domingo, 25 de enero de 2026

Ensoñaciones

 

Decía mi buen amigo y colega M. S. en una de las conversaciones que todavía mantenemos en la cafetería del Ateneo de Madrid (el activo, yo jubilado y escriba):

“Cada vez cobran más actualidad las reflexiones de Max Horkheimer sobre la perversa deriva de la razón instrumental: la administración de la verdad sustituye a la crítica, el pensamiento oficial al divergente, el esquematismo vacío a la idea. Insistieron en esta perversa deriva del espíritu Benjamin, Marcuse, Arendt y tantos otros...

Setenta años después, la pérdida del sentido de lo real y del buen juicio que debiera acompañarlo ha dado lugar, en todos los aspectos de la "vida social", por ejemplo en la educación reglada, a la imposición de ciertas supersticiones de segunda mano. Adorno lo expresa de este modo: "Están por un lado los rigoristas abstractos, que luchan por concretar quimeras, y por otro la pobre criatura humana que, como progenie del infortunio, jamás tendrá la posibilidad de librarse de ellas".

El fraude de la enseñanza se manifiesta en los infortunios de la razón instrumental: el desaliento del profesor ante las agotadoras exigencias del protocolo, el interminable apartado del apartado y la redefinición falsa del concepto de alumno mediante la jerga de las ciencias sociales. A gran parte de los bachilleres les da igual aprender física o historia que memorizar la guía telefónica. A los profesores, una profesión a la baja porque la ideología dominante oscurece pero no oculta los hechos, sólo les queda la nómina y asistir impotentes, aunque plenos de conjuros y depresiones, a las consecuencias sociales, culturales y políticas del trampantojo.

¿Acaso tras la degradación lineal de un discurso sin contenido objetivo (contrario a la espiral discontinua del conocimiento) es posible todavía alguna clase de ensoñación roussoniana que esté a salvo del sistema?

La mía, caro amigo, es que yo no podría enseñar nada si no me paseara solitario por el aula, dando la última clase como siendo la primera. ¡Tú tampoco lo habrías hecho! Lo que nos envuelve y cada vez aprieta más poco o nada tiene que ver con lo que somos, aunque nos acabemos pareciendo cada vez más a eso por desgaste y presión de los elementos que a nuestros ensueños tangibles y productivos”.

miércoles, 7 de enero de 2026

Xenocentrismo

 

El xenocentrismo (lo contrario del etnocentrismo) parte del supuesto de que la cultura de origen es inferior a otra u otras. Por lo tanto, es preciso adoptar o adaptar los rasgos propios a los ajenos. El peligro del xenocentrismo es la importación indiscriminada de rasgos disonantes y triviales que acaban por desplazar a los genuinos de la cultura original. Así, los relacionados con la alimentación, la música, los vestidos, las jergas, los gustos estéticos o la comunicación no verbal. Hay tres manifestaciones xenocéntricas que definitivamente se han establecido en nuestra cultura: Halloween, Black Friday y Papá Noel. El Día de Acción de Gracias está a punto de caer.

Independientemente de sus remotos orígenes religiosos o paganos o ambos en las tradiciones celtas, irlandesas o escocesas, Halloween es actualmente una fiesta norteamericana. Según parece fueron los inmigrantes irlandeses quienes la estibaron en sus barcos en el siglo XIX para difundirse después a otros países a finales del siglo XX y principios del XXI. Sean cuales sean su orígenes, su significado no tiene que ver con el ser para la muerte ni el recuerdo de los difuntos en el Día de Todos los Santos que celebran las Iglesias cristianas. Halloween se relaciona con el animismo, es decir, con los seres sobrenaturales, la danza de los espíritus o los fantasmas del trasmundo que se hacen visibles a los mortales. También hereda los estilemas de la literatura gótica: atmósferas lúgubres, sentimientos de terror y el presagio funesto de un pasado misterioso que se cierne sobre el presente. Actualmente se ha convertido en una fiesta infantil de carácter intrafamiliar (los niños visitan las casas de sus padres y parientes) o intravecinal (llaman a la puerta de los pisos del barrio que se prestan al juego). Algunos portales se decoran con objetos macabros: esqueletos, calabazas siniestras, telarañas, lápidas o escobas voladoras. Los peques, disfrazados de criaturas de la noche, se lo pasan en grande con el truco o trato que atiborra sus bolsas de caramelos y golosinas. Como el resto de las instituciones xenocéntricas, es también (o sobre todo) un negocio consumista.

