viernes, 15 de marzo de 2013

Corrupción y votos


Me preguntan algunos de mis alumnos en las redes sociales por qué en Italia, España y otros países latinos (sobre todo) la corrupción política no pasa factura electoral a los que la practican. Es un tema de sociología política. Si se desea tener una opinión más ajustada (no digo “empírica” porque las ciencias sociales no son ciencias) habría que preguntar a un profesional.

Para mí hay tres causas:

En primer lugar: a estas alturas nadie duda de que quién controla realmente el poder no son los políticos sino el capital financiero. La socialdemocracia (el centro izquierda) ha desaparecido del mapa de la “Europa de los ciudadanos” y los únicos partidos “que tienen credibilidad” para el público son los conservadores, la derecha, o sea, los gestores de los intereses de los bancos: gobiernan porque hacen lo que cumple a los mercados y no hay más cera que la que arde. Por eso los ciudadanos, sabedores de la trama, votan a la derecha; para que los poderosos escuchen a sus mensajeros vigilados y se dignen promover puestos de trabajo en condiciones leoninas. Lo que cuenta primero es comer, después pensar.

La segunda causa es, a mi juicio, aun más perversa. El problema no es que los políticos se pierdan por dinero (ya lo sabemos), sino más bien si eso importa o no a la gente. Es evidente, por encuestas y elecciones, que no les afecta mucho. La mayoría chincha y rabia, incluso se manifiesta, pero al final vota a los representantes del dinero. Ahora (tras voltear el argumento) lo que cuenta no es comer sino pensar. Una gran parte de la población ha sido contaminada por el pensamiento único. La ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Demasiados votantes están de acuerdo con las prácticas inmorales e ilegales de los políticos. El delincuente de cuello blanco que alcanza fama y dinero se convierte en referente social: “Es normal forrarte si puedes, lo malo es que a veces se pasan de rosca y los pillan”. Ese es el error y no el saqueo; la solución es robar con prudencia para que nadie se dé cuenta: “¿Lo normal es mirar por tus intereses, no?".

Mostraré la tercera causa mediante un fragmento (breve reflexión sobre el concepto de ciudadanía) de la espléndida novela de John Irving Oración por Owen, escrita en 1989. Ha llovido mucho, pero tras cambiar lo que haya que cambiar, acierta. Nuevo argumento: sólo hay que pensar en lo que comemos, lo demás no cuenta.
(Las frases en mayúsculas son del original).   

Owen solía decir que lo más preocupante del movimiento pacifista –contra la guerra de Vietnam- era que, sospechaba, muchos de los manifestantes estaban motivados por interese personales; pensaba que si no hubiese estado en juego el reclutamiento obligatorio en la cuestión de la guerra habría habido muy pocas protestas.
Fíjate en los Estados Unidos hoy, decía: ¿reclutan a jóvenes estadounidenses para luchar en Nicaragua a favor de la contra? No, todavía no. ¿Se sientes agraviadas las masas de jóvenes estadounidenses por la superchería y la falacia de la Administración Reagan? Apenas se oye un murmullo.
Sé lo que diría de esto Owen Meany; sé lo que dijo… y sigue siendo válido.
- LA ÚNICA MANERA DE LOGRAR QUE LOS ESTADOUNIDENSES SE ENTEREN DE ALGO ES GRAVARLOS CON IMPUESTOS, RECLUTARLOS O MATARLOS –dijo Owen… un día que Hester propuso la abolición del alistamiento-. SI ELIMINAS EL RECLUTAMIENTO OBLIGATORIO, A LA MAYORÍA DE LOS ESTADOUNDENSES DEJARÁ DE IMPORTARLES LO QUE ESTAMOS HACIENDO EN OTRAS PARTES DEL MUNDO. 

lunes, 11 de marzo de 2013

Los símbolos en el arte


Todo lo perecedero es sólo un símbolo.
Goethe, Fausto

El hombre es un animal simbólico. El lenguaje humano es un sistema de símbolos arbitrarios que se proyectan en la cultura, una constelación de códigos que pueden ser traducidos finalmente a cadenas de palabras. Un ejemplo sencillo es el código de circulación; un ejemplo intermedio, el lenguaje gestual; un ejemplo complejo, los algoritmos matemáticos; un ejemplo muy complejo, los sueños; un ejemplo indescifrable, el lenguaje de los bosques (Théodore Rousseau, el pintor). La cultura material y no material está plagada de rasgos simbólicos: el infierno, una paloma, la hoz y el martillo, un coche de gama alta, una bata blanca, un corte de mangas.

Por supuesto, el simbolismo es una característica esencial del arte. Dos ejemplos.

