lunes, 2 de enero de 2017

Notas sobre el Holandés errante


Asistí hace unos días en el Teatro Real a la representación de la ópera de Richard Wagner El Holandés errante (1843), la primera de sus grandes obras.
El holandés errante es el capitán de un galeón gobernado por una tripulación de espectros descarnados que recorre los mares desde tiempo inmemorial. Maldito por su destino, ha intentado hacerlo pedazos innumerables veces contra los arrecifes, zozobrar con el velamen desplegado en medio de la tormenta, hundirlo con sus propias manos. Pero los demonios que sellaron su juramento sacrílego lo hacen invulnerable. Aunque se arroje desesperado por la borda en el centro del huracán, las profundidades marinas devuelven una y otra vez su cadáver viviente. Los navegantes lo temen. Cuando los grandes veleros otean en el horizonte su aparejo viran en redondo. Incluso los sanguinarios piratas elevan plegarias al cielo y se alejan a todo trapo cuando divisan su siniestra figura. Sólo el amor puro y fiel de una mujer podrá liberarlo de la maldición. Cada siete años le está permitido tomar tierra e intentar hallar a la esposa improbable que le dará la paz... Al inicio de la ópera, la llegada del buque fantasma a la costa es un anuncio sobrecogedor de su condición:  
De repente centellean unas luces fantasmales sobre el mar, sopla un viento helado que parece surgir de los confines del mundo. Y sobre las aguas corre, casi se podría decir que vuela, un imponente buque con mástiles negros y velas rojas. El buque se dirige hacia la ensenada y echa el ancla cerca del velero de Daland. Por una escala desciende un solo hombre con un extraño atavío. Con la cabeza baja, mirada sombría y pasos lentos asciende por la costa.
Toda la ópera gira en torno al mar, el motivo central que confiere sentido a los hechos insólitos que acontecen en escena. Se trata del mar del romanticismo, abismo insondable, superficie desconocida, naturaleza hostil, lugar de las grandes tempestades, como representa el cuadro de Turner Tormenta de nieve en alta mar.
El mar romántico es una metáfora literaria del misterio de las profundidades, los naufragios trágicos a la luz de la luna y las historias narradas en las noches de invierno por un viejo marino al amor de la lumbre, como la leyenda original del buque fantasma, el excelente relato de terror titulado El mensaje de Vanderbecqen a su hogar (1821): trata del encuentro en alta mar de un mercante cuya tripulación se encuentra con un barco oscuro y misterioso cuyos marineros, consumidos por una extraña melancolía, les entregan unas cartas pidiéndoles que las envíen al llegar a tierra, y, que resultan estar todas dirigidas a personas que murieron tiempo atrás. Así descubren que se han encontrado con una tripulación de fantasmas.
La imaginación romántica pobló el mar de monstruos y criaturas antinaturales. En la Historia de la fealdad de Umberto Eco se pueden ver los dibujos y grabados de algunas. Moby Dick (que da título a la novela de Herman Melville escrita en 1851), el gran cachalote blanco encarnación del mal al que el capitán Achab persigue obsesivamente a bordo del Pequod, es la culminación de esta fantasía.
Nemo, capitán del Nautilus de Verne, juró vengarse de los asesinos de su pueblo y su familia. El capitán Achab del Pequod juró vengar a todos los balleneros víctimas del cachalote blanco, incluido él mismo que perdió una pierna en un encuentro. La leyenda del juramento impío del holandés errante tiene diversas fuentes, pero Wagner se basó en la obra menor de Heinrich Heine titulada De las memorias del señor de Schnadbelewopski (1834) cuyo capítulo VII contiene la historia.
Ese fantasma de madera, ese lúgubre barco, toma su nombre de su capitán, un holandés que un día juró por todos los demonios que, a pesar de la fuerte tormenta que soplaba, doblaría un cabo cuyo nombre no puedo recordar ahora, aunque tuviera que navegar hasta el Día del Juicio. El diablo le tomó la palabra, y tendrá que vagar por el mar hasta el Día del Juicio a no ser que sea rescatado por la fidelidad de una mujer.
El mar romántico inspira la mirada interior como un espejo de lo que Bachelard denominó «inmensidad íntima». En ella la naturaleza urge y aviva los secretos del poeta y los límites de lo que puede ser dicho. Se convierte en el lugar privilegiado que le permite sumergirse en las profundidades de la imaginación como un espectador divino (o demoníaco) de sí mismo; es lo contrario del mare nostrum del Imperio romano o de los mercaderes venecianos, pura exterioridad material, dedicado al transporte de tropas o al tráfico de mercancías. Tampoco tiene nada que ver con el océano dominado por la máquina de vapor y la electricidad. Las nuevas técnicas de navegación acabaron con el mar como el más elevado concepto de lo sublime. La estética romántica fue sustituida por la ciencia moderna. El sofisticado Nautilus de Julio Verne es la antítesis del buque fantasma por más que ambos estén condenados a navegar eternamente y su redención final sea la misma.
Como subraya Àlex Ollé, uno de los seis directores de escena de la Fura dels Baus, autores de la dirección escénica de la ópera, también representa el sentimiento romántico de lo absoluto:
... Desde el principio me parece importante dejar constancia de lo lejos que el mundo contemporáneo está del sistema de creencias, profundamente románticas, sobre las que Wagner concibió esta pieza. Para Wagner, amor, muerte, eternidad, maldición pureza, pasión, terror eran conceptos que impulsaban la búsqueda del otro lado de la razón. El mismo mar era una metáfora poderosa –escribe Ollé- del último límite impuesto al ser humano. El mar era lo infinito, lo trascendente, una mirada metafísica sobre la muerte. En plena tormenta, cuando el cielo y el mar se funden y confunden en la línea del horizonte con la tierra, se abría la posibilidad de que “lo otro” interfiriera con lo real. Era así como surgía la posibilidad del encuentro entre todos los personajes –reales y fantasmagóricos- de esta ópera.

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