sábado, 18 de octubre de 2014

Panthéon Nadar


Gaspard-Félix Tournachon (París, abril de 1821, marzo de 1910), más conocido con el sobrenombre de Nadar, es uno de los grandes maestros de la fotografía del siglo XIX. Como Eugene Adget, el llamado Mozart de la cámara, supo fundar un mundo propio más allá de cualquier criterio industrial o comercial y hacer del retrato una obra de arte.


A Nadar sólo le interesa la figura y la personalidad intemporal del personaje que posa. Esta frase contiene todos los estilemas estéticos de sus retratos.


De entrada, prescinde de cualquier elemento externo, ajeno al propio modelo, como rasgos decorativos, fondos de interiores, atrezzos y forillos, paisajes envolventes, estudios cargados de tomos, símbolos biográficos u objetos personales.


Pero el retratado debe hablarnos, decir algo de sí mismo, abrirnos ciertas claves de su temperamento o talento. Echen una ojeada a la galería y perciban la socarronería, el carácter abierto y la franqueza de Alexandre Dumas. O la belleza legendaria de la bailarina Cléo de Mérode, homenajeada por innumerable artistas (incluso esculpida por su feliz amante), deseada por toda clase de fieles, desde reyes a plebeyos. O el temperamento acaso demasiado reflexivo, distante, crítico hasta el desprecio de Émile Zola.


No obstante, hay algo más que rasgos psicológicos en sus retratos. Se busca expresamente un arquetipo para la posteridad, la imagen única que la cultura fijará en el panteón de los hombres ilustres. De modo que cuando admiremos sus obras o hablemos de ellos, inmediatamente nos venga a la cabeza la fotografía que les dedicó Nadar. Su Baudelaire o Proust condicionan la lectura de Les fleurs o La Recherche. De cada gran hombre circulan diversas representaciones pero sólo es la de Nadar la que verdaderamente cuenta.

Por eso prescinde en sus retratos de cualquier atisbo de espontaneidad, de plasmar el instante fugaz. Los celebrados momentos anecdóticos desaparecen. Al modo de la pintura, sus personajes posan hasta mostrar lo que se busca. Sus detractores le acusaron de utilizar los medios pictóricos para lograr los mismos resultados. Pero sería más preciso decir que sus placas llegan donde los cuadros no pueden. Nadar se sitúa más allá de la pintura, su arte es consciente del nuevo medio, de sus ventajas técnicas y limitaciones plásticas. No es casual que prescinda del color, del entorno narrativo, de la composición y los detalles... algo imposible de soslayar en un lienzo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Comentarios en Facebook


Decía en Facebook mi buen amigo M.H. en una de esas entradas en las que todo brilla mientras se rompe como un espejo de consola abandonado en el páramo (arriba la imagen de su muro):

Entre 1954 y 1955, Claude Lévi-Strauss demostró lo que Kafka predijo: el proceso sustituiría al devenir, y a la verdad el procedimiento o formato. Insistieron Adorno, Arendt y tantos otros... Sesenta años después, la pérdida del sentido de lo real y del buen juicio que habría de acompañarlo dio lugar, bajo todos los aspectos de la "vida social", a un protocolo infinito. Mas, entre apartado y apartado, aún cabe alguna clase de ensueño.

Alimenté la hoguera con una de esas tormentas de ideas en un vaso de agua que a veces nos permitimos los dos (y cualquiera que se quiere apuntar).

No son las deducciones, a las que somos tan proclives, sino la experiencia la que me dice que la enseñanza sirve realmente para ganarte el pan y el queso que te comes (como decía Sherlock Holmes de su profesión). Que ensalzarla es racionalizar el proceso (viejo mecanismo de defensa) y denigrarla darle más importancia de la que tiene. El resto, en efecto, son las ensoñaciones de un paseante solitario (cuyo significado y valor dependen de cada cual).

No se hizo esperar la continuación tras los obligados me gusta.

No se trata solamente de la enseñanza, caro Rodolfo, pero es verdad que yo no podría enseñar nada si no me paseara solitario por el aula, dando la última clase como siendo la primera. ¡Tú tampoco lo habrías hecho! Lo que rodea, y cada vez aprieta más, poco o nada tiene que ver con lo que somos, aunque acabemos pareciéndonos más a eso por desgaste y presión de los elementos que a nuestros ensueños tangibles y productivos.

Y como la cosa es tal cual, no pude menos que asentir con matices:

De acuerdo. Enseñar hoy es cosa de fantasmas (que viene de fantasía) y lo demás apariencia. Ciertamente, amigo Miguel Ángel, lo más íntimo al hombre es la producción de mundos imaginarios a partir de los cuales otras facultades marcarán el territorio. La imaginación no es por tanto un estado mental transitorio que surge de forma discontinua entre nuestras sensaciones sino la existencia humana en sí misma.

(¡Qué remedio! añadió mi hermano tras otear más allá de las aulas).  

Insistió M.A. aguerrido:

Viene al caso una cita pesimista de Adorno (un pesimismo antropológico que en la filosofía y la vida suele ser preludio de la verdad): "Están por un lado los rigoristas abstractos, que luchan sin resultado por concretar quimeras, y por otro la pobre criatura humana que, como progenie de la deshonra, jamás tendrá posibilidad de librarse de ella".

Asustado, concluí la entelequia por el momento.

La “deshonra” a la que alude Adorno, en el caso de la enseñanza se concreta en dos momentos: la disolución del profesor en los protocolos (palabra que ha puesto de moda el ébola hasta para ir a mear) y la desaparición de alumno en el proceso, cuyo interés exclusivo es utilizarlo de forma indecente para salir del paso: al noventa por ciento de los bachilleres les da igual aprender física o historia que saberse de memoria la guía telefónica. Sólo queda cobrar la nómina y asistir impasibles, aunque plenos de conjuros, a esta pandemia incurable del rebuzno nacional.

Jaleó el tercero en concordia.

Escribir en un muro "La imaginación al poder" fue una redundancia. Siempre lo ha estado. Más madera.