lunes, 1 de agosto de 2022

El periodismo deportivo en la radio

 

Mi bisabuelo Damián fue director del periódico decimonónico La Unión. Mi abuelo Joaquín trabajó durante su estancia en Buenos Aires en distintas secciones del diario La Nación. En mi caso, colaboré hace un montón de años con el Diario de Cuenca en uno de los trabajos más divertidos de mi vida y no tanto por el insípido contenido de las columnas que me solicitaron para cubrir al galope unas jornadas culturales que les desbordaban (no era para tanto), sino por la gente que conocí en las madrugadas alcohólicas del periódico. El redactor jefe me echaba la bronca por sistema, aunque llegara a la hora prevista y con las palabras contadas. Luego me aleccionaba con sus monsergas sobre el oficio. Por suerte nunca reventé de risa en sus narices. Juanjo, el cronista deportivo escribía igual que hablaba. En fin, un diario de provincias con solera es un microcosmos memorable, siempre que tu estancia no sobrepase la semana. Con la edad he sentido la voz de mis ancestros por lo que cada vez me interesan más los artículos periodísticos y menos otros formatos filosóficos o literarios. 

En esta ocasión me refiero al periodismo deportivo radiofónico. Lo cierto es que no oigo la radio para informarme sino para dormirme y despertarme. "Con la radio me acuesto, con la radio me levanto, con la bronca futbolera y el último escándalo". De noche suelo escuchar estrepitarse en una puesta en escena bastante lograda a los colaboradores de El Partidazo de la Cope, programa dirigido por Juanma Castaños y Joseba Larrañaga cuyas estrellas lucientes en su momento le dieron un sonoro portazo a la Cadena Ser. Montan un circo de lo más divertido con tormentas en un vaso de agua sobre las finanzas ruinosas del Barça o el imposible fichaje de Cristiano por el Atleti. Estoy seguro de que a Simeone le pone tenerlo por repetir lo de Suárez hace dos años. Pero la afición manda casi tanto como el Cholo en el Metropolitano, aunque a veces se pase tres pueblos y rompa placas del Paseo de la Fama de jugadores centenarios que tanto nos han dado. De pronto alguien provoca el obligado incendio de las bajas pasiones de merengues y culés con el ventilador en marcha para avivar el fuego. Lama, atlético tapado, aprovecha su labia para dar caña a dos bandas en estilo indirecto. Incluso en temporada alta les encantan los temas recurrentes que cocinan por entregas. Son los folletines de nuestro tiempo. Con el caso Mbappé han construido un prisma de infinitas caras cuando sólo tiene cuatro: una enorme caja cuadrada repleta de petrodólares.

Como lo que me interesa es el fútbol cuando la Cope se pasa al baloncesto, al motor, al atletismo o al tenis recorro a oscuras el dial de la AM en busca de Onda Cero (pérdida irreparable la de Joserra) y de la Ser (resurgida de sus cenizas tras el éxodo masivo de sus figuras). El problema actual de la Ser es la radiación madridista de fondo que sobrevuela El Larguero de Manu Carreño; la salida del gran Manolete con quien mi hijo compartió asiento en San Siro en la tercera final que los rojiblancos hemos perdido sin perder durante los noventa minutos reglamentarios, ha dejado un vacío irremplazable. El viernes en la Cope toca boxeo con Garci y compañía en el Campo del Gas, por lo que vuelvo grupas con todos mis respetos. Por lo poco que los he oído, se dedican a mistificar a las leyendas del ring en un alarde de sabiduría pugilística dirigida a la inmensa minoría. Boxeo, NBA, Béisbol, Fútbol Americano, Hockey Hielo, même combat. Salvamos el golf que es un invento escocés con historia.

Otra cabeza de cartel es Julio Maldonado: si alguien como Maldini se dedica en cuerpo y alma al deporte rey, a seguir las grandes ligas mundiales, a llevar un archivo de los magos del balón comparable a los catálogos de la Biblioteca Nacional, una videoteca monotemática que llenaría un almacén de Fuenlabrada y reproducir no menos de cinco partidos diarios… pues bien, pues bueno, pues vale. El problema que tengo con Julito crack es que no conozco a la mayoría de los jugadores que citan sus oyentes, y sus comentarios son demasiado técnicos e irrelevantes para el trasnochador medio. ¿A quién le importa que un lateral de un equipo sueco pueda ser el complemento perfecto de la plantilla del City? Además, se nota que le han pasado el cuestionario con tiempo para que luzca su erudición. Cuando retrasmite un partido es justo al revés, todo es pedagogía al uso y comentarios demasiado razonables. Prefiero como analistas, por este orden, a Jorge Valdano en La Ser y a Santiago Segurola en Onda Cero. El primero cuenta con el aval de mundialista ganador, compañero de Maradona, entrenador y director técnico del Real Madrid. Sabe de qué habla y lo hace muy bien, con verbo fácil, intuición precisa y matices que iluminan el césped. Forma parte de la nobleza madridista, pero sobre todo ama el fútbol. Segurola, devoto del Athletic Club, se recrea en la espiral creciente de sus sólidos argumentos, siempre certeros y con fundamento. Desmenuza y reconstruye con cirugía cartesiana el partido de la jornada. Mas que charlar, da sustanciosas conferencias. Sienta cátedra. A nadie como a Segurola le cuadra el famoso hexámetro de la Eneida cuando aparece el héroe: Conticuere omnes intentique ora tenebant (Todos callaron y mantenían sus rostros atentos). Ambos son ajenos a la matraca del tertuliano que toca de oídas, con expresiones sacadas de las ruedas de prensa de los entrenadores y los videos de YouTube: bloque bajo, presión alta, desmarque de ruptura, pase filtrado, basculación, atacar el espacio, lateral largo, etc., que aplican profusamente en sus parlamentos para mirarse al ombligo y convocar los bostezos del oyente.   