El Black Friday, una exclusiva tradición norteamericana, comienza un día después del Día de Acción de Gracias, el cuarto jueves de noviembre, y marca el comienzo de las compras navideñas con el anuncio de grandes rebajas. Recibe su nombre desde 1961 cuando la policía urbana de Filadelfia describió así los monumentales atascos de circulación que colapsaron la ciudad el primer día de las compras. En España fue la cadena alemana MediaMarkt la que popularizó el Viernes Negro en 2015. En realidad se prolonga una semana. Lo cierto es que el Black Friday es lo mismo que las rebajas de enero nacionales que comienzan a partir del día siete tras los regalos de los Reyes Magos y duran y duran. En las rebajas se dan cita en aparente concordia los universos paralelos de la macro y microeconomía. Comienzan cuando se abren las puertas de las grandes superficies comerciales y una muchedumbre abigarrada (cantada por Edith Piaf en La foule) sueña a codazos con el cuerno de la abundancia. ¡Cuidado en las apreturas por el mangazo de carteras y móviles! A esto hay que añadir las consabidas estafas por internet, la picaresca de las falsos precios tachados en las etiquetas o la ropa de baja calidad confeccionada ad hoc en talleres de costura clandestinos… Albricias y broncas: tangana de amas de casa que se tiran de los pelos por la misma prenda, maridos boxeando, separados por los de seguridad por un quítame allá esa corbata; o astutas gentes que vienen a cambiar el regalo de Reyes ahora más barato y se indignan cuando el vendedor les dice, contrito de oficio, que está agotado pero lo pueden canjear por un vale del mismo precio. Otros se rasgan las vestiduras porque los productos de las mejores marcas son inmunes a los descuentos. Las franquicias de las primeras firmas del prêt-à-porter consideran las rebajas simplemente una broma de mal gusto.   

Otra institución xenocentrista es papá Noel, también conocido por Santa Claus, un barbudo bonachón con gorro rojo que a bordo de un trineo tirado por renos voladores reparte regalos en Nochebuena a todos los niños del mundo que se han comportado como niños. Se trata de una tradición sincrética en la que se mezclan leyendas medievales de la Alta Edad Media (el obispo San Nicolás de Mira), tradiciones nórdicas y leyendas centroeuropeas. Papá Noel y los Reyes Magos (una festividad exclusiva de nuestro país) convivieron en paz navideña hasta que hijos y nietos exigieron presentes en ambas fechas. Nunca he sido partidario de esta superposición xenocéntrica porque adoro a los Reyes Magos. Me disculpo por citarme a mí mismo. Son el símbolo de lo mejor de mi niñez, de la imagen irrecuperable de un mundo bien hecho, de la inocencia y la ausencia del mal, por eso me he aferrado a su creencia hasta hoy. Escribía la carta con detalles de orfebre, caligrafía de cuaderno, frases cortas, sujeto, verbo, predicado y la lista numerada de mis preferencia del uno al cinco. Aguardaba impaciente la gélida tarde que mi abuelo me llevaba a Galerías Preciados a entregársela en mano al rey que tocaba al final de la cola. ¿Era negro el negro? Tras dársela a un paje de rostro teñido y ojos famélicos que la depositaba en un saco con adornos navideños, me subía en sus rodillas, me daba un beso vinoso, me acariciaba el pelo con manos de guante sobado y me preguntaba lo mismo que al niño anterior (“mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón”): te has portado bien, has sido obediente, has hecho los deberes… presentía la impostura y no era el único de la fila. ¡Aquí huele a camello!, largaba de pronto algún madrileño castizo. Risotada general y caras largas en la pareja de guardias municipales. Al fondo, se miraban divertidas dos coquetas azafatas de rojo y blanco a las que mi abuelo no perdía de vista.  

viernes, 26 de diciembre de 2025

Acoso sexual en el trabajo

 

La primera iniciativa del acosador comienza con una mirada insinuante en pasillos, despachos, reuniones o máquina expendedora. La víctima advierte a la primera el mensaje del ojo de halcón. Las contramedidas son sencillas pero no fáciles por su expresión teatral: evitar las miradas directas y procurar que la interacción visual sea lo más impersonal posible; el depredador debe captar que a tus ojos es la perfecta imagen del ligón desconocido y, si apuramos el gesto, que lo será para siempre. Despechado, no tardará en hacerte un aparte para preguntar si no le caes bien por algún motivo y demás monsergas envolventes. En absoluto, le contestarás, te considero un compañero más del trabajo y no acabo de entender la pregunta. Esta distancia bastaría para concluir el lance en un trato entre iguales… pero no en una relación de dependencia laboral.

