domingo, 28 de abril de 2024

La ética de Kant cumple trescientos años

 


Lo que tiene auténtico mérito moral, según Kant, no son las acciones que están dirigidas por la inclinación natural e incuestionable del ser humano a la consecución de fines o bienes que, en el fondo, pretenden siempre conseguir la felicidad, sino las acciones que tienen como objetivo el cumplimiento del sentido del deber. Por más que la mayoría de los hombres, incluso todos, actuaran de acuerdo con las éticas materiales o felicitarias, desde la Crítica de la razón práctica resulta imposible aceptar que sean el fundamento último de la moralidad. Son éticas de circunstancias.

Ejemplos fáciles. Tiene poco o ningún mérito moral devolver el dinero que uno se encuentra y que ha extraviado su propietario anónimo por temor a las consecuencias que tiene incumplir la ley. Pero sí lo tiene cuando se hace por acuerdo de la conciencia moral con su obligación de respetar los bienes ajenos, aunque el castigo por incumplir la ley jamás pudiera alcanzarlo. Tiene un relativo mérito moral no copiar en un examen por el mero temor a ser descubierto y suspender la asignatura. Pero plenamente lo tiene no copiar para evitar el fraude, incluso cuando el profesor te ha dejado a solas en su despacho con los apuntes y lo has visto por la ventana dirigirse a la cafetería de enfrente.

Es imposible, según Kant, encontrar el fundamento de la moralidad en las éticas materiales: sus normas son imperativos hipotéticos o condicionados; no son leyes morales universales y necesarias sino normas particulares y accidentales. Por ejemplo: “Me conviene en este caso (o conviene en general) cumplir lo acordado porque si no mi credibilidad personal puede disminuir o desaparecer y eso me perjudicaría en muchos aspectos de la vida, entre otros, el trabajo”. Tampoco se trata en sentido estricto de decisiones libres por cuanto la voluntad está sometida a un determinismo causal de carácter fisiológico, psicológico, sociológico, jurídico, educacional, político o religioso... que propician el predominio natural de los motivos más fuertes.

En este punto, Kant se pregunta qué puede ser considerado un bien en sí mismo, es decir, algo bueno sin limitaciones ni condiciones. Descarta los fines o bienes últimos de las éticas materiales puesto que los que parecen incuestionables finalmente no lo son. Por ejemplo, la autorrealización, el placer, la riqueza, incluso la buena salud y el conocimiento, entre otros, pueden (suelen) tener usos y abusos indebidos. Sabemos que alguien puede “realizarse” a costa de perjudicar o hundir a otros o que un placer puede ser costoso para la salud, el dinero y el amor. No es preciso insistir en la posibilidad de hacer un uso inmoral de la fama y la riqueza. Asimismo, la búsqueda de la salvación personal para un creyente puede ser egoísta e hipócrita y el afán de conocimiento nos puede apartar de otras dimensiones vitales o a la construcción de tecnologías destructivas.

Kant responde que lo único que puede ser considerado un bien en sí mismo es una buena voluntad, una voluntad cuya intención es impecable, independientemente de los contenidos concretos y las consecuencias de su acción. Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar en nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad. (Kant, Fundamentación de la Metafísica de las costumbres). 

Según Kant, una voluntad es considerada buena sin restricciones por la razón práctica si decide y actúa exclusivamente por sentido del deber. La voluntad orienta su acción mediante tres tipos de imperativos o normas:

Contrarias al deber (“Engaño a mi esposa con otras porque me apetece divertirme y sólo se vive una vez”).

Conformes al deber (“No engaño a mi esposa con otras porque puede divorciarse y perjudicar a mis hijos, a mi consideración social y a mi profesión”).

Por sentido del deber (“Soy siempre fiel y leal a mi esposa porque como persona casada es una obligación sin excepciones”).

En este último caso, cuando la voluntad actúa por imperativos de deber, la voluntad se somete sin condiciones ni limitaciones a una ley moral no por placer o utilidad sino por respeto a la propia ley. Según Kant, solamente estos imperativos tienen valor o mérito moral sin limitaciones. A una buena volunta no le interesa la materia del acto moral, no establece lo que se debe hacer de acuerdo con el contenido empírico y la consecuencias del bien, sino sólo con la forma en que debe actuar. Se trata de una voluntad para la cual lo importante no es lo que se haga o materia del acto moral, sino que lo que se haga sea por acuerdo completo de la voluntad con su sentido del deber o forma de acto moral. Por contraposición a la multiplicidad de éticas materiales (eudemonismo, hedonismo, utilitarismo, altruismo, naturalismo, humanismo, etc.) la ética kantiana es la única ética formal posible.

Una voluntad que actúa por puro sentido del deber orienta su acción mediante la forma del imperativo categórico, cuya propuesta más general es “Se debe hacer X siempre”. El imperativo categórico es una forma universal y necesaria, exclusiva y vacía de contenido, aunque admite distintas formulaciones. Con palabras de Kant: obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se convierta en una ley universal. Otra: Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca meramente como un medio. Y una tercera similar: Obra de tal manera que la voluntad pueda considerarse a sí misma mediante su máxima como legisladora universal. La utopía de una república de ciudadanos libres.

De la forma vacía del imperativo categórico se siguen los múltiples ejemplos de imperativos de deber que son leyes morales con contenido específico (“se debe respetar la vida siempre y sin condiciones”, “no se debe jamás engañar a nadie”, “la verdad debe prevalecer en todos los ámbitos de la vida privada y pública”, “bajo cualquier circunstancia se deben respetar las ideas ajenas”, etc.).

Una buena voluntad, en sentido kantiano, es además autónoma y libre. Se considera autónoma una voluntad que se da su propia norma mediante imperativos categóricos ya que tal decisión procede de su respeto interno a la ley moral y no de motivos externos o heterónomos. Una voluntad autónoma es además libre. En las éticas materiales la voluntad está determinada por la causalidad natural. Actúa movida por motivos externos (como los citados) que la impulsan necesariamente en una dirección. Por tanto, como cualquier otro objeto de la naturaleza está sometida al principio de causalidad. Sólo puede considerarse libre una voluntad que no actúa por motivos empíricos, sino que es capaz de actuar al margen, e incluso contra el orden de las causas naturales y darse a sí misma sus propias leyes. En este sentido se ha hablado de la ética formal de Kant como una antinaturaleza.

