domingo, 24 de abril de 2016

Julia Margaret Cameron en la MAPFRE


Son curiosos los avatares que llevaron a Margaret Cameron a ser reconocida como uno de los clásicos de la fotografía. Su nombre figura al lado de pioneros como Louis Daguerre, Nicéphore Niépce, William Henry Fox Talbot o Hippolyte Bayard. A los 48 años era una respetable ama de casa a la que su hija y su yerno le regalaron una cámara con una nota en la que habían escrito la siguiente frase: Quizás te divierta… Lo demás se puede seguir en la exposición de la Fundación Mapfre-Recoletos, formada por más de 100 fotografías y organizada en colaboración con el Victoria and Albert Museum de Londres.

La fotografía de entonces era muy distinta a la actual. Para empezar, son composiciones preparadas hasta el menor detalle. Hoy estamos acostumbrados a la instantánea, a la ingenuidad de la toma y la espontaneidad de un personaje que en ocasiones es el ciudadano desconocido que pasaba por allí. No le interesan la descripción de interiores, los grandes monumentos, los entornos urbanos o los paisajes de ensueño. La fotografía de Cameron es una propuesta narrativa de carácter alegórico, mitológico o literario. Si te gusta resolver “los enigmas de la obra de arte” contempla en tu butaca favorita alguna de sus fotos e intenta reconstruir los motivos del relato.

En Cameron todo es un escenario ideal. Se mantiene el eje central, se trazan diagonales perfectas, se equilibran los espacios y se busca, en resumen, la belleza de la armonía. Hay que pensar que las únicas referencias de la fotografía artística eran las artes plásticas junto a la pretensión de la autora de convertirla en una más (como manifestó en numerosas ocasiones). Se trata de un estilo académico, “clasicista”, que responde a un arte que trataba de abrirse paso como género. Hay que recordar que algunas de sus creaciones son versiones de cuadros de Rafael o Miguel Ángel. También son visibles las huellas de la escultura. La crítica de la época sugirió, ahora con razón, que muchas composiciones de Cameron parecían bocetos para el taller de un pintor.
Era una perfeccionista. Siempre buscaba el mejor acabado de un diseño minucioso. Una de sus limitaciones quizás sea no dejar margen a la improvisación o al azar, dos rasgos distintivos de la fotografía. Todo está preconcebido. Más que preparar perpetraba la placa. Hubiera podido publicar álbumes con sutiles comentarios de cada imagen. En todo caso, Cameron es uno de los contados artistas que hace compatible oficio y talento. En muchas de sus obras se “ve el montaje del andamio” pero no importa.
Es significativo que algunos críticos y coleccionistas resaltaran el valor de sus negativos defectuosos o las pruebas rechazadas porque admiraban en ellas las limitaciones del proceso. Algunas de estas transiciones tienen una frescura de la que carecen los resultados finales. Sabemos que repetía una y otra vez la misma foto. Si se tienen en cuenta los medios técnicos de entonces y el tiempo empleado en cada placa, fue sin duda una profesional incansable, una artista entregada a su trabajo como lo confirma su biografía.
El aspecto más innovador de su obra es la búsqueda de una técnica del enfoque original. Sus fotografías tienen una falta de nitidez buscada (algo negado por sus detractores que lo consideraban un defecto), un matiz de perspectiva aérea y de “imagen movida”, de ambientación flou, de luminosidad confusa y una cierta irrealidad. En mi opinión, los ataques a su supuesta falta de recursos son residuos del machismo victoriano o simplemente envidia. Si se aplica a sus trabajos las posibilidades de la edición gráfica para “afinar el enfoque”, tipo Photoshop, como han hecho algunos estudiosos de su obra, el resultado es decepcionante. Lo que queda son placas convencionales como las que adornan el escaparate de algún estudio del barrio de Salamanca.  