La siguiente etapa es alguna forma de halago. El cumplido "creo que tus zapatos son geniales” o el consabido piropo sexista, "me encanta tu pelo lacio". A veces resulta difícil diferenciar el cumplido del piropo. Ambas son formas de tanteo cuya intención es ir más allá. La respuesta adecuada en ambos casos es el silencio mirando al tendido y la tranquila retirada neutral que no expresa incomodidad; lo que no has oído no te parece ni bien ni mal sino todo lo contrario.

Otra táctica es hacerse el encontradizo e invitarte a tomar un café a media mañana. Hay dos posibilidades: que sea fuera o dentro del trabajo. Si es fuera, rechaza la oferta con naturalidad, cualquier excusa es buena aunque de manera implícita debe parecerle una petición inconveniente. Si es dentro, acepta porque tratará de tirarte los tejos y es justo el momento de dejarle claro que no te gusta flirtear con los colegas de trabajo y que, en su caso le aconsejas seriamente que deje de intentarlo.

Pero no lo hará. Comenzarán a llegarte mensajes a tu WhatsApp con mensajes incómodos, fotos y videos provocativos y proposiciones explícitas. Si lo bloqueas el siguiente plan será dejar sobre tu escritorio sobres con notas secretas de amor al puro estilo francés del billet doux. No las rompas en mil pedazos ni las tires a la papelera. Más adelante podrán hacerte falta.  

Como es tu superior jerárquico, último recurso, se dejará de bromas y pasará a mayores. Te citará en su despacho de la sexta planta y te hará una oferta que, según su obsceno criterio, no podrás rechazar: ascenso profesional a cambio de favores sexuales. O lo que es más repugnante: en caso de no prestarte a sus lúbricos deseos, traslados de zona o ciudad, tareas desagradables y degradantes e incluso posible pérdida del puesto de trabajo. En otras palabras, amenaza con represalias laborales como medida de presión para mantener citas o encuentros no deseados. Es el momento de adoptar medidas proactivas sin ambigüedades ni escala de grises. Niégate firmemente en ese mismo instante a sus pretensiones. Lo más eficaz, dados los antecedentes, es haberte informado y asesorado con detalle de los protocolos de prevención y abordaje del acoso sexual en la empresa. Por ejemplo, haber acudido a la cita del jefe en la sexta, previsible por demás, con un dispositivo de grabación. El chantaje, la intimidación y humillación no cejarán. Convierte las llamadas telefónicas, los mensajes, las fotos y videos, las notas secretas, los encuentros forzados en pruebas. Si tienes testigos, mejor. La legislación está de tu parte, recuérdaselo: Ley Orgánica 3/2007 (Igualdad), Ley de Prevención de Riesgos Laborales (31/1995), Real Decreto 901/2020, Ley Orgánica 10/2022 (Libertad Sexual), Código Penal, Convenio 190 de la OIT. Ten la seguridad de que no se atreverá a despedirte y si lo hace le va a salir muy caro.

Sin embargo, el acoso sexual en el trabajo es una lacra moral que no desaparece pese a la eficacia y el sentido común de las contramedidas. Recuerdo la actualidad del caso Nevenka", la primera mujer en España en denunciar y ganar un juicio por acoso sexual contra un político. O la excelente película sobre un caso real, El escándalo (2019), basada en el testimonio de las mujeres de la cadena norteamericana Fox News que sufrieron el acoso sexual del consultor ejecutivo Roger Ailes y concluyeron con su destitución. Más cercanas e impactantes son las acusaciones por decenas de mujeres contra el poderoso productor cinematográfico Harvey Weinstein que supuso la globalización del movimiento feminista Me Too. En España aún resuenan los ecos de la asunción de responsabilidades por el gran tenor Plácido Domingo por el acoso en los años ochenta a más de veinte mujeres. En tono menor enumeramos más de lo mismo: la condena a dos años de prisión de un guardia civil veterano por acoso a una compañera novata, el despido del jefe de barra de un hotel de Las Palmas por sus expresiones sexistas, bromas de mal gusto y tocamientos indebidos, la indemnización a una trabajadora por una carta firmada por el administrador de su empresa en Asturias en la que le requería de forma grosera sus propósitos libidinosos o el caso de un profesor universitario de León condenado por dirigirse a una alumna en los siguientes términos: A veces no hay necesidad de estudiar para aprobar, hay muchas maneras de aprobar.

