domingo, 16 de abril de 2017

Fotomanía


El torbellino fotográfico (también de videos) que se desata en los viajes organizados es un clásico de las tournées del tipo conozca París, Londres y Berlín en siete días. Al final, es tan inabarcable la cantidad de estímulos a los que se expone el sufrido viajero que si no hace montones de fotografías no recuerda los lugares que ha visto; a veces, ni siquiera ubica tales rincones o monumentos en una ciudad determinada. Tiene tal empanada mental que no sabe dónde ha estado. Por ejemplo, algunos recorridos por las grandes ciudades se hacen en autocar para poner la chincheta al mayor número de sitios en el menor tiempo. La cabeza del turista recuerda a la del espectador de un partido de tenis, fiu, fiu a izquierda y derecha, mientras la azafata se limita a citar una retahíla de nombres famosos y poco más… Al volver a casa exhausto, las fotografías le permiten hacer al menos una reconstrucción virtual del tumulto de experiencias que lo envolvió hace una semana (pero no vivió) y que por un efecto universal de la memoria a medio plazo se ha convertido en un mes.
Otra de las causas de que las cámaras echen humo es la complejidad artística de muchos de los monumentos y la saturación de explicaciones; el turista simplemente se aburre y la única forma de sobrevivir es desconectar o hacerles fotos. Hay gente que prefiere disfrutar de una obra de arte a través del objetivo de la cámara. Todos lo hemos vivido en la Capilla Sixtina. En realidad, esta forma aberrante de consumo estético se ha convertido en un fenómeno colectivo, en una tendencia de la psicología de masas que posiblemente forma parte del culto al smartphone. La primera recomendación de la azafata del grupo debería ser “olvídense del móvil, hablen entre ustedes de lo que les apetezca”. Por ejemplo de fútbol, comida o ropa. Cualquier cosa es preferible al raca-raca de la cámara y en general del trasto.
Por otra parte, la fotomanía tiene otras funciones al volver del viaje: dar la paliza a los amigos en agotadoras veladas después de invitarlos a cenar: es una celada previsible, aplazable pero antes o después imposible de evitar. O enviar inacabables WhatsApps a todo el mundo: puedes borrarlos según llegan, pero a corto o medio plazo tendrás que rendir cuentas y pasar el examen. O hacer gala del conocido narcisismo vacacional en la oficina con la Tablet: estampida general, los subordinados lo soportan por educación (los jefes simplemente cierran la puerta con siete llaves); por fin, convertir la clasificación de cientos de fotografías en el ordenador en un fin en sí mismo, un efecto similar a bajarse incontables películas, libros digitales o archivos sonoros.

domingo, 2 de abril de 2017

Big Data


Junto a términos y expresiones actuales de moda que ocupan un lugar privilegiado en los medios, las redes, la calle, la casa, como “populismo”, “posverdad”, el horrible galicismo “poner en valor”, “postureo” o “posicionamiento”, hay otro que empieza a ascender con fuerza en la escala social: me refiero al término “big data”.
Sin entrar en grandes detalles –es un mundo impenetrable-, el término se refiere a la acumulación de datos masivos como resultado de la utilización de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Estas galaxias digitales que se acumulan en las bases de datos de sectores públicos o privados proceden de innumerables fuentes y tienen diversos usos. Los podemos clasificar en diversas categorías:
Personales: llamadas telefónicas, e-mails, WhatsApp, comentarios en las redes sociales, entradas de blog o simplemente los rastros de nuestra navegación por internet.
Transaccionales: resultado de nuestras operaciones bancarias, rutinas comerciales (consumadas o no), compra de bases de datos por empresas de todo tipo, por ejemplo operadoras telefónicas o seguros privados, consultas reiteradas a sitios web, etc.
Demográficas: basadas en el sondeo direccional de los gustos y preferencias de una población desde parámetros como el sexo, la edad, la ciudad o el país.
Tecnocientíficas: generadas por la constante renovación de los aparatos dotados de sensores físicos o químicos, geográficos, térmicos o biométricos.
Intrusivas: relativas al seguimiento de la actividad de la vida privada de los individuos –incluso la de altos cargos de la administración de otros países- destinadas, en principio, a garantizar la seguridad interior y exterior, la defensa frente a enemigos potenciales y los intereses nacionales.
Esto supone que un ejército de potentes máquinas, robots de búsqueda, sofisticados programas de análisis y cualificados especialistas se dedican a dar orden, significado y finalidad a los big data. Su utilización primaria parece clara: la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado, el espionaje industrial y militar, la obtención de información privilegiada en sectores sensibles como la investigación, la planificación estratégica de las entidades financieras o industriales, la construcción de proyectos de marketing y distribución de la publicidad o la previsión de los objetivos políticos de las cúpulas dirigentes a nivel nacional e internacional… Dicho con otras palabras, los big data son una cuestión esencial para el desarrollo y la supervivencia del sistema. Al final, todo es capitalismo. Variantes ideológicas del capitalismo hay muchas; es economía política en función de tales variantes (desde la socialdemocracia de izquierdas hasta los populismos conservadores de extrema derecha), pero lo cierto es que no tenemos otro modelo alternativo y las propuestas antisistema cuando tocan poder juegan al mismo juego (entre ruidosas protestas, eso sí). Esto suena políticamente incorrecto pero es lo que hay.     
La pregunta es cuál es la repercusión que tiene el uso de los big data en el ciudadano medio. Es decir en el 99,9% de los individuos del ancho mundo. Me considero ciudadano europeo de a pie y mis respuestas por categorías a las repercusiones negativas que tienen en mí los big data serían las siguientes:   
En cuanto a la personal, lo que digo por teléfono, guasapeo, mis comentarios en Facebook mis entradas en el blog y mis búsquedas en Google me parece que son inocuas. Por eso no me crean ninguna molestia: a veces me llega propaganda de hoteles, restaurantes, vuelos, ropa u otros sitios que frecuento en la red; si no me interesa que sigan llegando borro mi historial de navegación en el buscador y se acabó.
La transaccional, la relativa a mis operaciones bancarias, a lo más que ha dado lugar es a llamadas de amables señoritas para informarme de las excelencias de sus productos, supongo que para colocármelos porque antes de que terminen les he dicho amablemente hola y adiós. A una operadora de telecomunicaciones que me llamó tres veces en una semana a la hora de la siesta, le dije que no se molestara más porque no tenía teléfono (lo cual no le impidió seguir con su rollo por lo que la colgué con un afable hasta luego Lucas). Otras veces digo con voz estresada que estoy reunido por las mañanas (o por las tardes) y no puedo atender a nadie en esos horarios de trabajo.
De la demográfica solo me entero (y lo considero muy positivo) cuando quiero saber el tiempo que va a hacer o los niveles de contaminación atmosférica. También cómo está el tráfico, mi curva de peso o los quilómetros que he andado esta semana. Por lo demás mis gustos y preferencias son tan erráticos y de tan amplio espectro que dudo que resulten operativos a la hora de clasificarlos en patrones de big data. O sea, inservibles.
En cuanto a las intrusivas, a no ser que alguien tenga interés por enfocar el satélite a la frutería donde compro mis judías verdes favoritas, siga por GPS mis hábitos evacuatorios o anote mi recorrido al gimnasio un par de veces por semana soy más inocente que un corderillo lechal triscando en la pradera.

