jueves, 25 de febrero de 2021

Pantallazos de pandemia

 

Durante la pandemia el uso de pantallas con conexión a internet se ha multiplicado en proporción directa al número de contagios, ingresos, UCIS, etc. Gracias a su potencia virtual hemos sobrevivido al tedio del confinamiento, cercos perimetrales y encierros varios. Les cuento.

Mi radio despertador-reproductor wifi se activa a las nueve de la mañana con alguna de las arias que grabaron los tres tenores, por ejemplo, Nessun dorma interpretada por Luciano Pavarotti. En la mini pantalla puedo ver la hora, la fecha, la temperatura la humedad relativa y la presión atmosférica; hay más iconos, pero no los entiendo; el manual de instrucciones tiene 300 páginas y no puedo con él ni en el retrete (perdón, inodoro). Cuando acaba el aria, el dispositivo se conecta con el resumen de noticias de Google que escucho en este orden: el tiempo, deportes, sucesos, política y pandemia.

Estoy jubilado, por lo que no tengo que unirme a ninguna plataforma de teletrabajo que, según dicen los empleados del hogar, te obliga a echar más ladrillos a la carretilla por el mismo precio. Normal: una oficina de interacción virtual es más lenta que una presencial. Cuando operas en una plataforma de empresa siempre hay uno que te pone en cola melódica, otro se escaquea y sugiere que vuelvas mañana, otro no abre el correo o no contesta, otro se ha ido a desayunar, otro tiene la semana libre, el jefe está reunido… En términos de la teoría de la comunicación hay demasiado ruido entre emisor y receptor.

Algunos colegas que han impartido clases on line durante el confinamiento me han comentado que es una experiencia parecida al bachillerato a distancia. Libro de texto, apuntes complementarios y actividades; después consultas y correcciones. Los exámenes son trabajos tipo máster URJC. Mucha apariencia y poca sustancia. Menos de un tercio cumple (sobresalientes), la mayoría calla y escucha (notables y bienes), los demás en ignorado paradero (aprobados).

En mis últimos años de docente tuve la oportunidad de trabajar en el aula con una pizarra digital. Pantallazo. Al comienzo del curso llegó al centro sin pedirla (si la pides nunca llega) una partida de diez unidades desde la sección de equipamiento escolar de la Comunidad de Madrid. Son un complemento excelente para cualquier asignatura (obviamente para algunas -como idiomas- más que para otras). Es cierto que retrasan la programación de contenidos, pero permiten introducir esquemas propios o importados, vistosas presentaciones y todo tipo de información audiovisual: por ejemplo, abrir en YouTube La aventura del pensamiento y escuchar las explicaciones de Fernando Savater sobre Nietzsche o la única grabación con audio y video de Ortega y Gasset (tiene voz de pito).

Mientras desayuno café con leche, una tostada (antes me tomaba tres) con mantequilla y mermelada, zumo de naranja y un plátano, me observa la cámara de vigilancia de la alarma del pasillo acristalado que se conecta a internet mediante una tarjeta SIM incorporada al panel de control del sistema. Se supone que mientras no se producen incidencias la cámara está en espera. Otra pantalla: desde una aplicación de la empresa de seguridad puedo acceder desde cualquier lugar del ancho mundo al interior de mi casa para ver si algún fantasma ha cogido de mi mesilla Fortunata y Jacinta. O si puedo grabar alguna psicofonía en mi despacho. Con tantas medidas descarto que algún okupa se cuele en vacaciones.

Después me siento en el sofá del salón a leer la prensa digital en mi IPad Air. Hay que reconocer que los inventos de Apple son buenos, bonitos y caros. Estoy suscrito a un par de diarios. Me interesan sobre todo las noticias insólitas, algunas colaboraciones muy concretas, los informes de ambos bandos sobre la Guerra Civil, informática de divulgación, monedas virtuales, las majaderías de algunos políticos y la prensa futbolera. Posiblemente será por la edad, pero los espectaculares desnudos o semis de las famosas de moda, influencers y modelos me han dejado de interesar. Sexismo a tope. No acabo de entender por qué ciertas bellezas de moda se empeñan en presumir de feministas. Obviamente su cuerpo es suyo… y con algo hay que pagar el dúplex de Ibiza. De política solo me interesan las noticias que apuntan a una refundación del PP, de su fusión con Ciudadanos para formar un partido liberal de verdad, libre del pasado, que pacte con un PSOE socialdemócrata libre del lastre que lo hunde en la miseria… lo cual es más difícil de resolver que la ecuación de Fermat. Del covid poco, sólo aquellas noticias que vagamente confirman mi teoría de la conspiración: que el virus (natural o artificial) se escapó de un laboratorio tras infectar a un investigador que al acabar su turno se fue a comer fideos a los puestos callejeros de un mercado de animales y se convirtió en la primera bomba biológica. Me paso una hora más o menos mareando la perdiz.