domingo, 7 de diciembre de 2025

¿Colectivo gay?

 

Los conocí hace años en mi piso en el barrio de Chamberí. Goyo y Sergio eran vecinos de planta. Llegaron en agosto y tras una mudanza que me perdí porque estábamos de vacaciones en un pueblo de Cádiz se instalaron puerta con puerta. Tienen nuevos vecinos, me comentó Antonio, conserje y pregonero de la comunidad. Son jóvenes y algo raritos, ya sabe, e hizo un gesto amanerado con las manos.

Pensé que necesariamente mejorarían a mis vecinos anteriores, un matrimonio que salía a bronca diaria con megafonía, churumbeles que movían los muebles a la hora de la siesta, jugaban al frontón en el tabique compartido y tenían un caniche enano que no sabía quedarse solo y ladraba y gemía hasta que caía exhausto, supongo, en la cama de sus dueños.

A los dos días de volver de vacaciones Goyo y Sergio llamaron al timbre y se presentaron.

- Somos los nuevos vecinos. Sergio, mi pareja, es periodista y yo profesor (¡crece el lobbie gay en el gremio, pensé!). Para cualquier cosa podéis contar con nosotros. Seguro que a tu señora le gusta este pequeño detalle: y puso en mis manos un paquete envuelto que resultó ser una caja de bombones Godiva.

- Muchas gracias y encantado de conoceros, balbuceé algo descolocado por su cortesía. Ahora mismo estoy solo. ¿Os apetece pasar y tomar una copa? (no sabía qué decir). Rehusaron amablemente y se despidieron. Un buen comienzo.

Pronto corrió la voz en la comunidad; aunque cada vez que un cretino me venía con el cuento de que mis vecinos perdían aceite y que pegaba el trasero a la pared del ascensor cuando coincidía con alguno, siempre le contestaba lo mismo: me llevo muy bien con ellos, son buena gente y, sobre todo educados (haciendo hincapié en el adjetivo); ¿te han molestado alguna vez?, con lo cual yo les parecía más raro todavía. Las señoras eran más discretas, sobre todo las jóvenes. ¿Será verdad que les encanta tener amigos homosexuales? Con el tiempo se impuso el sentido común de la convivencia y la mayoría se desprendió al menos del barniz de sus ídolos baconianos de la caverna, o sea, de sus prejuicios ancestrales.

Les devolvimos la visita con un pequeño obsequio, una maceta de cerámica con planta de interior. Me sorprendió el desorden de las habitaciones. Sin motivo porque el desorden carece de referencia sexual.  Nos tomamos con ellos unas cuantas cañas en los bares del barrio. Les gustaba la cocina cosmopolita, restaurantes marroquíes, tailandeses, japoneses, mexicanos... Compartimos mesa y mantel algunos fines de semana. Incluso asistimos a su boda en la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid. Las bodas homo duran el triple que las hetero. Hubo interminables discursos de casi todos los invitados y se leyeron un sinfín de epitalamios. Fue gloriosa la salida de los novios entre pétalos de rosa y rociada de arroz vestidos con trajes blancos y pajarita hasta un reluciente Citroën de época con chófer que les esperaba en la puerta para llevarlos a Barajas y volar a la isla griega de Mykonos. Al revés que la norma, decidieron celebrar el enlace a su regreso sólo con un grupo reducido de los íntimos. Nada de contribuir al creciente negocio de los convites de boda.

