domingo, 24 de noviembre de 2013

El profesor particular


Nunca se me dieron bien las matemáticas. Tengo dos hipótesis: La primera, que en la Escuela Aneja, o sea, en primaria, Don Alfonso y Don Francisco, mis maestros de escuela (¡cómo sacudían con la palmeta!) trataron de enseñar imposibles a mis tiernas entendederas. Abusar del niño era lo que se llevaba y no superé la farsa como algunos, aunque el trauma les saliera por otras gateras. Se me cruzaron los cables, y mi cerebro, no yo, se negó a tolerar más dislates. La segunda hipótesis se refiere a mi herencia genética vía bisabuelo-escritor y abuelo-periodista. Mi hermana, sin embargo, es catedrática de matemáticas. Nunca entendí las leyes de la herencia. No dejan de ser la noche donde todos los gatos son pardos, pero a falta de algo mejor no las descarto. Además están avaladas por la curiosa circunstancia de que Doña Magdalena, la profesora de lengua, nos hacía leer partes no adaptadas del Quijote y el Lazarillo, y aunque no me enteraba de nada, disfrutaba de lo lindo con las migajas y lo que daba la imaginación. Aunque no sé por qué, mis hijos han salido con una sólida vocación científica. Ella es médico y él ingeniero. Recuerdo que en COU mi hija, como una obligación insalvable por mi condición de catedrático de filosofía, me asignó el rol de profesor particular: Explícame a Platón, no entiendo los apuntes… Comencé por los orígenes del pensar, los dualismos, la teoría de las ideas subsistentes… Y aquí me cortó en seco: Tendré que aprendérmelo de memoria, pero no quiero oír hablar más de eso…

En el examen de ingreso a la enseñanza media, a los diez años, saqué de milagro la división por tres cifras con la prueba del nueve, aunque tengo que confesar que dediqué más tiempo a dominar el asunto que, por ejemplo, a la asignatura de teoría del conocimiento en quinto de carrera. Mi amigo Juanjo, mayor que yo, accedió a mis suplicas y durante meses me colmó de trucos y posibles: a cambio de mi álbum de la Liga, una raqueta de pin pon y cinco minicars fue mi primer profesor particular.

Mi primer cate sonado fue en primero de bachillerato a los once años. “Petaca” el anciano profesor de mates hizo justicia conmutativa y cambió mi empanada mental por unas hermosas calabazas. Todo se agravó cuando recurrí a mi padre para que me hiciera los deberes, cuyo contrapeso era soportar prolijas explicaciones. El nuevo profesor particular. Prestaba toda la atención al galimatías, pero aun así la cosa terminaba en voces y lágrimas cortadas de raíz por mi madre que, a su vez, nos gritaba a los dos.
Mi padre me compró un mono azul y me llevó al taller de tractores de un amigo para que “me diera cuenta” de que era preferible estudiar a trabajar en una nave pringosa. Para entender eso no hacía falta la pantomima. La lección moral era más absurda que los números irracionales. Mi siguiente profesor fue un agrio sacerdote salesiano en la escuela dominical María Auxiliadora. Por las mañanas a clase, por las tardes al taller. Una fracción, repetía Don Vicente en una tórrida mañana de agosto (mis amigos bañándose en el río), es el cociente indicado de dos números; una fracción es el cociente indicado de dos números… y así hasta mil. A ver, Campillo, interrumpió su letanía: ¿Qué es una fracción? Silencio espeso en la parroquia; insultos y vuelta a empezar. Yo no era de los peores. Como “Petaca” se jubiló al acabar el curso, dio aprobado general en Septiembre (algo que oculté a mi satisfecha familia).

En segundo de Bachillerato, en el instituto de enseñanza media, soporté las penurias didácticas de Don Pedro, un catedrático de pata negra que sabía, según parece, lo inaudito, pero que no se preparaba las clases. Se saltaba de tema, explicaba tres veces lo mismo (mejor, menos materia a digerir), se desdecía, se contradecía, se iba de clase y al volver estaba perdido. ¿Lo habéis entendido, tenía por muletilla? ¡No!, cantaban a coro diez manos en alto. No  importa, proseguía, esta tarde lo repasáis con el profesor particular. Explicaba la geometría con hilos y curvas imaginarias que recorrían las esquinas de la clase. En el examen ponía problemas que no es que no supiéramos hacer, sino que ni siquiera sabíamos qué decían (menos pedían) los enunciados. Nos salía humo por las orejas.
Mis padres me enviaron, nuevas muletas, al Colegio Español (me negué a volver con los curas). Allí una señorita compasiva con la ignorancia ajena nos aclaraba a Pedroche, de Julián y a mí los rudimentos de las propiedades de los números y las leyes del espacio. Ninguno podíamos aceptar que las líneas o las circunferencias no existieran realmente. ¿Entonces qué pintábamos allí? Las chicas, aunque en otro mundo, existían. Al fin, pude entrever lo que aquello significaba. En primer lugar, que si no entendías algo lo siguiente menos. Un día di mis primeros pasos en el algoritmo. El único inconveniente era que lo aprendido con la profe no servía para nada. Don Pedro nunca nos habla de eso, le espetábamos a menudo; son líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse (metáfora de Pedroche). La señorita decía que no era cierto, que todo tiene que ver con todo y se aclaraba la garganta. Pero había que aprobar. Llegué a un pacto con Santi el gordo. Era un genio de los números. Al acabar Sexto y reválida se presentó a unas oposiciones de contable en la Caja de Ahorros y las sacó a la primera. Santi me pasaba los tres problemas del examen en una cuartilla, yo copiaba dos y el tercero lo hacía a mi modo. Nota: seis y medio. El problema de algunos es que quieren el diez y al final los pillan. A su vez, yo le pasaba la traducción de latín con los mismos resultados.  