sábado, 18 de marzo de 2017

La Unión Balompédica Conquense


Todo buen aficionado al fútbol tiene dos equipos del alma: el grande y el del terruño. En mi caso es evidente para quien me conozca o haya seguido mi blog que el primero es el Atlético de Madrid. El segundo la Unión Balompédica Conquense.
Soy madrileño pero por el trabajo de mis padres me he criado en Cuenca hasta los dieciocho años. Mi pandilla era muy aficionada a darle patadas en serio a la pelota de cuero. Antonio, José Ignacio, Pepe de Diego, Angelito, Juan Ramón, Rafa Portilla, Rafa Morazo y tantos otros… Recuerdo incluso las liguillas a tres que montábamos en los recreos los compas del instituto: Sapo-Cerri, Tempra-Fito, Sapo-Tempra, Cerri-Fito, etc. Pero sobre todo me vienen a la memoria los partidos épicos que la panda organizaba los fines de Semana en el solar de la fabriquilla (un aserradero de madera en las afueras de Cuenca) que duraban toda la tarde: desafío, revancha, contrarrevancha, desempate final… A veces, otro amigo, Pipe Murcia, gran chico, nos invitaba a jugar en la finca agropecuaria del Terminillo, en pleno campo al sol de primavera (nos llevaban en una camioneta de la explotación) con porterías de tres palos y suelo de hierba de prado, desigual y alta, pero un sueño para la imaginación cuando todavía no había sido fulminada por internet, la alta definición y los videojuegos. Entonces había imaginación, no imágenes. Teníamos quince años y grandes equipos aparte, donde las diferencias eran insalvables (por lo demás las de siempre) a todos nos unía el amor a los colores de la Unión Balompédica Conquense.
En una pizarra de dos metros en medio de Carretería, la calle principal de Cuenca, se anunciaban los pormenores del partido del domingo. El presupuesto no daba para carteles y mojigangas. No nos perdíamos ni uno. A las tres y media (en invierno antes) estábamos como clavos en la cola de las taquillas de la Fuensanta, el estadio. Había entradas a mitad de precio para menores de doce años. El chollo colaba porque Santiago uno de los puertas, muy amigo del padre de Juan Ramón, hacía la vista gorda. Un día lo destinaron a las oficinas del club y cuando le dimos las entradas al nuevo, nos midió de arriba abajo y sentenció con voz firme: con que menos de doce años; no os dejaba solos con mi hija ni cinco minutos. A correr a España. En taquilla nos mandaron a freír espárragos por farsantes. Al final, tras un desgarrador lamento, nos cambiaron las entradas pagando una fortuna. Entonces decidimos hacernos socios. Había carnet para jóvenes (hasta los dieciocho años) y, en comparación con la nueva tarifa, salía rentable. Además nuestros padres pagaban la cuota en una cuenta bancaria y de paso nos perdían de vista los domingos por la tarde. Negocio redondo para todos.
La Fuensanta era entonces un campo de tierra con una tribuna y unas gradas enfrente (no recuerdo cuántas pero no más de diez o doce) de cemento puro y duro que cubrían el lateral del campo. El resto estaba simplemente limitado por una barandilla metálica de un metro pintada de blanco. Había más recogepelotas que en Maracaná. El campo sólo se llenaba hasta los topes (día del club, medio día del club, precio especial) cuando venían lo equipos punteros de Madrid: el Moscardó, el Plus Ultra (filial del Real Madrid) y el Rayo Vallecano que nos metían unas zurras de miedo. En aquel Rayo comenzó su carrera un jovencísimo y letal Felines. El delantero centro del Plus Ultra era Grosso, luego jugador del Real Madrid que al final de una liga se lo cedió al Atlético para reforzar la delantera y evitar que bajáramos a Segunda (¡Qué tiempos aquellos!).
