La prensa deportiva, la más leída por goleada, se basa, al analizar los partidos de fútbol, en que hay finalmente dos teorías: la positivista sin fisuras y la metafísica de amplios vuelos. Prefiere siempre la segunda porque es más sugerente y conspirativa; permite atizar el ascua de la rivalidad y las últimas cuentas pendientes, befarse del rival y bajar los trapos sucios de la buhardilla. Eso sí, los que hoy ríen, mañana lloran. Incluso los equipos más grandes antes o después reviven Sonrisas y lágrimas. Además, cualquier inocua declaración de un jugador, directivo o técnico hacia propios o extraños puede ser inflada de matices tóxicos hasta convertirse en una declaración de guerra. Después hay que aclarar los malentendidos, desdecirse de lo evidente, pedir perdón a quien haga falta y acabar con el follón. El resultado es una espiral infinita de papel. Además cuenta con la ventaja de que las crónicas futboleras se escriben a toro pasado. Por tanto, el guion del partido permite más variantes que una partida de ajedrez entre grandes maestros. Un ejemplo es la prensa deportiva catalana y madrileña. Lean lo que escriben Sport o Mundo Deportivo, As o Marca sobre lo que Barça y Madrid hacen en cada jornada de liga y, sobre todo, no se lo pierdan, cuando se enfrentan entre ellos. Supongamos que estamos viendo el inevitable partido del siglo. En el área azulgrana se produce el forcejeo del central con un atacante que se cae al césped mientras el balón rueda mansamente a las manos del portero. ¿Cuál es exactamente el hecho que hemos visto en la pantalla (no digo ya en el campo)? Es evidente que la prensa merengue, moviola incluida, dirá al día siguiente que se trata de un penalti de libro y se remontará a la jurisprudencia creada desde hace cien años (cuando el árbitro señalaba sin vacilar el punto fatídico), mientras que los diarios catalanes negarán la mayor, la menor y la conclusión, invertirán la sentencia y jurarán que ha sido una entrada “normal” sin mayores consecuencias porque el fútbol es un deporte de contacto, de hombres y demás tópicos machistas. Unos y otros hacen lo mismo que los astrónomos aristotélicos cuando rechazaban lo que veían a ciencia cierta en el telescopio de Galileo: encajan los acontecimientos del césped a golpes de martillo. Es lógico: la prensa se debe a su público que paga por leer lo que quiere. Después de todo, el deporte es uno de los negocios más rentables y, si me apuran, un sector estratégico de la economía nacional. Pero sobre todo porque si los periodistas fueran partidarios de la primera teoría, la positivista, tendrían muy poco que decir y la gente se dedicaría otra vez a leer los folletines por entregas, las novelas del oeste (que renacerían) e incluso las estupendas aventuras del Capitán Alatristre. ¿La razón positiva? El fútbol solo tiene un principio: siempre merece ganar el que gana y lo demás son ganas de marear la perdiz. Un equipo puede tener el noventa y nueve por ciento de posesión de balón, tirar veinte veces al poste, anularle tres goles legales, chocar con el acierto del portero rival y otros avatares… Y recibir el gol de la derrota en la única jugada que el contrario tiró a puerta en una jugada aislada. Pero el fútbol no consiste en dominar al rival, ni tirar al poste (es igual que tirar fuera), ni hacer que se luzca el meta contrario, ni sufrir las cantadas arbitrales sino sólo en enchufarla. Después de todo, se rige por el mismo mecanismo de relojería que el resto del mundo: una vez que las cosas ocurren es que han sucedido. Y eso se puede contar en diez líneas. Esta verdad la conocen perfectamente los profesionales del balón, de ahí las dificultades, a veces cómicas, a veces crispadas, que tienen para responder a las preguntas de los periodistas. Por lo demás, los futbolistas tampoco son, ni tienen por qué ser, un ejemplo de verbo fácil o cultura general. Lo suyo es hablar en el campo. Las opiniones en caliente al finalizar el encuentro, las ruedas de prensa de los entrenadores, las entrevistas radiofónicas a los presidentes, son un repertorio inagotable de lugares comunes, vaguedades y buenas intenciones. En el mejor de los casos, cotilleos más o menos divertidos sobre la vida privada de los personajes: el supercoche que conduce Crispín Romeral, la rubia despampanante con la que sale o el despilfarro a la romana de su última fiesta de cumpleaños. Y mentiras que nadie se cree, desmentidos sobre fichajes o invenciones justificadas, muchas veces sobre la marcha, porque, igual que con la política, sería contraproducente contar lo que sucede realmente dentro del vestuario o en las oficinas del club. Por eso lo pasan tan mal cuando alguien de la casa, imprudente (se le calienta la boca) o despechado (está cabreado porque no juega o por dinero, entre otros motivos), larga más de la cuenta y la prensa monta en el acto el sistema metafísico o moral. Más madera...
viernes, 23 de septiembre de 2016
viernes, 16 de septiembre de 2016
La corrupción, mal endémico español
Hay que tener el temple de un héroe para ser
una persona decente.
John Le Carré.
Las cuatro quintas partes de las grandes reputaciones morales no significan otra cosa que falta de datos para conocer la historia de los individuos que se pavonean en ellas fatuamente, como los cómicos cuando se visten de reyes.
(...)