La exposición refleja los distintos temas de su obra: escenas de la mitología, momentos poéticos de los clásicos o recreaciones religiosas. Esta constelación de temas imaginarios chocó con un mundo especializado que solo admitía escenas de un cerrado realismo. La ficción no era un rasgo de la fotografía. Otra novedad, por tanto. Pero hay más: resulta sorprendente cómo utilizaba a sus sirvientes, parientes y amigos. Posaban como si fueran los modelos profesionales de un pintor. Fue una experta incomparable en la “dirección de actores”. ¡Que realizadora de cine se perdió la posteridad! Cada expresión, cada matiz psicológico están logrados. Buscaba eso y nada más. Es como una sonata para piano donde el edificio se derrumba si se quita una nota. Uno tiene la impresión de que cuando buscaba una criada no le preguntaba si sabía cocinar o bordar sino más bien si era capaz de representar a Safo o a Ifigenia en Taúride.

Todavía más sorprendente es el manejo de los niños. ¿Cómo lograba esa fijación del gesto, esa depuración de los rasgos corporales, esa conversión del sobrino travieso en héroe de leyenda? En Cameron ni siquiera los niños dormidos dan la impresión de espontaneidad. Finalmente, su visión de los personajes literarios que trató es muy similar a la que tuvo Nadar. Los retratos  de Cameron buscan el canon. Lo que le interesa es la personalidad intemporal del personaje, un arquetipo para la posteridad, la imagen que la cultura fijará en el panteón de los hombres ilustres. La diferencia es que sus personajes son dioses del Olimpo mientras que los de Nadar son más humanos...

martes, 19 de abril de 2016

El milagro de San Simeone


A mi bisabuelo Damián y a su hijo Joaquín, mi abuelo, periodistas entre otras cosas.
Decía Fernando Torres el niño, en una entrevista reciente (buena respuesta al largo título del libro de Rubén Amón Atlético de Madrid, una pasión, una gran minoría. ¿Por qué no son del Atleti los demás?), que “la mayoría de la gente va con el Atleti pero no lo sabe”. El miércoles pasado pude confirmarlo cuando me fui a la calle a los treinta minutos del segundo tiempo del Atleti-Barça en los cuartos de final la Champions. En el campo no puedo huir pero en mi casa, cuando la tensión supera ciertos límites, como el indicador de profundidad de un submarino, cojo el bastón, el sombrero y la radio y me despido a la francesa. Me pongo nervioso hasta cuando veo el partido grabado. La tanda de penaltis (ese sofisticado tormento chino) contra el PS Eindhoven la oí en el Calderón sentado en mi localidad, con la bufanda puesta de antifaz. Sólo miré desfallecido el penal que un desdichado holandés tiró a las nubes ¿Por qué no has mirado antes? me recriminó en serio el matrimonio de al lado... Es la magia del fútbol. Acabamos mi hijo y yo abrazados a dos hinchas que no conocíamos de nada. Al final, salida espectacular del estadio, de gritar dentro a gritar fuera. Pero volvamos al dicho de Torres: había terminado el partido del Barça cuando pasé al lado de un bar de mi barrio donde acampa una peña madridista de salón. Allí estaban delante de la tele con sus cervezas cantando ¡atleti, atleti! No era para menos: les hemos espantado a su bestia negra y quieren repetir lo de Lisboa.

Tenía razón el periodista de la SER Jordi a secas, representante azulgrana en los programas deportivos, cuando presentía antes del partido: Al atleti de Simeone normalmente le ganamos pero cuando nos la lía, nos la lía. Y van dos en Champions. Lo que le ha pasado al Barça me recuerda el relato de Poe La caída de la casa Usher. Lo cierto es que la eliminación del mejor equipo de la historia -según los teólogos del balón- se ha debido a la convergencia de los planetas mediceos con la Tierra, algo que sucede cada doscientos años.
Para empezar, el desplome. No lo entiende nadie: ni la afición culé, la prensa catalana, los jugadores o el entrenador. Da la impresión de que cuando la sombra de Mesi deambula por el campo los demás se salen del partido. Se produce el efecto dominó. A Neimar y Suarez les pierde su mal carácter cuando pintan bastos; algunas figuras parecen más pendientes de las redes sociales y demás chorradas que del final de temporada y otros han cometido el error de sentirse sobrados. Hoy te descuidas y el Alcorcón te mete unos cuantos.

