lunes, 9 de agosto de 2021

El lado oscuro del deporte

Por fin, tras meses y meses de incertidumbre, han comenzado los Juegos Olímpicos 2021 de Tokio. Un dragón multicolor de doscientos cuatro países ha desfilado en paz, una tregua sagrada acorde con el espíritu olímpico de la Grecia clásica. Desde Barcelona 92 los avances tecnológicos han permitido que las ceremonias de inauguración y clausura sean cada vez más espectaculares. Como el Festival de Eurovisión, donde la ínfima calidad de las canciones es inversamente proporcional al suntuoso despliegue escénico. En Tokio, los drones, la alta definición y la realidad virtual han hecho maravillas con la cultura ancestral del país del sol naciente. Los juegos han comenzado con todas las limitaciones que ha impuesto la pandemia; lo cierto es que estamos de vuelta después de habernos tragado la Liga de fútbol sin público, con continuos sobresaltos por los positivos de las estrellas, las gradas rellenas de monigotes y animación falsa, así como el deterioro económico de los clubs que no han competido dopados de petrodólares… mientras los organismos federativos miraban a otra parte. El fair play financiero es un oxímoron, una contradicción en los términos. Algún día se conocerán las razones de esta ceguera que se convierte en mirada penetrante para asuntos menores. El lanzamiento de los Juegos Olímpicos es un buen motivo para hacer algunas reflexiones sobre el lado oscuro del deporte.

La especie humana, como la mayoría del mundo animal, lleva grabado en su código genético un conjunto de actitudes necesarias para que funcione el principio evolutivo de la selección natural: la rivalidad, la competencia, el reto, la demostración, el enfrentamiento, la dominancia y la territorialidad (léase nacionalismo en la especie humana). Los enfrentamientos, incluso a muerte, entre los machos durante la época de celo por la posesión de las hembras garantiza la mejora de la descendencia y la continuidad de la especie. Son los valores reales del deporte. Lo llevamos en la sangre. Según expertos paleoantropólogos, el paso de la naturaleza a la cultura, de la antropogénesis a la sociogénesis, dio lugar a ciertas manifestaciones incipientes. Al comienzo, no cabe hablar en el hombre primitivo de deporte, sino de ejercicio físico consciente para propiciar los resultados de la caza o mejorar las estrategias de combate. En los últimos estadios de la prehistoria los arqueólogos han encontrado abundante material: tableros de puntuación, dados, palos, aros metálicos, bolas de piedra, artefactos de hueso. Tuvo que haber un primer momento en el que coexistieron dos garrotazos: el del líder en el círculo de fuego y el de vencedor en la arena. Después vinieron Sumeria, Creta, Egipto, China, Persia, Grecia, Roma... La historia del deporte.

Por supuesto, el evolucionismo social exigió la participación de la mujer en las competiciones, pero eso fue muy posterior, en concreto a comienzos del siglo XX. Las primeras olimpiadas con participación femenina fueron las de Sídney en al año 2000. Desde entonces no han dejado de incorporarse nuevas modalidades. En Tokio se han estrenado cinco: béisbol/softbol, karate, skateboarding, escalada y surf. Por cierto: no entiendo por qué el ajedrez no es deporte olímpico y sí el monopatinaje o skateboarding.

En realidad, el juego limpio, el respeto al adversario, el saber perder, lo importante es participar o el afán de superación son ideales del deporte. Lo que cuenta, como sentenciaba Luis Aragonés, es ganar, ganar y volver a ganar. Los únicos momentos en que se muestra lo que algunos denominan ética deportiva son la magia del escenario, la salida de los contendientes, la presentación de los equipos, el intercambio de saludos, los himnos nacionales, la pasión de los hinchas. El resto es el drama de la selección natural trasladado al juego: el nacionalismo montaraz, ¡A por ellos!, el cielo y el infierno, sonrisas y lágrimas, vencedores y vencidos. La esencia del deporte consiste en fulminar al contrario. Lo demás es pantomima y teatro. A esto se refería Borges cuando afirmaba que "La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece".

Por supuesto (como en la contienda política), en el deporte el fin justifica los medios. Entre otros, esa lacra imposible de erradicar de la alta competición: la medicina deportiva. Las técnicas de control del dopaje van siempre un paso por detrás de las futuras sustancias prohibidas. Se sospecha que se usan pociones mágicas hasta en el golf. Según parece, el último tipo de fraude son los artilugios mecánicos en el ciclismo. Hay antiguos videos del Tour de Francia en las que un toque detrás del sillín daba alas a un ciclista conocido por sus prácticas ilegales. En el último Tour, algunos bravos del pelotón se quejaban de los extraños chasquidos que se oían en mitad de la carrera. ¿Habrá que someter a las bicicletas a un chequeo diario? Por no hablar de tanganas, escupitajos, lesiones graves, gritos racistas, hinchadas violentas, tenistas destrozando la raqueta contra el suelo, atletas (especialmente mujeres) sometidas a tratos inhumanos y degradantes…        