 

PD. Kant lo reconoció, por supuesto: la inmensa mayoría de los imperativos categóricos (por no decir todos) son imperativos hipotéticos encubiertos, disfrazados. Lo que denominó el ideal de la santidad es, a la vez, el significado profundo de la moralidad y algo inalcanzable para el ser humano. En fin, la ética kantiana es una síntesis genial de racionalidad ilustrada y teología protestante. 

sábado, 6 de abril de 2024

Interrupción voluntaria del embarazo

 

Francia es el primer país del mundo que incluye actualmente el derecho al aborto en su Constitución para que no se promulguen en el futuro leyes que impidan u obstaculicen su pleno ejercicio. La Asamblea Nacional ha inscrito en el artículo 34 de la Constitución el siguiente apartado: La ley determina las condiciones por las cuales se ejerce la libertad garantizada a la mujer de recurrir a una interrupción voluntaria del embarazo.

Los supuestos están recogidos en nuestro país en la ley orgánica 1/2023 de 28 de Febrero: violación (supuesto criminológico), riesgo grave para la salud física o mental de la madre (supuesto terapéutico), malformaciones y patologías genéticas del feto (supuesto eugenésico). En general, es legal la interrupción libre del embarazo hasta la semana catorce de la gestación a partir de los dieciséis años sin que sea obligatoria la autorización parental. Según datos estadísticos de la Dirección General de Salud Pública los motivos más frecuentes que se alegan en el “cuarto supuesto” son las dificultades económicas, la marginación de las madres solteras, la crisis de la pareja, la pérdida del puesto de trabajo, la edad avanzada, la incompatibilidad profesional o diversas disfunciones psicológicas reales o imaginarias. El año pasado se realizaron 98.136 abortos en España, según datos del Registro Estatal de Interrupciones Voluntarias del Embarazo publicado por el Ministerio de Sanidad a finales de septiembre, lo que supone una tasa de 12 mujeres de cada 1.000 entre 15 y 44 años.

La hija de unos vecinos de toda la vida se quedó embarazada antes de cumplir catorce años sin haber terminado cuarto de la ESO. Su novio, mayor de edad, estaba empleado en una superficie comercial. Las circunstancias son de sobra conocidas: dinero fresco, salida a las tantas de una discoteca coladero cargados de copas, aparcamiento del coche en un solitario lugar de las afueras o habitación prestada de un piso de colegas que están en ignorado paradero, la emoción de hacer el amor sin tomar precauciones, aquí te pillo y aquí te mato… En fin, constatar el comentario que hizo aparte a los desolados padres la ginecóloga al comunicarles el embarazo indeseado: una adolescente o una joven entre los catorce y veinte años se queda embarazada con solo mirarla. Este frase me parece más pertinente que los cursos sobre educación sexual que se prodigan en los Centros de Apoyo a la Familia e Institutos de Secundaria. Me lo cuenta una profesora de francés recién jubilada que tuvo que asistir por obligación de tutora a una de estas charlas sobre identidad de género impartida por una jovial pareja que se presentaba como masters en educación sexual. Obviamente hubo que cazar a los alumnos a lazo. Tampoco está claro que no se pida permiso por escrito a los padres para autorizar la asistencia de sus hijos a estas actividades extraescolares. Muchas no son orientativas y “transversales”, como se anuncian, sino ideológicas. Tendenciosas. Crean problemas donde no los hay. Por ejemplo, propician el embarazo no deseado. Atrapados varios grupos de la ESO en la jaula, comenzó la sucesión interminable de presentaciones, imágenes de los genitales y alusiones a zonas erógenas que, según la profesora, nunca había oído. De pronto, el ruido de fondo cósmico del tedio se desgarró por el aullido orgásmico de un alumno de la última fila. Su amiguita del alma, quizás movidos por la charla, se había dedicado a complacerlo desde hacía rato y el final fue un enhiesto surtidor de sombra y sueño que a las estrellas casi alcanza. Por fortuna se impuso la risa inextinguible de los dioses. Mi amiga se troncha cada vez que lo cuenta. Recuerda la palidez mortal de los expertos que antes de salir por la puerta falsa susurraron: libertad a la madrileña. Obviamente la Asociación de Padres de Alumnos (APA) tuvo noticias del caso.  

En la adolescente las consecuencias de dar a luz serán inmediatas: los apoyos incondicionales de los miembros de las asociaciones provida, los fárragos burocráticos de las casas de acogida, las soflamas de los grupos parroquiales; amigos, conocidos y parientes de circunstancias una vez que se produce el parto desaparecen como por ensalmo. Serán los abuelos quienes se ocuparán de criar al nieto sin tener edad ni estar en condiciones de representar el papel de padres. Los verdaderos todavía menos. La condición de madre soltera a esa edad es un estigma social. Los estudios, la socialización y el desarrollo de la educación afectiva se verán alterados y frustrados. Eso sin contar con la impredecible reacción del padre del recién nacido; la norma es que se desentienden del problema; en todo caso conviene obviar las fogosas promesas matrimoniales. En fin, algunas pautas para interrumpir el embarazo como aconsejó la doctora: al no haber violación, hacerlo cuanto antes, físicamente es más fácil y el trauma menor. Además, los cambios físicos y psicológicos que experimenta la mujer encinta serán más leves. Inconveniente: los ginecólogos de la Seguridad Social no practican este tipo de intervenciones. Se suelen acoger en bloque al derecho a la objeción de conciencia (lo cual es otro tema del cual habría mucho que hablar). Aducen, además, que el servicio se sobrecargaría si atendieran los abortos. La misma Sanidad Pública te deriva a ciertas clínicas privadas. Si no te convencen y te lo puedes permitir, coge un vuelo con presupuesto y cita. Allí te encontrarás con un ambiente más normalizado, menos denostado socialmente y no tendrás que sufrir el acoso callejero ilegal de grupos ultras con preces, pancartas y furgonetas del último recurso. Tras la intervención lo mejor es que nadie fuera del círculo íntimo lo sepa. Difícil. Imposible en ciudades de provincias. En todo caso, una vida por delante descarta de raíz las habladurías. Y asunto no concluido, porque un aborto es algo que ninguna mujer, tenga la edad que tenga, podrá olvidar en su vida. Es una tragedia materna que requiere duelo y consuelo. Incluso conviene buscar ayuda profesional para restaurar la confianza entre los padres y la hija y la hija consigo misma. El embarazo se gesta en el cuerpo y en la mente de la mujer. Ambos son suyos, pero también de la vida que lleva dentro, de los que la necesitan, la quieren y la esperan. Algunos desalmados y desalmadas confunden un drama indeleble con una fiesta.