El Atleti ha pasado la eliminatoria porque ha explotado sus virtudes: la voluntad de poder, llevar al rival a las de trincheras, agarrarse al terreno en los momentos duros, depredar en el área… Y el factor Cholo, un rey Midas del fútbol. Todo lo que toca se convierte en oro, especialmente la cantera. Sin olvidar el Calderón, un lugar de culto como las ruinas de Stonehenge, un organismo que se comunica con sus jugadores en términos de destino. Partido a partido, Ganar, ganar y volver a ganar, y el último mantra: seguimos creyendo. Por cierto, la afición se ha vuelto cada vez más tolerante con el equipo. De toda la vida el auténtico seguidor rojiblanco se ha pasado el partido maldiciendo entre dientes cada vez que sus jugadores perdían la pelota. Ahora todo son parabienes y cataplasmas. Aunque no perdonan la traición a sus colores: la pitada a Arda Turán cuando saltó al césped fue monumental a pesar de los cuarenta quilos que dejó en las arcas (¿realmente los vale?).  

No menos importante: hemos salido vivos de los sorteos de la UEFA. No me creo nada de nadie. Nuestra bola ha estado en el bombo de cuartos en los tres últimos años. La primera vez nos tocó el Barcelona, la segunda el Madrid y la tercera más de lo mismo. En ninguna los equipos teóricamente superiores, los dos citados más el Bayern de Munich, se han enfrentado entre sí. Una vez, con reparos, vale; dos, demasiada casualidad; tres, imposible. Los teóricamente superiores tampoco se lo tragan pero se callan porque les favorece; o si les preguntan dicen con la boca pequeña que se trata de un “sorteo orientado”. Es que me troncho Carlitos. Hay demasiado dinero en juego. Lo de siempre.

Además el árbitro no pitó un penalti de Gabi en el minuto noventa, todo un clásico. Si lo hubiera hecho, el orden del cosmos sería distinto. Primer efecto mariposa en el orden de las causas: el Barça no hubiera palmado con el Valencia y el Atleti habría empatado con el Granada. El otro fiel de la balanza: la expulsión de Torres en el Camp Nou (una gamberrada del árbitro); el ojo morado de Godín por el gancho de Suárez, la no expulsión de Iniesta tras el penalti o las posibles manos de Piqué tras tumbarse media hora en el césped con el balón en sus brazos. Ganamos cuatro a uno.

Finalmente la presión. Si no pasamos de cuartos, tristeza pero hemos cumplido. En la liga igual. Pero si el Madrid o el Barça son eliminados, se hunden los pilares de la tierra. Esto motiva, no lo dudo, pero también bloquea el cerebro y los músculos. En el fondo cualquier deporte es un estado de ánimo.
----------------------------------------------------------------------
Entrada la noche, albricias Resumo algunas.
WhatsApp de mi hija al salir del quirófano, está de guardia.
- Acabo de enterarme, aúpa Atleti, qué ha pasado papi, cuéntame…

Otro de Dani, su novio, madridista comedido y futbolero light (envidio lo segundo, te evitas noches toledanas y burlas y remoquetes al día siguiente).
- Enhorabuena por haber eliminado al Barcelona.

Desde Cuenca, mi hermano soltero al aparato.
- He visto el partido en casa; solo. No he abierto a mis amigos cuando aporreaban la puerta. Les dije que no vinieran. No comprenden que es una experiencia personal, mística, que molestan y dan el cenizo.

- Mi hermana al día siguiente también por teléfono: me acabo de enterar que ha ganado el Atleti (no sabe a quién ni por qué). ¡Ahora caigo en la cuenta, por eso Ana (su hija pequeña) se encerró ayer por la noche en el cuarto y se la oía gritar y dar vueltas como una fiera enjaulada! Hoy se ha ido a trabajar con una camiseta del fútbol. ¡Vaya pinta! ¿De dónde la habrá sacado?

