viernes, 5 de febrero de 2016

Arte callejero. El grafiti


Las pintadas en la calle son ilegales. La clandestinidad es la fuerza viva del grafiti, por eso el grafitero cuelga sus obras en cualquier lugar de la ciudad aprovechando el momento (madrugadas de oscuridad y silencio) y la ocasión (muros, paredes y tapias vacías). Las pintadas no admiten cambios, el tiempo es oro, la ejecución ha de ser rápida y concluyente. Muchos grafiteros trabajan con plantillas para acabar pronto y esquivar el acoso policial. Pero el verdadero artista es un maestro de la factura. Consigue el mejor resultado a la primera. El estrés lo motiva, la tensión lo afina, la idea brilla mientras se graba.

Cuanta más gente lo vea, mejor. Pero no todos los lugares tienen el mismo gancho. La ley del grafiti: el beneficio es inversamente proporcional a la dificultad del sitio (los espacios más rentables son los más frecuentados). Por eso los grafiteros buscan “la ocasión de la foto”, es decir, trabajar en esos rincones míticos donde a cualquier turista le gustaría hacerse el selfie de su vida. O los transportes públicos. Los más audaces merodean por las cocheras de cercanías y al menor descuido decoran un vagón con sus sprays.  La banda anarco-punk Crass sostuvo una larga campaña en el metro de Londres a finales de los setenta hasta que se tomaron medidas (a costa del contribuyente) como alzar alambradas ciclópeas, instalar alarmas sofisticadas, recubrir los vagones con pintura resistente o aumentar la cantidad y calidad de la vigilancia.


(Un inciso: aunque no están al aire libre no me resisto a citar a los grafitis latrinalia que se dejan en los retretes con dibujos obscenos, declaraciones apasionadas, poesías de circunstancias o sesudas reflexiones. ¡Algunos son espléndidos! Hay numerosos estudios dedicados al tema).

El grafitero de gama media-baja es un pintor anónimo. Nadie deja su tarjeta de visita tras cometer un delito, excepto si eres un autor sagrado: famosos como Blek le Rat o Banksy se han colado en museos, incluido el Louvre, para colocar entre los cuadros sus obras firmadas. Se trata de un circo autorizado. Banksy, por ejemplo, ha trabajado por dinero para organizaciones como Greenpeace o empresas como Puma y vende cuadros hasta por 25.000 libras en circuitos comerciales o en la galería de su agente. Los mercados no descansan: un juego de sus obras se subastó en Sotheby's por más de 50.000 libras; se ha pagado medio millón de dólares por un remolque repintado en el que malvivió en los viejos tiempos… lo que le vale la acusación de sus colegas menos favorecidos de haberse convertido en un traidor a la causa.

El grafiti es un arte efímero. Las pintadas suelen ser borradas por los servicios municipales de limpieza; además están sujetas al vandalismo de las tribus urbanas y otros depredadores; incluso a la guerra entre clanes del mismo barrio que se insultan o tachan y pintan encima de sus respectivos carteles. Algo de lo que no se libran ni los grandes maestros. Cito a Wikipedia (interesante final que merece un comentario aparte):
A tan solo 24 horas de su creación, la obra de Banksy “Girl with a Pierced Eardrum” en Brístol fue manchada con pintura negra en un acto de vandalismo y de crítica hacia el artista. Aunque no es la primera vez que sucede este tipo de estragos contra de su obra. (…) Debido a la importancia y el posicionamiento que este artista ha logrado a través de los años ahora sus piezas son protegidas con fibras de vinilo que permiten una restauración ante este tipo de ataques.

La calle se convierte en un antimuseo donde todo fluye y nada permanece. La duración de la obra no está garantizada ni siquiera por un día. No puedes reservar tu entrada. Un grafiti se encuentra, te tropiezas con él a la vuelta de una esquina o en la tapia del colegio de tus hijos. Algunos artistas famosos han anunciado con antelación el título de su nueva obra pero no el lugar de la ciudad donde se encuentra. Comienza entonces una búsqueda frenética por parte de los adeptos para ser los primeros en contemplarla antes de que pueda ser alterada o destruida. Incluso robada (recorte de prensa de abril de 2014):
Siete obras callejeras del artista urbano británico Banksy se exhibieron hoy en Londres juntas por primera vez después de ser arrancadas de la pared y antes de ser vendidas en una polémica subasta benéfica. Un duro trabajo para extraerlos de los muros donde estaban y un largo y caro proceso de restauración realizado por la compañía Sincura Group han permitido que obras como el célebre mural "Niña con el globo" se presentasen en el lujoso hotel ME de la capital británica en la exposición "Robando a Banksy".
Se ha valorado de distinta forma la práctica de conservar los grafitis mediante fotografías o videos. Los integrados la defienden por tratarse, dicen, de una forma válida de enriquecer la cultura, de no permitir que ciertas obras valiosas se pierdan como lágrimas en el mar. Los apocalípticos la rechazan por su falta de respeto a las claves de un arte callejero que se basa en la fugacidad (hecho para no durar más de lo que dicta el azar) y la vivencia irrepetible (estar por casualidad donde acontece).

