sábado, 15 de noviembre de 2014

Eclécticos, puristas y apocalípticos


En el tiempo de la reproducción técnica y las nuevas tecnologías los soportes superpuestos del arte se han multiplicado. El libro de Taschen, las imágenes JPG, el disco óptico, el DVD, el ebook, Youtube, la cámara digital, el ordenador, las tabletas, los smartphones. En todos los casos la pregunta es la misma: ¿Tales soportes comportan una perspectiva sumativa, un consumo debilitado o una contemplación frustrante de la obra? ¿Al cambiar de medio pierde la obra su aura, marco e intención o se mantienen, como el colesterol, en niveles aceptables? Eclécticos, puristas y apocalípticos han dado sus repuestas. Aquí sólo queremos mostrar los trazos gruesos de esta vieja disputa.

Es evidente que los frescos de la Capilla Sixtina o del Juicio final de Lucas Signorelli en la Catedral de Orvieto se “ven mejor” en un libro de gran formato o en una página de Internet con tecnología flash que “en la realidad”. Por no decir las pinturas rupestres de los abrigos de Albarracín. De mismo modo se “sigue mejor” la ópera Il Trovatore en una pantalla de alta definición blu-ray que en las sillas de paraíso con visibilidad reducida del Teatro Real. Por eso compramos libros, descargamos imágenes o coleccionamos discos ópticos de última generación. Son medios complementarios, aprobaría un ecléctico razonable. De acuerdo, siempre que se admita que son experiencias totalmente heterogéneas.

Para los amantes de la música culta: Herbert von Karajan realizó cerca de mil registros con el sello Deutsche Grammophon y vendió más de 300 millones de copias. Un crítico de Der Spiegel sugirió que el maestro austriaco tomó posesión de la Orquesta Filarmónica de Berlín como Zeus de Dánae: en forma de lluvia de oro. El director Zubin Metha dijo de Karajan tras su muerte: Su problema era que no se conformaba sólo con la música. Por el contrario, Sergiu Celebidache, otra leyenda del atril, se negó a realizar grabaciones de sus conciertos porque consideraba que desvirtúan el sentido de la partitura y eliminan los efectos sonoros que se captan en la salaEn sus charlas en la Residencia de Estudiantes recorría tonante toda la gama de matices que van desde la distorsión hasta la aberración. Las copias que hoy circulan de sus conciertos son piratas o comercializadas con la autorización de los herederos. ¿Cuál nos convence más? Se impone un eclecticismo de amplias miras, si tenemos claro que ningún equipo de alta fidelidad suena como una orquesta sinfónica.

Sobre los coleccionistas de imágenes. Son curiosos cuando menos los sitios web especializados en pintura, algunos de pago: Art Renewal CenterWeb Gallery of ArtLa ciudad de la pintura. De un autor, por ejemplo Gauguin o Le douanier Rousseau, la paleta cambia de modo inconsistente de unos sitios a otros; la gama del mismo cuadro va del rosa al amarillo como la película de Summers. Es imposible saber cómo es el cuadro original. Algo parecido ocurre con muchos libros de arte. ¡Si puristas como John Ruskin o Marcel Proust levantaran la cabeza, sus lamentos se oirían en la Plaza de San Marcos! 

Un ejemplo paradójico: la complejidad argumental de una película de culto como Memento de Christopher Nolan sólo puede ser descifrada si se ve en DVD con las opciones (como la acción del film) de parar, volver o repetir. Con el primer pase apenas te enteras del argumento. Parece pensada para “un consumo mediante técnicas de reproducción asistida”. La obra no funciona en el medio para el que se creó. Le pasa lo mismo a un clásico del cine negro de los años cuarenta, El sueño eterno, dirigida por Howard Hawks, aunque también puede ser por el pésimo doblaje. La otra posibilidad es ir a una filmoteca diez veces seguidas. El enredo haría las delicias de un apocalíptico como Adorno que, por lo demás, detestaba el cine.

La tesis de un purista radical: resulta más fácil leer Au bonheur des dames de Émile Zola en un lector digital con diccionario táctil que enfrentarnos a pecho descubierto con la edición de Gallimard y el Petit Robert al lado. Pero la mayoría de las obras clásicas fueron escritas para libros publicados con los tipos móviles de la galaxia Gutenberg. Tom JonesEugene OneguinEl castillo, no pueden ser leídos en ebook sin violentar su significado cultural y valor estético. El cambio de medio supone la condena de la obra a un consumo extraño, a la presencia de una nueva forma de alienación literaria. Aunque, por supuesto, concedería el suspicaz, numerosas producciones son compatibles con el libro electrónico. 