Nos sabíamos la alineación del conquense de memoria: Mayo, Sanz, Klett, Parada, Arias, Arche, Portillo… Por cierto, a Arias, el mejor con diferencia, lo fichó el Valencia donde dio muchas tardes de gloria a la afición del Turia y llegó incluso a la selección española. Debían cobrar cuatro duros, desplazamientos y poco más; lo más lejos que iban era a Tomelloso, la mayoría en su seiscientos; en realidad eran jugadores aficionados; por ejemplo, el extremo derecha Portillo era empleado de El Corte Inglés y así sucesivamente. Ahora la Fuensanta es un recoleto estadio de césped natural con capacidad para 6.700 personas (les obligaron a acondicionarlo cuando subieron a Segunda B en la temporada 77-78) e incluso disputaron en 2004 un emocionante partido de promoción a Segunda contra el Madrid B en el Bernabéu donde “casi dan la sorpresa”. Su uniforme es camiseta blanca, pantalón negro y medias negras. Hace tiempo que les he perdido la pista pero suelo leerme los resultados cada fin de semana. El club tiene una página web http://www.ubconquense.es/ pero al menos hoy no he conseguido abrirla. La última vez que vi la Fuensanta fue desde un ventanal del colindante Hospital Virgen de la Luz durante una visita a un familiar.
Lo cierto es que las anécdotas que cuento datan de los años setenta. Las gradas se petaban de socios y simpatizantes. Muchas veces cuando el partido había empezado se abrían las puertas y entraba la chiquillería andante de San Antón y otros “barrios bajos” de Cuenca. Se  ponían en la barandilla detrás de la portería del equipo visitante para darle la murga. A veces una pareja de guardias los dispersaba por el campo cuando se hartaba el entrenador.
Mientras que en el Calderón no conoces a nadie, lo bueno de La Fuensanta es que te sabías la vida y milagros de cada hijo de vecino. Aquello parecía un patio de corrala más que una grada. Las localidades no estaban numeradas aunque los grupos de amigotes y novias (una vez casadas pasaban ampliamente del tema, o sea, del fútbol y el marido) solían sentarse por las mismas zonas. Los bocinazos de según quien eran coreados con grandes risotadas o abucheos. Quien te conozca que te compre. Solo en las grandes ocasiones había alguna que otra pancarta más bien chapucera. Tampoco había cánticos corales ni grupos ultras. En cuanto diluviaba había que suspender el partido porque la tierra se convertía en el magma primordial del que se formó el mundo. Muchas veces a la vista del parte meteorológico el partido se aplazaba sin fecha. La temporada duraba dos meses más para recuperar el tiempo perdido. El fútbol era por supuesto de medio pelo para abajo, los goles venían casi siempre precedidos de cantadas inauditas de la defensa o del portero o bien de follones y rechaces que duraban diez minutos en el área tras un saque de esquina. Para rebajar el aburrimiento el fuera de juego prácticamente no existía. No se me olvidará la tarde que apareció por el túnel de vestuarios, debajo de la tribuna, un árbitro jorobado. Silencio expectante en el respetable no repuesto aún de la sorpresa. A los cinco minutos ya era el “chepi”. En la segunda parte la gente lo dejó en paz.
A las diez de la noche en la radio local era obligado escuchar el programa deportivo Junto a la cepa del poste por Román de Lerma donde se entraba en jugosos pormenores, valoraciones del partido y entrevistas con los protagonistas. La crónica periodística del Ofensiva, prensa del Movimiento y único diario de la capital, era un espejo de lo dicho en la radio y aunque con distinta firma resultaba evidente la común autoría. Román debía tener un enorme fichero acumulado durante muchas campañas de frases hechas, tópicos y banalidades (hoy es igual) que copiaba y pegaba según las incidencias y resultados.
En las ferias y fiestas de San Julián solían traer a precio de oro (supongo) a un equipo de primera división que venía cargado de suplentes y canteranos. Recuerdo un año que vino el Atlético de Madrid de Gárate sin Gárate que se llevó el trofeo en los penaltis. Corazón partido. Es la única vez en mi vida que no me hizo gracia que ganara el atleti.

