domingo, 2 de febrero de 2014

Luis Aragonés


Luis Aragonés ya forma parte de la leyenda rojiblanca. Antes que entrenador de otros clubes o de la selección española ha sido el jugador y el entrenador emblemático del Atlético de Madrid. Alias zapatones y el sabio de Hortaleza, fue sobre todo un hombre de la casa.
Salvo los allegados, muy pocos conocían su enfermedad. En la cena de Navidad que celebran los veteranos del club, Collar y compañía, se le echó de menos pero poco más. El propio Cerezo ha admitido que no sabía nada. Luis, rudo en las formas pero tímido en el fondo, se ha despedido a la francesa de la familia atlética, acaso por no hacer ese ruido mediático que tanto le molestaba o por no causar más dolor del necesario. Lo cortés no quita que tuviera su carácter; fue el único que se atrevió a coger al patriarca Gil por las solapas y gritarle tras una bronca en los despachos del Calderón:

- No me toques los huevos Jesús, que te muerdo la nuez.

Recuerdo a Luis cuando llegó al atleti en 1964 junto con el lateral Colo, que ahora tiene 76 años, y el malogrado Miguel Martínez "el panocha", un robusto pelirrojo que se desvaneció en el césped por causa desconocida y murió tras ocho años en coma. Los tres procedían del Betis. Cuando se encuentren en el más allá se darán un abrazo y hablarán de los viejos tiempos. ¡Cómo pasan, por cierto! Esto no hay quien lo pare, decía mi abuelo, socio pata negra del atleti. Y añadía, cenando con mi abuela, mi madre y yo en la vieja casa de Tutor:

- ¡Este chico, Luis se llama (y me miraba), tiene más fútbol en sus zancas que la delantera del Madrid junta!   

Mi abuela, inmune a sus arranques pasionales, le atajaba mientras servía la sopa:

- ¡Joaquín, no te excites que te sube la tensión! Y miraba con una sonrisa mordaz la insignia del atleti prendida en mi camisa.

Era Luis quien tiraba los penaltis y no fallaba uno. En los entrenamientos apostaba con Ufarte, Rivilla o Jayo si conseguía golpear con el cuero cualquiera de los postes desde los once metros y siempre les ganaba. También tiraba las faltas. Es historia del fútbol aquel gol en parábola que le enchufó al Bayern en la final de la Copa de Europa del 15 de mayo de 1974. Pero hay que hablar del Atleti en términos de destino: en el último minuto, el tiro de un defensa alemán desde el centro del campo se coló bajo la panza de Reina padre; en el partido de desempate (no había prórroga) palmamos a lo grande. Adelardo se retiró del campo echando espuma por la boca. Vi la final conmigo mismo, en el estudio de un amigo que se había ido a Cuenca y me dejó las llaves. Volví llorando desde Gaztambide (uno del atleti, decía la gente) y nadie me consoló porque mi abuelo se había ido a verla a casa de otro socio de la vieja guardia y se había acostado sin cenar tan pronto como llegó, después de mandar a freír espárragos a mi madre y a la abuela. Estuvo intratable una semana… ¡Por qué eres del atleti, me decía gimiendo, tengo yo la culpa! Volvió a fumar Mencey y ya no lo dejó.
Pero el tiempo lo cura todo. El Atleti con Luis como flamante entrenador ganó el año siguiente la Copa Intercontinental al Independiente y al otro la Copa del Rey y después la Liga.

La prueba de su raza atlética y el amor a sus colores fue tomar las riendas del equipo en la temporada 2001-02 cuando ardía en el infierno de la segunda división y además subirlo. Recuerdo un partido que ganamos al Eibar por dos a uno en un Calderón a reventar. En la puerta el Mono Burgos. Había más socios que ahora. Luis indignado gritaba ronco desde el banquillo a sus jugadores que, jaleados por el público y con un gol de ventaja, se engolfaron el último cuarto de hora en un suicidio de ida y vuelta. En la sala de prensa (donde Luis ha dado tantas alegrías a la afición), tras una charla movida en el vestuario, decía cabreado:

- ¡No quieren entender que el público juega su partido y nosotros el nuestro!

O cuando el periodista de provincias le preguntó, tras un gol encajado de falta, por qué la barrera no se había colocado cubriendo el palo largo.

- ¿Palo largo? Creía que los dos eran iguales…

Hay muchas y sabrosas anécdotas: las flores y el pelo de la gamba, la motivación racista, su amigo el sexador de pollos, ganar, ganar y volver a ganar, la polémica sobre Raúl al que apartó de la selección… Están todas en los videos de Youtube.
En una comida de antiguos socios a la que asistió mi abuelo, José Eulogio Gárate, el delantero centro, habló de Luis:

- Detrás de su aparente dureza es un jugador especialmente fino. Sólo ha habido en el equipo uno con más clase: el portugués Jorge Mendoza; pero a Jorge le pasa lo que a Curro Romero: que las grandes faenas no se prodigan.