Ya sólo me quedaba un curso, tercero de Bachillerato, para elegir letras y olvidarme del embrollo. Ahora el profesor de mates era el cartesiano Don Enrique. Llenaba dos encerados por clase con una caligrafía de filigrana, signos, letras, números, cadenas de demostraciones; una obra de arte comparable a los códices miniados. Al tocar el timbre, daba lástima borrar los cuadros. Para mi desgracia sólo conseguí captar el lado estético de formulas y teoremas. Nuevos cates. Esta vez, mis padres me llevaron a un viejo ingeniero de caminos, depurado por el franquismo, Don Abilio, en parte por desasnarme, en parte por echarle una mano. Seis personas nos sentábamos en la mesa del salón en torno al brasero. Peroraba durante veinte minutos de matemáticas en general, al margen de cursos y programas. En ese punto, interrumpía su jerga y se pasaba a la memoria histórica. Sus relatos eran horrendos y fascinantes. Una vez le mostré, al acabar la clase, la carta de Fernando Arrabal a Franco que acababa de leer. Le pregunté: ¿Don Abilio, lo que aquí se cuenta es verdad? Eso no es nada –me dijo-, es una parte insignificante de lo que hicieron. Es mejor que no sepas el resto. Mi curiosidad por supuesto aumentó. Después de las vacaciones de Navidad, mis padres, conscientes de lo que aprendía y de lo que no, me sacaron diplomáticamente de la tertulia de Don Abilio.

La solución universal para estas causas perdidas era Don Primitivo, el último de mis profesores particulares. Sus antecedentes se perdían en la noche de los tiempos. Según la leyenda urbana era un sabio que dominaba varias lenguas incluido latín y griego. Lo único cierto era que daba clases de sol a sol a los mismos galeotes que por la mañana estábamos amarrados al banco del instituto. Sólo para hombres, una hora de física y otra de matracas. Calculábamos sus ingresos por lo que nosotros pagábamos dinero en mano y nos parecían fabulosos. Al caer la tarde, esperábamos en el portal de su casa a que bajaran los de la clase anterior. Cuando se armaba la trifulca, los vecinos se quejaban y, tras una breve encuesta, Don Primitivo nos daba el “paseíllo”: se ponía en la puerta de la clase y al entrar por el embudo repartía a diestro y siniestro. Fumaba negro con boquilla, encendía una toba con otra mientras platicaba sobre las ecuaciones de segundo grado. Un ambiente sano; a veces abría la ventana dos minutos y más madera. Murió de cáncer de pulmón. Con Don Primitivo siempre la letra con sangre entraba. Salías al encerado de  “voluntario forzoso” y si no superabas los mínimos, vapuleo y tentetieso. A Juan Valero le preguntó cuántas eran dos por dos (estaba explicando las potencias) y como dijo cuatro lo tumbó de un directo. “Quítese las gafas señor López”, recuerdo con pavor. Una amiga del instituto femenino se asombraba: ¿En serio, le pagáis para que os sacuda? Ni con estos métodos conductistas hizo carrera de mí. Recuerdo una entrevista con mi padre en su despacho a la que pegué la oreja: Que un chico tan brillante en otras asignaturas –dijo Don Primitivo- sea refractario a la física, la química y las matemáticas (se olvidaba de las ciencias naturales).

Para saltar el último obstáculo recurrimos al enchufe. Ciertas personas influyentes aseguraron a la plana mayor del instituto que mi futuro eran las letras y que nunca más un científico tendría noticias de mí. Un aprobado rasposo y amigos para siempre. Dicho y hecho.

domingo, 17 de noviembre de 2013

El cambio, el tiempo


¿El ego, yo soy el que soy, la identidad personal? Quien comparte tu lecho por las noches hace las mismas cosas, pero nunca es el mismo ni tú tampoco; también los días y las estaciones son distintos aunque reciban el mismo nombre. El tiempo es un accidente del cambio: al producirse el cambio acontece el tiempo además de otros efectos. Ser y cambiar es lo mismo.

Los teólogos medievales consideraban que la característica esencial de Dios era la inmutabilidad. La trascendencia divina, la radical separación ontológica entre Dios y las criaturas (incluidos los ángeles) consiste en que Dios no cambia. Ego sum Deus et non mutor: algo que puede ser dicho pero no comprendido por el entendimiento humano. La eternidad de Dios es una consecuencia de su inmutabilidad. Inversamente, la eternidad de la naturaleza es la consecuencia del movimiento perpetuo. Deus et natura: lo eternamente inmóvil y lo eternamente móvil. Según algunas versiones escolásticas, contrarias a la cosmogonía judeocristiana, Dios creó el mundo no en el tiempo sino antes del tiempo (que surgió como una realidad más). También el tiempo, según la cosmología actual, se formó después de la gran explosión. Teología y ciencia coinciden por esta vez: en un principio fue el cambio.