Soy, en cambio, un admirador de la dialéctica envolvente, interminable de Manolo Lama capaz de defender lo que no dijo que dijo o viceversa con argumentos de una altura tal que nadie se atreve a decir lo contrario (¿de qué?, concluyes al final); siempre quiere tener esa última palabra que los demás le otorgan por extenuación. Otro mérito: tiene un hijo en el filial del Atleti. Pero mi colaborador preferido es Tomás Guasch, un periquito de oro que no se mete con nadie y derrocha ingenio por los cuatro costados. Recuerdan su lamento ¡Y Australia sin Hewitt! en el mundial de 2014. Además, cuando le dejan decir más de cuatro frases sin interrumpirle con chorradas encadena un montón de verdades últimas. En las repuestas de botepronto al oyente es el único que salpimenta las ocurrencias banales. También me gusta el tono ponderado, el argumento ecuánime de Santi Cañizares, incluso cuando repudia a diario a la junta directiva del Valencia. O las entrevistas conjuntas a gente de la farándula futbolera: por ejemplo, Florentino aburre con sus declaraciones espesas, repensadas, con la responsabilidad de quien soporta el mundo sobre sus hombros. Enrique Cerezo es lo contrario: ocurrente, simpático y dicharachero. Larga el primer disparate que se le pasa por la cabeza y le sale bien. En el punto medio está Joan Laporta que tiene cierto encanto cuando se despacha en su lengua materna, pero se convierte en tostón cuando traduce sus opiniones a un castellano con acento. Pues es lo mismo pensamiento y lenguaje.

Cuando llega el celebrado Grupo Risa ya me he dormido.              

martes, 19 de julio de 2022

The Open Championship

 


Para Nacho

Si el fútbol es el deporte que más me apasiona, soy el patriarca de mi gran familia atlética, el golf es el único que practico desde hace más de treinta años. He dedicado alguna entrada de mi blog tanto a este juego imposible como a mis amigos de Superseniors, compañeros de alegrías y fatigas en el Club de Campo Villa de Madrid.

No hay unanimidad entre los estudiosos del golf sobre sus orígenes. Durante el Imperio Romano se sabe por fuentes difusas que algunos habitantes rurales se divertían golpeando con un palo curvado una bola emplumada para no sabemos qué. Las crónicas confirman que el golf como deporte oficial y reglado es un invento escocés. Se cuenta en el tiempo del mito que dos pastores de las Tierras Altas tras recoger a sus ovejas en el aprisco encendieron sus pipas con la lumbre de la chimenea tras dar buena cuenta del Scotch haggis, el queso Chedar y el whisky añejo.

-He visto a unos señoritos de la capital inventarse un juego muy raro. Golpean una bola con un bastón varias veces, luego se paran, escriben algo y siguen con lo mismo.

- ¿Y cómo se llama ese juego?, le espeta su compañero.

-  No lo sé, pero se pasan todo el tiempo diciendo: ¡shit! (¡mierda!).

Sobre la procedencia del nombre, la teoría más aceptada es que ha evolucionado de las palabras holandesas Kolven (garrote) y Kolv o Kolf que significa palo. En el 1754 nació la asociación St. Andrews Society of Golfers, conocida posteriormente como Royal & Ancient Golf Club of St. Andrew, la máxima autoridad normativa internacional. El recorrido universal de 18 hoyos procede también de aquí. El campo de St. Andrews es el más emblemático del mundo. Este año, del 14 al 21 de Julio, se ha jugado The Open Championship en el Royal & Ancient para conmemorar su 150 aniversario; es el más prestigioso de los cuatro majors o grandes torneos del golf masculino (el Masters de Augusta, el Abierto de Estados Unidos, el Abierto Británico de Golf y el Campeonato de la PGA). Cada día lo han seguido en vivo alrededor de 150.000 aficionados, entre ellos mi hijo, aguerrido golfista y, al revés que yo, jugador en alza. Todo amante del golf debe peregrinar al menos una vez en su vida a St. Andrews Old Course. Si además quieres medirte con el campo, la demora en la concesión de las reservas ronda el año y medio, son siempre nominales para evitar trapicheos y requiere que la Federación Nacional de Golf certifique que el titular de la concesión tiene un hándicap bajo para evitar retrasos y búsquedas interminables. Se dispone de un tiempo razonable para completar el recorrido y si no se cumple el Marshall puede suspender el partido y ordenar la retirada del campo de un jugador o del equipo. ¿Sabían que el Old Course cierra los domingos para convertirse en un parque para el disfrute de los habitantes del pueblo donde pueden pasear con la familia y el perro, almorzar sobre la hierba o simplemente contemplar el entorno?