¿Es posible contemplar la inmensa arquitectura y el significado teológico de la catedral de Chartres en un Youtube de la serie Des racines et des ailes? Ciertamente no somos campesinos medievales obligados a medir con la vista las afiladas torres, escuchar el viento en los arbotantes o palpar los gruesos muros para sentir la emoción religiosa; pero sólo la presencia, la experiencia viva de la peregrinación puede respetar el aura, el marco y la intención de estos bosques de piedra... mantendría un ecléctico sublime y entreverado. 

La fotografía artística de los grandes maestros, Eugene Atget, Ansel Adams, Berenice Abbott, Edward Weston y tantos otros se hacía con cámara analógica, revelado tradicional y en blanco y negro. Un apocalíptico renegaría de la fotografía digital a todo color, con capas, trucos de magia y retoques Photoshop; mientras que un honrado purista pondría mala cara al procedimiento y entre paréntesis a los resultados.

Ricemos el rizo: Las Meninas fueron pintadas por Velázquez para ser colocadas en el cuarto de verano del Real Alcázar de Madrid, un despacho del rey Felipe IV. El cuadro estaba colgado junto a una puerta, y a la derecha se hallaba un ventanal. Se ha deducido que el pintor diseñó el cuadro expresamente para dicha ubicación, con la fuente de luz a la derecha, e incluso se ha especulado con que fuese un truco visual: como si el salón de Las Meninas pareciese una prolongación del espacio real del despacho del rey. (…) Cuando el cuadro fue trasladado al Prado, se colocó en la sala XV, al lado de un ventanal que le proporcionaba luz natural por la derecha, como en la ubicación original, efecto que se perdió con su cambio a la sala XII. Velázquez no pintó su obra maestra para ser expuesta en un museo, ni para ser vista por el gran público y menos aun en un marco inadecuado. Pero ni siquiera un apocalíptico de salón se atrevería a despotricar del Prado.

Me dejo otros soportes en el tintero, por ejemplo la fruición a marchas forzadas de archivos en la nube; mucha gente en el metro pasa imágenes de museo con el servicio de alojamiento Dropbox. O la lectura de comics en tabletas. Las viñetas se ven y se manejan mejor en el ipad que en papel. O la pasión por las plataformas de libre publicación del tipo Lulu, Booktango o Kobo Writing Life que ofrecen al lector las últimas tendencias narrativas o los delirios poéticos de creadores aficionados o profesionales. Y, por fin, la blogosfera, una revolución copernicana en la lectoescritura cuyo alcance todavía desconocemos.   

viernes, 7 de noviembre de 2014

Stupeur et tremblements


Entre los libros que Nathalie, mi profesora de L’Alliance Française de Madrid, me recomendó para este verano (de finales de Junio hasta después del Pilar) estaban La petite fille de Monsieur Linh de Philippe Claudel, un pastelón de crema, L’ecume des jours de Boris Vian, un tratado de existencialismo barato, y Stupeur et tremblements de Amélie Nothomb, el mejor. Lo he leído a finales de Julio durante las tediosas tardes de piscina en mi Sony Reader que solo uso para estos menesteres; es una gozada poner el dedo en el término que ignoras y al instante se lanza en el margen inferior su traducción y explicación léxica.  

De entrada, sería pretencioso que hablara del estilo de Nothomb y otras entelequias. Yo lo saboreo, pero al no ser mi lengua natal todos los libros en francés me saben bien, incluido El pequeño príncipe y las veinte mil leguas de viaje submarino (me gusta más el título original). Mi paladar es demasiado grueso. De Nothomb aprecio su sentido de la intuición, las asociaciones insólitas sin caer en la ocurrencia a la francesa (ella es belga), su espléndido sentido del humor y el tratamiento luminoso del absurdo. Aunque si la leyera en español quizás pensaría otra cosa. Créanme: hasta donde llego, nada tiene que ver la Madame Bovary original con la excelente traducción de Consuelo Bergés. Son dos libros distintos. La lengua francesa no es proclive a vueltas y circunloquios. El texto español dista mucho de la vie en province o del complejo esprit de la protagonista. Cada gramática ha modelado una forma de vida única, una visión del mundo inalcanzable para otras. No concibo una traducción fiable del Buscón al francés, por ejemplo. 

