Es obvio que no son lo mismo las vacaciones que el veraneo. Sobre todo si tenemos en cuenta que aproximadamente uno de cada tres españoles (un 33,4%) carece de la capacidad adquisitiva suficiente para permitirse una semana al año.
No resulta exagerado afirmar que el veraneo es una institución. Hace tiempo, una reputada consejera de la Comunidad de Madrid afirmó que “tomarse las vacaciones anuales no era algo obligatorio sino voluntario”. Una evidencia plana, aunque una lectura más sutil apunta a una defensa velada de ciertas patologías profesionales como la adicción al trabajo o la ilusión de que formas parte de un destino compartido con la empresa, todo sazonado con reuniones continuas por si a algún recién llegado con hambre de movilidad se le escapa una ocurrencia aprovechable. En realidad quienes deciden son los socios del último piso. La tautología también apunta a un elogio de la productividad en tiempos de recortes, salarios cicateros y jornadas interminables (con horas no retribuidas) como valor supremo de la democracia liberal. En todo caso recuerda que no es legal que tu empresa te pague un dinero extra a cambio de que renuncies a tus vacaciones.
Pero volvamos
al tema: puedes veranear en tu casa tan ricamente, con hamaca, ventilador y
botijo. Cuando cae la tarde, planazo: terracita y helado de tres bolas,
tertulia de madrugada con tus compadres, gin-tonic y a vivir que son dos días.
O a la inversa: los que mienten, los que consideran que los miran (y se miran) por
encima del hombro si se enteran de que se han quedado un mes en dique seco.
El relato: me voy la segunda quincena de septiembre a Formentera; sí,
hemos estado en Gandía una semana; tal día salimos para Italia… Después de todo
vivimos en la civilización de la imagen, de la interacción narcisista (eres lo
que aparentas), de la importancia de los roles dominantes y la división social
del trabajo. Los veraneantes “pata negra” de las grandes ciudades inundan la
carretera el día de la operación salida al volante de sus imponentes
todoterrenos marcando estatus. Es posible que tengan un segundo coche
utilitario o una moto para circular por la ciudad; si no es así, ya me contarán
lo que pinta un cuatro por cuatro de más de cinco metros intentando aparcar en
la calle madrileña de Tutor, pongo por caso.
Obviamente hay
diversas formas de veraneo. El veraneo en la segunda casa (sea un chalet con
piscina y pádel o la casa del pueblo con cuadra), el itinerante de hotel o
parador, casa rural o guarida cutre. Dentro de este último hay que
incluir a los que llevan la casa a cuestas, a la zíngara, del
tipo autocaravana, azote de autovías, y los que plantan su tienda de campaña en
un camping a orillas de un embalse rodeado de pinares, con pueblo cerca y club
náutico si no ha sido año de sequía; los fines de semana la cola del embalse
está llena de bañistas con tortilla, radio sonorosa, colillas por doquier,
colchones enormes en el agua y bolsas de basura abandonadas. Otro prefieren un
refugio de montaña con pozas transparentes y un río truchero de aguas gélidas donde te comen
los tábanos y es heroico bañarse.
Hay muchas
variantes de segunda casa: por ejemplo los cruceros masivos en ciudades
trasatlánticos con fiestas, atracciones, piscinas, tenis, golf con bolas al
mar, parada de una tarde en los puertos de interés en los que te encuentras a
tu jefe de la mano de una señora que nos es la suya y sobre todo engullir y
beber a bordo. Guerra sin cuartel al aburrimiento. Sexo y aventura con la
parienta. Más de una crisis conyugal irreparable se ha cocido en estos viajes.
En una semana puedes echarle más de cinco quilos a tu cuerpo pinturero. El
precio de salida es razonable pero en alta mar todo son extras y finalmente te
cuesta el doble de la tarifa acordada. También hay cruceros fluviales; el más
conocido es el que remonta el Nilo desde Abu Simbel hasta la necrópolis de Giza
cerca de El Cairo; es el favorito de los universitarios para su viaje de fin de
carrera: barcos veteranos, disfraces nocturnos de momias, colitis general y
monumentos anónimos envueltos en resaca. El desierto no es el mejor sitio para
pasarla. Una amiga de posibles se embarca hoy en una travesía que recorre el Danubio desde Budapest hasta su desembocadura en el Mar Negro. Gentes y lugares. Precios prohibitivos. Lo bueno, si
caro, dos veces bueno.
El veraneo,
como todo en esta vida, decía Ortega, empieza a cobrar transparencia ante la
razón histórica. Por ejemplo, las vacaciones de los años sesenta cuando a
primeros de julio la señora de Robles partía rumbo a la casa de los abuelos
maternos con sus cinco hijos. El marido, interventor de un conocido banco, los
acompañaba hasta la estación del Norte y cuando el tren se convertía en una
tenue columna de humo, él se transformaba en el consabido “Rodríguez”, mera
leyenda urbana, tópico desgastado por el cine español del franquismo, salidas nocturnas a Chicote, cócteles exóticos y salones de bellezas; o los
devaneos imaginarios del susodicho con la vecina del quinto, hasta que el homo
solitarius se tomaba vacaciones en agosto con visitas obligadas de fin de
semana a la aldea perdida con sus suegros. El resto de la familia volvía a la
capital a finales de Septiembre para preparar el comienzo del curso de sus
retoños, desde el parvulario a la Facultad. Los universitarios, incluso los
bachilleres actuales tienen planes propios.
Las vacaciones
a la española quedaron reflejadas en las inolvidables viñetas de Forges, las
del tímeme por favor en los restaurantes arroceros de la costa o las
machistas del conocí a Purita, mi futura, en la verbena tras potarle encima
dos litros de Jumilla cuando bailábamos el gato montés… Episodios
nacionales con mucha intrahistoria.
Hoy las vacaciones no son sinónimo de veraneo. Se viaja en cualquier época del año. Los tres meses de la familia de los Robles se han convertido en unas vacaciones fragmentadas en períodos de tiempo menores, desde cuatro días en salidas a países europeos, una semana si cruzas el Atlántico y diez o doce días si se trata de “viajes mayores”, por ejemplo China, Japón o incluso Australia. Cualquier estación tiene sus encantos, muchos monumentos hay que verlos con bruma invernal o las calles nevadas; la luz primaveral es esencial para contemplar las vidrieras de la catedral de León, las mejores vistas del Gran Canal son otoñales y el solsticio de verano en junio es el momento propicio para las Noches Blancas de San Petersburgo; sin contar con que cuando en un hemisferio es invierno en el otro es verano o que en los países tropicales la temperatura es uniforme durante todo el año. Cuba, Varadero, Santo Domingo… en general, el Caribe (¡cuidado con los huracanes, el sida y los secuestros exprés!). Además los precios son más que asequibles en temporada baja. ¡Atentos a las ofertas turísticas en internet que no puedes rechazar, te pueden salir muy caras!

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