The Open Championship (no British Open, denominación incorrecta que los organizadores detestan) se juega siempre en los campos links escoceses o ingleses. El término Link ha evolucionado a partir del inglés antiguo "hlinc", que significa cresta o terreno elevado. Un Link genuino es un campo construido en un Linksland, un terreno de suelo arenoso con llanuras y ondulaciones cubierto de hierba gruesa, cercano al mar y sometido a las inclemencias del viento. El toque definitivo para certificar su autenticidad es que los campos Link están diseñados de “dentro-afuera”, es decir, los salidas y los greenes de los hoyos 1 y 18 son los puntos más cercanos a la casa club (donde empieza y acaba el recorrido), mientras que las salidas de los greenes del 9 y del 10 son los más alejados.

Hay campos Link en todos los países, aunque solo el 1% son reconocidos. Además de St. Andrews, solo una selecta lista, diez en total, son la sede del torneo de golf más antiguo del mundo. Entre los más famosos están Muirfield (Escocia), Royal St. George’s (Inglaterra), Royal Liverpool (Inglaterra), Royal Troon (Escocia), Carnoustie Golf Links (Escocia), Royal Birkdale (Inglaterra) o Turnberry (Escocia). The Open 2023 se trasladará al Royal Liverpool.

El golf que se juega en los links es otra historia. Por ejemplo, un mes antes de comenzar el Open se deja de regar el campo excepto las salidas y los greenes. Si llueve (lo normal) la hierba de las calles adquiere un verde único, pero si hay sequía (como este año) las calles amarillean. El golpeo se hace más espeso. La naturaleza decide, es el lema. Aunque el diseño técnico es exquisito, se trata de un terreno donde las máquinas apenas han modificado el paisaje. Los bunkers imitan a los antiguos refugios del ganado cuando arreciaba el viento. La mayoría tienen taludes apenas salvables. El desafortunado jugador que los visita tiene que sacar a menudo la bola de la arena hacia atrás y perder distancia como mal menor. O declararla injugable si está cerca de los bordes con la consiguiente penalización. El cartel de un pub del pueblo muestra a un esqueleto dentro de un bunker, un palo y una bola; debajo dice: Lo intentó. En el caso del Old Course hay siete greenes compartidos por dos calles; por tanto, cada uno tiene dos hoyos con banderas de diferente color. Esto retrasa el juego cuando coinciden dos partidos en el mismo green, aunque la organización, muy eficiente, está acostumbrada a dirigir el tráfico para evitar parones. Los greenes, de acuerdo con esta visión, son irregulares, con caídas impredecibles y numerosos pianos y plataformas. Leerlos correctamente es uno de los siete misterios del golf. Pero la defensa natural de un Link es el viento del mar. Si no sopla, se pueden hacer vueltas bajas, pero si se levanta se convierte en un infierno intratable. Un Link es lo contrario de un campo de golf norteamericano, por ejemplo, Augusta National: calles anchas y planas, arbolado circundante, bellos obstáculos de agua, macizos de flores y trampas de arena blanca. Bastantes profesionales norteamericanos no irían al Open si no estuvieran obligados por contrato. Otros, aunque no están a sus anchas, van por tratarse del primero entre los grandes y, por supuesto, el montante de los premios. El ganador de este año, el australiano Cameron Smith, se ha embolsado dos millones y medio de dólares. Los patrocinadores, las marcas, los derechos de imagen y otros beneficios compensan de largo los impuestos.

domingo, 10 de julio de 2022

Big data

 

Aparte de sus catorce amantes, según cuentan las crónicas, el único problema que le quitaba el sueño a Luis XIV, el rey omnipotente, era el control de la información; es decir, no ser omnisciente. Sabemos que disponía de una eficiente policía secreta, una red de espías que hurgaba en cada rincón de Francia, un número desmedido de confidentes, delatores, soplones y chivatos a sueldo de las arcas del Estado que, según decía con frecuencia, era Él mismo. Aun así, reprochaba a sus ministros que nunca se enteraba de nada… Los cotilleos de la corte son más útiles que estos embrollos, añadía indignado tras lanzar los papeles al viento. Y tenía razón. Lo cierto es que la información es poder, fama y dinero. Dicho de otro modo: un suceso como tal, en bruto, si es que existe algo así, recorría hasta llegar al Rey Sol una escala ascendente de sujetos cada uno de los cuales lo utilizaba en beneficio propio tras introducir sutiles mutaciones, variantes interesadas y dudosas interpretaciones. Ahora, por el contrario, la información es recolectada sin molestos intermediarios, sin ruidos, sin trampa ni cartón por las nuevas tecnologías (Big data) para su tratamiento direccional mediante complejos algoritmos informáticos. Cito un artículo publicado por el diario El País hace unos días:

Parece mentira, pero existe un sector sin paro con los mejores sueldos en España. Es el área tecnológica y, dentro de ella, hay una especialización que está en auge: el big data. Esta industria recopila, almacena y analiza el reguero de datos que generamos cada segundo, ya sea subir una foto a Istagram o buscar dónde cenar. Detrás de cada gesto que hacemos hay un equipo especializado en macrodatos que se dedica a estudiar nuestras preferencias, tendencias y perfiles. Son ingenieros, programadores o analistas.    

El artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama a los cuatro vientos que: Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

En realidad, habría que redefinir lo que se entiende en pleno siglo XXI por vida privada. Los historiales personales de navegación, el barrido de opiniones en las redes sociales, incluso la actividad itinerante fuera de telépolis, están controlados por las grandes tecnológicas. La única forma de evitar esta intromisión permanente en tu privacidad es llevar, como San Jerónimo, una vida de anacoreta en una cueva del desierto y esconderte cuando pasa el satélite no sea que lean tus devotos labios y conozcan tus deseos más íntimos para complacerlos a buen precio. Puedo imaginarme al santo varón asombrado por la llegada de un dron con pizzas y un vibrador masculino.   

