sábado, 19 de abril de 2014

La Semana Santa de Cuenca




Al contrario que las Fallas, que están todo el año dale que te pego, nada se mueve en la Semana Santa conquense hasta bien pasadas las navidades. Los primeros cálculos comienzan con los retoques y mejoras del santo. Es cosa de las cofrades. Tras un repaso a fondo, se decide lo que falta, lo que sobra y lo que vale. Con la lista, las santas mujeres viajan en Auto-Res (ahora con otro nombre) a las tiendas de artículos religiosos de Madrid, El Ángel, Palomeque, Emaús o Belloso… Se echa mano del fondo para asuntos varios, aunque algunas prefieren correr con las facturas. Hachones, benditeras, mantos, rosarios, urnas y coronas. Se bordan los adornos y se plancha la ropa blanca. También se apalabran flores y cerería.
A finales de Abril se convoca la Junta General de Cofradías, presidida por las fuerzas vivas de la ciudad y controlada por los representantes del obispado para lograr la concordia final entre razón y fe. Todos los años, tras la obligada representación de una tormenta en un vaso de agua, se habla de lo mismo y se acuerdan los mismos puntos. Las vestiduras de los nazarenos, capuces, túnicas y capas tienen que ser iguales. Algunas hermandades, insiste el secretario, parece que tienen tres equipaciones como los equipos de fútbol. Si se apaga la tulipa no hay que molestar al de “alante” o al de atrás para que la encienda con la suya. Hay que mantener el orden y la distancia en las filas, no charlar con la familia y los amigos de las aceras, no deben salir niños muy pequeños que terminan armando la marimorena, no entrar y salir de las filas a “descansar”, es decir, ir a los bares; las últimas filas no deben pegarse a la banda de tambores y cornetas, prohibido comer pepitillas (pipas de girasol en conquense) o fumar (¿?). En mi época no se permitía a las mujeres salir de nazarenas. Es evidente que aunque tapadas se distinguen. Supongo que esa era la razón, ¿o era que todos los discípulos de Jesús eran varones? Ahora, según me cuentan, son mayoría. Un avance dudoso en la igualdad de derechos.
Después se reúnen las cofradías por separado, cada una en su local. Se lee el acta de la Junta General entre bostezos. Se informa de las mejoras del santo. Pero lo principal es el reparto y subasta de banzos. Algunos son por turno rotatorio. No hay que pagar. Por los demás se puja. En algunas hermandades se alcanzan cifras estratosféricas por cargar con el paso, El Ecce homo, La Soledad de las seis, San Pedro, La Virgen de las Angustias, El Santo entierro. Más normas. Se recuerda a los banceros que no deben acelerar la marcha en el tramo final del recorrido. "Parece que van a apagar un fuego". Las horquillas deben sonar al unísono acompasadas con la banda de música. Otra cosa, dijo el presidente: ¡No “basfemís”, debajo de las andas”… A continuación, se leen (salvo súplica de anonimato) los nombres de los encadenados, flagelantes y portadores de cruces que irán tras el santo. También las niñas que harán de magdalenas y verónicas. Finalmente, se elige a la nueva junta directiva, al primer hermano mayor y a los de filas y banceros. Si tienes dinero te vuelven a elegir democráticamente. El caciquismo religioso es el que menos importa a la gente. El hermano mayor se hace cargo del gasto. El gasto es el convite que se celebra normalmente unas horas antes de salir la procesión en el local de la cofradía. Están invitados todos los hermanos, especialmente los banceros (con dieta aparte). El contenido del refrigerio es variable, aunque abundan los pestiños, bizcochos, magdalenas, cerveza y zurracapote. De allí se marcha a la iglesia.
En mis tiempos, era normal pertenecer a varias cofradías. A mí me apuntaron nada más nacer a la Soledad de las seis, al Entierro y al Jesús del Puente. Me pegaron tal madrugón la primera vez y la monté de tal guisa que nunca más se supo; ya de mayor asistí al excepcional gasto del Entierro vestido con capuz, guantes y capa blancos, túnica negra y emblema de la orden de Calatrava. Solo iba a lucir el conjunto. Las chicas se morían por vernos. Una hermandad privilegiada. Lamentablemente bebí más zurra de la cuenta y tuve que volver a casa en taxi por consejo del hermano mayor. En cuanto al Jesús, cuyas andan pesaban toneladas, un año me tocó un banzo por turno y le pregunté al presidente si podía renunciar y quedarme con el importe de la subasta (y que en todo caso renunciaba). La desagradable respuesta no es para repetirla.
