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jueves, 4 de junio de 2026

Pueblos sin historia. Segunda parte

 

(Continuación del guion de la conferencia prevista del Doctor Carlos Abengoa).

El ejemplo más notable del racionalismo en antropología cultural es Lévi-Strauss. Mientras que las principales corrientes (evolucionismo, difusionismo, funcionalismo) se han ocupado de estudiar las manifestaciones particulares de las distintas sociedades, de señalar sus semejanzas y diferencias, lo que pretende la antropología estructural (título de la obra donde expone el método) es descubrir las estructuras profundas e invariables de las instituciones de cualquier cultura. El principal supuesto del estructuralismo es la oposición entre hechos sociales (cultura) y sistemas subyacentes (estructura). Más allá de las normas culturales y de las formas de organización social que varían de unos pueblos a otros hay unas estructuras comunes que tienen su origen en la organización psicológica, lógica y epistemológica de la mente humana. Levi Strauss investigó las estructuras elementales del parentesco, los sistemas de clasificación del pensamiento salvaje y las reglas inmutables de los mitos. 

Lo contrario de las especulaciones racionalistas del estructuralismo es el denominado “empirismo antropológico” cuya referencia más controvertida es el clásico de Nigel Barley –doctor por la Universidad de Oxford- titulado El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro (1989). El libro fue mal visto por sus expertos colegas, quizás porque lo consideraron demasiado ligero y chispeante, por su proximidad excesiva a los libros de viajes (en mi opinión, su mayor encanto) y también por la acumulación de materiales etnográficos dispersos sobre el pueblo dowayo (o namchi), una comunidad de unas 18.000 personas que vive en las montañas alrededor de la ciudad de Poli, en el norte de Camerún. El libro de Barley es divertido y ameno; desde la narración inicial de la odisea burocrática del autor para obtener el visado de entrada hasta el laberinto interminable que tuvo que superar para volver a Inglaterra, enfermo y en los huesos, pero encendido por la fascinación de África y el deseo, convertido en destino, de reanudar sus inaplazables trabajos (algo que realizó y publicó en un segundo libro). A lo largo de sus páginas no aparecen por ninguna parte estructuras subyacentes, esquemas inextricables o hipótesis sobre un inconsciente colectivo. Al contrario, están pobladas de individualidades, de variopintos personajes cuyos hilos se mueven con una vida propia imposible de sistematizar. Destacan convertidos en personajes de novela el estrafalario jefe Zuuldibo, un hombre pragmático, astuto y con gran sentido del humor; o el viejo brujo Kpau, el atrabiliario “jefe de la lluvia” representante de la magia, el animismo, las tradiciones ancestrales y la resistencia de las creencias locales a la cultural occidental; o el misionero Herbert Brown, afectado por el sol de los trópicos, sin identidad cultural y dotado de un curioso don de lenguas. Asimismo, el subprefecto camerunés, funcionario de una compleja maquinaria burocrática a menudo corrupta o cómica que crea problemas donde no los hay. O el ayudante-traductor dowayo, imprescindible para el trabajo de campo de Barley, aunque las barreras del idioma generan constantes y sabrosos malentendidos. La obra es un recorrido completo por todos los aspectos de la comunidad dowaya, la comida, la sexualidad, la vivienda, el trabajo, la ciudad, la lluvia, las fiestas estacionales… No me resisto a reproducir un jugoso fragmento en el que se describe un episodio de la vida política. 

Varios viajeros me dijeron que el mijo de mi “verdadero cultivador” no estaba listo todavía para ser cortado, de modo que pude dedicarme a contemplar la última distracción, unas elecciones. El sous-préfect, representante del gobierno camerunés, había convocado a todos los aldeanos en un lugar a una hora determinada para hablarles de ese tema y del importante problema de la jefatura de las tribus. Cuando llegó el momento no se presentó y los dejó a todos plantados debajo de los árboles durante dos días, transcurridos los cuales regresaron a los campos y cultivos. Varios días después apareció por la aldea dowaya un goumier. Estos desagradables personajes son exsoldados utilizados por el gobierno central para cerciorarse de la obediencia de las aldeas perdidas que no pueden ser vigiladas por los gendarmes. Se instalan en ellas durante largos períodos y viven a costa de sus anfitriones, a quienes además obligan a hacer lo que les apetece mediante amenazas. En las zonas en que la gente ignora cuáles son sus derechos, o donde saben lo poco que pueden fiarse de ellos, ejercen una considerable tiranía. La tarea de ese individuo en concreto era asegurarse de que se prepararan las cabinas para las votaciones. Hasta el momento los dowayos no habían mostrado ningún interés por la política nacional y era necesario estimular su entusiasmo.

Todos los dowayos, hombres y mujeres, debían votar el día señalado. El jefe tiene que responsabilizarse de que la asistencia sea masiva y Mayo, el lugarteniente, aceptó humildemente la tarea mientras Zuuldibo (el jefe de la tribu) permanecía sentado a la sombra dando instrucciones a los que hacían el trabajo.

La democracia brillaba con todo su esplendor en las cabinas de votación. A un hombre le estaban regañando por no llevar a todas sus esposas. “No querían venir”. “Debías haberles pegado”. Les pregunté a varios dowayos qué era lo que estaban votando. Se me quedaron mirando sin saber qué decir. “Coges el carnet de identidad –explicaron por fin- y se lo das a ese funcionario, que te lo sella y toma nota de tu voto”. Sí, pero ¿qué era lo que estaban votando? Más miradas de incomprensión. Ya me lo habían explicado, cogías el carnet… Nadie sabía para qué era la votación. Además no se aceptaban votos negativos. Finalizada la jornada, los funcionarios consideraron que no se habían recogido las papeletas suficientes, de modo que les hicieron votar a todos otra vez. La semana en que se hicieron públicos los resultados yo me encontraba en un cine de Poli, la ciudad. Un noventa y nueve por ciento de los votantes habían elegido al único candidato que se había presentado por el único partido. Sin embargo me pareció una agradable señal que el público, bien preservado su anonimato en la oscuridad, prorrumpiera en burlones abucheos. En cambio, en la aldea todo el mundo se tomó la votación muy en serio y se siguieron las normas al pie de la letra. Se examinaron meticulosamente los documentos de identidad, se puso especial cuidado en colocar los sellos en los lugares destinados a tal fin, se calculó con precisión el porcentaje de lugareños que votaron y las actas pasaron de un funcionario a otro con las correspondientes firmas de acuse de recibo. Nadie parecía percibir la contradicción existente entre la concienzuda observancia de tales minucias y la flagrante violación de los principios básicos de la democracia…

miércoles, 27 de mayo de 2026

Pueblos sin historia

 

Me reuní en la cafetería del Ateneo de Madrid con el Coronel Carlos Abengoa, Doctor en Historia y hasta su jubilación profesor asociado de la UNED. Hacía casi un año que no compartíamos mesa y sillón. Nos conocimos en Guinea Ecuatorial cuando colaboramos en un equipo interdisciplinar del Ministerio de Educación como asesores de los expertos ecuatoguineanos en la elaboración de materiales didácticos para sus planes de estudios. Recuerdo nuestras largas conversaciones regadas con ron añejo de caña en la Casa de España de Malabo. Desde entonces hemos mantenido una intermitente pero cordial amistad.

