lunes, 27 de junio de 2016

Los jubilados de la Biblioteca Nacional


Si hay en este país una institución que funciona es la Biblioteca Nacional de España. Merece premios en varias exposiciones, como los naipes de Heraclio Fournier. Necesitaría muchas páginas para expresar mi admiración y agradecimiento a esta gran casa. Visito la sala general de la Biblioteca Nacional de España desde mis tiempos de estudiante universitario. Durante la carrera frecuenté la BNE para redactar mi tesis de licenciatura. También su hemeroteca para consultar la prensa del siglo XIX. Hoy todo está digitalizado. También iba a estudiar en época de exámenes y a sacar libros prestados (entonces aún se podía). Unas de mis pesadillas recurrentes es que descubro en un cajón olvidado de una casa en la que hace mucho que no vivo un libro de la Biblioteca que debería haber devuelto hace años.
Desde hace cinco voy un día a la semana a leer los Episodios nacionales de Galdós. He compartido mesa y conversación con una multitud de amigos. Muchas entradas de mi blog han nacido en los pupitres de la sala general. Hoy me he quedado en blanco. Ni una mala ocurrencia que llevarme a la boca. De pronto me he acordado del genial chiste de Mingote en el que se ve el cuadro de las Meninas trucado, con los personajes, incluido el perro, entrando en tropel por la puerta del fondo. Velázquez, ensimismado, ajeno a lo que pasa a sus espaldas, con el pincel y la paleta en las manos, mira el bastidor y susurra en voz baja: ¡Hay días en que no se le ocurre a uno nada!
¿Por qué no escribir sobre lo que veo desde el pupitre 287, mi preferido? Con La Colmena de Cela delante me dispongo a divagar sobre los jubilados que pueblan a diario la sala general. Se aprietan en las filas del fondo sur donde no se permiten ordenadores. Es ley de vida y una gozada. No se oye el tecleo de cien dedos a la vez, ni los pitos y flautas de los avisos de Windows. Como mucho suena de vez en cuando un móvil con música de los ochenta.
Lo primero que me llama la atención es que algunos vienen a algo más que a leer. A mediodía llega una pareja, Esteban y Luis B. Se toman su tiempo, colocan en el pupitre las plumas, las carpetas y las gafas, se acercan al mostrador a por el cajetín de pedidos… y se van. Dos horas más tarde vuelven. Recogen sus cosas entre risas y a casita que llueve. Intrigado, un día decidí seguirlos. El caso de los alegres jubilados. El secreto era la cafetería. Todo de marca, trago largo y a buen precio. Un par de lingotazos y a otra cosa. Por cierto, el menú del día es bueno, bonito y barato. Otros lectores desparecen para darse una vuelta por las salas de exposiciones o por la librería de la planta baja. Puedes encontrar ofertas sorprendentes del servicio de publicaciones de la propia biblioteca. También resulta agradable sentarse al sol otoñal en los bancos de la calle. Sergio es un habitual con el que charlo a menudo en la escalinata de la puerta principal bajo las imponentes estatuas de San Isidoro y Alfonso X el Sabio. Viene todos los días de lunes a viernes. Vive cerca y se encuentra a sus anchas envuelto en mamotretos. Entra y sale cada media hora. Es imposible clasificar sus lecturas. Van desde la Ciencia de la Lógica de Hegel, hasta Como apostar en las carreras de caballos, pasando por un tomo sobre Mariposas del mundo. Todo en el mismo día; mañana más.
Lo contrario de la pareja de alegres bebedores es un señor de edad avanzada, cabello blanco, largo por detrás, patillas en hacha, con pinta de sabio despistado, que trabaja sin levantar la vista de un estudio interminable sobre la Lozana andaluza. Ramiro lleva años con su particular torre de Babel. ¿Por qué ese empeño en una obra tan breve? le pregunté en una ocasión. Hay que llevar las cosas hasta el final. Al cabo de un tiempo descubres que todo se relaciona con todo, respondió.
