viernes, 20 de agosto de 2010

Las aulas de antaño 2. La inauguración del curso


Superado el abrupto examen de ingreso, me matriculé en el prestigioso Instituto de Enseñanza Media que me asignaron.

Primera interpolación. Y digo “prestigioso” con énfasis y no como recurso retórico, pues su plantilla contaba con un elenco de catedráticos de los de antes, cuando el cuerpo era todavía algo consistente y contaba entre sus filas con profesores de renombre nacional (y aquí incluyo a la Universidad) e incluso allende nuestras fronteras. Por este orden, Don Víctor José Herrero Llorente, Don José Jesús de Bustos Tovar, Don Francisco García Yagüe, Don Juan Martino Casamayor o Don Ramón Roca… Todos me dieron clase y lo poco que sé, en gran medida se lo debo a ellos.

Entrado el mes de octubre, no recuerdo si antes o después de la Virgen del Pilar, se anunció oficialmente el principio de las clases, que no se impartían de repente, sin más, in media res, como ahora, sino después de un preámbulo digno y convincente. El punto de partida al que aludo, como se habrá adivinado, no es otro que la ceremonia ritual, la pompa y circunstancia que servían para declarar inaugurado el nuevo curso académico.
Nos reunieron en el patio, luciendo el traje de las visitas domingueras, en filas ordenadas por cursos y apellidos bajo la atenta cautela de nuestros maestros. Se trataba, por supuesto, de un instituto estrictamente masculino (era impensable por aquellos tiempos la mezcla y, aun menos, la guerra de los sexos). A las once en punto, los novatos del primer curso, entre los que estaba, se movieron con parsimonia hacia el salón de actos. En la entrada los conserjes, con uniforme de gala, nos entregaron un folleto con el orden del día y las normas exigidas. El tutor de cada curso pastoreaba con voz firme a sus pupilos hasta los sillones de la sala. Los más pequeños en las primera filas, después los de segundo y a así sucesivamente…

Segunda interpolación. Desde mi experiencia actual como docente sostengo que hay abundantes razones a favor de que los centros de enseñanza sean mixtos; sin embargo, la más crucial me parece la siguiente: el contacto espacio-temporal de los varones que estudian (impúberes, adolescentes y jóvenes) con las chicas, los desbrava, los hace menos rudos, más curiosos y atildados, más permeables al saber, y en resumen, más personas… Además, por fin advierten que las mujercitas son más listas para la vida e inteligentes para los estudios que ellos. Estos hallazgos que al principio rebajan su confusa autoestima, poco a poco modifican sus esquemas mentales y la mayoría mejora sus virtudes naturales (es decir, maduran siquiera unas pulgadas).

Sin embargo no me voy a referir a la primera ceremonia inaugural a la que asistí en el IEM Alfonso VIII de Cuenca, ya que mis pocos años, la frágil experiencia adquirida, los nervios del momento, la brusca transición de la escuela al instituto, la imposibilidad de establecer una mínima distancia entre yo y mis vivencias, vaciaron de sustancia mis recuerdos. Y puesto que en una ciudad de provincias los cambios institucionales no se producen o se producen lentamente, no veo inconveniente en avanzar seis años el relato hasta el último curso de mi estancia en aquel centro. Nos situarnos, por tanto, en el mismo escenario con la única diferencia de que ahora ocupaba con mis colegas las últimas filas del salón de actos. Se iniciaba mi andadura por el curso Preuniversitario, que por desgracia para nuestra educación reglada ya no existe…
El escenario brilla con luz propia; en la mesa presidencial del estrado se sientan a la derecha las autoridades civiles y militares, a la izquierda la directiva en pleno.
Como siempre, toma la palabra el director (verbo lento y vacilante, perífrasis innecesarias, excesivos giros adverbiales que denotan consecuencia): bienvenidas afables, agradecimientos varios, buenos ánimos y mejores intenciones; ideales admirables que guardamos en silencio dentro del paréntesis de la duda metódica.
Interviene después el jefe de estudios con una escueta admonición (expresión fácil, rápida, nerviosa, segura y apodíctica, oraciones simples y subordinaciones fáciles): Mi espada ha sido forjada con acero toledano, dura pero flexible; un enigma indescifrable, un viento templado, un giro aparente al diálogo.
El secretario, el último en intervenir (jerga burocrática, uso descriptivo del lenguaje, oraciones nominales) recuerda las necesidades del centro y la escasez del presupuesto; mirada significativa a su diestra, recibida con indulgencias plenarias.
La conferencia inaugural, Vigencia del pensamiento de Santo Tomás de Aquino, corre a cargo del catedrático numerario de filosofía Don…., doctor propenso al fárrago y autor de dos monografías sobre Francisco Suarez y Abelardo Lobato. Los temas espesos se van desgranando: el valor inalienable de la persona y la primacía de los valores espirituales frente al materialismo (el mismo rollo de siempre), la concepción inmutable de la familia cristiana (primeros bostezos entre el respetable), la necesidad innata de verdades absolutas (o sea, de imponer los dogmas de la religión católica), la justificación tomista del derecho moral a la guerra justa (un guiño del ponente a los ilustres invitados). Aplausos. Eran otros tiempos…