En todo caso, es preciso distinguir los dos niveles de influencia que tiene este seguimiento exhaustivo de los patrones de navegación de los ciudadanos: el impacto individual y el global. En mi caso, como individuo me afecta poco. En el fondo, me da igual que Google, Apple o Facebook conozcan las páginas web que visito, los lugares que recorro, mis restaurantes favoritos o los viajes que hago. Por lo demás, semanalmente los elimino (o creo que lo hago). Como soy Amigo de paradores, me envían por correo las ofertas del mes. Igual, las agencias de viaje. Me he comprado un coche nuevo y la marca me envía correos con catálogos de accesorios y suscripciones. He buscado en Amazon un scanner y me ha llegado vía web un amplio surtido de modelos. Además, publico un blog en blogger, la plataforma de Google (¡qué más quieren saber de mí!). Me hizo gracia un Watch de Facebook (videos subidos por cierto usuarios, normalmente picantes) en el que una monja cubierta de negro hasta el moño no consigue pasar el arco de seguridad del aeropuerto porque siempre le pita. Empieza a quitarse la ropa y complementos de dentro afuera (¡y qué ropa!), y como el final me parecía bastante previsible volví al inicio. Al día siguiente la oferta Watch de señoras que no pasaban el arco se multiplicó por tres. Las tecnológicas cuentan con potentes lectores de reconocimiento faciales y de objetos, pero con limitaciones. Hace tiempo subí a una conocida plataforma varios desnudos de la pintora Tamara de Lempicka y al día siguiente recibí una amenaza de baja si repetía la difusión de imágenes obscenas. La Inteligencia Artificial, capaz de ganar al mejor ajedrecista del mundo, no distingue la naturaleza del arte.

El mayor inconveniente del filtrado masivo de datos son las llamadas comerciales no deseadas que proceden de listas propias o compradas a proveedores del Big data. A la currita de una operadora de telefonía ante su insistencia llegué a decirle que no podía cambiarme de compañía porque no tenía teléfono… Ni se inmutó; siguió con el rollo hasta que colgué. ¡Cuidado con irte de la lengua poque te están grabando y todo lo que no sea un NO rotundo lo consideran un SÍ! Me apunté a la lista Robinson, pero da igual. Si bloqueas el número te llaman desde otro.

Otro asunto es el demoledor impacto de los Big data en la economía de mercado. Palabras como data sciencie, modelización matemática, citizen sciencie, variables latentes, etc. forman parte de un método cuyo fin último es la optimización de activos, el cálculo de inversiones financieras y el techo del balance empresarial. Por supuesto, puede tener otros usos: conservación del medio ambiente, predicción de la curva de una pandemia o análisis de las necesidades educativas de una sociedad.  El deporte profesional de élite, por ejemplo, no es ajeno a esta metodología. En realidad, puedes tomar datos de cualquier fuente.

Un uso controvertido del Big Data Analytics es el rastreo masivo de las comunicaciones para prevenir posibles ataques terroristas y, en general como estrategia militar. Todos las Agencias de Seguridad de las potencias mundiales, especialmente la norteamericana, disponen de medios electrónicos para seleccionar y controlar informaciones cruciales para evitar atentados y localizar objetivos humanos de alto interés. ¿Libertad o seguridad? Como se trata de una antinomia, es decir, de una contradicción en la que tesis y antítesis pueden ser demostradas con igual fuerza, la única solución es que desempaten con sus propias cabezas. Aunque el procedimiento se puede volver en contra, como ocurrió en el caso de las filtraciones de Wikileaks con cerca de 400.000 documentos militares clasificados y más recientemente con Pegasus el software espía más poderosos del mundo que se ha introducido sin permiso en miles de ordenadores, entre ellos los celulares de los más desatacados dirigentes del planeta. No somos nadie. Cuando afirmamos con fundamento que la democracia representativa se degrada deberíamos comenzar por una reflexión a fondo sobre el significado del Big data. Y todavía no han entrado en escena los ordenadores cuánticos que harán posibles impensables algoritmos. Un ordenador cuántico logra en 36 microsegundos resolver lo que uno clásico en 9.000 años. Los poderes fácticos están cambiando.

sábado, 2 de julio de 2022

Influencers

Son legión los partidarios de una visión tripartita de la realidad: Hegel y la triada dialéctica, los tres mundos del filósofo de la ciencia Karl R. Popper, o los del mítico Mao Zedong, el gran timonel de la República Popular China entre 1949 y 1976, autor de El libro rojo, el segundo más publicado de la historia después de la Biblia; tres más del sesudo filósofo alemán Jürgen Habermas con su teoría de la acción comunicativa, tan profunda y compleja que, como decía Dalí de su método paranoico-crítico: ni yo mismo lo entiendo. O la estructura de la mente en Freud; también la trilogía de la cosmovisión andina, el lema de la Revolución Francesa, la teología trinitaria del cristianismo, los partidarios de los tríos amorosos o los triduos de Pascua… Solo nos falta recordar a las Tres hijas de Elena, las Tres Gracias, los Tres Mosqueteros y los Tres Cerditos, entre los cientos del Club del Triángulo (por cierto, el símbolo por excelencia de la mujer).

La posición que más me convence a esta altura determinada de los tiempos es la división del ser en tres ámbitos: el real, el virtual y el arcano.