He conocido a Roque, un jubilado de casi ochenta años que trabaja sobre la Desamortización de Mendizábal en Guadalajara. Está siempre rodeado de legajos y carpetas viejas. Solo se levanta para ir a la sala de reprografía y volver con otro montón de papeles. Se deja la mitad de la pensión en fotocopias. ¿Por qué te interesa tanto el asunto? le dije un día. Porque mi hija vive en Guadalajara, su marido es de allí. En uno de mis viajes, su abuelo me hablo del tema y me pareció apasionante. No se puede entender la España actual sin la desamortización porque... (en este punto emprendo la retirada). Otros jubilados de larga duración se inclinan por los entresijos de la Guerra Civil Española. Quieren averiguar lo que realmente pasó, sin prejuicios ideológicos ni visiones sectarias, por más que la cosa sea evidente. Cuando se cansan de tanta objetividad se dedican a las biografías de Carrillo, Suárez o Juan Carlos I.  
Los prejubilados prefieren continuar con los temas de su carrera o trabajo. Es una forma de asumir el cambio de rol y resocializarse sin traumas, de someterse a una especie de cámara de descomprensión mental. Son especialmente pertinaces los que fueron abogados. Les chiflan los tomos de derecho natural o legislación comparada. Toman notas con su vieja Parker a una velocidad de vértigo. ¿Qué harán con ellas? Si tienen algún retoño abogado, lo compadezco. Un conocido del barrio, veterano notario, Don Porfirio, se dedica a revisar las actas de la Inquisición de Toledo. Según él, los juicios eran desde un punto de vista jurídico un modelo de garantías procesales. Puede ser, lo cierto es que la sentencia estaba vista y el reo despachado antes de empezar. Marcial repule la letra de ciertos artículos de la Constitución Española, algo ambiguos, según él. Durante un tiempo (luego dejó de venir) coincidí con Álvaro, un ingeniero industrial que había tenido un cargo directivo en Fenosa. Durante media hora consultaba tratados de electricidad repletos de fórmulas matemáticas. Después se marchaba. Cuando le pregunté si le compensaba venir para estar sólo un rato, me dijo: No me voy. Subo a la hemeroteca para leer tranquilamente la prensa deportiva y las revistas de informática. ¡Hay que estar al día!
Una señora mayor de edad indefinida -luego me enteré que era profesora de latín y monja teresiana- se sentaba habitualmente en la mesa de la sala donde están los libros de religión y teología. Siempre estaba enfrascada en tratados diversos (San Agustín, la mística renacentista o los teólogos luteranos de moda). No investigaba nada concreto salvo sus propias convicciones. Tras ganarme su confianza con charlas sobre asuntos morales, un día le comenté de pasada: Todos estos estudios, tantas obras, tantas páginas, tantas vidas dedicadas a la causa infinita… ¿Y si resulta que Dios no existe, como afirma Stephen Hawking? La contestación fue fulminante: En tal caso Dios existirá siempre en estos libros y en nuestros corazones porque el ser humano necesita su presencia aunque no lo reconozca.
Puedes identificar a los humanistas grecolatinos, como Cosme y Pantaleón, por su traje y corbata, calvos con guedejas y edad indefinida. Los ves ir y venir a consultar los textos de los clásicos. Algunos siguen en la brecha colaborando con editoriales y cursos. Son impenetrables como el en sí sartriano. Sólo hablan con los extraños de filología y de muy mala gana.
Otros jubilados pasan la mañana en la sala de ordenadores. La señora los despacha a las nueve hasta la hora de comer. Se trabajan la prensa, Facebook, YouTube o navegan a la deriva (incluso por aguas procelosas, como los casinos, apuestas o páginas eróticas); los he visto jugar al ajedrez en línea. Alfonso se dedica a investigar en Internet todo lo relativo a ofertas de trabajo para sus hijos y nietos. Jaime es una autoridad en el Boletín Oficial del Estado (desde 2006 no se edita en papel). Vivimos tiempos difíciles. No me atrevo a preguntarles cuantos dependen de su pensión.
Estoy convencido de que algunos se van a la zona de estudiantes y escriben sus memorias en un portátil porque es más llevadero rescatar los recuerdos con un programa que con lápiz y papel. En el fondo, todos los jubilados los renuevan con sus hábitos de lector. Descubren su vida mediante las obras que eligen. Como afirmó Mallarmé: Todo en el mundo existe para terminar en un libro.