- Cómo está el mundo, le dije, una vez que dimos buena cuenta del café con leche en taza grande, unas napolitanas y las típica tostadas de aceite, tomate y jamón.

- ¿A usted que le parece?, me preguntó, cual Inteligencia Artificial ávida de alimentar su máquina de aprendizaje con mis opiniones.

- Me parece que las democracias liberales se escoran sin remedio hacia el neodarwinismo social, el militarismo como razón de Estado y el nacionalismo autoritario que excluye cualquier reconocimiento de una legalidad internacional basada en los derechos humanos. (Todo muy manido, lo reconozco).

- Le invito, cambió de tercio Abengoa, a que eche un vistazo al guion de una conferencia-coloquio que tengo que dar en la Universidad Autónoma de Madrid. Y puso una carpeta encima de la mesa. Cito de pasada el título de un libro de su bisabuelo.

- Haré todo lo posible por asistir, dije, tras darle las gracias por su confianza.

Después nos dedicamos a charlar de los viejos tiempos y los nuevos, de los hijos y los nietos, de los achaques de la edad, de los que se han ido con los más, de religión, política y gimnasio. El coronel detesta el fútbol. Por la tarde abrí la carpeta… 

Me resulta muy sugerente la hipótesis de El número de Dunbar del antropólogo Robin Dunbar que estableció en 150 aproximadamente el límite biológico de relaciones interpersonales estables que puede mantener una persona. De lo cual se sigue que sólo en grupos reducidos con un sistema de acción compartido y único no se quiebra la cohesión ni surge el conflicto social. La proliferación de subculturas y contraculturas en las civilizaciones avanzadas, algunas sin un mínimo común con la cultura dominante, otras discrepantes, incluso enfrentadas con el ethos, el eidos y las instituciones, determina sin solución el desastre nacional y sus causas.

La antropología cultural, una vez depurados los residuos de un etnocentrismo anacrónico, demuestra que el hombre primitivo no tiene una mente inferior al hombre actual, sino una cultura distinta y compensada. Para unos fines será más inteligente el hombre actual, para otros el hombre primitivo. Cierto es que no disponen del lenguaje matemático, la más alta realización de la razón y el único vínculo objetivo que permite vislumbrar los misterios del dios infinito de Spinoza. Aunque construir sofisticadas tecnologías que pueden acabar con la especie humana, por ejemplo la IA, no parece más inteligente que vivir pacíficamente al margen del progreso a orillas de un lago africano, fértiles praderas y la montaña sagrada, morada de los dioses tutelares.

Lévi-Strauss demuestra en El pensamiento salvaje que no es cierto que las sociedades primitivas tengan un pensamiento menos complejo que el de las sociedades con historia. La investigaciones de campo muestran que tienen las mismas preocupaciones abstractas. Su léxico está dotado de una extensa terminología naturalista y de prolijas clasificaciones que les permiten distinguir miles de especies de la flora y de la fauna. Lejos de tener un significado meramente empírico o utilitario, como se daba por supuesto, tienen más bien la función de organizar el entorno y conocer el orden lógico y cosmológico del mundo. El propósito de los cuatro volúmenes de la investigación etnológica y etnográfica más ambiciosa de la antropología cultural, Mitológicas, es probar que las cualidades sensibles están dotadas de leyes, categorías y símbolos tan válidos como los que rigen el funcionamiento de la ciencia.

Hay muchos ejemplos a favor del pensamiento salvaje. Nuestra sociedad carece de estatus de edad claramente definidos: los ritos de tránsito de la pubertad a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud y de esta a la mayoría de edad comportan estatus difusos que no permiten salvar con éxito las discontinuidades en el sistema de interacción y sólo crean ruido en la vida comunitaria. Esto supone que los padres, educadores, amigos y conocidos (entre otros) desconocen las nuevas expectativas de acción social; tampoco el implicado sabe exactamente a qué atenerse, mientras que en las sociedades primitivas nunca se producen vacilaciones, pues los cambios de estatus suele ir acompañadas de ciertos ritos de tránsito que redefinen la nueva posición de manera precisa.

En una tribu perdida del África ecuatorial el paso de la pubertad a la adolescencia se produce cuando ambos sexos alcanzan la madurez biológica o capacidad reproductora. El cambio de estatus de los adolescentes, que ya están en condiciones de perpetuar su etnia, se reconoce y se celebra a comienzos de la primavera con las fiestas conmemorativas de la fecundidad y la abundancia. Durante dos noches seguidas, una en honor de cada sexo, arden las hogueras, suenan los tamtanes y se consumen plantas alucinógenas hasta la apoteosis de una danza propiciatoria para que los espíritus protectores de la tribu se muestren generosos un año más. Cuando concluyen los fastos, los habitantes del poblado tienen unas expectativas ciertas sobre el sistema de acción de los neófitos.

El paso de los adolescentes a la mayoría de edad en la aldea centroafricana es tan claro como un día de verano en la sabana. El aspirante al estatus de guerrero recibe del brujo el escudo labrado del clan, el arco y las flechas de sus mayores, las pinturas de combate, los adornos corporales y el tótem tribal. El ceremonial de iniciación, al que sólo asisten los guerreros del poblado, termina con la fórmula tradicional de despedida: retorna a tu casa cuando los espíritus te sean favorables o piérdete para siempre en la oscuridad de la noche. El joven dispone de tres jornadas para superar el desafío de la jungla y volver con una presa sobre los hombros. Si retorna vencedor a la tierra de sus padres, cuanto más peligroso haya sido el lance, mayor será el homenaje que reciba de sus pares. A partir de ese momento será considerado un guerrero valeroso, un custodio de las tradiciones ancestrales con todas las obligaciones, pero también con todos los privilegios de su nueva posición”.

Dejé para la noche la segunda parte del guion.

miércoles, 29 de abril de 2026

¿Sabemos qué es la inteligencia?

 

Utilizamos con frecuencia el término “inteligencia”. ¿Pero conocemos su significado preciso? Wittgenstein propone en las Investigaciones filosóficas que el significado de un término consiste en su uso en el contexto lingüístico apropiado. Un hablante con una competencia comunicativa normal lo entenderá sin dificultad. En realidad, no podemos asignar un sentido fijo a un término ya que varía según el contexto. Y puesto que el lenguaje natural está bien hecho no debemos violentar el uso correcto que la gramática establece para cada entorno o situación. Se trata de un criterio de significado de carácter pragmático. Podemos dedicar un par de horas de una tarde lluviosa a jugar con los amigos a ver quién es capaz de decir más frases con el término inteligencia y luego explicarlas. El que vence es el más inteligente.  "Lo que más valoro en un hombre es la honestidad, la inteligencia y el sentido del humor", toma la palabra la más joven...

