martes, 19 de abril de 2011

Tres cuentos de terror 3. Shalken el pintor


Resulta paradigmático del estado de ánimo sobrecogedor y morboso que causa la influencia del infausto, el relato titulado Un extraño suceso en la vida de Schalken el pintor, escrita por uno de los maestros del género, el irlandés Sheridan Le Fanu (1814-1873).

La narración se sitúa en la llamada "Edad de oro de los Países Bajos", a finales del siglo XVII, un periodo de gran prosperidad económica que supuso el ascenso social de la burguesía holandesa (retratada en grupo, en familia o individualmente por Frans Hals). El relato de Le Fanu es, en el fondo, una alegoría del afán de lucro, la avaricia, la posición de clase y sus nefastas consecuencias.
El narrador ha conocido los “curiosos hechos” a través de un amigo íntimo, capitán del ejército holandés y hombre poco propenso a dar pábulo a chismes fantasmales. Todo comienza por la atracción irresistible que le produce la visión de un cuadro que el capitán Vandael heredó de su padre y este, a su vez, de Shalken, un pintor de notables cualidades, quien vivió y representó en el lienzo una parte del drama.

- Hay cuadros - dije a mi amigo-, que le dan a uno, no sé por qué, la impresión de que representan no sólo las meras formas ideales que hayan cruzado por la imaginación del artista, sino escenas, caras y situaciones que han tenido algún día existencia real. Cuando miro ese cuadro tengo la certeza de que estoy contemplando la representación de una realidad.
Vandael sonrió, y, fijando su vista en la pintura, musitó:
- Su fantasía no le engaña, mi buen amigo, pues ese cuadro es testimonio, y creo que muy fiel, de un suceso notable y misterioso.

Shalken, un aprendiz aventajado del “inmortal Gerard Dow” (quizás un remedo de Rembrandt), “estaba tan enamorado como puede estarlo un holandés” de la adorable sobrina y pupila del maestro, Rose Velderkaust, amor al que la joven corresponde con similar afecto. Sin embargo, Shalken decide no solicitar su mano hasta haber alcanzado fama y fortuna, y ser entonces aceptado por el tutor de Rose como un pretendiente a la altura de las circunstancias.
Sin embargo, quien se presenta de improviso en el taller del tutor y solicita la mano de la joven es un turbio personaje, una sombra con visos de caballero que se hace llamar Minheer Vanderhausen de Rotterdam, quien a cambio del contrato matrimonial ofrece abundante oro, joyas, ropas y una cuantiosa dote. Su llegada es espectral, su presencia oblicua (oculta su rostro bajo un elegante sombrero de ala ancha), su apariencia blasfema, sus palabras heladas, su salida un misterio…

El tutor, deslumbrado por el brillo del metal, las gemas, la seda y los billetes de banco, tras ciertas dudas iniciales fundadas en la “aparente inclinación de los amantes”, pone en su sitio a los sentimientos y acaba por aceptar el ventajoso trato.
El novio comparece de nuevo durante la ceremonia de la firma del acuerdo en la casa del tutor, y, esta vez sí, todos pueden contemplar su rostro. La descripción del aspecto de Minheer Vanderhausen es decididamente magistral (sin duda una de las representaciones literarias más logradas del maligno).

Una masa de cabellos grises le descendía en largas mechas y sus extremos descansaban sobre los pliegues de una gola almidonada que le ocultaba totalmente el cuello. Hasta aquí todo iba bien; ¡pero la cara…! Toda la carne del rostro tenía ese color azulado, plomizo, que a veces se produce por acción de medicinas metálicas administradas en excesiva cantidad, los ojos eran enormes, y lo blanco aparecía tanto por arriba como por debajo del iris, lo que le daba una expresión de locura aumentada por su fijeza vítrea. La nariz no era notable, pero la boca estaba considerablemente retorcida por uno de sus lados, donde se abría con objeto de dar salida a dos largos, descoloridos colmillos de bestia que se proyectaban desde la mandíbula superior hasta por muy por debajo del labio inferior. El color de los labios mantenía su habitual relación con el de la cara y era, por consiguiente, casi negro; y ciertamente, apenas se podía concebir tal cúmulo de horrores sino en el cadáver de algún atroz malhechor que hubiese colgado largo tiempo, ennegreciéndose, de la horca, hasta haberse convertido al cabo en morada de un demonio, espantoso objeto de posesión satánica. Era muy notorio que el importante forastero procuraba que su carne se viese lo menos posible, por lo que durante su visita, no se quitó ni una vez los guantes. Habiendo permanecido durante unos momentos ante la puerta, Gerard Douw consiguió al fin hallar ánimo y aliento para darle la bienvenida, y, con una muda inclinación de cabeza, el forastero entró en la habitación. Había algo indescriptiblemente extraño e incluso horrible en sus movimientos, algo indefinible, pero antinatural, inhumano, como si sus miembros fuesen guiados y dirigidos por un espíritu no habituado a manejar la maquinaria del cuerpo.

El demonio de Le Fanu arrastrará a los personajes del cuento a su ruina del modo más cruel, envueltos en un torbellino de desdichas.
En primera lugar, perderá a la joven sobrina, a la que la ambición del tutor la convierte en víctima de un destino insoportable. El contenido del relato de Le Fanu es resueltamente protestante (la joven se condena sin otro argumento teológico que la culpa del otro y la predestinación). Hay que aceptar la perdición de Rose como un decreto misterioso pero consentido por Dios; su desamparo simboliza la imposibilidad de comprender los designios de la providencia y sus renglones torcidos. El caso de Schalken el pintor –que ni siquiera tiene un final feliz- recuerda la inaudita complacencia de Dios con el demonio en el relato bíblico de la destrucción de Job y su familia (pintada una y otra vez por William Blake).
Sin duda, la naturalidad con que el autor presenta la inconsistencia religiosa y moral de los hechos obedece a la férrea situación de dependencia jurídica de la mujer durante la época en que sucede la historia y también en la que fue escrita.
En segundo lugar, la desdicha alcanza al joven enamorado, que se ve privado cruelmente de su amada y sus honestas ilusiones. Su falta grave, que aprovecha hábilmente el oscuro, consiste en aceptar resignado las absurdas convenciones de la época sobre el amor y el matrimonio.
Finalmente alcanza al tutor, Gerard Dow (un reflejo de las desgracias familiares de Rembrandt), quien sufrirá lo indecible al comprender las consecuencias de los actos avarientos que por dos veces hundirán a su pupila.
Como una invitación a su inaplazable lectura, no desvelamos más detalles de las nupcias funestas de la bella y la bestia, la escalofriante huída de Rose y el retorno a la casa de su tío, su caída mortal y su aparición final en forma de espectro vaporoso ante su antiguo amor.
El cuadro al que nos hemos referido representa precisamente la última escena del extraño suceso en la vida de Shalken el pintor…

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