lunes, 21 de febrero de 2011

El mito de la identidad personal


Decía el gran maestro del ajedrez Miguel Najdorf que ciertas jugadas hacían temblar el tablero. Es lo que consiguió en un terreno similar el filósofo escocés David Hume (1711-1776), representante del pensamiento ilustrado, con su crítica acerada del concepto metafísico de “identidad personal”.
En mi opinión, las consecuencias últimas de esa demolición a veces no se han valorado en su vertiginoso alcance.

Imaginemos a un convicto por asesinato que lleva recluido diez años en un centro penitenciario. Su cuerpo ya no es el mismo que cometió el crimen. Sabemos que las células se renuevan constantemente. También las de ciertas áreas cerebrales. Por otra parte la estructura psicológica del culpable (aceptemos la posibilidad) ha podido regenerarse por completo en un sentido moral y amoral, positivo o negativo (y según para quien).
¿Es o no es la misma persona de hace una década? Si alguien contesta que sí, deberá exponer sus razones. Podría aducir que la identidad personal se basa en la continuidad y el orden que la memoria confiere a los recuerdos. Pero es obvio que el penado podría recordar el delito y no ser el mismo (serían, además, los recuerdos de otro).

No existe, un “yo pienso” que sea el sustrato permanente de nuestra experiencia interior. Tal principio, llámese sustancia pensante (como creía Descartes), alma (como suponían los antiguos filósofos o las religiones espiritualistas), persona (síntesis permanente del ser humano) o personalidad (si tiene un sentido estático y unitario), no puede en ningún caso ser percibido, observado ni experimentado. Se trata de de un principio especulativo, una conjetura no verificable.

Otro ejemplo: te has levantado un domingo por la mañana después de la juerga del fin de semana con una resaca de considerables proporciones (yo me niego / y en ese espejo no me reconozco). Lo que tú seas delante del espejo -diría el filósofo escocés, seguramente comprensivo con las dosis elevadas de licor de malta- es un conjunto de impresiones puntuales (sed, somnolencia, arrepentimiento, nerviosismo, mareo, perplejidad…) que no desfilaron por el escenario de tu vida la noche anterior. Lo único que hay, en sentido estricto, son dos haces de vivencias paralelos y diversos; la memoria, si es que recuerdas los acontecimientos, no es lo mismo que la identidad personal, ni garantiza tal hipótesis.
Hume diría que la imaginación acepta la certeza tranquilizadora de la identidad personal, aunque una vez que ha sido sometida al tribunal del análisis, sabemos que ha basado su causa en nada. Obviamente, entre mis impresiones internas, no descubro alguna que sea la “identidad personal”. Por otra parte, la categoría lógica y gramatical de sujeto (lo que está por debajo y soporta los accidentes) no es una figura de la realidad.

Tercer ejemplo: cuando te casas, quien comparte tu lecho hace (o no hace) por las noches las mismas cosas, pero, en cualquier caso, no es el mismo (igual que las estaciones y los días son distintos aunque reciban el mismo nombre).

¿Es acaso el aprendizaje el fundamento de la identidad personal? La función del aprendizaje consiste en fijar determinados haces de impresiones que nos resultan beneficiosos. Aunque aprendemos tanto lo que nos beneficia como lo que nos perjudica. De hecho, lo que tiene en común las terapias de modificación de la conducta, reorganización de los esquemas cognitivos o estructuración analítica de la personalidad... es, obviamente, la negación de la identidad personal. Los hábitos y las costumbres no son la identidad personal, sino la repetición de impresiones similares.

Tampoco lo son los conocimientos o las producciones intelectuales. Todos nos hemos quedado pasmados con las interpretaciones tan hondamente dispares de un mismo libro (por ejemplo, el Quijote) que hemos consumado a lo largo de los años.
O el escritor que al releer sus desgastadas páginas (a veces las de ayer por la tarde) se pregunta desconcertado: ¿A quién se le habrá ocurrido este montón de sandeces?     

La vida consiste en esa permanente mutación de los haces de impresiones a la que estamos sometidos desde el nacimiento hasta la muerte. (Así, pues, con la muerte el mundo no cambia, sino cesa). Ocurre que para preservar la constancia de nuestro equilibrio mental, el psiquismo no es consciente a corto plazo de las imperceptibles variaciones que nos constituyen en la diferencia (Yo soy el acto de quebrar la esencia: / yo soy el que no soy).

