miércoles, 30 de septiembre de 2026

El mal en el mundo

 

Se han dado diferentes interpretaciones del problema del mal y sus variantes: moral, físico, psicológico, social, económico… así como de sus parches y remedios.

Cicerón estudió las teorías filosóficas sobre el bien y el mal en la época helenística en su tratado “Sobre los límites del bien y del mal”. Agustín de Hipona niega que el mal exista. Argumentaba que si aceptamos la presencia del mal, hay que asumir que ha sido creado por Dios, lo cual contradice su bondad infinita. Sólo queda descartarlo. El mal es una mera ausencia de bien ((privatio boni), es decir, una carencia ontológica en personas, animales o cosas: carece, por tanto, de realidad efectiva. (Recuerdo la muerte del encantador niño Alan Michaels de 12 años en la novela Némesis de Philp Roth, fulminado en tres días por la pandemia de polio del 42). La justificación de la bondad divina frente a la existencia del mal se repite en la teodicea (etimológicamente justicia de Dios) de Leibniz. Dios, afirma, ha creado el mejor de los mundos posibles pero ha dotado al hombre el libre albedrío cuyo uso torcido ocasiona las mayores desgracias. Voltaire se burló del evidente sofisma en su novela Cándido o el optimismo mediante una catástrofe natural, el devastador terremoto de Lisboa de 1755. En fin, La peste de Albert Camus es una inmensa metáfora del absurdo moral de cualquier religión y su necesario relevo por un humanismo ateo.  

De acuerdo con el sano principio de proliferación de teorías, deslizo una que me enganchó este verano. La leí en el National Geographic digital durante una larga tarde de piscina. El artículo es un ejemplo de la dificultad de establecer un criterio de demarcación preciso entre la hipótesis científica y la conjetura filosófica, algo bien sabido por la macro y microfísica contemporánea. Sostiene el autor que las manifestaciones del mal tienen un origen biológico: provienen de la inadaptación de la especie humana a las grandes comunidades; no estamos preparados evolutivamente para fundar poblaciones a escala planetaria cohesionadas y estables. A lo largo de la historia se ha producido un desajuste insalvable entre biología y cultura. El hombre es capaz de dar lo mejor de sí dentro de grupos reducidos, pero se pierde y pervierte en las sociedades complejas. Estamos dotados genéticamente para transmutar en grupos reducidos los instintos de conservación, reproducción, gregario y exploratorio en valiosas virtudes éticas. La veracidad, el desinterés, la compasión, el altruismo, la tolerancia, el sentido del deber, la generosidad, el conocimiento, el bien común… sólo brotan en este círculo mágico de interacciones biosociales. Es más, la sociedad actual es inviable sin el contrapeso de una red permanente de relaciones primarias: familia, novios, amantes, amigos reales o virtuales, pandillas, colegas, vecinos de toda la vida, conocidos de primer nivel y afines en general; es decir, aquellos que realmente nos importan. No es que los demás no cuenten, aclara el perspicaz articulista, sino que por naturaleza estamos incapacitados para ocuparnos éticamente de ellos. Hay un décalage, un desfase entre ética y genética. En esto consiste la limitación insalvable de la condición humana. Aunque quisiéramos no podríamos. Fuera del círculo mágico, lo que vale se desvanece y, lo que es peor, genera sus contrarios: el egoísmo, la ocultación, la mentira, la crueldad, el poder, la avaricia, la desigualdad. El desequilibrio entre biología y cultura explica el sinsentido de la relación entre ética y ciudadanía en la sociedad actual. Los términos morales son puro nominalismo, a nadie le atañen más que como un medio para exigir derechos y privilegios, buscar beneficios, engañar al prójimo o perpetrar utilidades; como mucho sirven para atenuar la confrontación violenta de intereses y el deseo ilimitado de bienes materiales. El código prevalente es una ética de circunstancias puntual, egoísta, inconsistente, fundada en un individualismo sin condiciones. 

