jueves, 6 de diciembre de 2018

Los nuevos viajeros



Decía Claude Zidi director cinematográfico y guionista de sus compatriotas: “Ah! Los franceses, son pésimos viajeros, les ocurre lo mismo que al camembert”. Las airadas protestas de dos turistas galos, marido y mujer, delante de los restos esparcidos de un templo griego ilustran la opinión de Zidi.

- Nos podrían haber dicho en la agencia de viajes que la mayoría de los monumentos estaban en ruinas.
- No hubiéramos hecho un camino tan largo para ver esto.

En mayor o menor grado, según la antigüedad y conservación de los monumentos, a todos no ocurre algo similar. Por supuesto, no es lo mismo visitar los templos egipcios de Karnak y Luxor, las pirámides mayas, Persépolis, Santa Sofía, el Palacio de Versalles, el Taj Mahal, la cripta de una catedral románica, los bosques de piedra de una catedral gótica o el acueducto de Segovia. Los ejemplos son interminables. Lo cierto es que no podemos contemplar estas obras con los ojos de los hombres de su época. Me refiero exclusivamente a la percepción puesto que tenían los mismos sentidos que nosotros. Otro tema sería lo que pensaban al mirarlos. Los historiadores tratan de reconstruir el significado preciso de una conciencia colectiva que en muchos casos es irrecuperable.
Somos viajeros perdidos en la galaxia monumental, aunque lo compensemos sobradamente con el placer de la buena compañía, las fantasías del pasado aunque sean un disparate ¿y qué?, o la perspectiva de una buena pitanza regional al terminar la visita. En el fondo, las quejas del matrimonio francés van por ahí. Y tienen su parte de  razón. No todos los que visitan, Egipto, Grecia, Irán o Italia son expertos en arte o urbanismo y por mucho que nos informemos en Wikipedia nos gustaría ver esos tesoros tal y como eran originalmente. Además, muchas veces el caudal enciclopédico nos desborda. Cuando empezamos a leerlo en voz alta delante del mihrab de la mezquita, nuestros amigos salen pitando. Algunos se preparan resúmenes antes del viaje con el mismo resultado.
Una parte de la legión de turistas que fotografían compulsivamente los monumentos, además de la sana intención de tener un recuerdo personal (el libro que venden en la tienda a la salida tiene mejores imágenes y además explicadas), utilizan la cámara como contrapartida de lo que no tenemos interés en comprender a fondo. ¡Un viaje de fin de semana no es un máster sobre románico! Además hay que amortizar la entrada. La mayoría nos contentamos con un recuerdo agradable y un cierto barniz cultural (por demás muy personal). De ahí que las video guías puedan resultar soporíferas por su exceso de erudición o bien distraídas por ir al grano de forma inteligente. Lo mismo les ocurre a los cicerones en las visitas guiadas. He visitado dos veces el claustro del Monasterio de Silos, en la hora de vísperas con Gregoriano incluido. La primera vez, un monje sesentón, bajito y barrigudo nos abrumó con todos los detalles artísticos del claustro. Al cabo de un rato empezaron a verse pinganillos y gente que se abría con disimulo. Otros interrumpían el fárrago (y alargaban la visita) con preguntas anodinas. Los niños exasperaban al fraile corriendo y chillando como demonios. Al contrario, la segunda vez un monje joven, andaluz y con cierta veta mística se detuvo en los aspectos centrales del claustro y el resto fue una detallada descripción de la vida monástica y sus ideales religiosos, una auténtica gozada. Nadie se movió. Algunos le felicitamos por su exposición a lo que nos respondía uno tras otro: les ruego que recen por mí para que no se malogre mi vocación. 
Tampoco me convence el viajero incansable del “duermo una noche y me piro”, macho alfa del grupo, que tras pedir en la recepción del hotel un mapa de los lugares más señalados de la ciudad nos impone poner la chincheta a todos. Al final, acabas agotado, mal comido y con un batiburrillo de iglesias en la cabeza que al coger la cama parece que llevas un mes fuera de casa. Pero volvamos al tema central: la frustración del matrimonio francés. Estoy de acuerdo con la propuesta de que cerca de los monumentos, también en los museos, se habiliten cómodos espacios cerrados en las que se muestren, con sucintas explicaciones, imágenes y videos, cómo fueron originalmente esos monumentos, cómo los vieron los ojos de la gente de su época. Tales imágenes y videos tendrán que ser preparados minuciosamente por equipos de estudiosos y especialistas para conseguir, por supuesto, ser lo más fieles posibles al original. Existen en Internet innumerables reconstrucciones virtuales de muchas obras de arte, desde miniaturas, esculturas, pirámides, templos, catedrales e incluso ciudades. Parece razonable institucionalizar esas reconstrucciones sin caer en el kistch ni en el fraude estético. Los actuales programas informáticos diseñados para crear películas y animaciones en tres dimensiones, así como las nuevas tecnologías informáticas que permiten imprimir en 3D (por ejemplo maquetas a escala del interior y exterior de un templo budista) serían instrumentos de un valor incalculable. Algunos han criticado este proyecto institucional con el argumento que si aceptamos el tópico de que "el medio es el mensaje", los visitantes harían cola en el salón de la exposición virtual y se olvidarían del monumento real. En mi opinión, se trataría de una simbiosis provechosa. Nadie se desplaza hasta la ciudad de Petra en Jordania o a la Muralla china para ver una película en 3D por muy buena que sea. Resumiendo, se trata, dos ejemplos, de disfrutar y comprender mejor los restos megalíticos del conjunto de Stonehenge o el templo dórico del Partenón cuando se construyó entre los años 447 y 432 a. C. en la Acrópolis de Atenas.  