jueves, 16 de junio de 2016

Sobre la asignatura de filosofía en el Bachillerato



La práctica eliminación de la  Filosofía en el Bachillerato prevista en la actual ley de educación ha suscitado numerosos argumentos en contra por parte de los sectores implicados (la mayoría docentes). Los resumo (me salen tres; insisto: mis comentarios se refieren exclusivamente al lugar de la filosofía en el bachillerato):

El primer argumento es profuso en la forma (“la Filosofía es una de los pilares de la Cultura Occidental"...) pero gremial en el fondo; y, por supuesto legítimo, porque lo que está en juego son los puestos de trabajo. Primum vivere, deinde philosophari. ¡Salvemos a la filosofía de sus entusiastas!

El segundo es difuso: la filosofía promueve la reflexión, la racionalidad y las actitudes críticas. De acuerdo, pero también lo promueve el estudio de la historia, el latín, la lengua o las matemáticas. Es un saber que invita a tratar en el aula los problemas concretos que nos envuelven… Vale, pero la experiencia muestra con demasiada frecuencia la mutación de una disciplina académica en una casuística existencial, en una antropología de salón, en un cajón de sastre donde los asuntos inmediatos, las noticias de actualidad, incluso las vivencias personales, se imponen a la transmisión de conocimientos objetivos. Es decir, la filosofía entendida como charla y opinión, lo contrario de lo que es.

El tercero es confuso: presenta a la filosofía como una especie de saber primero y fundamental a partir del cual podemos comprender el lugar y el contenido de las demás ciencias (o asignaturas). Dudo que el argumento, tomado de Aristóteles y Descartes entre otros, tenga validez en los tiempos que corren. Cualquier arqueología del saber es interna y pertenece en exclusiva a la ciencia de que se trate. Por lo demás, no confundamos la interdisciplinariedad con las especulaciones metafísicas. El resultado es una clase donde el profesor habla mucho y el alumno aprende poco: no le interesa, se aburre, desconecta. Le daría igual saberse de memoria la guía telefónica, seamos sinceros.

Dicho esto, es cierto que los representantes del pensamiento único de nuestro país han decidido demoler la filosofía en las enseñanzas medias (sabido es que le tenían ganas desde hace tiempo). Para empezar, el poder público siempre ha desconfiado, incluso ha tenido pavor, de cualquier planteamiento reflexivo que lo ponga en cuestión. ¡Así nos va!

Por si sirve de algo por poco que sea, yo conformaría del siguiente modo la materia de filosofía en los planes de estudio del Bachillerato:

PRIMERO DE BACHILLERATO
Introducción a la ciencia política.
Obligatoria en todas las modalidades (cuatro horas semanales).

Ética social y política.
Obligatoria en todas las modalidades (dos horas semanales).

SEGUNDO DE BACHILLERATO
Historia de las ideas políticas y sociales. Obligatoria en todas las modalidades (cuatro horas semanales). Obligatoria en Selectividad.

Historia de la Filosofía y de la ciencia.
Opcional en todas las modalidades (tres horas semanales). Opcional en Selectividad.

Los criterios de mi elección son: trabajo para todos, utilidad colectiva a medio plazo y formación efectiva para el alumno.
-----------------------------------
Soy Catedrático de Filosofía de Bachillerato. He pertenecido a la Comisión de Filosofía que elaboró el currículo estatal de las asignaturas de Historia de la Filosofía y Filosofía en la LOCE.
Además he sido encargado y coautor de los libros de texto de Filosofía e Historia de la filosofía del CIDEAD (actual Bachillerato a Distancia, dependiente del Ministerio de Educación y Cultura).
También he sido asesor técnico del Ministerio de Educación y Cultura para la elaboración de los curricula y los libros de texto de Bachillerato de la asignatura de Filosofía de la República de Guinea Ecuatorial.

domingo, 5 de junio de 2016

La obra de arte total


Una forma sencilla pero útil de clasificar las artes es dividirlas en visuales, auditivas, textuales y mixtas.
- Artes visuales. Son las denominadas artes plásticas e incluyen la pintura, la escultura y la arquitectura.
- Artes auditivas. Incluyen las artes asociadas al sonido que utilizan la música sinfónica, polifónica o de cámara.
- Artes textuales. Incluyen los distintos géneros literarios narrativos o poéticos.
- Artes mixtas. Combinan todos los medios anteriores. Son la ópera, la danza, el teatro y el cine, que incluye todos los medios posibles, sin duda el arte más popular de nuestro tiempo.
Volvamos a la idea romántica de “Obra de arte total”. El término alemán Gesamtkunstwerk fue acuñado por el compositor Richard Wagner para referirse a una producción mixta que integraba la música, el teatro, el libreto y las artes visuales. Influido por las ideas de Nietzsche, afirmó que la primera Gesamtkunstwerk fue la Tragedia Griega. Se han dado ejemplos anteriores y posteriores. El primero son las pirámides egipcias; posteriormente las catedrales medievales; luego el drama musical wagneriano y actualmente el cine.

Nos vamos a centrar en las pirámides, desde las edificaciones escalonadas de Saqqara hasta las clásicas de la Meseta de Guiza cerca de El Cairo. Como es sabido, las pirámides son grandes complejos funerarios cuya simplicidad geométrica (no digo arquitectónica) va unida a una inagotable constelación de significados y símbolos… hasta el punto de que todavía circulan teorías sobre los procedimientos técnicos utilizados. Las pirámides son una de las construcciones más bellas y misteriosas de la humanidad. Su diseño interior es muy sofisticado: las distintas cámaras (de descarga, real, subterránea) comunicadas mediante canales, los corredores de servicio, la galería grande y la de ventilación, la entrada verdadera y las falsas de los laberintos de protección... Es un mundo fascinante. Actualmente están casi vacías a causa de las sucesivas generaciones de ladrones, aunque el esplendor de las cámaras reales que se han librado del saqueo nos permite deducir las maravillas que contenían. Basta con pensar en la tumba del joven Tutankamón, un faraón de segunda fila enterrado en el Valle de los Reyes. Su tamaño reducido fue la razón de que la encontraran intacta en 1922. ¡Y qué tesoros había dentro! ¿Podemos imaginar los que contenía la gran pirámide de Keops?