Luego, abro mi portátil HP Pavilion. Me conecto por cable al puerto Ethernet que va del descodificador al router. Necesito una velocidad de descarga alta para bajarme un montón de videos e imágenes desde la nube al ordenador. Después borro la carpeta de origen porque cualquier día me bloquean mi espacio por exceso de datos o intentan que pague para ampliarlo. Cuando termino, me distraigo escribiendo de todo un poco, para el blog (sobre la tecnocracia, por ejemplo), para mí (poesía mística), para mi nieta (cuentos de pastorcillos). Entro finalmente en mi muro de Facebook para enterarme de qué se cuece entre amigos, conocidos y antiguos alumnos. Mi participación es totalmente pasiva. Soy bastante asocial en las redes y lo siento. ¿Por cierto, cuántas pantallas van ya?

A la una me voy a pasear una hora por el barrio y aledaños con mascarilla, gel, gafas empañadas y gorra. Es el momento de mi reloj inteligente con tecnología de red. Sólo lo uso para que me muestre en pantalla la distancia que recorro y el mapa del trayecto. Muy útil para buscar una calle o para jugar a no entrar o salir de las zonas perimetradas. Cuando juegas al golf, mide la distancia desde donde reposa la bola hasta la bandera del hoyo. Soy tan malo que sólo lo miro por curiosidad (¿Qué haría aquí Jon Rahm?).

Luego la nada. No veo los telediarios, prefiero oír las noticias por la radio. Comida y siesta. En pandemia las tardes a las tardes son iguales. Dedico una hora a repasar mis libros y apuntes de la Alliance Française donde estuve matriculado cinco cursos. Lo completo con una nueva pantalla: el libro electrónico. Lo uso exclusivamente para leer novelas en francés. Adoro a mi viejo Sony, descatalogado, pero con las mismas prestaciones que los actuales, conexión a internet incluida para comprar o bajarte libros; incorpora un diccionario de idiomas (los actuales sólo incorporan un diccionario de la RAE). Tiene la ventaja impagable de que cuando quieres saber el significado de una palabra solo tienes que marcarla con el dedo y a pie de página te aparece su significado con un enlace a sus usos y expresiones más frecuentes. Ahora estoy leyendo La Peste de Camus. Es demasiado actual. Lo disfrutas, pero lo sufres.

Sobre las seis de la tarde me voy con mi mujer (más bien su marido) al Club de Campo a dar una vuelta rodeados de aire puro y de árboles. Filomena ha hecho estragos. Al llegar, me fijo en el cuadro de mandos de mi coche: una pantalla multicolor con un montón de comandos y funciones (la mayoría no las uso o las desconozco); tiene una conexión wifi, un navegador GPS y un receptor Bluetooth para utilizar tu móvil en manos libres.    

A eso de las ocho, cuando volvemos del paseo vespertino, mi mujer decide a veces hacer un bizcocho. Con su flamante Thermomix último modelo con pantalla web incorporada, se conecta a la página Cookidoo TM6 de recetas donde puede elegir el bizcocho de su vida y seguir las instrucciones de pesos y medidas con precisión matemática.

Del smartphone ni hablo (además ya he hablado). Lo miramos cada cinco minutos. Sugiero título para que el Seminario de Lengua y Literatura de un centro público, concertado o privado organice un concurso de redacción: un día sin móvil, diario de un náufrago.

Por último, la madre de todas las pantallas, la televisión. Tarde de series y fútbol. Por la noche, después de cenar, película. Y poco más. A no ser que conserves un telesaurio, todas tienen conexión de internet a las principales plataformas de streaming. En las televisiones de última generación ultra HD, 4-8K se ve la realidad mejor que la realidad (o sea, nos presentan un mundo que no existe). Cuando entran en un museo, destrozan. En las próximas generaciones, los primeros planos van a ser tan perfectos que va a desaparecer el color. Absurdo y kitsch.

Si fuera un experto en inteligencia artificial seguramente podría llenar un tomo con todo tipo de pantallas. Como no es el caso, me planto.