Pero si aceptamos tal criterio la pregunta es: ¿Cómo debemos usar el término inteligencia en un contexto científico? En tal caso la gramática contextual sirve de poco porque hay que definir desde la nada el significado. El contexto es el marco teórico donde se funda el término. Una ardua historia de dualismos, potencias del alma y entendimientos agentes y pacientes que pasamos por alto hasta la edad contemporánea.

A finales del siglo XIX, Francis Galton en su obra El genio heredado (1869) consideró a la inteligencia una capacidad innata o “potencia mental” de origen biológico resultado de la herencia genética o resultado único de la recombinación de genes. Suponía además que uno era listo o tonto durante toda la vida; su caletre no empeoraría por más que se dedicara a perder el tiempo en minucias ni mejoraría aunque se entrenara a diario en abstrusos laberintos. Finalmente, Galton daba por hecho que la inteligencia era una facultad unitaria, es decir, se manifestaba siempre en cualquier conducta o situación. Cuesta no ser escéptico: todos demostramos en ocasiones oficio y maneras, pero en otras, ¡ay! por qué negarlo, bordeamos o estamos fuera de la normalidad. Podría citar a numerosos políticos cuya inteligencia social es equivalente a la de la horda de homínidos enfrentados por la hegemonía territorial.

La escuela multifactorialista norteamericana, encabezada por Louis L. Thurstone, criticó la concepción unitaria de la inteligencia. Negó la existencia de un factor general (el controvertido factor G) al que se supeditan el resto de las capacidades intelectuales. Fragmentó la inteligencia en un conjunto de habilidades o factores primarios y secundarios relacionados con las actividades mentales (percepción, memoria, aprendizaje, lenguaje, razonamiento), lo cual transforma el concepto en un excesivo despliegue de aptitudes relacionadas con la totalidad del psiquismo. El que mucho abarca poco aprieta. En los sesenta, J.P. Guilford, afinador de la teoría multifactorialista, propone un inextricable modelo que incluye ciento veinte aptitudes distintas que operan de forma específica. Un desparrame imposible de controlar experimentalmente.

La psicología diferencial, exigente con el rigor matemático, define la inteligencia “como la escala numérica que miden los test”. Actualmente hay más de cincuenta test de inteligencia que se utilizan para determinar el denominado Cociente Intelectual (CI). Se utilizan en los sectores más diversos: orientación pedagógica, selección de personal, aptitudes para el deporte, diagnósticos clínicos... El problema es si los test psicométricos miden sólo la inteligencia o más bien otras variables asociadas: la clase social del sujeto, los medios de que ha dispuesto para su formación, la socialización que ha interiorizado, el sistema de interacción que desempeña o las oportunidades que ha tenido durante su vida… En resumen, los instrumentos que se utilizan para medir la inteligencia están contaminados por el estatus y la cultura.

La psicología cognitiva, propensa al fárrago, complica también el problema y define la inteligencia, a imagen y semejanza de las computadoras, como “procesamiento simbólico de la información”. La inteligencia está conformada según este modelo por la interacción (término que evoca la noche en que todos los gatos son pardos) de elementos componenciales (recursos intelectuales), experienciales (pensamiento divergente), contextuales (adaptación y modificación de entorno) y emocionales (control, motivación y autoconocimiento). ¡Que los zurzan por pelmazos y envolvernos con tediosos malabarismos verbales!

Terminamos el recorrido con la "teoría de las inteligencias múltiples" del insigne psicólogo de Harvard Howard Gardner. Enumera ocho tipos de inteligencia independientes: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, psicomotriz, intrapersonal, interpersonal y naturalista. Sin entrar en más detalles sobre este notable proyecto, se me ocurren otros ocho tipos tan dignos de ser tenidos en cuenta como los anteriores: lectora, erótica, humorística, pecuniaria, estética, filantrópica, deportiva y ociosa.

Este aluvión de especulaciones teóricas complican más que clarifican lo que entendemos por inteligencia. Lo cierto es que no hay una distancia epistemológica apreciable entre las humanidades y las ciencias humanas por más que estas últimas traten de convencernos con espesos argumentos metodológicos de su condición de tales. Es más, sus conjeturas están más cerca del plomizo ensayo filosófico que de la investigación científica.

Si preguntamos a la inteligencia artificial qué es la inteligencia natural compone un refrito de las teorías anteriores (se alimenta de internet) y finaliza: En resumen, la inteligencia es una capacidad integral que nos permite sobrevivir, interactuar y prosperar en el entorno. Muchos personajes del ancho mundo se permiten las tres características y no los calificamos de inteligentes sino de… y aquí caben otros adjetivos más gruesos.

Les propongo visitar este inabarcable sitio web donde escritores, filósofos, artistas y científicos, entre otros, ofrecen su particular e ingeniosa definición de la inteligencia. 

Para mí son inteligentes por este orden Sherlock Holmes, el Padre  Brown y Hércules Poirot.

lunes, 25 de agosto de 2025

Sobre la vejez

 

La obra De senectute, literalmente acerca de la vejez, en versión libre El arte de envejecer, escrita por Cicerón en el 44 a.C. es un elogio de la vejez así como una invitación a un envejecimiento activo y fecundo. Un clásico de la ética personal. Lo primero que habría que hacer es definir el concepto de vejez: mientras que Cicerón (106-43 a.C.) moría con 63 años, una edad avanzada para entonces, hoy día la mayoría de la gente ni siquiera se ha jubilado. Sin entrar en números, es preferible considerar a la vejez como un “estado y disposición de ánimo”, saber a qué nos referimos con la tercera, incluso cuarta edad y no complicarnos la vida con disquisiciones geriátricas y tratamientos médicos (por lo demás inevitables). Siento curiosidad por saber qué es la vejez, dice el optimista jubilado. Bien dicho.

El envejecimiento resignado de sofá plano, un mal rollo, me trae recuerdos de las viñetas del inolvidable Forges: la plaza de un pueblo perdido en la llanura y tres ancianos desdentados bastón en mano, sentados en un banco, dos perros tirados en el suelo, el sol en un horizonte tardío y un elemento perturbador, desubicado, que rompe la monotonía de la jornada y dispara el humor del dibujante.

El “abuelo cebolleta” que da la murga a sus nietos con batallitas de la Edad Oscura es una especie en extinción. En cuanto avanza el relato (palabra estúpida cuando se usa en las tertulias radiofónicas) los nietos desconectan si son educados, cambian de tercio si son normales: abuelo cuéntanos cómo era tu novia en el cole. ¿Usabais preservativos? Resulta patética la visión del jubilado en el parque mañanero que mira con ternura a los niños y echa migas de pan a las palomas mientras medita sobre la vanitas y el memento mori. Actualmente ha quedado en desuso jugar al tute con la peña en las mesas de piedra del barrio porque terminan en bronca. Y la petanca es un juego tan pacífico y aburrido que es imposible cabrear al que pierde o hacer trampas divertidas. Los “hogares del jubilado” donde los viejos se hacen más viejos son demasiado provincianos; y demasiado pueblerinos los baretos de la España vaciada donde se pasan la tarde en formol jugando al dominó. Entretanto, en la mesa camilla con brasero la mujer hace ganchillo y en silencio reza el rosario. Su eterna acompañante, vecina y pariente, perpetra el enésimo solitario con la televisión encendida.

