Tampoco se debe esperar lo absoluto del cine, contra los teólogos del séptimo arte. Posiblemente por eso me gusta la película de Almodóvar La piel que habito. Sospecho que una de las modas que sobrevuela la cultura madrileña es que lo políticamente correcto es criticar al director manchego y luego repartir argumentos. Los míos, a favor, son bastante simples porque la cosa no es para tanto.
martes, 20 de septiembre de 2011
La piel que habito
Tampoco se debe esperar lo absoluto del cine, contra los teólogos del séptimo arte. Posiblemente por eso me gusta la película de Almodóvar La piel que habito. Sospecho que una de las modas que sobrevuela la cultura madrileña es que lo políticamente correcto es criticar al director manchego y luego repartir argumentos. Los míos, a favor, son bastante simples porque la cosa no es para tanto.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Ética para mi sobrina
Hablaba hace días con una de mis sobrinas, participante del 15-M.
Cuando le pregunté por sus planteamientos y empezó a largar, comprendí enseguida lo cándidos que resultan algunos indignados. Su opinión (trufada en el barullo de las asambleas, en las que todos los gatos son pardos) era que el final de la crisis pasa por una profunda regeneración moral” (¿les suena, a que sí?): nuevos valores, nuevos principios, nuevos proyectos. Torcí el gesto a mi pesar y un bostezo avisó de su inminencia… traté de disimular, pero mi sobrina, por esa infalible intuición femenina, se dio cuenta. Frenó su discurso fundamentalista, manoseado en las acampadas urbanas, y, amoscada por mi falta de respeto a su fe racional, me soltó de sopetón: "Bien, ¿y tú qué piensas de la ética?".
La educación de la juventud al estilo socrático no ha sido nunca mi especialidad (ni mi inclinación natural, ni siquiera con mis hijos), a pesar de haber dedicado más de tres décadas a la enseñanza. Pero esta vez me apetecía decir algo.
Para empezar, sobrina, le dije, no existe algo que sean “los valores morales”. Nadie se ha tropezado con un valor en el trabajo. Ni siquiera aparecen en los sueños. Son entidades abstractas y, lo que es peor, puramente especulativas. Pero no son inocentes. Creer en los valores (¡en una jerarquía de valores morales!) es creer en la ética como la marca blanca de cualquier religión mundana o trasmundana. Siempre estamos dispuestos a levantar una nueva iglesia, porque con los conceptos éticos encajamos a empellones lo que pasa por el mundo.
Nos engañamos. El hombre es un ser curioso, inteligente, inquieto, disfruta al descifrar lo que ocurre alrededor; es más, sin la voluntad de conocer nuestra especie hubiera sido inviable: ¿por qué ponernos unos antifaces gramaticales que nos tapan la visión?, ¿por qué fijarnos en lo que “debiera ser” y no en la belleza de las cosas mismas?, ¿por qué utilizar el don de la imaginación para engendrar quimeras?
En realidad, no actuamos por valores morales, sino por intereses concretos, egoístas (amor de sí, amor propio), por motivos cambiantes y contradictorios; por nuestra constitución fisiológica, por los haces de instintos que proceden de la filogénesis, por motivos internos, intrapsíquicos, que incluso desconocemos, por las pulsiones innatas, ¡aleatorias!, del temperamento, por los rasgos de nuestro carácter adquirido en la familia y la escuela (y, sobre todo al margen de ambas), por nuestra educación intelectual y emocional; también por las metas, objetivos y modas que sobrevuelan la cultura... Los valores morales se reducen a biología, psicología, sociología y poco más.
No confiaría en nadie que fuera excesivamente honesto. Además, cuando alguien perora sobre valores morales apunta siempre a los sombríos conceptos de la antropología metafísica. Huid de los sacerdotes, los sublimes, los profundos, los profetas, los santos, los predicadores, los profesionales del bien y del mal, los depositarios de valores eternos… ¡Así habló Zaratustra!
¿Qué decir de los principios?: Se debe hacer tal cosa siempre y sin condiciones. Lo cierto es que los principios no valen para nada. Sería más honesto decir: “yo actúo así porque me da la gana y además no puedo evitarlo, aunque no se lo aconsejo a nadie”.
Supongamos un principio razonable (excesivamente razonable): hay que ser tolerante con las ideas de los demás.