sábado, 1 de diciembre de 2018

Hegel: el pensamiento de Dios


El concepto es el espíritu mismo y su vida.
La vida del concepto es proceso y realización como pensamiento infinito. Su imagen es la espiral que crece produciéndose dialécticamente a sí misma mediante nuevas síntesis  o totalidades concretas.
La dialéctica es el pensamiento mismo que conoce la unidad de los opuestos, desde la cual se resuelve siempre en síntesis o totalidades superiores en la cuales se suprime, se conserva y se supera.
La dialéctica es pensamiento infinito desde el cual se puede contemplar la infinitud de todas las posibles totalidades concretas, cuya resolución o identidad final (el absoluto como verdad) el pensamiento finito tan solo se atreve a presentir.
La dialéctica tiene su principio en la negación allí donde el pensamiento empírico acaba anunciando el final. La ciencia experimental es un momento del desarrollo del espíritu, a saber, la conciencia como entendimiento o conocimiento fundado de lo inmediato existente en tanto que leyes o relaciones constantes.
El concepto es la potencia creadora del espíritu como infinitud pensante que se determina a sí misma realizando en el proceso su contenido y sus determinaciones.
Las determinaciones del pensamiento reflexivo están en la Ciencia de la Lógica, cuyo apartado último se ocupa, precisamente, de su culminación en la lógica del concepto.
El concepto como producción constituyente, efectividad cumplida, proceso realizado, relación reflexiva de “todo con todo”, es decir, como totalidad agotada, aspira al saber absoluto. En esto consiste la infinitud de la reflexión determinante sobre la realidad y su relación mutua fundamentada.
La verdad, en términos lógicos, es el juicio infinito, la pura identidad mediada como juicio en el cual no sólo queda superado el juicio de existencia singular, al negarse la inmediatez del concepto que subsume, sino que la razón misma en su infinitud queda concluida en la idea absoluta.

Puesto que se ha hablado de la idea absoluta, se podría pensar que es ahora cuando viene lo bueno, que es aquí donde se va a encontrar todo. Se puede desde luego declamar insustancialmente a todo lo largo y lo ancho acerca de la idea absoluta; sin embargo, el verdadero contenido no es otro que todo el sistema, cuyo desarrollo hemos contemplado hasta aquí.
Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas  

La dialéctica de la razón es una infinita espiral en la cual lo mismo que se dice se va agrandando (la verdad de un juicio es un proceso infinito de determinaciones mediadoras).
El juicio es la realización del concepto en la reflexión determinante.
La verdad del juicio es el propio concepto determinándose, produciéndose reflexivamente hasta el infinito.
El razonamiento es el concepto mismo en su absoluta necesidad.
El pensar del razonamiento necesario es la objetividad.
La tarea de la filosofía a través de la infinita contradicción mediadora del concepto y de su desenvolvimiento hasta la idea es hacer reductible lo que para el pensamiento absoluto (Dios) es absoluta unidad o identidad acabada: se podría decir que el pensamiento divino es actualidad existente y verdadera en su totalidad infinita.
La primera implicación teológica de la filosofía de la filosofía hegeliana es que “Dios no ha muerto”.
La Lógica no es un libro que sugiera cómo hay que pensar para hacerlo correctamente (reflexión extrínseca), ni siquiera para realizar el pensamiento (reflexión determinante), sino que es el reflejo mismo de la eternidad, de cómo era la mente de Dios antes de la creación.
La Lógica es la realización de la igualdad formal entre el pensamiento humano y divino.
La Lógica de Hegel es un gigantesco silogismo cuyo contenido es Dios, es el pensamiento de Dios en su absoluta necesidad y en su libertad infinita.
La auténtica verdad es la necesidad y también la libertad misma (esto es lo que tiene de sorprendente y paradójico la verdad hegeliana).
La Lógica hegeliana sugiere y expone la infinita omnisciencia y omnipotencia del pensamiento absoluto de Dios.
La filosofía hegeliana es la teología suprema, la cual comporta la muerte del cristianismo (fe, individuo, gracia conciencia, subjetividad). En esto consiste la hipocresía de la fe, en su efectividad presupuesta pero no fundada: sólo el pensamiento hace al hombre verdadero.
Todo el pensamiento de Hegel se basa en la necesidad de la infinitud misma, del pensamiento infinito, de Dios. La necesidad de Dios surge de la infinitud del pensamiento y de la realidad, como en el tercer postulado kantiano de la razón práctica: Dios es la síntesis absoluta de la totalidad de lo real.
Lo más parecido al espíritu absoluto hegeliano “a esta altura determinada de los tiempos” es Google o, en general, los motores de búsqueda en Internet. A través de Google se puede acceder a la totalidad del saber humano como producción colectiva siempre aumentada y cada vez más elevada en la espiral del conocimiento. Los enlaces o hipervínculos semejan la función mediadora de la dialéctica al poner en relación todo con todo en cantidad y cualidad. La principal diferencia es que Google es un reflejo de la totalidad de la historia, no de la eternidad, es decir, del pensamiento absoluto realizado y concluido de Dios.