Si me apuran se ha quedado obsoleto el INSERSO: a los jubiletas cada vez les apetece menos que los lleven al trote detrás de una azafata de pies ligeros con bandera blanca por ¿dónde fue? o pasarse una semana de invierno encerrados en un hotel solitario de la costa. O el viaje organizado en autobús: fiu, fiu, ya hemos visto Florencia ¿O era Lisboa? La comida, rara, los del grupo, pelmazos. De las residencias de ancianos ni hablo. Un ejemplo: el cura en la visita de turno trata de convencer a la octogenaria delicada de salud de que pronto verá al Padre Celestial. Desengáñese padre, como en casita no se está en ninguna parte, contesta vivaz doña Asunción.

Algunos llevan perplejos la transición de la segunda a la tercera edad. El paso de la madurez a la vejez recuerda ciertas paradojas de la cantidad: ¿Qué número exacto de pelos, como mínimo, ha de tener una persona para que no se lo considere calvo? Aplíquese a la edad y el problema de cuándo somos viejos es el mismo. Muchos no se resignan. Recuerdo que la suegra de un primo hermano vivía marcha atrás, hasta el punto de que su hija le llegó a decir en uno de sus “cumpleaños”: madre dentro de poco vas a tener menos que yo… Otro pariente mío se cabrea cuanto sus nietos le llaman abuelo. ¡Os he dicho que no me llaméis abuelo, me llamo Jaime! Pobres chavales.

Pasamos página. Vamos a cocinar una versión potente de la vejez recuperada. Lorenzo Aguado es un jubilado de 65 años. Está divorciado pero es amigo con derecho a roce de una viuda cincuentona que trabaja de administrativa en la Seguridad Social. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Hacen el amor, siempre en casa de Lorenzo (por el fantasma del marido quizás). Corre la viagra y el lubricante para conjurar el fantasma del gatillazo. Lorenzo se levanta a las nueve. Oye las noticias en la radio mientras desayuna su café con leche, tostada regada con aceite virgen extra y tomate, copos de avena y zumo de naranja. Se sienta después en el salón y enciende la tablet donde sin prisas ojea la prensaSiempre los mismos gilipollas. Luego pone un mensaje a su amiga con flores y emoticones y lee la cadena de chorradas y videos que le llegan de sus no amigos digitales. La salud es lo primero: martes y jueves pilates. Se refiere a la cincuentona jamona como a “su chica”. El monitor del fitness creía que hablaba de su hija, hasta que un día su chica vino a buscarlo con falda corta, escote generoso y medias de malla. La picarona miraba al joven macizo y tatuado con ojos golositos que a su vez miraba al vacío. Viajan mucho. Nada de Londres, Roma o París; ya estuvieron cuando no se conocían, además acabas empachado de museos, de cuadros de santos, iglesias y palacios iguales y antiguallas que no entiendes. Lo que interesa es Tailandia, Japón, Colombia, El Tíbet o El Varadero… Ya irán del ramal a alguna exposición estrella en el Prado o la Thyssen cuando vuelvan de las doradas playas del Caribe; más que nada porque sus hijos han reservado mesa en tal o cual sitio donde te dan un sushi exquisito o un rabo de toro digno de un rey. Leen con avidez a Jöel Dicker y a Pérez-Reverte y les chiflan las series de Netflix. Los conciertos y la ópera les aburren. Van al cine cuando sus amigos les recomiendan una película por mayoría simple. Al teatro por mayoría absoluta. Algún sábado van a una discoteca. Lorenzo, tras despachar el segundo gin-tonic y sacar fuerzas de las reservas del gimnasio baila como un poseso. Cuando vuelve sudoroso y exánime a la mesa, le dice a su chica: ¡Estoy hecho un chaval! Ella, haciendo gala de perspicacia femenina, le advierte divertida: ninguno de los jóvenes que ves por aquí diría semejante chorrada

martes, 4 de marzo de 2025

Necrológica



Hay seis formas esenciales de la muerte trágica: Cuando mueres joven. Cuando muere un niño. Cuando muere un hijo antes que los padres. Cuando mueres demasiado viejo. Cuando mueres en la plenitud de la vida. Cuando cuerpo y mente en la muerte lenta, anticipada, no decaen a la vez y se produce entre ambos una distancia cruel e infranqueable. El cuerpo enfermo, exhausto, terminal; la mente activa, presta a la andadura, llena de vitalidad. En la obra maestra de Thomas Mann, La Montaña Mágica, el ascenso espiritual, la lucidez de los pacientes del sanatorio alpino es paralelo a la consunción de sus cuerpos, a su extinción. Exitus letalis.

Sócrates en el Fedón, antes de beber la cicuta, tras su renuncia a huir de la prisión (el carcelero ha sido sobornado) por un respeto sagrado a las leyes que lo condenan (¡aunque sean injustas!) conforta a sus desolados amigos, entre ellos Platón, con un elogio retórico de la muerte y la inmortalidad del alma. Puesto que no podemos vencerla que sea un aliado. No habla un sabio consciente, digno, sereno, sino un peligroso fanático (este es el mensaje abreviado del Zaratustra de Nietzsche).

¿Cómo es posible relacionar el cerebro, esa masa blanca y rugosa, con Don Quijote, Las bodas de Fígaro, La dama del armiño o La Pietà? Un enigma biológico y un misterio estético, quizás la clave de bóveda del universo. La pintura de Brueghel El triunfo de la muerte silencia cualquier presunción de una muerte digna. Un caballero desenvaina en vano su espada contra la legión de cuerpos descarnados. Todos los estratos sociales están incluidos en el cuadro sin que el oro, el poder, el pensamiento, la religión o el arte puedan salvarlos. El ángel oscuro siega con su guadaña las mayores fortunas, las leyes más justas, los argumentos más sólidos, las oraciones más piadosas, los versos más sublimes. El verdadero triunfo sobre la muerte es haber nacido, haber robado al no ser una fugaz existencia entre dos eternidades. El mundo de las sombras no es el de los muertos sino el de los no nacidos.

No deberíamos obsesionarnos con la muerte pues carecemos de información fiable. La muerte propia, no la del otro que conocemos y lloramos, es una experiencia solipsista. Cada cual a solas consigo mismo conocerá los pormenores de su hora postrera, una vivencia única reservada a un solo espectador: Tu muerte es tuya, los versos finales del segundo soneto teológico de Agustín García Calvo. Es también el significado alegórico del excepcional grabado de Durero El caballero, la muerte y el diablo. El caballero armado y equipado seguido por un perro símbolo de la lealtad, valeroso pero resignado, firme pero lleno de lúgubres presagios, cabalga solitario hacia el destino final de su viaje, el valle de la muerte, sin mirar ni por un instante a los inquietantes compañeros que lo acechan, símbolos de la perdición del alma y del tiempo que se acaba.