El primero es el mundo de la vida sin aditivos. Apaga el móvil, sal a comprar el pan, saluda al vecino, coge el metro y sabrás de que hablo. Un mundo cada vez más cercado por las nuevas tecnologías. Pagamos con dinero electrónico en el súper, la farmacia, el estanco, el taxi, el restaurante o la tienda de zapatos. En realidad, en cualquier comercio o negocio. El otro día vi en un semanario satírico la viñeta (de mal gusto, pero graciosa) de un mendigo sentado en una esquina con su perro pulgoso, un bote y un datáfono. Una sencilla transferencia bancaria supone un calvario para la mayoría de los jubilados. Los bancos te obligan a instalar en tu teléfono un montón de aplicaciones inextricables que al final solo sirven para que algún listillo te time. Tengo almacenadas más de cien contraseñas en un disco externo que me ha encriptado un amigo friki. Si lo pierdo estoy muerto. Compramos en línea en los grandes almacenes nacionales o multinacionales. Cuando consultamos por curiosidad sus catálogos, descubrimos por primera vez la mitad de sus existencias. O que los electrodomésticos de toda la vida, como la nevera, la aspiradora o el horno tienen conexión wifi. Comerte un bocata analógico de calamares regado con un doble de cerveza y pagar con euros de papel o monedas de aleación es un acto de rebeldía contra la globalización del plástico. Por no hablar de la plaga de los códigos QR. O de las criptomonedas: sigo sin entender que carajo es la minería de bitcoins, por ejemplo. Según consta, hay un montón de empresas diez que aceptan pagos con bitcoins. Por lo visto, te haces rico o te arruinas en un santiamén. Lo cierto es que cada vez nos recortan más el primer mundo, incluido el poder adquisitivo. Y esto no ha hecho más que empezar. El mensaje esperanzador de la última novela de Ian McEwan, Máquinas como yo, es que, la mente humana y los algoritmos de los androides son líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. De momento los robots sólo son verborrea ilustrada; nada de pienso, luego existo. La lógica bivalente de las computadoras, verdadero-falso, 1-0, no sirve porque las neuronas cerebrales se rigen por una lógica polivalente desde tres a infinitos valores de verdad (o falsedad). Sin contar los grises intermedios donde normalmente flotamos indecisos.

Al mundo de los arcanos le he dedicado mi última entrada a propósito de los programas radiofónicos esotéricos.

Me queda, por tanto, el segundo, el virtual. El mundo de Telépolis, la ciudad digital en la que habitan clanes que mantienen prósperos negocios: influencers, youtubers, gamers, bloggers. Solo me caben los primeros.

Ser influencer es una profesión de moda en el doble sentido del término. Es la nueva gallina de los huevos de oro. Un influencer es una persona con capacidad para inclinar la balanza en las decisiones de una constelación de seguidores atrapados en sus redes sociales. El perfil estándar suele ser una esbelta diosa o un atractivo jovenzano, aunque hay innumerables figuras de la conciencia consumista. Lo importante es que el influencer (paso del artículo inclusivo) tenga una cierta credibilidad, es decir, que sus ondas gravitatorias atraigan a un público determinado sobre un producto concreto. El segundo valor es su capacidad de generar opiniones y reacciones, es decir, que crezcan y se multipliquen los árboles de comentarios entre su público. Según fuentes fiables, el 40% de los influencers recurren a seguidores falsos para engordar las listas. El tercer valor es su tirón para crear tendencia. Es bien sabido que la moda no nace, se hace mediante técnicas de modelado o refuerzo social y que su duración, incluso en los países totalitarios (sólo se me ocurre una excepción), es efímera, aunque sometida a los ciclos temporales del eterno retorno de lo mismo.

Hay tres categorías de influyentes: los que alcanzan el millón de adictos se denominan celebrities; los que se mueven entre el millón y los quinientos mil son los macros, los que tienen entre quinientos mil y cien mil se llaman mid y los de menos de cien mil son los micros. Según la plataforma en que interactúan serán Tiktokers, Instagramers, Twitstars, Facebook Stars, etc

Obviamente, un influencer no es una sola persona sino una empresa de marketing digital contratada por las firmas de moda. Detrás de la espontaneidad de un influyente famoso y su legión de seguidores hay un equipo completo de mercadotecnia. En primer lugar, está el producto. Cada producto requiere un espectro y un influencer. No podemos visibilizar un reloj suizo de gama alta con la imagen de un famoso milmillonario en bañador porque los potenciales clientes pensarían de inmediato que se trata de una compra rutinaria para él y fuera de órbita para ellos. Después, el marco o entorno: sería inconveniente promocionar un traje negro de fiesta en una concurrida terraza de playa o en un relajado forillo familiar. Los errores de contexto pueden estropear un buen trabajo. Le sigue el fotógrafo profesional que selecciona tres de trescientas instantáneas. Después el texto, cuidadosamente redactado por el experto en contenidos para que sirva de nexo perfecto entre los cinco elementos. Finalmente, hay que encontrar el momento exacto del lanzamiento del producto en función de los análisis de mercado. Aquí sí sirven los algoritmos.