martes, 27 de noviembre de 2018

Cenas aburridas



Propongo un escenario universal: un restaurante de moda en cualquier ciudad. Uno de esos caros y repletos donde hay que reservar con dos semanas de antelación porque se come bien. Mejor en Madrid. Esta vez no toca cocina casera de cuchara y natillas sino platos “complejos”, fuera del alcance de los/las cocineras aficionadas que llenan las estanterías del salón con libros de recetas, tienen Thermomix último modelo y una madre de las de antes que les ha enseñado ciertos secretos culinarios. Tampoco se trata de esos lugares de culto con precios desorbitados y galaxia Michelin en los que el chef se ha convertido en un alquimista rodeado de probetas, retortas y alambiques. Quintaesencia de langosta (o sea, no es langosta) con una base de algas wakami y tentación arco iris. Un bodegón imposible. O tortilla de patatas con reducción del elixir de la vida (o sea, vino de Jerez): es como transmutar el oro en plomo. Los que han picado cuentan que tras mucha pompa y circunstancia te sirven en un plato enorme un mejunje multicolor que sabe… ¡a mermelada de sardina! Afortunadamente están de capa caída. Ahora les pisan los talones los restaurantes totales, como las óperas de Wagner, con música y escenario cambiante según el menú, paisajes sobrenaturales, estilo remordimiento, lecturas históricas y poemas sacados de contexto, efectos especiales y fuegos artificiales cuando dos bellezas con máscaras venecianas te traen la cuenta. Hortera a tope. También terminarán por largarse de la calle de la estafeta.
Proseguimos: dos matrimonios se disponen a disfrutar de una agradable velada. Hace bastante tiempo que no se ven por lo que la cita promete ser una luna de miel. Los aperitivos y entrantes están sobre la mesa y el vino en la cubeta. Comienza la fiesta. Lo primero que toca son las novedades familiares. ¡Cómo se echa de menos a los viejos rapsodas del yantar! Ahora todo se cuenta con el móvil. Cada foto es una historia tediosa que sirve de enlace a otras cincuenta de gente que ni conoces ni te importa. De la familia nuclear se pasa a la extensa, antepasados incluidos y causas del deceso. Ni siquiera Levi-Strauss habría sido capaz de entender estas estructuras tentaculares del parentesco. La mayoría de las fotos carecen de interés excepto para el que da la tabarra. Luego viene la crónica gráfica del viaje a la India: ¡Mira, aquí está Jorge dándole un patadón al mono! Menos mal que no nos vio nadie. (…) Como no había servicios en el patio del templo al que ves medio escondido es a Román meando detrás de una columna (o sea, en la columna). Mientras, la sopa se enfría y la degustación de una perdiz estofada o un bacalao al pil pil se convierte en la rutina de un engullir desatento y el vino en un mero pasar-el-bolo-alimentario (que diría Heidegger).
Son preferibles las atropelladas conversaciones en modo “saber, no sé de nada; pero opinar, opino de todo”; charlas informales, variopintas, ligeras e inofensivas. Muchas de las chorradas tienen gracia; es mejor respetar los rebuznos del osado/a. No crear tensiones es virtud del buen comensal. Además, si quieres saborear el rabo de toro, callas y manducas. El único inconveniente es que para disfrutar realmente de una charla hay que saber escuchar, lo cual no es lo normal: sólo te interesa tu rollo, te escuchas a ti mismo y lo demás son ruidos e interferencias. Conozco a personas que cuanta más atentas parecen, más empanadas están. Como tengo suficiente confianza, cuando les estoy contando cualquier rollo y me miran con ojos ávidos de curiosidad, les suelto en medio de la cosa: ¿A ver, Sara, Juanjo, de qué estoy hablando? Ni flores. Domino el arte de la desconexión porque he sido profesor. Si quieres que los alumnos te presten atención tienes que entrar en la clase disfrazado de torero y aun así la curva decae en dos minutos. Puro pesimismo antropológico.  