Pinturas policromadas decoraban los muros de la cámara reales con temas alusivos a la vida del faraón: familiares, institucionales, bélicos o cinegéticos. En otra pared se mostraban escenas del tránsito de la vida mortal a la inmortal del faraón sacadas del Libro de los muertos. Enfrente, pinturas con todo tipo de motivos ornamentales: lotos, ofrendas florales o bien figuras de animales sagrados y profanos.
También las artes menores tenían su lugar. En tableros labrados se distribuían los objetos favoritos del difunto: joyas realizadas por los más finos orfebres, lujosas lámparas de aceite, vasijas con bebidas espirituosas y recipientes con ungüentos y perfumes. Nunca faltaba el juego de vasos canopes con las vísceras. De pie, la armadura ceremonial con las armas y en un rincón su carro de combate con un látigo de empuñadura áurea, ligeras lanzas arrojadizas y las máscaras imponentes de los caballos.

Sin olvidarnos de la escultura. El mismo sarcófago antropomorfo era una creación de primer orden. En lugares bien visibles se erguían bustos de mármol, basalto o bronce del faraón, esposa e hijos. También había estatuas sedentes o de cuerpo completo, de pie, idealizadas y solemnes. Eran esculturas robustas que debían soportar durante la eternidad el Ka o doble espiritual. Alrededor del sarcófago se colocaban efigies de los primeros dioses, Ra la deidad solar, el misterioso dios Amón y la diosa madre Isis. Asimismo, estatuillas de mármol de animales sagrados como el escarabajo, la cobra, el chacal o el cocodrilo. Por todas partes abundaban imágenes de los trabajos domésticos y las labores agrícolas o ganaderas. Otras, semejantes a momias, representaban a los que sirvieron lealmente al Rey y a su familia. Desde su última morada, el faraón se acordaba de sus siervos y esclavos.

También las artes textuales tenían su lugar en la cámara. Los documentos más antiguos fueron encontrados en la tumba del rey predinástico Horus Escorpión en 1997. Datan de hace 3.300 años. Desgraciadamente, muchos vestigios fabricados con materiales frágiles como el papiro se han perdido en la noche de los tiempos. Sólo se han conservado los jeroglíficos grabados en piedra o metal, incluso en madera, por ejemplo las inscripciones de los sarcófagos. Se sabe que se depositaban en lujosos estantes los escritos fúnebres como el Libro de los muertos junto con los himnos y poemas dedicados al rey dios. También se conservaba el epistolario junto con sus obras literarias preferidas. Cabe pensar en nuestros libros de lectura de la mesilla de noche.

Podemos, finalmente, reconstruir el papel que desempeñaba la danza y la música en el entramado cultural de la pirámide. En el exterior, cuando iba el faraón con la corte y los sacerdotes a supervisar las obras o bien durante la procesión fúnebre que lo conducía a su tumba... a lo largo de una avenida flanqueada por esfinges y obeliscos, grupos de percusionistas sacudían el aire con el ritmo trepidante de tambores, címbalos y sistros. Detrás, los músicos convertían la ceremonia en una fiesta en honor al monarca vivo o muerto tocando arpas, chirimías, guitarras y trompetas. Grupos de bailarinas cimbreaban sus cuerpos al son de vibrantes melodías. Cerraba el cortejo un coro femenino que cantaba los himnos laudatorios. En el interior de la pirámide, con el faraón de cuerpo presente, en presencia de la familia, los allegados y altos cargos del Estado, miembros de la casta sacerdotal entonaban una salmodia de despedida que clausuraba la ceremonia. Uno no puede menos que pensar en el Canto Gregoriano de los monjes.