P.D Fíjense que en cualquiera de los tres mundos cada vez hay profesiones más raras. Es tentador dedicar un artículo a este asunto; el principal problema, al margen de su mayor o menor acierto, es mi edad. Es un espacio donde siento que se me ha pasado el arroz.

lunes, 20 de junio de 2022

Los arcanos radiofónicos

 

No solo nos hemos convertido en adictos a las series televisivas de las plataformas digitales. La pandemia ha relanzado los programas radiofónicos sobre temas esotéricos, ocultistas, proféticos, teosóficos, parapsicológicos, ufológicos, etc. que siguen en alza en todas las cadenas tanto en directo como en diferido (podcasts). Los índices de audiencia se han disparado según las encuestas del Estudio General de Medios. Algunos de los más conocidos son La Rosa de los VientosCuarto MilenioEspacio en blancoEl mundo de lo inexplicableLos iniciadosEl Colegio invisibleEl Centinela del Misterio entre otros. Es curiosa la inversión, la deriva de su función manifiesta y latente durante los dos últimos años. Llamo a estos programas los arcanos del ocultismo revelado. ¿A quién no le fascinan las teorías de la conspiración?

Escucharlos fue como sacar agua del pozo, indolentes, para echarla al rio desbordado de la vida. Los dramas próximos, los duelos y la memoria de los ausentes nos trasladaron del sofá a lugares insustanciales, pero menos hollados por la desdicha, a limbos imaginarios regidos por una lógica más llevadera. El aburrimiento de salón se soportó mejor en compañía de los grandes enigmas sin resolver, inocuos en el fondo, que abrumados por los datos oficiales de contagios, ingresos y muertes. Los sitios sin mapa donde habita el pueblo blanco de Arthur Machen sustituyeron al turismo rural y a la escapada. Las dietas mágicas de ciertas tribus primitivas para invocar a los dioses de la longevidad nos empujaron a la espiral de la repostería. Todo el mundo escribió sus memorias de la pandemia trufadas de alusiones radiofónicas paranormales, aunque las únicas manifestaciones de la telepatía y la telequinesis que nos tomamos en serio fueron la teleconferencia y el teletrabajo. 

Los relatos a media voz de la inexplicable desaparición de florecientes civilizaciones antiguas como los Mayas, Micenas, los nativos de la Isla de Pascua, Los Nabateos o la cultura del Valle del Indo nos dejaron indiferentes ante el espectáculo desolador de las cortinas metálicas de los negocios bajadas para siempre, vejadas por los grafiteros, o los comercios entrañables del barrio abandonados; o los candados en los portalones de las cadenas hoteleras con funestos carteles de apertura; o la ruina de la pequeña y mediana empresa ahogada por las deudas. La sombra de la suspensión de pagos se cernió incluso sobre las grandes superficies. La vida cotidiana se trasmutó en inquietud y los sobresaltos paranormales en formas de pasar el tiempo entre las sábanas a salvo de la docta ignorancia. La incertidumbre, la esencia de la condición humana, transformó los relatos teosóficos en fábulas sobre el eterno conflicto entre las luces y las sombras donde al final el mal perece y el bien prevalece, como en las películas de Walt Disney. Los engendros antropomorfos de la Inteligencia Artificial, ajenos a la noción de finitud, estancaron la reflexión sobre la fugacidad de la vida y avivaron la hoguera de las vanidades.

Oíamos los programas esotéricos como los cuentos sin tiempo que los padres leen una y otra vez a sus hijos antes de dormir. Nunca ha habido una separación tan radical entre razón y fe. Me acuerdo de Peneloux, el corajudo sacerdote de La peste de Camus, empeñado en defender los designios inescrutables de un Dios que permite el dolor insoportable y la muerte de los niños. El método científico, incluso a ciegas, desplazó a la religión en cualquiera de sus variantes. El tirón del cerebro reptiliano se rindió ante la presencia inmediata de la parca. Cualquier especulación sobre las visiones de los que volvieron del túnel luminoso del tránsito o el sexto sentido de algunos escogidos para comunicarse con los espíritus del más allá quedó desterrada a ese tercer mundo, ni real ni virtual, que poblamos como especie. La angustia existencial, la radiación de fondo de la mente, encontró de pronto objeto singular y se convirtió en pánico. La nada nadea. Las criaturas invisibles de la noche, los no vivos, vagaban por las calles desiertas, mientras las historias de fantasmas se convertían en devaneos de almohada con los auriculares puestos. Es más, las olas sucesivas de la pandemia dieron lugar a hipótesis alternativas, amplificadas por los programas del arcano, sobre los orígenes del mal, a conjeturas darwinianas, a sectas negacionistas, a teorías de la conspiración. ¿Se trata de un virus artificial, de la tercera guerra mundial (que ahora sí nos amenaza), de un invento de los Poderes Últimos para someter a la humanidad mediante las vacunas?

