Nihil est in intelectu quod prius non
fuerit in sensu. Nada hay en el entendimiento que antes
no haya estado en el sentido. La famosa frase procedente de la antigüedad fue consolidada por la filosofía escolástica, especialmente por Tomás de Aquino
cuya teoría del conocimiento está inspirada en el empirismo aristotélico. El
tomismo popularizó este principio para explicar el funcionamiento del proceso
abstractivo: la percepción del objeto singular, la representación de sus
cualidades sensoriales o imagen sensible, la generalización de sus rasgos necesarios
o esencia y la formación y formulación del concepto o universal. ¿Parece
demasiado complejo?
La versión actual de la sentencia
aristotélico-tomista sería así: surge la palabra mediante la secuencia de
transducción o transformación espontánea en centésimas de segundo de seis
niveles de realidad heterogéneos: fisicoquímico, fisiológico, neurológico, psicológico,
lingüístico y cognitivo. (¡No estoy seguro de que seamos conscientes del
alcance del suceso!)
Primero, presencia
de una oferta ilimitada de estímulos físico-químicos en el medio
ambiente; segundo, su captación inmediata por la organización
sensorial o sensación y su posterior conversión en mensajes nerviosos a través
de las redes neuronales del cerebro; tercero, la traducción
neurológica en contenidos mentales o percepción (sólo me refiero aquí a la secuencia
de la percepción visual por no complicar demasiado las cosas: procesamiento inicial de
la imagen en dos dimensiones, procesamiento tridimensional, procesamiento del
objeto o constancia perceptiva y procesamiento categorial o patrón
perceptivo); cuarto, mutación del patrón perceptivo o percepto en un signo
lingüístico con un significante y un significado; quinto,
codificación del signo lingüístico en la gramática de una determinada
lengua, sexto, traslación del signo lingüístico codificado al
pensamiento hablado o escrito.
¿Es posible una tercera versión todavía más sorprendente del conocimiento empírico? Paul Auster recrea en su libro El palacio de la Luna el misterio de la construcción de la realidad.
¿Qué ves? Y eso que ves, ¿cómo lo expresarías con
palabras? El mundo nos entra por los ojos, pero no adquiere sentido hasta que
desciende hasta nuestra boca. Empecé a apreciar lo grande que era esa
distancia, a comprender lo mucho que tenía que viajar una cosa para llegar de
un sitio a otro.
En términos reales no eran más que
unos centímetros, pero teniendo en cuenta los muchos accidentes y pérdidas que
podían producirse por el camino, era casi como un viaje de la Tierra a la Luna.
Mis primeros intentos con Effing [un viejo que se ha quedado ciego al que su
acompañante intenta describir el mundo cotidiano] fueron terriblemente vagos,
simple sombras que cruzaban fugazmente un fondo borroso.
Yo había visto todo esto anteriormente, me decía; ¿cómo podía tener tanta dificultad para expresarlo? Un extintor de incendios, un taxi, un chorro de vapor que salía de la acera, eran cosas que me resultaban tremendamente conocidas, me parecía que me las sabía de memoria. Pero eso no tomaba en consideración la mutabilidad de las cosas, la forma en que cambiaban dependiendo de la fuerza y el ángulo de la luz, la forma en que su aspecto quedaba alterado por lo que sucedía a su alrededor: una persona que pasaba por allí, una repentina ráfaga de viento, un reflejo extraño. Todo estaba en un flujo constante, y aunque dos ladrillos de una pared se pareciesen mucho, nunca se podía afirmar que fuesen idénticos. Más aún, el mismo ladrillo no era nunca realmente el mismo. Se iba desgastando, desmoronándose imperceptiblemente por los efectos de la atmósfera, el frío, el calor, las tormentas que lo atacaban, y si uno pudiera mirarlo a lo largo de los siglos, al final comprobaría que había desaparecido. Todo lo inanimado se desintegraba, todo lo viviente moría. Cada vez que pensaba en esto notaba latidos en la cabeza al imaginar los furiosos y acelerados movimientos de las moléculas, las incesantes explosiones de la materia, el hirviente caos oculto bajo la superficie de todas las cosas. Era lo que Effing me había advertido en mi primer encuentro: no debes dar nada por sentado. Después de la indiferencia, pasé por una etapa de intensa alarma. Mis descripciones se volvieron excesivamente minuciosas, pues tratando desesperadamente de captar cada posible matiz de lo que veía, mezclaba los detalles en un desesperado revoltijo para no omitir nada. Las palabras salían de mi boca como balas de ametralladora, un asalto con fuego rápido. Effing tenía que decirme continuamente que hablara más despacio, quejándose de que no podía seguirme. El problema no era tanto de velocidad como de enfoque. Amontonaba demasiadas palabras unas sobre otras, de modo que en vez de revelar lo que teníamos delante, lo oscurecía, lo enterraba bajo una avalancha de sutilezas y de abstracciones geométricas. Lo importante era recordar que Effing era ciego. Mi misión no era agotarle con largos catálogos, sino ayudarle a ver las cosas por sí mismo. En última instancia, las palabras no importaban. Su función era permitirle percibir los objetos lo más rápidamente posible, y para eso tenía que hacerlas desaparecer una vez pronunciadas. Me costó semanas de duro trabajo simplificar mis frases, aprender a distinguir lo superfluo de lo esencial. Descubrí que cuanto más aire dejara alrededor de una cosa, mejores eran los resultados, porque eso le permitía a Effing hacer el trabajo fundamental: construir una imagen sobre la base de unas cuantas sugerencias, sentir que su mente viajaba hacia las cosa que yo le describía. Descontento con mis primeras actuaciones, me dediqué a practicar cuando estaba solo; por ejemplo, tumbado en la cama por la noche, repasaba los objetos de la habitación para ver si podía mejorar mis descripciones. Cuanto más trabajaba en ello, más en serio me lo tomaba. Ya no lo veía como una actividad estética, sino moral, y comencé a sentirme menos molesto por las críticas de Effing y a preguntarme si su impaciencia e insatisfacción no servirían a un fin más alto. Yo era un monje que buscaba la iluminación y Effing era mi cilicio, el látigo que me flagelaba. Creo que no hay la menor duda de que mejoré, pero eso no quiere decir que estuviera totalmente satisfecho de mis esfuerzos. Las exigencias de las palabras son demasiado grandes; uno conoce el fracaso con excesiva frecuencia para poder enorgullecerse del éxito ocasional. A medida que transcurría el tiempo, Effing se hizo más tolerante con mis descripciones, pero no estoy seguro que eso significara que se acercaban más a lo que él deseaba. Tal vez había renunciado a la esperanza o tal vez había perdido interés. Me era difícil saberlo. También puede ser que se estuviera acostumbrando a mí, simplemente.
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