domingo, 29 de mayo de 2016

Los Stradivarius del Palacio Real


Todo en los Stradivarius es leyenda. Su estampa esbelta, su finísimo acabado, la madera tornasolada, la etiqueta con la firma, el año y el lugar donde fueron construidos… Más de tres siglos de historia los contemplan. Simbolizan el arquetipo jungiano de LA PERFECCIÓN. De los mil doscientos que fabricó Antonio Stradivarius (1644-1737), el gran luthier de Cremona, quedan seiscientos cincuenta conocidos. Se supone que algunos no catalogados pertenecen a coleccionistas privados que por distintos motivos no los sacan a la luz. Otros aparecen en los lugares más inesperados, como el que se encontró en buen estado por los años setenta en un prostíbulo español. En 2006 saltó la noticia de que un campesino colombiano era el propietario desde hacía medio siglo de un Stradivarius fabricado en 1713 y valorado en 1,5 millones de dólares. Lo consiguió a cambio de tres sacos de café y a pesar de su condición social no quiso venderlo por "motivos sentimentales". Son muy sonados los robos. La página del FBI incluye entre los objetos de arte más buscados el Davidoff-Morini Stradivarius, tasado en tres millones de dólares, que desapareció en 2005 del apartamento de Erica Morini en Nueva York. Nunca más se supo. Los precios que alcanzan en las subastas son mareantes.
El llamado Lady Blunt (debe su nombre a Anne Blunt, nieta de Lord Byron y propietaria del violín durante 30 años) pertenecía en 2011 a la Nippon Music Foundation hasta que fue subastado en la Casa Tarisio. Alcanzó el precio más alto hasta ahora: 16 millones de dólares. Hay teorías sobre las causas de su excepcional sonido: su barniz único, el lavado y secado de las maderas de arce y abeto, las conjeturas románticas del tronco de árbol sacado del río o la utilización de las cuadernas de barcos hundidos. Otras todavía son más extravagantes. Circulan por la red con una solvencia pasmosa. Según parece, la explicación más sensata es la presencia de partículas metálicas en la madera, lo que sugiere que Stradivarius utilizó en su taller disoluciones de sales minerales para conferir a sus instrumentos la intensidad sonora que los caracteriza.

Aceptamos, por tanto, que cuando escuchamos un Stradivarius lo hacemos desde un marco de creencias y supuestos. Prejuicios (en el sentido más neutral del término). Son los ídolos del foro del filósofo Francis Bacon o los constructos de la psicología cognitiva que anticipan el significado de la percepción. De acuerdo; pero es imposible renunciar al mito. Un punto de magia resulta irresistible. Los mitos nos rodean. La sabiduría consiste en atender a los que nos devuelven a la edad de oro, al paraíso perdido, a la región de la inocencia y la felicidad. Et in Arcadia Ego: renunciemos por una vez a la losa del sentido común (un buen aficionado a la música no tiene competencia para distinguir un Stradivarius de otro violín) o a la eficiencia de la tecnología (la fabricación de violines de gama alta es tan depurada que ni los profesionales los diferencian con rigor). Ignoremos a los luthiers aguafiestas partidarios de que los violines actuales superan a los Stradivarius o Guarnerius, que han sido retocados, restaurados, barnizados muchas veces o con desperfectos imposibles de reparar. Huyamos de los científicos de la Universidad de Minnesota que han recurrido a escáneres de tomografía axial (sic) y otros artilugios para violar las intimidades de un Stradivarius. El misterio permanece. Mucha jerga físico-química y pocas conclusiones fiables. Los datos de tan prosaicos manejos han permitido a los de la bata blanca construir una copia exacta del violín… pero no sonaba igual. En realidad, ningún Stradivarius suena igual a otro. Las leyes científicas no valen. El artesano italiano representa la antítesis de cualquier proceso de reproducción en serie. Fabricaba sus instrumentos ad hominem, pensando en el intérprete. Se adaptaba a las virtudes y exigencias del personaje. Se trata de piezas únicas con unas características especiales. Cada violín tiene unos rasgos tímbricos irrepetibles.
Grandes violinistas del siglo XX como Yehudi Menuhin, David Oistrakh o Jascha Heifetz estaban de acuerdo en que no era fácil entenderse con un Stradivarius. Era preciso ganárselo a pulso. Se requería paciencia, ensayos y versatilidad para que el instrumento entregara sus tesoros sin condiciones. Parecía que sentía nostalgia por su primer dueño, que rechazaba al intruso que se atrevía a suplantarlo. El proceso recuerda los fragmentos de un discurso amoroso.