viernes, 15 de marzo de 2024

El cuerpo del amor

 

La pandemia ha supuesto un renovado interés por el culto al cuerpo. Recordad el omnipresente ¡Cuídate! Las salas de fitness, están a reventar, las aceras pobladas de corredores o runners que resoplan al adelantarte, en los parques se han instalado barras, bicicletas y otros artilugios, en cualquier esquina puedes tropezarte con alguien haciendo sentadillas, flexiones o estiramientos. Por no hablar de la penitencia de la gastronomía ecológica.

Otra variante en auge del culto al cuerpo son los institutos o clínicas de cirugía y medicina estética, el negocio más próspero del barrio junto con los gimnasios, las terrazas y los chinos. Sus clientes son por el momento mayoritariamente femeninos, pero hay cada vez más presencia masculina (hetero y homo) según datos de las propias clínicas, en parte ciertos y en parte hinchados en un intento de autopromoción. Algunos se retocan por exigencias profesionales (políticos, reyes, locutores, actores, influencers, deportistas), otros por contemplar su imagen en el espejo, sin olvidar a los que buscan el elixir de la eterna juventud.     

Hoy tocamos este palo. No es lo mismo la cirugía plástica que la cirugía estética. La primera pretende restaurar la forma y función del tejido después de que haya sido afectado por diversas patologías: infección, traumatismo, extirpación, quemaduras, amputaciones, deformaciones congénitas… La segunda se utiliza para mejorar la apariencia personal y se puede realizar en diferentes áreas de la cara, el cuello y el cuerpo. No hay, por tanto, patologías previas. Se trata de un procedimiento electivo mediante el cual se modifican rasgos corporales a fin de optimizarlos. Hay muchos tipos de cirugía estética: el lifting o estiramiento facial, la rinoplastia, la liposucción, la otoplastia, la mamoplastia, el levantamiento de cejas, entre otros. Una variante no quirúrgica de la cirugía estética es la medicina estética orientada a perfeccionar el aspecto físico mediante tratamientos no invasivos o mínimamente invasivos: corregir imperfecciones del rostro, favorecer la calidad y textura de la piel, reducir las arrugas, corregir las líneas de expresión o promover la regeneración celular. La cirugía plástica o reparadora está cubierta por el Servicio Nacional de Salud, mientras que la cirugía y la medicina estética es sufragada por los usuarios, algo justo y necesario en ambos casos.

Hay un tema concomitante que cada vez cobra mayor actualidad y es objeto de polémica (agria entre los políticos): la transexualidad. La podemos definir como la identidad de género de las personas que se consideran a sí mismas individuos del sexo opuesto. Los transexuales tienen, por tanto, una identidad de género que no coincide con su sexo adscrito por nacimiento por lo que desean realizar una transición al sexo con el que se identifican. Para llevarla a cabo tienen que buscar asistencia médica mediante terapias de sustitución hormonal y cirugía de cambio de género. Esta última tiene dos modalidades completas: la cirugía de feminización o vaginoplastia y la cirugía de masculinización o faloplastia. Hay grados intermedios. La vaginoplastia consiste en una reconstrucción genital que incluye la extirpación de los testículos y el pene, la creación de una vagina, labios vulvares y un clítoris. La faloplastia tiene como objetivo crear unos genitales externos masculinos que permitan una función urinaria en posición vertical, una estimulación erógena y una penetración satisfactoria. La operación completa de reasignación de género en ambos casos es compleja porque implica a distintos especialistas y además costosa, en torno a los veinte mil euros o más en función de las características de cada caso.

Es problema ético y político es a quién corresponden los gastos de la cirugía de reasignación parcial o completa de género. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y las más reconocidas asociaciones de Psiquiatría no consideran a la transexualidad una enfermedad mental. La patología, denominada disforia de género, surge, más bien, cuando tratamos de disuadir a la persona de su identidad transexual en vez de ayudarla a que la asuma sin complejos. La contradicción surge, a mi modo de ver, en que si no se trata de una enfermedad sino de una elección subjetiva no corresponde al Servicio Nacional de Salud hacerse cargo de los gastos de las intervenciones de feminización o masculinización. No son un caso de cirugía estética, pero tampoco de cirugía plástica. Es más, por su propia finalidad institucional, el SNS quedaría al margen de cualquier protocolo, evaluación y procedimiento relacionado con la reasignación de sexo. Los transexuales tendrían, por tanto, que recurrir a centros privados (los hay y muy competentes, por ejemplo, la Clínica Mayo) y cubrir todos los gastos. Estoy de acuerdo en que muchos trans, por desgracia, no pueden costearse la intervención, pero de ahí no se sigue que tengamos que pagársela entre todos. Insisto, trato de expresar mi opinión, no de sentenciar sobre el caso. En nuestro país este matiz nunca está de más.

sábado, 9 de marzo de 2024

Meritocracia

Es conocida la sentencia firme de Alfred North Whitehead según la cual toda la filosofía occidental consistiría en una serie de notas a pie de página a la filosofía platónica.