Es famoso el uso de metáforas en el film Octubre (1928) de Sergei Eisenstein, basado en el libro Diez días que conmovieron al mundo de John Reed y una de las cumbres del cine. En una secuencia yuxtapone a Aleksandr Kerensky (primer ministro del gobierno provisional derrocado por la revolución bolchevique) con la imagen de un pavo real mecánico. La cabeza y la cola abierta del autómata se mezclan con los andares presuntuosos de Kerensky por el Palacio de Invierno. En otra secuencia, la fuerza revolucionaria del mitin de Lenin al proletariado tras su llegada a la Estación Finlandia en Petrogrado está simbolizada por los brazos solidarios que tiran de las cuerdas de la estatua del Zar hasta que la derriban y se hace pedazos contra el suelo. La contrapartida a esta escena vibrante es la comparación del discurso vacío de un dirigente menchevique en la asamblea popular con la melodía meliflua de las arpas. El general Korni­lov es representado por una estatua ecuestre de piedra, pesada, inmóvil, inútil. El montaje con fines didácticos (con el elevado riesgo de caer en los consabidos ataques de vacuidad) es transformado por el realizador ruso en un recurso eficaz y convincente. Las imágenes se presentan de tal modo que la comparación entre los elementos visuales promueva en el espectador intuiciones y reflexiones de carácter descriptivo, emocional o crítico.  

La Tour Eiffel es una estructura de hierro de 300 metros de altura construida por el ingeniero francés Gustave Eiffel para la Exposición Universal de 1889 en París. Es un símbolo global del positivismo científico y de las ideologías cientificistas que dominaron la segunda mitad del siglo XIX. Fue precisamente esta confianza ilimitada en la ciencia lo que dio origen a las exposiciones universales. La gran torre representa la culminación de la filosofía de Auguste Comte y es un manifiesto forjado en metal contra la especulación metafísica; inversamente, una defensa del método científico como la auténtica razón teórica y práctica de la humanidad. El símbolo supone la encarnación arquitectónica de los ideales laicos y progresistas de la burguesía francesa y un homenaje a los logros de la revolución industrial iniciada en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XVIII. La Tour Eiffel es un símbolo exacto del maquinismo y de la producción industrial en cadena: una máquina abstracta de proporciones colosales fabricada con dos millones y medio de remaches, planchas de hierro y ensamblajes. No es de extrañar que la izquierda socialista, los intelectuales y los poetas maudits rechazaran el proyecto. Uno los escritores más beligerantes fue Guy de Maupassant (1850-1893). Dijo de ella: … pirámide alta y flaca de escalas de hierro; esqueleto gigante falto de gracia, cuya base parece hecha para llevar un monumento formidable de Cíclopes; aborto de un ridículo y delgado perfil de chimenea de fábrica. No obstante, almorzaba a diario en el restaurante de la torre. Sorprendido en la mesa, un periodista le preguntó si no le parecía paradójica su costumbre. Tras una larga mirada a la capital del mundo, Maupassant le respondió: en absoluto, es el único sitio de París desde donde no se ve.

sábado, 2 de marzo de 2013

Así hacen todas


“Decepción” es la palabra tras la representación de Così fan tutte, ossia La scuola degli manti de W.A. Mozart en el Teatro Real de Madrid. Mucha expectación y resultados dudosos, en mi opinión, que al terminar me recordaron la vieja anécdota de la feria taurina de provincias.
- ¿Dónde vais tan decididos? (cabeza alta, gesto enérgico, júbilo en el rostro)
-¡A los toros!
- ¿De dónde venís tan resentidos? (andares pesados, caras de palo, gestos de enojo).
- De los toros…

El libreto ha sido copiado una y mil veces por las mejores comedias y óperas de enredo. La música de Mozart está a la altura de las obras maestras compartidas con Lorenzo de Da ponte, Don Giovanni y Les nozzes di Figaro, tres creaciones "más allá de nuestras cabezas", incluidas las composiciones de Wagner. Se trata de un Dramma giocoso en dos actos que en las grandes representaciones complace al público con la espontaneidad del humor italiano, mientras que en el Real apenas arrancó sonrisas huérfanas. 
El argumento es genial: dos oficiales del ejército, Ferrando y Guglielmo, están locamente enamorados de sus damas, Dorabella y Fiordiligi, hermanas, que les corresponden con igual exageración. Un amigo común, don Alfonso, entrado en años y prudente filósofo, les advierte de la afectación de sus transportes mutuos y, tras las protestas ruidosas de los amigos, les apuesta una importante suma a que les puede demostrar en muy poco tiempo la infidelidad de sus diosas… si ellos se prestan al juego. Pero no les cuento más.
La acción se ha situado en la época actual. Primer desacierto: la ópera aguanta mal la traslación. Tiene sentido en el marco de la vida galante del siglo XVIII, incluidos los peinados, los abanicos y los escotes, pero hoy no funciona porque las bellas y sus devaneos han cambiado de forma y fondo. Se intenta modernizar la trama añadiendo escenas de “sexo explícito”. Por ejemplo, resulta absurda la relación culpable entre Don Alfonso y Despina, la camarera de las hermanas, inexistente en el libreto. Tras las ardientes escenas de seducción, las parejas se meten en la cama a la carrera, mientras que en el original todo está más sugerido, más diferido, más erótico.
La escenografía de Michael Haneke, director cinematográfico de moda, anunciada con salvas, resulta ser un espacio único que dura los dos actos: un salón convencional de la clase alta con sofá alargado y estantería que comunica con un jardín vagamente neoclásico por una larga puerta corrediza y cortina que los actores abren y cierran continuamente para cambiar de cuadro. La obra, siempre desde las versiones de referencia, precisa más bien lo contrario: una variedad de entornos acordes con el desarrollo dramático de la acción que permita potenciar al máximo el trasiego de las intrigas y la fuerza musical. Un escenario giratorio hubiera sido perfecto. Por eso las versiones cinematográficas de Così fan tutte funcionan bien, como la versión de Nikolaus Harnoncourt-Jean Pierre Ponnelle.
El director paraliza el ritmo vibrante de la ópera con demasiados intervalos vacíos. El tempo musical es lento, con poca sangre en el foso y los intérpretes, ambos correctos pero sin levantar pasiones. No parece, como decía un crítico musical madrileño, una ópera Mozart-Da Ponte. Al final, la reacción cortés del público que en ningún momento se entregó a la obra. 
El planteamiento conjunto de la dirección musical (Sylvain Cambrelling) y escénica (Michael Haneke) apuntan a una “reveladora modernidad de esta ópera”, a su “inquietante ambigüedad”, a “un sutil juego de emociones que están más allá de las convenciones de su tiempo”. Para mí son los signos inequívocos del fárrago. Così fan tutte no está escrita para suscitar reflexiones profundas, símbolos ocultos o visiones del hombre; está hecha para gozar estéticamente y no admite metalenguajes ni símbolos latentes.
Cada vez desconfío más (confieso mi conservadurismo) del “talento único” del escenógrafo o del directos musical que ofrecen la consabida versión novedosa de un clásico. Un caso excepcional es la tetralogía wagneriana de Boulez-Chéreau. Aquí, las innovaciones surgen de la fidelidad al libreto, de los consejos del compositor y de la gran tradición wagneriana del Festival de Bayreuth…