Símbolo de la causa, muchos atléticos esperamos que el club le devuelva lo mucho que le debe y el nuevo estadio lleve con honor su nombre. Hasta siempre Luis, te queremos.

martes, 7 de enero de 2014

Psicofonías


Son pocas las experiencias divertidas que he compartido con mis alumnos. En general, nos hemos aburrido mutuamente dentro y fuera de la clase. Una de las razones es que he mantenido con ellos una distancia social que crecía con los años puesto que yo era cada vez más viejo y ellos siempre los mismos.

Hay seis tipos de relación del alumno con su profesor.
La utilitaria: el alumno sólo quiere aprobar aunque tenga que aprenderse de memoria la guía telefónica.  
La interesada: el alumno pretende aprovecharse del profesor para estudiar menos y mejorar la nota.
La curiosa: ¡Ese tío de qué va! Se pregunta el alumno y da vueltas a tu alrededor como una mosca zumbona.
La devota (la que más odio): algunos alumnos ven en el profesor, que consiente la farsa, el faro que ilumina sus tiernas mentes.
La erótica (en sus diversas modalidades): arriesgada para ambas partes, la más deseable y allá cada cual con sus gustos.
La polémica: el alumno ve en el profesor la figura temida del padre o de la sociedad represiva y le declara la guerra. Hace tiempo que el profesor lleva las de perder.

Yo viví con un grupo de alumnos del COU de letras, hace unos cuantos años en el IES Alfonso VIII, una relación paranormal. Eran cuatro chicos y habían preparado el terreno. Primero en el aula.
- ¿Cree usted en los fenómenos sobrenaturales? (estaba explicando la inmortalidad del alma en Platón).
- Bueno, les dije, bastante tengo con entender los naturales. ¿Y vosotros?
- Claro, tenemos pruebas.
- No estoy seguro de creer en ese tipo de pruebas, cerré por el momento el diálogo socrático.

Al día siguiente me abordaron al salir del instituto.
- ¿Profesor, sería capaz de quedarse una noche en el cementerio por dinero?
- ¿De cuánto hablamos? les dije, y les invité a tomar unas cañas en el bar del Hotel Torremangana.

Les confesé que me daban un miedo atroz las criaturas nocturnas pero adoraba los cuentos de terror y por eso les daba carrete. Añadí que no creía en los seres del más allá aunque sí en el miedo escénico y que por ningún precio dormiría encima de una tumba, ni siquiera la siesta.
- ¿Por qué? Me preguntaron tras la tercera ronda con los ojos como platos.   

Es algo que me ocurre, respondí con la lengua floja, desde que pasé a vuestra edad una noche de Walpurgis en el caserón de mis abuelos en el pueblo. Una tarde acompañé a la hermana mayor de mi padre a recoger unos papeles en el Ayuntamiento. No los tenían y además nos informaron mal del autobús, lo perdimos y tuvimos que quedarnos a dormir. La casa tiene dos plantas. Mi tía dormía en una habitación del piso superior a cien millas de la mía, separada por un pasillo helador y una escalera medieval. Ni siquiera se oían sus ronquidos balsámicos. En cambio se escuchaban por todas partes crujidos y crepitaciones salidos de la madera centenaria de las vigas, puertas y consolas. Además, el espejo de un armario reflejaba los fantasmas que pasaban por la plaza a la luz de las persianas mal cerradas. Sentía presencias. No me atrevía a coger el orinal debajo de la cama. Solo con al alba de rosáceos dedos puede conciliar un sueño ligero rodeado de íncubos salidos de un cuadro de Füsly. Una auténtica psicofonía que no se me olvidará mientras me acuerde (como dijo el señor obispo del día de mi confirmación).
- ¡Una psicofonía como las nuestras, gritaron a coro!

Su historia.  
Los padres de uno de ellos habían salido de viaje y los demás se habían metido en la casa. Hacía tiempo que lo tenían previsto. El plan consistía en saltar la tapia del cementerio, no lejos de la ciudad, dejar una grabadora funcionando al lado de un panteón con morbo y después volverse a Cuenca. Tras tres o cuatro horas, lo que duraban las pilas, volverían a recoger los resultados.
- ¿Y bien? dije alarmado.
- Si quiere oírla…

Al día siguiente fuimos al Departamento de Música del Instituto, que me dejaron tras contar al director una milonga didáctica. Conecté la grabadora al equipo de alta fidelidad, cerré las cortinas para crear ambiente y apretamos el botón.
Efectivamente, tras una larga introducción a la nada se oía un ruido de fondo estremecedor, acaso demasiado convincente. Era similar al traqueteo monótono de las máquinas de un barco oído desde un camarote lejano. Al cabo de un cuarto de hora cesaba, más adelante volvía empezar hasta que finalmente se apagaba como el suave final de una orquesta.
- ¿Vale y qué? les dije, para no entrar en más disquisiciones.