Admitían que los gays masculinos son una subcultura con unos marcados rasgos diferenciales: gastronómicos (comida queer; las afirmaciones del libro de Simon Doonan Los gays no engordan son divertidas pero falsas), informáticos (prefieren los ordenadores Mac de Apple, una marca cool), sexuales (según ellos, sólo la mitad de los varones practica la penetración anal), muebles (les encantan los lacados, los biombos y las mesas pink market), la ropa de diseño trendy con simbología propia o los gimnasios fitness para repulir el tipo y lucir las prendas de moda (no siempre ceñidas).

En otra ocasión charlamos sobre del día del orgullo gay. Les dije que nunca había ido a verlo pero que me hacía una idea por los videos en las redes sociales y los documentales. Ellos habían estado el año pasado. Opiniones hay para los colores de la bandera arcoíris, dijeron, pero que a ellos, excepto las reivindicaciones en defensa de los derechos civiles y le solidaridad con las salidas del armario de políticos, famosos de la farándula y futbolistas, les parecía un desfile bastante chocarrero; en ocasiones de un erotismo pasado de rosca y un exhibicionismo que se acercaba a lo grotesco. Demasiados gritos obscenos y gestos de dudoso gusto. O la parafernalia de las carrozas kitsch. Un escandalazo, dije. Más o menos, aceptaron. Sergio insistió en el tema. Decididamente no me convence el término “colectivo”. Un colectivo es un agregado estadístico con una propiedad social que los agrupa aunque, en realidad, cada uno es, como se dice castizamente, “de su padre y de su madre". El término “colectivo” tiene en todo caso un significado abstracto; útil para la sociología pero inservible para el mundo de la vida. Como escribió en sus memorias aquel ilustre veneciano que fue Giacomo Casanova todo ser del que no se podía tener más que una idea abstracta sólo podía existir en abstracto. Sería como decir que Casanova perteneció al colectivo de los libertinos y el resto de su apasionante biografía pudiera ser resumida con ese estereotipo. Ni siquiera el colectivo homosexual (ellos y ellas) es homogéneo como prueba su compleja varianza, añadió Goyo.

Somos gays “convencionales”, me confesaron antes de marcharse a pasar las vacaciones de Pascua con sus familias. No hemos frecuentado los bares homo de Malasaña, ni siquiera antes de conocernos. Tenemos la certeza de que hay algo morboso y artificial en esos ambientes. Por cierto, ¿te parece la homosexualidad una práctica antinatural? Como me esperaba la pregunta trampa tenía preparada la respuesta. El problema reside, diserté, en definir el término “natural”. Es obvio que hay hombres y mujeres por asignación de cromosomas, pero de ahí no se sigue nada. No existe ningún estudio que relacione la homosexualidad con una base genética sólida. Investigadores de la Universidad de Harvard y el Massachusetts Institute of Technology (MIT) escanearon el genoma completo de casi medio millón de personas y se encontraron con que miles de variantes genéticas tenían relación con el quince por ciento del comportamiento homosexual. Lo cierto es que la mayoría de las conductas humanas no son naturales sino culturales. Antes nos referíamos a la compleja tipología homosexual. Todo parece indicar que la homosexualidad y sus variantes son meramente adquiridas. ¿Y qué? Cada cual escoge la sexualidad que más le gusta y, en mi opinión, ahí acaba la polémica. 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Las felicitaciones navideñas

 

Los que pertenecemos a una de las tres categorías de la tercera edad y respondemos que nos encontramos bien a condición de no entrar en más detalles… los viejos, decía, tenemos la prerrogativa de reavivar la memoria histórica de uno de los rituales más tradicionales del eterno retorno: las felicitaciones navideñas.

Una de las formas ancestrales, sobre todo en las capitales de provincia pequeñas, Soria, Segovia, Huesca, Teruel, Cuenca, Ávila, era la visita de cortesía a los amigos de toda la vida. Días antes de Nochebuena nuestros padres nos vestían de punta en blanco, compraban una caja de bombones en la pastelería de la calle principal y a media tarde nos presentábamos en casa de Don Jacinto y Doña Guadalupe. Los hermanos temíamos las dos horas de estatuas sedentes, las tediosas preguntas de Don Jacinto sacadas de una vetusta cartilla de urbanidad y al abrazo del oso rebosante de carmín y perfume de doña Lupe al llegar y al despedirnos. Mañana vienen los de Auñón, recordó nuestra madre.