La persona de la que te enamoraste, con la que te casaste y has convivido durante tantos años hasta envejecer (lo sabes de sobra) nunca es la misma (ni tú tampoco). Los recuerdos de nuestras escenas biográficas más lejanas (de infancia y adolescencia, / de mi juventud dorada; / de esta segunda inocencia) son fantasmas que nos resultan aun más extraños que los amigos que conocimos entonces (Dalí decía que recordaba el momento glorioso en que su madre lo entregó a la luz).

Dos casos atípicos en los que la transición de la potencia al acto (en términos aristotélicos) es brusca y subitánea: el héroe puntual que realiza lo imprevisible (no el héroe de las epopeyas, que lo es todo el tiempo) y el converso religioso que cambia su visión tras caer fulminado del caballo.

A modo de inventario.
Bien pudiera ocurrir que permanezca encarcelado alguien al que no condenó un juez. Si está recluido (nadie dice que no deba) es por razones sociales, no por razones ontológicas o reales. La colectividad, para preservar la cohesión social, hace culpable de sus acciones a un sujeto que no es de este mundo.
En el caso de la resaca dominguera, sufrimos y nos culpabilizamos (si es así) por algo que hizo una máscara desvanecida en la fiebre del sábado noche.
Por lo que respecta, a la persona que comparte nuestro lecho, podemos aceptar gozosamente que cada noche hacemos el amor con otro.
Dicho sea de paso, ¿quién no sido alguna vez héroe de circunstancias o converso alucinado (o ambas cosas)?

Para los sesudos recalcitrantes: cualquier reflexión consistente sobre ser y tiempo debe abordar, antes o después, esta crucial aporía.

Las pinturas futuristas de Marinetti, el célebre Desnudo bajando una escalera de Marcel Duchamp, las fotografías de Eadweard Muybridge, (yo al menos lo entiendo así); el Wilhelm Meister de Goethe, el Zaratustra de Nietzsche, los personajes de Proust, el Ulises de Joyce, los espejos de Borges, Leviatán de Paul Auster… me atrevo a decir que la buena literatura presupone la disolución del mito sibilino de la identidad personal.

2 comentarios:

  1. Volviendo al Quijote: "Yo sé quién soy". ¿A qué se refería exactamente? ¿A que la experiencia le hacía reconocerse en una sola conciencia ininterrumpida? ¿A qué él había decidido quién era puesto que le resultaba imposible reconocerse en lo que todos estaban de acuerdo que era? ¿Necesitaba enajenarse para cobrar conciencia unitaria de sí mismo? Por otra parte, ¿alguna vez te has imaginado a tu padre llevando la vida que tú llevas? Es una experiencia desconcertante. ¿Cómo sería el padre del Quijote?
    Por cierto, veo que has puesto 'Leviatán' en vitrina preferente. Me alegro.

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  2. Te refieres, creo, al capítulo V de la primera parte del Quijote… (No sé si hay otros pasajes donde renueva la expresión “yo sé quién soy”).

    “A esto respondió el labrador: mire vuestra merced, señor, ¡pecador de mí! que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Baldominos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijada; yo sé quién soy, respondió Don Quijote, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno de por sí hicieron, se aventajarán las mías.”

    De las tres posibilidades que ofreces a mí la que me parece más sugerente y certera (no son excluyentes) es:

    “¿A qué él había decidido quién era puesto que le resultaba imposible reconocerse en lo que todos estaban de acuerdo que era?”

    Solo un comentario: “yo sé quién soy”. El “yo soy” de Don Quijote no presupone ninguna identidad personal, sino más bien lo contrario: “puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la fama…”

    Compara su sentido con lo que dice Dios a Moisés en el Monte Sinaí ante la zarza ardiente: “Yo soy el que soy”. Aquí sí hay identidad sin fisuras. La inmutabilidad, es decir, la identidad de sujeto y predicado, es lo que diferencia a Dios del resto de sus criaturas; Dice Aquino al respecto en su glosa: “Dios es un océano de sustancia íntegramente presente a sí mismo, para quien la noción misma de acontecimiento o cambio estaría desprovista de sentido.”

    Lo que dice don Quijote es propiamente: “yo sé que soy el que puede ser casi todo”.

    A pesar de que mi padre era bastante bohemio, me resulta difícil, aunque tronchante, imaginármelo, por ejemplo, escribiendo un blog sobre caza (algo que le obsesionaba). De todas maneras, durante la crianza de mis hijos me he sorprendido más de una vez largándoles las mismas monsergas que me decía mi padre.

    Hubiera sido interesante que Avellaneda hubiera escrito un Quijote apócrifo titulado, Infancia y adolescencia del ingenioso hidalgo…

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