viernes, 22 de febrero de 2013

Instintos básicos


Muchas de nuestras conductas responden a pautas zoológicas. ¿Recuerdan el libro de Desmond Morris, El mono desnudo? Divertido pero poco científico, según los etólogos.

Repasemos diversas conductas cuyo fundamento son los instintos básicos que la cultura se encarga de modificar, adaptar, reprimir, convertir en energía socialmente útil (hasta aquí el psicoanálisis de Freud es verdadero, el resto es falso). Nos referimos a instintos como la nutrición, la sexualidad, la filiación, la agresividad o la sociabilidad. Llamo a tales conductas “atávicas”.

Los profesores observan con frecuencia actitudes atávicas en los adolescentes. Los machos jóvenes, en pleno desarrollo hormonal, no cesan de darse empujones, topetazos y collejas. Son conductas anticipatorias. Ellas, por su parte, aunque disimulan, observan a los contendientes para afinar las estrategias de discriminación sobre cuál será el mejor candidato a recibir sus favores y trasmitir a la prole los genes más viables. Por supuesto, las hembras eligen.

Ligar es una conducta atávica. Ocurre que la especie humana ha perdido durante la antropogénesis el período de celo. El dominio del medio ambiente hace innecesario que los hijos nazcan en una época del año. Por eso estamos siempre en celo. Competimos por las hembras en cualquier situación. Pero no hace falta que los machos se desafíen en combates rituales chocando las cuernas. El polifacetismo de la especie humana y la debilitación de las pautas innatas permiten el acceso de los más aptos a las hembras y también de los demás. ¡Hay muchas formas de burlar a los mejor dotados!

La agresividad, resultado de la competencia por el sexo, el alimento o el territorio, debe ser compensada mediante reglas recíprocas de reconocimiento entre vencedor y vencido. Tales reglas proceden de los patrones intraespecíficos de cada especie y sirven para evitar que los individuos enfrentados acaben muertos o heridos de consideración…  La moralidad humana tiene su origen en estos patrones. También el derecho. Aunque la especie humana es la única capaz de olvidarlos y sumirse en el abismo de la violencia contra sus semejantes. 

Hay especies, como las cigüeñas, que son monógamas. Pero no es el caso de los grandes simios ni los primates; tampoco del hombre. Las relaciones promiscuas son lo natural y la monogamia una elección cultural. Por cierto, las relaciones homosexuales entre machos -jóvenes o viejos- excluidos de las hembras es algo habitual en la mayoría de las especies. Se sabe que en las especies superiores los machos practican la homosexualidad por placer, juego o diversión. 

Cuando la mujer se queda embarazada se dan en la pareja conductas atávicas de anidamiento. Cualquiera que haya tenido hermanos menores ha podido comprobarlo: tres meses antes de que nazca, los padres se dedican frenéticamente a preparar la habitación del neonato, incluso la casa entera: redistribución y compra de muebles, la cuna, alfombras nuevas, cortinas a la tintorería, despensa bien aparejada, armarios ordenados, puesta a punto de los electrodomésticos… Los celos del hermano ante lo que se avecina están plenamente justificados: supone compartir espacio y afectos.