A los familiares de otra ciudad los llamábamos con los teléfonos negros de baquelita y disco de marcado. Primero había que contactar con la central telefónica provincial y pedir una conferencia. Tras una demora, a veces de horas por las fechas, te avisaban de la central que la línea estaba disponible. Había que hablar con cronómetro porque el precio del minuto era de oro.

Otra forma de felicitación eran las postales con belenes luminosos, árboles nevados o la estrella de los Magos; las más elegantes con motivos en relieve. En el dorso ocupaba más espacio la firma de padres, hijos y abuelos que el texto. Muchas se entregaban en Marzo con las vacaciones de Pascua en ciernes por los retrasos acumulados del reparto.

Con internet el correo analógico fue sustituido por el digital con la misma iconografía navideña. Pero pronto la técnica evolucionó. Había sitios web especializados en crear efectos especiales para que el destinatario, tras pichar el enlace, se quedara atónito ante la octava maravilla de fuegos artificiales, cascadas y apariciones. Fascinados por el invento, tras cambiar nombres y direcciones los reenviaban a golpe de clic a un sinnúmero de allegados, incluidos en la base piramidal los conocidos de tercera y cuarta. Con la irresistible ascensión del efecto rebote surgió un nuevo paradigma felicitario: la mensajería instantánea. Hay numerosas aplicaciones de mensajería, Telegram, Messenger, Snapchat, etc. pero sin duda la más popular es WhatsApp.

El problema de los whatsapps es que diluyen cualquier relación de empatía, de añorar los viejos tiempos y del sano cotilleo. Desaparecen esos signos de complicidad únicos que comparten emisor y receptor. Los mensajes se fabrican en serie por autores anónimos, como los chistes semanales en las oficinas de los setenta; o se copian los que circulan a granel por las redes o los que proceden de los continuos reenvíos de parientes, amigos o conocidos que por alguna razón les parecen originales y los ponen de nuevo en el aire. El resultado es un aluvión de imágenes y vídeos, a menudo los mismos de los pelmazos que te felicitan una y otra vez a partir de los que les llegan y despachan al por mayor. Las matracas se multiplican si estás suscrito a grupos. Si optas por responder puedes dedicar la tarde a los tópicos, emoticonos y emojis industriales. Enviar un whatsapp se convierte en un fin en sí mismo. Lo que importa no eres tú, sino el dudoso ingenio del mensaje. Se convierte en el rollo que no cesa. Puedes estar desayunando en año nuevo con la familia y estar todos enganchados al smartphone. La mezcla de sonidos es delirante, los móviles echan humo de mano en mano (mira este, mira aquel, mira el otro) o se los mandan entre ellos mientras se enfría el café, se quema la tostada y la mantequilla se derrite. Sólo se oyen politonos y refritos musicales de la Guerra de las Galaxias o la Quinta de Beethoven. Siempre me acuerdo de aquella viñeta en la que se veía el típico bar de pueblo lleno de paisanos de torrezno y porrón con un cartel sobre la barra que anunciaba alto y claro: No tenemos wifi, hablen entre ustedes.

Se vive la ilusión de “estar conectados” cuando en realidad cada cual está en su casa consumiendo imágenes sin dueño, aunque sea obligado el acuse de recibo. Tienes que corresponderle con otra ocurrencia o comentar las excelencias del recién llegado. Si no los lees o los borras o no contestas te considerarán un tipo raro, asocial. Cuando te encuentras con tus acosadores te lo echan en cara antes de felicitarte el año. La única excusa es proclamar tu escasa afición a la telefonía celular. En estos días conviene llevar encima tu antiguo Nokia que sólo sirve para llamar y recibir llamadas. Lo muestras orgulloso y al menos te considerarán un fósil pero no un apestado. Pasadas las fiestas todo se olvida. Cuando te los vuelvas a encontrar les muestras el móvil nuevo que te han echado los Reyes ¿Qué tono de llamada le has puesto, te preguntarán los adictos? Llámame a ver qué te parece… Al instante suena un señor don gato cantando con voz estentórea el sonsonete de los niños de San Ildefonso: Todos los años lo mismo, no me ha tocao una m…

domingo, 16 de noviembre de 2025

La cuestión catalana

 

¿Independentistas o constitucionalistas? Dos interlocutores pueden sostener ideas contrarias, sobre un mismo tema y ambos tener razón. Se trata, en el fondo, de la teoría medieval de la doble verdad, una para la fe (Dios existe) y otra para la ciencia (Dios no es necesario), que defendió en el siglo XII el filósofo hispanoárabe Averroes: razón y fe no entran en conflicto irresoluble, sino que abordan la verdad desde perspectivas distintas; una trata de comprender el mundo desde el intelecto, otra de interpretar las verdades reveladas desde la experiencia religiosa. La teoría fue tolerada (o ignorada) hasta que el integrismo islámico se impuso en Al-Ándalus tras su conquista por los almohades. El ilustre filósofo fue desterrado cerca de Córdoba y sus obras prohibidas. Sólo su prestigio intelectual le libró de las mazmorras del califa.