Otro tema que puede complicar la cena es  hablar de política. Pueden ocurrir dos cosas: que estén de acuerdo en cuyo caso entran en bucle  o que no lo estén y se arme la pelotera. Los argumentos retorcidos se convierten en armas arrojadizas. Las falacias circulan sin control. Pronto los problemas políticos se convierten en personales. Crece el tumulto. Las mesas cercanas se empiezan a incomodar. Los camareros miran de reojo. Lo mejor que puede ocurrir es que el más sensato de los comensales corte por lo sano y diga contundente: Ya que no podemos cambiar el mundo, cambiemos de conversación.
Hay que evitar que la nueva charla ponga rumbo a la guerra de los sexos. Mujeres contra maridos. Un deporte de alto riesgo. La luna de miel entre amigos puede tambalearse. Si ha corrido el vino más de la cuenta empiezan a salir los trapos sucios, las confesiones a media noche y los secretos de almohada; se te calienta la boca y vomitas afrentas de las que te vas a arrepentir durante meses. Lo mejor es que, antes de que corra la sangre, algún avispado cónyuge desvíe las energías negativas hacia el cotilleo viperino. Sabes lo que le dijo a Sonia, la mujer de Alberto, su hija el día de su cumple: mamá, si sigues quitándote años al final vas a ser más joven que yo. Va por el tercer estirado cara, tiene el ombligo en la barbillaNo me extraña que su marido le tire los tejos a su cuñada. Silencio expectante. Mientras no te toque de cerca no pasa nada; como todos hablan mal de las mismas personas la ley del silencio está garantizada. 
Uno de los temas obligados es la misma gastronomía… pero no debe exceder ciertos límites porque puede convertir el festín en una travesía del desierto. Algunos ejemplos: es normal que tras leer la carta pidamos al garçon que nos aclare ciertos aspectos de los platos para saber lo que vamos a pedir. Sobre todo si nos inclinamos por esas sabrosuras que no comemos en casa. Aun así podemos equivocarnos: recuerdo a un amigo de la familia, entrado en años, viajante por negocios, viejo zorro, que recaló en la ciudad donde yo vivía entonces y me llamó para invitarme a comer. Amante de la cocina casera y la cuchara (nada de mariconadas, decía) lo llevé a un afamado mesón castellano. Pedí lo de siempre: sopa gloria, perdiz escabechada y flan. Se lo aconsejé pero prefirió pedir judías con conejo. Por no preguntar le trajeron judías verdes con perrillos. Al final, en un gesto de amor al prójimo ante la cara que puso, trufada de juramentos, le cedí mi perdiz que aceptó con  gusto (nunca mejor dicho) y me zampé las insípidas verduras tras apartar los sospechosos tropezones. Es absurdo preguntar al camarero qué está mejor porque siempre te va a contestar que aquí todo está bueno, señor/señora… Qué nos recomienda es menos paleto, pero poco menos. El exceso comienza cuando las señoras le preguntan al maître detalles precisos sobre los ingredientes del plato principal. El amable señor de negro le dirá lo que le dé la gana, pero aunque le dijera la verdad daría lo mismo. Las señoras nunca van a preparar algo así en su vida. Está bueno y punto. Después vienen las interminables disquisiciones sobre cómo deben prepararse tales y cuales platos. Mejor mirar en Internet. Hay blogs especializados hasta en bocatas de anchoas. Una variante pelmaza son las digresiones dietéticas y los regímenes para adelgazar. A mí me resbalan, pero pueden amargar un cochinillo al horno. Nadie los hace; y si los hace les dura el guion una semana; y si les dura más de una semana es porque les va la vida en ello. Por su parte, los maridos se dedican a competir en lid narcisista sobre los restaurantes que hacen mejor esto, eso y aquello. Otra variante masculina de presumir son los vinos; suelen ser monsergas sobre las mejores cosechas y una burda imitación de la jerga metafísica de los enólogos. Cualquier vino de seis o más euros debería estar bueno. Dudo mucho de que lo presuntos entendidos sepan de qué hablan si lo que les gusta es darse pisto pero no hincarle el diente. Por cierto, el pisto con dos huevos fritos. Como las migas. 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Música en el tiempo