La reafirmación personal es el origen del grafiti.
A finales de los sesenta los adolescentes de la ciudad de Nueva York empezaron a escribir sus nombres y tags en las paredes del barrio, aunque en realidad utilizaban pseudónimos, para crearse así una identidad propia. Estos chicos escribían para sus amigos o incluso para sus enemigos. Quizás el ejemplo más significativo y a la vez el más conocido por todos sea el de Taki 183, un joven de origen griego que a la edad de 17 años comenzó a poner su apodo. Su verdadero nombre era Demetrius (de ahí el diminutivo “Taki”) y 183 era la calle donde vivía (poner el nombre de la calle fue un elemento usado por muchos más escritores).
Después vinieron las tribus urbanas con su iconografía identitaria: una forma de hablar, de vestir, de actuar, de marcar el territorio con emblemas. Finalmente se dio la transición de los símbolos al arte. Los auténticos grafiteros son una contracultura en lucha con el ethos y el eidos dominante. Los contenidos son muy variados pero tienen en común una intención contestataria: política, ecologista, racial, sexual, religiosa, satírica o simplemente insultante. Hace un mes el propio Banksy ha denunciado con un grafiti pintado ante la embajada francesa en Londres la violenta irrupción de la policía en la Jungla de Calais.

Muchas veces, más allá de la protesta, hay unos esquemas perceptivos opuestos a los que defiende el núcleo conservador de una cultura; son versiones innovadoras que van desde un objeto concreto (un coche, una tarjeta de crédito, un preservativo) a la visión global de la realidad (la sociedad de consumo, el trabajo, el Estado del bienestar). Aquí el grafiti enlaza con el pensamiento creador, la divergencia heurística, la tormenta de ideas. Es frecuente que dos o más grafiteros interactúen en un mismo espacio para completar una tesis sobre la pobreza, refutarla o desplegar variaciones sobre el mismo tema. Esta búsqueda de la intuición, de la interpretación insólita de un marco social es un elemento común a los grandes maestros  (los citados y otros: Blu, Claudia Walde, Seen, Sixeart, Obey, Os Gêmeos).

A excepción de estos últimos, el grafiti está actualmente en recesión a causa de las leyes que controlan la venta de pintura a los jóvenes, el endurecimiento de las penas, la “mala prensa”, las brigadas vecinales contra “la contaminación visual” o las campañas de “concienciación ciudadana”. Es cierto, que en algunas ciudades como Berlín o Nueva York se han reservado espacios a gran escala para la práctica del grafiti, pero se trata de un invento artificial, domesticado; otra forma de tolerancia represiva, en palabras de Marcuse, el gurú de la sociedad unidimensional.

Además, el arte del grafiti ha cambiado de lugar: parafraseando a Mallarmé, todo en el mundo existe para terminar en Internet… Una realidad paralela más tranquila, con más audiencia, con numerosas plataformas gráficas que producen todo tipo de soportes. Incluso existen sitios web que usan aplicaciones para la generación automática de formas plásticas o grafitis por ordenador. Hay páginas dedicadas a un solo equipo o a un sólo autor, páginas de la “escuela clásica”, páginas de trenes, chats, foros y un largo etcétera. En realidad las redes sociales imitan a los grafiteros (el muro de Facebook es el espacio virtual donde los usuarios pinchan sus mensajes). Pero esto es ya otra historia. Llevaba razón Ruskin cuando decía, al referirse a las catedrales góticas, que es más valioso un arte cuanto más puro es su estilo. Y el grafiti en Internet responde a su etapa barroca.

sábado, 16 de enero de 2016

Les armoires d' eau

 

À Paris, les premiers « armoires d’eau » (water closet), appelés aussi d’une belle façon « cases d’aisance », datent de 1840 à l’initiative du préfet de police Rambuteau qui ordonna l’installation des toilettes dans tous les foyers de la ville. Cependant, il a fallu attendre vingt ans encore pour avoir des toilettes pour femmes, malgré l’avis de certains groupes féministes qui, sous prétexte de l’égalité homme-femme, n’acceptaient pas la séparation et revendiquaient des toilettes unisexes. Une célèbre représentante du mouvement féministe, Colette Duclos, écrivait : « La femme est capable de tous les exercices de l’homme sauf de faire pipi debout contre un mur ». Bien que l’idée de toilettes communes semble absurde, car la position unisexe est évidemment plus commode. Voilà un texte de l’époque : Uriner assis pour les hommes a beaucoup d’avantages ! D’abord le côté hygiène, uriner assis est plus propre. Ensuite, selon les scientifiques, uriner assis réduit les troubles de la prostate et contribuerait à une vie sexuelle plus longue et plus épanouie ! En conséquence, DEFENDU POUR LES HOMMES DE FAIRE PIPI DEBOUT ! Mais si la loi sur le papier a l’air bonne, l’application est assez difficile : imaginez-vous des agents de police suivant les hommes aux toilettes pour voir s’ils urinent de la bonne manière ! C’est drôle.