Cuando se me presentaba alguno en cuya facha conocía yo que era hombre de posibles, mayormente si venía de provincias con cierto cascarón de inocencia, lo recibía cordialmente, nos encerrábamos, conferenciábamos a solas, le persuadía de la necesidad de tapar la boca a la gente menuda de las oficinas, conveníamos en la cantidad que me había de dar, y si se brindaba rumbosamente a ello, cogía su destino. Siempre era una friolera, obra de diez, doce o veinte mil reales lo que cerraba el contrato, menos cuando se trataba de una canonjía, pensión sobre encomienda u otro terrón apetitoso, en cuyo caso había que remontarse a cifras más excelsas. Si nos arreglábamos, se depositaba la cantidad en casa de un comerciante que estaba en el ajo, y después yo me entendía con los superiores, si no me era posible despachar el negocio por mi propia cuenta. Asunto era este delicadísimo y que exigía grandes precauciones. Por no tomarlas y fiarse de personas indiscretas, no dotadas de aquella fina agudeza a pocos concedida, cayó desde la altura de su poltrona a la ignominia de un calabozo un célebre ministro de Gracia y Justicia.
Benito Pérez Galdós, Episodios nacionales
viernes, 9 de septiembre de 2016
Sobre la política actual
Aumentar los deseos hasta lo insoportable y a la vez hacer que satisfacerlos resulte cada vez más difícil: este es el principio único en el que se basa la sociedad occidental.
Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla
Decididamente no me interesa la política. Los hombres y mujeres más valiosas, más capaces huyen de la política. No tengo la más mínima intención de dedicar un minuto a especular sobre las últimas chapuzas y componendas parlamentarias. ¡Cuánto dinero perdido por unas querellas vanas! Una de las desgracias de vivir en nuestro país (¿tiene sentido esta expresión?) es la presencia constante del laberinto español del que hablaba Brenan. ¿Aún se cree alguien que las causas y los efectos de la guerra civil española han prescrito? Además, los debates políticos profesionales desatan rencores y oscuras amenazas. Todos se odian entre sí. Prefiero leer a Tomás Moro, Locke o Tocqueville. Infinita distancia entre política y filosofía política.
Por lo que respecta al pueblo soberano: Los “argumentos” políticos, en general, no son razones sino justificaciones personales y de clase. Habladurías. La mayoría de los que hablan de política no argumentan sino que charlan sobre sí mismos. Les encanta blanquear su buena conciencia burguesa. Simplemente cuentan lo que son en ese momento para reafirmarse en sus prejuicios ideológicos, morales o religiosos. Y sobre todo económicos. Cualquier interlocutor sensato podría cortarles con una frase: No me cuentes tu vida, chaval.
Demasiada información. En una tribu perdida de África las normas sociales que debe interiorizar el nativo son pocas y claras. En la sociedad de la globalización las tendencias, las ideologías, las cosmovisiones, las religiones inundan el mercado de las ideas. Finalmente en la edad del capitalismo financiero se ha cumplido la leyenda de la torre de Babel. Cuantas más puertas y ventanas se abren al mundo, mayor es nuestro grado de ignorancia.
Hay más. Aunque quisiéramos argumentar no podríamos. Carecemos de información relevante. El único problema político que le preocupaba seriamente a Luis XIV, el rey absoluto por excelencia, era el control de la información: disponía de una policía secreta implacable, una red de espías que abarcaba el territorio, un número de asesores y consejeros desmedido, confidentes, delatores, soplones, chivatos… Aun así reprochaba a sus ministros que no se enteraban de nada. Decía un místico del Renacimiento que no debemos aferrarnos a lo que no entendemos. Un ejemplo sería la administración de la información por los poderes efectivos, los que realmente dirigen el mundo mundial (y este sí es un tema político crucial). Por el contrario, hay que prescindir de lo que dicen los tertulianos, la prensa comercial, las empresas mediáticas y las majaderías de los políticos. Definición de demagogo: el político que larga rollos ideológicos que sabe que son mentira a una gente que sabe que es idiota. ¿En quién están pensando? Pero sobre todo, hay que considerar irrelevante la avalancha de chorradas y rumores, que circulan por las redes sociales. Si hacemos caso al místico (y a las quejas de Luis XIV) deberíamos huir de cualquier preocupación obsesiva relacionada con la política, la economía, el cambio climático, la energía nuclear, los sucesos o el deporte. Cuando discutimos acaloradamente sobre estos temas, el Ángel de la Sabiduría, desde las altura, se ríe o llora por nosotros alternativamente.
Muchos ven la solución al problema político en la educación. Por supuesto, me gustaría que todo el mundo tuviera la mejor educación. Lo cual no quita para que la educación que ha recibido la mayoría de la gente no parezca haberle aprovechado gran cosa… Por lo menos en política. Más sobre el pueblo soberano: un tertuliano de pro sentenciaba por la mañana en una cadena de radio con una fe democrática sin fisuras: El pueblo es siempre sabio. En primer lugar sabios o necios solo son los individuos. El resto de la frase es una variante del dogma metafísico de Rousseau sobre la entelequia del YO COMÚN y una mala interpretación del contrato social en versión libre para la radio. Además podemos poner ejemplos actuales de cómo la voluntad popular expresada sucesivamente en las urnas es una insensatez, un despropósito y un episodio más de la historia universal de la incoherencia (por no utilizar otra expresión más dura).
Por cierto, excelente definición de política: A la salida de una sesión del Consejo de Ministros, los periodistas le reprocharon al Conde de Romanones (1863-1950), Grande de España, que hubiera aprobado una ley que veinticuatro horas antes había rechazado en el Parlamento con la frase indignada de “nunca jamás”. Imperturbable, el Conde les adoctrinó: “tengan ustedes en cuenta que cuando digo nunca jamás, me refiero siempre al momento presente”.