Cuando el maestro de Cremona desapareció a los noventa y tres años, sus seguidores continuaron la tradición pero no alcanzaron su excelencia. Además han circulado numerosas falsificaciones con suerte desigual. Pues bien, la colección de Stradivarius más valiosa que existe en el mundo es el conjunto de cuatro instrumentos (dos violines, una viola y un violonchelo) llamados españoles, palatinos o de la Colección Real. Están fechados por este orden en 1709, 1709, 1696 y 1697, se conservan en el Palacio Real de Madrid y pertenecen a Patrimonio Nacional desde que Carlos III los adquirió en 1772. Se estima a la baja que el valor de cada pieza oscila entre veinticinco y cuarenta millones de dólares (el violonchelo es la pieza más valiosa). Están expuestos en una sala del Palacio Real donde se pueden admirar en todo su esplendor. Copio de la publicación de Patrimonio Nacional:


El propio Stradivari decoró algunos de sus violines primorosamente, fileteando el contorno de las tapas superior e inferior con incrustaciones de marfil y cubriendo de arabescos y figuras de animales y de cupidos los aros y clavijeros. De estas maravillas han llegado a nuestros días únicamente once. No hay más. De ahí su incalculable valor. Lo verdaderamente importante desde el punto de vista musical es que el cuarteto de la colección Real de Madrid es, propiamente dicho, el único conjunto de instrumentos de cuerdas, ornamentado o no, creado por Stradivari como conjunto, con el propósito de que sonaran a la vez. No son cuatro instrumentos reunidos por coleccionistas, sino un cuarteto, un conjunto, y nació para serlo. Lo que significa que en este caso –y solo en este- la consecución de un color sonoro común, que es una de las tareas más difíciles que afrontan los cuartetistas, no es solo cometido de ellos, sino también, a trescientos años de distancia, del constructor de los instrumentos.


Por cierto, en 2012, durante una sesión fotográfica, el violonchelo se cayó al suelo y se partió el mástil. ¡Como lo cuento! Por suerte era la única parte no original del instrumento que fue cambiada un siglo después de su construcción a causa de las tendencias musicales del momento. El violonchelo ha sido restaurado por el mejor luthier italiano actual, incluso mejorado, según fuentes de Palacio. Entre todos hemos pagado con gusto la factura.

El día 18 de mayo asistí al último concierto del cuarteto palatino que Patrimonio Nacional programa periódicamente en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid. Como subraya el encargado de la colección: es imprescindible tocarlos, mejoran con el uso y al contrario si no se ejercitan les pasa lo que un pura sangre: pierden la forma. Estar allí es un privilegio. La mayoría de las entradas se distribuyen por invitación y solo una cuantas pueden adquirirse por internet. ¡Imagínense lo que duran! El concierto estaba a cargo del Cuarteto Gewandhaus, uno de los más antiguos y prestigiosos de Europa. Interpretó un cuarteto de Mozart, otro de Franz Schubert, un movimiento de otro cuarteto también de Schubert y, del mismo autor, un bis. Estas son mis impresiones, en realidad opiniones profanas, influenciado por los idola fori de la leyenda.

Lo primero que sientes en ese marco incomparable es la amplitud sonora del conjunto, su potencia increíble, su fuerza viva. En los pasajes “más sinfónicos” del cuarteto de Schubert parece que toca la sección de cuerda de una orquesta. El Salón de Columnas, el Palacio Real, se llena de una paleta sonora inabarcable. Es conmovedora la expresividad exquisita de cada instrumento, especialmente del violín solista. Los fraseos y variaciones ponen al público en vilo y las intervenciones del violonchelo son un capítulo aparte: surge dominante un sonido profundo, aterciopelado que parece venir de otra época. A su vez, la viola, con un timbre intermedio, se libera en menos ocasiones de las que nos gustaría de la compañía dominante de los violines para mostrar en soledad sonora sus acentos suaves, recogidos y algo melancólicos. Finalmente, hay que señalar la exquisita armonía y conjunción del ensemble cuando encadena una melodía concertante. Uno para todos y todos para uno. Dicho de otro modo: una auténtica gozada.

domingo, 15 de mayo de 2016

Casinos de provincias


Me encanta el relativismo cultural porque permite descubrir el discreto encanto de otros países. Por ejemplo, los clubes ingleses, a los que dedicaré una entrada. Lo más parecido a un club inglés en esta España nuestra son los antiguos casinos de provincias cuya mejor versión literaria es el de Vetusta en La Regenta donde se reunían las fuerzas vivas para despellejar a los ausentes, deshacer entuertos, hablar de mujeres y, si se terciaba, perder a la hermosa Ana Ozores. Por la ley de asociación de ideas de Hume me viene a la cabeza la canción del conquense José Luis Perales, Cosas de Doña Asunción, en la que con pocas palabras se retrata la lengua viperina de la España profunda:


Son las cinco de la tarde
comienza la reunión
la partida de canasta
la charla de religión,
la maestra, el boticario
el cura y Doña Asunción
el café de media tarde
y algo de conversación