La RAE define la meritocracia como el Sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales. En su Diálogo de madurez República, la primera utopía política conocida, Platón propone algo similar a lo que hoy entendemos por tal concepto: a la cabeza de un Estado ideal deberían estar los filósofos gobernantes designados entre la casta de ciudadanos que por selección eugenésica y formación específica predomina el alma racional cuya virtud es la prudencia o sabiduría práctica. Al final de su vida, Platón fue muy pesimista sobre la instauración en Grecia de una ciudad estado realmente justa. En realidad, estuvo a punto de perder su privilegiada cabeza en tres ocasiones a causa de sus ideas políticas.  

Un fantasma recorre la Unión Europea: la escasa competencia de la clase política. Es lo mismo que pensaba Platón de la corrompida democracia ateniense que ejecutó a Sócrates, su maestro. Abatido y en la lista negra de los disidentes, se refugió en Megara durante tres años. Posteriormente viajó a Egipto, Cirenaica e Italia. En Siracusa (Sicilia) convenció al tirano Dionisio el Viejo de que pusiera en práctica sus principios políticos, pero acabaron mal. El tirano se hartó de teorías abstrusas, lo cargó de cadenas, lo convirtió en esclavo y lo vendió en el mercado. Tras pagar un amigo el rescate volvió a Atenas donde fundó la Academia, una institución dedicada originalmente a la formación de políticos profesionales. A la muerte de Dionisio el Viejo, su hijo, Dionisio el Joven lo reclamó como instructor personal. Platón, pese a su anterior fracaso, volvió dispuesto a reivindicar las ventajas de un gobierno de los sabios. Pero el tirano, ajeno a las verdades del mundo inteligible, acabó por desen­ten­derse de su asesor y tras la caída del régimen a causa de una conspiración, el filósofo, perseguido y desmoralizado, volvió de nuevo a Atenas lleno de dudas sobre su teoría de las ideas y de  sombras sobre la condición humana como reflejan sus últimas obras.  

Cambiando lo que se deba cambiar, aplicaremos el intelectualismo platónico, la meritocracia, a la democracia liberal. Las conclusiones son muy parecidas. En primer lugar, una vez eliminados los ministerios superfluos (en nuestro país la mitad) debemos asumir que el ministro de sanidad sea un médico reconocido, el de hacienda un economista prestigioso, el de educación un profesor emérito, el de justicia un jurista acreditado y así sucesivamente (si continuamos, el disparate surge pronto). Las dificultades se suceden: los profesionales más capaces no suelen estar interesados en la política. Más bien la evitan. Echen una mirada a los escuálidos curricula del arco parlamentario. Además, si los hubiera, deberían tener unas mínimas afinidades ideológicas con el partido al que representan: hablamos de democracia no de tecnocracia. No se trata de sustituir los fines ideológicos por los medios técnicos. Nuevo problema: que sea un excelente profesional de la medicina, la economía, la educación o el derecho no garantiza que sea un buen político. En realidad, no sabemos en qué consiste ser un buen político. Un misterio dentro de un enigma. Quizás el buen político nace, no se hace. Ya sabemos lo que dan de sí los licenciados en ciencias políticas y sociología. Ni siquiera la historia nos aclara quienes han sido buenos o malos. Siempre nos encontramos con un mosaico de luces y sombras. La meritocracia estricta, platónica, no funciona en la democracias liberales.

La segunda solución, en línea con la anterior, serían los consejeros áulicos. Los representantes electos se rodearían de técnicos cualificados, a tiempo parcial o total, para encontrar la mejor relación entre medios y fines. Pero surgen nuevos problemas: nuestros políticos tienden por sistema a priorizar los fines, mutados en intereses creados, a los medios expertos; o sea, a degradar el contenido objetivo de los sesudos informes, a esconderlos en un rincón escondido y cubierto de polvo o a enviarlos directamente a la papelera de reciclaje. Otrosí, los políticos profesionales no eligen por norma a los mejores técnicos sino a personajes afines al partido por dos motivos: oyen la música celestial que quieren oír y pagan las exigencias internas del insistente qué hay de lo mío. Después de todo la política es una carrera. Finalmente, los asesores son legión porque los situados extienden insaciables la red de influencias a familiares, amigos y conocidos. Al final prevaricación, cohecho y presuntos implicados. Tampoco esta variante de la meritocracia, la más plausible, la más llevadera, es por ahora la solución a la decadencia de la democracia liberal en España, Europa y Estados Unidos. Lo que sigue es algo que no hace falta imaginar porque ya está sucediendo. Y el futuro que se vislumbra es oscuro y confuso, si es que sobrevivimos como especie a corto plazo. Siempre nos quedará la ciencia, pero todo parece indicar que sus aplicaciones, la tecnología militar, las computadoras cuánticas, la inteligencia artificial, apuntan en una dirección inquietante.

miércoles, 21 de febrero de 2024

El fin del mundo

 

Recién llegado de un congreso en Lyon sobre Jean Fouquet, el mejor pintor y miniaturista francés del siglo XV, me cité con el coronel Carlos Abengoa, doctor en historia por la UNED, al que no veía desde hace meses. Compartimos mesa para disfrutar de unos callos a la madrileña en el restaurante García de la Navarra con un amigo común, Eduardo Barrios, profesor titular de la asignatura de Procesos y computación en la Escuela Superior de Ingenieros Informáticos.

Según parece, dijo Barrios tras apurar su primera copa de Ribera del Duero, el último logro de la Inteligencia Artificial consiste en clonar la imagen y la voz o convertir texto en contenido audiovisual en minutos. Los emprendedores han encontrado por fin su Arcadia digital. Imaginen las empresas de nueva creación: Burial o Lazarus resucitan a los seres queridos, incluidos perros y gatos, para que hables, discutas o llores mediante modelos exactos de telepresencia holográfica sin dispositivos audiovisuales de apoyo. O con apoyo. La semana pasada tuve la oportunidad de recorrer Florencia con unas gafas Apple de realidad virtual. Por supuesto, es más perfecta que la realidad real. Una Florencia de ensueño. Puedes ver en un entorno de 360 grados y alta definición 8K el humo de las tazas de chocolate que saborean los turistas en las terrazas de la Piazza della Signoria; o los imperceptibles defectos del mármol blanco de los dedos del David de Miguel Ángel. En Uffizi, la Venus de Botticelli te ofrece sus labios entreabiertos… O mejor, en medio del Ponte Vecchio sales tú de una joyería treinta años más joven de la mano de Margot Robbie a la que acabas de regalar unos pendientes de oro blanco, diamantes y esmeraldas. Por no hablar de las posibilidades que se abren a la industria del sexo manipulado, el fraude cibernético o la falsificación profunda. Será imposible que no te estafes a ti mismo.