Pero el lado oscuro afecta a todos los niveles del deporte. Los aficionados imitan a los profesionales también en lo malo. Lo he vivido personalmente en el fútbol y en el tenis. En la categoría de alevines (cuando mi hijo comenzaba la ESO), algunos padres creían que sus hijos eran los magos del balón. Consideraban que el equipo tenía que ganar sí o sí, y si se torcía el resultado buscaban culpables: los “malos” del equipo (niños, compañeros de clase, a los que no dudaban en marcar delante de sus atónitos padres), el entrenador, el árbitro y, en última instancia, la dirección del colegio. He visto a padres encantadores, amigos míos, transformarse en Mr. Hyde cuando el entrenador, un joven profesor de educación física, mandaba al banquillo a sus hijos para hacer rotaciones y que todos los niños pudieran saltar al campo. Llegaron a insultarlo, amenazarlo e incluso zarandearlo. Por supuesto, el entrenador dimitió, muchos padres sacaron a sus hijos del equipo y otros tuvieron una desagradable entrevista con el director del centro.

En el fútbol juvenil (cuando mi hijo terminaba el Bachillerato) he visto entradas salvajes alentadas por un público encrespado. Y lo que es peor, los jugadores, al final del partido, no solo le negaban la mano al rival, sino que acababan a empujones y trompadas. El vestuario era un polvorín. He visto llegar a una ambulancia y sacar a un chaval en camilla, o acudir la policía nacional con luces y sirena al rescate del árbitro, incluso una furgoneta de antidisturbios para ponerse en medio de dos hordas de padres enfurecidas.

Recuerdo los campeonatos de tenis en el Club de Campo de Madrid (cuando mi hijo estudiaba en la Universidad) que organizaban los profesores del club. En las fases de clasificación, todas las pistas estaban ocupadas por lo que, dejaban que los jugadores se arbitraran a sí mismos. Muchos, bajo la mirada atenta de su padre, no sabían perder y cantaban como malas, bolas buenas del contrario y al revés. Al final el perjudicado (o su padre) se hartaban y se armaba la trifulca. El profesor acababa aplazando el partido hasta nueva orden tras tomar nota de las tormentas en un vaso de agua. Según la fase de la competición se repetía el partido con árbitro o ambos quedaban descalificados, es decir, pagaban justos por pecadores.

En conclusión, creo que el deporte es una actividad en la que simplemente se gana o se pierde porque en el mundo puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento ¿Pero a quién le interesa esto?

lunes, 26 de julio de 2021

El golf después de los cincuenta

Existe una ley moral única, pero distinta para cada edad.

El problema del golf es que la pelota (como la llama Miguel Ángel Jiménez) y la cara del palo no son un balón de fútbol ni una raqueta de tenis, por más que los modernos drivers sean cada vez más cabezones y los palos que las marcas inventan para los jugadores de hándicap alto perdonan más que un confesor octogenario adormilado y medio sordo. El golf como deporte serio es una causa perdida para el jugador aficionado y más a partir de los cincuenta. En realidad, se trata de un ejercicio cardio si consigues recorrer al menos nueve hoyos a pie con el carrito y la bolsa. Si vas en cochecito o buggie es una distracción en un entorno privilegiado del que apenas disfrutas quemado por el calentón de las bolas perdidas que otros encontrarán dichosos al pie de una encina.

También los profesionales son víctimas del misterio insondable del swing. Sergio García se consolaba en sus momentos más bajos, los del psicólogo deportivo y zapatos al lago, con la teoría, tras la ducha, de que lo crucial es cómo llega la cara del palo a la bola, pues los caminos de Dios son infinitos y a veces te extravías. Cuando juego bien al golf lo hago fácil pero no lo es, decía Ernie Els, el rey del swing de mantequilla. Nick Faldo (con algunos torneos grandes en su palmarés) confesaba que hasta que conoció a David Leadbetter, uno de los entrenadores más famosos (por su taller ha pasado la mitad de los profesionales del circuito americano), carecía de un swing consistente: era un ajuste continuo para ir tirando de un día para otro. ¿Os suena? En nuestro caso es para ir tirando de un hoyo para otro o menos. El problema es que de pronto das un golpe recto, alto y largo; bolón, te dices, lo apunto en mi diario en cuanto vuelva a casa; y en el siguiente hoyo cuando estás seguro de hacer lo mismo te sale un rabazo rastrero, casi perpendicular a la línea de vuelo y rumbo a lo más profundo del bosque. Nos falla la psicomotricidad (majadería al canto), te disculpa en plural uno de tus colegas de superseniors. ¿Has visto donde ha ido mi bola? Le preguntas después del mal trago. , contesta, pero ya no me acuerdo. Sonamos. Te pasas el partido cambiando todo sin arreglar nada, el peor defecto del amateur. Dar bolas en el campo de prácticas no vale: solo te acuerdas de los golpes decentes.