Inversamente, en las aldeas con pocos habitantes o demografía declinante el sistema de acción social se basa en relaciones próximas, personales, empáticas, espontáneas, acordes con las pautas consolidadas a lo largo de la antropogénesis especialmente por los neandertales cuyo núcleo grupal eran clanes emparentados de treinta individuos o menos que actuaban cooperativamente para la supervivencia. Si nos centramos en la prehistoria resulta evidente que fueron las sólidas relaciones primarias entre homínidos las que hicieron viable la especie. Sin las manifestaciones más solidarias del instinto de sociabilidad y los firmes hábitos cognitivos hubiera sido imposible la defensa organizada, la transición de presas a predadores, la técnica y el lugar dominante del género Homo en la cadena trófica. Biología y cultura, hominización y humanización, se aunaron en un proceso evolutivo cuyo resultado más espectacular fue la aparición del lenguaje articulado como instrumento de superación biocultural.

Precisamente, afirma el autor, el elogio de la vida rural se basa en “el retorno a la naturaleza”, es decir, al predominio de las relaciones primarias en grupos reducidos. Los conflictos surgen o bien por la trasgresión de tales relaciones, por ejemplo: el adulterio, el abandono de la joven embarazada, la deslealtad con el amigo o la injuria al vecino; o bien por la influencia perturbadora de las relaciones utilitarias: la codicia en la herencia, la apropiación indebida de las lindes, la venta torva de unas reses o la intriga comunal deshonesta. Asimismo, la antropología social constata que la mayoría de las sociedades primitivas respetuosas con las pautas primarias de acción donde no prevalece el principio egoísta de utilidad son culturas con un patrón de vida sostenible.

Aquí el autor extrapola un caso único, anómalo, de oposición entre relaciones primarias y utilitarias: el código de la mafia. Por un lado, la exaltación de la familia: todo por la cosa nuestra; por otro, su participación voraz en la vida pública: los negocios, el poder, el estatus. Los demás son un medio y el individuo no importa; el que obstaculiza desde dentro o desde fuera lo paga, aunque en su eliminación no hay nada personal. Un nicho social con reglas propias: la identidad entre autonomía moral y autonomía legal (pues su palabra es la ley). 

El tiempo de la naturaleza es muy lento y el de la cultura muy rápido. Su contraposición revela los signos visibles de nuestro predecible destino. No es posible una síntesis feliz entre ambas. Antes de que surja una nueva raza, un anuncio luminoso de las ciencias de la vida (acaso el superhombre de Nietzsche), mera utopía literaria, habremos desaparecido de la faz de la tierra o desplazados por la inteligencia de las máquinas. Por ahora es imposible sustituir la democracia representativa por una democracia biosocial fundada en la familia extensa, el matriarcado y la poliandria, concluye el autor del ensayo.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Bodorrio

 

Se trata de una historia sobradamente conocida: recibes en el buzón un sobre de color azul con una tarjeta en papel opalina, acuarela y cuidada letra cursiva que anuncia el próximo enlace de…. y expresan su deseo de contar con vosotros, ¡OS ESPERAMOS!, Te indican la fecha, la hora, el lugar de la ceremonia, la celebración y un teléfono de confirmación. En otra tarjeta de menor tamaño se incluye un párrafo del tipo Lo más importante para nosotros es vuestra asistencia, pero si queréis tener un detalle... seguido del IBAN de una cuenta bancaria. En el reverso hay un mapa hecho a mano del trayecto desde la Iglesia (me pongo en una boda de postín) hasta el lugar del banquete. Normalmente te pierdes por caminos polvorientos que vuelven al mismo sitio. Si vas con tu pareja y no quiere quedar como un tacaño prepara un rejón de mil euros… Si hay preboda, boda y posboda y decides apuntarte (sólo para veinte y treintañeros de estreno) el detalle subirá a dos mil y procura no morir en el intento y, sobre todo, que no te levanten el ligue durante las danzas báquicas y la vorágine alcohólica.