A la semana siguiente me los encontré en Plaza Mayor. Aunque vivía en casa de mis padres en la parte baja de Cuenca, tenía alquilado un piso en la parte antigua con otros dos amigos de Madrid que venían los fines de semana. Me permitía una cierta autonomía de soltero. Estaban al tanto y me lo pidieron. Lo que tenían entre manos, por más que lo adornaron con sornas y eufemismos, era montar una sesión de espiritismo con varias chicas de la clase a las que habían comido el coco, sazonada con porros y cubatas, sustos y carreras, prendas y escondite en las habitaciones a oscuras. Al final, nos quedábamos la güija y yo solos. Me negué en redondo pero no me puse serio. Me jugaba las habichuelas. Lo comprendieron. En la Cuenca de entonces, aunque no había autos de fe, rondaban otras formas sociales y legales de inquisición. Además, lo que pretendían no era algo sobrenatural sino todo lo contrario.

Al finalizar el curso, los sonidos del más allá no les habían librado de una mano de suspensos. Ninguno pudo presentarse a la selectividad.
- ¿Cómo van esas psicofonías, les pregunté?
- Ese tema, dijeron, nos ha dejado de interesar por el momento. Además de estudiar las asignaturas suspensas, preparamos para el mes de julio una excursión con tiendas de campaña a la Serranía de Cuenca.
- ¿Con las compañeras de clase, pregunté?

- Claro, profesor, ¿quiere venirse? El buen tiempo aleja los fantasmas.

martes, 24 de diciembre de 2013

El cocido de La Bola


Lo único que suaviza la existencia del género humano son los grandes logros, algunos de mi tierra, como el cocido madrileño. A mí, como a tantos otros, me pierden los platos de cuchara y moje. No entiendo especialmente de gastronomía ni de vinos, odio la cocina química, de investigación, de platos enormes y micro emplastos y lo que me gusta lo tengo claro.

Hay, por supuesto, en España recetas míticas: el cocido maragato, el montañés, el de Lalín, la olla podrida, la escudella i carn d'olla o el puchero andaluz, pero el rey de reyes, no lo duden, es el cocido madrileño. Un cocido, como todo buen invento, es un sistema en el que todo se sostiene mutuamente para obtener su concepto: la sustancia. Nada sobra y nada falta, como en las partituras del gran Mozart: garbanzos, fideos, sal, repollo, zanahorias, patatas, morcillo, morcilla, gallina, huesos de caña, chorizo, punta de jamón, tocino ibérico, sin olvidarnos de los rellenos de pan esponjosos (un toque imprescindible). Muchos son los rincones de la Villa y Corte, pero el que yo elegiría es La Bola, en pleno Madrid de los Austrias. Hay que reservar con tiempo, que no sea el fin de semana por las apreturas, por ejemplo el jueves. Estarán un poco justos en la mesa pero en buena compañía. Una complicidad de iniciados sobrevuela la estancia. Dispone de una carta variada, aunque cuando voy ya sé lo que quiero. Me han hablado muy bien del jamón, los callos y el cordero, pero también me han contado maravillas de los amaneceres y no puedo opinar.

El hambre se masca en el ambiente. Nada que ver con esos restaurantes de empresa plastificados (desde la decoración hasta la forma de pagar) que no son ni buenos ni malos ni nada, donde puedes pedir cualquier cosa, desde sushi hasta gazpacho pastor, con la seguridad de que puedes hablar de negocios y olvidarte del yantar. El servicio es amable, eficaz, ni estirado ni agobiante, con esa motivación añadida de ver a los clientes orondos y satisfechos. El vino de la casa es suficiente, garantizado por años de selección natural. El secreto de su arte es la cocción del manjar en pucheros de barro individuales sobre carbón de encina, sin trampa ni cartón. La piedra filosofal que buscaron los alquimistas del Renacimiento no fue la transmutación del plomo en oro sino la fórmula del cocido, al fin descubierta por un inspirado marmitón de la calle Mayor. Tiene más historia el plato madrileño que el Palacio Real.  

Un aroma denso anuncia lo que nos traen en palmitas. La sopa, el primer vuelco, servida en plato hondo con los fideos justos para que no tengamos que buscarlos ni sean ellos los que se sorban el caldo. Hay que prepararse para una degustación lenta, pues todo está pensado para que las viandas no se enfríen. Las tres primeras cucharadas no son de este mundo. Se puede repetir la suerte. Hay quienes prefieren echar los garbanzos en la sopa. Yo prefiero mojar barquitos de pan migoso. Los garbanzos, tiernos, grandes, cremosos, el segundo vuelco, merecen un tratamiento aparte. Reciben sabiamente la compañía, más bien el homenaje, de las verduras y patatas. Acompañados de un toque sutil de aceite de oliva virgen (olvídense de la sal) dan lo mejor de sí mismos.