Vuelvo a Nothomb: sobre todo a su inteligencia. Es una mujer fascinante, permítanme decirlo de una vez. Por cierto, recomiendo echar un vistazo a sus impagables entrevistas en YouTube. Les resumo el argumento de Stupeur et tremblements: una joven belga es contratada en precario, faltaría más, por una multinacional japonesa (la novela es autobiográfica, como todas). Para ella es un reto en un territorio sin hollar por la francofonía. Sabe como todo el mundo que allí el trabajo se ha convertido en la totalidad, en la fuerza que organiza costumbres y tendencias. Pero sólo es el anuncio de lo que vendrá, del pasen y vean de la caseta ferial de los espejos. Pronto confirmará que la vida personal, desde la sexualidad hasta las relaciones sociales visibles, es un reflejo cóncavo o convexo de la multinacional. La primera regla es que extra muros nada vale. Toda la novela se desarrolla en las oficinas de la empresa. Amélie pasa el día de navidad encerrada en su despacho. Acaba por comprender que mirar por las ventanas es el único gesto de libertad permitido. Cuando acabe su contrato y huya, su única certeza será que ha intentado preservar su dignidad.

La lógica de la empresa japonesa es tan impenetrable como las oficinas de Kafka. De entrada, la especialidad profesional no cuenta. Sus jefes le asignan todo tipo de trabajos absurdos, órdenes delirantes, tareas innecesarias, humillaciones grotescas. Amélie, de veintidos años, una brillante licenciada, comienza su descenso a los infiernos en la sección de contabilidad, luego pasa a servir cafés a los jefes, después a la fotocopiadora en labores de conserje y, cada vez más bajo, en el séptimo circulo, la destinan a los lavabos masculinos… sin que haya alguna razón excepto el machismo y la xenofobia imperial. 
Descubre que la legendaria burocracia del Japón, eficaz y admirada, el organigrama que todo lo puede, es un mito. Se encuentra en medio de una Edad Media donde campan los señores del negocio. Todo el mundo es superior en su ámbito, pero sus órdenes no van más allá de los vocinazos. Una monadología donde las puertas sólo se abren para mostrar símbolos vacíos. El sistema funciona por sí mismo, como las ucronías cinematográficas del reino de las máquinas. Un monstruo tan redondo, una programación tan perfecta que los corredores y secciones se han convertido en un mundo paralelo. Un superior puede echar un chorreo brutal a su inmediato o sellar su desgracia, pero es algo que no atañe al mecanismo de la empresa. Es una especie de cruel teatro kabuki que refleja en las paredes las sombras animadas del proceso productivo. El libreto representa la lucha de las autoconciencias por anonadar al otro, la forma más degradante del trabajo. Su jefa inmediata, Fubuki (“tormenta de hielo”), símbolo de la helada belleza nipona, se convierte en su peor enemiga. Lo único esencial es el estupor y los temblores que siente el inferior ante la presencia del dios menor del piso de arriba. Es lo que sentía el paria ante la figura imponente del samurái. Un código de honor basado en el culto a la distancia insalvable y al terror por la incertidumbre de un destino que siempre está en otras manos. En esto consiste el sentido del título. Estupor y temblor son ahora los valores de una aristocracia financiera cuyo honor se ha convertido en un galimatías, en un mero desafío al sentido común. No hay que visitar los salones ancestrales o ciertos rincones herméticos para conocer los arcanos de la cultura japonesa: están en los rascacielos de las multinacionales.

Stupeur et tremblements es un relato de aventuras en la jungla de hormigón en la que el viajero debe interpretar correctamente los indicios porque le va la vida en ello. Un rastro equivocado conduce al desastre. Y esto es lo que le ocurre a la joven Amélie. Advierte demasiado tarde (una imagen de la vida, como el búho hegeliano de Minerva) que la delación por un desliz trivial es más fuerte que la amistad. Que lo más humillante para un ejecutivo es la compasión que puedas sentir por su caída. Que una autoconciencia quebrada solo puede remontar a costa del odio y la venganza. Que la belleza y misterio de la mujer japonesa es una máscara de la soledad, una víctima de la brutal sociedad patriarcal que oculta la ideología de la eficiencia.

sábado, 18 de octubre de 2014

Panthéon Nadar


Gaspard-Félix Tournachon (París, abril de 1821, marzo de 1910), más conocido con el sobrenombre de Nadar, es uno de los grandes maestros de la fotografía del siglo XIX. Como Eugene Adget, el llamado Mozart de la cámara, supo fundar un mundo propio más allá de cualquier criterio industrial o comercial y hacer del retrato una obra de arte.