Pourtant, l’histoire est devenue toute différente. C’est à Paris où les toilettes des femmes et des hommes sont séparées pour la première fois. L’événement historique est arrivé pendant un bal de la haute société. À partir des années 50, toutes les maisons parisiennes étaient équipées de toilettes à l’intérieur… Alors qu’il restait encore plus de trois milliards de personnes qui étaient obligées d’utiliser la nature ou la rue.

viernes, 15 de enero de 2016

Arte al aire libre. De todo un poco


El arte al aire libre es un género que incluye diversas modalidades. Una de las más conocidas es el arte callejero, entre cuyas formas de expresión se cuentan, por ejemplo, las bandas de las plazas turísticas con un repertorio universal, desde Los Platters a Madonna. O el músico solitario que se pelea con la pequeña serenata nocturna o desafina con el saxofón una pieza de Glenn Miller. O el sufrido hombre-orquesta cargado de artefactos sonoros, más cerca todos de la precariedad que del trabajo profesional; hoy desplazados por una legión de pedigüeños armados de karaokes.

Por cierto (aunque no se trate de arte propiamente), es cada vez más raro toparnos los sábados por la mañana en las ciudades, quizás por el acoso municipal, con el circo ambulante de marca gitana: la consabida trompeta, cabra acróbata, oso o perro inteligente y, a veces, una joven Esmeralda que baila al son del pandero. Han ocupado su lugar las mini-performances de marginados que representan en medio de la calzada un número relámpago de bolos o patines que dura un semáforo; o los mimos, que en los lugares más inesperados sorprenden a los paseantes con sus aspavientos.
Están incluidos en el arte al aire libre el programa estival de la banda municipal que toca en el quiosco del parque piezas arregladas de zarzuela o el concierto a la luz de las velas en un lugar emblemático de un conjunto de música étnica con instrumentos originales que redescubre los arcanos culturales del país; o el célebre recital de Les Luthiers en 2007 celebrado en el cruce de las calles Figueroa Alcorta y Pampa (barrio de Palermo, Ciudad de Buenos Aires) para conmemorar su cuarenta años de carrera, un espectáculo gratuito que convocó a más de sesenta mil personas. Y las veladas de cante jondo en las plazas y escenarios de Andalucía; una muy especial en la noche gaditana: las sesiones de Los jueves flamenco en el patio del Baluarte de la Candelaria organizados por la Peña del cantaor Enrique El Mellizo. O la cita anual de una orquesta sinfónica que interpreta a Sibelius o Ravel en los jardines de un palacio barroco; como los patrocinados en el mes de julio por Patrimonio Nacional en el Patio de Carruajes del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.la representación de Aida en los Festivales de Ópera de la Arena de Verona: camellos de verdad, palmeras y lotos, aceites y perfumes, cien esclavos nubios salidos de un casting y un Nilo desbordante que pasa por el Véneto... O las fiestas cortesanas en los reales sitios de Aranjuez que los borbones celebraban con música acuática a bordo de falúas ricamente engalanadas. Y los incombustibles Festivales de España, una de las pocas concesiones del franquismo a la cultura popular, que aun se celebran todos los veranos en lugares públicos à la belle étoile.
Ciertas manifestaciones escénicas, textuales, mixtas o globales responden al género: así, el concurso de jotas en la plaza principal de la ciudad durante la semana de Ferias y fiestas; o la comedia de un autor clásico representada en las ruinas de un teatro romano y salpicada de alusiones eróticas o políticas de actualidad; o la sesión nocturna en un cine de verano con un público de bota y tartera dispuesto a disfrutar de la película del oeste y la tortilla de patatas. En mi opinión, también es arte el buen teatro de guiñol, con esos héroes sin tiempo que desfacen entuertos a golpes de palmeta ante los gritos alarmados del público menudo. Igual que la cabra y la pandereta, ha desaparecido la farándula o compañía itinerante de teatro, heredera de los cómicos de la legua e incluso de la comedia del arte. ¡Quién no recuerda haber visto en una película española de antaño la llegada a un pueblo perdido de una camioneta destartalada de la que se bajaban unos tipos estrafalarios para anunciar a bombo y platillo una obra titulada Hermelinda o la virtud perdida! Lejos del arte escénico aunque dignos de mención callejera son los funámbulos o equilibristas que tienden su cable de acero entre los puntos más altos de una ciudad ante la mirada estremecida de grandes y chicos. Algunos han salvado rascacielos o han cruzado el Gran Cañón del Colorado con la ayuda de una pértiga. Pero el mayor espectáculo del mundo son los magos. ¡En 1983 el ilusionista David Copperfield con público y televisión en directo hizo desaparecer la Estatua de la libertad!