En este punto del festín, ante nuestras exclamaciones de veneración y júbilo, las señoras celosas habrán puesto el grito en el cielo diciendo que su cocido nada tiene que envidiar al que se zampan. Pero no hagáis caso. No entréis en polémicas. Decid que es verdad y comeréis tranquilamente. En caso contrario, además de iniciar otro episodio de la guerra de los sexos, perderéis un tiempo precioso en explicar la tesis medieval de los grados de perfección… que ellas rebatirán enfadadas. Es más, creo que cuando nos solazamos con un plato de la enjundia y fundamento del cocido de La Bola, las palabras sobran, lo cual significa que no debemos distraer los sentidos con charlas anodinas sobre política, fútbol, modas o recetas.  

Pero el cocido obviamente no se acaba con la sopa, garbanzos y verduras. Ahora viene la carne y la chacina, el tercer vuelco. Serviros las partes que más os plazcan, midiendo y templando, con la idea puesta en la armonía de los elementos materiales. El modo más socorrido es el picadillo, cuyo principal inconveniente es la cantidad homogénea de la mezcla. Al revés, la gracia está en que los diversos bocados no fatiguen por repetición sino que muestren al paladar la escala de sabores que contienen.

Saciados al fin tras dos horas largas de trajinar el sustento, podemos pedir el postre. Yo prefiero plantarme y conservar el regusto de los vuelcos. Pero si no es el caso, me consta que las señoras eligen los buñuelos de manzana con helado o la crema de limón, dos dulces caseros que, puedo asegurarles, tiene una pinta excelente. Ya sólo queda pagar la razonable dolorosa: incluso en estos tiempos de carencia no tendréis que cambiar vuestra primogenitura por un plato de garbanzos ni convencer a la señora de que el dinero mejor gastado es el que se va en magras y sabrosura. Entrada la tarde invernal te despedirás con lágrimas en los ojos, a lo que te responderán complacidos que no te inquietes, que cuando quieras volver, La Bola seguirá allí.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El surrealismo y el sueño


En el mismo día, algo apresuradas, les cuento mis impresiones sobre la exposición El surrealismo y el sueño en el Thyssen-Bornemisza.


Copio de la web oficial:

Resulta curioso, y a la vez extraordinariamente significativo, comprobar la escasa atención que se ha prestado en el mundo del arte a la relación entre “el surrealismo y el sueño (…) Esta exposición se sitúa, por tanto, en un terreno casi virgen.

Lo cierto es que en todas las exposiciones a las que asistido sobre el surrealismo, antecedentes, consecuencias y secuelas, el hilo conductor eran los sueños. Pero no abandonemos lo que nos une.

Walter Benjamin, en su ensayo El surrealismo, la última instantánea de la inteligencia europea, cuenta que Saint Paul Roux, al irse a dormir por la mañana, ponía en su puerta un letrero que decía: Le poète travaille. El aviso formaba parte de la lealtad del grupo a Breton y a sus manifiestos. Cuando despertaban por la tarde se habían olvidado de los sueños, como todo el mundo, y se dedicaban a faenar en serio con la pluma o el pincel.

En mi opinión, la forma y el contenido de sus cuadros no tienen que ver ante todo con la figuración del simbolismo onírico, sino con la intención de construir una constelación de signos plásticos al margen de las exigencias narrativas o poéticas del mundo real. Los sueños se parecen a esa realidad aparte, pero sólo en la medida en que la realidad imita al arte. Nadie sueña, por ejemplo, con un Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo (Dalí) o con treinta y tres chiquillas que salen a cazar una mariposa blanca (Max Ernst). Y no son los más raros. Les invito a detenerse en las artistas de la colección: ambientes opresivos, inquietantes, clínicos, surgidos de una pesadilla dentro de otra.

Mientras que la literatura surrealista de Soupault, Aragon o Éluard está limitada por las reglas gramaticales, la pintura puede ir más allá de nuestras cabezas y traspasar el marco de la escritura. Hay una distancia considerable entre los poetas y los pintores surrealistas: nada más alejado de cualquier código semántico que las obras expuestas. De entrada, no existe una iconografía compartida. Cada composición inventa sus significantes. Un mismo artista, como Dalí, opera con estilemas renovados, incluso contradictorios cuando se repiten. Los cuadros se convierten en inmensas parábolas sin clave, y no porque carezcan de sentido, sino porque los recursos lingüísticos son insuficientes para descifrarla. No es casual que la pintura surrealista se pueda comparar con la mística. El cuadro de Magritte La clave de los sueños, donde la imagen de un huevo se asocia a la palabra “acacia”, un zapato de mujer a “luna”, un sombrero negro a “nieve”… muestra la imposibilidad de traducir las imágenes a conceptos (principio que se puede extender a toda su obra) y reclama expresamente la autonomía de la pintura (“una música compuesta de imágenes”).