Posdata1. Prefiero la democracia representativa sólo porque me permite bajar al kiosco de la esquina y comprar el periódico que quiero. Es mil veces mejor el coro de grillos que cantan a la luna que la bota del soldado desconocido. Todo lo demás de la democracia o lo pongo entre paréntesis o no me lo creo. Es lúcida la definición que hizo Marx, un pensador perspicaz, del voto democrático: “Un comentario sentimental y extenuante a los logros de la etapa anterior de poder”.
Posdata 2. Democracia representativa: “todo el poder para los representantes electos”, es decir, para alguien que decide por ti, tiene patente de corso para sus manejos y al que no puedes pedir explicaciones. Miren a su alrededor. Otra paradoja de la división de poderes: los jueces carecen de contrapesos efectivos, están en el vértice del poder y no responden ante nadie por sus acciones.
Posdata 3. La libertad de pensamiento y de expresión sin límites ni restricciones filisteas son los dos principios constituyentes de una democracia participativa. Todos los demás derechos y libertades fundamentales se siguen de ellos y son su desarrollo consecuente. No le den más vueltas.
viernes, 2 de septiembre de 2016
El romanticismo de Nietzsche
La música otorga instantes de “sensación verdadera” y podría
afirmarse que la filosofía entera de Nietzsche es el intento de
mantenerse en la vida cuando la música ha terminado.
En uno de los capítulos más atractivos de la obra de Rudiger Safranski Nietzsche. Biografía de un pensamiento se analizan las relaciones entre Nietzsche, la música y Richard Wagner. De su lectura se desprende la profunda (incluso desmedida) ideología romántica del filósofo alemán que se extiende con más o menos intensidad al resto de su obra y no solo al denominado primer período, algo crucial para una cabal comprensión de su pensamiento que con frecuencia se obvia, se ignora o se niega... No es que no haya otras fértiles, innumerables, incluso contradictorias direcciones en el pensamiento de Nietzsche, pero la influencia romántica es insoslayable y, en una sostenida interpretación, sobrevuela e impregna a todas las demás. Incluso las afirmaciones que tergiversó interesadamente el nacionalsocialismo (la moral de los señores, el superhombre, la voluntad de poder, la decadencia de occidente y la vulgaridad de la democracia) proceden de constelaciones románticas.afirmarse que la filosofía entera de Nietzsche es el intento de
mantenerse en la vida cuando la música ha terminado.
Su concepción metafísica, en el fondo teológica, de la música como lo absoluto (otro concepto romántico); la intuición suprema de que la música genera el resto de las artes y la verdad es la belleza (clave de la estética romántica) culminarán con el deslumbramiento profético que Nietzsche sintió por el drama musical wagneriano (ambos bajo la influencia de la filosofía de Schopenhauer). Su entrega extática al universo del autor de El anillo culminará con el sacrificio de su carrera académica a la visión suprema (y sublime) de que la música es el único camino al reino de lo desconocido. Recordemos aquella proclama romántica sobradamente conocida escrita a golpes de martillo:
Ya en el "Prólogo a Richard Wagner", el arte -y no la moral- es presentado como la actividad propiamente metafísica del hombre; en el mismo libro reaparece en varias ocasiones la agresiva tesis de que sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo.
Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (primer título de 1872).
Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (primer título de 1872).
Ninguno de los grandes quebrantamientos nietzscheanos de la tradición cultural ilustrada que constituyeron su vida y su obra fueron ajenos a las figuras románticas del individuo que debe demostrar aquello que lo hace único, del genio creador de un universo propio o de la vida trágica del héroe.
Finalmente llegó el desengaño y la ruptura de Nietzsche con Wagner cuando descubrió su faceta más mundana: su amor al dinero, al lujo y a la vida cortesana; El proyecto faraónico del teatro de Bayreuth, la superficialidad –cuando no la falsedad- de su sensibilidad estética, el dudoso valor literario y el carácter artificioso de sus libretos (un pastiche de tradiciones populares germánicas) y su entrega en las últimas obras a los excesos espirituales de la mística cristiana. En la primera representación en Bayreuth, a la que invitó a Nietzsche, Wagner dirigió su obra Parsifal, drama "cristiano-germano". El efecto fue fulminante, hasta el punto de que el filósofo nunca más le dirigió la palabra. Esta fue su opinión: El Wagner real, el Bayreuth real fue para mí como una mala copia última de una calcografía en un papel escaso. Mi afán imperioso de ver hombres reales y sus necesidades recibió un estímulo extraordinario a través de esta bochornosa experiencia. Por su parte Wagner afirmó enigmáticamente (?): Podría decirse que donde la religión se hace artificial, queda reservado al arte salvar el núcleo de la religión.
(Ello no impedirá a Nietzsche referirse en su obra autobiográfica Ecce Homo a la hora sagrada en que murió Wagner en Venecia).
viernes, 29 de julio de 2016
Richard Ford, minima moralia
Un
pesimismo antropológico moderado, dicho con resignación optimista, con
sentido del humor y sin blasfemar de la vida, es la principal conclusión de las
novelas de Richard Ford: que en este perro mundo no podemos dejar de hacer el idiota, que no
existe una dirección conveniente pero sí muchas inconvenientes, que es
imposible transitar por el camino de la felicidad más allá de un instante (que
tiene marcha atrás y recorrido) y aun así es preferible intentarlo. Que tenemos
una tendencia imparable a decir lo que no queremos, a darnos cuenta
mientras lo decimos y a sentirnos culpables durante meses; que la mayor parte
del tiempo entregado a los demás es tiempo perdido. Pero no cejes, pues estos
son los márgenes del mundo como voluntad. Que la torpeza es un hábito insalvable, congénito, y que sólo un ciego
de nacimiento justo, fuerte y templado, a salvo de condiciones externas, puede
ser impecable a tiempo parcial.