Pero centrémonos en el total de los gastos de la parte contratante. De entrada la vestimenta ceremonial: el chaqué del novio, aunque se puede alquilar, lo suyo es encargar uno elegante en…; el vestido de la novia regalo de su madre debe ser un diseño de las colecciones de…, acorde con el peinado y un maquillaje natural y luminoso que resalte los encantos sin recargarlos. Los recursos de la estética masculina en el salón…, siempre con el fin de reunir "el buen gusto y la personalidad", son muy variados en función de la percha y la edad. Los hombres también facturan. Si la novia llega tarde en un coche de lujo con chófer uniformado anota un suplemento de cuatrocientos euros (los Rolls-Royce antiguos están dépassés).

Prosigamos con los gastos eclesiásticos en un templo con solera. Incluye la aportación fija para la parroquia y el canon de carácter orientativo o “la voluntad”, es decir, la propina o estipendio para el celebrante y los monaguillos. Aparte, el organista, el coro y la solista que canta el Ave María de Schubert. Otrosí, los adornos florales del altar y otros rincones del templo, el ramo de la novia, los tocados y la corona nupcial se encargan a las floristerías más reconocidas del gremio. Suma y sigue. Un matiz obvio sobre la expresión “casarse por la Iglesia”. Contraer matrimonio es un contrato civil regulado por el Estado que algunos creyentes (o no) deciden que sea además una ceremonia religiosa. En nuestro país hay que sufragar los gastos parroquiales por la tramitación y el traslado del expediente matrimonial al Registro civil.

Una boda que se precie debe reunir en la cena un mínimo de 200 invitados. Planificar la lista es el primer tema de disputa entre los novios y sus familias. Luego hay que alquilar el escenario, un espacio amplio, normalmente una finca para bodas ubicada a veinte quilómetros de la ciudad. Para organizar el transporte y por “si bebes no conduzcas” hay que contratar los servicios de una empresa de autobuses y lanzaderas en varios tramos de la noche. La Guardia Civil del pueblo más cercano, sabedora de la fiesta, espera alcoholímetro en mano a los incautos que se han desplazado en coche y vuelven con más de dos copas. Multa y puntos según la tasa soplada.

Lo siguiente es seleccionar el cóctel de bienvenida y el menú del banquete. Si quieres que las croquetas, la tortilla de patatas, los rebozados y el jamón sean del gusto de todos; si quieres que el solomillo sea solomillo y no cañón de la espaldilla o que la merluza sea fresca y no congelada; si quieres que los vinos se parezcan a los que sirvieron al final de las bodas de Caná… no hay más remedio que asumir que lo bueno no es barato y cotizar al alza. Tampoco hay que olvidarse de la recena para los más aptos: añade los bocadillos y el chocolate con churros.

Más gente que cobra: uno o dos fotógrafos profesionales, uno o dos disyóqueys, uno o dos cuidadores de los peques, uno o dos payasos animadores de los mismos, un cuarteto de músicos, el cortador del jamón profesional durante el cóctel, el equipo de la barra libre y, dejo para el final, la figura del maestro de ceremonia u oficiante, encargado, entre otras cosas, de presentar a los novios, a la caterva de testigos así como a los familiares y amigos que darán discursos. Todo comienza con un fotomontaje de la pareja desde su más tierna infancia hasta anteayer en una pantalla que a veces se atasca por la impericia y los nervios del cuñado que maneja el ordenador. Se escucha con cierta atención a los recién casados, pero tras la segunda perorata se apodera el tedio y el escuchar desatento de una audiencia deseosa de aflojarse la corbata, agruparse con los suyos y atacar las bandejas del catering. El único que se emociona en serio es el amigo del alma de la novia que con frecuencia mete la pata con historias de los viejos tiempos que no vienen a cuento. Cierra el sermón el cura amigo de la familia con el deseo de que los recién casados crezcan y se multipliquen como mandan las Sagradas Escrituras, Libro del Génesis 1:28, cuando Dios bendice a la primera pareja humana tras su creación machista.

Durante el banquete circulan rumores del viaje de luna de miel: Las Maldivas, Bora Bora y sus bungalós flotantes, un safari fotográfico a Tanzania o las playas e islas del sur de Tailandia. Un cálculo estadístico calcula el monto total del bodorrio en sesenta mil euros aproximadamente. Desde las seis de la tarde a las seis de la madrugada. También la estadística predice que más de un cincuenta por ciento de los contrayentes se habrán divorciado antes de dos años y, añado, sería una bendición contraria al mandato bíblico que no tengan descendencia.

