Me reuní en la cafetería del Ateneo de
Madrid con el Coronel Carlos Abengoa, Doctor en Historia y hasta su jubilación
profesor asociado de la UNED. Hacía casi un año que no compartíamos mesa y sillón.
Nos conocimos en Guinea Ecuatorial cuando colaboramos en un equipo
interdisciplinar del Ministerio de Educación como asesores de los expertos
ecuatoguineanos en la elaboración de materiales didácticos para sus planes de
estudios. Recuerdo nuestras largas conversaciones regadas con ron añejo de caña en la Casa de España de Malabo. Desde entonces hemos mantenido una
intermitente pero cordial amistad.
- Cómo está el mundo, le dije, una vez que dimos buena cuenta del café con
leche en taza grande, unas napolitanas y las típica tostadas de aceite, tomate
y jamón.
- ¿A usted que le parece?, me preguntó, cual Inteligencia Artificial ávida
de alimentar su máquina de aprendizaje con mis opiniones.
- Me parece que las democracias liberales se escoran sin remedio hacia el
neodarwinismo social, el militarismo como razón de Estado y el nacionalismo
autoritario que excluye cualquier reconocimiento de una legalidad internacional
basada en los derechos humanos. (Todo muy manido, lo reconozco).
- Le invito, cambió de tercio Abengoa, a que eche un vistazo al guion de
una conferencia-coloquio que tengo que dar en la Universidad Autónoma de
Madrid. Y puso una carpeta encima de la mesa. Cito de pasada el título de un
libro de su bisabuelo.
- Haré todo lo posible por asistir, dije, tras darle las
gracias por su confianza.
Después nos dedicamos a charlar de los viejos tiempos y los nuevos, de los hijos y los nietos, de los achaques de la edad, de los que se han ido con los más, de religión, política y gimnasio. El coronel detesta el fútbol. Por la tarde abrí la carpeta…
“Me resulta muy sugerente la hipótesis de El número de Dunbar del antropólogo Robin Dunbar que estableció
en 150 aproximadamente el límite biológico de relaciones interpersonales estables
que puede mantener una persona. De lo cual se sigue que sólo en grupos reducidos
con un sistema de acción compartido y único no se quiebra la cohesión ni surge el
conflicto social. La proliferación de subculturas y contraculturas en las civilizaciones
avanzadas, algunas sin un mínimo común con la cultura dominante, otras
discrepantes, incluso enfrentadas con el ethos, el eidos y las
instituciones, determina sin solución el desastre nacional y sus causas.
La antropología cultural, una vez depurados los residuos de un
etnocentrismo anacrónico, demuestra que el hombre primitivo no tiene una mente
inferior al hombre actual, sino una cultura distinta y compensada. Para unos
fines será más inteligente el hombre actual, para otros el hombre primitivo. Cierto
es que no disponen del lenguaje matemático, la más alta realización de la razón
y el único vínculo objetivo que permite vislumbrar los misterios del dios infinito
de Spinoza. Aunque construir sofisticadas tecnologías que pueden acabar con la
especie humana, por ejemplo la IA, no parece más inteligente que vivir
pacíficamente al margen del progreso a orillas de un lago africano,
fértiles praderas y la montaña sagrada, morada de los dioses tutelares.
Lévi-Strauss demuestra en El pensamiento salvaje que no es cierto que las sociedades primitivas tengan un pensamiento
menos complejo que el de las sociedades con historia. La investigaciones de
campo muestran que tienen las mismas preocupaciones abstractas. Su léxico está
dotado de una extensa terminología naturalista y de prolijas clasificaciones
que le permiten distinguir miles de especies de la flora y de la fauna. Lejos
de tener un significado meramente empírico o utilitario, como se daba por
supuesto, tienen más bien la función de organizar el entorno y conocer el orden lógico
y cosmológico del mundo. El propósito de los cuatro volúmenes de la
investigación etnológica y etnográfica más ambiciosa de la antropología
cultural, Mitológicas, es probar que las cualidades
sensibles están dotadas de leyes, categorías y símbolos tan válidos como los
que rigen el funcionamiento de la ciencia.
Hay muchos ejemplos a favor del pensamiento salvaje. Nuestra
sociedad carece de estatus de edad claramente definidos: los ritos de tránsito
de la pubertad a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud y de esta a
la mayoría de edad comportan estatus difusos que no permiten salvar con éxito
las discontinuidades en el sistema de interacción y sólo crean ruido en la vida
comunitaria. Esto supone que los padres, educadores, amigos y conocidos (entre
otros) desconocen las nuevas expectativas de acción social; tampoco el
implicado sabe exactamente a qué atenerse, mientras que en las sociedades
primitivas nunca se producen vacilaciones, pues los cambios de estatus suele ir
acompañadas de ciertos ritos de tránsito que redefinen la nueva posición de
manera precisa.
En una tribu perdida del África ecuatorial el paso de la pubertad a la
adolescencia se produce cuando ambos sexos alcanzan la madurez biológica o
capacidad reproductora. El cambio de estatus de los adolescentes, que ya están
en condiciones de perpetuar su etnia, se reconoce y se celebra a comienzos de
la primavera con las fiestas conmemorativas de la fecundidad y la abundancia.
Durante dos noches seguidas, una en honor de cada sexo, arden las hogueras,
suenan los tamtanes y se consumen plantas alucinógenas hasta la apoteosis de una
danza propiciatoria para que los espíritus protectores de la tribu se muestren generosos
un año más. Cuando concluyen los fastos, los habitantes del poblado tienen unas
expectativas ciertas sobre el sistema de acción de los neófitos.
El paso de los adolescentes a la mayoría de edad en la aldea centroafricana es tan claro como un día de verano en la sabana. El aspirante al estatus de guerrero recibe del brujo el escudo labrado del clan, el arco y las flechas de sus mayores, las pinturas de combate, los adornos corporales y el tótem tribal. El ceremonial de iniciación, al que sólo asisten los guerreros del poblado, termina con la fórmula tradicional de despedida: retorna a tu casa cuando los espíritus te sean favorables o piérdete para siempre en la oscuridad de la noche. El joven dispone de tres jornadas para superar el desafío de la jungla y volver con una presa sobre los hombros. Si retorna vencedor a la tierra de sus padres, cuanto más peligroso haya sido el lance, mayor será el homenaje que reciba de sus pares. A partir de ese momento será considerado un guerrero valeroso, un custodio de las tradiciones ancestrales con todas las obligaciones, pero también con todos los privilegios de su nueva posición”.
Dejé para la noche la segunda parte del guión.

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