Normalmente (el gran valor), la vida consiste en plegarnos a los contornos
de lo real, ser modelados por las circunstancias. Puro empirismo: los problemas
se resuelven por sí mismos y la pasividad suele ser virtud. El hombre no es la
medida de todas las cosas, al revés, su fin es más bien no estar en el centro
de nada. Su condición natural es centrífuga. Solo cabe prestar atención a las
ofertas que ofrece la realidad como un inmenso escaparate. Pensar es ocuparse
de lo que hacemos en los lugares donde estamos, lo cual evita, además, que nos
miremos el ombligo. Pues las cosas son como son. Explicarlas profusamente no
soluciona los problemas sino que crea otros que no había. Podemos, si nos gusta,
levantar mundos imaginarios (por ejemplo, literarios)... siempre que tengamos
claro que nada tienen que ver con la vida misma. Como recuerda Ford: La
gloria de Dios consiste en mantener las cosas ocultas.
Sólo
duermen a pierna suelta los que son tolerantes con sus desmanes; también los
que pasan página dispuestos a no analizar lo que no hicieron o lo que hicieron,
ignoran el punto donde se produjo el error, huyen del pasado por
inservible. Vale la sentencia del Mr. Natural de Robert Crumb, Hagas lo que
hagas, al final lo haces. Lo que llamamos el sentido de la vida consiste en
afinar el instinto para hacer el menor daño posible a los otros y no tomarte
demasiado en serio. En fin, la existencia transcurre mediante paquetes de
energía discontinuos pues la identidad personal es una leyenda, un arquetipo
que sirve de justificación y consuelo. Nada más pretencioso que defender
un devenir que solo afecta a las cosas (y a los demás). Pues sólo Dios puede
decir Yo soy el que soy todo el tiempo, mientras que los mortales nunca
son lo que han sido ni serán. Y cuanta más sabiduría peor porque no sabrás qué
hacer con ella, ni para ti, ni para los otros y menos aún para la
comunidad.
La vida individual gira en primer lugar en torno a la casa que habitas. Una parte magra de la felicidad depende de la adecuación de tu hogar, del entorno urbano y de los grupos sociales unidos a ese ámbito geográfico. Depende de si te sientes dentro de tu propio entorno, en tu propia ciudad, entre tu propia gente. Consiste en adaptarse, sobreponerse a la naturaleza cíclica de las circunstancias. No podemos transformar el mundo, no podemos cambiar el curso de nada. Simplemente las cosas deben continuar su recorrido irregular. Hay que dar tiempo al tiempo, lo cual no significa que las cosas mejoren o empeoren. Las cosas se mueven por sí mismas y la inteligencia consiste en advertir esos trazados sinuosos.
La vida individual gira en primer lugar en torno a la casa que habitas. Una parte magra de la felicidad depende de la adecuación de tu hogar, del entorno urbano y de los grupos sociales unidos a ese ámbito geográfico. Depende de si te sientes dentro de tu propio entorno, en tu propia ciudad, entre tu propia gente. Consiste en adaptarse, sobreponerse a la naturaleza cíclica de las circunstancias. No podemos transformar el mundo, no podemos cambiar el curso de nada. Simplemente las cosas deben continuar su recorrido irregular. Hay que dar tiempo al tiempo, lo cual no significa que las cosas mejoren o empeoren. Las cosas se mueven por sí mismas y la inteligencia consiste en advertir esos trazados sinuosos.
Lo que antes era admisible ahora es
absurdo, lo que antes era válido ahora no interesa. Es decir, significa otra
cosa. Por eso el pasado debería contar muy poco o nada. Empleamos una cantidad
de tiempo desmesurada dándole vueltas a un pasado que ya no existe. La vida es
tan solo el modo en que se nos escapa la existencia sin pena ni gloria.
Decisivo: no quedarse atascado con lo que se hizo o se dejó de hacer. Para
empezar, es imposible reinterpretarlo. Su significado está perdido
definitivamente. Cuando uno es joven el adversario es el futuro. Cuando se es
maduro, el pasado. Es absurdo vivir enredado en la reconstrucción del pasado.
La sabiduría práctica consiste ante todo en librarse del pasado. La vida es la
eternidad del presente. No existe un sentido de la vida, en todo caso es tener
objetivos, incluso contradictorios. Por cierto, no es lo mismo vida privada que
intimidad. Lo segundo es un don precioso. Más allá de las sagradas rutinas, de
la imprescindible normalidad de la vida, está lo complejo: lo que parece interesante, el misterio. Por ejemplo, por qué un veterano de la guerra del
Golfo recién llegado al hogar al lado de su mujer y dos hijos pequeños, se esfuma
a la semana de volver sin dejar el menor rastro. La primera consecuencia del
misterio es el reseteo del sujeto
como totalidad, la puerta a la existencia auténtica. Por lo demás, la única muerte natural es la de
los demás y tu muerte es tuya, exclusiva, y su vivencia –impensable- está reservada
sólo para ti. Los que te acompañen hasta el final, hasta el último y más
difícil adiós, tus seres queridos, se quedarán fuera del umbral con palabras
que no sabrán interpretar porque no tienen la clave; porque ante la muerte
cercana, el cuerpo y la mente circulan a una distancia inalcanzable. Y no
hay más: eres un ser limitado y finito; te cuentas entre los que aceptan
con amable lucidez que existe, en efecto, una infinita esperanza, pero no
para nosotros y que aun así "la vida puede ser maravillosa".