El cambio es en sí mismo una singularidad que carece de sentido, fenómeno puro sin nombre ni concepto. No así el tiempo, algo que puede ser subsumido por el juicio determinante. Por eso San Agustín, Kant, Proust o Heidegger escribieron sobre el tiempo. Sólo los filósofos griegos (Presocráticos, Platón, Aristóteles), sendas perdidas, se atrevieron a especular sobre el cambio como la explicación profunda del ser. La imagen de la eternidad se manifiesta en cada gesto.  

viernes, 1 de noviembre de 2013

Jane Austin, impresiones e ideas


Durante mucho tiempo me interesó la filosofía, después la estética, ahora el arte. Si la vida fuera un poco más larga, algo que pedimos con insistencia a partir de cierta edad, volvería con gusto a la filosofía y acabaría por describir círculos concéntricos. Pero como dijo el filósofo cordobés, "Es mucho el quehacer y la vida breve". Por eso este verano, del 21 de junio al 21 de septiembre, he aparcado cualquier otra ocupación intelectual y me he leído una detrás de otra las seis novelas de Jane Austin. Aunque no en el orden en que fueron escritas: primero acabé Sentido y sensibilidad (la más conocida), después Orgullo y prejuicio (la mejor), Emma (la más compleja), Mansfied Park (mi favorita), Persuasión (imprescindible) y La Abadía de Northanger (la promesa cumplida).

Admiro en Jane Austin el sacrificio esencial de la vida al arte y a sus exigencias absolutas. Para mí, este es el resumen de su biografía, lo demás son chismes y palos de ciego.

Sus novelas tienen un esquema similar. Todas se construyen en torno a una mujer. Cada heroína es ella misma encarnada en las figuras de la conciencia de su siglo y en los arquetipos del eterno femenino. En realidad, la historia explícita, la razón histórica, no forma parte de su obra. Sus personajes simplemente están inmersos en la época que les ha tocado vivir. Alguna alusión al puesto de la Marina en la grandeza de Inglaterra y poco más. La historia implícita, supeditada siempre al reino de la intimidad, apunta en Austin a la inmediatez de las costumbres, a la división en clases, a la educación de la mujer, a los viajes y distancias, a la estructura familiar y al significado universal de los afectos. Sus novelas progresan siempre de dentro afuera, desde los contenidos mentales hasta la conducta individual y ahí siempre se detienen.

Es conocida la afición de la autora por los clásicos del empirismo inglés, especialmente Hume, y sus reflexiones sobre la relación entre impresiones e ideas como elementos originales del conocimiento. Primero, como ella misma sugirió, la vida brota del conjunto de percepciones simples o complejas que recibimos de las personas, del paisaje o del entorno social. Después, en las pausas del pensar, surgen las representaciones, las florescencias de una textura mental que organiza las impresiones según ciertas leyes de asociación. Un flujo inagotable de ideas que recorren el escenario de la mente y cambian a medida que otras más vivaces las desplazan. Austin nunca apuesta por la identidad personal de sus personajes favoritos, forjados en la marea de los hechos y que al acabar su recorrido son algo distinto de lo que creían ser al comienzo y en todo momento.

No hay tampoco planteamientos metafísicos que oscurezcan su obra. Es significativa la ausencia de conceptos “demasiado abstractos”. Las cosas son lo que parecen mientras no se demuestre lo contrario (lo cual ocurre con frecuencia) y el único misterio relevante del mundo es el cambio. Ser es ser percibido y la vida es un recipiente vacío que hay que llenar y vaciar muchas veces. Lo importante pesa mucho pero es lo único que hace. El sentido oculto casi no existe.

El marco social es siempre el mismo: la burguesía rural de los condados ingleses con sus núcleos de población dispersa, casas de campo, fincas adscritas al clero o mansiones señoriales. Y una rígida escala de posiciones que determina las relaciones personales. Unas relaciones limitadas puesto que se dan en aldeas o pueblos con pocos habitantes. La mayoría de las veces adivinamos con antelación con quien se casará la joven, pero lo que cuenta no es el resultado previsto sino la verdad como proceso. Una verdad que, al revés, no admite conjeturas y en la cual experimentamos deliciosos sobresaltos y versiones insólitas de un tema que en otro lugar resultarían tediosas.

Hay en todas sus novelas una iniciación al matrimonio, que una vez celebrado, excepto en Sentido y sensibilidad, donde se adivina el erotismo, deviene institución. Al final, el lector presiente el desinterés de la autora por los acontecimientos futuros. Que todas las novelas acaben en boda es una concesión al clima mental de la época: la ficción narrativa era en sí misma sospechosa; peligrosa si planteaba problemas no resueltos de antemano y prescindible si la escribía una mujer. Por eso Jane Austin ocultó durante mucho tiempo la autoría de sus obras. La literatura de la época -¡qué limitación tan grande y cuánto talento para salvarla!- tenía por definición una intención didáctica. La publicación de amores imposibles y moralmente hallados fue una constante cultural. Pero hay un abismo entre la vulgaridad sensiblera, incluso la profesionalidad del folletín, y el talento de Austin, cuyas creaciones abarcan una fenomenología completa de la educación sentimental.