También son atávicas las pautas de apego a la madre. Cuando mi hija tenía seis meses solicité horario de tarde en mi centro para quedarme con la niña; así mi mujer podía trabajar por la mañana. En teoría hacía lo mismo que ella: biberones, pañales, mecerla, jugar… No es tan complejo. Al atardecer estaba inconsolable; pero en cuanto oía la puerta y presentía a su madre, se tranquilizaba en el acto. Un milagro de la naturaleza.

El predominio de la madre en la crianza de los hijos es un hecho biológico que se da en casi todas las especies. Otra cosa es que por razones de progreso social se equilibren los papeles parentales en el desempeño de roles. La naturaleza es una cosa y la cultura otra. Son caminos a veces convergentes, a veces divergentes y otras paralelos. El problema es mezclarlos de forma inadecuada para sacar conclusiones ideológicas desde la naturaleza a la cultura y viceversa. Por ejemplo: está comprobado científicamente que la morfología del cerebro de la mujer es distinta al del hombre, pero de ahí no se sigue nada.          

La prematuridad del ser humano (que no alcanza la madurez reproductora hasta los doce años) propicia los patrones de sobreprotección familiar; por eso, en ocasiones, los hijos experimentan en la familia una regresión a etapas previas de su desarrollo emocional (también en la escuela). Aunque a cierta edad, incluso en la absorbente familia latina, los padres empujan suavemente a los hijos fuera del nido para que busquen un nuevo territorio.

Para acabar, el instinto de sociabilidad es la base biológica de la mayoría de nuestras costumbres. Las formas de agrupamiento son muchas y se renuevan constantemente. Como las redes sociales, una de las formas más sofisticadas de interacción social.

viernes, 8 de febrero de 2013

Walt Disney, el perfecto americano


Asistí a primeros de Febrero en el Teatro Real al estreno mundial (nada menos) de la ópera de Philip Glass (1937) The Perfect Americain, basada en la novela Der Köning von Amerika, de Peter Stephan Jungk. Una biografía crítica de Walt Disney. 

La ópera presenta el conocido lado oscuro del personaje, parafraseado el título de un excelente álbum de Pink Floyd publicado en los años setenta. Desfila por el escenario un Disney ególatra, despótico, reaccionario, misógino, racista (no consintió que ningún hombre negro trabajara en su empresa), delator, superficial e infeliz. Dicho en tono menor, pues a partir de cierto ras, los servicios jurídicos del imperio se podrían dar por aludidos. 
Como la ópera es un género de ficción, hubiera preferido que el autor se inventara un retrato imaginario lleno de azares, malevolencia y hallazgos desternillantes, al estilo de las novelas de John Irving. (Por cierto, ¿sabían que Disney fumaba como dos y empinaba el codo como cuatro?). No me gustó: me pareció algo intermedio entre el musical aburrido y la ópera pop culta. La escenografía,  a tono con la música, admite por esta vez el minimalismo sin que se noten las miserias de la crisis: espacios vacíos, juegos de luces y drapeados (con telas, velos o estores) que acaban por fatigar al espectador. Los solistas estiran el recitativo y el canto silábico hasta el infinito. Nadie se arranca con una melodía (por caridad). Sólo los coros (que siempre son brillantes) y las toses crónicas impiden que dobles la cabeza. La nutrida orquesta, al revés, es una constelación pulsante de ritmos marcados, sincopados, atonales, disonantes, superpuestos... el llamado “minimalismo americano” que hunde sus raíces en el rock y otras tradiciones populares.

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Nunca sabremos cómo fue realmente Disney. Lo anuncia el libreto por boca del protagonista:

Últimamente he tenido la sensación de que mi nombre no es mío. Que pertenece a la empresa. Dime Blancanieves [su enfermera y amante], ¿Yo soy yo, o soy una firma comercial?

Disney fue víctima de lo que los sociólogos llaman “rol dominante”. Su personalidad estaba al servicio de la fábrica. Sus hábitos eran un producto de mercadotecnia. Incluso el mito de la infancia perdida en Marceline, su aldea natal en Missouri, rebosante de trenes, granjas y paisajes de verdura, tiene el sabor gastado del reclamo comercial. La última leyenda urbana sobre Disney fue su deseo de ser “criogenizado” antes de morir y descongelado como una merluza (como el contrabandista Han Solo en la Guerra de las Galaxias, cuyos derechos ha adquirido este año Walt Disney Company) cuando su enfermedad tuviera curación. Gemía que lo mejor de su trabajo estaba por llegar, que necesitaba quince años, pero con un cáncer de pulmón fue pedir demasiado. Acabó en el crematorio como todo el mundo. Pero su mesianismo empresarial trufado de ideales patrióticos vendía y eso es lo que cuenta. Tuvo el síndrome de interrogación (¿?) que contraen muchas estrellas de la industria cultural americana (por ejemplo, Marilyn Monroe): una mañana se miran al espejo y no saben quiénes son. Incapaces de reinventarse a sí mismos, se convierten en un montón de circunstancias sin un yo que las soporte; en víctimas de un vaciado vital en el que sólo queda el molde hueco que se muestra en las carátulas.