Como
decía Samuel Beckett, solo yo soy hombre y todo lo
demás es divino.
Sobre la
vida interpersonal: la amistad es una entelequia porque el hombre no tiene
tiempo de querer a más de cinco personas a la vez. Estamos dotados
genéticamente para tener conocidos. Uno puede penetrar en la vida de otro pero
jamás comprenderla (ni conviene intentarlo). El error: entender por amistad el
intercambio permanente de intimidades. La auténtica cercanía al conocido de
primera se basa en la independencia, la distancia emocional y la intensidad del
hallazgo. La sal de las relaciones personales, incluso las más próximas, no es
la confidencia sino el misterio. ¿El origen del misterio?
La gente se cansa de hacer cosas normales. La prudencia no consiste en
controlar los efectos beneficiosos sino en dejar que las cosas ocurran. Y el
amor conyugal: un proyecto a medio plazo que se plantea como una agotadora
lucha de las autoconciencias para imponer una representación del mundo a la voluntad
del otro. Existe una diferencia radical entre estar o no casado en las
relaciones de pareja. Tienen reglas distintas, fines distintos, distintos
compromisos, diferentes misterios. Tratar con inteligencia a los demás es lo
que cuenta. Llamarlos por su nombre, halagarlos, buscar con astucia su lado
positivo y mostrárselo. Dejar que hablen. A la gente le gusta hablar de sí
misma. Se importan ellos mismos, no conocer al otro, algo inalcanzable. La
regla de las conductas verbales es una calculada ambigüedad para permitir
que la conversación tome el rumbo que quiera, libre de prejuicios y rencores.
En la mayoría de los casos, lo que le gusta a los hablantes es impartir
lecciones sobre lo que debemos saber. Es crucial no cuestionar los principios
del otro. Intentar que lo que bien empieza no se vaya al traste. Aun así, la
mayoría de los encuentros son un viaje a ninguna parte.
También
hay que temer a los demás, porque en cualquier momento surge el malentendido o
el sobrentendido, el preludio del ciclo error-respuesta-agresión. Nuestros esquemas
cognitivos son la ocasión de demostrar al otro que siempre nos molesta. La
voluntad de dominio nos envuelve como una bruma invisible. En cualquier momento
los demonios personales salen de la cueva.
La vida social es de carácter ético, no político. Lo único que debemos apreciar de la política es vivir en una democracia representativa estable y mínimamente depurada; ir a votar periódicamente y establecer ciertos valores cívicos encaminados a la comodidad, la eficacia de las instituciones de primer, segundo y tercer orden y la cohesión social de los grupos. El único absoluto de la sociedad civil es el respeto a las reglas de la economía de mercado. La economía de mercado es natural, no política. Forma parte de la condición humana desde el Paleolítico superior. Ni siquiera las crisis periódicas del capitalismo han podido remover un milímetro los cimientos de esta verdad atemporal. En un país que respeta este principio, un país de oportunidades, puede ocurrir cualquier cosa. La primera función de una sociedad totalitaria es erradicar el misterio. La actividad comercial, el intercambio de bienes y servicios, es una variante esencial de las relaciones sociales y el fundamento positivo del trabajo. Sólo cuando la política real es un obstáculo colectivo insalvable o un atentado contra el progreso moral empieza a ser interesante, digna de atención, susceptible de una mínima reflexión. Lo demás es historia con minúsculas.
La vida social es de carácter ético, no político. Lo único que debemos apreciar de la política es vivir en una democracia representativa estable y mínimamente depurada; ir a votar periódicamente y establecer ciertos valores cívicos encaminados a la comodidad, la eficacia de las instituciones de primer, segundo y tercer orden y la cohesión social de los grupos. El único absoluto de la sociedad civil es el respeto a las reglas de la economía de mercado. La economía de mercado es natural, no política. Forma parte de la condición humana desde el Paleolítico superior. Ni siquiera las crisis periódicas del capitalismo han podido remover un milímetro los cimientos de esta verdad atemporal. En un país que respeta este principio, un país de oportunidades, puede ocurrir cualquier cosa. La primera función de una sociedad totalitaria es erradicar el misterio. La actividad comercial, el intercambio de bienes y servicios, es una variante esencial de las relaciones sociales y el fundamento positivo del trabajo. Sólo cuando la política real es un obstáculo colectivo insalvable o un atentado contra el progreso moral empieza a ser interesante, digna de atención, susceptible de una mínima reflexión. Lo demás es historia con minúsculas.