Continuará (espero).

domingo, 13 de marzo de 2016

Batallitas


Hablo de los años setenta. Como siempre, la onda expansiva del Mayo francés llegaba con retraso. Una mañana de finales de abril, tras las vacaciones de Semana Santa, los pasillos de la facultad de filosofía y letras de la Universidad Autónoma de Madrid aparecieron sembrados de octavillas en las que se invitaba a todos los estudiantes que estuvieran a favor de la liberación sexual a participar en el acto fundacional del POE (Partido del Orgasmo Esmerado). La reunión se celebraría el jueves a las doce en el salón de actos presidida por la coordinadora universitaria (como si hubiera otras); en total seis cargos cuyos nombres y apellidos no constaban. Daba igual porque todos eran muy conocidos. En general, tenían fama de tipos bullangueros, inquietos en lo intelectual, vagos crónicos y salaces en las asambleas: por orden, presidente, vicepresidente, secretario, tesorero y dos vocales. 
El asunto prometía. En primer lugar, la mayoría estábamos saturados de asambleas, saltos en la vía de acceso al campus y “denuncias espontáneas” por los detenidos de la represión. Lo que tenían en común era la presencia en menos de cinco minutos de un montón de sociales y policías armados que ponían fin a la algarada (palabra muy franquista) de manera fulminante. No era difícil, pues desde la huelga general del setenta estaban instalados de forma permanente en el campus. Montones de jeeps y furgonetas en fila formaban parte del paisaje. Incluso disponían de una casamata prefabricada en la que se habían instalado, según la prensa del Movimiento, los mandos del operativo con sus equipos de transmisión, calabozo provisional y otros medios. Algunos estudiantes ya habían catado aquel lugar de pesadilla.
Era especialmente temible la retirada de carteles en la cafetería  a las once, en el descanso de las clases. El sitio estaba a reventar y cuando la fila de grises con casco atravesaba la sala con caras patibularias siempre había algún tipo que los llamaba hijos de puta o les tiraba un vaso. El desalojo con palera era lo menos que podía pasar. Los sociales sacaban la pistola. Un espectáculo lamentable. La policía franquista se comportaba aquí (y en todas partes) como un ejército de ocupación en su propio país. 
Tres razones más a favor del acto fundacional del POE (que me pierdo en batallitas): las hormonas juveniles eran en aquel templo del saber la cosa mejor repartida del mundo; el tedio a esas alturas del curso subía bastantes enteros y, finalmente, aunque la cosa no atacaba directamente al régimen, tampoco tenía pinta de estar a favor. Deporte de riesgo y emoción garantizada.
Ni que decir tiene que el decano de la facultad, un aséptico catedrático de geografía que se hacía el gracioso, no cedió el salón de actos al P.O.E. Según las crónicas de primera mano, a los tres miembros del comité que recibió en su despacho les dijo que el asunto olía mal y que, en cualquier caso, no tenía autoridad para permitirlo.

- Si queréis, ir a hablar con el capitán de la policía armada, él es quien manda aquí o todavía no os habéis dado cuenta. Aunque no os lo aconsejo porque tampoco os va a dejar y además tendréis que tocar el piano. ¡Las huellas dactilares muchachos! Después vendrá a pedirme explicaciones con cara de ogro: ¿Es que no conoce usted sus competencias? No, podría contestarle.

El acto se celebró contra viento y marea en la antesala del salón de actos. La coordinadora del POE, desoyendo el consejo del decano, fue a la casamata y le largó al capitán el cuento de que se trataba de un acto cultural para presentar un curso de psicología de la motivación. Ciencia pura. Pero el régimen tampoco se fiaba de la ciencia.

- No me vengan con gilipolleces -los conminó mientras liaba un cuarterón- háganlo en el hall pero sin pasarse. A la primera palabra malsonante entro. Lo cierto es que después de un rato mareando la perdiz, los grises no habían aparecido.