Narran las crónicas en papel de pergamino que el primer aparato de reproducción de sonidos grabados fue el fonógrafo inventado por Thomas Edison a finales del siglo XIX. El aparato no utilizaba discos sino un cilindro giratorio de cera denominado “registro”. Si la curiosidad les puede, infórmense. La Universidad de California ha digitalizado 10.000 canciones grabadas con este sistema. Lo que se puede encontrar en estos registros de finales del siglo XIX y principios del XX son polkas, valses, jazz y arias de ópera, entre otros géneros más ligeros. Cuando Edison presentó al mundo su invento, la primera pieza interpretada fue “Mary had a little lamb ("María tenía un corderito") el 21 de noviembre de 1877. El sonido se parece más al canto de una chicharra que a una balada campestre.
El fonógrafo quedó obsoleto a partir de 1910 con la aparición del gramófono. No soy tan viejo como para haberlo conocido, con su altavoz monoaural, el disco plano a 75 revoluciones por minuto y puesta en marcha con manivela. Como objeto de adorno lo pueden encontrar a precios asequibles en Internet. ¿Recuerdan el logo de la firma discográfica La voz de su amo con el perrito melómano? Nunca he oído un gramófono en vivo y en directo. Eso sí, he escuchado como todo el mundo sus melodías con ruidos de fritura en las escenas de amor de las películas en blanco y negro con beso del galán en el mentón de la chica. Al final solo se oía el sonido de la aguja girar en el vacío hasta que se acababa la cuerda… mientras nos imaginábamos la escena del sofá.
Los primeros reproductores que forman parte de mi vida fueron los antiguos magnetófonos de bobina abierta que permitían grabar en una cinta plástica todo tipo de sonidos con la ayuda de un micrófono. Se comenzaron a utilizar en los años treinta y se han ido perfeccionando hasta nuestros días. Según dicen, los magnetófonos actuales reproducen con una calidad superior al vinilo. En mi casa había uno de la marca Philips que mis padres allá por los años sesenta utilizaban para grabar música de la radio. Algunas cintas aún  están almacenadas en el baúl de los recuerdos aunque no tengo soporte para escucharlas. Por las etiquetas puedo saber que había grabaciones de copla, zarzuela y algunas piezas sueltas de música clásica. También canciones populares grabadas del programa Peticiones del oyente como El chachachá del tren, A lo loco, a lo loco, Dos gardenias, Se va el caimán, La raspa, Una casita en Canadá, Alma, corazón y vida y Qué será, será… Deduzco que no les interesaba el flamenco ni el jazz ni los géneros pop que estaban surgiendo en esos momentos: rock and roll, rhythm and blues, country y sus intérpretes más sonados: Chuck Berry, Little Richard, Buddy Holly, Jerry Lee Lewis, Fats Domino, Roy Orbison y The Everly Brothers. ROLL OVER BEETHOVEN. Mis vagos recuerdos del magnetofón se asocian a una frondosa maraña de cinta marrón con vida propia surgida de los carretes e imposible de volverla a su estado original… seguido de una bronca monumental y la prohibición terminante de enredar (nunca mejor dicho). La curiosidad mató al gato. Muchos años después me pasó lo mismo con las cintas de las cassettes. Tropezar dos veces en la misma piedra. Al final, tras dos horas de trasteo inútil con el bolígrafo BIC, mano a las tijeras y tajo al nudo gordiano para descubrir el punto exacto en que la razón erró. También asocio el magnetofón a la grabación de mi voz: curioso fenómeno, podía reconocer la voz de los demás pero no la mía. ¡Ese no soy yo decía! Claro que no, respondía mi padre, es una reproducción de tu voz, en versión familiar del conocido cuadro de Magritte, Esto no es una pipa.
Después vino el tocadiscos de maleta destinado originalmente a los discos sencillos de vinilo o singles en formato de dieciocho centímetros y un tema en cada cara. Años más tarde nacieron los long play o discos de larga duración de 30,5 centímetros de diámetro y mayor duración (hasta media hora por cara). Se velocidad de reproducción era normalmente de 33 revoluciones por minuto y fueron los herederos de los antiguos fonógrafos a los que aventajaban en calidad de sonido, reproducción eléctrica y control de volumen. Se comercializaron a partir de 1948. Son coetáneos de los magnetófonos de bobina abierta. El primer tocadiscos de maleta lo trajeron los Reyes para toda la familia. Recuerdo especialmente la canción del tamborilero interpretada por Raphael que yo mismo cantaba con un sentimiento que hacía partirse de risa a las visitas Es imposible enumerar la cantidad de discos que rayé con mi tocata a lo largo de mi adolescencia a pesar de que cambiaba religiosamente la aguja de reproducción cada tres meses (nada baratas por cierto). Estaban de moda los conjuntos de cuatro músicos melenudos: bajo, guitarra de punteo, guitarra de acompañamiento y batería. El mundo se dividía en dos: los que preferían a los Beatles o a los Rolling Stones. Yo era de los segundos antes de la muerte de Brian Jones en circunstancias oscuras. A partir de estos dos modelos se multiplicaron los seguidores, imitadores y fotocopias. Fue un vecino y amigo mío, muy metido en la pomada, quien me inició en la adicción a la música electrónica. Tocaba el bajo en un conjunto local, The Boix, que lanzaba andanadas de decibelios los sábados por la noche en una discoteca. Décadas después, compré casi todos los Cds remasterizados de los Beatles a mis hijos cuando estaban en cuarto de la ESO, pero para mi sorpresa absurda los rechazaron de plano. Mi
primer equipo de alta fidelidad lo tuve a los veinte años. Hasta ese momento no había sentido el más mínimo interés por la música clásica o la ópera; tampoco es que lo haya tenido (o lo tenga ahora). Una forma de engañarme con una imagen narcisista en versión cultureta. Estoy empachado hasta del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Me conformo con poner RNE-CLAS como música de fondo para leer, estudiar idiomas, escribir o dormir la siesta. Practico, por tanto, el relajante escuchar desatento cuyo único inconveniente es que te crea un reflejo pauloviano que te impide realizar tales actividades si no pones la radio. Pienso que la mayoría de los melómanos militantes forma parte de la feria de las vanidades. Lo cierto es que con ocasión del equipo estéreo comenzó otra etapa de mi vida. Pero esa es otra historia.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Deus sive natura