No sabemos aun si La interpretación de los sueños de Freud es una obra maestra o un completo disparate. Quizás los sueños se puedan interpretar, los cuadros surrealistas no. Harían falta años de diván para desenredar la madeja mental del autor. Esto no significa que sean "cuadros abstractos”, mera composición, cromatismo, relaciones internas… En ellos se oculta una historia, pero no la podemos revelar porque los límites del lenguaje no son los límites del mundo. El lenguaje no es el código final de los demás signos y la contemplación de la obra es tan incierta como sus orígenes.

Cuando los libros de arte analizan la pintura surrealista, se produce la figura retórica del sobresentido, una versión transversal de la interpretación de los sueños. Es cierto que la misión de la estética es desvelar la verdad de la obra, pero no al precio de caer en la falsa conciencia. Aunque poco perspicaz, parece más honesto escudarse en la imposibilidad de abordar el solipsismo y los lenguajes privados. La filosofía del arte en este caso puede aspirar como mucho a una metaverdad que puede ser mostrada pero no dicha.

La pintura surrealista sólo puede ser entendida desde una teoría de lo accidental. Sus recursos productivos son la asociación libre, la intuición irrepetible, la ocurrencia puntual o el recuerdo involuntario. Muchos hallazgos se fraguaron en los cafés del París de los años 20. O en agotadoras logomaquias de buhardilla que duraban varios días. Otros salieron de los sueños artificiales del hachís o de la absenta, de las mistificaciones de las vanguardias y del modo de existencia artístico. El objetivo era ir más lejos que los demás. La frase que pone Baroja en boca de un escritor en El Cabo de las tormentas (y que cito de memoria) parece hecha a medida de los cuadros surrealistas: "Antes Dios y yo conocíamos el significado de mi novela; ahora solo Dios".

Bien pensado, la estética surrealista sólo tiene tres reglas: la ocultación del vínculo entre significado y referencia, el rechazo de los objetos que no sirven para ser pintados y el culto narcisista a la personalidad.

domingo, 24 de noviembre de 2013

El profesor particular


Nunca se me dieron bien las matemáticas. Tengo dos hipótesis: La primera, que en la Escuela Aneja, o sea, en primaria, Don Alfonso y Don Francisco, mis maestros de escuela (¡cómo sacudían con la palmeta!) trataron de enseñar imposibles a mis tiernas entendederas. Abusar del niño era lo que se llevaba y no superé la farsa como algunos, aunque el trauma les saliera por otras gateras. Se me cruzaron los cables, y mi cerebro, no yo, se negó a tolerar más dislates. La segunda hipótesis se refiere a mi herencia genética vía bisabuelo-escritor y abuelo-periodista. Mi hermana, sin embargo, es catedrática de matemáticas. Nunca entendí las leyes de la herencia. No dejan de ser la noche donde todos los gatos son pardos, pero a falta de algo mejor no las descarto. Además están avaladas por la curiosa circunstancia de que Doña Magdalena, la profesora de lengua, nos hacía leer partes no adaptadas del Quijote y el Lazarillo, y aunque no me enteraba de nada, disfrutaba de lo lindo con las migajas y lo que daba la imaginación. Aunque no sé por qué, mis hijos han salido con una sólida vocación científica. Ella es médico y él ingeniero. Recuerdo que en COU mi hija, como una obligación insalvable por mi condición de catedrático de filosofía, me asignó el rol de profesor particular: Explícame a Platón, no entiendo los apuntes… Comencé por los orígenes del pensar, los dualismos, la teoría de las ideas subsistentes… Y aquí me cortó en seco: Tendré que aprendérmelo de memoria, pero no quiero oír hablar más de eso…

En el examen de ingreso a la enseñanza media, a los diez años, saqué de milagro la división por tres cifras con la prueba del nueve, aunque tengo que confesar que dediqué más tiempo a dominar el asunto que, por ejemplo, a la asignatura de teoría del conocimiento en quinto de carrera. Mi amigo Juanjo, mayor que yo, accedió a mis suplicas y durante meses me colmó de trucos y posibles: a cambio de mi álbum de la Liga, una raqueta de pin pon y cinco minicars fue mi primer profesor particular.

Mi primer cate sonado fue en primero de bachillerato a los once años. “Petaca” el anciano profesor de mates hizo justicia conmutativa y cambió mi empanada mental por unas hermosas calabazas. Todo se agravó cuando recurrí a mi padre para que me hiciera los deberes, cuyo contrapeso era soportar prolijas explicaciones. El nuevo profesor particular. Prestaba toda la atención al galimatías, pero aun así la cosa terminaba en voces y lágrimas cortadas de raíz por mi madre que, a su vez, nos gritaba a los dos.
Mi padre me compró un mono azul y me llevó al taller de tractores de un amigo para que “me diera cuenta” de que era preferible estudiar a trabajar en una nave pringosa. Para entender eso no hacía falta la pantomima. La lección moral era más absurda que los números irracionales. Mi siguiente profesor fue un agrio sacerdote salesiano en la escuela dominical María Auxiliadora. Por las mañanas a clase, por las tardes al taller. Una fracción, repetía Don Vicente en una tórrida mañana de agosto (mis amigos bañándose en el río), es el cociente indicado de dos números; una fracción es el cociente indicado de dos números… y así hasta mil. A ver, Campillo, interrumpió su letanía: ¿Qué es una fracción? Silencio espeso en la parroquia; insultos y vuelta a empezar. Yo no era de los peores. Como “Petaca” se jubiló al acabar el curso, dio aprobado general en Septiembre (algo que oculté a mi satisfecha familia).

