lunes, 31 de enero de 2022

Blogosfera

 

El aburrimiento crónico de la pandemia han sido un terreno abonado a la proliferación de lectores y escritores. ¡Se podía hacer algo mejor en una tarde de sillón, chimenea y perro que leer un buen libro o esbozar unas notas en un cuaderno con anillas mientras la peste vagaba por las calles vacías! Permítanme un inciso. La mayoría de los amateurs que deciden probar el oficio de escritor suelen recorrer los mismos géneros: primero se pierden en el laberinto de los relatos cortos, después naufragan en los excesos verbales de la poesía y, finalmente, montan el andamio sin tornillos de una trama policíaca. Alguien debería haberles advertido que rematar un relato corto original es más difícil que escribir un novelón historicista; que la poesía o es muy buena o no es nada, que no hay grises intermedios. Por último, que enredar en una trama policíaca es un mal presagio del oficio de escritor; al contrario, la pasión por el género es una buena señal del oficio de lector. Cuando el espejismo se disipa, el aprendiz de brujo vuelve a sus clases donde los afanes académicos son el mejor consuelo a la fantasía literaria, a los embrollos del bufete que alimentan sus guiones policiales, a la revista cultural donde es crítico de arte (y ya), a la consulta donde la gente no es tan compleja como pensaba o a la política con la esperanza de redactar algún día sus memorias. Yo también comencé a escribir un relato corto con pretensiones que abandoné tras maquillarlo de parábola y admitir que no me veía en ese espejo. Las alternativas son matricularse en un curso de escritura creativa, una pérdida de tiempo (y de dinero), o recurrir al socorrido blog.

Todo el mundo sabe más o menos que un blog es un sitio personal o de autor que acumula un conjunto de entradas (posts) periódicas sobre un tema más o menos genérico que se ordenan por categorías y se presentan en orden cronológico inverso (es decir, los últimos serán los primeros). Los seguidores habituales o los lectores puntuales de un blog pueden comentar las entradas. A su vez, el autor puede responder, eliminar aportaciones improcedentes (se apartan del tema para hablar de la vida en general), incluso bloquearlas si estima que no respetan unas reglas mínimas de cortesía (descalificaciones, insultos, burlas, bulos).

Los primeros blogs surgieron a finales del siglo pasado (1994). Eran sitios con un marcado carácter autobiográfico, una especie de diario personal donde el autor contaba su vida en familia, sus preferencias musicales, sus juegos favoritos, su mascota o el osito con el que durmió hasta los quince años.... Todo ilustrado con un arsenal de recursos multimedia. La mayoría se redactaron con la intención de ser un mero intercambio de vivencias entre amigos. En realidad, eran parecidos a las redes sociales actuales, pero con un alcance infinitamente menor. Su despegue fue lento y vacilante. Dos años después de su aparición no sobrepasaban el centenar. Después se produjo la gran explosión de la blogosfera. En 2010 se registraron 133 millones de blogs. Actualmente no existen datos contrastados, no sabemos con precisión cuántos circulan por la red ni su tasa de crecimiento, aunque las estimaciones más fiables se ponen de acuerdo en que hay alrededor de 300 millones. El recuento es simplemente imposible. Obviamente, algunos son flor de un mes, muchos están varados, sin apenas entradas en años, otros a la deriva, es decir, abandonados en el aire y muchos simplemente eliminados. Ahora hay blogs de casi todo; recuerdan a los antiguos grupos de noticias y a las listas de correo.

La expansión de la blogosfera se debe en gran medida a la aparición de plataformas gratuitas de alojamiento que incorporan todos los recursos y herramientas de diseño web. Las más conocidas son Blogger, Wordpress, Wix o Medium… Aunque si tienes suficientes conocimientos de programación puedes construirte uno a la medida. Hay algoritmos que permiten controlar dos grandes parámetros: los blogueros más famosos y los blogs más visitados. Los blogueros más famosos son blogueras guapísimas con intereses unidos a grandes marcas comerciales que las financian generosamente. En realidad, son influencers en formato de blog. A su vez, los más visitados son los de moda, viajes, recetas, música, política, actividad física (fitness), informática, bricolaje, deportes, finanzas y cultura… La prensa, escrita o digital, suele incorporar sus propios blogs suplementarios. Obviamente tienen un toque menos personal y más corporativo. Inversamente, hay blogs profesionales (de bancos y grupos empresariales) que adoptan un estilo informal, amistoso, familiar incluso con el fin de captar la atención del gran público. A mí me interesan sobre todo los literarios y filosóficos. Sigo muy pocos, pero incluso en los de más excelencia, como Bernardinas del escritor turolense Antonio Castellote, creo que la interacción autor-lector es baja y breve… Cuando intervenimos, nos parecemos a esos oponentes socráticos de pega que se limitan a dar la razón al maestro o a cubrirlo de halagos. De los demás tópicos no puedo opinar, nunca he dirigido mi modesto telescopio a esas remotas regiones de la blogosfera, aunque tengo la impresión de que la inmensa mayoría de cibernautas, blogueros incluidos, prefiere dedicar su cuota de ingenio a las redes sociales. 