La celebrada afirmación que se atribuye a Epicuro de que no hay que temer a la muerte porque cuando nosotros estamos no está la muerte y cuando está la muerte no estamos nosotros es redundante, carece de interés. El predicado no añade nada al sujeto del juicio. Es filistea la justificación de quienes sentencian que “morir es algo natural”. Yo creo que la única muerte que nos parece natural es la de los demás (y no de todos). Las expresiones de tránsito (pasó a mejor vida, se fue al otro mundo, alcanzó la vida eterna, está con los más, descansa en paz) son eufemismos cuyo fin es ocultar que con la muerte desaparecemos. Wittgenstein: Con la muerte el mundo no cambia, cesa. La afirmación de Heidegger de que el Dasein es un ser para la muerte no es una tautología sino una iluminación sobre el sentido del tiempo en nuestra existencia como ocupación y proyecto. Para entendernos: como mero hecho es lo mismo la muerte de un insecto que la de un hombre.

Lo realmente cardinal de las religiones trasmundanas no es la fe en la prolongación indefinida de la vida en otro mundo (¿cuántos lo creen realmente?) sino servir de protección frente a la angustia de la muerte. Dicho de otro modo: no dudes, mantén una fe sin fisuras porque pase lo que pase siempre ganas (en esto consiste la apuesta pascaliana). Aunque el triunfo de la fe (título del cuadro católico de Rubens) solo lo consigue en parte. La demostración, un funeral después del velatorio: el oficiante ofrece a la familia del difunto, sentada en los primeros bancos de la capilla, el consuelo trascendente de que su pariente está gozando ahora de la plenitud de una vida eterna en la que antes o después lo volveremos a ver nimbado de luz… pero nadie se siente mejor ni cesan los sollozos (mejor antes que después piensan algunos, mejor después que antes, la mayoría).

En todos los tanatorios me siento desfallecer. Pero los modernos son los que más me impresionan. Maderas claras de pino; paredes blancas con cuadros abstractos; música de Haendel; amplios pasillos de palacio de congresos llenos de gente fumando; se sirve un refrigerio con menú y guante blanco si lo deseas. Cafetería con autoservicio y tienda del recordare. El camposanto es una pradera con lápidas minimalistas y cruces apenas visibles plantadas en el césped. En mi pesadilla me veo entrar en un conocido tanatorio de Madrid, pregunto al encargado de recepción que me señala una pantalla donde están escritos mi nombre, apellidos y el número de una sala (cada vez distinto). Cuando me acerco, veo desde la puerta a mis padres, abuelos y tíos (todos muertos). Cuando me reconocen, me miran con tristeza pero no se mueven ni parpadean... y me despierto. Eran preferibles los velorios a la antigua, con el cadáver en el salón rodeado de sus familiares, amigos, vecinos y conocidos; las mujeres sirviendo durante toda la noche tazas de caldo con tropezones, jícaras de chocolate con bizcochos, ponche cargado y vino moscatel.

Si se hiciera una encuesta sobre el ideal de una vida indefinida tras la muerte, la mayoría contestaría: “en primer lugar deseo encontrarme con mi mujer, mis hijos, mis padres, mis amigos” ¿Pero hay una idea más torturante que soportar una existencia sin fin, incluso con tus seres queridos? A mí me parece que la solución más llevadera es la transmigración de las almas. Ser mujer si eres hombre, hombre si eres mujer, delfín, halcón, jaguar, gacela, héroe o semidiós.

 P.D. Carson McCullers: ...la simplicidad de la muerte.

Gabriel García Márquez: Morir es más sencillo de lo que parece.

Woody Allen ¿El problema de la muerte? Lo mejor es distraerse.

sábado, 6 de enero de 2024

El eterno retorno

 

¡Feliz año!, ¡Feliz entrada de año!, ¡Próspero año nuevo!, ¡Mis mejores deseos para el 2024! El filósofo y erudito rumano Mircea Eliade explica el mito del eterno retorno en las sociedades primitivas como un conjunto de ritos que ponen en contacto al hombre con un tiempo cosmogónico fundacional, sagrado, y ocultan el tiempo profano del devenir. Todos los acontecimientos posteriores al tiempo primordial del mito quedan en suspenso, devaluados. Si la esencia de lo sagrado se manifiesta en su presencia primigenia, toda epifanía posterior, todo retorno al tiempo original es una evocación del mito; la repetición del tiempo primordial es el propio tiempo primordial que se revela simbólicamente. La celebración de año nuevo en las sociedades occidentales significa también el olvido antihistórico de un pasado incierto, funesto a veces, y la promesa incumplida de un tiempo mejor que poco a poco se desvanece. Convocamos el mito del eterno retorno con otros ritos y otros fines envueltos en un aura religiosa: el momento fugaz de la fraternidad universal y la renuncia al tiempo de los dioses que poetizó Hölderlin.   

El primer lugar en celebrar el Año Nuevo, según el calendario gregoriano, es la Isla de Kiribati en Oceanía y los últimos territorios en hacerlo serán las Islas Howland y Barker, que forman parte de Estados Unidos. Israel es el único país que, aunque utiliza el calendario gregoriano, no celebra el Año Nuevo como día festivo. El Año Nuevo chino, Año Nuevo del Calendario Agrario o Fiesta de la Primavera es la celebración nacional más importante. Será el sábado 10 de Febrero de 2024 (para la cultura china es el 4721 según el calendario lunisolar, el año del conejo de agua). El Año de la Hégira comienza en el 622 a.C., fecha en que el profeta Mahoma hizo su primera peregrinación a la Meca, y se utiliza para fijar el Año Nuevo musulmán. Debido a que el calendario lunar islámico tiene solo 354 o 355 días, la correlación de sus fechas con las del calendario gregoriano corre más lentamente. El año 2023 a.C. corresponde a los años islámicos 1444–1445 a.H. En 2024 se celebra el sábado 6 de Julio. La celebración planetaria del cambio de año puede tener fechas, fiestas y significados diversos, pero en todos los lugares subyace una mensaje universal: ¡Este día, esta noche, el mundo comienza de nuevo!

La conmemoración del tiempo cíclico en los pueblos nómadas del paleolítico surge de la interacción entre la naturaleza y el hombre por la sucesión regular de las estaciones: las cosechas, el desplazamiento de los rebaños, las migraciones de la fauna. En el antiguo Egipto se percibía el tiempo como un ciclo basado en la inundación anual del Nilo propiciada por Happi, el padre de los dioses, generador de vida, fertilidad y abundancia.   

Los filósofos griegos pensaban que la naturaleza era eterna y el tiempo iba del caos (materia amorfa) al cosmos (regido por principios y leyes), para luego cambiar y regresar al caos, y así sucesivamente, en un ciclo material recurrente. Es decir, que todo lo que fluye en la naturaleza se transforma y desaparece, para luego resurgir y repetirse en infinitos estados. Por eso la figura geométrica perfecta es el círculo.