(En mis frecuentes horas de insomnio pienso que la pantalla en todas sus variantes es el soporte material de la primera fase de la triada del espíritu absoluto sin Hegel: internet, los visitantes de las estrellas y el reencuentro con Dios).

viernes, 19 de febrero de 2021

Defensa del sentido común

 

El sentido común es la cosa mejor repartida del mundo, como creía Descartes; pero lo utilizamos de forma discontinua y eso nos pierde. En realidad, es el mejor remedio para casi todas las quimeras que nos envuelven. No es fácil de explicar: utilizamos el sentido común en la mayoría de las circunstancias. Normalmente nos guiamos por el principio de identidad, contradicción y tercero excluido. Consideramos que una cosa es la misma y no otra, que no es posible a la vez una cosa y la contraria o que no se puede afirmar que una cosa es verdadera y también la contraria. La realidad se ordena cómodamente si los respetamos.

Pero en un momento determinado el sentido común comienza a parecernos aburrido (y más en tiempos de encerrona), insuficiente (la verdad gusta de ocultarse) o poco fiable (las apariencias engañan) por lo que decidimos cambiar de lógica y apartarnos de sus saludables principios. Ese es el momento en que, al revés de lo que pensamos, nos convertimos en personas vulnerables, en víctimas de la insensatez del populismo político, de la crispación y el ventilador, de los delirios de profetas tóxicos, de las ocurrencias virtuales de los señores de la red (influencersyoutubers, memeros), de la recurrencia de tertulianos falsarios, del auge de famosos insustanciales, de los mistificadores de las ciencias y las letras y todo un elenco de famosos del deporte, de la gente guapa y del desnudo mercenario. Al final caemos en la trampa y acabamos participando de la impostura. 

Sus relatos (otra palabra de moda) no son tan complejos, no hace falta recurrir a la filosofía ni al método científico para desmontarlos. Basta con observar atentamente para descubrir el truco.

Mi teoría es que estas desviaciones del sano sentido común, es decir, de los hechos, se deben a que vivimos en una sociedad inundada de imágenes narcisistas, de constelaciones construidas por aquellos que en vez de mirar a las cosas mismas se miran al ombligo: son las sombras proyectadas en la pared que contemplan los prisioneros encadenados de la Caverna de Platón. Al final, nos convertimos en partícipes de la impostura. ¿Hace falta poner ejemplos? Nuestra mente funciona en clave narcisista: perdemos la identidad personal y nos convertimos en un montón de etiquetas autoimpuestas. Según el disfraz, aceptamos mensajes incompatibles (de una contradicción se sigue cualquier cosa); admitimos que las certezas de hoy son contrarias a las de mañana. Nos convertimos en actores de un inmenso teatro de máscaras. Al final los raros son las personas normales.   

Tres frases radicalmente opuestas al imaginario narcisista: Yo soy el que soy de la Biblia, conócete a ti mismo de Sócrates, La educación, misión imposible de Sigmund Freud.

martes, 16 de febrero de 2021

Arquetipos 2. La picaresca pandémica

 

Otro arquetipo nacional es el pícaro. La picaresca es uno de los grandes géneros de la literatura española del Renacimiento y del Barroco. La Celestina, La lozana andaluza, Rinconete y Cortadillo, El Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, Marcos de Obregón, El Buscón… Son las figuras más conocidas, pero hay muchas másSe trata de un personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir (RAE).

El pícaro tiene su escalón superior en el arquetipo de El Trickster o El embaucador, un personaje anómico cuya intención es demostrar desde la sorna, el disimulo o el bromazo que es posible saltarse alegremente las leyes para mostrar hasta qué punto son vulnerables e incluso ridículas. A su vez, el embaucador hunde sus raíces en el arquetipo de El rebelde, el paradigma moral que piensa que las normas se han hecho para no ser cumplidas.

Admitámoslo. Somos pillos por naturaleza. Tiene que haber un gen que desde hace más de cinco siglos nos invita irremediablemente a saltarnos la ley a la torera. Hecha la ley, hecha la trampa; las normas están para no cumplirlas y podríamos seguir con una retahíla de dichos populares sobre el asunto. Porque... ¿hay algo más nuestro que hacer de la capa un sayo?

La figura del pícaro en nuestro país abarca una constelación inagotable de ejemplos; por razones obvias voy a centrarme solo en algunos casos de la picaresca pandémica.   

Para empezar, la cantidad y cualidad de personajes públicos que se han buscado la vida (nunca mejor dicho) al margen de los protocolos establecidos por las autoridades sanitarias (una frase que ha empezado a inflarse hasta el hartazgo). Un par de altos prelados han decidido que todavía no tienen prisa por ir al cielo, y puesto que como en casita no se está en ninguna parte (o sea, en el palacio episcopal), lo mejor es recibir cuanto antes los pinchazos: después de todo, como dijo Santo Tomás, el derecho a la vida es el primer precepto de la ley natural que la razón descubre sin esfuerzo. Y si alguien no entiende algo tan simple se le pide perdón y asunto concluido. También un alto dirigente de las Fuerzas Armadas consideró que preservar en su persona la cadena de mando es anterior a cualquier consideración normativa. Más picotazos. Lo cierto es que si el ilustre soldado se vaporiza tras cesar, cual es el caso, no pasa nada; se nombra al siguiente de la lista y a otra cosa.