Un consejo: si decides casarte (siempre a partir de los treinta) invierte menos de mil euros en un notario y cuando todo esté firmado reúne en tu casa a padres, hermanos y abuelos para anunciarles a dúo con voz tonante la buena nueva: ¡SORPRESA! Con todo el tiempo del mundo podrás celebrarlo con los demás familiares, amigos, allegados y conocidos.

¡Vivan los novios!

lunes, 14 de septiembre de 2026

Vista a la derecha

 


¿A qué se debe el pronunciado giro actual de la derecha en el espacio de la Unión Europea?

A estas alturas de la globalización nadie duda de que quienes controlan el poder no son los políticos, sino las grandes tecnológicas (crecidas por los algoritmos de la Inteligencia Artificial), el capital industrial o productivo (crecido por la gráfica de la carrera de armamentos) y el capital financiero o especulativo (crecido por el exceso de liquidez de los bancos y el insaciable rendimiento de las inversiones). La socialdemocracia, arcadia del centro izquierda, casi ha desaparecido del mapa de la “Europa de los ciudadanos” y los únicos partidos “que tienen credibilidad” para la mayoría son los que representan a la derecha conservadora, a saber, los gestores de los poderes reales. Ciudadanos de todas las edades, sabedores de lo que hay, votan a una derecha cada vez más escorada hacia sí misma para que los que pueden hacer hagan lo que les proponen sus intermediarios y suministren a los mercados tecnologías del bienestar asequibles o gratuitas aunque el producto seas tú y tu intimidad, puestos de trabajo sin importar las condiciones precarias y préstamos a bajos tipos de interés blindados con letra pequeña y cláusulas de amortización. Pragmatismo puro y duro: lo que importa es comer y después pensar. El lema de la agónica socialdemocracia: “El individuo frente el Estado y el Estado frente al mercado”. Una vez que el neoliberalismo elimina al Estado como factor perturbador de las leyes del progreso social se restablece el orden natural de la libre competencia entre individuos. Después de todo, el individualismo era el fundamento antropológico del liberalismo clásico de Adam Smith y David Ricardo.  

Pero también importa pensar para después comer. Gran parte del pueblo soberano ha interiorizado los dogmas del ideario neoliberal que, a su vez, ha mutado en un neodarwinismo social que comporta nuevos medios que justifican los fines de los más aptos sin concesiones a una mínima coherencia ética, lógica y ontológica. Se ha normalizado el populismo, la posverdad, las noticias falsas, los bulos, el insulto y el acoso. La polarización consiste en la conversión de la ideología en una concepción del mundo cerrada, sin ventanas al exterior como las mónadas de Leibniz. Desaparece el argumento cooperativo que critica pero reconoce de forma explícita o implícita la validez de ciertas aportaciones del adversario político. Se prescinde de la utilidad del punto de vista compartido o el acuerdo sobre un problema puntual y se impone la cultura de la cancelación. Como en la célebre novela de Orwell es posible reinventar la historia y se condena la discrepancia interna o externa por nefasta en sí misma. El disidente es vaporizado. Los hechos objetivos observables y verificables cuando contradicen la ideología dominante no se debaten, se niegan y desaparecen en el sumidero de un agujero negro; si cuestionan la versión oficial no existen. Se elige el camino parmenídeo del No Ser puesto que lo que se puede decir es innecesario. Un clima propicio para que la internacional antidemocrática fomente un nihilismo que anuncia la decadencia de occidente, de la Unión Europea y de la misma democracia representativa. El Estado social y democrático de derecho debe ser demolido. ¿Una nueva mutación en curso? Liberalismo clásico, neoliberalismo, darwinismo social y el resurgir del fascismo en Europa. “Corren malos tiempos, pero para la música siempre habrá un lugar" como anuncia la letra de la canción del artista andaluz Alejandro Astola.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Hölderlin, poetizar la poesía

 




Y sin embargo, tú te imaginas solitario; en la noche callada

la roca oye tu lamento, y, muchas veces, con el enojo

de los mortales, huyen hacia el cielo tus olas aladas.