Se la ha tachado de escritora conservadora, algo que resulta injusto si se comprende que nunca se complace, como el relato edificante de segunda mano, en el ethos de la época. Resulta estéril cuestionar en Austin el papel de la mujer, el trasfondo religioso o la familia patriarcal. Lo que se muestra más bien sobre ese fondo inmutable es un caudal de senderos cruzados que finalmente ponen a cada cual en su sitio: al clérigo arribista, a la amiga desleal, a la madre casamentera o a la coqueta impenitente… Los malvados son depredadores rapaces, figuras de la quietud cuyo único objetivo es cómo hacer bien el mal; también los demasiado honestos, comparsas insulsos, incapaces de aceptar la aventura de la felicidad. El tiempo, el orden de la sucesión de impresiones e ideas (como en Hume), tiene una función moral que separa las personalidades estáticas, inmorales o necias, de las que basan su vida en la alegría del conocimiento (en Austin todavía son impensables las flores del mal).

Los recursos para presentar tal sucesión son muy variados: el enredo familiar, el malentendido galante, la ironía de la heroína, la apología del ausente, la parodia del desencuentro o la frase exacta en el que la supresión de un adjetivo amenaza con quebrar el argumento (la parte que le debe a Shakespeare). Su lenguaje no es pulido sino depurado. Resulta impecable la correspondencia entre la ocasión puntual y los usos del lenguaje; por ejemplo, en los bailes, donde la descripción de los vestidos, las miradas furtivas o el cambio de pareja se tiñen de un intenso realismo lírico que nos sitúa en medio de la fiesta.

En Austin no vale formular la pregunta de si en el principio era la acción o la palabra porque son lo mismo. El diálogo, el principal uso del lenguaje (del que hablaremos más tarde), es a la vez estilo y epifanía permanente.

viernes, 18 de octubre de 2013

La ronronterapia (¿Son raros los franceses?)


¡Qué dolor!, por un descuido
Micifuz y Zapirón
se comieron un capón,
en un asador metido.
Después de haberse lamido
trataron en conferencia,
si obrarían con prudencia
en comerse el asador.

¿Le comieron? No señor.
Era caso de conciencia.
Samaniego
Un proyecto de bar à chats (bar de gatos) ha sido anunciado en Junio de este año y abierto al público el 21 de Septiembre en el barrio parisino de Marais.

La propietaria, Margaux Gandelon, según sus palabras, una apasionada de la cocina y los gatos, se ha inspirado en los nekocafés japoneses (neko es gato) para ofrecer a los parisinos un concepto original del tiempo libre. Entre los japoneses se comprende la novedad, gente acostumbrada a vivir en bloques impersonales donde se prohíbe tener mascotas y un tercio sin nadie a quien sobar el lomo. ¿Pero los afables y amistosos galos? 

El lema de Margaux es: "Ven a mi rincón, siente el olor del pan, come algo y luego intercambia un poco de cariño con los gatos". Pero, por supuesto, se trata de algo más: d’une mode à la française; y como tal conlleva una filosofía de la cultura y una concepción del hombre. No podía ser de otro modo.

Al atardecer, el bar abre sus puertas y en medio de un mobiliario de lance, mesas y sillas redondas, cartas del menú, música new age, luces neutras y almohadones lisos, se deslizan sobre sus mullidas zarpas doce mininos.
Tras la puerta de entrada, junto a los retratos de las estrellas con bigotes, un cartel anuncia las reglas del juego:

- No coger a los gatos contra su voluntad.
- Dejarlos en paz si duermen.
- No molestarlos con juegos violentos o ensayos de aprendizaje.
- No acaparar a uno durante mucho tiempo.
- Prohibido darles de comer.
- No se alquilan ni se venden.

Los clientes, mientras toman una copa o degustan una tapa, incluso cuando cenan, pueden mimar, jugar o contemplar al clan de los doce. Lo dijo Víctor Hugo: "Dios creó al gato para proporcionar al hombre el placer de acariciar a un tigre". Unas camareras se ocupan a la vez de humanos y felinos que pasan la tarde en amena sociedad (le chat, mon prochain). Y, por supuesto, se habla de gatos: su individualidad, independencia, carácter hermético. Se repasan mitos y leyendas, su fama de sensuales y malignos. Arquetipos de la belleza animal. También su lugar en las civilizaciones a lo largo de la historia. Unas discretas cámaras vigilan que los fanáticos no se pasen y los michos no arañen.

Según cuenta la propietaria del bar, la Sociedad Protectora de Animales “phare de la lutte animal en France” debía encargarse de “facilitar” el proyecto, pero por razones no aclaradas, se desenganchó. Los gatos, finalmente, fueron cedidos por otras asociaciones defensoras de la causa una vez que aprobaron el proyecto y tuvieron garantías del trato.

La financiación es también peculiar: los futuros clientes, reclutados por Internet, adelantan un dinero que recuperarán en posteriores visitas al bar en condiciones especiales. Un sistema denominado crowdfunding. Todo un hallazgo, según la patrona.