A Nadar sólo le interesa la figura y la personalidad intemporal del personaje que posa. Esta frase contiene todos los estilemas estéticos de sus retratos.

De entrada, prescinde de cualquier elemento externo, ajeno al propio modelo, como rasgos decorativos, fondos de interiores, atrezzos y forillos, paisajes envolventes, estudios cargados de tomos, símbolos biográficos u objetos personales.

Pero el retratado debe hablarnos, decir algo de sí mismo, abrirnos ciertas claves de su temperamento o talento. Echen una ojeada a la galería y perciban la socarronería, el carácter abierto y la franqueza de Alexandre Dumas. O la belleza legendaria de la bailarina Cléo de Mérode, homenajeada por innumerable artistas (incluso esculpida por su feliz amante), deseada por toda clase de fieles, desde reyes a plebeyos. O el temperamento acaso demasiado reflexivo, distante, crítico hasta el desprecio de Émile Zola.

No obstante, hay algo más que rasgos psicológicos en sus retratos. Se busca expresamente un arquetipo para la posteridad, la imagen única que la cultura fijará en el panteón de los hombres ilustres. De modo que cuando admiremos sus obras o hablemos de ellos, inmediatamente nos venga a la cabeza la fotografía que les dedicó Nadar. Su Baudelaire o Proust condicionan la lectura de Les fleurs o La Recherche. De cada gran hombre circulan diversas representaciones pero sólo es la de Nadar la que verdaderamente cuenta.

Por eso prescinde en sus retratos de cualquier atisbo de espontaneidad, de plasmar el instante fugaz. Los celebrados momentos anecdóticos desaparecen. Al modo de la pintura, sus personajes posan hasta mostrar lo que se busca. Sus detractores le acusaron de utilizar los medios pictóricos para lograr los mismos resultados. Pero sería más preciso decir que sus placas llegan donde los cuadros no pueden. Nadar se sitúa más allá de la pintura, su arte es consciente del nuevo medio, de sus ventajas técnicas y limitaciones plásticas. No es casual que prescinda del color, del entorno narrativo, de la composición y los detalles... algo imposible de soslayar en un lienzo.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Casa Lucio


Yantar en Lucio, el antiguo Mesón del Segoviano, es una obligación de todo amante del mantel puesto. Es un placer dar un paseo desde Ópera, por la Calle Mayor, el mercadillo de San Miguel hasta la Cava Baja, uno de los lugares más acogedores de la villa. No es fácil encontrar mesa porque Lucio está a salvo de los mercados y zarandeos de la crisis; siempre está lleno; tiene dos turnos de comida y cena y, por lo que dicen los hombres de ciencia que lo frecuentan, como en vida Severo Ochoa, no conoce el vacío. Es más: el espacio lo crean los objetos, no hay un marco de referencia independiente, la decoración es la multitud que se alimenta. De hecho, uno de los pocos defectos es que las mesas están demasiado juntas; incluso en los rincones más selectos dispones del territorio justo, lo cual tiene sus ventajas pues es normal pegar la hebra con la rubia fatal o con el guiri alemán que pregunta por los callos. Como en La Bola, se respira un ambiente de grupo que comparte vivencias opuesto al atomismo impersonal que sobrevuela muchos restaurantes de fin de semana; esos sitios anodinos que no son ni buenos ni malos ni nada. Lucio lo fomenta con las coplas de un cantaor que se arranca en mitad de la pitanza en las que elogia al dueño, a la gente y al arte del buen vivir. No se inquieten, sus jipíos duran tres minutos y no pasa la gorra. En resumen, si quieres participar de la fiesta, tienes que reservar con una semana de antelación.