En segundo de Bachillerato, en el instituto de enseñanza media, soporté las penurias didácticas de Don Pedro, un catedrático de pata negra que sabía, según parece, lo inaudito, pero que no se preparaba las clases. Se saltaba de tema, explicaba tres veces lo mismo (mejor, menos materia a digerir), se desdecía, se contradecía, se iba de clase y al volver estaba perdido. ¿Lo habéis entendido, tenía por muletilla? ¡No!, cantaban a coro diez manos en alto. No  importa, proseguía, esta tarde lo repasáis con el profesor particular. Explicaba la geometría con hilos y curvas imaginarias que recorrían las esquinas de la clase. En el examen ponía problemas que no es que no supiéramos hacer, sino que ni siquiera sabíamos qué decían (menos pedían) los enunciados. Nos salía humo por las orejas.
Mis padres me enviaron, nuevas muletas, al Colegio Español (me negué a volver con los curas). Allí una señorita compasiva con la ignorancia ajena nos aclaraba a Pedroche, de Julián y a mí los rudimentos de las propiedades de los números y las leyes del espacio. Ninguno podíamos aceptar que las líneas o las circunferencias no existieran realmente. ¿Entonces qué pintábamos allí? Las chicas, aunque en otro mundo, existían. Al fin, pude entrever lo que aquello significaba. En primer lugar, que si no entendías algo lo siguiente menos. Un día di mis primeros pasos en el algoritmo. El único inconveniente era que lo aprendido con la profe no servía para nada. Don Pedro nunca nos habla de eso, le espetábamos a menudo; son líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse (metáfora de Pedroche). La señorita decía que no era cierto, que todo tiene que ver con todo y se aclaraba la garganta. Pero había que aprobar. Llegué a un pacto con Santi el gordo. Era un genio de los números. Al acabar Sexto y reválida se presentó a unas oposiciones de contable en la Caja de Ahorros y las sacó a la primera. Santi me pasaba los tres problemas del examen en una cuartilla, yo copiaba dos y el tercero lo hacía a mi modo. Nota: seis y medio. El problema de algunos es que quieren el diez y al final los pillan. A su vez, yo le pasaba la traducción de latín con los mismos resultados.  

Ya sólo me quedaba un curso, tercero de Bachillerato, para elegir letras y olvidarme del embrollo. Ahora el profesor de mates era el cartesiano Don Enrique. Llenaba dos encerados por clase con una caligrafía de filigrana, signos, letras, números, cadenas de demostraciones; una obra de arte comparable a los códices miniados. Al tocar el timbre, daba lástima borrar los cuadros. Para mi desgracia sólo conseguí captar el lado estético de formulas y teoremas. Nuevos cates. Esta vez, mis padres me llevaron a un viejo ingeniero de caminos, depurado por el franquismo, Don Abilio, en parte por desasnarme, en parte por echarle una mano. Seis personas nos sentábamos en la mesa del salón en torno al brasero. Peroraba durante veinte minutos de matemáticas en general, al margen de cursos y programas. En ese punto, interrumpía su jerga y se pasaba a la memoria histórica. Sus relatos eran horrendos y fascinantes. Una vez le mostré, al acabar la clase, la carta de Fernando Arrabal a Franco que acababa de leer. Le pregunté: ¿Don Abilio, lo que aquí se cuenta es verdad? Eso no es nada –me dijo-, es una parte insignificante de lo que hicieron. Es mejor que no sepas el resto. Mi curiosidad por supuesto aumentó. Después de las vacaciones de Navidad, mis padres, conscientes de lo que aprendía y de lo que no, me sacaron diplomáticamente de la tertulia de Don Abilio.