Pues ya no viven contigo tus muy nobles predilectos,

los que te honraban y orlaban en otros tiempos tus orillas

con templos y ciudades, los que siempre buscan y requieren y

siempre necesitan para su gloria los sagrados elementos,

como los héroes la corona o el corazón el hombre sensible.

 

Di, ¿Dónde está Atenas? Tu ciudad preferida, ¡dios afligido!,

¿Ha sido totalmente reducida a cenizas en las sagradas

orillas sobre las tumbas de los grandes antiguos?

¿O existe todavía algún indicio suyo

para que el navegante, al pasar, la nombre y la recuerde?

¿No se levantaban allá las columnas y no resplandecían

en lo alto de la fortaleza las imágenes de los dioses?

¿Y no se alzaba allá la voz tormentosa del pueblo desde al ágora?

¿Y no descendían presurosos los caminos

desde las puertas alegres hacia tu puerto lleno de dádivas?

Friedrich Hölderlin, El archipiélago

Hölderlin ha creado un espacio lírico único e irrepetible. Resurge en su obra la figura del poeta cuyo destino, el más elevado, es el canto. Pueblo y poeta proceden del mismo linaje, fluyen de las mismas fuentes: el poeta es el mensajero del pueblo; un pueblo arrebatado por el canto que se reconoce en el poeta y se pertenecen mutuamente. Un pueblo primigenio situado más allá de la historia (un tiempo de penuria en el que los dioses abandonaron el mundo). Existe la reconciliación, pero forma parte de un pasado legendario.

El único horizonte temporal de Hölderlin es Grecia: sus versos habitan en la cultura griega, en el arte griego, en los dioses y los mitos griegos… Una Grecia ancestral, imaginaria, profética, sin ningún criterio riguroso, de cuyo magma brotan las intuiciones. La relación entre el mundo y la poesía sólo se vislumbra dentro del poema; no hay mediaciones ni representaciones ni evidencias simbólicas. El poema establece las marcas del mundo. Un mundo indeterminado, anterior al pensar constituyente, creado desde la distancia de una realidad apenas concebida en sus contornos luminosos.

Las asociaciones que separan el claro del encubrimiento, los vínculos sólidos entre los seres, sólo aparecen en el verso esencial. El mundo de Hölderlin extrae su fuerza de la inocencia y el heroísmo y anuncia su culminación en la razón, también convertida en mito. El pensamiento como atributo del ser se muestra en términos prelógicos: el Nous, el Logos, el Alma… Heidegger: La idea de la propia lógica se disuelve en el torbellino de un preguntar originario. El espíritu, una espiral cuyos últimos pliegues ni siquiera se presienten. La poesía de Hölderlin trasmuta la historia en el retorno a una edad de oro, a un espacio lírico en el que se igualan los dioses, los hombres y los príncipes caídos.
Jamás hay concesiones a lo profano: lo ornamental se convierte en absoluto, el verso en revelación, la metáfora en abismo. Palabras sencillas como "ofrecer" o "caminar" adquieren un significado fabuloso, se convierten en promesas atávicas, dejan de ser las costumbres de un mundo amable .
El tiempo no es lo pasajero sino un regalo de los dioses. El tiempo de Hölderlin no se mide en años sino en eras; su principal dimensión es el pasado, lugar de un acontecer sagrado cuyas sendas sinuosas son desbrozadas por el canto. La función del tiempo es mostrar lo inmutable frente a la visión tradicional del cambio. El tiempo no consta de momentos sino de horas supremas. 
En sus versos, los relatos que lloran el abandono de la tierra resuenan con vigor en los labios del pueblo. Aunque nada se ha perdido de aquellos tesoros que forjaron los grandes demiurgos, tan sólo permanecen ocultos a la espera del poeta y de su voz. La poesía es el acontecimiento primordial del hombre; sólo en ella está contenida esa revelación suprema que une al poeta con los vivos. Desde el interior del verso emerge una forma superior de vida. La vida en Hölderlin: alta edad henos aquí; 
pleno de méritos es como el hombre habita la tierra.