Hay muchas formas de comer en el más célebre bistrot de Madrid y, en palabras de Lucio (que repite cada vez que vas), el más conocido de la historiaAllí han llenado la panza, si te entretienes en mirar las fotos, lo mejor (y lo peor) del gran teatro del mundo. No les canso con nombres y fechas, ustedes mismos. Yo he hecho por esta ciudad más que nadie, afirma convencido. Puedes ir con la señora y la pareja de viejos amigos, los mismos sin señoras, con los íntimos del trabajo, con la ex o con la otra, con la familia extensa (pagan los abuelos), solo, a oscuras y en celada… Cada variante tiene su precio y su forma. La horquilla de la cuenta es muy amplia. Cené este jueves “en el modo dos parejas”. El lema: todo es de todos. El intercambio no cesa. Si hubiésemos ido Juan y yo ninguno habría metido la cuchara en el guiso del otro. 

El primer logro de Lucio es el trato. Desde que entras, aunque sea la primera vez, eres uno más de la familia. Los camareros de la barra te saludan, tienen la frase salpimentada, piropean discretamente a las señoras (menos de lo que ellas quisieran); el maestro de sala, uno más, te indica la mesa y te entrega la carta. Durante la cena, los camareros y el propio Lucio, que por costumbre saluda como en las bodas a todos sus invitados, te hacen sentirte importante. Tratan con la misma pompa y circunstancia al comensal desconocido que al jugador del Real Madrid, al político del Senado o al tertuliano de peso. El piso de arriba parece un desfile de famosos.
El segundo logro es el tempo del servicio. Ni te agobian con emplastos traídos al instante ni tardan océanos de tiempo entre los platos. El tiempo justo en cada tercio: el aperitivo, los entrantes, la sopa, el plato principal, el postre, café, copa y puro… Si vas con las señoras el repertorio se reduce. Olvídate del churrasco, el rabo de toro, el capón o las alubias con faisán. Ellas miran el bolsillo y guardan la línea por este orden. Como contrapunto hay que impedirles que socialicen las alcachofas con crema, la tempura de verduras o la ensalada de escarola. Una vez que se equilibran las fuerzas, algo queda en la carta.

Te aconsejo el jamón de Jabugo especial, gástate un poco más y no pidas el de la clase media, disfruta de un aroma y sabor que no son de este mundo. Si te gusta el pan con tomate, también. El vino de la casa es un Rioja cumplidor, por debajo del jamón, pero si pides la carta de vinos el precio se dispara. Exquisitas las croquetas por unidades (mínimo tres por boca) y puedes cerrar las entradas con un plato de cocochas comunal (algo del mar hay que probar). Si prescindes de los grandes monumentos de carne y pescado, se imponen de segundo los huevos estrellados. Lucio dice que todos los imitan, la competencia, las amas de casa celosas, pero nadie los hace igual. A los letrados con servilleta les sugiere que escriban una tesis de su invento. Son una leyenda urbana: huevos de corral, patatas lustrosas, aceite de oliva virgen y un toque más hermético que le fórmula de la Coca-Cola. Son lujurientos. Si no me creen pasen y vean. En cuanto los pruebas (ese primer bocado glorioso) sabes que son otra cosa. Pero de lo que no se puede hablar, mejor es callar. Terminamos con el postre: el más famoso es el arroz con leche y costra. Una elección segura. No está dulzón o trabado, sino cremoso y suelto; el punto dulce lo pone el caramelo. La novedad es una delicada torrija cuyo sabor a canela te inunda la boca. Después un taxi y a casa. No andes por ahí estropeándote la cena con brebajes alcohólicos y conversaciones vanas. Todo lo que tenías que decir ya lo has dicho en Lucio. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

El tenderete de Óscar


Leía ayer absorto el estupendo comic de James Vance y Dan Burr Contra las cuerdas cuando salió mi hija de su cuarto, miró el libro por encima del hombro, sonrió con un gesto que conozco (¡A ver si maduras!) y se fue a la nevera…
- Los hombres no maduramos nunca, le dije al volver.
- Sólo maduran los aburridos, matizó.