viernes, 24 de febrero de 2017

Los viajes organizados

Ahora todo el mundo, desde jóvenes de veinte o menos, matrimonios treintañeros, jubilados añejos y ancianos del último viaje, visita los lugares más recónditos del mundo. Este fenómeno global ha sido denominado, como no, por los franceses, Les nouveaux voyageurs (los nuevos viajeros). Obviamente las causas son múltiples y hay que buscarlas en las facilidades de información y contratación mediante las nuevas tecnologías que permiten ir al faro del fin del mundo desde tu portátil, a la proliferación de vuelos low cost o a las ofertas tentadoras de hoteles y apartamentos en temporada baja. También al éxito en la tele de los documentales dedicados a enseñarnos las maravillas de lugares exóticos (un ejemplo es el canal Viajar). Y, sobre todo, al surgimiento de una nueva forma de vitalismo colectivo, al impulso de ensanchar geográficamente los límites de la vida, un retorno al espíritu del Renacimiento digno de ser estudiado por la psicología de masas. Sin duda esta es la cara más amable de la globalización.
Hay muchas formas de hacer el petate y salir pitando, incluso cargado de niños, al aeropuerto internacional más cercano. Estas son algunas de las opciones del nuevo viajero:
- Las diferentes formas de ecoturismo.
- Los safaris fotográficos en África con “refugios de avistamiento en medio de la jungla”.
- El turismo rural en cabaña o la aventura con mochila y tienda en “los espacios vírgenes”.
- El seguimiento parcial o total de las grandes rutas de los exploradores del siglo XIX incluidas las expediciones polares.
- Los itinerarios antropológicos (visitas a poblados africanos, amazónicos o esquimales).
- Los paraísos isleños del Pacífico sur o los rigores de la Australia profunda…
- Balnearios milagrosos donde al final lo de menos son las aguas termales.
- Estancia mística en monasterios compartiendo los madrugones de los monjes.
- Los increíbles paisajes urbanos de los emiratos árabes.
- El viajero solitario que vaga sin rumbo por los pueblos profundos de un país (o continente), entregado al azar diario de las circunstancias o a los destinos elegidos de pronto mientras acaba de desayunar en un puesto de la calle.
Y por supuesto la vieja Europa. Aquí me voy a referir a los llamados “viajes organizados” del tipo conozca Roma, Florencia y Venecia en una semana. Tales viajes, sean del Inserso o de El Corte inglés, tienen sus ventajas y sus inconvenientes; una de las ventajas es que normalmente salen más baratos que ir por libre (aunque depende del paquete de servicios que contrates); también que te lo dan “todo hecho”, te resuelven los problemas del idioma (el intérprete evita que saques a pasear tu intolerable spanglish) y que metas la pata más de la cuenta en ciertas situaciones por aquello del relativismo cultural y la gran variedad de usos sociales. Pero aquí voy a referirme más bien a los segundos, a los inconvenientes, en una relajada crítica costumbrista de los grupos heterogéneos.
Para empezar, en el ejemplo italiano, viajar no consiste en poner la chincheta a mil por hora en los rincones, restaurantes, tiendas, museos o monumentos que recomiendan con letra capitular las guías de turismo pastoreados por una azafata abanderada que se detiene, pongamos por caso, en ciertos cuadros de una famosa pinacoteca para que el cicerone de la agencia nos empache a sus anchas. Las explicaciones al cabo de un tiempo resultan abrumadoras; a la mayoría se la sudan. Cuando empiezan a aburrirse los menos tímidos deciden intervenir con continuas preguntas. ¿Es cierto que el rey era bisexual? ¿Qué significa el pájaro del árbol que se ve por la ventana del cuadro? ¿Se podían casar los bufones? El cicerone se los quita de encima como puede pero el resultado es prolongar la sesión. Los más avispados desconectan y se desmarcan del grupo. ¡He visto a alguno, sombrero calado y solapas subidas en la sala de al lado con una audioguía! Lo que les espera después, si por ejemplo están en la incomparable Venecia, es una procesión de góndolas en una de las cuales un tenor de medio pelo no deja de interpretar O sole mio y otros aires de verbena a la italiana mientras nuestros compatriotas comen pipas y tiran las cáscaras al canal: el encanto se desvanece.