Como en el infierno de Dante, desfilan empavonados los políticos de campanario: alcaldes que aprovechan los viales “que han sobrado” para vacunarse junto con su mujer, hijos, asesores y chofer. Incluso nos hacen un favor, según ellos: no vamos a tirar el dinero a la basura. Más de lo mismo: ciertas autoridades sanitarias que trabajan en un cómodo despacho a años luz de la primera línea contra el covid se han levantado la manga con el pretexto de que “son la pirámide” del sistema sanitario. Manda huevos. Mientras, en los hospitales muchos médicos esperan la primera dosis.  

Pero ahí no acaba la cosa: leo en la prensa digital que se han multiplicado en el Internet oscuro sitios web que ofrecen contra reembolso en criptomonedas vacunas contra el virus. Al cambio te piden algo más de cien euros (a ver si picas, tampoco te venden la poción mágica de Asterix). El Ministerio del Interior español afirma que por el momento no tiene constancia de que se hayan producido demasiadas transacciones. Me imagino un encriptado laberinto de matrix. Me creo el comunicado: la gente que circula por la darknet es todo menos tonta y los pocos incautos que se topan con la mina (un doble sentido) no se fían de las vacunas, ni de las verdaderas ni de las falsas. Para mí que el chanchullo está más bien en el trapicheo con los bitcoins que en los remedios de botica. Por cierto, los contratos de la Unión Europea con las grandes farmacéuticas, la recepción y distribución de los pedidos, incluso las garantías de seguridad y eficacia no parecen a primera vista todo lo traslúcidas que prometían…           

En el confinamiento agudo, nos hemos partido de risa con la explosión de memes contándonos las argucias para burlar el encierro. Algunos alquilaban al perro, entre veinticinco y cincuenta euros la hora. En Palencia, una persona fue sorprendida sacando un perro de peluche. Otros se paseaban media mañana con la barra de pan bajo el brazo. Muchos iban a la tienda del barrio veinte veces: primero la leche, luego la fruta, más tarde los yogures, al final el queso y el jamón (en el mejor de los casos). Con frecuencia el tique era de cincuenta céntimos o menos, hasta que las cajeras pusieron el grito en el cielo. O el bucle de las idas y venidas a la farmacia, al cajero o al estanco con el morral vacío; final de trayecto, media vuelta y al revés. El propio Mariano se saltaba el confinamiento para ponerse en forma.

Los fines de semana pies en polvorosa: papeleo alegando obras inaplazables en la segunda residencia firmadas por un distante maestro de obras, salvoconductos laborales a golpe de Photoshop, certificados del cuñado médico sobre allegados minusválidos a orillas del mar, trámites notariales en sábado… Resultado: caravanas de coches con el bicho a cuestas y madrileños recibidos a pedradas en la plaza del pueblo.     

Otra variante lucrativa de la picaresca es la venta on line de máquinas de ozono cuya efectividad no está probada, vaporetas para desinfectar la ropa que crean aerosoles virales, túneles de desinfección por nebulización que carecen de respaldo oficial, lámparas de rayos UV sin eficacia demostrada y potencialmente peligrosas… Y todo un surtido de complejos vitamínicos, inocuos en el mejor de los casos.   

Por no hablar de las mascarillas. Primero los chinos timaron al Ministerio de Sanidad vendiéndole excedentes de mascarillas no homologadas. Era como si te ataras un colador en las narices. Luego las farmacias nos timaron a todos. Primero no había, luego nos colocaron las chinas a precio de oro, después muy caras, ahora caras. Por cierto, es increíble la cantidad de modelos: milla de oro fashion a juego con el pañuelo y los botines, patrióticas, deportivas, luctuosas, LGBT, etc. También se acapararon y revendieron especulativamente guantes, geles hidro alcohólicos o pantallas. Lo más raro que se ha visto es a un tipo disfrazado de dinosaurio en modo EPI. Medalla de plata para otro ciudadano con casco de buzo.