Esta es la cuestión: que nadie se pone de acuerdo sobre los fundamentos del “sube, gira y tira del palo”. Cada escuela defiende sus teorías sobre las facetas del juego, algunas contradictorias. Parecen tratados de teología medieval. Cada época tiene su estilo, cada entrenador su método, cada jugador su truco. Si contratas los servicios de un profesor en tu club, primero sale corriendo y luego pretende cambiarte todo. Aguantas un mes y te despides con cualquier pretexto. Al revés, la sucesión de entrenadores empeoró el swing de Tiger. Periódicamente alguno de los consagrados se pierde en la noche de los tiempos y un talento de veinte años salta a la fama y al dinero. Cuentan las crónicas del Club de Campo que en un ProAm (partido de entrenamiento previo a los premios donde un profesional juega con tres amateurs de buen nivel, normalmente gente famosa) Severiano Ballesteros harto de escuchar las continuas quejas de uno de sus acompañantes, un político que no daba una a derechas (que era lo suyo), Hoy estoy fuera de swing, le soltó impertinente: No estás ni dentro ni fuera porque para eso primero hay que tenerlo. El propio Seve, grande entre los grandes, al final de su gloriosa carrera lo perdió y no volvió a encontrarlo.

Como metáfora estética, el swing de los aficionados pasa del clasicismo ideal al barroco real. He visto los swings más extraños (incluido el mío). Artificiosos, retorcidos, alambicados. Prodigios del expresionismo más rebuscado. Todos tienen en común la suma de un montón de ajustes para que el último solucione los vicios del anterior y así sucesivamente. Es como las estafas piramidales: al final todo estalla y hay que comenzar de cero. Tejer y destejer, el lema del golf. Tampoco los libros arreglan mucho. Recuerdo haber comprado en la FNAC el libro de moda del citado gurú David Leadbetter “El swing de golf, defectos y correcciones”. Cuando le quité el celofán, me puse las gafas y lo abrí por la primera página, leí desolado: “Los diez principios del swing atlético”. Salí disparado a la tienda y lo cambié por una novela policiaca. Mi cuñado siguió los consejos del libro y estuvo dos meses en el fisioterapeuta y tres más sin darle a la bola. Tal vez el único jugador que hasta ahora ha dominado el swing ha sido Jack Nicklaus. Cuando ganó uno de sus tres Open británicos, firmó el último día una tarjeta de 62 golpes. El periodista oficial le preguntó a Tom Weiskopf, su compañero de partido, qué le había parecido el recorrido del oso dorado; el gran jugador norteamericano se limitó a encogerse de hombros: No sé, no le puedo decir, no conozco ese juego que practica Jack… Su respuesta, en mi opinión, es algo más que una broma.

Nuestro catálogo de rabazos es de sobra conocido: el topetazo de salida a ras de suelo, la madera de calle que se va al bosque como caperucita, el híbrido que acaba en el obstáculo de agua, el hierro medio que avanza veinte yardas, el filazo que avanza cien, el approach que aterriza en el bunker de la izquierda, el putt que se aleja cada vez más del agujero. Para que el golf no acabe con nosotros (o nosotros con el golf) es imprescindible disponer, como en la vida misma, de un buen repertorio de subterfugios. La idea general es que la culpa del rabazo la tiene cualquier persona, animal o cosa que no sea el jugador. Si los políticos tuvieran la retórica del golfista, nos convencerían de sus desmanes. Ejemplos de las excusas más corrientes después de un recorrido para olvidar: antes de jugar hay que dar sesenta bolas, no se puede jugar sólo los fines de semana, he dormido poco, me duele la espalda, tengo resaca, no habléis cuando voy a tirar, la hierba está alta (o rala), los greens rápidos (o lentos), el palo está sucio o la bola es vieja, es un golpe imposible, hay que mirar a la bola (¿?), he metido el hombro e incluso le he pegado demasiado bien y me he pasado. ¡Qué mala suerte!, otra treta después de dar un golpe perverso. En realidad, la suerte en el golf y en cualquier otro deporte se reduce a la respuesta de Niklaus a una revista del ramo: Sí, la suerte, yo cuanto más entreno más suerte tengo.

Para no desfallecer, la solución alternativa a las excusas son las trampas. Quien esté libre de pecado que tire la primera bola. No hace mucho en un partido, un jugador amateur de verdad, obseso del juego, de esos que se han divorciado y perdido el empleo por culpa del golf, al detectar el trampeo general me dijo con su mejor ánimo: Creo que tenéis reglas propias que desconozco, si hago algo mal me lo decísAlgunas trampas son muy conocidas: colocarte bien la bola en la hierba alta con el cuento de levantarla “para ver si es tuya”, patada de karateca para sacarla del arbusto a la calle, sacar bola nueva tras perderla y callar como un muerto, adelantarla metro y medio en el green al limpiarla; una de mis preferidas: quitar arena en el bunker detrás de la bola para dejar sitio al palo; otra que nunca he practicado pero que he visto hacer a las señoras: coger con la mano la bola que se ha quedado junto a la valla y lanzarla disimuladamente lo más lejos posible. O sumar los golpes con las cuentas del Gran Capitán… Como aquel jugador al que su marcador en un campeonato le preguntó por cortesía tras terminar el hoyo:  

- ¿Qué has hecho?