La solución al problema teológico (no religioso, no hablo aquí de creencias basadas en la fe) de la existencia y esencia de Dios que más me ha convencido con bastantes cabezas sobre los demás colocados ha sido la del filósofo holandés de origen sefardí hispanoportugués Baruch Spinoza (1632-1667). Una solución realmente comprometida con la razón y la intención de verdad, al contrario que la apuesta de Pascal sobre la existencia de Dios, ventajista y con aroma de sofisma.

Resumimos su argumentación filosófica: dice Spinoza, dentro de la clásica distinción del pensamiento cartesiano: por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí; esto es, aquello cuyo concepto, para formarse no precisa del concepto de otra cosa. Es, por tanto, autosuficiente. Con arreglo a esta definición, en sentido estricto existe una sola sustancia: la sustancia infinita, es decir, Dios. Dios, tiene infinitos atributos, de los cuales el hombre sólo puede conocer dos: el pensamiento y la extensión (los principios fisicomatemáticos de la materia como principal atributo de la naturaleza). El pensamiento es la manifestación espiritual de Dios. El universo, el cuerpo como parte de la naturaleza, es su manifestación material. Dios no es trascendente sino inmanente al universo y al hombre como partes de Sí mismo. De este modo, pensamiento y materia son sólo dos modos o expresiones cognoscibles de la sustancia infinita. A la pregunta de si la razón absoluta es un atributo de Dios, Spinoza diría que no lo podemos saber, aunque se manifieste como pensamiento en el hombre. La afirmación “Dios piensa” puede ser una trivialidad (quizás un modo secundario sub especie aeternitatis) o un modo exclusivo del Dios en el hombre. Podemos afirmar que el hombre, un modo de la sustancia infinita, puede pensar a Dios, pero nada más…

En tanto que natura naturans, Dios es y da origen a infinitos modos o atributos (natura naturata). Para Spinoza Dios es todo y fuera de él nada existe. Se trata de una teología panteísta. El panteísmo identifica a Dios con la totalidad de lo real. Dios está en todo. Todos los seres del Universo son parte de Dios. El universo, la naturaleza, es una manifestación o despliegue ontológicamente diferenciado de Dios. Estas ideas, incluso en la tolerante Holanda, le valieron la expulsión de la comunidad judía y el destierro, así como la censura o prohibición de sus escritos. Al menos no acabó en la hoguera como Giordano Bruno por sostener ideas similares.

Sin embargo, sus escritos y obras permanecieron y fueron apreciadas por una gran cantidad de creyentes y sabios a lo largo de la historia. Uno de ellos fue Albert Einstein. El autor de la teoría de la relatividad en algunas entrevistas manifestó su dificultad para contestar a la pregunta de si creía en la existencia de Dios. Si bien no compartía la idea de un Dios personal, providente y finalista manifestó que la razón no es capaz de comprender la totalidad del universo, a pesar de ser capaz de describir matemáticamente la existencia de una armonía y un orden admirables. Cuarenta mil años de evolución del cerebro humano no son suficientes para descifrar un enigma dentro de un misterio que es el universo conocido, surgido de una inimaginable explosión hace catorce mil millones de años; acaso una cáscara de nuez flotando en un océano de infinitos universos paralelos con distintas dimensiones. Quizá podemos especular que inteligencias más antiguas y avanzadas del cosmos profundo alcancen a conocer otros atributos del Dios de Spinoza. Si el artesano pulidor de lentes, profesión a la que se dedicó Spinoza tras su expulsión de la comunidad hebrea, hubiera conocido los telescopios actuales, habría afirmado que la talla de tan potentes instrumentos nos permite vislumbrar pinceladas fugaces del gran retablo de Dios.    

Aunque a menudo se le consideró un ateo convencido, la experiencia religiosa de Albert Einstein estaba más cerca de un sofisticado panteísmo. El ganador del premio Nobel de Física manifestó que la concepción teológica más sugerente era la de Spinoza: un Dios que constituye el todo y se manifiesta a través de sí mismo. Para Einstein, las leyes naturales, hasta donde conocemos, existen y constituyen un orden irrefutable, necesario y perfecto: Dios no juega a los dados con el universo, sentenció metafóricamente. Como Spinoza, Einstein no dio un paso más. Deus sive natura; Dios o la naturaleza. Esta es la cuestión en la que detiene cualquier afirmación racional sobre el tema, desde Tomás de Aquino hasta la más avanzada física teórica. Incluso la afirmación de otro gran físico Stephen Hawking: El Universo no necesitó ayuda de Dios para existir puede ser interpretada desde una perspectiva panteísta.

Acaso la forma más pura de religiosidad (cambiamos de perspectiva) sea la de aquel que cree firmemente que Dios existe pero que a partir de esta convicción no expresa nada más (ni a nadie) ni interior ni exteriormente porque sabe que Dios no se ocupa del hombre y lo contrario es mera superstición desmentida por el mundo. 

Concluimos esta interpretación del pensamiento e influjo de Spinoza con el maravilloso soneto que le dedicó Jorge Luis Borges.


Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)

Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.

No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.