La coordinadora presidía el acto sentada en los pupitres de las aulas. Estábamos unas sesenta personas incluidos los espías disfrazados de progre. Cantaban a un quilómetro. Lo cierto es que allí no había más que tíos. Dos chicas de historia, militantes del partido comunista, hartas de que las miraran con ojos golositos, se largaron. La presentación fue un prodigio de mesura. Habló el presidente del POE sobre la ausencia de una educación secularizada, los patrones de socialización en la familia, la distinción entre instinto sexual y filiación, la teoría del orgón de Reich o las pulsiones polimorfas y perversas de Marcuse… Nadie entendía nada y menos aún los espías de la brigada político social que se lanzaban miradas inquietas. Veinte minutos y el asunto quedó despachado. ¿Alguna pregunta? sugirió el secretario (en este punto finalizó la sesión y comenzó la función).

- Todo eso está muy bien, confirmó un autoproclamado ácrata de cuarto de románicas, pero lo cierto es que esto parece una atracción de feria de “solo para hombres”. Cuando se lo propuse a mis amigas dijeron que no me conocían. Incluso las novias se han pirado. Parecemos los curas (sic) de un convento.

- Tendremos que convencerlas, hablarles, ganarlas para la causa, replicó entusiasta el tesorero. Su ausencia forma parte del problema.

- Para eso no necesito un partido, interrumpió un trostko de filosofía pura, aguerrido veterano de las pruebas de septiembre. ¿Crees que es casual que todos los miembros de la coordinadora seáis tíos, valga la redundancia? (sonrisas del público). De qué coño sois la vanguardia (primeras risas abiertas. Los galones de repetidor le hacían crecerse).

- ¡Oye, Jaime, le interpeló el vicepresidente indignado, no seas faltón y cuida tus palabras o duramos cinco minutos! Reserva tus gracias para ligar. ¿No pretenderás reventar el acto?

- Para nada, cedió conciliador, lo único que pretendo saber es la praxis correcta que proponéis aquí y ahora, en estas circunstancias concretas.

- No hay una praxis correcta, como largas en cuanto puedes, si no hay una teoría detrás; o delante. No pretenderás que montemos una orgía el primer día, le espetó el segundo vocal. (No, no, hoy no, se oyeron voces socarronas).

- Bueno, intervino un maoísta de salón, esto tiene toda la pinta de ser una manifestación objetiva de radicalismo pequeño burgués.

- Escucha Rafa, terció, el primer vocal, más por intervenir que por otra cosa, no fastidies o es que la verdad absoluta es el catecismo proletario del Gran Timonel… (No digas nombres, le exigió Rafa, algo superfluo porque lo conocían hasta las piedras).

Metió baza un joven vestido de negro hasta las cejas partidario de la Federación Universitaria Democrático Española: En resumen, que estáis a favor del amor libre venga de donde venga; o contra la familia, la propiedad privada y el Estado; o sea, vivan las comunas, acostarte con las mujeres de los demás y a la tuya que ni la miren. Es para troncharse Carlitos. 

- No somos hippies postizos ni salidos de ocasión, si es lo que sugieres…

- Vale, vale no te mosquees, era una broma. ¡Me aburrooo!

- Tendréis noticias nuestras. Por razones obvias ahora no es momento de vocear los planes, recalcó el presidente con aire de misterio.
  
- Uno de la última fila: ¿Las noticias serán en el campus? Si se trata de otra cogorza general no contéis conmigo.

- O de cortar el tráfico en la Plaza de Castilla, terció otro. Ya me han sacudido bastante. Casi prefiero quedarme estudiando en casa.

En ese instante entró el capitán de los grises al frente de veinte números con el vergajo en la mano. Con toda seguridad vinieron no por lo que se decía sino por quienes lo decían, viejos conocidos de la inquisición.