El actual paradigma de la cosmología, la teoría del Big Bang, afirma que hace unos 13.800 millones de años el universo estaba concentrado en un punto infinitamente pequeño, una singularidad cuya impensable explosión dio lugar a toda la materia y antimateria que aún se expande como un globo a la vez que se enfría. Llegará un momento en que el universo se juntará a causa de las fuerzas de atracción gravitatoria, las galaxias volverán a fundirse en una sopa incandescente y tras un tiempo inconmensurable volverá al estado inicial del punto omega que volverá a explotar… Se trata de un universo pulsante igual a la concepción griega de una naturaleza cíclica.

El eterno retorno, es una idea extraña a la concepción judeocristiana del tiempo. El Génesis, el primer libro sagrado, establece que el mundo ha sido creado por un solo Dios en el tiempo. Frente al tiempo circular del eterno retorno, el tiempo judeocristiano es lineal: el mundo tiene un comienzo en el acto mismo de su creación y un fin escatológico de los tiempos. No obstante, para el cristianismo, especialmente para el católico, hay un tiempo profano antes y otro sagrado después de la llegada al mundo del hijo de Dios. Fiel al arquetipo del eterno retorno, el ritual litúrgico de la misa renueva en el altar el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo bajo las especies del pan y el vino

Nietzsche, escribió en su obra El gay saber estas tremendas palabras:

341. LA CARGA MÁS PESADA

Vamos a suponer que cierto día o cierta noche un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera: “Esta vida, tal como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aún innumerables veces, y se te repetirá cada dolor, cada placer y cada pensamiento, cada suspiro y todo lo indeciblemente grande y pequeño de tu vida. Además, todo se repetirá en el mismo orden y sucesión… y hasta esta araña y este claro de luna entre los árboles y lo mismo este instante y yo mismo. El eterno reloj de arena de la existencia se dará la vuelta siempre de nuevo, y tú con él, corpúsculo de polvo”. ¿No te echarías al suelo, rechinarías los dientes y maldecirías al demonio que así te hablase?

Son numerosas las interpretaciones de la teoría nietzscheana del eterno retorno. Creo modestamente que se trata del ataque combinado de un heterodoxo catedrático de filología griega y un pasional filósofo romántico a la idea cristiana de inmortalidad y felicidad eterna. Lo asocio con la pintura mural La gloria del Paraíso de Tintoretto que decora la Sala del Consejo Mayor del Palacio Ducal en Venecia, obra maestra en la que los salvados tras el Juicio Final gozan de su eterno aburrimiento. Ni siquiera el propio Dios y la corte celestial que preside la escena sería capaz de soportar tan beatífica contemplación por los siglos de los siglos. La Razón divina sucumbiría finalmente al peso abrumador de esta carga. Echa una mirada al valor supremo de la vida y de la muerte ciudadano que pasas por aquí delante, aconsejaría Nietzsche a los turistas adormilados que transitan por el grandioso escenario.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Fragmentos sobre la guerra

 

El hombre de Cromañón, el hombre actual, se convirtió en la especie dominante del género homo por una compleja organización social y una avanzada cultura material que le permitieron desarrollar armas y estrategias de ataque que acabaron con las últimas poblaciones de neandertales cuya convivencia se basaba en la familia extensa y unos instrumentos menos desarrollados. En realidad, fue un genocidio. La sombra, el arquetipo de la guerra, forma parte universal, según el psicoanalista C. G. Jung, del inconsciente colectivo de la especie. Ni siquiera las comunidades reducidas, tribales, los llamados pueblos sin historia cuya organización social se basa en redes de parentesco y la aceptación de tradiciones seculares se libran de la codicia brutal de su vecinos. Las causas de la extinción de la especie humana están grabadas a fuego desde los orígenes, los procesos de hominización y humanización. 

El hombre es por naturaleza un animal político. Pero la guerra no es un fenómeno independiente, sino la continuación necesaria de la política por diferentes medios, como afirmó el general prusiano Carl Von Clausewitz, un renombrado teórico de la ciencia militar moderna. El poder político está subordinado al poder económico, pero ambos, en última instancia, se sustentan en el poder militar. Siempre ha sido así, desde la antropogénesis hasta los actuales bloques hegemónicos. Cito a mi amigo el Coronel Abengoa, doctor en historia por la UNED: hay una historia biográfica como la Historia de mi vida de Giacomo Casanova, las Memorias de ultratumba de Chateaubriand o Las Memorias de Winston Churchill; o una intrahistoria, como los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós; o la historia contada desde los grandes dirigentes de la Humanidad, Pericles, César, Carlomagno, Napoleón, Abraham Lincoln… o desde los genios y los descubrimientos tecnocientíficos; o desde la economía política según la metodología marxista; o desde los “hechos y las fechas” como hace la historia positivista; o una mezcla de todas. Pero la más convincente, según Abengoa, es la historia militar. Conviene repasar, subraya, los principales acontecimientos bélicos que han marcado el devenir completo de la humanidad: el probable genocidio de los neandertales a manos de las violentas hordas de cromañones, las Guerras Médicas, las legiones romanas… la invasión de Ucrania, el drama palestino-israelí. La lista es interminable.

Se le atribuye a Esquilo la autoría de la frase: La verdad es la primera víctima de la guerraEl dramaturgo griego había combatido contra los persas en las batallas de Maratón y Salamina y estuvo involucrado en las intrigas de la democracia ateniense. Sabía de lo que hablaba. Conviene distinguir, a propósito de la información moribunda en tiempos de guerra, entre ignorancia, confusión, duda, error, falsedad, contradicción y mentira. La guerra es también un fracaso del lenguaje. Sobre las justificaciones de los bandos enfrentados: de una falsedad o de una contradicción se sigue cualquier cosa; se puede demostrar cualquier proposición, propuesta, interpretación o ideología a partir de premisas falsas o contradictorias. Se trata del denominado principio de explosión deductiva de la lógica clásica y de la moderna lógica formal.

Las guerras son un medio para desechar el material militar antiguo (o venderlo de segunda mano) y sustituirlo por otro más eficaz. Las 100 mayores empresas fabricantes de armas facturan cada año a los gobiernos 400.000 millones de dólares. Como en la industria del automóvil existe una estética inherente a la carrera de armamentos: las formaciones de carros de guerra egipcios, las máquinas de guerra diseñadas por Leonardo Da Vinci, el grupo de combate de un portaaviones nuclear de la sexta flota ...

El historiador británico Ian Morris sostiene en su libro La Guerra ¿Para qué sirve? que la guerra es la clave principal del progreso humano: que los saltos cualitativos hacia nuevas formas de civilización tienen siempre su origen en la guerra. Eso sin contar que el propio Internet, los avances en navegación marítima y aeronáutica, los ordenadores más potentes y otras tecnologías electrónicas, la inteligencia artificial, la investigación médica se crearon para aumentar la capacidad operativa de los ejércitos. El pacifismo, la interculturalidad o las consideraciones sobre las condiciones de una guerra justa (desde San Agustín a John Rawls) son interpretaciones idealistas, éticas, sobre cómo debería ser el mundo, no sobre cómo es realmente.