Otro tema son los bares y pubs que, a pesar de estar fuera del horario, permiten el acceso a clientes vip, como en la ley seca; después cierran puertas y ventanas para hacerse invisibles. Terrazas de los bares petadas, botellón en locales, macro fiestas en chalés, cumpleaños feliz en pisos, barbacoa en azoteas, discoteca en locales comerciales…

Echamos de menos el timo de la estampita, del tocomocho o del nazareno en versión covid. Todo se andará.

viernes, 12 de febrero de 2021

Arquetipos 1. Las dos Españas



Para la psicología profunda de Jung, uno de los maestros del psicoanálisis, un arquetipo es una figura simbólica pero activa de la mente. Son modelos universales de conducta grabados en el inconsciente colectivo de la humanidad. Deben ser entendidos como imágenes arcaicas que se presentan en todas las culturas; se trata de patrones ancestrales que en función del contexto histórico adquieren contenidos propios. Tampoco hay que confundir los arquetipos con ese variado catálogo de estereotipos gastados que nacionales e internacionales se aplican mutuamente y que son más bien el resultado del ingenio popular, la envidia o la antipatía secular. En todo caso, esos tópicos sociales pueden proceder de manera más o menos inconsciente de ciertos arquetipos primordiales. Ocurre con el refranero o los cuentos infantiles. A lo largo de su obra, Jung estableció una ingente cantidad de figuras, eventos o motivos arquetípicos (que se pueden consultar en cualquier libro, revista o artículo especializado, incluida Wikipedia).

Aquí nos interesa uno de los arquetipos más arraigados en nuestra idiosincrasia nacional: Las dos Españas.   

En los países cuya forma de gobierno es la democracia representativa es posible determinar dos ideologías contrapuestas (republicanos y demócratas, conservadores y laboristas, liberales y socialistas, democratacristianos y socialdemócratas, etc.). Derecha e izquierda, un arquetipo. Tiene incluso connotaciones anatómicas positivas o negativas. Durante mucho tiempo se estigmatizó a los zurdos; una práctica muy extendida era obligarlos mediante la inmovilización a utilizar la mano derecha. Según cuentan las crónicas, durante la Edad Media La Inquisición consideraba la zurdera obra del maligno, por lo que fue causa de persecución, encarcelamiento e incluso de condenas a la hoguera. Jesucristo en la Biblia está sentado a la diestra del Padre… Genios como Albert Einstein, Leonardo Da Vinci, Beethoven o Miguel Ángel o deportistas como Lionel Messi, Rafa Nadal o Iker Casillas lo hubieran pasado mal en aquellos tiempos tenebrosos.

El arquetipo superior en la escala es Los hermanos hostiles, eminente tema bíblico (Caín y Abel, Esaú y Jacob), literario (Antígona, Los hermanos Karamázov) o cinematográfico (Rocco y sus hermanos, Ran). Más arriba en la jerarquía está El héroe (Moisés en la Biblia; cualquiera que haya leído Línea de fuego, la última novela de Pérez Reverte o haya visto la serie Juego de tronos entenderá lo que quiero decir). En el escalón superior está el arquetipo de La madre, que se refiere simbólicamente a la tierra natal, al lugar de nacimiento y procreación, al país, a la patria, al suelo nutricio. La guerra civil: una lucha fratricida heroica por defender a la gran madre.

El arquetipo de las dos Españas todavía sobrevuela la vida nacional. Posiblemente comenzó a fraguarse antes, pero se consolidó tras la Guerra Civil. La memoria colectiva de la posguerra ha sido crucial en su arraigo definitivo. La afirmación de que hay algo peculiar, anómalo, extraño en la democracia española es cierta. La Constitución del 78 es de las más avanzadas de Europa. Configura un Estado de las Autonomías con unas competencias más que suficientes; las denominadas nacionalidades históricas tienen un margen de autogobierno prácticamente equiparable a un Estado federal. Sin embargo, la ruptura social, la brecha ideacional en la sociedad civil, incluidos los nacionalismos, no se ha superado. La transición de la dictadura a la democracia, que contó con el concurso de una clase política eficiente, consiguió encubrir viejos rencores, aplazar afrentas, allanar la senda del olvido… pero el arquetipo sigue presente en el acervo colectivo. El arquetipo puede ser reprimido, empujado hacia el inconsciente, pero una y otra vez retorna bajo distintos rostros y disfraces. El franquismo sociológico (un arquetipo dentro de otro) no ha desaparecido. La teoría orteguiana de las generaciones no funciona porque las ideas fundacionales de los vencedores, aunque convenientemente adaptadas a la nueva forma de gobierno, se han trasmitido con una fuerza imprevisible. Un superego insalvable. La familia latina es un poderoso agente socializador. Por su parte, los vencidos, con las mismas condiciones de transmisión de valores, no han renunciado a esclarecer los trágicos acontecimientos que ocurrieron al finalizar la guerra y a reclamar una visión histórica convincente, además de enterrar a sus muertos. El traslado de los restos de Franco del Valle de los Caídos es un ejemplo cabal de la vigencia del arquetipo. El arquetipo de El padre resucita y reclama sus derechos adquiridos…