miércoles, 27 de julio de 2016
El triángulo
Mientras que las demás artes son asequibles al consumo genuino ya que sus lenguajes técnicos son, en mayor o menor grado, traducibles al lenguaje común (libros, conferencias, programas, vídeos) la música comporta un mundo aparte de significados estéticos. Me refiero al amante de la música culta que no posee conocimientos especializados. Es evidente que la traducción del lenguaje musical al natural por medios similares a los descritos resulta incompleta, funciona a medias y obtiene resultados dudosos. Hay distintos tipos de aficionados a la música: el crítico de prensa que sin haber pasado por el conservatorio “oye de oídas” con fundamento un estreno, el melómano informado en revistas y blogs que sigue de forma permanente eventos y ediciones discográficas que aprecia con criterio, el aficionado informal al que le gustan determinado géneros, obras, intérpretes o instrumentos y, por último, el oyente fiel que pone un disco en su cadena como complemento de la lectura de una novela o del trabajo en el ordenador. Su emisora favorita suele ser Radio Clásica de RNE. Este último, tan frecuente (y en absoluto criticable) es un auténtico experto en el hábito del “escuchar desatento”, algo que, por lo demás, también les sucede con frecuencia al resto de los mortales… excepto a los que son capaces de seguir con rigor los matices de una partitura tras haber concluido (y perfeccionado) su formación en los Conservatorios Superiores de Música.
Las personas de las que más he aprendido a disfrutar de la música clásica han sido tres amigos de juventud. José Ignacio Sabau, que me invitaba a su casa muchas tardes de verano a la hora de la siesta a comparar versiones de obras muy conocidas, El Mesías, La Novena, La Misa en si menor de Bach, la Cuarta de Malher, etc. Ángel Carrascosa, que dirigía de forma arrebatadora en la sala de música de la Residencia Universitaria Augustinus con una batuta que le había regalado en su camerino Rafael Frühbeck de Burgos el último disco que se había comprado. También organizaba audiciones con críticos, musicólogos e incluso solistas de orquestas; y, por último, Alfredo Santervás que me incluyó en el grupo de estudiantes de la residencia que asistían regularmente desde las butacas de paraíso a las matinées dominicales del Real.
El género preferido de la mayoría de aficionados a la música clásica es la ópera. En general, todos tenemos un oído normalito tirando a regular aunque a fuerza de insistir hemos conseguido domarlo un poco. La razón de esta elección es que la ópera incorpora un componente argumental o libreto y una puesta en escena que nos permite comprender mejor los elementos musicales. Lo cual no impide que incluso en las óperas de repertorio los aficionados de cualquier pelaje nos enfrentemos a largas travesías del desierto en las que nos dedicamos a contar las bombillas de la araña central de la sala.
- Ciento diecinueve le dije a mi mujer un día en el Teatro del Liceu tras padecer un largo pasaje del Pélleas et Mélisande.
- Ciento veinte si cuentas la fundida, me contestó…
O a desviar el sentido melódico de ciertos motivos orquestales hacia estilos o fragmentos con los que nada tienen que ver, a disfrutar parcialmente de la belleza de un aria o quinteto cuya recóndita armonía nos perdemos; o a falsear el pathos de ciertas situaciones líricas o dramáticas con extrapolaciones personales o literarias. Es normal. Pero en fin, aceptemos nuestras limitaciones y cada uno a su modo se reconozca en la hermosa frase de Nietzsche de que sin música la vida sería un error.
Incluyo como pequeño homenaje un bello fragmento escrito por una alumna mía que al finalizar los estudios de Bachillerato eligió (y terminó) la carrera de música en el Conservatorio de Madrid.
EL TRIÁNGULO
Aquel día después de la última clase, salí con mis compañeros a dar un paseo como de costumbre para desconectar del trabajo. Las calles y las tiendas estaban a esa hora repletas de gente. Era un día de mayo soleado que invitaba a pasear aunque hacía calor y eso fue lo que nos animó a entrar en un bar junto a la Plaza de Oriente para tomar una cerveza y charlar. El escenario no podía ser más espectacular, a la izquierda se percibía la grandeza del Palacio Real que por su blancura unida a la luz del sol adquiría un tono plateado. Enfrente, el teatro de la ópera. En sus laterales se podía ver grandes carteles que caían desde lo más alto anunciando el Barbero de Sevilla.
Me sentía feliz porque el profesor valoraba mis progresos. Mi nombre es Nerea. Me matriculé en el conservatorio hace años y curso la especialidad de percusión. A esta tarea dedico muchas horas del día y este es mi último año de carrera.
Al mediodía, nos despedimos, regresé a casa y al llegar al portal recogí, como de costumbre, la correspondencia del buzón. Hacía tiempo que no lo abría así que me encontré con un lío de cartas del banco, otras de publicidad y algunas postales, pero había una que me dejó atónita. En el encabezado del sobre se podía ver el membrete de la orquesta de la RTVE.
Abrí la carta y cuál no sería mi sorpresa cuando supe que era personal. Leí la introducción explicándome los motivos: me invitaban a formar parte de una orquesta que reuniría a jóvenes músicos de toda España bajo la dirección del titular de la Orquesta de la RTVE para intervenir en el concierto Vive Wagner junto con el Orfeón Donostiarra y otro conjunto de coros el día 12 de octubre. Me metí en mi cuarto y me puse a contemplar y a tocar mi instrumento, una pequeña pieza de metal brillante, de aspecto peculiar pero que destacaba en cualquier lugar. La cabeza me daba vueltas ya que me esperaban muchos días de trabajo; lo dejé de momento a un lado y me puse a rebuscar en mi cajón de partituras. A pesar del desorden, en el fondo de un cajón apareció Gesegnet soll sie schreiten de Lohengrin, la obra que el director me había encomendado para la ocasión. Empecé a leer la partitura con mucha atención hasta encontrar el punto donde tenía que entrar y el tiempo que duraba mi actuación. Respondí sin dilación a la carta para aceptar y agradecer la invitación.