Disney fue un empresario genial cuya primera decisión acertada fue asociarse de manera asimétrica (mandaba él) con su hermano Roy. Su único socio le fue fiel hasta el final y más allá. Walt tenía ideas. Sabemos que se involucraba al máximo en cada proyecto; que rehacía hasta la consunción cada  fotograma; que supervisaba mil veces el obstáculo más nimio y no daba un paso sin desvelar el enigma. Se rodeó del mejor equipo técnico del momento. Pagaba bien al que mejor servía. Trabajaba quince horas diarias incluidos sábados y domingos. No hizo amigos entre sus asesores, tampoco entre los dibujantes, menos entre los braceros; pero nadie se llamaba a engaño: la primera condición era que no quería listas de famosos al final de la cinta. “Todos por la causa” era su lema; el público debía reconocer el sello de la casa y no fijarse en nombres y apellidos. Sólo al final se dio luz verde a los créditos. Despedía sin contemplaciones a quien sacaba la cabeza. También a los que sugerían mejoras laborales. Trabajar en la firma era un privilegio y la reivindicación un insulto. Esto no le privó en 1941 de una huelga organizada por el sindicato de animación ante la que tuvo que ceder y conceder. Si encontraba alguien mejor lo compraba y soltaba lastre sin más explicaciones. (Comparado con los empresarios actuales era un padre bondadoso).

La tecnología de animación de la factoría Disney siempre ha sido la mejor. Nadie en su sano juicio cuestiona esta verdad. Es sabido que el gran Sergei Eisenstein, tras su visita a Hollywood en los años 40, (cito) “Alabó a Disney como un renovador del pensamiento primitivo, pre-lógico, folclórico y mitológico”. El director ruso flipaba en colores.
En mi niñez, sin ser un fanático, no me perdí ninguna de sus películas en pantalla grande (costumbre que he mantenido). Las cinco que más me gustan son Peter Pan, Pinocho, La bella durmiente, La bella y la bestia y El rey león. Compré a mis hijos casi todas en formato VHS; las tengo en un cajón subido al altillo sin que sirvan para nada. Dudo que se las regale a mis nietos (igual me las compran ellos a mí durante mi segunda niñez en el asilo). Prestadas en soporte DVD, las he utilizado para aprender francés. Nunca hemos visitado Disneylandia, en primer lugar porque no me convencía la relación calidad-precio. En mi caso tendrían que pagarme para ir. Tampoco mis hijos mostraron un interés especial (víctimas del medio ambiente familiar). Me parece un paraíso del kitsch poco apetecible, extenuante, aburrido incluso para niños normales. Además me deprimen los pobres currantes disfrazados de Mickey Mouse.

El mundo de Disney se sostiene sobre dos pilares ideológicos: un naturalismo ético a la americana y un platonismo de segunda mano.
Se trata, por un lado, de una moral generalista destilada de los valores más convencionales de la sociedad americana que Disney extiende al género humano. El “primer principio” de esta ley natural puede resumirse en una frase de La Bella durmiente (tras la derrota de la malvada hechicera): vuela rauda espada de la verdad y cumple tu destino, que el mal perezca y el bien prevalezca.
Son tramas de fácil digestión donde nada nuevo se descubre ni nada viejo se cuestiona; siempre está muy claro quiénes son los buenos y los malos. Gruesos principios de amplio espectro cuya finalidad es conseguir la mayor felicidad para el mayor número y mostrar que las cosas son lo que parecen, los dos núcleos fundacionales del “sano empirismo” anglosajón.
Disney crea además una constelación de arquetipos sacados del inconsciente colectivo de la gran nación americana. El filósofo Jean Baudrillard lo resumió en un dicho: Disneylandia es la realidad y Estados Unidos la copia. La sociedad imita al arte. Los europeos contemplamos a los héroes de Disney con distancia. Nos divierten pero nos sentimos extraños a su idiosincrasia. Su sustancia nos resbala por la piel. Disneyland-París es una contradicción en los términos, de ahí su fracaso. Parecido a la semana de Pakistán en el Corte Inglés: todo resulta postizo aunque no lo sea.

Los personajes de Disney describen procesiones circulares en la eternidad del cosmos, mientras los mismos protagonistas desfilan cada cuatro horas en los parques temáticos.  
Peter Pan simboliza el mundo mágico de la infancia (menudo infundio). Pinocho, el valor de la amistad; Blancanieves, la división técnica del trabajo; La cenicienta, la movilidad como motor social; Bamby, la universalidad de la familia; La bella durmiente, la existencia irrefutable del mal; La bella y la bestia, la dualidad cuerpo-alma; El rey león, el principio de jerarquía política…

Actualmente Walt Disney Company mueve un negocio anual de más de treinta mil millones de dólares.    

lunes, 28 de enero de 2013

Diccionario filosófico. Sentidos


Cuando hablamos de los sentidos nos referimos a los órganos y modalidades del conocimiento sensible. La gran tradición filosófica ha insistido en la separación entre conocimiento sensible e intelectual. Sin embargo, se trata de una falsa oposición: grados del saber (Platón), etapas del proceso abstractivo (Aristóteles), pensamiento y corporalidad (Descartes), facultades del conocimiento (Kant) o momentos del espíritu (Hegel). Hoy sabemos que el conocimiento humano constituye una unidad integrada en la que no es posible sostener escisiones. No es válida la máxima escolástica de que "nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos". Más bien hay que subrayar el papel predominante del pensamiento sobre la sensación. En realidad, sería al revés: nada hay en los sentidos que no haya estado antes en el entendimiento.


