miércoles, 14 de mayo de 2014

Impresiones de Florencia


Durante mi segunda visita a Florencia, esta vez con mi mujer, dividíamos la jornada (como siempre que salimos al ancho mundo) en dos raciones. Por la mañana, monumentos, iglesias, museos, galerías y otros avatares del género grande. Por la tarde, después de la siesta, gentes, calles, plazas, escaparates, helados y pasta. Voy a contar las impresiones más turísticas (o sea, menos artísticas) de mi viaje.

Llegas al aeropuerto de Peretola, situado en esta localidad, aunque nadie lo llama así, ni siquiera en los carteles. Es pequeño, casi familiar, entras y sales rápido, sin grandes colas en los mostradores ni sorpresas desagradables en los paneles. Además está muy cerca de la ciudad. La otra vez vine a Florencia en coche; embarcamos en el Ferry Barcelona-Génova, cruzamos el Golfo de Lion y carretera y manta. El único incidente desagradable fue que me quitaron el saco de dormir en el camping Michelangelo. La ventaja que vimos otros pueblos y ciudades de la Toscana: Fiesole, Arezzo, Pisa y la muy recomendable Siena.

Me gustó el hotel, situado a cincuenta metros del Ponte Vecchio y a otros tantos de la Galería Uffizi. Una buena elección. Según dicen en su web, desde sus ventanas se rodaron algunas escenas de la romántica “Una habitación con vistas”. La mía no tenía, pero tampoco ruidos misteriosos del interior ni de la calle. El edredón un milagro de suavidad y ligereza. Desayuno largo que te ahorra la comida en una sala con frescos del XIX en el techo. En oferta múltiple (edad, temporada, conjunción de los astros) no resulta demasiado caro. En serio.

Las calles florentinas son una inmensa torre de Babel donde se hablan todas las lenguas y la gente se entiende a las mil maravillas. Especialmente los españoles e italianos; hasta el punto de que les hablas en tu macarroni de ópera y te contestan en estándar de Benidorm. Somos los hijos predilectos del Mare Nostrum. ¡Me encantan y desesperan los italianos! Pasan de todo. En Roma, a los de la agencia se les olvidó ir a buscarnos al hotel para llevarnos al aeropuerto. Tuve que coger un taxi al galope y llegué por los pelos. Me dijeron que son cosas que pasan. Al final, la agencia española me devolvió el dinero. Prácticamente hay que zarandearlos para que hagan algo. En horas de visita al museo del Palazzo Vecchio puedes meterte en el despacho del alcalde sin que nadie diga nada. 

Al atardecer es obligado recorrer el Ponte Vecchio. No me parece especialmente bonito y, en mi opinión, vive de la leyenda, que no es poco. Es una calle llena de tiendas y talleres de joyería, herencia de los gremios de orfebres que se instalaron allí al finales del siglo XVI tras echar la autoridad competente a otros artesanos menos limpios e ilustres. No entiendo de joyas pero creo que la orfebrería (hay un busto de Benvenuto Cellini en medio del puente) es un arte primoroso. Los precios son exorbitantes (dijo Ana). Sólo algún visitante sobrado de Visa puede permitirse regalar a su chica unos pendientes de oro y esmeraldas o una gargantilla de platino con brillantes. Me encantó el diseño de las piezas de coral. También inalcanzables. Luego me enteré por mi confidente del hotel que los orefice del Ponte Vecchio distribuyen sus exclusivas a las mejores joyerías nacionales e internacionales. Ese es su negocio. Al otro lado del río, está el Palazzo Pitti, en cuya explanada se arrullan las parejas de todos los sexos y edades.


Es curioso que no se vean por las esquinas mendigos ni pedigüeños. Después de todo estamos en un país católico; pero el espíritu de los Medici sobrevuela Florencia. A Cosme, Pedro y Lorenzo el Magnífico no les gustaba que la corte de los milagros deambulara por las calles empedradas. De hecho construyeron entre sus dos palacios (Pitti y Vecchio) un corredor secreto (el corredor vasariano) para no mezclarse con la chusma y evitar el puñal traicionero. Tampoco hay legión de músicos-karaoke ni vozarrones-Celentano. Los pocos que se ven en ciertas plazas tocan aceptables melodías del Barroco. Para nada sobran. En las calles céntricas, cerca del Duomo y aledaños, resuena el mundanal ruido, pero la adrenalina del viajero lo hace soportable.

Lo más deslumbrante son los escaparates; espectaculares incluso los más modestos. Auténticas composiciones de luz y color. La artesanía del cuero, las marionetas de madera, los objetos de papelería, miniaturas, máscaras... Son astutos comerciantes (la historia pesa): piropean a la señora, te enseñan la trastienda y lo que sólo te venden a ti porque les caes bien. Se admite regatear en broma. Las grandes firmas de la moda están en los bajos de los edificios de la calle Tornabuoni, la más glamourosa de Florencia y el marco ideal para crear tendencia en Europa, antes incluso que París. En la puerta de Salvatore Ferragano había un Ferrari rojo. La gente se hacía fotos. Una constelación de trapos elegantes que está más allá de nuestras cabezas. Lo que realmente admiro son los bolsos y zapatos. Cualquier diseño que hayas visto antes es una mala imitación o una farsa. El precio medio del calzado es de cuatrocientos pavos, el de los bolsos el doble. Hay que mover a las señoras con grúa.

Algo de gastronomía para terminar. Para mí, las pastas y helados son dos mitos a la italiana. Las puedes comer tan buenas o mejores en las trattorias españolas. Igual los helados. Ni siquiera en la reconocida gelateria Vivoli, donde nos despedimos de Florencia en una noche mágica, son mejores que los de Los Alpes en Madrid. Me parecieron muchos más logrados los chocolates. Los bombones son un don, las tabletas un lingote, las tartas la prueba del bien en el mundo. En la terraza más conocida (no me acuerdo del nombre) de la Plaza de la Signoria te sirven una taza de chocolate con nata que no es de este mundo. En realidad, a los florentinos lo que les pierde son las carnes de ternera braseadas y las tripas de cordero con salsa de tomate, ambas regadas con vino de Chianti de las cepas de Toscana. Lo demás son rollos guiris.

Por cierto, cuando vayan, no se pierdan los cascos de la guardia pretoriana que llevan los carabinieri. Estuve más de tres tardes intentando comprarme uno sin éxito. Con tiempo lo conseguiré por Internet. 
 

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