En primer lugar, depende de cuáles sean esas ideas (le recordé a mi sobrina que los politicastros y mercachifles que nos han desplumado también tienen “ideas”).
En segundo lugar, no todos los mensajes orales o escritos que pretenden orientar se pueden considerar ideas (la mayoría son ocurrencias vanas, farsas programadas, sermones taimados, escoria política, mentiras arteras).
En tercer lugar, las tonterías, por ejemplo, que oigo por la radio (tertulias, magazines, informativos, entrevistas) ni siquiera detentan la potencia de ser o no respetadas, están en el limbo de las pamplinas; simplemente las oigo medio dormido o apago sus ecos con fastidio.
Por cierto, uno de los mitos de la democracia representativa (que debemos a su fundador, Rousseau) es la sacralización de la Verdad Ética y Política que la voluntad general establece a través del voto. Pero si algo resulta ilusorio son los principios teledirigidos de un agregado social compuesto por millones de personas. La norma estadística no es el reino de la libertad, sino el reino de la vulgaridad (literalmente, de las opiniones populares), la mediocridad (del irrelevante punto medio) y la inconsistencia (de unos ideales erráticos) que comparte la mayoría. La idiosincrasia de la clase media. ¿Por qué son respetables?
A propósito de la llamada “moral paradigmática”. Imaginemos que alguien fuera capaz de actuar siempre por principios morales: para cada decisión una regla, para cada situación un modelo, para cada problema una fórmula. ¿No es fácil suponer que al final de cada día se preguntase consternado ante un espejo: quién demonios soy exactamente?
El hombre de principios: autoritario, dogmático, arbitrario, narcisista. Un residuo del siglo XIX. Bueno para la novela de costumbres.
¿Nuevos proyectos? Un proyecto moral es un conjunto organizado de normas que regulan un ámbito de la acción. Los Diez mandamientos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el pacifismo, el feminismo, la antiglobalización... Pero nadie puede ser deísta, humanista, pacifista, feminista o anticapitalista todo el tiempo. Se trata de una santidad inalcanzable, heroica, inmensamente gravosa y aburrida…
Excepto en los hábitos cotidianos (¡benditas rutinas que nos preservan de nosotros mismos!), nadie actúa mediante proyectos coherentes. Aceptamos que la vida se basa en la diferencia, la dispersión, la incertidumbre, el error. En consecuencia, actuamos según una ética de circunstancias: un mundo que nos invita a elegir entre una cantidad impensable de bienes y males.
En una ética de circunstancias, la única saludable, damos saltos mortales de un proyecto a otro (y cuantos más mejor). La principal virtud, la que realmente perfecciona la condición humana, no es la bondad, la honradez o la justicia, sino el polifacetismo: en un mismo día podemos ser egoístas y altruistas, espiritualistas y materialistas, voluntaristas e intelectualistas, formalistas y eudemonistas, ascéticos y hedonistas… La vida, un prisma de infinitas caras.
Además, la misión latente (¿o manifiesta?) de los códigos es impedir que pensemos con “nuestra propia cabeza”. ¿Qué acciones caben o no, cuáles están dentro o fuera de los principios de un proyecto? En ese instante de duda, de reflexión, los paladines de la iglesia se ofrecen como las claves exclusivas del invento… mientras el entendimiento y la conciencia quedan relegados a un segundo plano o simplemente eliminados.
Nietzsche en El origen de la tragedia y Sartre en El idiota de la familia, concluyeron con argumentos similares que el mundo de la vida sólo puede ser conocido por el arte y especialmente por las artes textuales; la filosofía entendida como sistema ético es un lenguaje paralelo, extraño, contrario a su sentido profundo. La vida, una singularidad del cosmos.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Ford Madox Fox, El buen soldado
sábado, 6 de agosto de 2011
La paix est-elle possible ?
