La principal función sociológica de un sistema educativo es asignar a los individuos el lugar preciso que les corresponde en la división social y técnica del trabajo. Es lo que Durkheim denomina solidaridad orgánica en una sociedad industrial. Dicho a la inversa: un sistema educativo es disfuncional cuando no selecciona mediante criterios adecuados la escala de títulos que corresponde a las ofertas del mercado laboral. La clave de un sistema educativo competente es la diversificación.
El problema es
que un sistema educativo diversificado es muy costoso. Resulta más barato un
modelo de encefalograma plano, nivelador por abajo, igualitario y racionalizado
mediante un abracadabra pedagogista disfrazado de un progresismo dinamizador
que curiosamente cuadra con la conocida frase del Evangelio según San Mateo “Los
últimos serán los primeros y los primeros, los últimos”. Como muestra un botón.
Se trata de conseguir
el pleno desarrollo de las potencialidades del alumno al mismo tiempo que
recibe una atención personalizada. Se promueve la libertad con responsabilidad,
la reflexión, la curiosidad y el descubrimiento en contacto permanente con las singularidades
del entorno sociocultural. Se basa en una estrategia educativa cuyo punto
central es involucrar al estudiante en un aprendizaje que le plantee un
conjunto de retos amenos sin que apenas pueda darse cuenta… En fin, una
educación participativa que huye de
la competitividad y creativa en la que el alumno es sujeto activo,
no pasivo.
El principio de realidad: las
masificadas aulas de enseñanza secundaria son una mezcla heterogénea de alumnos
que se estorban y perjudican entre sí durante demasiadas horas. Me salen las
siguientes categorías.
Los que tienen una cabeza privilegiada. Nunca son más de tres por aula (a veces ninguno). Puesto que la inteligencia siempre se abre paso no les preocupa ni afecta seriamente los mínimos de mínimos (sic) del programa oficial. Es más, se interesan por cursos, lecturas, idiomas, instrumentos musicales y actividades más exigentes. Estudiarán lo que quieran con las mejores calificaciones. Sus padres confían plenamente en ellos porque si lo necesitan obtendrán becas de excelencia y ocuparán los puestos de mayor responsabilidad dondequiera que estén. Son buena gente que no se mete con nadie, se olvida de su superioridad intelectual, evita el liderazgo y ayuda bajo demanda a sus compañeros con dificultades académicas. Tienen el respeto de casi todos.
Aquellos que desean cursar estudios universitarios de gama alta en las Facultades o en Escuelas Técnicas Superiores, aunque en muchos casos sus capacidades no estén a la altura de sus expectativas, como los profesores han explicado a sus padres con diplomacia vaticana; un consejo profesional que sin embargo desoyen y se empeñan en que sus hijos lo intenten a toda costa. Lo normal es que en las Pruebas de Acceso no superen las notas de corte. Su futuro depende de los estudios que escojan. Para llenar las aulas y paliar el desánimo (¿ahora qué hago?) las universidades implementan cada año nuevos grados de menor dificultad académica en “sectores emergentes y estratégicos”. El resultado es una inflación de títulos de segunda fila que el mercado laboral no puede absorber. O sea, lo contrario a la solidaridad orgánica de Durkheim.
Aquellos que quieren adquirir unas competencias técnico-profesionales que les permitan acceder a puestos de trabajo que la sociedad demanda. Padres e hijos buscan, desde un planteamiento inteligente, conocimientos aplicados, soluciones realistas, empleos remunerados. Anteponen el pragmatismo a las apariencias del estatus. Los módulos de formación profesional de grado medio o superior son una excelente alternativa. Afortunadamente cada vez hay menos prejuicios hacia estos talleres. El problemas es la enorme distancia entre las solicitudes cursadas y las plazas disponibles. ¿Por qué cerrarían las Universidades Laborales?
Aquellos que por problemas psicológicos (vagamente diagnosticados por el Departamento de Orientación) o deficiencias intelectuales (observables y medibles) necesitan un aprendizaje dirigido por especialistas en educación especial. Sus padres, desbordados por los arduos problemas del diagnóstico y sin recursos económicos para llevarlos a un centro apropiado confían en la difícil integración de sus hijos en un instituto de Secundaria. Algunos son víctimas del acoso escolar, lo cual agrava aún más su situación personal y académica.
Los que proceden de familias desestructuradas. Presentan carencias graves de convivencia y socialización. Sus padres simplemente los evitan, no se ocupan de ellos o los maltratan. Cuando el tutor los cita para hablar de sus hijos, o no acuden o la lían parda o les suplican angustiados: Díganos, por favor, qué debemos hacer. Por desgracia el problema ya no tiene solución. Por otra parte, los orientadores deben asumir que para muchas familias la educación reglada de sus hijos no es un tema prioritario, lo que les evitaría planteamientos erróneos y sermones innecesarios.
Los alumnos que provienen de minorías étnicas o grupos de emigrantes encajados por ley en la enseñanza secundaria tras una apresurada (y politizada) estimación de nivel. Para muchos (no todos, por supuesto) el aula es un entorno extraño, incomprensible, hostil. Su relación con los profesores y compañeros es conflictiva, no tanto por rebeldía o maldad sino porque no saben a qué atenerse. Su problema es la anomia. Sus padres también desconocen el significado del marco institucional en el que sus hijos están inmersos y dejan en manos de otros una parte esencial del proceso educativo que les concierne.
Los alumnos "normales" que por diversas razones no quieren estudiar absolutamente nada aunque su familia les obliga a permanecer en un centro de secundaria. Su respuesta es el absentismo, el desinterés y, con frecuencia, el boicoteo de las clases. Los padres se desentienden, ya tienen bastante con su trabajo, en ocasiones precario, no quieren complicaciones legales o consideran al centro un lugar de aparcamiento que les permite librarse de ellos. En todo caso, es preferible -piensan- que estén vigilados entre cuatro paredes a que se pasen la mañana deambulando por la calle o metidos en casa perpetrando cualquier tropelía.
En fin, léase con tristeza y sentido del humor la gráfica descendente de las sucesivas generaciones de profesores de enseñanza secundaria durante las cinco últimas leyes de educación .
Es un trabajo
excelente y motivador.
Es un trabajo interesante y mucho por hacer.
Es un trabajo
con tiempo libre y vacaciones.
Es un trabajo
necesario y socialmente útil.
Es un trabajo
tolerable y mejor que otros.
Es un trabajo
duro y vocacional.
Es un trabajo.
Es una pérdida de tiempo.