La palabra es la morada del ser. La poesía es desvelamiento, alethéia. En ella adviene la verdad al permitir que nos hable el poeta; que su voz propicie el sentido y ponga en juego la eterna agonía de las luces y las sombras; la verdad, esa donación que se manifiesta en el poema. La poesía es un nombrar el ser único de las cosas: allí los dioses legaron la palabra y el mundo se hizo manifiesto. El poetizar en Hölderlin: la ley de este mundo es la presencia del poeta, de una conciencia pura colmada de contemplación. Su intención, el retorno a la edad de oro. Su expresión, la fundación de un lenguaje. Su presencia, la verdad. La palabra es la morada del ser y los poetas sus ángeles custodios.
Heidegger: Nosotros buscamos, por el contrario, lo esencial de aquella esencia que nos fuerce a la decisión de tomar en serio la Poesía, y de afincarnos en sus dominios. No se ha elegido a Hölderlin porque en su obra se realice, como en una entre tantas, la esencia general de la Poesía, sino única y exclusivamente porque la poesía de Hölderlin mantiene constante la determinación poética de poetizar sobre la esencia de la Poesía. Hölderlin es, pues, para nosotros y en excepcional sentido, el poeta del Poeta. Por esto nos pone en trance de decisión.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Tres versiones de la misma frase

 


Nihil est in intelectu quod prius non fuerit in sensu. Nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido. La famosa frase procedente de la antigüedad fue consolidada por la filosofía escolástica, especialmente por Tomás de Aquino cuya teoría del conocimiento está inspirada en el empirismo aristotélico. El tomismo popularizó este principio para explicar el funcionamiento del proceso abstractivo: la percepción del objeto singular, la representación de sus cualidades sensoriales o imagen sensible, la generalización de sus rasgos necesarios o esencia y la formación y formulación del concepto o universal. ¿Parece demasiado complejo?

La versión actual de la sentencia aristotélico-tomista sería así: surge la palabra mediante la secuencia de transducción o transformación espontánea en centésimas de segundo de seis niveles de realidad heterogéneos: fisicoquímico, fisiológico, neurológico, psicológico, lingüístico y cognitivo. (¡No estoy seguro de que seamos conscientes del alcance del suceso!)

Primero, presencia de una oferta ilimitada de estímulos físico-químicos en el medio ambiente; segundo, su captación inmediata por la organización sensorial o sensación y su posterior conversión en mensajes nerviosos a través de las redes neuronales del cerebro; tercero, la traducción neurológica en contenidos mentales o percepción (sólo me refiero aquí a la secuencia de la percepción visual por no complicar demasiado las cosas: procesamiento inicial de la imagen en dos dimensiones, procesamiento tridimensional, procesamiento del objeto o constancia perceptiva y procesamiento categorial o patrón perceptivo); cuarto, mutación del patrón perceptivo o percepto en un signo lingüístico con un significante y un significado; quinto, codificación del signo lingüístico en la gramática de una determinada lengua, sexto, traslación del signo lingüístico codificado al pensamiento hablado o escrito.

¿Es posible una tercera versión todavía más sorprendente del conocimiento empírico? Paul Auster recrea en su libro El palacio de la Luna el misterio de la construcción de la realidad. 

¿Qué ves? Y eso que ves, ¿cómo lo expresarías con palabras? El mundo nos entra por los ojos, pero no adquiere sentido hasta que desciende hasta nuestra boca. Empecé a apreciar lo grande que era esa distancia, a comprender lo mucho que tenía que viajar una cosa para llegar de un sitio a otro.

En términos reales no eran más que unos centímetros, pero teniendo en cuenta los muchos accidentes y pérdidas que podían producirse por el camino, era casi como un viaje de la Tierra a la Luna. Mis primeros intentos con Effing [un viejo que se ha quedado ciego al que su acompañante intenta describir el mundo cotidiano] fueron terriblemente vagos, simple sombras que cruzaban fugazmente un fondo borroso.

