miércoles, 29 de abril de 2026

¿Sabemos qué es la inteligencia?

 

Utilizamos con frecuencia el término “inteligencia”. ¿Pero conocemos su significado preciso? Wittgenstein propone en las Investigaciones filosóficas que el significado de un término consiste en su uso en el contexto lingüístico apropiado. Un hablante con una competencia comunicativa normal lo entenderá sin dificultad. En realidad, no podemos asignar un sentido fijo a un término ya que varía según el contexto. Y puesto que el lenguaje natural está bien hecho no debemos violentar el uso correcto que la gramática establece para cada entorno o situación. Se trata de un criterio de significado de carácter pragmático.  

Pero si aceptamos tal criterio la pregunta es: ¿Cómo debemos usar el término inteligencia en un contexto científico? En tal caso la gramática contextual sirve de poco porque hay que definir desde la nada el significado. El contexto es el marco teórico donde se funda el término. Una ardua historia de dualismos, potencias del alma y entendimientos agentes y pacientes que pasamos por alto hasta la edad contemporánea.

A finales del siglo XIX, Francis Galton en su obra El genio heredado (1869) consideró a la inteligencia una capacidad innata o “potencia mental” de origen biológico resultado de la herencia genética o resultado único de la recombinación de genes. Suponía además que uno era listo o tonto durante toda la vida; su caletre no empeoraría por más que se dedicara a perder el tiempo en minucias ni mejoraría aunque se entrenara a diario en abstrusos laberintos. Finalmente, Galton daba por hecho que la inteligencia era una facultad unitaria, es decir, se manifestaba siempre en cualquier conducta o situación. Cuesta no ser escéptico: todos demostramos en ocasiones oficio y maneras, pero en otras, ¡ay! por qué negarlo, bordeamos o estamos fuera de la normalidad. Podría citar a numerosos políticos cuya inteligencia social es equivalente a la de la horda de homínidos enfrentados por la hegemonía territorial.

La escuela multifactorialista norteamericana, encabezada por Louis L. Thurstone, criticó la concepción unitaria de la inteligencia. Negó la existencia de un factor general (el controvertido factor G) al que se supeditan el resto de las capacidades intelectuales. Fragmentó la inteligencia en un conjunto de habilidades o factores primarios y secundarios relacionados con las actividades mentales (percepción, memoria, aprendizaje, lenguaje, razonamiento), lo cual transforma el concepto en un excesivo despliegue de aptitudes relacionadas con la totalidad del psiquismo. El que mucho abarca poco aprieta. En los sesenta, J.P. Guilford, afinador de la teoría multifactorialista, propone un inextricable modelo que incluye ciento veinte aptitudes distintas que operan de forma específica. Un desparrame imposible de controlar experimentalmente.

La psicología diferencial, exigente con el rigor matemático, define la inteligencia “como la escala numérica que miden los test”. Actualmente hay más de cincuenta test de inteligencia que se utilizan para determinar el denominado Cociente Intelectual (CI). Se utilizan en los sectores más diversos: orientación pedagógica, selección de personal, aptitudes para el deporte, diagnósticos clínicos... El problema es si los test psicométricos miden sólo la inteligencia o más bien otras variables asociadas: la clase social del sujeto, los medios de que ha dispuesto para su formación, la socialización que ha interiorizado, el sistema de interacción que desempeña o las oportunidades que ha tenido durante su vida… En resumen, los instrumentos que se utilizan para medir la inteligencia están contaminados por el estatus y la cultura.

La psicología cognitiva, propensa al fárrago, complica también el problema y define la inteligencia, a imagen y semejanza de las computadoras, como “procesamiento simbólico de la información”. La inteligencia está conformada según este modelo por la interacción (término que evoca la noche en que todos los gatos son pardos) de elementos componenciales (recursos intelectuales), experienciales (pensamiento divergente), contextuales (adaptación y modificación de entorno) emocionales (control, motivación y autoconocimiento). ¡Que los zurzan por pelmazos y envolvernos con tediosos malabarismos verbales!

Terminamos el recorrido con la "teoría de las inteligencias múltiples" del insigne psicólogo de Harvard Howard Gardner. Enumera ocho tipos de inteligencia independientes: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, psicomotriz, intrapersonal, interpersonal y naturalista. Sin entrar en más detalles sobre este notable proyecto, se me ocurren otros ocho tipos tan dignos de ser tenidos en cuenta como los anteriores: lectora, erótica, humorística, pecuniaria, estética, filantrópica, deportiva y ociosa.

Este aluvión de especulaciones teóricas complican más que clarifican lo que entendemos por inteligencia. Lo cierto es que no hay una distancia epistemológica apreciable entre las humanidades y las ciencias humanas por más que estas últimas traten de convencernos con espesos argumentos metodológicos de su condición de tales. Es más, sus conjeturas están más cerca del plomizo ensayo filosófico que de la investigación científica.

Si preguntamos a la inteligencia artificial qué es la inteligencia natural compone un refrito de las teorías anteriores (se alimenta de internet) y finaliza: En resumen, la inteligencia es una capacidad integral que nos permite sobrevivir, interactuar y prosperar en el entorno. Muchos personajes del ancho mundo se permiten las tres características y no los calificamos de inteligentes sino de… y aquí caben otros adjetivos más gruesos.

Conclusión: ¿Qué demonios es la inteligencia? Inteligentes son por este orden Sherlock Holmes, el Padre Brown y Hércules Poirot. Y de ahí no nos moverán.

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