Hay cuatro grandes formas del conocimiento sensible: la percepción, propia de la psicología; la observación, de la ciencia; la sensibilidad, de la estética y la sensualidad, de la ética.


La percepción es un proceso constructivo por el que organizamos de forma activa las sensaciones y conocemos objetos o situaciones. Pero sin un contexto previo de carácter lingüístico y cultural no tendríamos percepciones. Un cazador esquimal de Alaska percibe más de treinta tipos de nieve, mientras que nosotros, urbanitas, solo conocemos uno; pero si le invitásemos a visitar Madrid vería (oiría, olería, tocaría, gustaría) muy poco, en ciertos lugares nada. Las percepciones simples como el color rojo, el aroma fragante, el sonido agudo, el sabor agrio, la textura suave, son elaborados patrones culturales. Lo negro –dice Lévy Bruhl- se nombra entre los nativos polinesios según los objetos de los que se obtiene el color o bien comparando un objeto negro con otros. Sólo existen los cuervos, los cocos carbonizados, el barro negro de los pantanos o el color de la resina quemada. A modo de comparación: El mundo percibido por cada especie animal (el topo, el delfín, el búho, la serpiente) es único y depende del programa genético que ha consolidado a lo largo de la filogénesis. Las señales físico-químicas que detectan los sensores de las máquinas están predeterminadas por los diseños tecnológicos de la ingeniería de sistemas.


La observación científica consiste en la selección de los datos empíricos que consideramos relevantes para la solución de un problema. Pero no hay datos sin un marco teórico de referencia. Los sueños no designan lo mismo para el psicoanálisis, la psicofisiología, el conductismo o la psicología cognitiva. Sólo somos capaces de observar aquellos fenómenos que un marco permite reconocer: la física aristotélica sólo veía cuerpos ligeros con movimiento ascendente y cuerpos pesados con movimiento descendente. La sociología funcionalista norteamericana describe una sociedad incompatible con la que describe la sociología marxista. Lo mismo ocurre con el mundo de la física clásica y la relativista, aunque no seamos conscientes de los cambios. En la vida diaria, ante “un mismo hecho” no ven lo mismo en el terreno de juego (ni siquiera en la televisión) los partidarios de uno u otro equipo. En cualquier entorno sensorial, por ejemplo, la selva amazónica o el campo de golf, no procesa la misma cantidad y cualidad de información el profesional que el aficionado.


La valoración estética de una obra de arte no depende de los sentidos sino de la interpretación final que seamos capaces de proponer. Resumo del Diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas: el término "estético" proviene del griego aisthetikós que significa susceptible de percibirse por los sentidos y deriva de aisthesis, facultad de percepción por los sentidos, que a su vez procede de aisthánomai, yo percibo, comprendo.

El primer tratado de estética fue escrito en 1750 por el filósofo racionalista alemán, seguidor de Leibniz, A. Gottlieb Baumgarten. La estética era la parte de la Filosofía que se ocupaba del estudio de las sensaciones; considerada la hermana menor de la Filosofía, se contraponía a la Lógica o ciencia del concepto puro. Su objeto era la belleza del arte tal y como se capta por los sentidos. Pero tal idea no resulta convincente. No se debe aceptar la Estética como una mera teoría de la sensibilidad, como una concepción de la belleza sensible (sea esto lo que sea) ni siquiera para las artes visuales o auditivas. La experiencia estética es ante todo una forma de interpretar la realidad; por lo tanto, es un error mantener que la belleza es su principal objeto, con la consiguiente relajación (o supresión) de los elementos discursivos en el arte. La belleza sensible, como el resto de las categorías estéticas, son los medios de que se vale el artista para conocer el mundo. Es evidente que la sensibilidad tiene que ver con la pintura o la música pero sólo después de comprender un cuadro de Cézanne o una canción lírica de Schumann podemos percibir sus cualidades plásticas o sonoras.