Tras la legalización del juego con la democracia, los casinos de las grandes ciudades, como el madrileño de Torrelodones, se han convertido en máquinas tragaperras, en lugares de ocio y crujir de dientes (o ambas cosas). Flotan en el aire las bajas pasiones. ¡Algunos ludópatas compulsivos firman un papel para que no les dejen entrar! También acude a mi mente la película Casino de Scorsese situada en Las Vegas de la edad de oro, cuando jugarse las pestañas en la ruleta o al black jack era todavía una ocupación decente. ¡Cuántas veces la he visto, con su comienzo irreverente a los compases del coro final de La Pasión según San Mateo!
Mi padre era socio de El Círculo de la Constancia, el Casino de Cuenca. Tampoco estaba mal. El nombre requiere una explicación. Los fundadores decían que la virtud principal del casinero era perseverar. Solo para hombres: todas las tardes de lunes a viernes, después de la oficina y comer a marchas forzadas se imponía huir del hogar, salir a la calle con el plátano en la boca y pasar la sobremesa en los sillones del casino: podías echarte la siesta en un rincón solitario tras hojear El Caso o jugarte el café, copa y puro sobre el tapete. Nada de política excepto el NODO, decir las mismas cosas a la misma hora, volver a casa a las siete para sacar a la señora a dar el paseíto por la calle principal, saludar a los mismos y cerrar el círculo para alcanzar el secreto de la intemporalidad.
La Constancia era un sólido edificio de tres plantas que hacía chaflán frente al Parque de San Julián. En los años setenta lo compró para sede la Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real y aunque se refundó en los bajos del Hotel Torremangana no fue lo mismo. Se entraba por una puerta giratoria alfombrada. Accedías a un gran hall circular que repartía las estancias y una escalera barroca que subía al primer piso. A la derecha estaba el conserje al que saludabas por su nombre y el guardarropa atendido por una señora con cofia y delantal. Después, a medio camino, una puerta doble con cristales emplomados normalmente cerrada llevaba a una amplia estancia que servía de salón de actos en las juntas generales y de comedor en las bodas. Allí se celebraba el cotillón de Nochevieja, mi recuerdo favorito: las luces brillantes de las arañas, el blanco dominante, la corriente de las conversaciones y los trajes de fiesta que nos calzaban; y, sobre todo, el caso que hacían a los niños. El resto del año los padres estaban en modo década de los cincuenta y pasaban de nosotros. Antes de la cena había una función con payasos que al acabar repartían mesa por mesa las fruslerías que los padres nos habían comprado. Cuando el presentador anunciaba el nuevo año empezaban los abrazos, las narizotas y quevedos, los matasuegras y las cortinas de confetis. La orquesta de ocho músicos, como la del Titanic, se arrancaba a los acordes vibrantes de El gato montés para abrir el baile de gala. No paraba de tocar hasta al amanecer. La fiesta terminaba con el clásico chocolate con churros para resucitar los cuerpos gloriosos. Después de tomar las uvas y el champán (los niños un sorbito de sidra El gaitero) y probar el turrón de yema o coco, los padres nos llevaban a casa y volvían. La abuela o una tía solterona nos quitaba el traje y nos metía radiantes en la cama. Nunca supe si mis padres se quedaban hasta el final del cotillón.
A ambos lados de la escalera del hall se abrían unas puertas gemelas. La de la izquierda daba a un corto pasillo con el servicio de caballeros (me falla la memoria con el de señoras), una estancia más y, en ocasiones, el centro de la reunión. Me llamaba la atención, las veces que coincidimos, el ritual inverso del padre de uno de mis colegas: entraba silbando, se lavaba las manos, vaciaba la cisterna, hacía pis y se iba tan contento. Al salir compraba un paquete de Ducados a la cerillera que se interesaba: ¿Cómo está la señora, Don Ángel? Mejor que nunca -respondía-, es longeva como su madre, soy el primero de sus tres maridos. El pasillo acababa en una escalera de servicio que bajaba al sótano donde nunca estuve. Cuento por boca ajena que allí se acumulaban periódicos y revistas del siglo pasado, muebles cubiertos con sábanas, archivadores de metal, ¡disfraces!, bustos de insignes locales y marcos polvorientos. Por la puerta de la derecha, lo primero que te encontrabas era un espacio abierto con diez filas de asientos y un televisor en blanco y negro. Muy pocos tenían tele en su casa, era un lujo. Allí se reunían los socios para ver los concursos, las series, los partidos del Madrid o las noticias. Mi jugador favorito era Ramallets, el portero del Club de Fútbol Barcelona (nada de Barça). A continuación la cafetería con una barra de quince metros de