L’espèce humaine habite la Terre depuis environ 40 000 ans. En considérant
que l'âge de l'univers est de quinze milliards d’années, nous devons accepter
que nous sommes une très jeune manifestation de la matière : sur une échelle de
24 heures, l’homme est resté dans l’univers moins de huit secondes ! Voici un
paradoxe qui illustre nos déficiences en tant qu'espèce : jusqu'à présent, la
science la plus avancée est incapable de connaître le cerveau, l’organe
principal de la connaissance. Malgré l’intelligence et le progrès culturel,
nous ne sommes pas encore équipés génétiquement pour vivre dans de grands
groupes sociaux. L’homme fonctionne bien dans les groupes primaires, ceux qui
sont basés sur des interactions en face-à-face et sont utiles pour l'acquisition
de l'éducation sentimentale, pour l'expression des affections personnelles et
pour la communication d’expériences intimes. Par conséquent, nos actions
peuvent se développer avec succès dans la famille, les amis ou les voisins…
Peut-être que l’amour du proche (c'est-à-dire, celui qui est près de nous)
signifie quelque chose de semblable.
Toutefois, lorsque les gens s’organisent dans de
grands groupes sociaux dont l’aboutissement est les nations et les États, alors
les problèmes commencent à apparaître : les conflits, les intérêts absolus,
l’incapacité à dialoguer, les idées intolérantes surviennent… Les retombées,
c’est la guerre. En tout cas, il s’agit d’un problème biologique, pas
historique. C’est pour cela que la solution au problème de la paix n’est ni
politique, ni culturelle, ni même historique, mais biologique. On peut imaginer
une planète très lointaine dans une galaxie perdue où il y a une civilisation
dont les citoyens sont des êtres rationnels qui ont évolué depuis de nombreuses
années et qui sont capables de vivre en paix. Tant que le genre humain ne sera
pas équipé d’une hérédité génétique appropriée, les nations du monde seront
toujours en conflit… au point d’attendre une deuxième fois (ou plus) 40 000
années d’évolution.
viernes, 22 de julio de 2011
Los sueños
Posiblemente la parte más valiosa del hombre sean los sueños.
El auténtico reino de la libertad no son el arte ni la ética (como pensaba Kant) sino los sueños. Cuando abandonamos cada noche el mundo de la vigilia y nos hundimos en el país de las maravillas donde no hay límites espacio-temporales, conceptos abstractos o leyes físicas, dejamos de ser mortales para convertirnos en hijos predilectos de los dioses.
He retornado en los sueños a la infancia para conducir el coche de pedales que me regalaron tras una larga enfermedad; a la adolescencia para bañarme en un río a luz de la luna o salir al campo en primavera con las primeras nínfulas; a la juventud para reavivar mis grandes esperanzas con los amigos perdidos o para reconciliarme con las muchachas en flor a las que amé y no supe retener.
No me refiero a la madurez porque creo que los varones no maduran nunca. En todo caso, incluyo en esta clase los “sueños de expiación”, en los que trocamos la piedra del fatal traspié por otra más liviana, un desliz menor capaz de mudar el desprecio en compasión (esa virtud admirable que convierte a la mujer en víctima de la estupidez masculina).
De adulto, ya muertos, he hablado de los grandes temas con mis padres, parientes y amigos (Carlos, Miguel, Amador), a los que convoco en las noches heladas de invierno. En estos encuentros espectrales siento un voraz deseo (mucho más intenso que en la vida cotidiana) de preguntar, escuchar, descubrir.
No existen sueños adscritos a la edad. La clasificación anterior es una burda elaboración racional. Sin ir más lejos: hace dos días soñé, en clave de pesadilla ligera, que luchaba contra un gigante de papel en formato de comic. Me veía a mí mismo en una tira en blanco y negro de trazo fino y vagamente realista. Con “mi mente” (el autor omnisciente de la novela) intervenía desde algún lugar del sueño en los trazos de la pluma y el curso de la acción.
Recuerdo que en mi última época de estudiante universitario leí con la fe racional de San Agustín los libros de Freud sobre la interpretación de los sueños. Posiblemente sean la aportación más valiosa al estudio del inconsciente, pero, en mi opinión, deberían titularse “los mecanismos de los sueños”. Dramatización, condensación, desplazamiento, simbolización, represión, elaboración secundaria… son los procedimientos universales de la puesta en escena del material onírico, pero los análisis concretos que perpetra el brujo de Viena (como lo llama Nabokov) no interpretan nada: sigo pensando que las dos grandes obras de ficción pura (sin mezcla de ser alguno) que se han publicado en la cultura contemporánea son los libros de Freud sobre la interpretación de los sueños y los de Levi Strauss sobre los mitos.