Pero, sigue Margaux, no se trata de un proyecto “todo gato”, sino que se busca más bien crear un ambiente íntimo, relajado, familiar. La decoración sin presunciones, la comida casera, las afinidades electivas, las mascotas domésticas, conforman un conjunto integrado de relaciones primarias. La idea (le déclic), no demasiado nueva, es que vivimos en una sociedad en la que predominan los grupos secundarios de carácter laboral, pero los grupos primarios (familia, vecinos de toda la vida, amigos, conocidos, compañeros, pandilla, colegas de bar y partida de mus), aunque minoritarios, son los que realmente nos importan. El café à chats intenta construir una prolongación del hogar, un entorno "egointegrador" relacionado con el intercambio de afectos, intimidades y vivencias. Se trata de ofrecer a sus visitantes un refuge temporaire à la jungle parisienne”; y, por supuesto, las especialidades de la casa: chocolat chaud, fondue de fromage, quiche lorraine o l’assiette de crudités.

A esto se suma que los franceses adoran a los animales. Acogen como uno más de la familia a cualquier especie de la escala evolutiva: tortugas, serpientes, micos, ardillas, loros, alpacas, kinkajús… Según demuestran los informes sociográficos, hay en calles, parques y jardines cada vez más mascotas y menos niños. Habría que remontarse a la civilización egipcia, donde se consideraba al “miou” un animal sagrado, para encontrar una veneración similar. Otros temas de discusión, continua la dueña, son el bienestar de los animales (le bien-être des animaux), sus derechos “naturales y sociales” y los beneficios de la convivencia mutua.  

También hay una ética gatuna detrás del proyecto. Los seguidores afirman que el ronroneo produce efectos saludables. Se trata de la "Ronronterapia". Veterinarios y expertos franceses en conducta animal aseguran que el contacto corporal y la vibración sonora del gato desencadenan en nuestro cerebro la secreción de endorfina, la hormona de la felicidad. Uno de los peligros de la ronronterapia es su carácter adictivo, por lo que es preciso seguir un proceso de iniciación “sistémico”. Emerge, pues, en París una boyante industria cultural: revistas, libros, vídeos, iluminación doctrinal y clases prácticas. Hay incluso varias escuelas de ronronterapia con principios y pautas “considerablemente distantes”. Para una, existe “una unidad esencial” entre el hombre y el animal que es preciso potenciar. Para otra, es una meta irrenunciable profundizar en la “simbiosis cultural” entre ambos. Para la tercera, más radical, el enigma de la vida se resolverá cuando el hombre desaparezca de la Tierra y deje en paz a los animales... De acuerdo, aceptamos "gato" como animal de compañía: todos deberíamos tener un perro que nos adore y un gato que nos ignore. 

Pero las críticas han empezado a llover en Internet: la Fundación Bardot reprocha al proyecto la “cosificación” (la conversión en objeto o mercancía) de los gatos. Este concepto marxista torna con fuerza al mundo animal (¿qué pensaría don Carlos si levantara la cabeza?). La presidenta de la Fundación no duda en sentenciar que "se puede, por supuesto, querer más a un gato que a un hombre: el hombre es el animal más horrible de la creación". Secuelas quizás de sus cuatro matrimonios y otras causas perdidas. La Asociación Stéphane Lambert va más allá y habla directamente de degradación: relación puramente mercantil, exilio del suelo natal, experimento dudoso y prostitución felina (los bares de gatos recuerdan en ciertos aspectos a una casa de citas).

En fin, chacun à son goût, cada uno a su gusto, algo decididamente francés. Serán los ciudadanos de la república quienes sostengan la última palabra en esta sinfonía concertante de voces y maullidos.

Ayer por la tarde, al acariciar al gato de mi vecina en la rellano de la escalera, me ha venido a la memoria involuntaria el extraordinario relato de terror de Algernon Blackwood, Antiguas brujerías; la historia de un pueblo de la Francia profunda dejado de la mano de Dios –nunca mejor dicho- cuyo hilo conductor es la enigmática frase “À cause du sommeil et à cause des chats”. No se lo pierdan, aunque no sea la lectura más adecuada para un bar à chat parisino. 
        
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Mi reconocimiento expreso al artículo de Gwendolen Aires, Le premier “bar à chats” de Paris ouvre ses portes samedi, publicado en el diario Libération el 19 de Septiembre de 2013

martes, 1 de octubre de 2013

Los dilemas de Jane Eyre


Empiezo con la cita de un colega en Facebook: Nos pasamos así el tiempo, repitiendo en cinco lenguas que lo bueno y lo malo existen: Abelardo y Eloísa, Raymond y Tess, Federico y su bala en la espalda… Quien conozca esta verdad podrá separar los grises y claroscuros de la vida cotidiana, como Jane Eyre.
Jane Eyre, de la famosa novela de Charlotte Bronté, es la heroína más moral de la literatura. El incrédulo lector no encontrará en una sola de sus páginas un pensamiento que no esté guiado por el sentido del deber. Ninguna acción de la joven está contagiada por el interés o la ambición. Se debe hacer tal cosa, piensa, porque es así, porque lo dicta la ley moral sin condiciones ni excepciones. Como mucho, en los casos límite, estallará con la ira de los justos para proteger sus principios. Tiene muy clara la elección parmenídea entre el bien y el mal. Se apunta al optimismo antropológico de Zapatero y Leibniz: el mal es una mera carencia de bien y como tal no tiene entidad. Y aunque Dios escribe con renglones torcidos, al final el bien prevalece y el mal perece (frase final de La bella durmiente). Jane recorre la senda candorosa de los rectos sin detenerse a contemplar el mundo circundante. Al final de la novela logrará la felicidad. En la vida real no hubiera llegado a la página treinta a manos de sus semejantes.