En todo caso, metí baza, de los innumerables usos de la Inteligencia Artificial, el más crucial y, a la vez, más secreto es su aplicación a la industria militar. Asistimos a la invención de tecnologías cada vez más letales e indetectables. Los escenarios bélicos y las maniobras por tierra, mar y aire se han convertido en el escaparate de las grandes potencias militares. Armerías a escala mundial. Nos quejamos del control de las grandes tecnológicas sobre la vida privada. Pequeñeces. Te inundan de publicidad, llamadas durante la siesta y correos tóxicos con faltas de ortografía. Como mucho las redes sociales te advierten que no te pases o te bloquean por impresentable. Por supuesto que tus comunicaciones están monitorizadas por los servicios de inteligencia; o por los ojos electrónicos de una atmósfera saturada de satélites capaces de detectarnos con una resolución de menos de un metro; a no ser que te metas en líos serios o seas el hilo conductor de alguno les importas un bledo. Y viceversa. En unos años la Luna será el objetivo estratégico de los señores de la guerra. El peligro de la IA para la extinción de la humanidad a corto plazo no es el imperio final de las máquinas tipo Matrix en que los algoritmos dominan el mundo y se dedican a cultivar humanos, sino el Armagedón devastador que puede desencadenar la carrera de armamentos. Sabrás que el mundo cesa por una súbita luz incandescente, el temblor de las paredes y la temperatura anormal de la cuchara del café.

Se habla de las capacidades creativas de la IA, intervino el coronel. Ningún gran maestro ni computadora programada es capaz de derrotar a la impresionante Alpha Zero, la inteligencia artificial creada por Deep Mind, propiedad de Google. Tras jugar casi cinco millones de partidas durante cuatro horas, Alpha Zero obtuvo el mismo conocimiento que los humanos en casi 1.400 años. Lo he leído en el vuelo. Peter Heine Nielsen, analista de Magnus Carlsen, campeón del mundo, declaró a la revista CHESS Magazine: Siempre me he preguntado cómo sería si una raza superior aterrizara en la tierra y nos enseñara cómo juegan al ajedrez, y ahora siento que ya lo sé.

Profetizó el ingeniero informático (tercera copa de Ribera) que, aunque nosotros no lo veremos, una máquina de inteligencia artificial será capaz de escribir capítulo a capítulo las andanzas del caballero andante y su fiel escudero todavía mejor que Cervantes, como en el relato de Borges Pierre Menard Autor del Quijote. Ante mis airadas protestas por la vinosa distopía, Barrios me sugirió que todo es mejorable, la ciencia en primer lugar. Los avances en micro y macrofísica no serían posibles sin la aplicación de modelos de IA a la mecánica cuántica. ¿Por qué no imaginar que pueden aplicarse el arte? Quizás el Don Giovanni de Mozart oculta dos arias maravillosas o la décima sinfonía de Beethoven está latente en las anteriores. O que Johannes Vermeer no supo sacar de su paleta su obra maestra y la IA será capaz de darle luz y color. 

Replicó Abengoa que detestaba la analogía entre nuestros amigos inhumanos que nos superan en los escaques y las creaciones literarias, musicales o pictóricas. Por ahora, prosiguió, la capacidad de la inteligencia artificial como autor carece de sustancia. Los intentos que se han hecho han sido un fracaso. Hace poco la Orquesta sinfónica y Coro de RTVE interpretó en el Teatro Monumental de Madrid la primera obra compuesta con IA. El resultado ha sido calificado por la crítica especializada de pastiche. El director, prudente con los patrocinadores, dijo que nos podía servir de ayuda. Los relatos sobre temas sencillos, sacados, por ejemplo, de las fábulas de Samaniego son tópicos decepcionantes. Si se trata de narrar un tema más complejo como los celos es una mera clasificación o un dislate. Algunas madres utilizan El ChatGPT para disponer de cuentos infantiles que leen a sus hijos en voz baja antes de que doblen por la noche. Los que conozco son simplones, predecibles y aburridos. Ignoro si se ha alimentado algún programa de inteligencia generativa con las obras de los clásicos de la literatura o de las artes plásticas y cuál ha sido el resultado. Después de todo, imitar a Modigliani no es tan difícil. Según parece la mitad de los que cuelgan en los museos son falsos.

En cualquier caso, opiné, si se cumplen las profecías estéticas del Doctor Barrios (algunos apocalípticos afirman que la música de Bach responde a patrones matemáticos) será el momento de reconocer que el fuego, la rueda, la imprenta o internet no han sido los principales inventos de la humanidad. Y de aceptar que a medio plazo no tenemos la más mínima posibilidad de sobrevivir a las máquinas. Lo que sucederá después es inevitable. Si todavía estamos a tiempo será el momento de bombardear las bases de datos. 