La solución universal para estas causas perdidas era Don Primitivo, el último de mis profesores particulares. Sus antecedentes se perdían en la noche de los tiempos. Según la leyenda urbana era un sabio que dominaba varias lenguas incluido latín y griego. Lo único cierto era que daba clases de sol a sol a los mismos galeotes que por la mañana estábamos amarrados al banco del instituto. Sólo para hombres, una hora de física y otra de matracas. Calculábamos sus ingresos por lo que nosotros pagábamos dinero en mano y nos parecían fabulosos. Al caer la tarde, esperábamos en el portal de su casa a que bajaran los de la clase anterior. Cuando se armaba la trifulca, los vecinos se quejaban y, tras una breve encuesta, Don Primitivo nos daba el “paseíllo”: se ponía en la puerta de la clase y al entrar por el embudo repartía a diestro y siniestro. Fumaba negro con boquilla, encendía una toba con otra mientras platicaba sobre las ecuaciones de segundo grado. Un ambiente sano; a veces abría la ventana dos minutos y más madera. Murió de cáncer de pulmón. Con Don Primitivo siempre la letra con sangre entraba. Salías al encerado de  “voluntario forzoso” y si no superabas los mínimos, vapuleo y tentetieso. A Juan Valero le preguntó cuántas eran dos por dos (estaba explicando las potencias) y como dijo cuatro lo tumbó de un directo. “Quítese las gafas señor López”, recuerdo con pavor. Una amiga del instituto femenino se asombraba: ¿En serio, le pagáis para que os sacuda? Ni con estos métodos conductistas hizo carrera de mí. Recuerdo una entrevista con mi padre en su despacho a la que pegué la oreja: Que un chico tan brillante en otras asignaturas –dijo Don Primitivo- sea refractario a la física, la química y las matemáticas (se olvidaba de las ciencias naturales).

Para saltar el último obstáculo recurrimos al enchufe. Ciertas personas influyentes aseguraron a la plana mayor del instituto que mi futuro eran las letras y que nunca más un científico tendría noticias de mí. Un aprobado rasposo y amigos para siempre. Dicho y hecho.

domingo, 17 de noviembre de 2013

El cambio, el tiempo


¿El ego, yo soy el que soy, la identidad personal? Quien comparte tu lecho por las noches hace las mismas cosas, pero nunca es el mismo ni tú tampoco; también los días y las estaciones son distintos aunque reciban el mismo nombre. El tiempo es un accidente del cambio: al producirse el cambio acontece el tiempo además de otros efectos. Ser y cambiar es lo mismo.

Los teólogos medievales consideraban que la característica esencial de Dios era la inmutabilidad. La trascendencia divina, la radical separación ontológica entre Dios y las criaturas (incluidos los ángeles) consiste en que Dios no cambia. Ego sum Deus et non mutor: algo que puede ser dicho pero no comprendido por el entendimiento humano. La eternidad de Dios es una consecuencia de su inmutabilidad. Inversamente, la eternidad de la naturaleza es la consecuencia del movimiento perpetuo. Deus et natura: lo eternamente inmóvil y lo eternamente móvil. Según algunas versiones escolásticas, contrarias a la cosmogonía judeocristiana, Dios creó el mundo no en el tiempo sino antes del tiempo (que surgió como una realidad más). También el tiempo, según la cosmología actual, se formó después de la gran explosión. Teología y ciencia coinciden por esta vez: en un principio fue el cambio.

El cambio es en sí mismo una singularidad que carece de sentido, fenómeno puro sin nombre ni concepto. No así el tiempo, algo que puede ser subsumido por el juicio determinante. Por eso San Agustín, Kant, Proust o Heidegger escribieron sobre el tiempo. Sólo los filósofos griegos (Presocráticos, Platón, Aristóteles), sendas perdidas, se atrevieron a especular sobre el cambio como la explicación profunda del ser. La imagen de la eternidad se manifiesta en cada gesto.  

viernes, 1 de noviembre de 2013

Jane Austin, impresiones e ideas


Durante mucho tiempo me interesó la filosofía, después la estética, ahora el arte. Si la vida fuera un poco más larga, algo que pedimos con insistencia a partir de cierta edad, volvería con gusto a la filosofía y acabaría por describir círculos concéntricos. Pero como dijo el filósofo cordobés, "Es mucho el quehacer y la vida breve". Por eso este verano, del 21 de junio al 21 de septiembre, he aparcado cualquier otra ocupación intelectual y me he leído una detrás de otra las seis novelas de Jane Austin. Aunque no en el orden en que fueron escritas: primero acabé Sentido y sensibilidad (la más conocida), después Orgullo y prejuicio (la mejor), Emma (la más compleja), Mansfied Park (mi favorita), Persuasión (imprescindible) y La Abadía de Northanger (la promesa cumplida).

Admiro en Jane Austin el sacrificio esencial de la vida al arte y a sus exigencias absolutas. Para mí, este es el resumen de su biografía, lo demás son chismes y palos de ciego.

Sus novelas tienen un esquema similar. Todas se construyen en torno a una mujer. Cada heroína es ella misma encarnada en las figuras de la conciencia de su siglo y en los arquetipos del eterno femenino. En realidad, la historia explícita, la razón histórica, no forma parte de su obra. Sus personajes simplemente están inmersos en la época que les ha tocado vivir. Alguna alusión al puesto de la Marina en la grandeza de Inglaterra y poco más. La historia implícita, supeditada siempre al reino de la intimidad, apunta en Austin a la inmediatez de las costumbres, a la división en clases, a la educación de la mujer, a los viajes y distancias, a la estructura familiar y al significado universal de los afectos. Sus novelas progresan siempre de dentro afuera, desde los contenidos mentales hasta la conducta individual y ahí siempre se detienen.