Las múltiples experiencias sensuales dependen del código ético en el que adquieren significado. Un hedonista buscará y apreciará cada uno de los refinados placeres que proporcionan los sentidos. Un anacoreta los evitará para no perturbar su paz interior. Un intelectualista elegirá los placeres espirituales a los sensibles. Es más: un anacoreta será incapaz de disfrutar del sabor exquisito del caviar o el aroma chispeante del champán; al hedonista le ocurrirá lo mismo con las ortigas hervidas regadas con agua fresca del arroyo. El intelectualista, por su parte, preferirá la lectura de una fascinante novela sobre la vida disipada de los parisinos en la belle époque o un ensayo filosófico sobre la renuncia como búsqueda de la felicidad. Más ejemplos: El cristianismo siempre ha estado en contra del amor sensual (su valor más preciado, la charitas, es amor espiritual al prójimo). Al contrario que el hinduismo. El Kama sutra, un tratado sistemático del placer, considera que la sexualidad es una unión divina y la relación más valiosa entre dos o más personas.

lunes, 21 de enero de 2013

El Palacio Real


Para Carmen y Emilio

Tuve la oportunidad de visitar el Palacio Real después de las fiestas navideñas. Un familiar que trabaja en Patrimonio Nacional nos consiguió entradas para uno de esos recorridos guiados más largos de lo normal. La vez anterior, después de sufrir una cola interminable, al fin entramos por una puerta y salimos por la otra… al cuarto de hora.
Estas son algunas de mis impresiones dispersas de la residencia oficial del rey; gruesas pinceladas, incluso erróneas, que no pretenden en ningún caso sustituir al folleto para turistas que se compra en la tienda.

Para empezar, nos encontramos con una mañana espléndida, plena de sol invernal, de esa luz transparente y uniforme que brilla en la piedra centenaria, de esos cielos altos y generosos que sólo pueden contemplarse en Madrid. Nos acompañó una excelente guía, historiadora del arte, enlace entre el palacio y el Museo del Prado, entendida y amena. Le pregunte un par de cosas fuera del guión y sus repuestas fueron más que satisfactorias (las tengo anotadas).

Desde el centro del Patio de Armas se abarca con una mirada histórica el conjunto (el segundo más grande después de Versalles, 135.000 metros cuadrados y 3.418 habitaciones): el trazado, la fachada principal, la catedral de la Almudena. Si nos imaginamos los jardines de Sabatini y del Moro, la Plaza de Oriente y el Teatro Real podemos admitir que los palacios son una de las pocas ventajas del absolutismo. Obviamente pateamos una parte mínima a pesar del enchufe. Los palacios eran ciudades autónomas. Hasta los obispos y banqueros iban a servir al rey (como en la canción). Recuerdo la novela de Galdós La de Bringas, cuyos personajes son funcionarios de Isabel II que viven en las plantas superiores. No había que salir del palacio para conseguir amantes, la real diversión (entre otras razones porque no había televisión ni internet). Eran célebres las salidas de reyes y duquesas disfrazados de artesanos o sirvientas en busca de carne joven. La vertiente populista de la nobleza siempre se ha revelado en la cama. Una leyenda europea que se prolonga hasta nuestros días. Hacer el amor y la guerra era compatible. El resultado, una prole de bastardos azulones que poblaba los claustros. Mientras los nobles cazaban, compraban espejos y porcelanas, la gente se moría de hambre. Pero no sigamos por este camino…

Es magnífica la doble escalera de mármol de la entrada diseñada por Sabatini, de escalones bajos para que pudieran subir sin resollar los obesos cortesanos y embajadores gotosos. Tienen menos interés los frescos de la bóveda del adulador Sachetti, especialista en apoteosis de la monarquía, triunfos de la iglesia y gestas de los tercios. Traspasamos la escalera flanqueada por los bustos  de Felipe V, el primer rey borbón, e Isabel de Farnesio, su segunda esposa.
Impresionante la bóveda del salón del trono (que son dos para la reina y él). Nueva versión laudatoria de La grandeza y el poder de la Monarquía Española en los frescos de Tiepolo, de más altura que los de Sachetti. Actualmente los reyes de España reciben al cuerpo diplomático (sea esto  lo que sea) en este espacio lleno de bordados y terciopelos, alfombras mullidas, relojes mágicos y arañas de cristal. Nos explicó la guía que los tronos no se usan por razones de protocolo constitucional (“los reyes se sentirían muy incómodos si tuvieran que hacerlo”, apuntó.). Dicho sea de paso, yo no me creo la rumorología salaz ni las intoxicaciones sobre los turbios negocios del rey. No soy monárquico (en realidad no soy nada) pero tales infundios obedecen en mi opinión a una vieja campaña de la derecha franquista (o sea, la derecha) que nunca le ha perdonado su talante parlamentario ni su papel de parachoques en el 23 F.

Deslumbrante el salón Gasparini, con su decoración rococó a la chinoiserie, realizada por Matías Gasparini (otro italiano en la Corte). La idea procede del gusto orientalista tan de moda en el siglo XVIII como contrapeso al culto a la razón. El techo y las paredes con relieves alusivos es un prodigio de imaginación pequinesa. El suelo original es pasmoso, la lámpara un  tesoro de cristal. Fue una pena no ver en funcionamiento los autómatas del reloj de la chimenea vestidos con trajes de época. Nos contó la guía que se necesitan varios especialistas para mantenerlo. Si se entera el gobierno, adiós presupuesto. En este punto, por la palabra fluida de la experta, se fueron amontonando a nuestro alrededor gente de toda suerte y condición; mejor para ellos, sólo que no cabía un alfiler y copaban los mejores sitios. Protestas, petición de credenciales y desbandada del pueblo llano. Muy propio de la sociedad estamental.