Comienzan, pues, los desfiles procesionales, esas increíbles demostraciones colectivas de culto a las imágenes. Recuerdo algunas historias. El primer día, en la procesión de la borriquilla del domingo de ramos, se decía “el que no estrena algo no tiene manos”. Dedicado a los niños. Era interesante observar lo que estrenaba cada cual: zapatos, medias, corbatín sujeto con gomas. Se reconocía al instante porque no dejaban de mirarlo. El domingo de resurrección, la Virgen y el resucitado, dos pasos que partían de iglesias distintas, se encontraban en la Plaza de Cánovas entre vítores, suelta de palomas y los acordes del himno nacional interpretado por la banda municipal con uniforme de gala. Ignoro si sigue así. La procesión del santo entierro sale el viernes por la noche. Tres pasos: la cruz desnuda, el yacente (una buena talla) y la dolorosa. No hay bandas municipales ni tambores y cornetas; solo se oye el golpe de las horquillas en el suelo. El silencio, interrumpido cada hora por el canto del miserere, es estremecedor. Los nazarenos de todas las cofradías, que acompañan al Cristo muerto hasta el sepulcro, cierran el desfile. Todos los entierros me impresionan.
Pero lo más conquense, lo más conocido, son las turbas. Salen el viernes al alba de la plaza de la iglesia del Salvador y se colocan delante del Jesús camino del Calvario. Los turbos no llevan capuz (lo anudan al cuello), van con cualquier túnica (cuanto más grasienta mejor) y esgrimen clarines y tambores caseros. Durante todo el recorrido se burlan del crucificado con sus clarinás (tuuíííí, tuuíííí) y palillás (pon, porobón, porobón, chim, pon). Ni que decir tiene que en la España franquista las turbas estaban formadas por ateos de profesión, izquierdistas e izquierdosos, borrachines, gente de vida licenciosa, pícaros y librepensadores. La derecha conquense, que ya es decir, los odiaba y comentaba despectivamente que los barrenderos recogían tras su paso de todo, incluso… ¡boñigos! La cosa con el tiempo se desbordó; lo mejor de cada casa venía de la España plural y al final había más turbos que nazarenos. Guerra Campos, el obispo pensador, instauró un sistema de credenciales limitadas que la cofradía del Jesús, a la que pertenecen las turbas, repartía con cuentagotas entre la gente de bien. El resto a dormir la mona. Obviamente, el efecto fue multiplicador, solo que ahora, durante la noche, podían oírse por Cuenca las sirenas de la policía armada pidiendo la papela. Los insomnes y “los de siempre” les tiraban botellas desde las terrazas. Lo que era una tradición se convirtió en un problema de orden público. El primer año del decreto episcopal los detenidos no cabían en la plaza de toros. Multas y guantazos. El segundo, la gente espabiló. La internacional de la turba se fue directamente a la salida de la procesión donde los pretorianos de Guerra Campos no podían actuar sin cámaras ni abucheos. Al final, se hizo la vista gorda y con la democracia las turbas perdieron parte de su interés. Nunca he sido turbo porque no me gusta estar beodo sin dormir toda la noche. Las once horas de claritamborreo (¿Alberti?) y los escarnios desafinados han hecho el resto.
En realidad, lo que me gusta de la Semana Santa son las torrijas en almíbar, el potaje de garbanzos y el resoli bien hecho. Cada cual a su palo.



2 comentarios:

  1. Enhorabuena al autor; es la mejor obra de ciencia ficción y fantasía que he leído hoy. ¡Menudo uso de la imaginación!

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  2. Sorprende que al ser de origen conquense, como así lo parece, y siendo filósofo, escribas comentarios tan vacuos e incluso falsos.
    Como nazareno durante casi cincuenta años, en mi vida he conocido a nadie que haya viajado a Madrid a comprar todos esos artículos de los que hablas.
    ¿Tu experiencia, cual oriental en una plaza de toros, asistiendo a una Junta General de Hermandad (desconocida), provoca este profundo análisis extraído por un polifacético filósofo?
    No imagino la respuesta del representante del Jesús del Puente ante tu propuesta de quedarte con el importe del banzo de turno, pero dudo que fuera tan soez como la que se me viene a la cabeza.
    Lo dicho de las turbas está muy bien, bla bla bla,..., aunque mejor que no hayas participado en ellas, porque imagino que tu actuación sería catalogada como de "asterisco".
    Te deseo buen cuaresma y espero que tu experiencia en la mejor semana de esa maravillosa ciudad sea más provechosa.

    Asturis

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