-  Par.

- ¿Cómo que par? Te hemos contado nueve golpes.

- Entonces impar.

Y si no funcionan las excusas ni las trampas, lo mejor es el cabreo. Todo el mundo se cabrea porque forma parte de la condición humana. Lo que varía son las formas. Hay dos inversas que reflejan el mal carácter del perdedor: el que se cabrea de puertas adentro y el de puertas afuera. El primero, con una sonrisa gélida en los labios, echa humo por las orejas, enrojece y le sale un sarpullido. El segundo, jura en arameo, escupe frenético y rompe el palo contra un árbol. Algunos reúnen las dos características. Lo que tienen en común es que pagan sus frustraciones con los demás: los introvertidos hacen comentarios viperinos de tu juego, te vigilan con lupa, te repasan celosos los golpes, te corrigen y te fastidian. Los extrovertidos se limitan a no dirigirte la palabra durante una semana. Prefiero los segundos. 

miércoles, 21 de julio de 2021

Profesionales

 

Hay una enorme distancia (la palabra francesa décalage es más precisa) entre las competencias del aficionado (lo mismo le ocurre a la palabra francesa amateur) y el profesional de cualquier gremio. Un ejemplo: es abismal la diferencia entre el jugador amateur de golf y el profesional. O entre el fontanero casero que trata de ahorrarse unos euros y el fontanero de la comunidad al que finalmente hay que llamar para enderezar el entuerto.

Otro ejemplo: hace años veraneaba en las Rías Baixas en una casa de campo de dos plantas, amplio jardín y bosque al fondo que compartía con un matrimonio de Vigo (grandes amigos); algunos fines de semana, al caer la tarde, un hermano del marido, Juan, reconocido chef de un acogedor restaurante de Vigo, se dejaba caer por la finca. Debajo de un frondoso carballo, alrededor de una mesa de piedra, compartíamos unas bandejas de navajas, nécoras y otros frutos del mar regados con excelente ribeiro. Al terminar la cena tempranera  solían apuntarse a la sobremesa un par de hermanas de mi mujer (normalmente me presento como “su marido”, dados los tiempos de corren) y alguna íntima del lugar. Venían a saludarnos en general, pero, sobre todo, a interrogar al maestro sobre ciertos secretos culinarios. Desde mi asiento de piedra resultaba ameno e instructivo.

¿Cuánto tiempo tiene que cocer la caldeirada de pescado? preguntaba una de las interesadas. El chef -estoy convencido- no entendía del todo la pregunta. Tú lo ves, contestaba; lo que necesite, no sé, no miro el reloj, miro al plato y cuando está en su punto lo retiro. Cada caldeirada es distinta, incluso con los mismos ingredientes; no es una cuestión de tiempo sino de ojo, aroma, textura, gusto: cuando está, está; ni antes ni después… Venid un día a mi restaurante con tiempo (se burlaba) y veis como la preparo; después nos la comemos. Mi cuñada invita. También le preguntaron por los postres, especialmente por una mousse de chocolate con nata que habían degustado en su rincón. El chocolate, aclaraba Juan, sólo se consigue a través de ciertos proveedores de restauración profesional. Son circuitos exclusivos. Es una forma de preservar el negocio. Sólo os puedo decir que no es barato; montar la nata requiere al menos seis trucos; otro día os lo cuento delante de unas zamburiñas y unos mejillones que podéis comprar en el mercado del puerto; y que no falte el albariño y las cañitas de crema… sonreía satisfecho.

Lo más sustancioso venía después: Jorge confesaba que sólo comía platos elaborados, profesionales, cuando iba a cenar de vez en cuando a un restaurante acreditado (normalmente de un colega). Iba a disfrutar de la gastronomía como una de las bellas artes. En su casa prefería platos “normales”: macarrones con chorizo y tomate, filetes de ternera a la plancha o gallo rebozado. Como mucho arroz caldoso. En casa del herrero cuchara de palo. La alta cocina es una experiencia festiva, proseguía; no puedo entender a esos ricachones que contratan a un grupo completo para que les prepare exquisiteces a diario: en eso soy epicúreo, el abuso del placer embota los sentidos (y entendía bien al filósofo griego). También ocurre lo contrario, sentenciaba. Hay gente que no sabe pedir cuando sale a cenar. La carta se les escurre de las manos. No entiendo a los que piden, por ejemplo, solomillo al punto, chuletas de cordero, merluza a la romana, huevos revueltos con setas, lenguado a la plancha, pollo al ajillo y de postre flan. ¡Platos normales y corrientes que podrían preparar en su casa! Unos madrileños como vosotros (nos miraba de reojo) deberían arriesgarse un poco más y pagar por algo que está más allá de sus posibilidades. La imaginación al poder: estofado de lengua de ternera, rabo de toro guisado al vino, callos a la madrileña, perdices en escabeche, pichones en salsa, cocochas al pil pil, bacalao a la portuguesa, caracoles a la borgoñesa o salmón al papillote. Y de postre un strudel de manzana.