Es conocida la afición de la autora por los clásicos del empirismo inglés, especialmente Hume, y sus reflexiones sobre la relación entre impresiones e ideas como elementos originales del conocimiento. Primero, como ella misma sugirió, la vida brota del conjunto de percepciones simples o complejas que recibimos de las personas, del paisaje o del entorno social. Después, en las pausas del pensar, surgen las representaciones, las florescencias de una textura mental que organiza las impresiones según ciertas leyes de asociación. Un flujo inagotable de ideas que recorren el escenario de la mente y cambian a medida que otras más vivaces las desplazan. Austin nunca apuesta por la identidad personal de sus personajes favoritos, forjados en la marea de los hechos y que al acabar su recorrido son algo distinto de lo que creían ser al comienzo y en todo momento.

No hay tampoco planteamientos metafísicos que oscurezcan su obra. Es significativa la ausencia de conceptos “demasiado abstractos”. Las cosas son lo que parecen mientras no se demuestre lo contrario (lo cual ocurre con frecuencia) y el único misterio relevante del mundo es el cambio. Ser es ser percibido y la vida es un recipiente vacío que hay que llenar y vaciar muchas veces. Lo importante pesa mucho pero es lo único que hace. El sentido oculto casi no existe.

El marco social es siempre el mismo: la burguesía rural de los condados ingleses con sus núcleos de población dispersa, casas de campo, fincas adscritas al clero o mansiones señoriales. Y una rígida escala de posiciones que determina las relaciones personales. Unas relaciones limitadas puesto que se dan en aldeas o pueblos con pocos habitantes. La mayoría de las veces adivinamos con antelación con quien se casará la joven, pero lo que cuenta no es el resultado previsto sino la verdad como proceso. Una verdad que, al revés, no admite conjeturas y en la cual experimentamos deliciosos sobresaltos y versiones insólitas de un tema que en otro lugar resultarían tediosas.

Hay en todas sus novelas una iniciación al matrimonio, que una vez celebrado, excepto en Sentido y sensibilidad, donde se adivina el erotismo, deviene institución. Al final, el lector presiente el desinterés de la autora por los acontecimientos futuros. Que todas las novelas acaben en boda es una concesión al clima mental de la época: la ficción narrativa era en sí misma sospechosa; peligrosa si planteaba problemas no resueltos de antemano y prescindible si la escribía una mujer. Por eso Jane Austin ocultó durante mucho tiempo la autoría de sus obras. La literatura de la época -¡qué limitación tan grande y cuánto talento para salvarla!- tenía por definición una intención didáctica. La publicación de amores imposibles y moralmente hallados fue una constante cultural. Pero hay un abismo entre la vulgaridad sensiblera, incluso la profesionalidad del folletín, y el talento de Austin, cuyas creaciones abarcan una fenomenología completa de la educación sentimental.

Se la ha tachado de escritora conservadora, algo que resulta injusto si se comprende que nunca se complace, como el relato edificante de segunda mano, en el ethos de la época. Resulta estéril cuestionar en Austin el papel de la mujer, el trasfondo religioso o la familia patriarcal. Lo que se muestra más bien sobre ese fondo inmutable es un caudal de senderos cruzados que finalmente ponen a cada cual en su sitio: al clérigo arribista, a la amiga desleal, a la madre casamentera o a la coqueta impenitente… Los malvados son depredadores rapaces, figuras de la quietud cuyo único objetivo es cómo hacer bien el mal; también los demasiado honestos, comparsas insulsos, incapaces de aceptar la aventura de la felicidad. El tiempo, el orden de la sucesión de impresiones e ideas (como en Hume), tiene una función moral que separa las personalidades estáticas, inmorales o necias, de las que basan su vida en la alegría del conocimiento (en Austin todavía son impensables las flores del mal).

Los recursos para presentar tal sucesión son muy variados: el enredo familiar, el malentendido galante, la ironía de la heroína, la apología del ausente, la parodia del desencuentro o la frase exacta en el que la supresión de un adjetivo amenaza con quebrar el argumento (la parte que le debe a Shakespeare). Su lenguaje no es pulido sino depurado. Resulta impecable la correspondencia entre la ocasión puntual y los usos del lenguaje; por ejemplo, en los bailes, donde la descripción de los vestidos, las miradas furtivas o el cambio de pareja se tiñen de un intenso realismo lírico que nos sitúa en medio de la fiesta.

En Austin no vale formular la pregunta de si en el principio era la acción o la palabra porque son lo mismo. El diálogo, el principal uso del lenguaje (del que hablaremos más tarde), es a la vez estilo y epifanía permanente.