P.D. A los postres (torrija con bola de helado y chupito de melocotón) la Inteligencia Emocional que reúne a los viejos amigos nos condujo a la Antica Hosteria Romanesca en la Plaza del Campo dei Fiori. Hacía una año que habíamos compartido mesa sin más pretensiones que comer un plato de pasta regado con Chianti, observar el trasiego del popular mercado y contemplar la estatua dedicada a Giordano Bruno, en el centro de la plaza (lugar de las ejecuciones capitales) donde el jueves 17 de Febrero de 1600 la Inteligencia Natural más fascinante del Renacimiento, acusado de herejía, fue quemado vivo en la hoguera por decreto de la Santa Inquisición durante el papado de Su Santidad Clemente VIII, Pontífice Máximo de Roma.  

lunes, 19 de febrero de 2024

Le jardin anglais (récit sur commande)

 

Il y a moins de deux ans, je dirigeais le département de Diffusion et d’Activités de la Bibliothèque Publique de Palma de Majorque. Une fois par semaine, je coordonnais un club de lecture à la Maison de la Culture de Santa Ponça. Originaire de Cuenca, c’était là ma première affectation en tant que bibliothécaire. Je vivais à Can Capes, un quartier de la périphérie. Ma compagne, Paula, une Majorquine, travaillait à la rédaction d’un magazine de voyages et de promotion touristique. Grâce au rédacteur en chef, nous avions trouvé un appartement de trois chambres avec salon et terrasse, construit dans les années quatre-vingt-dix, pour un loyer avantageux. Il se situait au troisième étage d’un immeuble locatif de quatre niveaux, dont le rez-de-chaussée était occupé par Doña Mercé, la concierge. Cette veuve catalane d’une soixantaine d’années avait perdu son mari, un sergent retraité des Mossos d’Esquadra, lors de la première vague du Covid.

Indiscrète par profession mais d’un tempérament affable, elle vivait avec son fils unique, Agustí, un trentenaire peu loquace. Son occupation principale — bien qu’il en eût d’autres, comme nous l’apprîmes plus tard — consistait à effectuer les menus travaux de réparation de la copropriété et à engager, moyennant commission auprès de l’administrateur de l’immeuble, les professionnels chargés des travaux plus importants. Il effectuait également des livraisons sporadiques avec sa camionnette.

Le locataire du premier étage était Jaume, un cuisinier d'âge indéfini travaillant pour la compagnie Transmediterránea. Il passait beaucoup plus de temps à bord qu'en son appartement, où il revenait pendant ses périodes de repos accompagné d'une femme d'une quarantaine d'années aux cheveux teints en blond — la blonda — qui parlait espagnol avec un accent français. Au deuxième, un couple de retraités allemands homosexuels venait passer ses vacances. Gerhart, l'aîné, affirmait avoir gravi presque tous les échelons de la Deutsche Bank pour finir directeur d’entreprises. Selon ce qu’il me confia un soir, alors qu'ils se promenaient bras dessus bras dessous sur la plage d’Andratx, il avait troqué la prospection de clients pour la « joie de vivre ». Günther, quant à lui, avait été assistant de restauration au Dresden City Museum ; il consacrait désormais une partie de son temps à l’étude de la poterie et de la céramique baléares.

Au dernier étage vivait Aurora, fonctionnaire au ministère des Finances. Elle avait quitté Soria à la naissance de sa fille, Jasmina, fuyant les préjugés provinciaux à l’égard des mères célibataires. Je suis convaincu qu’elle ne m'a dit que la moitié de la vérité. Désormais, Jasmina était une adolescente à la dérive, en proie aux bouleversements hormonaux, comme toutes celles de son âge.

L’immeuble disposait d’une cour extérieure murée d’environ cinq cents mètres carrés qui bordait l’arrière du bâtiment, où la construction d’une piscine et d’une aire de jeux pour enfants était initialement prévue. Les coupes budgétaires avaient interrompu le projet, condamnant la cour aux broussailles et aux mauvaises herbes. Au retour du printemps, les Allemands demandèrent à Don Tomeu, le propriétaire, la permission de transformer cet espace en un lieu communautaire « à des fins récréatives et d'embellissement ». Les explications du restaurateur sur la décoration urbaine et celles du banquier sur la revalorisation immobilière furent décisives pour obtenir son accord. Afin d’informer les voisins des bienfaits du projet et d’en discuter les détails, ils nous invitèrent à prendre l'apéritif sur une terrasse renommée de la promenade maritime. Même le marin et son amie se rendirent au rendez-vous.

Entre des verres de vin rosé, du fromage de Palma et des toasts à la sobrasada, ils nous expliquèrent que le projet consistait en l’imitation d’un jardin anglais. L'ex-banquier faisait preuve d'une éloquence remarquable. “Le jardin anglais — lut Günther dans une revue qu'il sortit de sa poche — cherche à imiter la nature vierge, bien que cette représentation spontanée soit au fond le résultat d'un projet artistique élaboré. L'idéal du jardin anglais est de créer un environnement surprenant, novateur, ayant l'aspect d'un lieu n'ayant jamais connu la main de l’homme”.

— Cette revue pédante me dit quelque chose, me murmura Paula à l'oreille.

Personne ne s'y opposa ; au contraire, Don Tomeu arborait une cravate ornée d'une épingle, cadeau des nouveaux voisins. Doña Mercé annonça son intention de planter des concombres et des tomates, tandis que la mère de Sara prévoyait du laurier, du persil et de la coriandre. Paula achèterait des pots chez Juanito Vivers pour décorer la cour ; le cuisinier convint que c'était une idée formidable, tout en déplorant que son travail ne lui permît pas de collaborer autant qu'il l'aurait souhaité. En somme, en moins d'un mois, les entrepreneurs allemands transformèrent la cour en un véritable verger parsemé de sentiers et de corbeilles. Doña Mercé et son fils gardaient la clé.

Deux semaines après la fin des travaux d'horticulture, alors que je sortais de ma sieste, Paula et sa jeune amie Beatriu, diplômée en sciences de la mer, entrèrent toutes agitées dans ma chambre :
— Les Allemands ! s'écria Paula. Ces enfoirés ont planté un champ de marijuana dans la cour !

— Cela ne fait aucun doute, ajouta son amie. Je sais distinguer une algue verte d'un plant de cannabis sativa (nous fumions tous les trois régulièrement). Regarde ! (elle éparpilla quelques feuilles coupées sur la table).

— Ça a l'air pas mal, commentai-je, encore ensommeillé.

Le lendemain, je rendis visite au couple sous prétexte de demander conseil à Gerhart sur d'éventuels investissements boursiers. « Rien de sérieux », dis-je. Il me répondit qu'il y réfléchirait avant de me donner une réponse, bien qu’à sa moue, j’eus l’impression qu’il s’y connaissait en finance autant que moi en chasse sous-marine. Je décidai de ne pas insister davantage en sollicitant l'opinion de Günther sur les peintres catalans à Majorque ; sans plus attendre, je détournai la conversation vers ce qui m'avait amené.