Mi afición por el cómic viene de mi adolescencia conquense, incluso antes. Y en gran parte se la debo a Óscar, el dueño de un quiosco de venta e intercambio de cuentos que había a menos de cien metros de mi casa. Sólo tenía que cruzar la calle, un poco más allá del bar La Martina. Lo recuerdo como si lo tuviera delante. Se trataba de un tenderete dentro del portal; entrabas y a la izquierda había un mostrador forrado de hule oscuro de unos tres metros; el interior estaba lleno de estanterías metálicas con agujeros y debajo la caja del dinero o similar (no se veía). El cartel con los precios, al lado de un almanaque de pared, cambiaba cada tres años. Óscar era un tipo de edad indefinida, entre cuarenta y sesenta, bajito, de pelo canoso, gafas de concha sobre la enorme nariz y guardapolvo azul; en la calle parecía más alto. Pero sobre todo me acuerdo de sus manos: velludas, ágiles en el manejo, precisas como las de un cirujano.
Era un negocio sin trampa ni cartón, no como los llamados “intercambios de archivos” que se dan en la red a través de los programas P2P. El procedimiento era sencillo: supongamos que llevabas tres cuentos. Óscar cogía el primero, lo examinaba por dentro y por fuera, después sacaba de los anaqueles un mazo de entre diez y quince ejemplares. ¡Con que arte manejaba los tacos, ordenaba, alineaba, guardaba! Había dos criterios: la colección y la conservación. De una misma colección, por ejemplo El teniente Blueberry, los tenía nuevos, en buen estado y sobados. Los que estaban en la últimas los devolvía con gesto amable. Cuando te daba la salida, sin prisa pero sin pausa escogías. Una vez cambiados, pagabas y a disfrutar. La circulación de bienes era fluida, aunque si ibas con frecuencia las novedades se resentían. Era el momento de comprar y alimentar allí mismo el mercado. Lo bueno de Óscar era el trato personalizado. Como conocía los gustos de cada cual te daba sabrosos consejos mientras decidías tus cambios o compras.
Los cómics (como por fin los hemos llamado) que trocaba en el quiosco de Óscar eran un reflejo de la sociedad civil y militar de la posguerra. El guerrero del antifaz tajando infieles al grito de ¡Santiago y cierra España! era un remedo de la censura eclesiástica; Roberto Alcázar y Pedrín armados con porra y pistola, trasunto de los matones del régimen; Carpanta, un vagabundo cuyo único objetivo era manducar un mendrugo de pan con una sardina arenque, un espejo de la España del gasóleo y piojo verde; los nimios problemas de La familia Cebolleta, un paradigma moral de la familia franquista; o los demasiado jaleados El Capitán Trueno y El Jabato, símbolos de las gestas transnacionales de la banca y la cristiandad. Y sobre todo, los cuentos apaisados de la colección Hazañas bélicas de Boixcar en cuyas viñetas los marines norteamericanos llamaban a los nazis de las Ardenas “fritzs cabezacuadradas” y a los japos de Guadalcanal “perros chinangos” antes de fulminarlos. Eran los tiempos en que el General Eisenhower saludaba a la multitud en la Gran Vía desde un Rolls Royce descapotable escoltado por la guardia mora mientras Franco dormitaba a su lado.
Cuando volvía a mi casa, tras devorarlos (y ante la aprensión creciente de mis padres) sacaba lápiz y cuaderno y jugaba a pintar mis propias aventuras tirado en el suelo. Hojas y hojas llenas de sables, tanques, caballos, portaviones, legionarios, soldados. Por allí desfilaban las batallas del Maratón, de Midway, de las Navas de Tolosa o la derrota de Rommel en el Alamein. Hubiera preferido jugar al fútbol o al pillado, pero… Si hubiesen estado de moda los psicólogos infantiles, habría acabado en la consulta de alguno. Me lo imagino interrogándome con mirada alucinada tras observar mis cuadernos.

- Por qué pintas esto.
- Porque me divierte.
- ¿Te divierten las batallas?
- No, me divierte pintar las batallas.

Recuerdo a mi abuelo materno regalarme con intención terapéutica La isla misteriosaEl libro de las tierras vírgenes o El Conde de Montecristo. Sin éxito. Estuve cambiando cuentos en Óscar hasta que acabé la carrera (nueva alarma de mis padres por mi salud mental). Sin distancia bretchiana compaginaba la lectura de SupermanBatman con los libros de Roman Gubern sobre el lenguaje de los comics. Después, mucho después, agradecí a los cuentos de Óscar los servicios prestados y los guardé en un cajón del que curiosamente desaparecieron. Pero todo permanece. Hoy tengo una aceptable colección de comics y al menos una vez al mes frecuento las excelentes secciones de la FNAC, La Central o la Casa del Libro. Cuando vuelvo a mi casa con la mercancía disimulo hasta ponerla a buen recaudo para que nadie se preocupe por mis manías. Me siento un Mik Jagger de la historieta, ¡Sólo son comics, pero me gustan! 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Volver al mar, volver del mar