Resumo uno de mis sueños recurrentes:
Cuenca. Me despierto en el sueño en medio de una noche que no es noche sino zozobra. Sé que nunca más veré a nadie. Mi casa está abandonada. Silencio antinatural, reflejos lunares de otro mundo perdido en la galaxia. Una espesa capa de polvo ceniciento se filtra por debajo de las puertas y cubre los muebles, como si hubiera transcurrido un tiempo impensable desde que me quedé dormido. Salgo la calle, a una ciudad en ruinas, abandonada, inhumana. Me alejo en dirección al río, con decisión, sé que tengo que ir allí, aunque ignoro las razones y antes de llegar me despierto entre sollozos…
Dentro del sueño estoy solo y tengo miedo (como en la canción de Serrat), pero fuera del sueño no hay interpretación que valga. En mi vida diaria no me preocupa la soledad, la incomunicación ni demás monsergas y no soy especialmente apocado. Además, hace veinticinco años que no vivo en Cuenca. Debo admitir, en términos cartesianos, que soy dos sujetos que piensan: uno despierto y otro dormido. Sabemos que durante el sueño el sistema nervioso central cambia sus parámetros y la actividad cerebral es diferente a la vigilia.
Prosigo con la analogía cartesiana: los sueños son substancia, es decir, realidad independiente y autónoma. Son irreducibles a otros ámbitos emergentes del ser: físico, químico, biológico, neurológico, psicológico, cognitivo, cultural, virtual. (¿Acaso vital?). Las propiedades que rigen estos ámbitos no sirven para los sueños. La conciencia onírica tiene reglas propias que ignoramos (o no existen). También en este caso, el cerebro es incapaz de conocerse a sí mismo. Copio a mi amigo Miguel Ángel Hernández Saavedra: la expresión "interpretación de los sueños" es un oxímoron, una contradicción en los términos, como "familia inteligente", "pensamiento político", "música militar" o "cine español".
¿Cuál es la relación entre la vida despierta y dormida? Ninguna.
El mundo de los felices es distinto del mundo de los infelices (Wittgenstein). Sin embargo, los felices pueden ser desdichados en los sueños y al revés. Los mansos, violentos; los tímidos, expansivos; los castos, disipados; los justos, egoístas; los virtuosos, falaces… y viceversa. Las leyes de asociación de ideas no tienen sentido en los sueños. Tampoco los principios de la identidad personal: el temperamento se invierte, el carácter se transforma, las normas se desvanecen. En la secuencia dramática del sueño se separan y recombinan los rasgos de la personalidad como si fueran las trasparencias de una linterna mágica. Es un milagro que al despertar podamos reunir los fragmentos del "yo pienso".
La ensoñación es el estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Soñar despierto. Es una ocupación incomparable. Hay auténticos malabaristas en el arte de despegar del presente para lanzar las ideas a las cuatro dimensiones del cosmos.
La mayoría de la gente dispara la ensoñación en cuanto las circunstancias lo propician: en el metro temprano, en el trabajo, en los conciertos, cuando acabamos un libro apasionante, al hacer el amor, cuando nos hablan los conocidos, al contemplar a nuestros hijos, en el insomnio y los funerales…
Yo necesito crearme un mundo de ensueño antes de dormir. Tengo que trasformar mi dormitorio en distintos escenarios: el camarote de un trasatlántico, un refugio militar en la montaña, un hotel en los Alpes, la tienda de campaña con la que viajé a Italia, mi cuarto cuando era niño… Considero que la necesidad de recurrir al ensueño para traspasar el umbral entre los mundos es un signo de salud mental.
Otro elemento imprescindible de los sueños son las pesadillas. La opinión general es que reflejan nuestros miedos y angustias. Pienso, al revés, que los miedos y angustias proceden de la confrontación del sujeto durmiente con sus terrores nocturnos. En las pesadillas, el yo durmiente se acerca a los estratos más primitivos del cerebro reptiliano donde se fraguan los miedos biológicos que se han consolidado a lo largo de la filogénesis. Las pesadillas cumplen la función de enfrentar al sujeto con las fobias ancestrales que provienen de las etapas iniciales del proceso de hominización. En esa lucha del soñador con la imágenes emergentes del paleoencéfalo se forja la fortaleza o la debilidad de cada cual ante sus emociones más turbias.