Cuando el grupo es llevado del ramal a las ruinas de un templo griego, foro romano o excavaciones prehistóricas, el desánimo cunde por doquier tras un vistazo general. Si nos llegan a advertir que los monumentos estaban en ruinas no hubiéramos venido, protesta un cincuentón avinagrado; una idea que no me parece descabellada es colocar maquetas a escala de cómo eran exactamente (policromía y figuritas incluidas, con las respectivas explicaciones breves y dos veces buenas de lo que tenemos delante). Desde los más leídos hasta los más campechanos se beneficiarían del invento. ¡No se han fijado! Al cabo de un cuarto de hora la mayoría, rompiendo la disciplina de grupo, está hacinada en una sala oscura donde se proyecta a uña de caballo una historia insustancial del lugar. El medio es el mensaje. Los jovenzanos encienden porros sin parar. Otros matan el tedio con un safari fotográfico. Lo que importa no es el bello rincón de una callejuela sino la imagen que se enviará por WhatsApp a familiares y amigos; o servirán para conocer por primera vez los rincones que recorrieron. Muchos viajes al extranjero tienen un componente narcisista: estuve en París, cuenta orgullosos en la oficina, sin entrar en más detalles a no ser un aluvión de imágenes de la galería del móvil que a nadie le interesan. El Louvre en la nube de Google.
En la Galería Uffizzi oí al marido de un grupo de franceses refunfuñar alto y claro: j’en ai tout à fait marre! Que en versión libre podría traducirse por ya estoy hasta los c… de este rollo, mirando a su mujer como si ella tuviera la culpa. ¡Iban por la segunda sala dedicada al Duecento y Giotto! Los franceses, en el catálogo de tópicos y estereotipos que los europeos se aplican mutuamente, son como el camembert, un queso que viaja mal. Esto no es ningún obstáculo para que tengan un amplio repertorio de viajes à la mode: turismo sostenible, de intercambio, ético, responsable, solidario, verde, de escapada, etc. Tiempo habrá de armarla.
Otro aliciente de los viajes organizados es conocer gente nueva, relacionarte, ligar. Un bien, no lo dudo, en sí mismo, sobre todo si no tienes compromisos sentimentales y acabas llevándote al huerto al o a la maciza del grupo. Rara vez pasa. Lo que ocurre más bien es que siempre te tropiezas con una pareja de seres sociables por naturaleza (buena gente en cualquier caso) que se te pega por etapas con un interés cada vez más íntimo (e intimidante) que por desgracia no es correspondido. En todas partes coinciden contigo como por ensalmo. Cuanto más insisten menos ganas tienes de contarles tu vida y viceversa. En resumen, una encerrona psicosocial que o bien cortas por lo sano (para ambos lados) o se convierte en un juego del escondite de lo más desagradable. A cierta edad nadie tiene ganas de hacer amigos.
Ir de tiendas suele ser la guerra. Por eso los guías del grupo les indican los barrios de compras más concurridos o los grandes almacenes donde pueden invertir en caprichos y regalos… y después se abren discretamente. A tal hora en tal sitio y que disfruten. El marido se compra como mucho algún souvenir hortera en menos de cinco minutos: un casco de centurión romano, una camiseta del equipo local de fútbol, un bailarín que se mueve al son de la música y que solo funciona en la tienda. Pero su mujer no tiene tanta prisa. Se detiene durante siglos en cada tienda y se embelesa con los detalles más nimios de cualquier mojiganga. Antes de comprar, si es que se decide, compara precios y distingos en las tiendas de tres manzanas. Al cabo de un rato el marido ni entra. (¡No se han percatado de que cuantos más años tienen las parejas más discuten!) El incauto, hechas sus compras relámpago, acompaña a su parienta al principio con ánimo epicúreo, luego estoico, después escéptico y finalmente cínico. Acaba largándose por su cuenta para darse a la bebida hasta la hora de la cita. Después comienza otro calvario de reproches por la fuga. ¿Por qué no hacer cada uno lo que le dé la gana desde el principio? A fin de cuentas ir en grupo lo facilita: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas.
Por último las comidas típicas y los espectáculos guiris de los viajes organizados me recuerdan a Mixomatos el guía y su telaraña de primos en la aventura de Asterix y los juegos olímpicos: el cambista de moneda Calvados, la posada en Atenas de su primo Plexigas, también el conductor de carros Scarfas (hasta los caballos del tiro son primos), el restaurante de su primo Recarabos y para la fiesta de la última noche en Atenas, el mesón de otro de los primos de Mixomatos cuyo nombre no se menciona. Obelix pregunta a Asterix con sana ignorancia si la Acrópolis es también una de sus primas.