Durante varios días, nuestro profesor del Conservatorio nos preparó a conciencia para los ensayos que tendrían lugar en el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Al poco tiempo comenzaron y para calmar los nervios solía ir caminando con mi instrumento bajo el brazo. Fueron días de mucho estrés ya que nunca había tocado con tantas personas aunque acabé por acostumbrarme. Veía al director en el atril desde un lateral; tenía un aspecto imponente. Era de carácter reservado, bastante exigente y a veces se enfadaba sobre todo cuando algún violinista entraba a destiempo; y si algún ensemble no le complacía, paraba la obra y nos hacía repetir una y otra vez: sin embargo, cuando le gustaba sonreía, bromeaba y además nos animaba con bromas. Vuestro profesor de composición me ha dicho que lo habíais ensayado hasta quedaros sin dedos. Y llevaba razón…
Por fin se celebró la gran noche del concierto. Todos los participantes entramos al escenario despacio, vestidos de negro de uno en uno y yo me dirigí al lugar asignado, casi en una esquina junto a la batería y detrás del segundo grupo de violines. Era difícil describir lo que se podía sentir al ver a media luz toda la orquesta engalanada con los instrumentos en reposo, los coros alrededor y el orfeón en la parte central vestidos de blanco. El público nos dirigía sus miradas complacido y expectante. El concierto transcurrió con gran éxito. Más de la mitad del aforo eran familiares y amigos. La orquesta y los coros se llevaron los aplausos y bravos del público al final de cada pieza. Pero fue ese instante antes del final de la segunda parte, cuando el director me señaló con su batuta, esos cinco segundos que me ofreció la orquesta para mostrar mi trabajo aunque a mí me parecieron siglos. La emoción me hizo sentirme única en el escenario, tenía a todo el mundo pendiente de mí y no podía fallar. En ese punto solo sonó el tono agudo, tintineante, de mi triangulo que sobresalía de los demás instrumentos para hacer de ese momento el más vibrante de la noche.
sábado, 9 de julio de 2016
Los clubs sociales en la literatura y el cine
Me encanta el relativismo cultural porque descubres instituciones más que apetecibles. Por ejemplo, los clubs sociales. En nuestro país no hay clubs, lo más parecido son los casinos a los que nos hemos referido en otro lugar. También tienen cierto aire de familia las sociedades gastronómicas vascas.
Los clubs sociales son ante todo una tradición británica, aunque existen en muchos países. Por ejemplo, el Jockey Club parisino fundado en el siglo XIX y ubicado en el número 2 de la Rue Rabelais es uno de los más famosos. Proust, que fue socio, lo cita varias veces en À la Recherche. La nobleza pata negra del Faubourg St. Germain encabezada por el Barón de Charlus pertenecía al Jockey y también algunos burgueses de gama alta como Swann, amigo íntimo del Barón y uno de los personajes centrales de la novela. Pero el asociacionismo voluntario forma parte del genoma de la sociedad inglesa. Se asocian para casi todo. A partir de cualquier agregado estadístico, por ejemplo, los que fuman en cachimba, son capaces de formar un club. Alquilan un local, se inscriben en un registro, nombran una junta directiva, se inventan seiscientas páginas de reglas y vengan cenas y saraos. Dicen las malas lenguas del sur que los clubs ingleses son la consecuencia del mal tiempo y el aburrimiento conyugal del Reino Unido. A salvo del vendaval, la horda masculina se oculta en sus cuarteles de invierno para empinar el codo. Las señoras juegan al bridge y se atiborran de té con scones.
Hay notables ejemplos de club ingleses en el cine y la literatura. Quien no recuerda a Edgar G. Robinson (el profesor Wanley) en la película de Fritz Lang La mujer del cuadro. El profesor y sus amigos pasan las tardes en su club obsesionados con el retrato de una bella mujer expuesto en el escaparate de una tienda de antigüedades cerca de donde se reúnen. La trama es apasionante pero el final previsible (lo siento). En cualquier caso, no se la pierdan.
La vida del hermano mayor de Sherlock Holmes, Mycroft, con unas aptitudes mentales superiores a las del ilustre detective, se reduce a trasportar a diario su voluminoso cuerpo desde sus habitaciones privadas hasta el Club Diógenes, un lugar de gentlemans solitarios y misántropos del cual es fundador. La regla de oro del club es la obligación de guardar silencio, hasta el punto de que un miembro puede ser expulsado por saludar en voz alta. Es un convento de clausura dedicado a la meditación mundana. El club es la antítesis del filósofo que le da nombre, un vagabundo amante de la pobreza, la vida marginal y la calle, y enemigo de la riqueza, la fama y el poder… En el hermético despacho de Mycroft se cocinan las principales decisiones de la administración británica. Todos los asuntos de Estado pasan por sus manos. En el film de Billy Wider La vida privada de Sherlock Holmes el detective comete un error de bulto que está a punto de poner en peligro la seguridad de Inglaterra de no ser por la intervención de su hermano para deshacer el entuerto. Y es que el eterno femenino nos arrastra. Hasta el propio Sherlock Holmes, que pierde aceite según la leyenda, cae en el garlito de la bella espía alemana.
Todo el mundo conoce la trama de la estupenda novela de Julio Verne La vuelta al mundo en ochenta días.
Todo el mundo conoce la trama de la estupenda novela de Julio Verne La vuelta al mundo en ochenta días.