Asimismo, podemos incluir las esculturas de muy distinta calidad e intención que fueron creadas para ser expuestas de modo permanente en la vía pública o el campo: desde la insípida estatua del prócer de la ciudad de provincias con el dedo señalando al cielo hasta la obra de arte genuina, por ejemplo las figuras volumétricas de Botero, la figura ecuestre del condottiero Gattamelata de Donatello en Padua o el monumento a la madera de Gustavo Torner enclavado en un bello paraje del curso alto de río Escabas (Serranía de Cuenca) para conmemorar el VI Congreso Mundial Forestal
Más de lo mismo: algunos anuncios de carretera se han convertido en iconos del pop art, entre otros la botella de Tío Pepe de Gonzalez Byass, tolerada por la II República siempre que no levantara el brazo, o el toro de Osborne, a punto de desaparecer en 1994 por una orden del Reglamento General de Carreteras anulada tres años después por el Tribunal Supremo. Y las estatuas de bienvenida de algunas ciudades norteamericanas, como el leñador de la película Fargo de los hermanos Coen.

Entre las manifestaciones cercanas a la arquitectura destaca el trampantojo o trompe d’œil que se pinta o pega en ciertos edificios para dar continuidad a una fachada, crear un efecto imposible o simular un chaflán. O los murales sobre fachadas, tapias y paredes. Tienen especial interés los encargados por diversas instituciones (museos, corporaciones, estadios) a reconocidos artistas, como los realizados por Diego Rivera para la bolsa de valores de San Francisco o para los gigantes del sector automovilístico como Ford GM o Chrysler.

Por lo que respecta a la pintura, se ha puesto de moda la exposición en las calles de ciertos barrios populares de copias-carteles en tamaño original de cuadros conocidos de pintores clásicos o modernos cuya conmemoración se celebra. Suelen hacerse a partir de primavera para evitar que el mal tiempo deteriore las muestras de papel que, al final, alguno se llevará a casa. Sin olvidar al pintor dominical de la Plaza Mayor o del Rastro que exhibe en la acera sus paisajes de nubes y ríos que parecen de otro planeta o hace retratos y caricaturas express (lo mejor) a la carta.
Algunas formas del espectáculo al aire libre tienen indudablemente un contenido estético. Como el arte de la tauromaquia, al que José María de Cossío dedicó una enciclopedia considerada “La Biblia de los toros”. O las procesiones de Semana Santa sobre todo en las localidades donde las imágenes son obra de autores reconocidos. Aceptamos también Las Fallas por su parcial intención artística, con sus multicolores composiciones satíricas y sus ninots mofletudos de una rotunda estética kistch. Ambos de tradición valenciana, pasamos del culto al fuego del gremio de los carpinteros al de los pirotécnicos, uno de los oficios más antiguos, autores de los fuegos artificiales que en días señalados pueblan los cielos nocturnos de efectos visuales y sonoros. También son arte al aire libre los concursos florales en viveros y rosaledas para elegir entre los maestros floristas la rosa o la orquídea más bella. Y por supuesto, la jardinería, ese arte del diseño vegetal que desde el Paleolítico Superior se ocupa de imitar o mejorar (nada menos) las leyes de la naturaleza.

Pero el arte callejero por excelencia es el grafitti, al que dedicaremos la próxima entrada.

jueves, 7 de enero de 2016

¡Cuidado con el libro!


Lista informal  a completar (se admiten sugerencias) de lecturas en papel que no valen para nada salvo para estropear el gusto. Comienzo por los más jóvenes y  poco a poco intentaré afinar más.

La lectura rutinaria, edificante, casi religiosa, en los colegios de los relatos del tipo "Jaimito y los delfines", que consideran a los niños más infantiles de lo que son y de los que huyen a grandes trancos en cuanto pueden. Aunque son, en general, inocuos fomentan el peor contravalor de los libros: el aburrimiento.

La obligación de leer completa y en versión original La Celestina o cualquiera de las obras capitales de las letras españolas que el profesor de Literatura, en un alarde de autoengaño, prescribe al sufrido estudiante de Enseñanza Media (bajo pena de cate o calabazas). La consecuencia es, probablemente, la aversión de por vida del joven por todo lo que suene a obra mayor en cualquier lengua y especialmente la suya.

Las novelas de aventuras, ciencia ficción o pseudo históricas, series en varios tomos del tipo Harry Potter, basadas en el aumento recurrente, página tras página, de la intensidad del estímulo, lo que las convierte en un objeto de consumo compulsivo (y adictivo) repleto de acontecimientos cada vez más apabullantes.