viernes, 10 de febrero de 2017

Posverdad


El término à la mode de “posverdad” tiene un significado estrictamente político; para empezar, lo podemos entender con un ejemplo literario. Las novelas policíacas, por ejemplo los casos de Sherlock Holmes, al revés de lo que ocurre en política, comienzan por la posverdad (o sea, la falsedad) y acaban en la verdad de los hechos comprobados. Primero las opiniones infundadas de la prensa: "Según parece, el asesino tomó el último tren nocturno en la estación de Paddington hacia las tierras altas de Escocia y ahí se pierde la pista". O las teorías del cierre en falso de Scotland Yard, en las que el obtuso Lestrade, sin enterarse de nada, pretende dar lecciones a un aficionado como Holmes; o las conjeturas simplistas de Watson que apenas rascan la superficie de los hechos. Todo es gratuito y accidental. Finalmente Holmes, recoge los datos relevantes, descarta las hipótesis inútiles, reúne las piezas del puzzle y descubre la verdad completa. O sea, resuelve el caso. La opinión pública conoce lo que pasó, Lestrade "agradece la ayuda prestada" y Watson relata el caso a su manera como cronista de su compañero de fatigas.
En la política actual ocurre exactamente lo contrario: la opinión pública, es decir, aquellos millones de individuos que legitiman con su voto el poder público en una democracia neoliberal (que no es otro que el económico), son llevados del ramal hasta las urnas por la desinformación con efectos retroactivos, la desmemoria crónica de los dirigentes, la negación de la evidencia y el principio de contradicción en casos muy graves de corrupción. También son factores que favorecen la posverdad los laberintos ideológicos de los tertulianos, las fabulaciones de los ignorantes mediáticos, las cortinas de humo de la noticia caliente que se vende (en el doble sentido del término) y las declaraciones de encefalograma plano de los políticos profesionales. O sea, lo que aparenta ser la verdad es más decisivo que la verdad. Un retorno contundente a la caverna de Platón: lo que cuenta son las sombras tenebrosas que se proyectan sobre la pared y los ecos confusos de las voces que resuenan en la gruta. El descrédito actual de la política proviene directamente de la conspiración sistémica contra la verdad. El Brexit, el triunfo electoral de Trump en las presidenciales y las mayorías relativas del PP en las generales… son ejemplos fehacientes de la eficiencia política de la posverdad.
Son varios los elementos que intervienen en la producción masiva de la posverdad y sirven para crear las condiciones de su eficacia. La psicología de masas es el primero: como en los términos de “posmodernidad” o “posindustrial", el prefijo post se refiere a algo que si bien ha ocurrido, ya está superado; alude a ciertos hechos no negados pero actualmente irrelevantes, inoperantes, desbordados por las nuevas circunstancias nacionales o internacionales. Es algo que la memoria colectiva debe dar por cerrado, olvidado, porque ha sido desplazado por nuevas realidades inmediatas y más urgentes: de ahí que también se hable de verdad posfactual. La sustancia de la posverdad o verdad posfactual es justamente que la verdad ya no importa. Es agua pasada y el cauce está seco. El procedimiento es demoledor: se reinterpretan ad hoc, falazmente, los hechos del pasado para adecuarlos a los intereses del presente. (La memoria individual funciona del mismo modo en numerosas ocasiones).
El irresistible ascenso  de la verdad posfactual se debe en gran medida a los efectos devastadores de la crisis, presentados en la mayoría de los casos como posverdades. También a la ineficacia de las instituciones para buscar soluciones creíbles en vez de márgenes y dividendos. Y al conocimiento popular de quienes son los poderes reales que mueven el mundo (y que han dado el golpe de Estado de la crisis en beneficio propio), algo evidente no ya para la crítica de la razón sino para el sentido común. Todo junto ha propiciado la indiferencia colectiva, cuando no el desprecio, ante la verdad política. Este es el caldo de cultivo de las ideologías prefacistas. El objetivo es el desprestigio de cualquier boceto de democracia participativa. Su primer paso es utilizar de forma torticera los derechos y libertades del Estado de derecho, especialmente la libertad de expresión: demagogia populista, contradicciones flagrantes, desmentidos infumables, desvergüenzas maquilladas. También el aluvión de bulos y contrabulos en las redes sociales, mentiras atrayentes, intrigas inventadas y, sobre todo, las campañas de manipulación de la opinión pública perpetradas al milímetro por los laboratorios de ingeniería social al servicio de la posverdad. Hace tiempo que la tecnocracia bienintencionada se ha convertido en uno de los paradigmas del pensamiento débil. Los viejos tecnócratas se han convertido en perversos tecnólogos de la verdad posfactual.
Llevan razón los que afirman que el nuevo modelo de Estado neoliberal surgido de la crisis, cuyo origen hay que situarlo en el núcleo duro de Wall Street, tiene cada vez más un carácter orwelliano. Es el siguiente paso. Se trata de fijar una posverdad surgida de la nada para cada coyuntura política que se presenta, se extiende y se siente como necesaria. Se cambia la noción misma de “hecho”. Ya no se reconstruyen sino que se construyen. Como en la célebre novela de Orwell el pasado puede ser simplemente eliminado de la historia y sustituido por otro. Los protagonistas de lo que no ocurrió por decreto posfactual no pasan a segundo plano sino que son “vaporizados”. La pantalla que vigila a todas horas, el ojo del Gran Hermano, es una modesta bisabuela de los modernos métodos telemáticos de control de la información. Nunca el liberalismo extremo y el totalitarismo han estado tan cerca. Tampoco es que haya desaparecido el realismo de la vieja política (esta vez tiene sentido la expresión), el principio social de realidad, la verdad pura y dura: pero sólo se aplica con saña a los enemigos, es decir a los que cuestionan el modelo de democracia neoliberal y sus objetivos. El primero ha sido la globalización, es decir la universalización del poder ilimitado del capital financiero en todo el mundo (incluida China y Rusia) y la liquidación del Estado del bienestar en Europa mediante la desregulación bancaria, la externalización de servicios públicos, la deslocalización de las grandes empresas, los paraísos fiscales, etc. El segundo ha sido la implantación del denominado “pensamiento único”, la lógica absoluta del beneficio económico considerada la ley natural de la conducta desde el principio de los tiempos y algo inherente a la naturaleza humana. El tercero, hacer caso omiso del consenso de la comunidad científica sobre los efectos desastrosos para el planeta del cambio climático, propiciado, entre otras causas, por el consumo energético descontrolado y las emisiones contaminantes de la industria en el modo de producción neoliberal. Sobre este último asunto hay posverdades de todos los colores y tamaños para ocultar que una economía sostenible no es compatible con la lógica absoluta del beneficio.
La verdad posfactual de la crisis en nuestro país cuando estalló fue negarla desde el centro izquierda en el poder (¿no hubiera sido más fácil a Zapatero decir que no estaba dispuesto a participar en la farsa y convocar elecciones anticipadas?). O como sostiene la derecha conservadora actual representada por el incombustible Rajoy que la crisis está superada, que cada vez se crea más empleo, que la economía crece a un ritmo galopante; y si los datos puntuales, incluso oficiales, lo niegan, se añade que nadie dude que todo mejorará en breve, que vamos por el único camino correcto y punto final.
Hay un principio de la lógica clásica, adoptado por la política posfactual, que afirma que de lo falso se sigue cualquier cosa. Nadie tiene la menor idea de lo que nos espera ni siquiera a corto plazo. ¿Tiene la política nuevas reglas que Maquiavelo no pudo imaginar? Es evidente que sí.
(Posverdad: según explican los responsables del Diccionario Oxford, el uso de esta palabra mágica, premio semántico del año, aumentó en 2016 un 2.000% con respecto a 2015).