Y cambiaba de tercio: para mí el problema de los políticos es que no son profesionales.  

miércoles, 14 de julio de 2021

L' amusette

 

À cette époque-là, quand nous étions étudiants universitaires, nous ne cessions pas de nous battre contre la modeste catégorie d’amusette. Les modes intellectuelles, les tendances culturelles, l’élan snob, tous ensemble nous entraînaient vers les ciné-clubs comme des troupeaux illustrés pour nous avaler une pagaille de films ennuyeux de « arte y ensayo » (une expression encore à développer). Je ne dis pas qu’il s’agissait de mauvais films, au contraire, mais de films soporifiques… Nous tenions pour indispensables les films d'Ingmar Bergman, Jiri Menzel ou Jean-Luc Godard. En Espagne, le cinéma engagé, en général obscur, flou, était simplement interdit. L’après-midi, nous étions obligés de nous asseoir dans le fauteuil de la salle initiatique, ouvrir bien les yeux et attendre heureusement le commencement de la torture.

Un tas d’années plus tard, je me souviens de la bruyante polémique qui éclata à Madrid à propos du film « Parc Jurassique » de Steven Spielberg. Les « apocalyptiques » poussèrent les hauts cris, car le film, à leur avis, n’avait ni « profondeur thématique » ni « crédibilité artistique ». En revanche, les « intégrés », qui s’étaient déjà amusés avec le film sans avoir de préjugés, défendirent le droit de n’importe qui à l’amusette : c’était une visite inattendue et insouciante au jurassique de rêve. En plus, nous étions étonnés du réalisme incroyable des différentes espèces de dinosaures, du laboratoire où ils étaient clonés et des paysages trop vastes de l’île caraïbe.

Un autre exemple encore. Imaginez-vous : vendredi après-midi, vous êtes complètement abandonné à la maison, votre femme est sortie avec ses amies pour admirer les vitrines dans le centre-ville, votre fils est en train de faire un voyage à la montagne avec ses copains. Le boulot fatigant est fini jusqu'à lundi. C’est juste le moment de choisir dans les étagères le DVD du film Le Seigneur des Anneaux : voilà le triomphe jamais définitif, mais apaisant quand même, du Bien sur le Mal. Sur le canapé, nous pourrons savourer sans soucis, sans risques, les aventures passionnantes de la communauté de l’anneau ; leur action trépidante, leurs nouveautés permanentes, l’intensité des stimulations visuelles et sonores… en font un film tellement amusant.


(A suivre)

viernes, 18 de junio de 2021

Tres mitos de la democracia

 

El primer mito sobre la democracia tiene carácter histórico. Efectivamente, la democracia es un invento griego. Pero no fue tan excelsa como nos la han pintado los mistificadores de la “Edad de Oro de Atenas”. A finales del siglo VI a. d. C., Clístenes sentó las bases del régimen democrático que culmina Pericles (446-431 a.C.) en el siglo V. Una época que coincide con la derrota del Imperio persa en las Guerras Médicas y la posterior hegemonía política, económica y cultural de Atenas como polis o ciudad Estado. Las principales instituciones democráticas fueron el poder legislativo (el Consejo y la Asamblea), el poder ejecutivo (los Arcontes), el poder judicial (los Heliastas), el mando militar compartido (los Estrategas) y el destierro (el Ostracismo). Ante la posibilidad de la usurpación del poder por parte de algún tirano, los atenienses establecieron dos contrapesos: un mando militar compartido por diez estrategas o generales con igual mando y diez regimientos cada uno, y el destierro u ostracismo. Este último se basaba en la consulta que el Consejo realizaba anualmente sobre la existencia de motivos fundados para desterrar a algún ciudadano. Así, el que tuviese seis mil votos en contra debía abandonar Atenas por cinco o diez años, con lo cual se evitaba la corrupción, la ambición excesiva o el libertinaje. La democracia como forma de gobierno se basaba en la isonomía o igualdad ante la ley de los ciudadanos. No obstante, se trata de una democracia muy limitada, puesto que, de los aproximados 300.000 habitantes de Atenas, sólo unos cuarenta y cinco mil son ciudadanos con plenos derechos políticos (voz y voto). El resto son extranjeros o metecos: ciudadanos libres provenientes de otras polis, aunque sin derechos de ciudadanía; y, sobre todo, esclavos, una mayoría que no tiene ningún derecho y que trabaja en oficios artesanos, agrícolas, mineros e incluso domésticos. Es, además, una sociedad de varones, en la que la mujer es considerada inferior y a la que se le asignan exclusivamente las tareas del hogar y la crianza de los hijos. A favor: división y equilibrio de poderes, igualdad ante la ley y decisiones tomadas por votación. En contra, una democracia restringida, esclavista y sexista. 