Los best sellers de tema plano, tediosos e inverosímiles, véase Los pilares de la tierra, en los que desde la primera página está muy claro quienes son los buenos y los malos, blanco y negro sin grises, justo al revés que la vida, novelones donde se muestra sin resquicio que los malos están perdidos de antemano y no tienen la menor oportunidad por muchos embrollos que tenga el argumento. Su lema a favor del sistema (y nueva inversión de lo real): Vuela certera espada de la verdad, haz que el mal perezca y el bien prevalezca.

Las lecturas kistch “resumidas, adaptadas o actualizadas” de los clásicos. ¿Quién no ha padecido en la adolescencia la edición, echada a perder, del Conde de Montecristo o del Quijote?

Las biografías que se venden en los quioscos durante seis meses y te regalan la primera entrega con la prensa dominical. Vidas ejemplares de Napoleón, Gandhi, Lutero o Einstein. Son aluviones de historia, anecdotarios y frases para la posteridad. Parte de lo más sabroso es inventado o no verificado. Muchas son visiones idealizadas de personajes que no eran tan admirables en su vida pública o privada. Traducciones a granel del inglés. No vas a terminar el libro, la información que te interesa la puedes encontrar resumida en internet, en Wikipedia por ejemplo, y si te lo acabas ten la certeza de que podría haber empleado el tiempo en lecturas de más enjundia; o el efecto secundario de que conviertas al genio en un fetiche. ¡Atención, una buena biografía, como la de Chesterton sobre Dickens o la de Stefan Zweig sobre Balzac, es uno de los libros más raros que existen! Y para mayores de cincuenta años.

Los manuales titulados “Cómo triunfar en la vida” o "Cómo tener éxito con las chicas/os”. Son recetarios que valen para todos en general y nadie en particular. Luego no valen para nada. Una persona tiene que descubrir por sí misma desde su más tierna infancia cómo aprovechar sus oportunidades o como relacionarse con el otro sexo. A su manera. Existen ilimitadas posibilidades para un individuo de triunfar o fracasar en cada circunstancia irrepetible de su vida. Lo que vale para este no sirve para ese y mucho menos para aquel. Cada cual es cada cual y sus cadacualidades. Ya me contarán qué pintan aquí las normas universales. Ni se molesten. 

Continuará...

viernes, 11 de diciembre de 2015

Guillermo Brown siempre a flote



Siempre que encuentro alguien más o menos de mi edad, de gustos teóricos o éticos semejantes a los míos, alguien, en suma,  que entiende la vida como yo (es decir, que no la entiende en absoluto), no tengo que bucear mucho tiempo en lo más íntimo y congenial de sus recuerdos para que aparezca, nimbado de gloria, Guillermo Brown.
Fernando Savater, La infancia recuperada