largo (lo que se llevaba entonces) y tres filas de baldas con espejo detrás llenas de botellas de todas las marcas. Al fondo, había un espacio central acristalado que daba a un pequeño jardín con árbol digno de un cuadro. Atendía la barra un experto barman y su pinche. Nada de camareras. A mediodía, algunos socios se escapaban del trabajo (en Cuenca todo queda a mano) para tomarse un vermut blanco con ginebra y aceituna rellena, la especialidad de la casa. La cafetería era el sitio donde las señoras se sentían a sus anchas. Tampoco es que tuvieran prohibido el acceso a otras dependencias pero por razones seculares era muy raro verlas. Los sábados por la noche podías alternar con los famosos de Cuenca. Allí mi tío Tavo, más adelante, me presentó a Coll, amigo suyo, que era exactamente igual que cuando actuaba con Tip, los mismos chistes, retruécanos y boutades. También te podías encontrar a Mari Carmen la de los muñecos con un coctel en la mano rodeada de buscadores de oro, y a Luis Ocaña, el ciclista de Priego ganador del Tour, muy alto y moreno que bebía agua mineral y hablaba con acento francés…
En la primera planta estaban los despachos de gestión con puertas macizas de roble, las mesas de billar con luz directa de pantalla y humareda de puro (prohibido entrar a menores de cuarenta) y la sala de juego privada: decía la leyenda que en ciertas épocas del año, sobre todo en la ferias y fiestas de San Julián en Septiembre, se daban cita jugadores venidos de muy lejos para apostar sumas fabulosas. El juego estaba prohibido. Se cuenta que varias veces entró la policía a parar la timba. Según parece, un sistema de timbres avisaba con tiempo y cuando llegaba solo se jugaba a las damas y al parchís. Conocíamos a A.R. un joven profesional del naipe que había estudiado con nosotros en el Instituto Alfonso VIII. Lo invitábamos a un gin tonic -el conserje lo miraba sin mover un párpado- y después jugábamos al póquer tapado (se dejaba hacer amablemente). Los viejos sabían quién era y evitaban saludarlo. Era un artista. Barajaba, repartía y nos cantaba las cartas que llevábamos. Se partía de risa con nuestras caras de asombro. ¡Lo vuestro son las matemáticas y lo mío la magia. Es muy fácil, sólo es cuestión de fe, decía! Otro rumor se refería a los tratos de ciertos socios muy señalados con damas de dudosa reputación. Aquello rozaba la epopeya. Los devaneos cortesanos coincidían con la liquidación anual de las cosechas de trigo y girasol en la provincia; se acabaron (o se corrió un tupido velo) cuando Don Inocencio, obispo de la diócesis, se enteró de que un sobrino suyo, cacique de la Alcarria, estaba en la lista de ovejas descarriadas. Uno de sus seis hijos, concejal de derechas y urbanita de adopción, fue el autor muchos años después, en un pleno del consistorio conquense donde se criticaba el paso del tren de alta velocidad por la región de su padre, de la frase lapidaria que tanto escoció a sus paisanos: No entiendo de qué se quejan los ecologistas, si el AVE es lo más bonito que tiene la Alcarria... Detrás de estas sabrosas tramas (nadie lo dudaba) estaba el factótum del casino, Simón, bajito, panzudo y con cara de sabueso, al que trataban con respeto hasta los miembros de la junta directiva. Iba y venía, llevaba y traía, hacía y deshacía. A nosotros nos ignoraba y si alguno con patente le hacía señas, algo serio se cocía entre bambalinas. Simón era quien organizaba, con el visto bueno de la superioridad, las reuniones secretas que se celebraban en los despachos del segundo piso para tratar los repartos de cargos en la Diputación, nombrar al hermano mayor de la Junta de Cofradías o elegir al presidente de la Unión Balompédica Conquense. Esos sí que eran la casta.

En la planta baja, a la izquierda, estaba la sala de juegos inocentes, sobre todo el mus, en la que recalábamos mis amigos y yo después de comer para echar unas manos y sobre todo para ver a los maestros, Barrasa, Caraballo, Auñón, Medina y otros. Todo lo que hacían (¡envido, envido y a los pares cinco envido!) nos parecía magistral. Lo cierto es que llevaban treinta años haciendo las mismas genialidades por lo que al final todo consistía en una rutina de dichos para pegar con la maza. Dejé muy pronto el mus porque no me gustan los juegos de cartas, soy nulo, no presto atención, pierdo siempre y me aburren mortalmente. Además solo se hablaba de mus; si alguien cambiaba el guión, un silencio gélido lo hacía desistir. Aquellas tardes fueron la mayor pérdida de tiempo de mi vida. Finalmente, mis padres se cansaron de mis hábitos itinerantes y me prohibieron ir al casino durante el curso. Una bajada imprevista de notas fue la excusa. Se acabó la vagancia. Cabezada y a estudiar. Tampoco me importó mucho, al contrario.