Libre de la metáfora y del mito
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

domingo, 21 de octubre de 2018

Mitos



Hay que entender el conocimiento humano como un conjunto de etapas o estadios del saber consecutivos desde la prehistoria y coexistentes a lo largo de la historia: las nuevas etapas no suponen la desaparición de las anteriores, simplemente las desplazan como dominantes pudiendo convivir pacíficamente, complementarse o entrar en conflicto. En gran medida, comprender al hombre es comprender su progreso y superposición.Las etapas iniciales del conocimiento son el mito, la magia, la técnica la religión y el arte. Las etapas avanzadas son la filosofía, que nace en Grecia en el siglo VIII a.C.; la ciencia clásica, resultado de la Revolución científica del Renacimiento y la tecnociencia actual que alcanza su posición de paradigma dominante a partir del siglo XX. Es evidente que en la actualidad coexisten con la tecnociencia más avanzada diversas mitologías y prácticas mágicas, por no hablar de innumerables creencias religiosas y creaciones artísticas… Los ejemplos cotidianos son innumerables: algunos leen inquietos su horóscopo o recurren a la medicina alternativa y a los curanderos; a excepción de los “muy manitas” todos llamamos al fontanero, al electricista o al pintor; muchos se casan por la Iglesia y bautizan a sus hijos; otros asisten regularmente a conciertos y exposiciones. O tocan la flauta. A la vez adquirimos conocimientos teóricos en los distintos centros educativos; vamos al médico a que nos haga una resonancia magnética o simplemente utilizamos un teléfono inteligente para charlar por videoconferencia con un amigo que vive en Australia.
También nos fascinan los mitos. En realidad “mito” es un término polisémico, es decir, tiene varios significados: como forma inicial de  saber, como falsa visión del mundo y como mistagogia.    
Como forma inicial del saber, el mito es una narración que explica el origen del mundo, el sentido de la naturaleza y de la vida humana. Para la conciencia mítica original los fenómenos naturales actúan encarnados en fuerzas personificadas: el entorno físico está poblado de espíritus conscientes que deciden de forma arbitraria lo que acaece en la naturaleza. El mito explica también el orden interno y el destino de una comunidad: de la narración se siguen patrones normativos de conducta, rituales, exigencias, prohibiciones y tabúes… Por otra parte, es bien sabido que todas las civilizaciones históricas han tenido sus mitos: Mesopotamia, Egipto, Grecia o Roma. Asimismo, las denominadas culturas sin historia o “pueblos primitivos” mantienen una compleja tradición mitológica que intentan descifrar los antropólogos.   

También el mito es sinónimo de una falsa concepción del mundo. Ya me referí al tema en mi artículo Divagaciones sobre las pseudociencias. Podemos considerar mitologías contemporáneas al “terraplanismo”, “el creacionismo”, “la ufología”, “la criptozoología” o “la parapsicología”, entre otras. Los mitos actuales han derivado hacia relatos mendaces o inexistentes, siempre puntuales y fragmentarios. Se trata, por supuesto, de las llamadas fake news o mentiras intencionales que inventan una visión falaz, en ocasiones inverosímil, pero que a fuerza de ser repetida por los media implicados en construir la patraña o difundidos y comentados en las redes sociales, acaban por conseguir su objetivo (en general político). Aquí incluimos los increíbles videos e imágenes chistosas que circulan por los grupos de WhatsApp a los pocos minutos de suceder “la noticia”. ¿Se trata de un derroche de ingenio circunstancial o de una industria cultural subterránea?

Por último, hay en el hombre de nuestros días una tendencia universal, que probablemente proviene de la antropogénesis, a la creación de mitos personales. A esta atracción irresistible por la mistificación la denominamos “mistagogia”. Manolete, un comentarista deportivo e hincha del atleti, es conocido en la radio como “el mítico”. Sobre todo los jóvenes, incluidos los treintañeros, reparten este término con profusión entre gente que está en la cresta de la ola. Hay mitos de la canción moderna y la música clásica. Elvis o Karajan para los talluditos. Los mitos del fútbol de todas las épocas sobrevuelan el planeta. La lista es tan larga que pueden redactarla ustedes una tarde que se aburran de ver llover detrás de los cristales. Algunos sociólogos han sugerido que el fútbol funciona como sustituto de la religión, con sus santos, sus mártires y su liturgia. ”Porque creemos”, anuncia un mítico entrenador. En realidad, hay mitos de todos los deportes: baloncesto NBA, tenis, golf o atletismo. Más madera. La prensa deportiva, la más leída en papel o digital, es la principal fábrica de mistagogia. ¿Y qué me dicen de los toros? Mitos de las armas, de las ciencias y las letras. Observen que hay poderosas razones para que en nuestro país los políticos no se conviertan en mitos.  

lunes, 8 de octubre de 2018

Sic et non. Bebés a la carta


SIC. Los avances científicos acaban siempre por prevalecer por lo que es inútil oponerse a sus conquistas. La fecundación in vitro a la carta será una práctica universal en el futuro. Permite elegir el sexo y el número, uno o dos (mellizos o gemelos) de los hijos deseados. Nos referimos aquí, lo mismo que en la fecundación in vitro convencional, tanto a parejas potencialmente fértiles (personas que eligen por elegir) como a parejas que no pueden tener hijos o bien porque la mujer ha alcanzado la menopausia o bien porque el varón tiene un bajo recuento o baja movilidad de los espermatozoides, o por otras causas en ambos casos. Actualmente la fecundación in vitro a la carta está prohibida en todos los países europeos pero no en Estados Unidos, entre otros. La Ley de Reproducción Humana española de 2006 solo permite seleccionar el sexo del embrión con fines terapéuticos, es decir, para evitar enfermedades como la hemofilia o la distrofia muscular entre otras muchas. Por otra parte, según los datos de Asociación Nacional de Clínicas de Reproducción Asistida (ANACER), la demanda de bebés a la carta es cada vez mayor.