El segundo mito es el concepto de democracia participativa como etapa superior de la democracia representativa, a la cual niega, engloba y supera. En realidad, se trata de un debate fallido que ha ocupado en vano a una legión de pensadores, intelectuales y politólogos que, como mucho, han propuesto un conjunto de vaguedades: “la democracia participativa consiste en la ampliación de los espacios democráticos para darle a los ciudadanos la oportunidad no solo de elegir periódicamente a sus representantes, sino también de participar de forma activa, directa y frecuente en la toma de decisiones de la comunidad”. Lo cierto es que cualquier adjetivo que se le añada al término “democracia” o es redundante (por ejemplo, representativa) o no es democracia (democracia popular) o no es nada (democracia participativa). Democracia representativa y participativa son lo mismo. Nunca ha habido en nuestro país una participación más activa, directa y frecuente que ahora: encuestas manipuladas de cualquier color, incluso las oficiales; votaciones trileras en páginas web controladas por la voz de su amo, andanadas de memes, troleos, fakes, bulos, imágenes trucadas y videos tóxicos. Por no hablar de las tertulias teledirigidas: cavernícolas, sibilinas, “objetivas” (son más honestas las cavernícolas), “críticas” (feroces con los otros y silentes con las vigas en el ojo propio). Lo que realmente ocurre, explican desde su pesebre ideológico los analistas de la España vaciada… de ideas. Durante la pandemia se ha multiplicado el mercado de las conspiraciones, los turbulentos debates radiofónicos (con opiniones del pueblo soberano) o televisivos (con protagonismo de los famosos), las manifestaciones y manifiestos sectarios. Y lo peor de todo: las crispadas sesiones parlamentarias donde lo de menos son los problemas y lo de más los personalismos egocéntricos. Dos definiciones del fantasma de la libertad y un corolario. Representante electo: político que decide por ti, tiene patente de corso para sus manejos (el transfuguismo y las puertas giratorias, entre otros) y al que no puedes pedir explicaciones durante cuatro años. Demagogo populista: político que larga rollos ideológicos que sabe que son mentira a una gente que sabe que es idiota. Sobre la separación entre vida pública y privada. De acuerdo, pero con un matiz: quien no es honesto (es decir ni fiel ni leal ni veraz) en su vida privada tampoco lo suele ser en la pública. Lo mismo que en la naturaleza, en la sociedad no hay saltos. La libertad de pensamiento y expresión son los dos principios constituyentes de la democracia representativa. Todos los demás derechos y libertades son su consecuencia. Prefiero la democracia representativa a la bota del soldado desconocido porque me permite bajar al quiosco de la esquina y comprar el periódico que me apetezca. Todo lo demás o lo pongo entre paréntesis o me lo creo a medias o no me lo creo. Es lúcido el comentario que hizo Marx, un pensador perspicaz, del voto en las elecciones parlamentarias: Un comentario emocional y extenuante a los logros de la etapa anterior de poder. Pero no despotriquemos de la democracia más allá de ciertos límites. Hay países donde no gobierna siquiera una familia, sino una parte de esa familia porque la otra ha sido defenestrada. Lo positivo: la culminación de la libertad de pensamiento y expresión es la independencia política. Sirve para pensar con tu propia cabeza, para advertir si estás pensando con la cabeza de otro, para evitar pensar a fin de ser aceptado por otro o para evitar pensar a fin de ser recompensado por otro. Sé curioso, vive perplejo, admite tu desamparo y ríe. Ironía o iglesia, lema del espíritu libre. 