Si hay un personaje literario que ha ocupado mis tres edades del hombre (¿o hay más?) ese es Guillermo Brown, el niño creado por la escritora inglesa Richmal Crompton a lo largo de treinta y ocho libros de apasionantes relatos. Títulos memorables como Guillermo el proscrito, G. hace de las suyas, G. el genial, G. el gánster, G. el luchador, G. el incomprendido, G. el amable, G. el rebelde, etc. Gran parte de la ironía y el buen humor que aun me quedan provienen de las aventuras de Guillermo. ¡Nunca me recuperaré de tanta felicidad! Tenía la colección completa de aquellos libros estupendos de la editorial Molino de portada sugerente, papel firme, letra grande y dibujos de trazo grueso que nos recuerdan el meollo de la acción; pero los he repartido a lo largo de los años, a mis hijos, a los amigos de mis hijos, a los amigos de los amigos de mis hijos. Tengo la impresión –por el silencio y la falta de entusiasmo- de que no se han leído más de diez páginas de aquellos dones impagables. A las nuevas generaciones les interesan otras cosas que no estoy dispuesto a repetir. Los libros originales de Guillermo son inencontrables. La editorial los ha reeditado en formatos insulsos (y me voy al eufemismo por respeto al personaje). Algunos se pueden conseguir de segunda mano en internet, otros en librerías de lance medio, por ejemplo en la Cuesta de Moyano. En ningún caso baratos.
Hace un año la misma editorial ha publicado (sin dibujos y con letra de mayores) un primer volumen recopilatorio titulado Las aventuras de Guillermo, que me puesto a releer al instante tras abandonar un fárrago infumable. ¡Qué delicioso reencuentro! Toda la fauna de la Inglaterra victoriana desfila por los episodios de R. Crompton en la mejor tradición del costumbrismo dickensiano. Aunque la sátira social es mucho más divertida que los Papeles de Pikwik donde todos los estrafalarios personajes son tontos del haba sin remedio. El lugar es un pueblo muy conservador y muy anglicano de la Inglaterra profunda, si es que este adjetivo se puede aplicar con rigor a los ingleses, demócratas de toda la vida, de toda la historia se podría decir. Guillermo pertenece a una familia de la clase media en la que el estatus social se dispara sobre otras con los mismos ingresos de, por ejemplo, una gran ciudad como Londres. Un medio social que no tiene que ver con la vida "en provincias" a la francesa. Ni con el cuelgue del terruño ancestral a la española. Es otra cosa que no sabría explicar. Nada de palurdos ni campos arados. Nada de fiestas ni romerías. Simplemente muy británico... En fin, con el anuncio de nuevas entregas sobre la saga voy a dedicarme a la tormentosa “relación” de cada miembro de la familia Brown con Guillermo y viceversa: desde el padre hasta el perro.
El señor Brown es un sólido varón de rutinas que hace oídos sordos a cualquier indicio de problema familiar, incluso si se lo tropieza en el pasillo. Es el arquetipo jungiano de patriarca del imperio colonial en batín zapatillas y pipa detrás de un periódico. Seguro de sí mismo pero "tolerante", conservador pero realista, de perfil plano pero con un razonable sentido del humor. Ignora a Guillermo por creer que el mundo de los niños es inaccesible (¡y más el de su hijo!) y porque cualquier falta de noticias, de no saber de Guillermo, significa un día más de paz en su sillón. Cuando se sientan a cenar lo mira fugazmente, con aprensión: las uñas descuidadas, el corbatín por el hombro, el pelo greñudo, el traje con las huellas de la última pelea de los proscritos... Que sea su madre la que se ocupe de los desperfectos, piensa. Rara vez lo sermonea, pero no porque no tenga motivos sino porque son demasiados;  y porque en el fondo considera a Guillermo un caso perdido. Uno de los valores victorianos más arraigados es la creencia en el destino. El niño, por su parte, equilibra al azar la cantidad de bien y de mal que ronda el mundo paterno. Es cierto que a veces Guillermo le da quebraderos de cabeza, pero también que le libra de amigos pelmazos, visitas inoportunas y vendedores inmunes al “lo siento”. Es lo que un pedante psicoanalista llamaría una relación ambivalente sin contenidos concretos.
La señora Brown (la madre de Guillermo para los proscritos: Pelirrojo, el lugarteniente, Douglas y Enrique) reparte el tiempo entre las labores domésticas y la vida social: toma el té por turno en casa de sus amigas, juega con la madre de Douglas el campeonato mensual de bridge, prepara una conferencia sobre prevención de la gota en la Casa de la Cultura o participa en una tómbola benéfica bajo el manto protector del vicario que siempre le pregunta por qué su hijo se cruza de acera cuando lo ve o acude tan poco a la catequesis. Lo cierto es que las relaciones del vicario con Guillermo no son especialmente cordiales porque si se lo encuentra en la calle le recuerda con cara patibularia la mugre de sus orejas, los zapatos embarrados y lo mucho que él y sus compinches desafinan en el coro dominical; y al despedirse no faltan pellizcos y pescozones. La señora Brown es una buena madre, incluso si Guillermo cumple un castigo por la última ocurrencia, por ejemplo jugar a los disfraces con el saco lleno que ha dejado el deshollinador detrás del cobertizo; entonces, antes de que se duerma, le lleva en secreto a la cama una enorme ración del pudding prohibido; aunque hace tiempo que ya no se traga el convincente simulacro de Guillermo enfermo por la mañana tras no haberse estudiado por enésima vez los verbos franceses.
Por lo demás, cuando en medio de una edificante obra de teatro en el Club Social del pueblo aterriza en el escenario un tropel de niños semidesnudos y aullantes encabezados por su hijo para mostrar sus habilidades dramáticas, la señora Brown opta por un moderado ataque de nervios o por un leve desmayo hasta que la sacan del local. Guillermo, por su parte, considera a su madre, como todos los niños, una fiel aliada, por lo que en los abundantes casos que sostienen discrepancias insalvables nunca le cuenta mentiras sino que le matiza su punto de vista: no comprendo para que hay que estudiar los estúpidos verbos franceses, nadie en el pueblo habla en francés, cuando sea mayor no pienso ir nunca a Francia, vosotros tampoco habláis francés, ni los padres de Pelirrojo