- ¡A tomar por saco –aulló-. A casita que llueve y callados. Al primero que grite me lo llevo a la jaula. ¡Aire y rápido!  
-----------------------------------------------------
Dos semanas después el POE tuvo su momento de gloria. Fue un viernes a las once, la hora del café. Sobre un tablero con ruedas del que tiraban tres encapuchados iban desnudos un chico y una chica con máscaras venecianas, seguramente alumnos de la escuela de arte dramático (les encantan estos lances exhibicionistas). Estaban medio tumbados en un jergón con sábanas rojas en actitud licenciosa. Detrás iban tres antifaces gritando consignas afrancesadas: cuando desabroches tu bragueta, desabrocha tu imaginación; cuanto más hago el amor más ganas tengo de hacer la revolución; toma tus deseos por realidades, en los exámenes responde con preguntas… No era difícil adivinar quienes eran. Volaron las procaces octavillas del POE, una invitación al desenfreno ya. Todo ocurrió muy deprisa. La procesión báquica apareció por la puerta principal de la facultad, recorrió el pasillo central y desapareció nadie sabe cómo. Aquello tenía mala pinta. Lo mejor era largarse. Pasados los cinco minutos irrumpió la guardia pretoriana con el centurión al frente. El final de la utopía. Después rodaron cabezas por inmoralidad y escándalo público. ¡Qué sarcasmo! En cualquier caso, los guantazos y las multas fueron menores que las que les caían a los culpables de actos subversivos. Ética y política, matices de la democracia orgánica.

viernes, 4 de marzo de 2016

Ian McEwan. La ley del menor


Una línea roja de las buenas: es imposible hacer una crítica seria de una novela sin haberla leído en idioma original. No hablo de erudición del tipo libros negros de Cátedra sino del sentido común y no común. He leído recientemente, por ejemplo, la novela de Michel Houellebeck La carte et le territoire; primero en la estupenda traducción de Jaine Zulaika para Anagrama y después en francés. Son mundos diferentes sin más consideraciones. Hecha esta salvedad ontológica, doy mi opinión (en el sentido platónico de saber inseguro y conjetural) sobre la novela de Ian McIwan La ley del menor, publicada recientemente. Aviso (y el que avisa no es traidor): lo que sigue está pensado para quienes la han leído. Si no es así y decides continuar piensa que te puedo chafar la lectura.


Se trata de una novela corta de doscientas páginas comparada con los tochos de setecientas que son tendencia en la actual narrativa anglosajona. Por ejemplo Pureza, la tercera de las novelas gordas de Jonathan Franzen, de la que esperaba algo más que un formidable embrollo a diez bandas sans queue ni tête.
El libro no comienza -y se agradece- por poner en antecedentes al lector desde el descubrimiento de la pólvora hasta la caída de las torres gemelas (una referencia inevitable) y se sitúa de inmediato in media res, en el meollo del asunto. El marido de una honorable juez del Tribunal Superior de protección del menor en Londres le suelta de pronto a su señora, ambos sesentones jamones, mientras aliña la ensalada que ha conocido a una mujer treinta años más joven que ella y que están liados o se van a liar (no queda claro) porque sólo se vive una vez y le suplica que le permita consumar sus inocentes deseos; bien entendido que a ella, a la legítima, la ama más si cabe que antes de quedar colgado de la otra. Además hace océanos de tiempo que no echan un polvo en condiciones (como casi todo el mundo a esas alturas). Resumiendo: que de las dos notas del amor conyugal, lealtad y fidelidad, la primera sigue en pie pero no la segunda. El marido, profesor universitario de latín, entiende por “lealtad” no ocultar a su esposa  ni un ápice de sus salaces intenciones. Algo es algo pero no cuela. Ella, herida en su dignidad entre otras cosas, se enfurece a la inglesa, coge el dilema por los cuernos (con perdón) y, a pesar de la sospecha de que lo amará siempre por derecho consuetudinario, le da con la puerta en las narices. Normal. Todo hablado, razonable, sin que acabe en divorcio a la italiana.
Este es el primer dilema del relato. El segundo se plantea en el tribunal. Un caso urgente la reclama (la juez está de guardia el día de autos). Un joven de dieciocho años menos tres meses (más madera) enfermo de leucemia se niega por sus convicciones religiosas a que le transfundan sangre sin lo cual morirá en setenta y dos horas; pertenece, como sus padres, a los testigos de Jehová, una confesión que desde su particular lectura de la Biblia, como es sabido, no permite esta práctica. Resultado, el Hospital contra los padres. Las intervenciones de abogados y testigos son un portento de elegancia expositiva, respeto a los derechos individuales y otros formalismos jurídicos. La juez decide aplazar la sentencia hasta que haya hablado con el paciente. Toma un taxi en la puerta del juzgado junto a la asistenta social del muchacho y ponen rumbo al hospital.