En cualquier país europeo ante la crisis de emergencia que sufrimos, izquierda y derecha habrían concertado un gobierno de concentración nacional de color tecnocrático. Por decirlo así, una prolongación de las soluciones científicas a la pandemia y a la política, si es que eso es posible. Pero no: aquí los debates parlamentarios son una triste puesta en escena de las dos Españas. Narcisismo, crispación y ventilador. El arquetipo dirige las sesiones y oculta la realidad. Síntomas de una neurosis colectiva. Quizás, si algún día llega la normalidad, será preferible que sigan abordando los problemas por videoconferencia.

domingo, 31 de enero de 2021

La pandemia. El sueño de Chirico

 

Nunca me había despertado con una sensación tan vívida de olvido. La luz de una Luna amarillenta, irreal, envejecida, se filtraba por las rendijas de las persianas. No se oía nada, como si las capas de silencio se sumaran para formar una campana de vacío dentro y fuera de la casa. La luz de la lámpara no se encendió; tampoco el foco del techo. Todavía no había amanecido. Mi memoria era plana. Los sentimientos más sencillos habían huido. Los pensamientos se dispersaban como el humo. Traté de hablar y mis palabras resonaron lejanas, como el eco de una gruta. Sentí la lucidez de un cristal recién soplado, translúcida, impropia de un sueño profundo. Era una certeza sin palabras, sin contenidos ni preguntas.

Abrí con esfuerzo la persiana. Como si las lamas se hubieran encajado por efecto del desuso. La habitación estaba como siempre. Los objetos en su sitio: la cama arrimada a la pared; encima, la estantería repleta de libros; los instrumentos musicales que había comprado durante mis viajes colgados en la pared. Enfrente las jarras de cerámica y los cuadros abstractos. El cristal de la ventana se había vuelto opaco como si una espesa niebla lo cubriera. Salí al balcón de la terraza. Nadie en un mundo sin vida. Supe que un tiempo incontable había transcurrido desde que me acosté. Una capa de polvo espeso y ceniciento cubría los objetos: mi mesa de trabajo, las puertas y cajones del armario, la ropa colocada encima de una silla, la maceta con el tronco de Brasil. El despertador parado, con la pila sulfatada, marcaba las tres de la tarde.

Sacudí la ropa y me vestí lentamente, como si quisiera evitar el siguiente paso. Preparé la bolsa de viaje con lo indispensable. Atravesé el pasillo central de la casa dejando las huellas en las baldosas. Me dirigí a la salida sin más, sin recorrer por última vez la casa. Me costó abrir la puerta. La llave, que dejo puesta por seguridad, parecía oxidada. Tras varios chirridos la cerradura cedió. La escalera estaba desierta, no solitaria por las altas horas de la noche sino abandonada. Sabía que por mucho que llamara a los pisos (los timbres no sonaban) nadie saldría. Por las ventanas del patio interior entraba la luz mortecina de la aurora. El ascensor estaba parado entre dos pisos. Bajé lentamente. La barandilla ensuciaba las manos. La cancela del portal parecía manchada de herrumbre. La calle era la misma pero el tiempo había hecho estragos en aceras y fachadas. No había coches, los semáforos no funcionaban. Algunos anuncios se habían derrumbado. Anduve por la ciudad durante varias horas. Vi plazas solitarias, torres sin sentido, extraños soportales, luces sin colores, sombras sin sol, nubes inmóviles carentes de forma; caminos que se pierden en caminos, peces muertos en las fuentes sin agua, ventanas que reflejan muros derribados, amaneceres imposibles, cornisas de contornos misteriosos, bóvedas sin propósito, arcos anteriores al hombre, suelos ajedrezados, estatuas de caballos ciegos, cuarteles abandonados en un horizonte negro, estaciones con trenes que nunca parten, jardines que florecen en oscuros pasadizos. Los cierres metálicos de los comercios estaban cerrados. En algunos, acristalados, se adivinaba tras la penumbra el busto desnudo de los maniquíes sin ojos. Nadie, sólo la soledad espectral como eterna compañera. Me alejo en dirección a las afueras, hacia río y los álamos, a las trochas y a los campos de girasoles todavía dormidos; camino con decisión, pero sin propósito; sólo abandonar aquellos lugares sombríos y abrumadores. Sé que tengo que ir allí y, como en el relato bíblico, no volver jamás la vista atrás. 