NON. Los avances científicos pueden tener usos contrarios a la ética. La fecundación a la carta, aducen algunos científicos detractores, es una forma de fertilización artificial cuyas consecuencias no se conocen a fondo. Todavía no se pueden predecir los efectos negativos, físicos y mentales, que pueden aparecer a lo largo de la vida de las personas concebidas mediante este procedimiento no natural, sobre todo en las parejas no fértiles por la edad u otros motivos. Además, a medio y largo plazo es un camino que puede conducir a la generalización de la eugenesia, es decir a la selección genética de los humanos con fines muy diversos: niñas o niños de ojos azules, pelo rubio y de alta estatura. ¿Les suena? Más adelante las técnicas de manipulación genética podrían usarse para fines más inconfesables, abiertamente contrarios a los derechos humanos. Hemos de recordar una vez más la utopía negativa de Aldous Huxley, un mundo feliz.

SIC. Los tratamientos a la carta no son baratos, en torno a treinta mil dólares, aunque no suponen un desembolso desorbitado para una decisión de tal trascendencia. Es, más o menos, el precio de los coches que habitualmente adquiere la clase media. El principal inconveniente es que tienes que viajar fuera de Europa (Estados Unidos, México, Panamá, Chipre, República Checa, Tailandia, Nigeria o Jordania) con los abultados gastos que esto supone. Las clínicas europeas de reproducción asistida han tomado todo tipo de iniciativas para legalizar esta práctica que, dicho sea de paso, les supondría un negocio redondo.

NON. La mayoría de las clases populares quedarían excluidas del procedimiento. Lo que no dicen las clínicas es que no siempre el tratamiento termina con éxito. Las actuales técnicas de diagnóstico genético preimplantacional (DGP) para la fecundación in vitro (en general) no son exactas en la predicción de la viabilidad del proceso, sobre todo en los casos más problemáticos. Hay parejas que tienen que repetirlo varias veces sin que la clínica se comprometa a un final feliz ni a un precio cerrado en caso de fracaso. Cada vez que se repite el intento hay que pagar una cantidad igual a la inicial.

SIC. Las clínicas de reproducción asistida a la carta (como las convencionales) disponen de un banco de óvulos y espermatozoides procedente de donantes anónimos a disposición de las parejas no fértiles para que puedan elegir la modalidad de filiación que deseen.

NON. No existe un control normativo sobre los donantes. En España una misma persona puede donar óvulos o esperma hasta seis veces en una misma clínica. Multiplicado por el número de clínicas que hay en cada gran ciudad el número se dispara. Podría darse el caso de dos familias del mismo inmueble o barrio (aunque sería raro, por supuesto) que tuvieran hijos a la carta hermanos de padre o madre o de ambos. Más oscuridad. 

SIC. Rechazar esta técnica se basa en prejuicios ideológicos, seudomorales o religiosos: se ha considerado secularmente que los padres deben siempre aceptar a los hijos tal y como sean y vengan porque es “lo natural”. Lo contrario es seleccionar embriones por caprichos personales sin “razones científicas” o como mínimo inciertas. La misión de las clínicas in vitro es que las parejas con problemas de fertilidad tengan hijos sin más. Pero esto tiene más que ver con una actitud tradicional y obsoleta que con argumentos racionales.

NON. La elección  de sexo en la fecundación a la carta pueda alterar la proporción de varones y hembras. Puesto que la mayoría de las culturas tienen una organización familiar patriarcal (posición predominante o empoderamiento del esposo frente a la esposa) y patrilineal (la herencia en sus distintas modalidades se origina en la línea paterna: los hijos heredan del padre el apellido, los bienes, los títulos o la nacionalidad), o sea, culturas machistas, la tendencia podría ser discriminatoria a favor de los varones, lo cual a medio plazo podría desequilibrar la población y ser perjudicial para la sociedad; podría implicar, en el peor de los casos, medidas totalitarias de control de la natalidad para “corregir las variaciones demográficas disfuncionales”.

SIC
Se trata exclusivamente de un ejercicio de libertad compartida que la ley debe proteger y garantizar.

NON. Algunos especialistas en fecundación in vitro han advertido sobre el perfil de los padres que requieren este procedimiento: mayores de cuarenta y dos años o más jóvenes pero con un amplio historial de abortos o patologías graves. Con frecuencia el resultado es el nacimiento de bebés prematuros, con enfermedades congénitas o síndromes genéticos. El caso más flagrante, ampliamente comentado, es el de una mujer que padecía un cáncer avanzado con una esperanza de vida de tres años que se empeñó en tener un hijo antes de morir. Además, todo tiene su edad: parejas en edad madura tendrían por sí mismas muchas dificultades para atender bien a sus hijos. Es conocido el caso de unos padres italianos que han perdido judicialmente la patria potestad por denuncias vecinales por desatención manifiesta y continua. ¡Pobres niños! 

SIC. Pueden recurrir con todos los derechos a esta técnica (sea convencional o a la carta) las parejas de lesbianas.

NON. No se conoce bien la adecuación de los roles maternos y paternos en la crianza del bebé en las parejas de lesbianas y aún menos en las sucesivas etapas de la evolución del niño al adulto.