viernes, 27 de enero de 2017

Timos y gatazos en familia


La picaresca es un fenómeno social con patente hispana. También hay timos de cosecha propia: la estampita, el tocomocho, el nazareno, los trileros... Ahora con la globalización se han internacionalizado. Cada vez son más violentos y peligrosos. Pero no voy a extenderme aquí con historias desagradables del ancho mundo, que para eso están la prensa y la televisión, sino a timos, estafas, hurtos y gatazos de los que han sido víctimas mi familia, allegados, conocidos de primera y segunda, próximos. Doy mi particular versión y allá cada cual con su bolsa y conclusiones.
Comienzo por lo acaecido en un pueblo de la provincia de Cuenca donde una tarde brumosa de Febrero se presentaron en casa de don Constancio y doña Guadalupe su costilla, gente mayor, parientes lejanos de mis abuelos paternos, dos individuos de aspecto impecable con coche negro en la puerta y chófer con gorra (se supo después que era mangado y tuneado). Conviene recordar que la implantación definitiva del euro en España comenzó en Enero de 2002 y convivieron tres meses. Sacaron de un portafolio de cuero repujado unos papeles con membretes del Ministerio de Economía que entregaban como justificantes de las pesetas que los palomos les entregaban en metálico o cheque al portador para ser cambiadas por euros en cualquier banco del pueblo a partir de las cuarenta y ocho horas siguientes a este “procedimiento oficial, el único previsto por el gobierno según las disponibilidad de liquidez del Banco de España” y bla, bla, bla. Pringaron una parte importante de sus ahorros; otra la pudieron recuperar porque los ejecutivos de pega fueron detenidos en Tarazona de la Mancha cuando fueron con el mismo cuento a casa de un guardia civil retirado que en vez del talonario les sacó la reglamentaria del cuarenta y cinco y se la puso en las narices mientras llamaba a los vecinos y estos al cuartelillo.
El final es parecido a lo que le ocurrió a mi padre en su casa de Cuenca durante una madrugada de ferias y fiestas de San Julián. Parece que ciertas gentes de mal vivir se dan cita por esas fechas en la ciudad encantada. Vivía sólo, con Dino su perro, un epagneul-breton que dormía en la alfombra del dormitorio (era muy aficionado a la caza) y su escopeta cargada y apoyada en la mesilla de noche; así se sentía más seguro. La puerta de la casa era de papel de fumar y, como casi todos los vecinos, no quiso cambiarla por otra más sólida. Fue el perro a eso de las tres de la madrugada quien se levantó como un resorte y ladró de forma extraña. Mi padre, de sueño ligero, se levantó en el acto con el arma en la mano. Eran dos tipos y se encontraban al principio de un pasillo que terminaba en el dormitorio. Encendió la luz y los encañonó sin contemplaciones. ¡Perdone -balbuceó el que iba delante- creo que nos hemos equivocado de piso! y se dieron media vuelta a toda mecha para nunca más volver.
El siguiente sablazo me lo contó el conserje de mi casa la tarde que volvíamos de vacaciones de Galicia y supe los detalles al día siguiente por la propia implicada, una vecina jubilada que vive sola en la misma escalera. A eso de las once de la noche de un domingo a mitad del mes la llamaron con insistencia por el telefonillo del portal. Una voz desgarradora que se hizo pasar por mi hija (una adolescente de doce años que veraneaba con nosotros) le rogó angustiada si podía subir a su casa. Como es más buena que el pan la dejó entrar. Era una chica joven que le contó entre sollozos una patética historia de violencia de género: su novio la había echado a patadas de su casa donde vivían juntos, que sus padres (o sea, mi mujer y yo) estábamos fuera –lo único cierto que dijo- y que necesitaba dinero para pasar la noche en un hotel, coger el tren, algo de hospitales y no sé cuántas cosas más. Mi vecina sólo tenía cuarenta euros en casa, por lo que la chica le sugirió ir al cajero más cercano y sacar un dinero que luego nosotros le devolveríamos al volver… Le “prestó” seiscientos cuarenta euros, lo máximo que le dio el cajero. A la mañana siguiente, algo amoscada, se lo contó a Alfonso, el conserje, quien lo primero que le preguntó es si conocía a mi hija. No, le contestó. Según se supo, en Chamberí, mi barrio, dieron el pego del pariente en apuros unas cuantas veces en dos días (las noticias vuelan) hasta que se largaron con la música a otra parte.
A mí me tocó la siguiente, una estafa de poca monta y además frustrada. Ese año me tocó la presidencia de la comunidad y a primera hora de la tarde estaba con el administrador y dos operarios en el cuarto de calderas, cuando Alfonso me dijo que alguien preguntaba por mi mujer para subir a mi casa un paquete enorme. Cuando aparecí y oyó lo de presidente noté que torció el gesto a pesar de ser excelentes actores.
