viernes, 28 de agosto de 2026

El segundo Wittgenstein

 

Un antiguo alumno licenciado en física, con el cual comparto un chat, me preguntó cuál era mi punto de vista sobre dos temas crónicos (en realidad hace dos siglos que dan abundantes quebraderos de cabeza a la internacional ilustrada): el creacionismo y su contrario, los planteamientos ateos sobre el cosmos, por ejemplo, los del físico teórico Stephen Hawking fallecido en 2018.

Los partidarios del creacionismo afirman que el origen y la evolución del Universo han sido el resultado del plan de una Inteligencia Ordenadora sin cuya intervención resultaría imposible entender la inmensidad abrumadora de la que formamos parte. Stephen Hawking, por su parte, defiende un ateísmo teórico basado en argumentos científicos cuya conclusión es que el universo excluye la hipótesis de un Dios trascendente. Las leyes de la física pueden explicar el origen del universo sin dar un salto en el vacío hasta un creador no natural. Espacio y tiempo comenzaron con el Big Bang de manera espontánea y, al no existir un "antes", no había lugar ni momento para que un Dios actuara. Es más, la mera hipótesis de una inteligencia creadora y ordenadora del cosmos introduce en la comunidad científica ruido, confusión y regresión en la historia de la física.

Respondí a mi interlocutor que se trataba en ambos casos (homenaje al segundo Wittgenstein) de un mismo problema que no admitía propiamente solución sino disolución. La clave del asunto reside, le dije, en que el lenguaje natural, el de la RAE, está bien hecho y que cada uso específico tiene unas reglas propias que no deben violentarse. Wittgenstein explica en las Investigaciones filosóficas que el lenguaje tiene un número indefinido de usos de las que sólo unos pocos son utilizados para establecer proposiciones verdaderas o falsas: el lenguaje científico es sólo uno, aunque el más importante. El lenguaje religioso, el moral o el político son ejemplos eminentes de otros.

Wittgenstein afirma que usar un término es formularlo en el entorno lingüístico que le corresponde y en cuyo contexto adquiere un significado correcto. Se trata de un criterio de significado de carácter pragmático.
La pragmática es una disciplina relativamente reciente (años setenta) que se ocupa de la relación del signo lingüístico con su uso intencional (subjetivo) y contextual (objetivo). No hace mucho Ana, que es profesora de filología inglesa, con mi colaboración en segundo plano, publicamos un artículo titulado competencia comunicativa (incluyo el enlace por si todavía tiene interés para alguien). La pragmática es precisamente la parte de los sistemas gramaticales donde se sitúa la reflexión filosófica de Wittgenstein. Para Wittgenstein, la cronificación de un problema filosófico, el creacionismo o el ateísmo cosmológico, debe ser entendido como un síntomas inequívoco del abuso de las reglas del lenguaje.

La filosofía tiene una función terapéutica ya que los problemas filosóficos son, en el fondo, malentendidos lingüísticos; su misión es restablecer el uso correcto del lenguaje y dejar las cosas como están. Wittgenstein y los continuadores post-investigaciones suponen que los problemas filosóficos, especialmente los metafísicos, son parecidos a una enfermedad, a una desviación patológica del acuerdo con la norma gramatical del lenguaje y la filosofía es el diagnóstico y el tratamiento. La labor de la filosofía es esclarecer dónde, cómo y por qué el lenguaje ha originado un problema. Wittgenstein lo expresa del siguiente modo: La filosofía es le batalla contra el aturdimiento de nuestra inteligencia por medio del lenguaje. Un problema filosófico revela que algo no funciona dentro del lenguaje natural y la tarea de la filosofía es detectar la razón por la que esto sucede e impedirlo. En la medida en que los problemas filosóficos son embrollos lingüísticos, no admiten solución sino disolución. Los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones.  O dicho de otro modo: La misión de la filosofía es ayudar a la mosca a salir de la botella.

Ahora ya podemos abordar los dos problemas a los que se refería mi antiguo alumno. En ambos casos las reglas que fijan el uso del lenguaje científico han sido transgredidas. Tanto el creacionismo como el ateísmo cosmológico introducen términos y expresiones contrarias al “juego limpio” del lenguaje científico. La regla de uso que se ha quebrantado prescribe la imposibilidad de formular de forma implícita o explícita conceptos especulativos en general y teológicos en particular.

Los creacionistas contaminan las reglas del juego cuando deslizan dentro del lenguaje científico la idea de creación desde la nada (primera transgresión), la teológica o religiosa de Dios (segunda transgresión) para justificar desde su finalismo o teleología cósmica (tercera transgresión) su código moral (cuarta transgresión) y su ideología política (quinta transgresión). Wittgenstein es, en el fondo, un seguidor de Kant, quien dejó clara la definitiva separación entre razón teórica y razón práctica.

Hawking pretende, al contrario, excluir del lenguaje científico la idea de Dios desde la ciencia. Lo correcto hubiera sido eliminar el concepto de Dios desde la gramática. En los dos casos es indiferente que Dios exista o no. Lo importante es que a cualquier variante del lenguaje científico le resulta irrelevante la existencia o inexistencia de Dios y sus consecuencias (ontológicas, teológicas, éticas o políticas). La respuesta de Stephen Hawking debiera haber sido: el término “Dios” no forma parte del léxico de las ciencias empíricas sin más justificaciones.

Es lo mismo que si un científico, ferviente partidario de una fe religiosa (la mayoría de los que conozco lo son), incluyese en sus oraciones, cuando usa el lenguaje religioso, la fórmula bioquímica de la sustancia divina. Es más: supongamos que ha descubierto esa entelequia spinoziana tras superar satisfactoriamente las etapas del método científico. Lo decisivo del caso, desde esta perspectiva, no sería tan notable hallazgo (para eso está el premio Nobel), sino las profundas modificaciones que habría que realizar en la gramática del lenguaje religioso.

P.D. El problema del segundo Wittgenstein es que su enfoque terapéutico elimina de forma drástica, rápida y total lo más interesante de la Vera philosophia.  La filosofía se hace el haraquiri. Filosofar es no filosofar. Su función consiste en suprimir los problemas filosóficos… y eso puede resultar aburrido, arriesgado y además imposible.   

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