(Si comparamos el desarrollo de la novela con una partida de ajedrez, tras la apertura se produce un temprano movimiento de dama con un signo de admiración: una jugada propia del gran Capablanca, sencilla, natural y llena de variantes).


La visita de la juez al joven en la UVI es la parte más previsible del relato. Queda fascinada por un joven gentil que se apaga ante sus ojos: inteligente, maduro, sensible, que toca el violín y escribe versos. Eso sí, está decidido a palmar sin ambages por la causa. Tras charlar un buen rato sobre lo divino y lo humano, hasta que la asistenta pide tiempo muerto, se despiden tras cantar a dúo la conmovedora canción irlandesa Pero yo era joven e insensato (la juez es una consumada pianista amateur). ¿Volverá? se despide. Ella no contesta. En realidad es una escena melodramática, incluidas las reflexiones sobre las primeras causas, que responde más a la finalidad interna del relato que a una situación creíble. La teleología narrativa exige a veces concesiones a la totalidad; lo importante es que no se note el andamio. ¡Bastantes problemas tiene la buena señora! Pero en el arte, no en la política, el fin justifica los medios. Al final lo aclaro.


(Estamos ante una variante muy trillada de la defensa siciliana que conduce a un medio juego muy posicional, como le gustaba a Anatoly Karpov. La jugada merece un signo de admiración y otro de interrogación).


El fallo de su señoría es, por supuesto, favorable al derecho a la vida en este mundo y el joven se recupera pronto tras seguir el tratamiento adecuado (¡porque la sangre es vida! la divisa del escudo heráldico del conde transilvano). Pasado un tiempo, la juez recibe una carta perfumada del paciente con las últimas noticias sobre su estado físico y mental. Y lo que le cuenta en tres páginas por ambas caras no es un cambio sino un giro radical en los dos casos: para empezar, que se plegó a las transfusiones porque estaba en las últimas, debilitado, sin resistencia de palabra u obra pero sí de pensamiento. Que sus padres lloraron mazo, pero no de pena por incumplir las normas sino de alegría por verlo vivo, por tenerlo, por no haberlo perdido para siempre. Que se lleva fatal con ellos. Que tienen disputas permanentes, broncas frecuentes y treguas intermitentes. La teología da mucho juego. Sus padres lo querían inmolar para complacer a la plana mayor de los Testigos de Jehová, por obediencia a los ancianos y la exigencia egoísta de salvarse, no porque, como a él, se lo dictara la conciencia cristiana del deber puro y duro. Lloran de alegría porque a la vez han cumplido con el dogma y su hijo está con ellos. Falsa moneda. Nadar y guardar la ropa según el joven, que ha comprendido en sus carnes el significado del fanatismo, la obediencia ciega y la prohibición de pensar con su propia cabeza. El final de la farsa: se ha largado de la secta sin retorno y rechaza cualquier tipo de creencias religiosas. Pero a un absoluto muerto, otro puesto: ella le ha dado la vida y la razón, ha sido el instrumento de su salvación y de ahora en adelante será su faro por el proceloso mar del porvenir; el renacido la adora con una mezcla de amor sacro y profano difícil de entender para el lector. Cierto que los sentimientos de un joven virgen son a veces más complejos que los de un galán de novela rosa. A partir de este momento la seguirá y perseguirá hasta encontrar la solución a su destino incierto. Tela marinera.