Los Convenios de Ginebra (1950) han sido ratificados por 196 Estados. Son muy pocos los tratados internacionales que tienen un apoyo tan alto. Protegen a las personas que no toman parte en las hostilidades, como civiles, personal sanitario, trabajadores humanitarios, periodistas o personal religioso. También a las personas que ya no participan en los combates, como soldados heridos o prisioneros de guerra. Tienen derecho a que se respete su vida y su integridad física y moral. Serán, en todas las circunstancias, protegidas y tratadas con humanidad, especialmente las mujeres, los niños o las personas mayores. Decía Cicerón que durante la guerra las leyes son lo que único que guarda silencio.

¿Por qué la guerra? Carta de Freud a Einstein: Los conflictos de intereses que surgen entre los hombres se resuelven pues, en principio, por la violencia. Así sucede en todo el reino animal, del que no podría excluirse al hombre. En su caso, evidentemente, a esos conflictos se suman los conflictos de ideas, que se elevan a las más altas cimas de la abstracción y cuya solución parece requerir otro tipo de técnicas. Pero esta complicación sólo aparecerá más tarde. En los orígenes, en una horda poco numerosa, la superioridad de la fuerza física decidía lo que debía pertenecer a uno u otro o cuál era la voluntad que debía respetarse. La fuerza física va a ser secundada y pronto reemplazada por el recurso a las armas: saldrá victorioso el que posea las mejores o el más diestro en su manejo. La intervención del arma señala el momento en que la supremacía intelectual comienza a sustituir a la fuerza bruta.

Las armas son, según Freud, la primera manifestación de la inteligencia humana, del animal racional. Anterior al mito, la magia, el arte o la religión. Es genial. 

Kant, Sobre la paz perpetua. Condiciones preliminares

La constitución civil de todos los Estados debe ser republicana.

La ley de las naciones debe estar fundada en una confederación mundial de Estados libres.

La ley de la ciudadanía mundial debe estar limitada a condiciones de una hospitalidad universal o cosmopolita.

Recuerda el lado luminoso de la guerra de las galaxias. Lo cierto es que siempre habrá una república y un imperio enfrentados por la supremacía del cosmos.

sábado, 28 de enero de 2023

El fantasma de la libertad

 

El origen etimológico de la palabra “libertad” lo encontramos en el latín libertas, libertātis. Designa la condición de los individuos que son libres política y jurídicamente por nacimiento (ingenui) o por manumisión (liberti) con plenos derechos de ciudadanía. La Real Academia de la Lengua la define, en su primera acepción, como la Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera u otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Demasiado general y anticuado. La expresión facultad natural que tiene el hombre requiere más aclaraciones y arrastra nuevas preguntas. El fondo del problema es que el término “libertad” es polisémico. Se usa con distintos significados genéricos, individuales y colectivos: libertad física, libertad personal, libertad moral, libertad creadora, libertades civiles, libertad económica… Sin contar con los usos puntuales del lenguaje en incontables contextos semánticos, entre otros el político: por ejemplo, las reiteradas versiones castizas del término “libertad” que intercala la presidenta de la Comunidad de Madrid en todas sus intervenciones; parece que quisiera unificar en una palabra mágica todos los significados. Libertad al estilo de Madrid, como el chotis del Elíseo.   

El término “libertad” es un concepto metafísico, como razón, voluntad, o conciencia moral. El desafío consiste en reducirlo a términos empíricos o científicos. Después de todo, el cerebro no es algo fuera de la naturaleza. Desde un punto de vista fisicalista lo que entendemos por libertad es la imposibilidad de controlar las ilimitadas variables dependientes que intervienen en la conducta humana. Traducido a la teoría del caos: somos libres porque nuestra conducta es un sistema dinámico inestable cuyas consecuencias, incluso a corto plazo, son impredecibles ya que variaciones mínimas en las condiciones iniciales de cualquier acción pueden implicar grandes diferencias en sus consecuencias a corto plazo (no digamos a medio y largo). Recurramos a la paradoja medieval del asno de Buridán: si en una habitación vacía, homogénea y oscura colocamos dos haces de heno exactamente iguales a la misma distancia de un asno, cuando encendamos la luz el animal se moriría de hambre porque no tendría un motivo más fuerte para elegir uno u otro. El asno finalmente se alimenta porque siempre hay variaciones mínimas. La elección del asno es la mejor definición de libertad que conozco.

Nuestro cerebro no está preparado para conocerse a sí mismo. Ni siquiera el de un pollino famélico. El desarrollo de la neurociencia, la inteligencia artificial y la supercomputación nos permitirán conocer mejor el órgano central del conocimiento y el fundamento (no se me ocurre otra palabra) de sus decisiones libres. Sabemos más o menos las preguntas: qué es la mente y los estados mentales (por ejemplo, la sensación de libertad), qué son el inconsciente y los sueños, por qué el cerebro es capaz de jugar al ajedrez o escribir el Quijote, pero no disponemos aun del marco teórico ni de la tecnología para encontrar respuestas medianamente convincentes. Leo en una revista de divulgación científica en la antesala del dentista:

El cerebro es un biosistema o computadora biológica con dos tipos de propiedades: las resultantes (biológicas, neurológicas) que poseen por separado los componentes del sistema (neuronas, árboles de neuronas, áreas cerebrales) y las emergentes (psicológicas y cognitivas) que sólo posee el sistema cuando funciona conjuntamente o como un todo. Una sola neurona, un árbol de neuronas, incluso un área cerebral (como la de la memoria o la del habla) son componentes del cerebro que por sí mismos no tienen propiedades psíquicas, pero los cien mil millones de neuronas del cerebro con más de cien billones de conexiones (10 elevado a 14), interactuando en un sistema único, han conseguido producirlas.

Lo único que propone este embrollo pseudocientífico es que la mente depende del cerebro. Vale. Lo cierto, es que el futuro de la ciencia parece apuntar a la revisión del intocable principio de causalidad y del dogma determinista de la materia. Se vislumbra un nuevo paradigma que comenzó con el principio de incertidumbre y la física cuántica. Intuimos “una naturaleza más libre”. Por el momento debemos conformarnos con asociar el concepto de libertad a los distintos ámbitos de la razón práctica: a la ética (presupuesto necesario de la moralidad), la política (derechos y libertades públicas), la estética (el arte como el reino de la libertad), la teología (el libre albedrío y el valor de las obras para la salvación personal) e incluso a la retórica (convencernos de que somos libres por tomarnos unas cañas con los amigos en la terraza del barrio). 

viernes, 4 de marzo de 2022

El origen de la religión

 

La antropología cultural explica los orígenes de la experiencia religiosa, el surgimiento del hecho religioso y sus raíces en la idea de lo sobrenatural.