Las profecías apocalípticas dejaron de interesarnos, porque los informes científicos eran en sí mismos proféticos. Los arcanos del ocultismo revelado dejaron de ser mensajes del más allá, parábolas sin clave, para convertirse en la prolongación natural de las tertulias nocturnas, políticas o futboleras. Ni te lo crees ni te lo dejas de creer. Aburren o divierten. Las llaves de los misterios se han convertido en un género de ficción serie B, si es que no lo eran. Como en las malas novelas, el andamio es demasiado visible. Siempre se desvelan “hechos” ocurridos en lugares ignotos, inaccesibles, sean exteriores, en las profundidades del bosque prohibido o interiores, en mansiones perdidas en el doble sentido del término. Los iniciados en inteligencias estelares son jueces y parte. Es curioso como los especialistas del arcano utilizan una jerga rigurosamente científica para referirse a fenómenos sobrenaturales. La misma denominación de ciencias ocultas es un oxímoron, una contradicción en los términos. Y como sentencia la lógica clásica: de una contradicción se sigue lo que quieras. Siempre me hago la misma pregunta: ¿Los conductores del arcano se creen algo de lo que cuentan o es un oficio de imposturas a sabiendas? Los testigos nunca son espectadores imparciales sino parte del advenimiento. Las abducciones son narradas por el abducido. Los avistamientos pueden ser cualquier cosa. El único expediente X verosímil fue silenciado por la Organización Mundial de la Salud. O la milagrería: las únicas curaciones imposibles, uno de los temas recurrentes del arcano, han sido las de los que salían por su pie o en silla de ruedas de las unidades de cuidados intensivos. No hicieron falta versiones falseadas o inventadas de la historia sobre el papel crucial de los rosacruces o las biografías apócrifas sobre personajes traspapelados, otro de los temas estrella del ocultismo revelado; la historia real fue y es más insoportable que cualquier versión retorcida que traten de colocarnos.

sábado, 11 de junio de 2022

La joven del parque

 

Basado en hechos reales. Hace un montón de años, todavía profesor interino, impartía clases en el instituto más antiguo de Cuenca (dónde, por cierto, había cursado el bachillerato). Los profesores lo llamaban “Harvard”. Quizás porque era primerizo en el aula, me gané la confianza (o más bien al revés) de tres alumnos pocos aficionados a los apuntes y a los libros de texto, aunque lectores voraces de ciertos temas más turbios. Aunque me parecieron más inteligentes de lo normal, eran repetidores. Una mañana, después de inventarse un pretexto para ir a mi departamento, su interés por la metafísica, terminaron por contarme que habían saltado en varias ocasiones, a oscuras y en celada, la tapia del cementerio municipal Cristo del Perdón mientras dormía el cuidador y habían colocado un magnetófono cerca de una tumba en la parte nueva para grabar psicofonías, sin darme más detalles pese a mi insistencia. Una semana después los invité a mi casa para escuchar en el equipo de alta fidelidad una psicofonía, la última me dijeron, de una hora aproximadamente: en efecto, a intervalos irregulares se oía un sonido muy lejano, rítmico, denso, desconocido que me produjo escalofríos. Encendí la luz. Mensaje recibido, sonrieron tres rostros lívidos. Ante mis dudas razonables, me juraron que sería estúpido engañarme y que nunca más volverían a saltar la tapia y menos, acercarse a esa tumba, incluso de día. No volvieron a sacar el tema ni me dieron más explicaciones. Empezaron a faltar a las clases. Tampoco se presentaron a los exámenes finales.

Al cabo de un mes, en vacaciones de verano, al oscurecer la tarde, cuando sacaba a pasear al perro de mi padre por el Parque de los Moralejos, se me acercó una joven delgada, con vestido largo y un sombrero de ala ancha que le tapaba parcialmente el rostro. Me identificó y me preguntó si estaba preparado para unirme al antiguo grupo de Madrid. ¿A quiénes, le pregunté sorprendido? Lo sabes de sobra me dijo. Le contesté que ignoraba de que estaba hablando y que seguramente me había confundido con otro y, sobre todo (un relámpago iluminó mi memoria) que no me buscara más. Se dio media vuelta y desapareció entre las sombras. Llamé a mis tres alumnos y les conté lo ocurrido: se miraron confusos, guardaron un elocuente silencio y con más prisa de lo normal se marcharon. Estaba claro que sabían algo, pero nadie quería abrir la puerta. Ni preguntas ni respuestas. Poco a poco nuestra relación se fue diluyendo.

Antes de las vacaciones de Pascua, Germán el mayor de los tres alumnos, falleció al caer desde una cornisa rocosa de la Hoz del Júcar. Un paseante madrugador se tropezó con su cuerpo al amanecer, de lo que se deduce que se despeñó entrada la noche porque de lo contrario lo hubieran descubierto antes al tratarse de un camino bastante transitado. Nunca se aclararon las circunstancias. El cadáver del muchacho se encontraba en un paraje junto al río Júcar donde se practica la escalada que, según sus amigos y allegados, no solía frecuentar. ¿Alguien le citó? ¿Iba solo o acompañado? ¿Fue hasta allí o lo llevaron? La autopsia reveló que murió a causa de la caída. Fue un desgraciado accidente, les dijeron a sus familiares. La prensa local se limitó a repetir el comunicado.

Asistí al entierro en la parte nueva del camposanto, pero sus dos amigos no comparecieron. La curiosidad me pudo y me informé en la Secretaría del centro del nombre y domicilio de sus padres. Los chicos vivían en Cuenca en el piso de un tío de Germán al que no pude localizar por encontrarse de viaje. Ya se habían ido de vacaciones. Sus padres eran vecinos de Tragacete, un pueblo de la Serranía Alta. En la ficha no constaba ningún teléfono. Me desplacé con mi padre al pueblo, a unos setenta quilómetros de la capital. La dirección que me dieron en el instituto no correspondía a ninguna calle y nadie conocía a los padres ni sus nombres constaban en el padrón. Al volver a Cuenca me fui directamente a la policía y les puse al tanto de mi relación con Germán. Tras varias entrevistas con los mismos inspectores, se olvidaron de mí y yo de ellos. Pasado algún tiempo coincidí en la cafetería del Hotel Torremangana con un antiguo compañero del bachillerato de letras que ahora era comisario de policía. Tras los cumplidos de rigor, me atreví a preguntarle por el “caso Germán”. Lo recordaba. Me dijo que levantó un considerable revuelo interno, que había pasado a otras instancias de la policía judicial y que la investigación iba más allá de la provincia de Cuenca. ¿Madrid, le dije? De entrada, es posible, me susurró, y no pude sacarle más.