He veraneado doce años en las costas de Galicia y otros tantos en las de Levante. Se dice que en Galicia se está bien en todas partes excepto en el agua y que en Levante ocurre al revés. En lo que concierne al baño estoy de acuerdo.
En Galicia lo mejor es pasar de la playa; o ir a la hora del aperitivo cuando la familia y los amigos están a punto de levantar las jaimas. Lo suyo es ir vestido con pantalón blanco, náuticos, calcetines de hilo, camisa rosa pálido y chaqueta azul marino. Llegas en coche, preguntas donde tocan los trozos de empanada, el pulpito, las navajas y arrancas.
Pero si vas a la playa o te obligan, pueden ocurrir dos cosas: que el viento esté en calma, lo cual quiere decir que llueve a modo o está a punto; o que el cielo esté despejado, lo cual significa que sopla una nortada que se lleva las sombrillas en volandas; si paseas por la orilla, la arena se convierte en azote de herejes. No hay destape por miedo de las damas a coger lo que no tienen. No obstante, hay días en que se produce el milagro: las doce en el reloj, el mundo está bien hecho. Hace calor y decides bañarte. Con meter un pie ya sabes lo que te espera. Ser mar es ser percibido: corta. En Galicia (y en la costa cantábrica) el agua ataca al hombre. La única razón para seguir es que despierta un hambre de lobo en tierras del buen yantar. Otra ventaja es que te haces un chequeo completo sin acabar con una sonda en el trasero. Si sales por tu pie es que estás sano.

- ¿Qué tal está el agua?, pregunta la escamada concurrencia.
- Cuando te acostumbras, buena, contestas entre tiritones, los labios morados, eunuco.

Otro de los alicientes es la adrenalina. Bañarse es deporte de riesgo: una de cada diez veces te pica una faneca y acabas con el pie como un melón. La señora te llama idiota por pisar donde no debes; los socorristas te echan la bronca por no llevar sandalias de goma; te untan el pie con pomada y el resto de la mañana a la pata coja. Si nadas para quitarte el frío, el ejercicio consiste en librarte del puré de algas. Y si no hay algas, notas de pronto una corriente gélida (ayer no estaba) que te cala hasta los huesos. Das media vuelta, sales aterido, te sepultas en las toallas que has comprado en Portugal y te frotas como un poseso. En Galicia te bañas por obligación. Porque la ley moral dicta que si vas a la playa no hay más huevos que meterse entre los témpanos o ser un mierda.

Levante es otra cosa. Aguas deliciosas, brisas suaves, paseos en patín. El Mediterráneo es un regalo. Cuando te despiertas, las endorfinas playeras te golpean el vientre y te hacen cerrar el puño. Después, el baño te refresca cálidamente. Ronroneas satisfecho cuando te mecen las olas. Puedes permanecer dentro el tiempo que quieras. O celebrar una mesa redonda sobre la horchata. Al salir te sientes renovado. Resuenan en tus oídos ciertos sonsonetes del festival de San Remo. Te sobas en la arena y percibes el ritmo de los grandes ciclos, la luz de los mitos solares, la voz de los dioses marinos. Sirenas y nereidas muestran sus encantos. Cuando sales del ensueño el cuerpo te pide marcha.

En ciertas calas te bañas en la orilla con tumbona incorporada, apurando el mojito de ron. Al caer la tarde te das el baño primordial. El sol se ha ido y queda un agua transparente que conserva el calor de la jornada. Un milagro madurado por las horas. El mar está como un plato. Entras poco a poco, sientes que la vida entra por tus poros, que un año más estás en paz con los cuatro elementos… Y cantas:

Volver al mar,
Volver del mar.
El mar, el mar,
Siempre volviendo a empezar.