Jane Eyre es una joven poco agraciada pero inteligente, uno de los arquetipos ascéticos del inconsciente colectivo: la belleza femenina puede como mucho aspirar a una vida conforme al deber pero nunca por sentido del deber. Su inteligencia es otro hilo conductor de la narración. Sale adelante gracias a su buen juicio. Esta es la contribución de la mayor de las Bronté a la causa femenina. Jane maneja los dilemas morales como asuntos de la razón práctica. Reflexiona, analiza, deduce, predice, concluye. No hay en sus planteamientos concesiones al tópico patriarcal del predominio del instinto y de la sensibilidad en la mujer.
Huérfana, el trato que recibe de su tía y sus primos es atroz. Las vejaciones son continuas. En comparación, la cenicienta vive entre almohadones. El único consuelo del indignado lector es la mítica resignación que en aquel tiempo primordial tenían las desheredadas. En todo momento Jane está abierta a la reconciliación, le basta un sueño ligero para olvidar las afrentas, al menor resquicio de luz triunfa la bondad.

Odiada sin que sepamos por qué, su tía se la quita de encima enviándola a un bárbaro centro de caridad dirigido por un clérigo malvado, capaz de enriquecerse con la miseria de las huérfanas. Recuerda a los eclesiásticos de El Bosco torturados por demonios grotescos. Las renovadas miserias la ponen al borde de la consunción. Pero allí conoce a los dos primeros humanos: una joven mayor que ella, tuberculosa, abandonada a su suerte pero de una voluntad diamantina y la noble inspectora del centro. De la primera aprende dos cosas: el ideal estoico de aceptar la felicidad en las cadenas y la máxima cristiana de que la virtud maltratada en este mundo exige recompensa en el otro. De la segunda recibe el socorro a su inteligencia: cuando acaba sus estudios Jane es nombrada instructora del orfanato, favorecida (Dios aprieta pero no ahoga) por la caída del director tras una epidemia de tifus en la que muere la mitad de las alumnas.

Como la novela pide traspasar los muros de la inclusa, Jane se ofrece como institutriz mediante anuncio en la prensa y recibe una jugosa oferta para ocuparse de una niña afrancesada en una mansión señorial con fantasma situada en los inmensos bosques de la Inglaterra condal. Un guiño a la novela gótica. El propietario, caballero de recia estirpe, cuarentón de pasado misterioso, rico hasta los tuétanos, orgulloso y grosero pero de corazón impecable, acaba por enamorarse perdidamente de la joven de diecisiete primaveras (y viceversa), declararle su pasión y pedirla por esposa (a lo que consiente afortunada). Da la impresión de que Jane (en la parte del relato más difícil de entender por el lector a esta altura determinada de los tiempos) lo ama porque, además de otras virtudes, es viejo, feo y desdichado. (¡La compasión, la gran virtud de la mujer!). Su pasión mutua responde a los rasgos literarios del amor romántico: entrega total, unidad de los contrarios, afinidad de las almas más allá de la cuna, edad, condición e incluso de la tumba.

En el último instante, antes de casarse al amanecer en la iglesia en ruinas del castillo, dos inesperados personajes declaran con voz tonante que la boda no puede seguir porque el novio tiene esposa… Se trata de una loca surgida de otro continente en la noche de los tiempos. Es el fantasma que se fuga de su celda por la noche y recorre las oscuras estancias del castillo para proclamar su infortunio. Nada de esto sabía la consternada Jane.

Primer dilema moral: ante la imposibilidad de ser marido y mujer el hidalgo propone a su amada vivir como si lo fueran, adorarla igualmente, cubrirla de oro, sedas y claveles, viajar a Venecia, París y Viena, gozar de la plenitud de la vida unidos para siempre. (¡Ni una de la cien mil vírgenes diría que no!, piensa la sagaz lectora). Pero la sensible conciencia de la joven advierte que algo falla: primero, si se convierte en su concubina actúa de espaldas a la ley moral y lo que mal empieza mal acaba, en una versión providencialista del principio de causalidad (por ejemplo, el final de la aborrecible tía y sus hijos); segundo, que su prometido no debió ocultarle la minucia de su estado civil.

En medio de una tormenta de pasiones, Jane abandona la mansión al alba con la demente y su consorte dormidos. Se sube a la primera diligencia que pasa y viaja hasta donde le alcanzan las pocas monedas que lleva. Sin recursos, en medio de ninguna parte, deambula como una mendiga pidiendo limosna por jambas y dinteles. Hambrienta y durmiendo a la intemperie, le asaltan tremendas tentaciones de volver junto a su amado, pero no cede. ¡Non serviam! Al fin, extenuada y al borde de la muerte es salvada (en voz pasiva) por tres hermanos, dos solteras cultas con promesas de amigas para siempre y un apuesto vicario rural que le ofrece la humilde ocupación de maestra. Más adelante, deus ex machina, Jane recibe una importante herencia de un tío materno perdido en los negocios de ultramar y, por ensalmo, los hermanos se convierten en primos carnales.