Al comenzar el curso, como era de esperar, los otros dos no se matricularon y no los volví a ver en una ciudad de treinta y tantos mil habitantes. No obstante, no omito ciertas extrañas circunstancias que me sucedieron mientras estudiaba la carrera en la Universidad Autónoma de Madrid. Una en el metro, otra en una librería céntrica, la última en la boda de un amigo. La misma cara, los mismos gestos, la misma mirada hipnótica y penetrante… Tengo la total certeza de que era la joven que me abordó en el parque. O ciertas reuniones en el Café Comercial con varios compañeros de la Facultad que comenzaron con diatribas políticas y derivaron pronto hacia terrenos morbosos e inquietantes. Les dije que no me interesaban y que no iba asistir más. Estoy seguro de que al menos en una de las reuniones estaba ella. A veces es mejor dejar las cosas como están y no completar los huecos que faltan. Les he contado lo que me pasó. Quizás nada.

viernes, 3 de junio de 2022

Ciudadanos del Cosmos

 

En el artículo anterior nos hemos centrado en la segunda parte del concepto de cosmopolitismo: la Politeia, las distintas versiones del hombre como ciudadano del mundo. Si nos centramos literalmente en la primera parte, el Cosmos en su acepción más amplia, el concepto se transforma para hacernos ver, en un sentido abrumador, más allá de la historia de las ideas, incluso de la historia de las civilizaciones, que somos visitantes accidentales del Cosmos, invitados fugaces a la fiesta de la vida, un instante puntual entre dos eternidades como individuos y como especie.  

El Cosmos es todo lo que es, todo lo que fue o lo que será alguna vez. Del Cosmos forma parte el universo conocido, acaso una cáscara de nuez en el océano del ser porque solo el ser es pensable y el no ser no es y ni siquiera es pensable (Parménides de Elea). Los científicos calculan que el universo conocido tiene una antigüedad de catorce mil millones de años. La Tierra se formó hace aproximadamente cuatro mil quinientos millones de años, gira alrededor de una estrella de tamaño medio, el Sol, situada en el borde de una galaxia entre miles de millones, La Vía Láctea, perdida en la inmensidad del espacio-tiempo. La Vía Láctea forma parte del Grupo Local de Galaxias situado en el Super Cúmulo de Virgo en Laniakea, a su vez ubicada en la llamada Corona Boreal en los confines del universo observable.

La Tierra no es un lugar normal. Ningún planeta estrella o galaxia puede ser un lugar normal, porque en la mayor parte del Universo hay menos de un átomo por metro cúbico, mientras en nuestro entorno terrestre hay quintillones de átomos en el mismo volumen. El único lugar normal es el vacío cósmico cuyos límites son un misterio para el cerebro humano. La noche helada y perpetua del espacio intergaláctico es un lugar tan desolado que en comparación suya los planetas, las estrellas y las galaxias son algo dolorosamente raro y precioso. 

Si nos soltaran al azar dentro del Cosmos la probabilidad de que nos encontráramos sobre un planeta o cerca de él sería inferior a una parte entre mil millones de billones (10 elevado a 33, uno seguido de treinta y tres ceros). En la vida diaria una probabilidad así se considera nula. Los mundos son algo precioso.

Las primeras formas de vida sobre la Tierra, unicelulares, datan de hace tres mil seiscientos millones de años. Aunque nada se sabe a ciencia cierta, la vida como realidad emergente tuvo su origen en la existencia de una primitiva atmósfera terrestre sin oxígeno en la que se formaron unos compuestos orgánicos muy simples. Estos compuestos estaban presentes en el agua primordial de los grandes océanos, donde, gracias a la energía proporcionada por el calor, los rayos ultravioletas y la electricidad ambiental, surgieron estructuras orgánicas más complejas que hicieron posible la formación de una atmósfera rica en oxígeno y el posterior desarrollo de todas las especies vivas. Fueron las bacterias los primeros pobladores del planeta y serán los últimos en dejarla cuando dentro de cuatro mil millones de años el fuego del Sol al morir consuma definitivamente la Tierra, nuestra única patria y morada. Somos polvo de estrellas, materia hecha consciencia en la que confluyen todos los niveles de realidad: fisicoquímico, biológico, neurológico, psicológico, cognitivo, cultural y virtual. Pienso, luego existe el Cosmos.

La existencia del hombre, el homo sapiens el hombre de Cromañón, la única consciencia capaz de preguntarse algo tan insólito como ¿Por qué el ser y no la nada? data de unos cuarenta mil años hacia atrás. Si convertimos la edad del Universo a escala de veinticuatro horas, el hombre lleva sobre la Tierra apenas unos segundos. Unos segundos tan valiosos que nos permiten considerarnos ciudadanos del Cosmos. Posiblemente los únicos. Stephen Hawking dejó escrito en su libro (póstumo) "Breves respuestas a las grandes preguntas"Tal vez la probabilidad de que la vida aparezca espontáneamente es tan baja que la Tierra es el único planeta en la galaxia — o en el universo observable— en el cual sucedió.