— Nous partageons cet immeuble, du portail à l'antenne collective, en passant par le jardin. N'auriez-vous pas dû informer le propriétaire et les voisins de ce que vous manigancez ? Vous pourriez nous attirer de sérieux ennuis. Avant une semaine, suggérai-je sans menacer, vous devez faire disparaître tout cela, peu importent vos raisons. L'éloquence ne vous manque pas.

Puis, je pris congé de ces deux statues de sel.

Lors des chaudes nuits méditerranéennes, un doux parfum sucré montait jusqu'au ciel sous nos narines. C'était tout. Bien entendu, nous ne coupâmes pas la moindre plante, bien que l'envie nous en démangeât. Les voisins ne remarquèrent rien d'insolite, et je n'étais pas du genre à faire l'annonceur public du quartier.

Un dimanche matin, quatre jours après ma discussion amicale avec les occupants du deuxième, j'étais encore au lit quand Paula surgit de la terrasse où elle aimait petit-déjeuner en consultant la presse numérique.
— Jette un coup d'œil dans la rue ! s'exclama-t-elle. Ce n'est pas possible... les deux tourtereaux, main dans la main, mais cette fois avec des menottes et sur le point de monter dans un panier à salade. J'espère que tu n'y es pour rien, murmura-t-elle.
— Je suis aussi stupéfait que toi, répondis-je avec sincérité.

Ce fut la fin du jardin anglais. C'était la Blonda, amatrice de quelques joints à ses heures, qui avait éventé le manège et donné l'alerte. Quelques jours plus tard, au commissariat, nous dûmes, comme les autres locataires, répondre aux questions de l'inspecteur Palomeque, de la brigade des stupéfiants et assidu du club de lecture de Santa Ponça.

— Non, nous ignorions ce que tramaient ces touristes. Nous ne les fréquentions guère, ils étaient très réservés. Nous savions qu'ils étaient mariés, la concierge nous l'avait dit. Ils semblaient respectables, ne recevaient aucune visite... croyez-moi, ce fut une bien désagréable surprise. Oui, continuai-je, il m'est arrivé de me promener dans le jardin, mais bien que je ne distingue pas une rose d'un œillet, j'avais remarqué que toutes les plantes se ressemblaient étrangement...

L'inspecteur sortit un étui à cigares en cuir de son bureau, prit un petit cigare, l'alluma calmement et savoura la fumée avant de l'inhaler.

Puis, il nous fixa intensément.

— Écoutez, bibliothécaire, ne vous payez pas ma tête. Je suis certain que vous étiez au courant. Ils parlent parfaitement espagnol, ils ne sont pas allemands mais polonais, venus d'Autriche. Tout ce qu'ils vous ont raconté n'est que balivernes. Nous les avions dans le collimateur depuis leur arrivée à Palma il y a un an. Ils ne sont pas mariés, ils aiment les prostituées de luxe et, de toute façon, leur vie privée leur appartient. Nous pensons que plusieurs groupes agissent sur l'île sans se connaître, bien qu'il soit évident qu'ils travaillent pour quelqu'un qui donne les ordres, stocke et gère la vente. C'est la reine d'un nid de frelons asiatiques ; elle crée d'abord un nid primaire, puis secondaire, puis tertiaire, et ainsi de suite si l'on ne coupe pas court au processus. Nous soupçonnons de qui il s'agit, mais nous ne pouvons encore rien prouver. Ils cultivent l'herbe dans les endroits les plus inconcevables : potagers, piscines vides, vieilles demeures, locaux abandonnés transformés en serres avec lampes, ventilation et système d'irrigation sophistiqué. Nous avons confisqué ce jardin des délices et huit autres. Au total, plus de trente kilos de marijuana de première qualité. À dix euros le gramme, son prix sur le marché serait de trois cent cinquante mille dollars. Nous pensons que les Polonais l'écoulaient par petits lots pour que la récolte passe inaperçue. Nous savons que le chargé de transport vers un entrepôt logistique est Agustí, le fils de la concierge ; nous n'excluons pas qu'elle soit impliquée. Ce n'est d'ailleurs pas une affaire trop grave tant qu'il ne s'agit que de marijuana.

— Je suis un fervent partisan de la légalisation de la marijuana, lui dis-je en guise de congé.

 — Moi aussi, me répondit-il, cela m'éviterait bien des problèmes. Comme vous me plaisez bien, que je suis bavard et que vous semblez sortir du dernier roman d'intrigue que vous nous avez recommandé, je vais vous mettre au parfum. Nous avons laissé du lest aux transporteurs qui livraient la marchandise à l'entrepôt. Puis, nous les avons tous cueillis, sauf la reine. Personne ne connaissait personne. Vos voisins ont tenté de me convaincre que la plantation était destinée à l'industrie pharmaceutique générale. Ils possédaient des comptes dans une banque d'Andorre qui nous a menés en bateau grâce à son haut niveau de discrétion opérationnelle et légale. L'avocat commis d'office — ils n'en connaissaient aucun en Espagne — dès qu'il a compris l'imbroglio, leur a conseillé de collaborer à l'enquête pour leur propre bien. Et l'affaire fut classée. L'entrepôt était une société écran enregistrée à Gibraltar. Le gérant ne savait rien, naturellement. Il nous a montré avec empressement les registres d'entrée des colis. Ils coïncidaient en date et en heure avec les livraisons des détenus. Je ne me suis pas donné la peine de lui demander les registres de destination, car je serais tombé sur un autre écran de fumée. Il se peut qu'ils soient encore dans l'entrepôt, mais il n'était pas question de demander au juge un mandat pour inspecter tous les colis possibles de cette fichue marijuana... Ce qui m'inquiète, c'est que ce soit une manœuvre de diversion, un leurre pour occuper la brigade des stupéfiants pendant que la reine mère introduit sur les îles la dame blanche, l'héroïne et la pilule rouge. Nous y travaillons. Vous l'apprendrez bientôt par la presse. Au fait, Don Tomeu, Majorquin de souche, possède quatre autres immeubles locatifs répartis sur Majorque. Tous acquis ces trois dernières années. Aucun n'a de cour arrière. S'ils en avaient eu, fussent-ils cultivés, je serais moins inquiet. Quoi qu'il en soit, cela sort de mes compétences. D'autres s'en occupent.