El tercer mito de la democracia es el concepto absoluto de voluntad general cuyo origen es la teoría del contrato social de Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Resumimos. El contrato social es un pacto en el que se complementan de manera equilibrada el derecho irrenunciable del individuo a la libertad con las obligaciones derivadas de su incorporación a la sociedad civil. El problema de armonizar la libertad individual y las obligaciones sociales, lo resuelve Rousseau mediante la teoría de la voluntad general o “Yo común” (Moi commun). La voluntad general se construye mediante el derecho al voto, en el cual cada uno se expresa libremente y se reconoce a sí mismo en su plena libertad para decidir sobre los fines de la vida pública. Pero una vez construida la voluntad general por todos, el individuo se somete completamente a ella: de este modo afirma simultáneamente su plena libertad de elegirla y su total dependencia de lo que se ha elegido. Mediante este pacto se supera la contradicción entre individuo y sociedad, alcanzándose, según Rousseau, la denominada “libertad civil”. Asimismo, la voluntad general establecida democráticamente se convierte en principio único de la moralidad de las acciones, hasta el punto de que la virtud no es sino la conformidad de la voluntad particular con la general. Frente a la voluntad general, el individuo no tiene ningún derecho, salvo el de participar en su determinación a través del sufragio. La voluntad general establecida es la norma ética y política de la comunidad, al margen y por encima de los individuos que la forman. Además, aunque la voluntad general es descubierta a través del voto, no es creada únicamente por la mayoría que la establece, puesto que la voluntad general en su totalidad pertenece tanto a la mayoría que la ha descubierto como a la minoría que por error votó en contra. Átame esa mosca por el rabo. Un tertuliano radiofónico pontificaba con una fe democrática sin fisuras: El pueblo es siempre sabio. En primer lugar, sabios o necios solo son los individuos. La frase como tal es el dogma metafísico de la voluntad general de Rousseau en versión libre para la radio. Además, podemos poner innumerables ejemplos de cómo la voluntad popular, es decir, la suma de los votos particulares expresada como mayoría en las urnas, es una insensatez, un despropósito o un episodio más de la historia universal de la infamia.

miércoles, 2 de junio de 2021

Recuerdos de la pandemia. Paseos

 

Paseo, una de esas palabras que abarca más significados de los que aparenta: urbanos, culturales, sociales, literarios, filosóficos. El Paseo del Prado, Las Ramblas, Le Marais, Via Veneto, Oxford Street, 5th Avenue. El Madrid de los Austrias, El Barrio gótico de Barcelona… La salida de un matrimonio al caer la tarde, el trasiego hormonal de los jóvenes por la calle principal de una ciudad de provincias, el paseo diario por el parque del jubilado solitario que echa pan a las palomas. Los paseos por Dublín del protagonista del Ulises de Joyce o del joven Marcel "por el lado de Swann o por el lado de Guermantes" en la primera entrega del tiempo perdido de Proust. O los ensayos de Thoreau Un paseo invernal y Caminar, donde narra sus andanzas por los bosques y praderas de una América del Norte agreste y secreta. Pasear y pensar. Como los paseos de Aristóteles y sus discípulos, los peripatéticos (del griego perí-patos: paseo), alrededor de las columnas del Liceo mientras discutían sobre asuntos metafísicos. También las reflexiones autobiográficas de Jean Jacques Rousseau en su libro Las ensoñaciones del paseante solitario.

Y un nuevo significado del término surgido de la pandemia.

Los antecedentes: el confinamiento domiciliario comenzó en nuestro país el sábado 14 de marzo de 2020 tras el decreto del estado de alarma a causa de la extensión de contagios y fallecidos. El plazo inicial era de 15 días. Duró 98. 

Las primeras válvulas de seguridad para burlar el encierro fueron los desplazamientos permitidos por actividades esenciales. Pero quien hace la ley… bueno ya saben. La picaresca es nuestra especialidad moral. La calle era un circo. Europa nos miró entre indignada y atónita. Ya me he referido a tales fregados: Perros alquilados a tanto la hora. Listillos que paseaban la barra de pan media mañana. Otros iban a la tienda del barrio veinte veces al día: la leche y media vuelta, la fruta, los yogures, las galletas, el queso de la cena. En el supermercado de la esquina se multiplicaban los tiques de un euro, hasta que los empleados pusieron el grito en el cielo. Un señor paseaba un perro de peluche. Una señora mecía una pepona en el cochecito del bebé. La policía tuvo que convencer a un friqui disfrazado de dinosaurio de que su atuendo no le protegía del virus. Multas. O las romerías a la farmacia, al banco o al estanco. Nunca se vendieron tantos pañuelos desechables ni sobres sin sello. Una escena en la farmacia: uno compra, tres esperan (el fontanero, mi vecina y yo); la dependiente le da el pésame al cliente desconocido por el fallecimiento de su abuelo; estampida (¿sería coronavirus?). Los cajeros automáticos echaban humo por tantas peticiones de saldo, hasta que los bancos cortaron por lo sano porque las máquinas gastan electricidad, se estropean y el papel no es gratis. De pronto, todo el mundo se desvivía por cuidar a sus abuelos desvalidos que solo abrían la puerta al repartidor del super. Nos poníamos traje y corbata para bajar la basura. Hasta el presidente del gobierno se largaba a darse un garbeo a oscuras y en celada.