El gran salón de banquetes es el resultado de la unión de tres estancias. Como cuando hacemos obras en nuestra casa para añadir a la cocina el pasillo de la entrada (cuatro metros cuadrados) y el retrete de servicio (otros cuatro). Al completo caben en la mesa engalanada ciento cincuenta y tres comensales. Es espectacular. Para montarla, los maestros de cámara (o como se llamen) tienen que subirse al tablero con calcetines de seda y guantes de satén. Hay aparatos de geometría para cuadrar los cubiertos, candelabros y centros de flores. Por cierto, las flores se eligen de manera alusiva al país del homenaje. Cada servicio de mesa incluye tres cuchillos, cuatro tenedores cinco cucharas y un montón de artefactos de plata que no se sabe para qué sirven. No hablemos de la cristalería y las vajillas encargadas en exclusiva a las mejores fábricas del mundo. Tres matices para consolar a los que nunca han sido invitados al santo del rey: Primero, no se puede dar de comer bien a más de diez personas (piensen en las bodas excepto las gallegas). Segundo, con tanta finura es imposible divertirse; no puedes beber a gusto ni hablar a voces, llamar al de enfrente, quitarte la corbata, levantarte a charlar con las chicas o repetir el solomillo o la merluza (o ambos). Tercero: los brindis y discursos oficiales pueden ser más largos (e indigestos) que la cena. Además, las relaciones sociales ya no son lo que eran: con los reyes ilustrados circulaban de mano en mano epigramas picantes y citas prohibidas. Ahora sólo se practica el tráfico de influencias.
No lo duden, nada hay como la casa de uno. Imagínense cómo vivían los borbones hasta Alfonso XII, el último en habitarlo; después, sólo Manuel Azaña se atrevió durante un tiempo (¡por qué demonios lo haría!). No es posible dormir sin duendes en una cama con dosel y una habitación como una plaza de toros rodeada de retratos solemnes y armaduras de latón. Aun menos desayunar en una estancia helada con mesa de caoba y silla rimbombante; cuando te traían el café de las cocinas estaba tan frío como tus pies. No quiero entrar en asuntos del vestido y de la higiene. Según parece, si es que me enteré bien, el rey debía vestirse delante de la corte como signo de no sé qué. Ropajes de gala cada seis horas… Las duchas no existían y la costumbre era bañarse una vez al mes. Todo lo arreglaban con afeites y pomadas, ungüentos y perfumes. Una mezcla explosiva. Puede que la roña crónica tuviera alicientes bravíos pero no los comparto (me acuerdo de un chiste atroz que tras dudar me guardo).

La colección de instrumentos de cuerda es única: consta de cuatro violines, una viola y un violonchelo que Stradivarius construyó para Felipe V, considerados una de las joyas del Patrimonio Nacional. Son fantásticos. Los contemplas en las vitrinas y piden ser tocados. Son seis de los más de mil que creó el lutier de Cremona (se conservan seiscientos). La leyenda los envuelve. Un milagro ajeno a la ciencia cuyas causas se ignoran. Recuerdo un espléndido documental de la cadena de televisión Art. Su sonido es único, como corroboran los más reputados solistas que sueñan con tenerlos en sus manos. Entre varios instrumentos, los maestros identifican su voz al punto. La misma pieza interpretada por otros violines no suena igual. El pasado abril se produjo un accidente impensable: durante una sesión de fotos se rompió el mástil del violonchelo. Se eligió para enderezar el entuerto al prestigioso lutier colombiano Carlos Arcieri. Por fortuna, el mástil afectado no era parte original sino una sustitución de 1857. Según afirma el restaurador, su reparación no ha supuesto ningún perjuicio al instrumento, al contrario: "ahora suena dos veces mejor". Le pregunté a la guía lo que es sabido: ¿Se dan conciertos con los stradivarius? "Efectivamente, sin no se tocan se marchitan". Se programa uno al mes al que asisten los más renombrados personajes de la banca y la cristiandad. También los temidos periodistas, representantes del cuarto poder, antes respetuosos con los otros tres y ahora capaces de reírse en las barbas de un político o un juez aficionados a la caja B (también de tapar sus fechorías). Antaño, los salones de la nobleza se adornaban con la flor de artistas y escritores. Si eras poeta tenías que improvisar una ristra de tercetos. Si novelista, obligado a leer el tercer final de tu drama. Si pensador, a defender tus teorías sobre el alma. Todo se ha perdido con los derechos humanos. En breve sondearé a mi pariente sobre las fechas del concierto y si es posible me pondré mi mejor (y único) traje para escuchar los stradivarius. 

Comimos de aliño en la cafetería. Después visitamos la farmacia, la armería y la exposición Goya y el infante Don Luis: el exilio y el reino (ya hablaremos). Los jardines para otra ocasión. Terminamos en la tienda como todo el mundo. A las cinco de la tarde salíamos del palacio rumbo al Café de Oriente para tomar chocolate con churros. Allí me dejé la jarrita que me habían regalado. Un honrado parroquiano la devolvió y ya la tengo en casa. Ahora me gusta más.