Segundo dilema: ¿Qué parte de la herencia corresponde en conciencia a sus primos excluidos pero tan sobrinos como ella? Por justicia distributiva Jane divide la suma en cuatro partes (el lector egoísta se tira de los pelos). Entre todos arreglan la casa familiar, la decoran al gusto rural, reparten las chambres, comparten el salón y se instalan cómodamente a tomar el té… en la parte más inglesa del relato.

Pero, obviamente la cosa no acaba aquí. El primo es un fanático calvinista. Rechaza a la bella hija del cacique local, aunque se aman, como un peligro para su salvación. Su objetivo irrenunciable, obsesivo, es ser misionero en Oriente, acabar allí sus días y ganar su silla en el paraíso. Según su fe, la entrega total al evangelio es el signo inequívoco de que está en la lista de los elegidos (contrariamente a la tesis de Max Weber para quien el peso de la bolsa señala al predestinado a salvarse). Obviamente, el vicario no actúa por sentido del deber sino por imperativos cuya validez depende de una sola condición: obtener la felicidad eterna (una contradicción en los términos). Orgulloso y prepotente requiere a su prima en matrimonio, ante todo como compañera en las misiones y después como esposa.

Tercer dilema moral: Ir o no ir, esa es la cuestión. Se trata del conflicto de la novela más impregnado de machismo y el que más le cuesta resolver a la protagonista. Veamos los términos:
Por un lado, la lealtad a su primo que ejerce sobre ella una influencia inaudita (¡Esta no es mi Jane, piensa el lector atónito!). También la entrega a la causa evangélica como garantía de salvación (a punto de compartir el argumento interesado del clérigo). Además, cuenta el proyecto de una nueva vida en Oriente con fantásticas perspectivas: es preciso imaginar que en los viajes de entonces no se cambiaba de lugar sino de concepción del mundo.
Por otro lado, la convicción certera de que el deber exige casarse por amor y no por otras causas por elevadas o rentables que sean (“yo no me caso por dinero y mucho menos por amor”, decía mi amigo Balti); y que si hay algo evidente en este lío es que tal sentimiento no existe en ninguna de las partes. La presión es brutal: el clérigo le retira su estima, se avergüenza de ella, le priva del trato cordial, la amenaza con arriesgar su salvación. Ella, buena hasta el martirio, opta por una solución intermedia: seguirle, pero libres del compromiso matrimonial. Al primo iracundo le resulta inconcebible: estaría mal visto, no sería de recibo, acarrearía males sin cuento a su misión pastoral. A punto de sucumbir al embrujo de oriente, Jane se libra de las garras del clérigo milagrosamente: oye la voz del amado que la convoca solemne en medio de la noche. Tras cortar el nudo gordiano de tiempos y costumbres, comunica con firmeza  a su primo que la deje en paz de una vez por todas y, al fin, el despechado puritano emprende a solas su viaje sacrificial.

La historia de Jane Eyre no termina en la casa familiar rodeada de sus primas, tartas de crema y alfombras mullidas. Fiel a la llamada del destino, retoma la diligencia en la dirección inversa a su fuga pero con la bolsa llena. Cuando llega a la mansión señorial los ojos le hacen chiribitas al contemplar unas ruinas chamuscadas tomadas por la yedra y los lagartos. Es todo lo que queda de la grandeza de antaño. El posadero del pueblo le cuenta que la demente incendió la casa en una de sus correrías y murió en el intento tras caerse de una torre. Su amado, valeroso hasta el final, fue alcanzado por una viga en llamas que le privó de la vista. Ahora vive abandonado en una propiedad menor hundida en las brumas del bosque. Allí se encamina la joven sin sombra de duda y, tras un encuentro místico, se plantea el último dilema: cuidar de su marido o cuidar de sí misma. Una variante didáctica de La bella y la bestia. La solución resulta previsible: nunca mejor dicho, el amor es ciego.

PD. En mi opinión Jane Eyre es una novela menor, no comparable a las extraordinarias creaciones de Jane Austin (a las que le debo más de una entrada) y ni siquiera a Cumbres Borrascosas de su hermana Emily.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El triunfo de la voluntad