Guillermo tiene dos hermanos mayores y por las diferencias de edad posiblemente sea el resultado de un embarazo inesperado. Ethel es una linda jovencita de ojos azules, melena pelirroja y coquetería a raudales. Siempre hay un admirador de turno al que Guillermo exprime como un limón durante el corto período en que el joven disfruta del vago interés de su hermana. A cambio de decirle lo que quiere oír (todo inventado), de sugerirle favores que inclinarán de su lado la balanza y hacer de mensajero con billetes amorosos (que Guillermo y los proscritos leen en el cobertizo entre grandes risotadas) recibe propinas onerosas que invierten en golosinas y vituallas. Hasta que el ciclo toca a su fin, decae el interés de Ethel, la débil llama se extingue y surge sin disimulo el fastidio sartriano del otro. Guillermo sabe de sobra que ha llegado el momento de quitarse de en medio porque a partir de ahora  el joven puede ponerse muy desagradable. Ethel, que ignora tan pingües negocios, huye de su hermano menor por considerarlo un foco de problemas y un riesgo para sus planes (frustrados más de una vez por la intrusión de Guillermo y sus amigos, impresentables en su opinión). A su vez, Guillermo considera a su hermana, además de una fuente de medias coronas, una cursi relamida y una chivata. Nunca podrá entender las razones por las que ciertos infelices pierden la cabeza por ella.
Roberto, el hermano mayor, es un lechuguino de traje planchado y gomina que descubre todos los meses el amor de su vida en una beldad local que ha florecido en primavera o en una visitante de las muchas que se acercan al pueblo en vacaciones. Imagina que la adora sin condiciones, suspira en su cuarto por la noche pero no mucho, pierde el apetito relativamente y escribe versos arrebatados que declama de forma estentórea en el jardín ante un auditorio de proscritos y simpatizantes ocultos detrás del seto. Pero lo único que Roberto realmente adora es su propia persona. Se mira en el espejo y se gusta, se asombra de su estilo, “de su clase”. Las agraciadas (rivales mortales de Ethel), que no son tontas y menos en cuestiones sentimentales, pronto se dan cuenta de su majadería invencible y se ponen a cubierto. Alguna lo soporta una semana para realizar una investigación de campo sobre los recodos del alma masculina. Entonces el galán la lleva a su casa para presentársela a sus padres (nada emocionante para la joven) que se miran perplejos ante la desternillante puesta en escena; pero no hace lo mismo con Ethel para evitar miradas gélidas y epigramas, ni con Guillermo, para esquivar planes siniestros. El niño, en pleno período de latencia, no logra comprender que tienen las chicas para ser tan interesantes. Sólo una es distinta por su talento y osadía, sólo ELLA será digna de compartir las aventuras de los proscritos y merecer la rendida admiración del grupo: no es otra que la sin par Juanita. Las demás suelen ser remilgadas, aburridas, van vestidas de punta en blanco y si se acerca más de la cuenta le dicen cortantes: Adiós Guillermo, no queremos jugar contigo porque eres un niño bruto y maleducado
Pero la tarde es joven y hasta mañana no hay que volver al odiado colegio. Siempre les acompaña Jumble, el chucho de Guillermo que como su propio nombre indica es una mezcla indescifrable de razas y pelajes. Corretea al lado de los proscritos, se mete con ellos en todos los charcos y zarzales, los mira con ojos encendidos cuando se suben a los árboles y corre detrás de conejos imaginarios al grito de ¡Atrápalo, Jumble! Hoy puede ser de nuevo el personaje de una peligrosa aventura, hacer de monstruo prehistórico, caballo de rodeo o león de la sabana. Tiempo hay de averiguarlo. Lo único seguro es que Jumble ladrará alegremente a las mariposas, saltara entre los arbustos, saludará a los vagabundos y, si el demonio lo tienta, plantará sus patas delanteras en el vestido inmaculado de una niña o se meterá entre las botas de un guardabosques furioso que los persigue por haber cortado ramas para hacerse una cabaña. Mañana el padre de Guillermo recibirá una nota de su amigo el juez de paz.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Historia de la filosofía. Sartre, el fantasma de la libertad


Según Jean Paul-Sartre (1905-1980) el hombre es constitutivamente un ser libre. La conocida frase la existencia precede a la esencia significa que no hay ningún elemento identificador, ninguna propiedad esencial, ninguna definición que nos permita comprender en qué consiste la naturaleza humana. El hombre es... cualquier cosa que haga de sí mismo. Somos como el personaje de una novela que se construye en cada página.
La antropología filosófica se enfrenta sin solución con el carácter irreductible del sujeto. Cada hombre es un proyecto abierto, una existencia por hacer sin que podamos avanzar un paso en sus atributos. El yo vacío (una entelequia) es anterior a cualquier acto de la voluntad. Cualquier determinación es posterior y forma parte de un proyecto en curso. A la pregunta crucial sobre cuál es el sentido de la vida, la respuesta es: el que cada uno quiera darle. El sentido, por lo demás, es la suma de las elecciones que hacemos en cualquier momento.
La existencia del hombre es pura indeterminación, nadificación, existencia no mediatizada sin que nada la oriente. Es una libertad puramente abstracta, formal, no establecida por valores o fines previos; una existencia en la que todo cabe como proyecto al que no es posible renunciar. No podemos no elegir (incluso cuando elegimos la opción del suicidio). No somos libres de dejar de ser libres. Aunque decidamos que otros, los sabios, los principios religiosos o los usos sociales elijan por nosotros, estamos ya escogiendo un modo de ser. La función de la sociedad como sistema compartido de reglas es apartar al individuo de la exigencia radical de su mismidad. El infierno son los otros.
Ese elegir ilusorio el no ser nosotros mismos es lo que Sartre llama la mala fe. La mala fe consiste en el vano intento de evitar la angustia de decidir (lo cual tenemos que hacer en cualquier caso) y trasladar la elección a otras instancias. Los cobardes se esconden bajo las normas.
Lo contrario de la mala fe es la autenticidad, la conciencia segura o frágil que asume la carga insoslayable de la libertad. Quien es auténtico asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es. A partir de la carencia original que supone la libertad vacía, sin referencia ontológica (el mundo como tal es opacidad impenetrable), ideológica (incluida la idea de Dios) o axiológica (valores éticos), la existencia, un espacio indefinido, intenta delimitar su esencia sin que pueda renunciar a ese quehacer angustioso e incierto. Estamos condenados a ser libres. (El existencialismo: una filosofía de entreguerras).