Yo había visto todo esto anteriormente, me decía; ¿cómo podía tener tanta dificultad para expresarlo? Un extintor de incendios, un taxi, un chorro de vapor que salía de la acera, eran cosas que me resultaban tremendamente conocidas, me parecía que me las sabía de memoria. Pero eso no tomaba en consideración la mutabilidad de las cosas, la forma en que cambiaban dependiendo de la fuerza y el ángulo de la luz, la forma en que su aspecto quedaba alterado por lo que sucedía a su alrededor: una persona que pasaba por allí, una repentina ráfaga de viento, un reflejo extraño. Todo estaba en un flujo constante, y aunque dos ladrillos de una pared se pareciesen mucho, nunca se podía afirmar que fuesen idénticos. Más aún, el mismo ladrillo no era nunca realmente el mismo. Se iba desgastando, desmoronándose imperceptiblemente por los efectos de la atmósfera, el frío, el calor, las tormentas que lo atacaban, y si uno pudiera mirarlo a lo largo de los siglos, al final comprobaría que había desaparecido. Todo lo inanimado se desintegraba, todo lo viviente moría. Cada vez que pensaba en esto notaba latidos en la cabeza al imaginar los furiosos y acelerados movimientos de las moléculas, las incesantes explosiones de la materia, el hirviente caos oculto bajo la superficie de todas las cosas. Era lo que Effing me había advertido en mi primer encuentro: no debes dar nada por sentado. Después de la indiferencia, pasé por una etapa de intensa alarma. Mis descripciones se volvieron excesivamente minuciosas, pues tratando desesperadamente de captar cada posible matiz de lo que veía, mezclaba los detalles en un desesperado revoltijo para no omitir nada. Las palabras salían de mi boca como balas de ametralladora, un asalto con fuego rápido. Effing tenía que decirme continuamente que hablara más despacio, quejándose de que no podía seguirme. El problema no era tanto de velocidad como de enfoque. Amontonaba demasiadas palabras unas sobre otras, de modo que en vez de revelar lo que teníamos delante, lo oscurecía, lo enterraba bajo una avalancha de sutilezas y de abstracciones geométricas. Lo importante era recordar que Effing era ciego. Mi misión no era agotarle con largos catálogos, sino ayudarle a ver las cosas por sí mismo. En última instancia, las palabras no importaban. Su función era permitirle percibir los objetos lo más rápidamente posible, y para eso tenía que hacerlas desaparecer una vez pronunciadas. Me costó semanas de duro trabajo simplificar mis frases, aprender a distinguir lo superfluo de lo esencial. Descubrí que cuanto más aire dejara alrededor de una cosa, mejores eran los resultados, porque eso le permitía a Effing hacer el trabajo fundamental: construir una imagen sobre la base de unas cuantas sugerencias, sentir que su mente viajaba hacia las cosa que yo le describía. Descontento con mis primeras actuaciones, me dediqué a practicar cuando estaba solo; por ejemplo, tumbado en la cama por la noche, repasaba los objetos de la habitación para ver si podía mejorar mis descripciones. Cuanto más trabajaba en ello, más en serio me lo tomaba. Ya no lo veía como una actividad estética, sino moral, y comencé a sentirme menos molesto por las críticas de Effing y a preguntarme si su impaciencia e insatisfacción no servirían a un fin más alto. Yo era un monje que buscaba la iluminación y Effing era mi cilicio, el látigo que me flagelaba. Creo que no hay la menor duda de que mejoré, pero eso no quiere decir que estuviera totalmente satisfecho de mis esfuerzos. Las exigencias de las palabras son demasiado grandes; uno conoce el fracaso con excesiva frecuencia para poder enorgullecerse del éxito ocasional. A medida que transcurría el tiempo, Effing se hizo más tolerante con mis descripciones, pero no estoy seguro que eso significara que se acercaban más a lo que él deseaba. Tal vez había renunciado a la esperanza o tal vez había perdido interés. Me era difícil saberlo. También puede ser que se estuviera acostumbrando a mí, simplemente.