Razón y fe, secesión o unidad. Desde el punto de vista de la lógica en ambos casos lo que se produce es una antinomia, es decir, un recorrido dialéctico cuya solución es que la tesis y la antítesis tienen la misma fuerza probatoria. Esta singularidad del pensamiento se tensiona en la denominada cuestión catalana: conclusión, la unidad indisoluble; conclusión, la independencia irrenunciable. 

Un maestro mallorquín de la lógica, Raimundo Llull, pertrechado con su Ars Magna, dictaría que el nudo gordiano se cierra al argumentar con las mismas pretensiones el constitucionalismo en defensa de la unidad de la nación y el independentismo a favor del derecho de Cataluña a convertirse en una nación soberana. Lo único que puede hacer la lógica, añadiría el maestro, es reunir y exponer los diez argumentos que conforman la antinomia catalana. El resto es ética y política en las que la lógica no entra.

Por un lado, la democracia debe ser el imperio de la ley: si no se aplica por igual a todos los ciudadanos de un Estado no hay democracia.

Por otro, la ley está al servicio de la democracia: es un instrumento que sirve para legitimar las decisiones mayoritarias de un territorio mediante la correspondiente consulta popular o referéndum. 

Por un lado, la decisión sobre la autodeterminación de Cataluña como Estado independiente corresponde a la totalidad del pueblo español.

Por otro, la decisión sobre la autodeterminación de Cataluña como Estado corresponde exclusivamente a los catalanes. 

Por un lado, en un referéndum de independencia sería precisa una mayoría cualificada de al menos dos tercios del cuerpo electoral para declararla válida.

Por otro, bastaría la mayoría simple. 

Por un lado, Cataluña es una nacionalidad histórica, junto con el País Vasco y Galicia, que debe tener un estatuto de autonomía con unas competencias identitarias siempre dentro del marco de la Constitución.

Por otro, Cataluña no es una autonomía sino una nación por razones culturales, económicas, sociales y lingüísticas.

Por un lado, el castellano el catalán son lenguas cooficiales que deben coexistir en igualdad de condiciones y reconocer que el bilingüismo es un privilegio y un valioso patrimonio cultural.

Por otro, el catalán es la lengua materna de los catalanes y el castellano un freno para la construcción de la identidad nacional de Cataluña. El uso de la lengua catalana debe ser general y obligatorio en todos los ámbitos de la vida social, las instituciones oficiales y, sobre todo, en los centros de educación de todos los niveles.   

Por un lado, sólo los tribunales de justicia españoles (incluidos los de Cataluña) son competentes en la aplicación de las leyes.

Por otro, Cataluña debería tener Tribunales Superiores de Justicia no dependientes ni subordinados a los correspondientes españoles. 

Por un lado, es imposible legalmente la integración de Cataluña en la Unión Europea porque, según las normas actuales, la incorporación de un nuevo miembro requiere la aprobación unánime de los miembros actuales. 

Por otro, Cataluña reúne todos los requisitos para integrarse como nuevo miembro en la Unión Europea, una entidad supranacional con capacidad jurídica para cambiar la norma y decidir positivamente sobre tal integración. 

Por un lado, las representaciones diplomáticas acreditadas en el extranjero, sean embajadas, consulados, misiones permanentes u oficinas de enlace solo corresponden al Estado español. Cualquier otro tipo de representación autonómica no tiene carácter oficial.

Por otro, el estatuto de autonomía catalán deberá incluir entre sus competencias identitarias el establecimiento de relaciones diplomáticas oficiales con los países y entidades supranacionales que La Generalitat considere oportunas. 

Por un lado, en cualquier competición deportiva internacional, incluidas las Olimpíadas, la representación oficial corresponde exclusivamente a la nación española.