viernes, 13 de noviembre de 2015

El ángel de la muerte


Hay cinco formas esenciales de la muerte trágica.
Cuando mueres joven.
Cuando muere un niño.
Cuando muere un hijo antes que el padre.
Cuando mueres demasiado viejo.
Cuando mueres en la plenitud de la vida.

En la última se produce la escisión antagónica de cuerpo y alma. Está descrita por Proust en la búsqueda del tiempo perdido cuando reflexiona sobre la muerte de la abuela de Marcel. Su prosa, frases sin riberas, es un ancho Nilo del lenguaje en el que se desbordan las fértiles aguas de la verdad (Walter Benjamin). El cuerpo material, enfermo y acabado, se rebela contra el alma espiritual, activa y diligente, presta a la andadura, llena de sabiduría y prudencia. Los grandes artistas, como Thomas Mann, se han obsesionado con la idea de la muerte. En su obra maestra, La Montaña Mágica, cuerpo y alma están unidos de forma antinatural, son enemigos irreconciliables, principios excluyentes. El ascenso del espíritu de los pacientes del sanatorio alpino es paralelo a la consunción de sus cuerpos. Exitus letalis.

El alma, la parte no natural del hombre, el milagro del pensamiento y la palabra. ¿Cómo es posible relacionar el cerebro, esa masa blanda y rugosa, con Las bodas de Fígaro, La divina comedia o Don Quijote? Veni Creator Spiritus, el comienzo de la Sinfonía número 8 de Gustav Mahler: un canto coral a la vida perdurable, a la redención de la finitud por la música. Sólo el arte puede engañar a la parca permitiendo al escritor, como Sísifo, vivir en la memoria colectiva... O al revés, El triunfo de la muerte de Pieter Brueghel: en vano un caballero desenvaina su espada contra una legión de cuerpos descarnados. Todos los estratos sociales están incluidos en el cuadro sin que el oro, el poder, la religión o el arte puedan salvarlos (¿aparece el pintor en el cuadro?). Solo el amor carnal permite olvidar un instante: una pareja en la parte inferior permanece ajena a la muerte.

El cuerpo, la parte natural del hombre. La filosofía de Alan Watts y la generación beat: el cuerpo es el verdadero templo del espíritu; abarca la totalidad del universo, es la conciencia cósmica, el yunque de los sentidos, el recipiente de la libertad sexual y las perversiones. Morir joven es el ideal de los que apuran hasta la última gota de la copa. Jack Kerouac murió a los 47 años debido al alcoholismo. William Borrougs, adicto a la heroína, descendió una y otra vez a los infiernos. Allen Ginsberg, el poeta del grito, la libertad sexual y la locura, buscó la lucidez en el peyote y el ácido lisérgico. Splendet dum frangitur.

Cuerpo y alma unidos y separados. El dualismo permite desafiar al ángel de la muerte. La resurrección de los cuerpos y la transmigración de las almas. Platón demostró mediante cuatro pruebas la inmortalidad del alma. La del hombre de conocimiento retorna al mundo de las ideas donde recobra su origen divino. Puesto que no podemos vencer a la muerte que sea un aliado. La filosofía es una preparación para el último viaje. El alma anhela el tránsito y culminar su destino. O el postulado kantiano de la inmortalidad del alma: la razón práctica exige el cumplimiento pleno de la virtud, el acuerdo final de la voluntad con la ley moral, la perfección inalcanzable en este mundo... Un ideal que sólo puede realizarse si la existencia se prolonga de forma ilimitada en el tiempo. Luego el alma tiene que sobrevivir al cuerpo. Un más allá pietista, protestante, poblado de pálidos fantasmas bruñendo eternamente los tesoros de la santidad. O al revés, la negación de los espíritus de Kant en los versos finales del segundo soneto teológico de Agustín García Calvo.

Pero no hay Dios ni hay Ley que a contradanza
no se pueda bailar. Tu muerte es tuya.
Tu no saber es toda tu esperanza.