Se atribuye a
Esquilo la célebre máxima de que la primera víctima de la guerra es la
verdad. La única brújula fiable es la cotización de los índices bursátiles por la cercanía de los grandes inversores a los fabricantes
de hazañas bélicas.
Desconectemos de
la nueva guerra de los mundos que nos carcome el cerebro con propaganda y desinformación
para disfrutar de unas consideraciones sobre los sabrosos aspectos de la sociología
de la vida cotidiana. Por ejemplo, por qué las flores y las cremas
corporales son rasgos de la subcultura femenina (aunque pierden terreno) y los cables
y enchufes de la masculina.
Abrí la cena de parejas con mesa y mantel: las interpretaciones que atribuyen un simbolismo sexual a los rasgos masculinos, las clavijas machihembradas, los adaptadores de enchufes, los empalmes, las alargaderas, los polos opuestos, los postes de luz, las descargas eléctricas… son bastante prosaicas. Tras un trago de Ribera, mi viejo amigo opinó que cables y enchufes son un arquetipo masculino desde el paleolítico superior porque las mujeres se han ocupado de las labores domésticas, la crianza de los hijos y la preparación de los alimentos, mientras que los varones se afanaban en acondicionar y reparar las cavernas. Es evidente que la cultura occidental ha sido un patriarcado, dije, sin entrar al trapo de la manida guerra de los sexos. Tampoco hay que desdeñar, añadí, el protagonismo de las mujeres en la historia como nos recuerdan las series televisivas. La suya opinaba que el matriarcado hubiera evitado que la especie humana se encuentre en peligro de extinción. La mía guardó silencio y se limitó a meter el tenedor en el plato de rabas.
¡A que les
suena esta historia! Un viernes por la tarde marido y mujer pasean una calle
comercial del centro de Madrid. Viven en un adosado de la periferia y han
venido a ver tiendas. Ella se detiene en un escaparate de moda; entra decidida,
mientras, el marido espera en la calle con cara de palo y se fija por reflejo
condicionado en las jóvenes dependientes. A los veinte minutos sale sin haber
comprado nada, algo que al marido le parece inaudito acostumbrado a ir de
compras a remolque y a tiro hecho. Normalmente delega en la señora la ropa, que
prefiere ir sola y no aguantarlo. Unos pasos más allá cambian las tornas: el marido
se detiene en estado de trance delante de una surtida
ferretería, mientras que su mujer le tira del brazo; la última vez que vio esa
expresión en su rostro acabó con la compra inaplazable de unas tijeras
cortasetos y unos guantes especiales para podar los doce metros cuadrados del
jardín. Total, doscientos euros.
A veces, el marido vuelve de la compra con una bolsa en cada mano: la derecha con los encargos de la lista más una botella de licor de arándanos, un lata de paté francés y unas galletas mejicanas de jengibre; la izquierda repleta de cables y enchufes que esconde al entrar de miradas indiscretas. Después de comer, el marido entra a hurtadillas en el cuarto trastero donde guarda las herramientas con un fardo misterioso bajo el brazo. Su mujer que pasaba por ahí sabe de sobra que en cuanto la pierda de vista se dedicará a pelar cables, aparejar enchufes y otras chapuzas de electricista amateur. Cuando vuelva del club de lectura verá que debajo del mueble de la tele ha brotado un embarullado invento que multiplica los entes sin necesidad.
De niño su juego favorito consistía en destripar el coche teledirigido o la máquina del tren eléctrico para después reconstruirlo pieza a pieza, cable a cable. Por supuesto, nada volvía a encajar en su sitio. La madre ponía el grito en el cielo y el padre, ahora abuelo, aparentaba enfadarse. Después se pasaba el fin de semana deshaciendo el entuerto. Curiosamente salía del trastero con los ojos húmedos y la sonrisa en los labios. La paga semanal del chico no se resentía.
Durante la adolescencia montaba radios de galena que duraban una semana y altavoces caseros que se oían peor que los del tocadiscos hasta que un día tocó algo que no debía y le dio tal calambre que modificó su conducta operante sin curva de ensayo y error durante meses.
En la mayoría
de edad nunca compró libros del tipo Hágalo usted mismo. Sólo en
una ocasión consultó en la Biblioteca nacional uno sobre "cómo hacer tu
propia alarma”. Pensaba instalarla en la puerta de su habitación (una fantasía de
independencia). Pero fue imposible encontrar los accesorios y comprendió
que lo mejor era comprarla en una tienda de seguridad de la calle Mayor donde
le mandaron a paseo. Todavía no existía internet.
Al casarse volvió a las andadas: tras años de ahorro y las amenazas de la señora de tirar los cables por la ventana, se metieron en la reforma integral del piso. Los electricistas al entrar en el salón abrieron los ojos como platos y preguntaron alarmados: ¿Toda la casa está así? Al finalizar habían eliminado todos los vestigios de su arte. Pero el empeño siguió con los electrodomésticos: la televisión, el móvil, el ordenador, la tablet, la cadena musical, la videoconsola, las gafas de realidad virtual o el libro electrónico. Los aparatos se conectan entre sí. Más clavijas, cargadores, cables y supletorios. La imaginación al poder; las posibilidades son infinitas. La televisión se conecta a la cadena, el ordenador a la tele, el móvil al ordenador, el iPhone a la videoconsola, las gafas a internet. Nuevas masas de cobre surgen detrás de los muebles y debajo del sofá, canaletas autoadhesivas y regletas multicontactos colonizan suelos y paredes. Hay que agradecer a las conexiones inalámbricas la disminución del número de divorcios. Por contra, vivimos en un mundo saturado de ondas electromagnéticas que nos bombardean constantemente sin que se conozcan (o no se quieran airear) sus daños colaterales. Veremos lo que da de sí la IA en el ámbito de la robótica casera, automatización de tareas y teletransporte. Por supuesto, supone un adiós definitivo a cables y enchufes… aunque, atención, sólo a los externos.
P.D. ¿No sería preferible utilizar la imaginación para planificar viajes soñados o gastarte el dinero en caprichos principescos que no sean artefactos? También para regalarle a tu chica una joya el día de su no cumpleaños, por ejemplo unos pendientes de esmeraldas (me chiflan), ¡no una Thermomix, idiota!

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