Un solitario paseo vespertino por el antiguo cementerio de San Isidro, un bello camposanto situado en un alto de Madrid, nos conecta poéticamente con este sentimiento ancestral: la presencia de la tierra sagrada, el aleteo de las almas entre los cipreses, la soledad de los panteones ilustres… Ensoñaciones de un paseante solitario. No podemos sustraernos al misterio simbólico del más allá. Echa una mirada a la vida y a la muerte, ciudadano que pasas por aquí delante, reza el epitafio de una sencilla lápida. Nombres escritos en el agua.

La religión comienza con lo que todas las culturas, desde la prehistoria hasta nuestros días, entienden por sobrenatural. ¿Pero cuál es el origen de esta creencia universal? Los antropólogos Carol y Melvin Ember afirman que Los fantasmas y los espíritus ancestrales son seres sobrenaturales que en el pasado fueron seres humanos. La creencia de que los seres vivos pueden percibir la presencia de fantasmas o de sus acciones es casi universal. Esta cuasi universalidad puede tener fácil explicación: en las experiencias de la vida sentimos muchas impresiones que asociamos a un ser querido, y cuando este muere, seguimos sintiendo esas impresiones que, de algún modo, nos hacen creer que está vivo. El abrir una puerta o el olor a tabaco o colonia, evocan la sensación de que la persona aún está viva, aunque solo sea por un instante. Por otra parte, los sueños también recrean la idea de que los seres queridos siguen vivos. No es de extrañar, entonces, que todas las sociedades crean en fantasmas.

De hecho, el duelo por las personas más queridas puede tomar dos caminos opuestos (probablemente equivocados): huir de los fantasmas (cambiar de casa, ausencia de los objetos personales, viajes a lugares desconocidos) o convivir con ellos (convertir la casa en un jardín del recuerdo, con fotografías de los momentos compartidos y la urna de las cenizas en un rincón de culto). 

La experiencia religiosa tiene su origen antropogenético en el tránsito gradual de lo sobrenatural a lo numinoso, lo divino, lo sagrado, lo santo. Comienza con el reconocimiento durante el proceso de hominización de la existencia de poderes superiores a las fuerzas de la naturaleza que rigen de forma arbitraria el curso de los fenómenos naturales y sociales. La religión comienza con la posibilidad que tiene el hombre por diversos medios (invocación, rituales, ofrendas y sacrificios) de sentirse vinculado, religado a lo sobrenatural. Las pinturas rupestres del Paleolítico Superior, por ejemplo, tenían una finalidad ornamental, pero también propiciatoria, de invocación a los espíritus de la caza, la fertilidad o la guerra. El hombre ha creído en lo sobrenatural desde los primeros eslabones del proceso de hominización. Los yacimientos paleoantropológicos muestran al Homo erectus enterrado siempre en la posición supina de mirar a los cielos, de lo cual algunos filósofos desbocados han deducido unas incipientes inquietudes religiosas en los albores de la especie humana. Además, los monumentos funerarios de los yacimientos prehistóricos posteriores revelan la creencia en una vida sobrenatural o trascendente.

Vivimos tiempos difíciles para la religión. El problema central desde la Patrística, la Escolástica, la Reforma, El Concilio Vaticano II … hasta nuestros días ha sido la tensión entre razón (la ciencia) y fe (el dogma). Es decir, entre la comunidad científica y las iglesias. Durante la pandemia la balanza se ha inclinado claramente por la razón, incluso en los países más católicos: nada de procesiones, rogativas o triduos contra la peste; en misa, mascarilla y distancia social; en los entierros por covid tres familiares; en la entrada de la iglesia junto a la pila bautismal un dispensador de gel hidroalcohólico; las bodas y funerales, mejor aplazarlos hasta nuevo aviso. Afortunadamente la ciencia ha parado por ahora el apocalipsis mediante las vacunas. En pleno siglo XXI, hasta los fideístas más conversos aceptan que Dios ha creado el virus, como todo, pero no se hace responsable de sus efectos. Dudan: Si Dios no existe todo está permitido. Las coladas ardientes del volcán, la incompetencia de unos políticos que hacen del insulto, el tú más y del ventilador su concepción del bien común (Maquiavelo se quedó corto al describir el no lugar de la ética en la política); y ahora, los horrores de la guerra. Decididamente, la existencia de un Dios omnipotente e infinitamente bueno es incompatible con el problema del sufrimiento y el mal en el mundo. 

Hay tres soluciones teológicas a esta contradicción ajenas a las consabidas teodiceas tradicionales que lo justifican y racionalizan hasta eliminarlo y convertirlo en bien simulado o en líneas torcidas que finalmente se enderezan. La primera es la negación del Ángel caído, en palabras del iluminado párroco de la famosa novela “Cien años de soledad”, un inconsciente seguidor de las tesis ocultas de John Milton en El paraíso perdido o del esoterismo de William Blake en El matrimonio del cielo y del infierno.

Desde entonces manifestaba el párroco los primeros síntomas del delirio senil que le llevó a decir, años más tarde, que probablemente el diablo había ganado la rebelión contra Dios, y que era aquel quien estaba sentado en el trono celeste, sin revelar su verdadera identidad para atrapar a los incautos.

La segunda es la religión maniqueísta, fundada en el siglo III d.C. por Manes quien se consideraba a sí mismo el último de los profetas y a su doctrina la verdad definitiva. Su idea central es que el mundo está regido por dos principios contrarios y eternos de igual poder y jerarquía, el Bien y el Mal; ambos plenos y consistentes, enfrentados en eterno conflicto sin posible unidad de los contrarios. La prevalencia de uno o de otro es el reflejo de la vida misma, de la eterna agonía de las luces y las sombras. Hasta los ideales morales más nobles pueden mostrar de pronto las garras afiladas del monstruo. Inversamente, del cadáver vencido e insepulto de la bestia puede surgir los presagios del bien.

La tercera es el ateísmo. Aunque la religión es una institución aceptada en todas las culturas no es así en todos los sujetos. Hay compromisos teóricos y prácticos contrarios a la experiencia religiosa: los más conocidos son el ateísmo, el agnosticismo y la indiferencia. En los tres casos el mal en el mundo sólo es imputable al hombre. El ateísmo consiste en asumir simplemente o en demostrar racionalmente que Dios no existe. El ateísmo práctico se sitúa al margen de la existencia de Dios sin ninguna justificación conceptual. El ateísmo teórico pretende racionalizar el sinsentido de aceptar la existencia de Dios. Muchos han sido los maestros pensadores que han sido ateos: Marx, Nietzsche, Freud o Sartre. Científicos eminentes como Steven Weinberg o Stephen Hawking han afirmado que la ciencia puede concluir experimentalmente que Dios no existe. Uno puede ser un científico y tener creencias religiosas. Pero no creo que pueda ser un verdadero científico en el sentido más profundo de la palabra, porque son dos categorías del conocimiento incompatibles entre sí, comentó Peter Atkins, catedrático de la Universidad de Oxford. El mundo es lo que acaece.