jueves, 28 de enero de 2021

Finitud

El concepto de finitud es el más relevante de la teología medieval. Del latín, finitus, finis significa final y límite. Fue utilizado por maestros y doctores para comparar la realidad terminal y limitada de las criaturas con la plenitud absoluta de Dios. Un Dios omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Cada uno de sus atributos suscita paradojas insalvables (por ejemplo, la predestinación), pero especialmente el último: el problema del mal en el mundo. Delirantes teodiceas de todos los tiempos (incluidas las negacionistas) han intentado desatar este nudo gordiano. Lo cierto es que solo hay tres soluciones: que Dios no existe, que Dios es la infinitud del universo (la más convincente) o que entre las potencias de Dios no está ocuparse de una especie menor que habita en un planeta errante, perdido en el Cosmos. Elije la que prefieras. Cualquiera es compatible con la pandemia que nos diezma; que nos hace sentir la fragilidad de la vida humana, la presencia inmediata, cotidiana, de la muerte, ajena a cualquier tratamiento metafísico o narrativo. La simplicidad de la muerte, del libro “El corazón es un cazador solitario”, de la escritora Carson McCullers. Decía Gabriel García Márquez: Morir es más sencillo de lo que parece.

Ya no se cumple el arquetipo de que la única muerte natural es la de los otros. Nos hemos acostumbrado a vislumbrar tras los cristales las alas del Ángel Oscuro, a imaginar por calles y recintos las sombras siniestras de la Parca; a comprender como un no vivo, invisible, tan antiguo como la Tierra, tiene la capacidad de poner en peligro la supervivencia de la especie humana. Pura teoría de la evolución. De las mutaciones surgidas al azar la naturaleza selecciona las más aptas. El que no debe ser nombrado se extiende imparable hasta los confines más inhóspitos del planeta. Schopenhauer reafirmaría el cumplimiento de la voluntad como la cosa en sí, el sentido último del mundo fenoménico (no el azar), la única fuerza universal que rige la naturaleza desde los seres inanimados hasta el hombre, una voluntad inconsciente pero inexorable (una de cuyas manifestaciones es la razón). Así, el no vivo cumple su implacable voluntad de existir.

Hemos recurrido a los poderes de la ciencia para poner freno al apocalipsis de la selección natural (o de la voluntad en la naturaleza): una lucha desigual entre las edades de la Tierra y los descubrimientos más recientes, entre la ciega voluntad de existir y la razón científica (en el fondo voluntad de poder), una lucha contra unos demonios letales que nosotros mismos hemos convocado.     

Los virus se cuentan entre los primeros pobladores de la Tierra, nuestra única patria y morada, y serán los últimos en abandonarla. Aunque es posible imaginar un final optimista: el verdadero triunfo sobre la finitud es haber nacido, haber robado al no ser una inapreciable, aunque fugaz existencia entre dos eternidades. El mundo de las sombras no es el de los muertos sino el de los infinitos no nacidos.

domingo, 25 de octubre de 2020

Pandemia y tecnocracia

 

Nadie pone en duda que en una democracia representativa la decisión final sobre la cosa pública corresponde a los políticos y no a los científicos. Por cierto, cuando pregunto por las diferencias entre democracia representativa y democracia participativa a algún aguerrido defensor de esta última, ninguno (y van unos cuántos)  me ha sabido dar una respuesta convincente. Si fuera al revés, todo el poder para los expertos, estaríamos ante una tecnocracia. Hay que recordar la moda de los años setenta del siglo pasado en que se suscitó el debate (con epicentro en Francia, como siempre) en torno al “ocaso de las ideologías”, es decir, al declive de las ideas políticas y de los partidos como el mejor sistema para resolver los problemas sociales y su sustitución por el gobierno de los expertos. El sociólogo Jean Meynaud definió la tecnocracia como la sustitución de los fines por los medios. En la España franquista, Gonzalo Fernández de la Mora escribía “El crepúsculo de las ideologías” en defensa de una tecnocracia antidemocrática en sintonía con el conocido consejo de Franco al director del periódico falangista Arriba que trataba de sonsacar al general su opinión sobre el contenido y peso de las heterogéneas ideologías que convergían en el Movimiento Nacional (tratando de barrer para casa): Haga usted como yo, no se meta en política. Una ironía y una amenaza. Pero volvamos al tema: el principio fundamental de la tecnocracia es que el análisis rigurosamente racional, científico, de un problema conduce necesariamente a la solución más eficaz y universalmente aceptada. Por tanto, solo los ignorantes pierden el tiempo en debates estériles sobre lo que nos conviene hacer.