El flemático y solitario caballero británico Phileas Fogg abandonará su vida de estricta rutina para cumplir una apuesta con sus colegas del Reform Club, en la que arriesgará la mitad de su fortuna comprometiéndose a dar la vuelta al mundo en solo ochenta días utilizando los medios de transporte disponibles en la segunda mitad del siglo XIX. Lo acompañará su recién contratado mayordomo francés, Jean Passepartout (llamado "Picaporte" en algunas traducciones al español)…
El Reform Club de la novela fue fundado en 1836 por el diputado Whig Edward Ellicees y está situado en el número 104 de la calle Pall Mall en Londres. Durante el siglo XIX representó el ámbito social de las ideas liberales y progresistas. Al principio sólo admitía hombres pero a partir de 1981 empezó a aceptar mujeres. Actualmente no defiende ninguna ideología ética o política. En el relato de Verne representa el centro de reunión de la burguesía inglesa más emprendedora, una clase social emergente, capaz de forjar un imperio con sus proyectos de expansión y dominio.
El Reform Club de la novela fue fundado en 1836 por el diputado Whig Edward Ellicees y está situado en el número 104 de la calle Pall Mall en Londres. Durante el siglo XIX representó el ámbito social de las ideas liberales y progresistas. Al principio sólo admitía hombres pero a partir de 1981 empezó a aceptar mujeres. Actualmente no defiende ninguna ideología ética o política. En el relato de Verne representa el centro de reunión de la burguesía inglesa más emprendedora, una clase social emergente, capaz de forjar un imperio con sus proyectos de expansión y dominio.
Aunque el más célebre de todos los clubs ingleses es el creado por Dickens en su obra Los papeles póstumos del Club Pickwick. Una obra de culto del gran novelista que no pude terminar porque sus extravagantes personajes, el señor Pickwick y sus amigos Nathaniel Winkle, Augustus Snodgrass y Tracy Tupman me parecieron unos solemnes pelmazos. Se dedican a viajar por el ancho mundo para conocer gentes y costumbres y completar una especie de tratado moral de la naturaleza humana, aunque cada vez que ponen en práctica sus quimeras filantrópicas salen trasquilados. La conclusión es que la cosa mejor repartida del mundo no es la bondad, ni siquiera el sentido común sino la estupidez.
Decía el inefable Groucho Marx que nunca formaría parte de un club donde lo aceptasen como socio. Hay un grupo selecto de clubes que se rigen por un principio similar: la exclusividad. Otra frase de Groucho: Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero… ¡pero cuestan tanto! Estos clubs no serían lo que son si permitiesen que alguien como usted (con perdón) o como yo hoyara la mullida alfombra de sus salones. Además del Jockey, están el Club Bilderberg, el Athenaeum, el Hurlingham Club, el Carlton de Londres, el The Yale Club de Nueva York, el The Austrian Club de Melbourne o el American Club de Hong Kong, entre otros. Sitios en los que tener una fortuna es condición necesaria pero no suficiente para entrar; por ejemplo el peculiar Club Bilderberg. Debe su nombre al hotel en el que se celebró la primera reunión en 1954. No tiene sede fija y desde entonces los hombres más encumbrados del planeta se reúnen cada año para ver cómo está el patio. Cuenta con apenas un centenar de elegidos: David Rockefeller, Donald Rumsfeld, Peter Sutherland, Carlos de Inglaterra, Étienne Davignon, la Reina Sofía o Ana Patricia Botín entre otros. Todo lo que oiga sobre lo que pasa de puertas adentro no son más que leyendas urbanas.
Decía el inefable Groucho Marx que nunca formaría parte de un club donde lo aceptasen como socio. Hay un grupo selecto de clubes que se rigen por un principio similar: la exclusividad. Otra frase de Groucho: Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero… ¡pero cuestan tanto! Estos clubs no serían lo que son si permitiesen que alguien como usted (con perdón) o como yo hoyara la mullida alfombra de sus salones. Además del Jockey, están el Club Bilderberg, el Athenaeum, el Hurlingham Club, el Carlton de Londres, el The Yale Club de Nueva York, el The Austrian Club de Melbourne o el American Club de Hong Kong, entre otros. Sitios en los que tener una fortuna es condición necesaria pero no suficiente para entrar; por ejemplo el peculiar Club Bilderberg. Debe su nombre al hotel en el que se celebró la primera reunión en 1954. No tiene sede fija y desde entonces los hombres más encumbrados del planeta se reúnen cada año para ver cómo está el patio. Cuenta con apenas un centenar de elegidos: David Rockefeller, Donald Rumsfeld, Peter Sutherland, Carlos de Inglaterra, Étienne Davignon, la Reina Sofía o Ana Patricia Botín entre otros. Todo lo que oiga sobre lo que pasa de puertas adentro no son más que leyendas urbanas.
Pero hay otros más accesibles. Pueden imaginarse fácilmente a esos atildados caballeros con chaleco y bombín que se dejan caer en mitad de la tarde por las acolchadas habitaciones de su club para tomarse una copita de jerez o su escocés favorito, leer la prensa conservadora en confortables sillones, jugar la partidita de whist o arreglar los desmanes del reino. Y si esa mañana se han peleado cortésmente con la señora (¡no sé que es peor!), encargan la cena e invitan a su mejor conocido (¿tienen amigos los ingleses?) para contarle ciertos detalles de su discusión conyugal. Después reservan cama para dormir en las habitaciones privadas del club hasta que amaine la tormenta.
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