- Es un juego de sartenes y paletas que ha encargado su señora (traía una factura con pelos y señales). Aunque no entiendo mucho del género, el precio me pareció desorbitado.
Llamamos a mi mujer por el teléfono interno de consejería y me confirmó sin lugar a dudas que no sabía nada del asunto.
- Mire –le dije- con tono meloso de diplomacia vaticana (lo mejor es evitar conflictos): debe de tratarse de un error de tramitación, póngase en contacto con su proveedor y compruébelo. Pero no: después de reafirmarse sin más en su versión, el sujeto nos amenazó con voz tonante.
- Si no me lo abonan los voy denunciar y los vamos a incluir en la lista de morosos.
Lo mejor es aclararlo, le dije con calma. Si lleva razón le pido disculpas y le pago en el acto (eso pareció animarlo). Los operarios no daban crédito a mi cortesía con aquel bribón. Lo que vamos a hacer, si no tiene mucha prisa, es llamar a la policía y tratamos con ellos el asunto. ¿Le parece bien? Saqué el móvil y marqué el 091 ¿Policía nacional? y eso fue suficiente. Se retiró con su cargamento entre amenazas e insultos. ¡Pronto tendrán noticias del servicio jurídico de mi empresa! No andará muy lejos me dijo uno de los agentes. Vamos a dar unas vueltas por si lo vemos. Días después me enteré por internet que, efectivamente, la caja lleva sartenes y paletas pero de una calidad tan ínfima que las más baratas de los chinos son artesanía del metal. Luego las colocan a veinte veces su precio de coste.   
A mi suegra, una anciana, le tocó el cambiazo del cajero. Hay también dos compinches en el ajo. Cuando introdujo la tarjeta, el primero se fijó en la clave de acceso que había tecleado despacio con manos temblorosas. El dinero salió con normalidad y mi suegra lo cogió del cajetín sin problemas. Entonces una chica, según nos contó, le dijo que se le había caído algo que previamente había puesto en el suelo (cualquier chorrada). El otro, en cuanto mi suegra se dio la vuelta para mirar y decir que no era suyo, cambió su tarjeta por otra del mismo banco ya bloqueada por su anterior propietario también limpiado. Hasta que mi suegra no volvió a usarla no se percató de que no era la suya y entre tanto le volaron más de dos mil quinientos euros, de los que el banco, por supuesto, no se hizo cargo. Con la suya engañaron a otro y así sucesivamente. Moraleja: cuando saques efectivo en un cajero comprueba siempre que la tarjeta que te llevas es la tuya.
Pero el colmo del buen hacer timológico se realizó en el piso de una prima hermana de mi madre en el distinguido barrio de Rosales. Una mañana del viernes se detuvo en segunda fila ante el suntuoso portal de mármoles y cristaleras una furgoneta de una tienda llamada Canapé-lit, livraisons. Bajaron una caja en la que se entreveían embalados los cojines y orejas de color gris perla de un sofá. Es para el cuarto izquierda, y le mostraron a don Venancio, el conserje, un montón de facturas…
- Están fuera de Madrid este fin de semana, anunció Don Venancio.
Vaya faena, dijo con elegante acento francés el que parecía el jefe de los tres empleados vestidos con impecable mono blanco con el logo verde en la espalda e insignia en el pecho. No nos lo habían advertido. Fíjese en la fecha de entrega. Por qué no sube, con nosotros, sugirió amable al conserje, si dispone de las llaves del piso; lo dejamos en el salón y cuando vuelvan el fin de semana que lo coloquen donde mejor les parezca. Así nos evitamos cargarlo otra vez, gastos de desplazamiento y volver no sabemos cuándo… Se lo pensó don Venancio, no vio trampa ni cartón, y los acompañó hasta el piso de doscientos cincuenta metros cuadrados con vistas al templo de Debod. Abrió la puerta y desconectó la alarma. Depositaron el pedido, salieron seguidos del conserje, le dieron efusivamente las gracias y todos tan contentos. Se trata del viejo truco del caballo de Troya. Dentro del sofá gris perla, nada del otro mundo, va escondido otro compinche, seguramente bajito y delgado, provisto de todo tipo de ganzúas e instrumentos dolosos. No hizo falta utilizarlos porque en la entrada había una mini percha de diseño para dejar las llaves y estaban las de la puerta acorazada. Cuando los primos volvieron el domingo por la noche no quedaba en el piso ni con qué encender la chimenea. El pobre don Venancio tuvo que buscarse otro empleo. Se habían llevado hasta la mini percha de diseño.
Desconfíen de todo tipo de inspectores y técnicos del servicio oficial no solicitados, no les permitan entrar en su casa; no abran con el telefonillo al cartero comercial, no atiendan las llamadas de una empalagosa señorita que al final le pide datos personales o claves, tampoco se comprometan con su representante bancario (aunque sea cierto, graban las conversaciones) y corten por lo sano las llamadas gancho de las operadoras de telefonía con ofertas inverosímiles. Díganles que no les interesa porque no tienen teléfono.