Por otro, Cataluña debe tener sus propias representaciones deportivas independientes de las españolas, por ejemplo, una selección de fútbol reconocida por la FIFA y la UEFA o un equipo olímpico o delegación reconocida por el C.O.I.          

Por un lado, el derecho de autodeterminación se aplica exclusivamente a la descolonización de un territorio.

Por otro, el derecho de autodeterminación es universal.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Representación

 


La ideología política de los partidos en una democracia representativa se ha convertido en doctrina. La ideología deviene una totalidad de significado hermética en la que los hechos se encajan a martillazos. Es justo lo contrario de lo que debiera ser: una reflexión constituyente sobre ideas fundadas. Recuerda a los astrónomos jesuitas que se negaban a mirar por el telescopio para soslayar los descubrimientos de Galileo contrarios a la cosmovisión aristotélica. La política se convierte en un dogma que hay que preservar contra viento y marea (y es más que una frase hecha). Las ocurrencias más inverosímiles, las mentiras más flagrantes son presentadas por la teología política como epifanías. Cuando la ideología renuncia a la crítica tal y como la entiende Kant se transforma en apología, refractaria incluso al sentido común. Lo que acontece en la sociedad civil se deduce al modo de la ética de Spinoza mediante axiomas, demostraciones y corolarios autosuficientes. Y si los acontecimientos los desmienten, peor para ellos, siempre existen formas consagradas de rectificarlos en función de lo que cada partido entiende por bien común según las circunstancias.

En las sesiones parlamentarias el diálogo se transforma en discusión y la discusión en gresca, un remedo patético de la lucha hegeliana de las autoconciencias. La diferencia radical con Hegel es que ahora todo lo irracional es real. En el partidismo no existe un lenguaje observacional común que permita confrontar los argumentos. La clase política se ha convertido en el coro de grillos que cantan a la luna; el Parlamento en una caja de resonancia de discursos paralelos o incompatibles.

El Moi commun de Rousseau construido mediante el derecho al voto responsable suena a retórica gastada. Lo cierto es que cada cuatro años cumplimos con el rito de expresar en las urnas nuestros resentimientos y esperar otros cuatro mientras los partidos disponen a su antojo de la voluntad general. Es preferible la democracia porque nos permite bajar al quiosco de la esquina y comprar el periódico que queremos. Mejor el coro de grillos que cantan a la luna que la bota del soldado desconocido. Por lo demás, resulta lúcida la definición que hizo Marx del voto: Un comentario sentimental y extenuante a los logros de la etapa anterior de poder.

Sabemos desde Maquiavelo que la política tiene un único principio: obtener, mantener y extender el poder. También sabemos que la política no tiene que ver con la ética ni tampoco con la lógica: se puede decir una cosa cuando gobiernas y la contraria en la oposición o insultar al adversario por lo que hay debajo de su alfombra aunque tú seas un duplicado o caer en las contradicciones más confusas porque lo exige la dirección del partido.

Inversamente, la alta política desde Pericles hasta Lincoln se ha basado en el perspectivismo. Un diputado perspicaz debería ser capaz de descubrir diez certezas, diez errores y diez dudas en la misma afirmación. La verdad política es la síntesis racional de las treinta caras de un prisma. Esta unidad de los contrarios impuesta a la historia por el talento de algunos estadistas es lo contrario de las disyunciones excluyentes y la negación de la evidencia que enturbian el arco parlamentario. Enlodamos el caudal de lo posible para adaptarlo al pensamiento único. Los consejeros, esa legión de ideólogos disfrazados de expertos que asesoran a los partidos, controlan los parámetros que influyen decisivamente en los procesos electorales. La inteligencia artificial es lo único que faltaba para el desarrollo de esta perversa ingeniería social. Su función consiste en "direccionar los condicionantes para optimizar el impacto" (sic). Habría que cambiar el sentido del término “representativa” en una democracia puesto que quienes realmente detentan el poder son los poderes fácticos, los poderes universales de los mercados, las tecnológicas y la industria militar y el resto es una mera puesta en escena del concepto de ciudadanía. Cuando el Presidente del gobierno alardea de que la economía española “está que se sale” y es la mejor del mundo según The Economist, es obligado preguntarse a qué economía se refiere.