar de risa. Bochorno y vuelta al ruedo. Al final media hora de aplausos sin ton ni son.
Otras veces son clientes aventajados, negocios a la vista, que hubieran preferido el palco del Bernabéu, luchando con el tedio antes de cenar con los jefes de la empresa en el restaurante de teatro... Con todo pagado. Imagínenselo: este sería el único (y distante) punto de contacto entre los palcos de ambas épocas.