¡Por fin ganamos al Madrid en la Liga y en su feudo! La mejor noticia deportiva, la única que puede consolar a los seguidores blancos, es que, tras una larga travesía del desierto, ha renacido el espíritu agonal de los grandes derbis. Solo los que hemos coleccionado los cromos de Primera división, que se vendían a real en los quioscos de provincias, podemos recordar las grandes gestas futboleras de Adelardo y Pirri, Ufarte y Amancio, Collar y Gento.
Si hay un género filosófico por excelencia es la crónica deportiva, especialmente la de fútbol. En ella se cumple la frase de Hegel de que todo lo real es racional. A posteriori (es decir, a criadillas vistas, macho) el periodista reconstruye lo que ocurrió realmente en la cancha… y a vender. Aceptada esta limitación menor, mi versión es la siguiente.
Para mí, el mayor logro del Cholo no fue manejar con éxito tal o cual esquema táctico, sino haber conseguido que sus jugadores salten al césped convencidos de que pueden ganarle al Madrid. La voluntad de poder. Esta convicción necesaria (aunque no suficiente) exige además una vuelta a los principios fundacionales de aquellos derbis de antaño.
El primero, defender en bloque y todos con la misma intensidad. Si presionas con ayudas solventes, si triangulas no las posesiones sino los robos y cierras los espacios cruciales, especialmente las bandas (ni Ronaldo ni Bale la tocaron), es difícil que el contrario te cree ocasiones serias de gol. Que el rival controle la pelota tiene una ventaja única pero de gran valor estratégico: si consigues recuperarla en las zonas calientes del campo, los contragolpes son letales. El control del balón genera espacios a favor y también en contra (los que interesan al Cholo). Su lema es: contra más dominio del otro, mejor para mí. El invento funcionó y el resultado pudo ser más amplio. Quizás el Madrid aun no sepa a qué juega, pero con un par de zapatazos te mata, antes y ahora. Cuando les hemos vencido es porque el guión de la película se cumplió a rajatabla. Lo demás son ganas de emborronar papel con encargos, ocurrencias y remoquetes.
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Todo el equipo hizo un gran partido. El autor del gol, y el jugador más celebrado, fue Diego Costa, un tipo capaz de desmarcarse de su sombra y partirse la cara con quien haga falta incluido el árbitro (como el propio Simeone). Los centrales se estremecen al verlo. No parece una estrella brasileña. Es normal que el entrenador de la selección carioca no lo quiera. Su mayor defecto es que se le va la pinza, que las tarjetas vuelan y como decía Kung-Fu: "Cuando las cosas ocurren es que han sucedido". Mi preferido, no obstante, es Jorge Resurrección Merodio, alias Koke, un centrocampista de futuro y una parte del mérito de Costa y de otros muchos.

Ahí vamos, ¡Aupa Atleti!

viernes, 27 de septiembre de 2013

Adonais


En muy contadas ocasiones la traducción consigue reflejar la belleza y la verdad de la poesía. Aunque en ocasiones se produce el milagro, como en la celebrada traducción que hizo Vicente Gaos del poema Adonais de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), una elegía romántica por la muerte de John Keats.
Incluyo, por su unidad interna, las seis primeras estrofas de Adonais, además de la bellísima cita inicial. ¡En ningún momento de la composición decae su altura lírica!
A final hay un enlace a la obra original.
Antes, oh astro matinal brillabas sobre los Vivos. Ahora, al extinguirte, vespertino brillas sobre los Muertos.
Platón
I
Murió Adonais y por su muerte lloro.
Llorad por Adonais, aunque las lágrimas
no deshagan la escarcha que le cubre.
Y tú, su hora fatal, la que entre todas
fuiste elegida para nuestro daño,
despierta a tus oscuras compañeras,
muéstrales tu tristeza y di conmigo:
murió Adonais, y en tanto que el futuro
a olvidar el pasado no se atreva,
perdurarán su fama y su destino
como una luz y un eco eternamente.
II
Oh poderosa madre, ¿dónde estabas
cuando él murió, cuando cayó tu hijo
bajo las flechas que lo oscuro cruzan?
¿En dónde estaba la perdida Urania
cuando él murió?... Con sus velados ojos
permaneció atenta entre los Ecos
allá en su Edén. De nuevo vida daba
alguien, con suave y amoroso aliento,
a todas las marchitas melodías
con las que, como flores que se mofan
del sepulto cadáver, adornaba
el futuro volumen de la muerte.
III
Llora por Adonais puesto que ha muerto.
Oh madre melancólica, despierta,
despierta y vela y llora todavía.
Apaga cerca de su ardiente lecho
tus encendidas lágrimas y deja
que tu clamante corazón, lo mismo
que el suyo, guarde un impasible sueño.
Él cayó ya en el hueco a donde todo
cuanto era noble y hermoso descendiera.
No sueñes, ay, que el amoroso abismo
te lo devuelva al aire de la vida.
Su muda voz la devoró la muerte,
que ahora se ríe al vernos sin consuelo.
IV
Tú, la más musical lamentadora,
llora otra vez, laméntate de nuevo.
Llora otra vez, Urania. Ya no existe
quien la armonía eterna pulsar supo,
y anciano, ciego y solo, cuando el patrio
orgullo el populacho, el sacerdote
y el tirano pusieron entre mofas
en sus odiosos ritos de sangrienta
lujuria, él penetró sin ningún miedo
en el profundo seno de la muerte.
Pero su claro espíritu, sobre el mundo,
hijo tercero de la luz, aun reina.
V
Tú, la más musical lamentadora,
llora otra vez. No todos se atrevieron
a remontarse a tan brillantes estancias.
Y más dichosos son los que conocen
una felicidad cuya elevada llama
atraviesa la noche de los tiempos
en que los soles mueren. Más sublimes,
otros, heridos por la rencorosa
envidia de los dioses o del hombre,
cayeron derribados, se extinguieron
en su resplandeciente primavera.
Más otros hay que viven todavía
y van cruzando el áspero sendero
que, a través de fatigas y odios, lleva
a la mansión serena de la fama.
VI
Tu más amado y tierno niño ha muerto,
el que en tu viudedad amamantaste.
Como pálida flor fue cultivado
por una triste virgen protectora
cuyo sincero y amoroso llanto
nutrió esa flor haciendo de rocío.
Tú, la más musical lamentadora,
llora otra vez. Tu última esperanza,
tu más amada y última esperanza,
cual lirio cuyos pétalos se helaron
en la promesa de su fruto, ha muerto.
Tronchado duerme y la tormenta pasa.