(Buen movimiento de peones para ocupar el centro del tablero. La especialidad de Arturo Pomar. Ahora es posible iniciar un ataque al débil flanco de dama).


Por su parte, el humanista, tras unos cuantos revolcones, comprende que como en casa no se está en ninguna parte y añora el redil arrepentido. Su señoría le permite volver al hogar pero no a su cama; y aunque al principio llevan vidas paralelas y no se dirigen la palabra, el lenguaje corporal lo dice todo: la convivencia se perfila, la reconciliación se presiente, flota en el ambiente la reconstrucción de los puentes (¿es esto posible?). El tiempo pasa. Rule, Brittania! Un fin de semana londinense, brumoso y cargado de agua, varios miembros de la alta magistratura, entre ellos la juez, son invitados como todos los años a una lujosa mansión de estilo paladiano en Newcastle. Las confortables veladas de chimenea se suceden hasta que una noche a los postres el secretario particular de la jueza entra perturbado en el comedor para decirle que hay en la cocina alguien que quiere verla y no admite un no por respuesta.


(Una jugada conjunta de torre y caballo, de esas que, según el gran maestro argentino Miguel Najdorf, hacen temblar el tablero).


Por supuesto es el ex testigo que ha seguido sus pasos y tras soportar un largo camino bajo el diluvio ha llamado chorreante a la puerta. El joven le confiesa su amor trascendente-terrenal sin que ella le corte el rollo que no cesa. Desesperado, le propone vivir juntos con su marido, los tres en amor y compaña, ¡que a él no le importa!, a lo que la juez le responde que ¡no hay habitación disponible! Finalmente, le pide a su secretario que llame a un taxi, le da al joven dinero para la vuelta y lo despide hasta el día del juicio final a las tres y media. Al salir, él le planta con destreza un rotundo beso en la boca que ella no se niega del todo a recibir. Un beso dulcísimo al que le dará más vueltas en su magín de las que conviene a una mujer madura que intenta salvar su matrimonio.
El resto (en realidad todo el libro) es un homenaje  a uno de los relatos más bellos de la historia de la literatura: Los muertos de James Joyce en su obra Dublineses.


(Sigue la combinación ganadora, digna del inmortal Bobby Fischer, un espectacular sacrificio del alfil que domina la gran diagonal y permite doblar las torres en séptima. La dama está acorralada. Ahora todo queda claro. En pocas jugadas el rey negro perderá la corona).
 
Una noche navideña (como en Los muertos) la juez abandona trastornada la sala de un tradicional concierto para colegas donde acaba de interpretar al piano un dúo con tenor. ¡Nunca había tocado así, en ansias inflamada, llevada por la música, transfigurada! Su marido, inquieto por el subidón de lo sublime y el bajón de la espantada, la acompaña a casa en ascuas donde ella le cuenta que ha recibido la triste noticia de la muerte de aquel joven lánguido al que salvó con su sentencia. Es un suicidio por amor… a ella. El marido escucha estupefacto los pormenores del romance del beso. Donde las dan las toman. El cabreo del profesor crece cuando su mujer emocionada, con la sensibilidad a flor de piel, desgrana la historia: lo rechacéla leucemia se reprodujo y esta vez, mayor de edad, impidió que siguiera el tratamiento. Se ha dejado morir porque yo era su vida y lo he abandonado.
El final es el mismo que en el relato de Joyce: un viaje por los abismos del alma de la mujer y los filtros de amor que los procuran: primero la compasión, después la nostalgia, por fin el hastío. En resumen: hay amores y amores (¡quien no lo ha sufrido en su piel!). Y la sentencia de Roland Barthes para condenar al doliente: mi sintaxis es la piel de Roberta. ¡Que no decaiga!

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre las dunas de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.