A partir del dos de mayo, además de los desplazamientos esenciales, se permitieron las salidas para practicar deporte no profesional (los profesionales del sofá se compraron un chándal y unas zapatillas en el chino más cercano y a trotar veinte metros). También, paseos a menos de 1 km del domicilio con una duración máxima de una hora. ¿Se puede controlar ese espacio-tiempo? Los paseos estaban limitados a unas franjas horarias. Cualquier ocupación, diversión, espectáculo, restaurante, ocio se convirtió en paseo. La gente deambulaba silenciosa por las calles, solos, parejas, tríos como mucho. Se guardaban distancias estelares. Nos mirábamos con recelo en una versión insólita del hombre, lobo para el hombre de Hobbes o del aforismo sartriano de que el infierno son los otros (en realidad, una visión teatral del narcisismo y las máscaras). Muchas calles se cerraron al tráfico para permitir ensanchar las aceras y evitar tumultos. Parecíamos zombis perdidos en los confines del barrio. Saludábamos a los vecinos con un gesto imperceptible, sin detenernos. Maldecíamos a los corredores que nos adelantaban resoplando a los cuatro vientos. Primeros indicios de fiestas y botellones. Las mascarillas pronto fueron tendencia: a juego con el conjunto, patrióticas, futboleras, totémicas, de todo menos baratas (y fiables); una especie de contra carnaval de Venecia donde nadie podía reír ni tocarse. Algo positivo: las mascarillas resaltan la belleza de los ojos femeninos e invitan a completar lo que queda oculto en la mejor versión pandémica de las mil y una noches. Cuando llegábamos al pico, según Simón el profeta, nos barrió la tercera ola. 

sábado, 22 de mayo de 2021

¡Campeones!

 

Recuerdo el título del libro del escritor y periodista Rubén Amón: Atlético de Madrid, una pasión, una gran minoría, en el que se preguntaba con emoción literaria ¿Por qué no son del Atleti los demás? En el fondo, como decía Fernando Torres, en una de sus frases más felices, casi todo el mundo es del Atleti, pero no lo sabe.

¡Grandes!, campeones de Liga al fin después de una primera vuelta de película y una segunda irregular, a merced de la fatiga, las lesiones y el bicho… Lo hemos pagado en la Champions. Pero bien está lo que bien acaba, escribía el bardo inglés.

Los dos últimos partidos han sido una dura prueba para las arterias. Sabemos que el Madrid nos soplaba en la nuca y eso pone al equipo de los nervios. Un buen amigo madridista me decía, después de felicitarme sin aristas, que “lo malo del Atleti no es que gane, es que lo celebra tres años”. Temo lo de Neptuno porque estoy seguro de que mi hijo anda por allí. No me parece que sea el momento de ir a celebrarlo. Espero que la afición esté a la altura de las circunstancias. Como decía, los dos últimos choques han sido parecidos. El Atleti llega, como casi todos los equipos, con los cuerpos y las mentes al límite; afortunadamente Osasuna y Valladolid no nos han presionado arriba con excesiva convicción. El problema es que nuestro ataque estático es más previsible de la cuenta, repetitivo, algo lento, sus rivales, teóricamente inferiores, ponen el autobús, recuperan y salen a galope tendido. Cualquier despiste (como el de Carrasco hoy) propicia contragolpes con los centrales fuera de sitio… y la cosa se tuerce. En realidad, es lo que mejor hemos hecho siempre, nuestra arma cada vez menos secreta. Jugamos mejor (no hablo de resultados) con los grandes. Al final ha sido Luis Suárez, injustamente tratado por su anterior equipo, quien con dos goles decisivos nos ha dado el título. El Atlético es sobre todo un conjunto, un ensemble, un vestuario sin tensiones personalistas, sin líderes figurones que pretenden ser cabeza del león, ni amiguetes de cumpleaños que conspiran contra el presidente y el míster. El Atleti es un equipo de autor cuya cabeza visible es el Cholo Simeone, alguien que come en la misma mesa que Luis Aragonés (yo le hubiera puesto al nuevo estadio su nombre: lo de Wanda chirría y lo de Metropolitano es historia del glorioso, pero historia). Por cierto, ¡Como ha crecido Correa en el tramo final de la Liga, qué partidazo se ha marcado! Inmensos Oblak, Koke y Llorente. Los demás sobresalientes. El portugués es el futuro. La segunda virtud del Cholo es sacar lo mejor de cada jugador y Joao tiene quilates de sobra. Han hecho bien en no cambiarlo por Griezmann.    

Siempre he creído que la esencia del auténtico deportista consiste en saber ganar y, sobre todo, saber perder. Esta es la tercera virtud del Cholo, un caballero que siempre respeta y habla bien del rival, que sabe reconocer la derrota y nunca despotrica del VAR o de los árbitros (excepto en el área técnica) cuando vienen mal dadas. Hoy somos campeones, mañana nos dan la copa en el Metropolitano y los tres próximos años tenemos cuerda.

Otra vez quiero recordar a mi abuelo Joaquín, socio fundador del Atleti, patriarca de esta gran familia atlética, de esta “religión” laica, que incluye a mi mujer, antes merengona y hoy rojiblanca conversa, mis hijos (especialmente la exquisita deportividad del marido de mi hija y sus padres), mis hermanos, mis primos, y mi nieta de dos añitos que canta ¡Aupa Atleti! sin saber de qué va la cosa y mañana irá al cole con el equipamiento oficial que el año pasado le regalamos crecedero.

¡Por siempre Atleti!