La idea original, la contraposición entre democracia y tecnocracia, proviene, como todas, de la antigua Grecia. La democracia representativa es heredera del relativismo y del convencionalismo ético-político de los sofistas. La tecnocracia procede del intelectualismo ético de Sócrates y la utopía totalitaria platónica, un Estado dirigido por los filósofos gobernantes, elegidos entre los que predomina el alma racional y cuya virtud es la sabiduría.

El debate sobre el gobierno de los más preparados en las distintas áreas de la vida social (es decir, la prioridad de la tecnocracia o gobierno de la comunidad científica sobre la democracia o gobierno de la mayoría) recobra una inusitada actualidad, como es de sobra sabido, a propósito de la pandemia que nos devora. Ante la extrema gravedad del momento histórico, parece razonable asumir que sean los científicos los que tomen el mando de las decisiones cívicas y que los políticos se limiten a refrendarlas con sus nombramientos, recursos y firmas. Con carácter excepcional, por tanto, la democracia debería dar un paso transitorio -pero riguroso- a la tecnocracia. En sentido literal, la tecnocracia puede ser entendida como una dictadura ilustrada (al estilo de La República platónica) en la que los científicos dictan las normas que regirán la comunidad. Dicho de otro modo, los políticos deben limitarse a dar soporte legal a los dictámenes de los expertos. El objetivo de este proyecto tecnocrático temporal es, por tanto, evitar que los políticos en el poder hagan interpretaciones sesgadas de las conclusiones de la comunidad científica. Lo cierto es que aparejar una tecnocracia neutral, objetiva y fundada no resulta ni fácil ni transparente. Analizamos a continuación algunos de los problemas que surgen (han surgido) de aplicar un proyecto tecnocrático a la pandemia.

Para empezar, qué científicos deberían incluirse en ese comité de expertos a la cabeza del Estado; pongamos por caso: epidemiólogos, virólogos, médicos, biólogos… pero también sociólogos, psicólogos y, sobre todo, economistas.

El problema de los especialistas en ciencias naturales es que avanzan en sus descubrimientos sobre un agente infeccioso desconocido de manera lenta y, en ocasiones insegura. La ciencia experimental se basa en hechos, pero los hechos por el momento no están contrastados; a veces resultan incompletos e incluso falsos: la hipótesis inicial de una gripe benigna y localizada, pronto se convirtió en una grave neumonía de origen desconocido que se expandía sin fronteras y a gran escala; cada mes se descubren nuevas formas de contagio; crecen las patologías asociadas o compatibles (no solo ataca a los pulmones, sino que también puede afectar al corazón, al cerebro, a los riñones y al hígado, se trata de una enfermedad multisistémica); por no hablar de los efectos diferidos o secuelas de la enfermedad. No menos oscura es la controvertida “inmunidad de grupo” o los patrones de recurrencia del virus, las terroríficas olas. Más preguntas sin responder: cuánta carga viral es precisa para contagiarse, cuánto dura la inmunidad en los contagiados que han conseguido superar la enfermedad (¿se supera la enfermedad o permanece latente?). Algunos sectores minoritarios de la comunidad científica sostienen que es un virus artificial, una bomba biológica elaborada en un laboratorio con fines inconfesables. Los más niegan la teoría de la conspiración e incluso afirman que hubiera sido preferible pues es más letal un producto de la evolución natural que otro artificial que perdería su virulencia mucho antes. Sobre diversas cuestiones: por qué hay personas inmunes, otras asintomáticas y unas terceras propensas a contraer la enfermedad; otro misterio: cuál es el papel de los niños en la propagación de la enfermedad? Por no hablar de la variedad de tratamientos propuestos o la posibilidad de conseguir vacunas (hablamos en plural) eficaces y seguras…

Volvemos a la tecnocracia. ¿Podemos hablar realmente de una comunidad científica coherente y estable o más bien de unos equipos interdisciplinares que no se ponen de acuerdo sobre el cómo, dónde, cuándo y por qué? Los problemas se multiplican si al frente de los que toman decisiones incluimos a los especialistas en ciencias sociales. Las medidas estrictamente médicas pueden verse afectadas, contaminadas, por planteamientos de alcance. Psicológicos: deterioro de la salud emocional de amplios sectores de la población (especialmente personas mayores y niños). Sociológicos: deterioro de las instituciones básicas (desconexión de los lazos familiares, paralización de las manifestaciones culturales, desprestigio de la política, crispación social, agotamiento de la sanidad, descontextualización del deporte, anomia, sobre todo en los jóvenes…). Económicos: deterioro o caída del producto interior bruto, incremento incontrolado de la deuda pública, paro impredecible, empleo cada vez más precario, desigualdad, hambre y calamidades. “La bolsa o la vida”. O sea, el quinto jinete del apocalipsis. Y en esas seguimos.