Los sueños son una pulsión instintiva que compartimos con la mayoría de las especies. Si me hubiera dedicado a la zoología, una de mis vocaciones frustradas, hubiera escrito una tesis doctoral sobre la función de los sueños en la evolución (¿cómo duermen las lombrices, y las medusas, y las hormigas, y las bacterias, y las plantas carnívoras?). Es apasionante.
Es imposible conocer desde la ciencia o el arte en qué consisten los sueños. Con la sexualidad ocurre lo mismo. Podemos referirnos a ambos con metalenguajes más o menos felices (feromonas, sonetos, registros electrofisiológicos, los cuadros de Magritte) pero jamás fiables. Los gozos y los sueños sólo se pueden experimentar en vivo y en directo.
Me interesa la teoría del cuerpo astral. Ni la neurofisiología ni la psicología profunda la refutan. Más bien al contrario. Pero antes de contarla debe hacer una observación: alguno de mis amigos, cuando he sacado el tema, me preguntan suavemente: ¿Realmente te crees eso? Bien, hay muchas formas de creer. En general, me creo sin pestañear lo que me gusta, aunque con fecha de caducidad, como los yogures. Además, hay cosas que no se explican con palabras. Es preferible convertirlas en leyenda para que circulen por el mundo.
La mejor forma de acceder al cuerpo astral, es controlar el sueño desde dentro. Se trata de una iniciación larga y compleja. Hay que superar varias pantallas, como en los videojuegos: ser consciente de que estás soñando, de que te encuentras en alguna parte del sueño, reconocerte sin confusión, mirar fijamente cada una de tus manos, controlar la acción en el proceso, dominar el desenlace y, finalmente, despertar cuando lo desees. Muy pocos lo consiguen.
El cuerpo astral no es el yo dormido, tampoco el yo consciente que penetra en el sueño, sino la unidad sintética de ambos. Una vez lograda, el brujo (porque no tiene otro nombre) puede lanzar su cuerpo astral fuera del sueño en un proceso inverso de acumulación de fuerzas. Cuanto más poderoso es el brujo, más eficaz es su brazo y más lejos puede viajar. Las cámaras de seguridad han grabado el cuerpo astral de un hombre de conocimiento cuando se adueñaba de un brazalete de diamantes en Tiffany's, Nueva York… mientras dormía junto a su esposa en un poblado del África Central. Con un pase de la mano izquierda inmovilizó a dos dependientes que quisieron detenerle. El resto de los empleados no advirtieron nada. Un amigo del brujo, doctor en antropología por la UNED, invitado a la fiesta tribal del cumpleaños (o su equivalente solar), me aseguró, al día siguiente de la grabación, que la mujer del brujo lucía la joya en su esbelto brazo.
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Somos siete en uno: el sujeto fisiológico o corporal, el sujeto psicológico o mental, el sujeto lógico o cognitivo, el sujeto simbólico o gramatical, el sujeto espiritual o metafísico, el sujeto onírico o durmiente y el sujeto astral o mágico. ¿Quién da más?
Posdata: Mis especulaciones sobre los sueños son probablemente falsas. Lo que reivindico es que son igual de falsas que las demás teorías científicas, filosóficas o literarias sobre el tema.
lunes, 11 de julio de 2011
Sherlock Holmes
domingo, 3 de julio de 2011
La música romántica. Apunte
Sin embargo, la semejanza entre la música y el mundo, el aspecto bajo el cual la música puede ser una imitación o reproducción del mundo, es algo profundamente oculto… en todos los tiempos se ha cultivado la música sin adquirir conciencia clara de esta relación; contentándose con comprenderla inmediatamente y renunciando a comprender en abstracto la raíz de esta comprensión inmediata.
Cuando yo abandonaba mi alma a la impresión del arte de los sonidos y volvía luego a la reflexión, recordando el curso de las ideas desarrolladas en esta obra, encontraba pronto un rayo de luz sobre su esencia secreta y sobre la índole de sus relaciones imitativas con el mundo, supuestas por analogía, rayo de luz suficiente para mí y para mi investigación y aun, para aquellos que hasta aquí me hayan seguido con atención y compartan conmigo cierta concepción del mundo. Pero comunicar yo mismo esta explicación es cosa que considero absolutamente imposible.
[Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación. México, 1983, Editorial Porrúa, Traducción de Eduardo Ovejero y Maury]
La explicación que buscaba Schopenhauer sobre la relación mimética o reproductiva entre la “música y el mundo” probablemente se halla en la semejanza entre las funciones básicas del lenguaje natural y el musical. Ambos comparten una intención descriptiva, emocional, expresiva, apelativa, prescriptiva, lírica, metafórica... Sin embargo, aunque es posible mostrar en las composiciones esta analogía funcional, no se puede decir en qué consiste y aun menos explicar por qué. Para hacerlo, habría que remontarse a una condición humana primigenia, anterior a cualquier determinación lingüística o cultural (como sugiere Leví-Strauss).
Después de todo, el lenguaje natural es el primer sistema simbólico de una cultura al que se traducen los demás códigos, incluido el lenguaje de la música.
Además de una aproximación sociolingüística al problema, hay otra de carácter estético más profunda y sugerente: la esencia común del lenguaje natural y el musical es la creatividad (según la tesis idealista de Benedetto Croce).
Precisamente por esta dificultad de figurar el mundo en términos musicales, dos ámbitos heterogéneos, inconmensurables, algunas creaciones musicales del Romanticismo con una decidida intención narrativa, como la Sexta Sinfonía de Beethoven (1770-1827) o la Sinfonía Fantástica de Hector Berlioz (1803-1869), añadieron a cada uno de los movimientos unas aclaraciones complementarias.
Así, el primer movimiento de la Pastoral, Allegro ma non troppo, se titula “Despertar de alegres sentimientos con la llegada al campo” y el cuarto de la Fantástica, Allegretto ma non tropo, es “La marcha al suplicio”.
[Ludwig Van Beethoven, Die Symphonien, Berliner Philarmoniker, Claudio Abbado. 2000 Deutsche Grammophon, Hamburg]
[Hector Berlioz, Symphonie fantastique, Wiener Philarmoniker, Sir Colin Davis. 1990, Philips, Vienna]
La música romántica se sirve de diversos recursos para conseguir sus efectos literarios:
- La imitación onomatopéyica de la naturaleza, como sucede en el tercer movimiento (Allegro) de la Pastoral cuando las secciones de la orquesta reproducen fielmente una tormenta, o bien en el segundo movimiento (Andante) al imitar los instrumentos de madera el canto armonioso de los pájaros.
- La evocación mediante motivos musicales de sentimientos dramáticos, emociones intensas o estados de ánimo sutiles que el compositor romántico asocia a ciertos entornos naturales, como la abrumadora soledad de las cumbres, el espanto ante la furia de los elementos o el misterio sobrecogedor de un bosque. Así deben ser escuchados los densos pasajes orquestales que sirven de introducción al argumento en las óperas de Wagner.
- La expresión de ideas universales (el amor, la amistad, la patria, el espíritu del pueblo, la dicha o la melancolía) a través de un momento fugaz, una frase musical, un fragmento aislado o una pieza completa. Muchas de las delicadas composiciones de Chopin (polonesas, mazurcas o nocturnos) o las inmortales sonatas de Beethoven deben ser entendidas dentro de esta tradición alusiva del Romanticismo.
- La exaltación de ideales éticos, políticos o militares, valores imperecederos que constituyen, en versión romántica, el honor y el orgullo del género humano. Por ejemplo, la Obertura 1812 de Tchaikovski o la conocida Marcha Radetzky de Johann Strauss.
- El relato de acontecimientos biográficos o históricos, la nostalgia de personajes cruciales, la intuición de ideas metafísicas o creencias religiosas mediante una traducción sin clave al lenguaje de la música. En este caso nos encontramos ante un género que puede considerarse subjetivo o totalmente privado (ambos como expresión de un estilo único), cuya eficacia depende del grado de empatía entre la obra y quien la escucha. Es lo que pretenden los poemas sinfónicos del compositor posromántico Richard Strauss, Don Juan (1889), Las travesuras de Till Eulenspiegel (1895), Así hablo Zaratrusta (1896), Don Quijote (1897) o la autobiográfica Una vida de héroe (1898).