(Del ciclo El madrileño y sus sombra).

sábado, 23 de agosto de 2014

El cholismo ilustrado


Y van cinco en dos años. Sin contar el último Carranza. Celebraremos aquí mientras Dios me dé salud cada copa que levante el capitán del atleti por pequeña que sea. Para nosotros todas son de oro. Tenía preparadas doscientas páginas para glosar la gesta de Lisboa pero al final (nunca mejor dicho) la puñalada de Ramos nos dejó con dos palmos de narices. ¡Qué manera de palmar! Por cierto ayer estuvo a punto de repetir la gracia. Hay cosas que se entienden pero no se olvidan. Así es el laberinto de las emociones. Como decía Kun-Fu: Las cosas una vez que ocurren han sucedido. Una vez más, la vida y el fútbol se dan la mano. Ordené a mi hijo, casi como Kafka, que quemara mis páginas de la Champions. No sé qué habrá hecho.

Para mí la “clave del triunfo” en la Supercopa (cito al mítico Manolete) fue el fútbol de autor que practica el equipo. Mientras que cada comienzo de liga el Madrid tiene que rehacer sus esquemas tácticos para que sus flamantes fichajes se acoplen, el cholismo ilustrado practica la máxima de que el bien común es anterior y superior al individuo. Nadie viene al atleti a demostrar lo que sabe hacer por cien millones de pavos porque ya está sabido. Si Messi fuera rojiblanco defendería los saques de esquina en el primer palo metiendo el codo en la cara del central contrario y luego saldría como un lobo con la pelota robada sin culebreos ni mariconadas. La distancia más corta entre dos puntos (le habría dicho mil veces su entrenador) es siempre la línea recta.

La filosofía futbolera del Simeone es muy clara: si no te meten un gol hay muchas probabilidades de ganar. En el atleti todos son defensas, todos cierran las zonas estratégicas del campo (presión agobiante, ayudas escalonadas, ahogo de las bandas) y alguno enchufa el gol que cambia el partido. No importa ceder la pelota, realizar un juego previsible, tirar balones largos, echarla fuera a la mínima, forzar al tarjeta, acabar la jugada como sea… lo importante es no correr riesgos innecesarios.
Las armas ofensivas son el contragolpe marca de la casa y la estrategia a balón parado. Me imagino al Cholo en su casa a las tres de la madrugada echando humo por las orejas tras emborronar innumerables folios con las recetas que ensayará en el entreno de las doce: Protocolo de córner 32 b desde la izquierda. Koke con rosca al primer palo a media altura, fuerte para que la defensa contraria y nuestros propios atacantes se la coman con patatas, el portero tapado por un volante que se le echa encima no la ve y el último delantero en el segundo palo la clava de tacón a dos metros de la red…

Su estrategia psicológica no es menos efectiva. Ama a sus jugadores y es amado por ellos. ¡Esos muchachos que han crecido tanto a pesar de todo! larga conmovido a la prensa. “Todo” es la caja desmedida del Madrid, Barça y los grandes expresos europeos. El Chelsea quería comprar este año hasta el relente del Manzanares. En mi opinión ni Costa ni Filipe Luis han estado a la "altura moral" del club que los ha encumbrado.
Defiende Cholo la sana divisa del “partido a partido”. Una propuesta sensata que significa: no especulemos con proyectos majaderos, no demos pedales en una bici sin cadena pues lo único que se consigue es calentar el cerebro de la tropa. Un jugador debe procesar información en el campo y punto. 
Habla bien de los árbitros (o no habla en caso de cagada) porque es la única forma de predisponerlos a su favor. Por lo demás, no creo que a nadie puedan molestar las dos cariñosas collejas de ayer al línea.
Domina la comunión mística con la grada. Desde el banquillo dirige a la afición como un maestro de coro. Sólo le falta la batuta. Ayer montó su circo grabando con el móvil media hora del incendio colectivo. Pero cuando culmina el triunfo con el pitido del árbitro sabe conceder a sus jugadores el mérito y la gloria. Decía ayer, preguntado por esa modestia suya, que para él saltar al césped con los brazos abiertos era invadir el protagonismo de los gladiadores. Notable.
Por último, sus ruedas de prensa son espléndidas. Es original, evita los tópicos que reclaman los periodistas del ramo, los considera superentendidos y a sí mismo el tonto del pueblo, se parten de la risa con sus desplantes toreros, elogia las virtudes del contrario y tiene la osadía de tocar sutilmente las narices al Madrid (si lo haces de frente enseguida te echan en cara su condición de mejor equipo de la galaxia. El imperio contraataca). 

Me hago la misma pregunta que Rubén Amón en su excelente libro Atletico de Madrid, una pasión, una gran minoría¿Por qué no son del Atleti los demás?