Tercera interpolación. Aquellos tiempos tenían una parte positiva: la junta directiva defendía sin fisuras ni ambigüedades que el propósito del centro era enseñar o instruir. Enseñar no es lo mismo que educar, sin embargo, hoy ambos términos se confunden perversamente. En el escalón de primaria se debe educar y enseñar a partes iguales, en el bachillerato se debe enseñar de forma dominante y educar de forma implícita, en la Universidad sólo se debiera instruir, pues se supone que el alumno ya tiene educación. No estoy de acuerdo en absoluto con el lema que figura en el escudo de mi instituto de enseñanza secundaria, donde actualmente imparto clases: Non scolae sed vitae discimus (literalmente: “no para la escuela sino para la vida aprendemos”); en mi opinión, debería proponer lo contrario.
Aquel año recibimos la visita, en olor de santidad, del obispo ordinario de la diócesis de Cuenca, Don Inocencio Rodríguez, hombre de recia constitución, envuelto en la vestimenta eclesiástica de color violeta, con su imponente cruz en el pecho, anillo de oro y báculo pastoral. Ovación interminable. Su intervención, remate del acto, renovó subitáneo el interés de los presentes, en peligroso declive. Recuerdo muy bien sus palabras del adiós: Este recibimiento que me habéis dado no lo olvidaré mientras me acuerde. Nadie pareció percatarse de la tautología aparente. Tomé nota y decidí reflexionar largo rato antes de pronunciarme (después de todo era la fórmula de un príncipe de la Iglesia). Antes de un cuarto de hora comprendí que no se trataba de justificar ad hominem el dicho, que sin duda se trataba de un desliz por la edad y una sandez perdonable (eso sí, acompañada de la risa inextinguible de los dioses).
El acto inaugural se dio por finalizado tras entonar a voz en grito (también Don Inocencio y el gobernador militar) las estrofas solemnes (y algo siniestras) del Gaudamus igitur… que seguimos atentamente en el librillo.

Alma Mater floreat
quae nos educavit,
caros et conmilitones
dissitas in regiones
sparsos congregavit.

A la una los reunidos estábamos en la calle. Una hora después, profesores e invitados compartían mantel de gala y menú de relumbrón; los compañeros y amigos vagaban dispersos por los bares. Al día siguiente, madrugón de tiritera y comienzo de las clases.

Cuarta interpolación. Como descubrió Bergson y Proust realizó, el único criterio de verdad absoluto para una criatura limitada como el hombre son determinadas impresiones de la memoria involuntaria, las cuales, en contadas ocasiones nos trasladan lúcidamente del pasado al presente donde les asignamos mediante el lenguaje de la literatura, la filosofía o el arte el contenido de verdad que les atañe. La verdad apunta siempre a la experiencia interior y no a lo dado (que no es nada): no se trata de saber si algo es o no es verdad, sino más bien cuanta verdad somos capaces de esclarecer y, sobre todo, de soportar.
Vivir consiste en desvelar el sentido de ciertas situaciones que sucedieron exclusivamente para nosotros, que nunca volverán a suceder y que nadie, excepto nuestra inteligencia, podrá recuperar. Inversamente, la definición más sutil de la infelicidad consiste en admitir con desolación que a lo largo de nuestra vida no fuimos capaces de comprender la verdad única de innumerables sucesos que pasaron delante de nosotros (y sólo para nosotros) sin mirarlos. Los auténticos paraísos, los que realmente añoramos, son siempre los paraísos perdidos.

2 comentarios:

  1. Hola Rodolfo:
    Me ha encantado tu escrito. Enhorabuena.
    Yo no he estudiado en este centro, pero algún día seré parte de su plantilla y trabajaré muy duro para que siga siendo lo que es: un gran centro.
    Marichu.

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  2. Cinco meses después vuelvo a leer esta entrada y a felicitarte por ello.
    Soy Marichu.

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