Il écrasa son cigare dans le cendrier, tourna les talons et commença à fredonner sous nos yeux.

El patio de mi casa

es particular.

Cuando llueve se moja

como los demás...

lunes, 29 de enero de 2024

Saber perder y saber ganar

La única manera noble de saber perder es la del abuelo que deja a su nietecilla hacer trampas para que le gane al parchís. Son tremendas. Al menor descuido mueven la ficha de matute o trucan el dado. ¡He ganado, he ganado! chincha la princesa mientras reparte besos bajo demanda. Los dos son felices. Es el único caso que conozco en el que el perdedor se alegra excepto si se trata de un partido amañado con fajos y maletín. Siempre me acuerdo del boxeador Butch Coolidge (Bruce Willis) en la excepcional Pulp fiction huyendo al galope de la mafia del juego tras incumplir el acuerdo de dejarse noquear en el quinto asalto y apostar fuerte por sí mismo. El dinero habla decía hace unos días John McEnroe, el deslenguado tenista, al referirse a Rafa Nadal y su contrato estratosférico para potenciar el deporte en Arabia Saudí (como Jon Rham y Cristiano Ronaldo). El ocaso de los ídolos, el hechizo del desierto al que sucumbió Lawrence de Arabia.

Lo que tienen en común todos los deportes de competición es que al final unos van al cielo y otros al infierno. Que me lo digan a mí, seguidor del atleti por circunstancia y vocación, que he vivido las tres finales palmadas de la Copa de Europa; y la agonía semanal. Peor era el juego de pelota de los mayas, el pok ta pok (onomatopeya de los rebotes en las paredes), tatarabuelo del baloncesto con un contenido ritual y religioso. Según los expertos, los perdedores eran sacrificados a los dioses. Literalmente rodaban cabezas. Los ganadores sobrevivían partido a partido. Me recuerda al Quidditch un juego de tres aros y escobas voladoras que practicaban los aprendices de brujo del Colegio Hogwarts en la serie de Harry Potter. Me leí una novela tras otra durante el confinamiento. Olvídense de Descartes. El Quidditch es uno de los mejores tratados de las pasiones que se han escrito. Dejemos a Clarín los cuentos morales: el único valor del deporte, es ganar, ganar y volver a ganar. Olvídense de los valores olímpicos y otros mitos. Solo lucen durante las ceremonias de inauguración y clausura. Lo mismo que el Rei de los judocas, expresión de cortesía antes de dislocarse en el tatami. O el saludo severo de los grandes maestros del ajedrez en señal de respeto delante del tablero, el borgiano ámbito en que se odian dos colores. Séneca, Agustín de Hipona, Sánchez Ferlosio: Splendet dum frangitur (brilla mientras se rompe) debería ser el lema claroscuro del deporte.

Hablemos de fútbol que es lo que realmente nos importa. Hay un prepartido, partido y pospartido. Todo comienza con las tertulias nocturnas que puso de moda García, tormentas en un vaso de agua que sirven para dormirnos con la radio puesta. Sigue la rueda de prensa de los entrenadores. Elogios del rival, líneas, compromiso, preparación. Una alusión equívoca hacia propios o extraños puede convertirse en una declaración de guerra. Después hay que aclarar los malentendidos sacados de contexto, desdecirse de lo evidente, pedir perdón y volver a la casilla de salida como en el juego de la Oca (otra invitación a que nos gane la nieta). El resultado es una enorme burbuja en todas las cadenas del dial que tarda al menos una semana en deshincharse. Olvidaos de lo que habéis oído y del público. Ellos juegan su partido y nosotros el nuestro, decía Luis Aragonés antes de saltar al campo. El mismo que a la pregunta de un listillo sobre por qué en los saques de esquina su equipo no buscaba el palo corto, respondió: ¿Palo corto, está seguro, creía que los dos eran iguales? La tres cuartas partes del programa la ocupan el Madrid o el Barça. Las preguntas de la prensa del gremio y las respuestas de los protagonistas son líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. Es lo mejor que puede suceder porque, como en política, si se encuentran acabará en bronca. La única nota negativa es la llegada del autobús del equipo visitante entre una lluvia de piedras y tachuelas.

Entramos al estadio reventón donde ondean las viejas banderas, salen los equipos con los niños de la mano, retumba el himno a coro, los que van a morir se saludan, los capitanes intercambian banderines, suerte al trío arbitral y tras el pitazo comienza la madre de todas las batallas. El mundo cambia: en la grada de animación aparecen las esvásticas, las bengalas y los estandartes confederados; por su tamaño, la única explicación es que estaban a buen recaudo en los sótanos del estadio. Se alternan los insultos a los tránsfugas, el racismo darwiniano y las cuentas pendientes. No insisto, lo saben de sobra. No es un juego sino la guerra; es sólo fútbol, pero nos gusta. Nuestro cerebro reptiliano está vinculado a pautas de conducta como la competencia, la dominancia, la defensa territorial y la agresividad. Sin estas pulsiones ancestrales nos dejaría indiferentes, como cuando nos derrumbamos resignados en el sofá para sufrir una insulsa final de la copa australiana. Si alguien te dice que le gusta el fútbol en sí mismo, sin defender unos colores desde su más tierna infancia es que no le gusta el fútbol. Cuando mi nieta cumplió un año, lo primero que hice fue comprarle en la tienda oficial la equipación del atleti con su nombre en el dorsal. De momento canturrea el himno.       

Al final, lo único que acaba en el césped es el resultado. Una legión de analistas, exjugadores, árbitros jubilados, periodistas, tertulianos y seguidores de renombre cobran los dividendos del pospartido. Buen título para un nuevo intento.