martes, 25 de enero de 2022

Tertulias. Segunda parte

 


La pandemia ha interrumpido las tertulias presenciales. Las más numerosas como las del Casino, el Ateneo o el Círculo de Bellas Artes de Madrid (desconozco las de otras comunidades) han tenido que suspender sus actividades sin fecha. Las tertulias presenciales han dado paso a las virtuales. Esto no significa que las segundas hayan defenestrado a las primeras. Lo que sostengo es que ambas siempre han coexistido pacíficamente, sin interferencias, no son complementarias y se han ignorado como líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse. Al margen de las películas de ciencia ficción, la ciudad real y telépolis son ámbitos autónomos difíciles de encajar. Las instituciones de ambas ciudades tienen reglas propias, en ocasiones disonantes. Algunos ejemplos. La pandemia ha puesto de manifiesto los problemas de la educación en línea tanto para el alumno como para el profesor, las desventajas del teletrabajo para el trabajador y la empresa o las disfunciones entre la banca por internet y los clientes de la tercera edad. También es verdad que algunas instituciones de telépolis se han impuesto: por ejemplo, la prensa digital a la de papel, las plataformas de pago por visión a los cines de barrio y, en breve, el comercio electrónico a las grandes superficies o el dinero de plástico a los billetes de banco.

Asistimos en directo al ocaso histórico de algunos géneros culturales como la conferencia, la mesa redonda o la tertulia. Solamente las presentaciones de libros han sobrevivido por su interés publicitario. Las tertulias del Café Gijón, del café de Oriente o del Café Comercial, entre otras muchas, han desaparecido. Es cierto que hay repuntes dispersos en algunas zonas de Madrid, pero anuncian más bien el declive gradual de un clásico que su resurrección. Si tienen interés, les recomiendo el libro de Antonio Espina, Las tertulias de Madrid.

Las primeras tertulias virtuales fueron los grupos de noticias (newsgroups) que surgieron en 1979, diez años antes que Internet, todavía un proyecto científico-militar. Utilizaban la red Usenet creada por universitarios norteamericanos. La idea inicial era promover un foro de ayuda para resolver los problemas de los usuarios del sistema operativo Unix, pero con una rapidez inesperada se transformó en un espacio donde cualquier asunto cabía. En muy poco tiempo se expandió exponencialmente por todo el mundo. Se accedía a los grupos de noticias mediante una utilidad de los navegadores de entonces (Netscape o Explorer). Eran foros de discusión donde los usuarios publicaban mensajes sobre cualquier tema de interés para crear un hilo conductor jerárquico o descendente. Podías continuar la línea argumental con tus puntos de vista e incluso crear nuevos foros trasversales si la ocasión lo requería. Hay que tener en cuenta que hablamos de ordenadores con 4 MB de memoria RAM equipados con el sistema operativo Windows 3.11 de Microsoft que a pesar de sus limitaciones fue la puerta abierta a un mundo nuevo con ventanas, programas, iconos, menús y ratón. Los grupos de noticias eran espacios de opinión cuya principal diferencia con sus herederos, la mensajería instantánea, es que no había intercambio de entradas en tiempo real. En un foro de discusión alguien exponía su punto de vista que era leído antes o después por otro usuario que lo comentaba o no. Su capacidad de fragmentación de la realidad era increíble. En 1991, la RedIRIS puso en marcha los grupos españoles, cuyos nombres empiezan por "es" y se organizan por categorías, por ejemplo, "es.charla.atletico-de-madrid. Había foros dedicado al cine en general, al cine español, a José Luis López Vázquez, a cualquier película del actor o a los detalles de su vida privada. La atomización llegaba a niveles insólitos. La despoblación de los foros empezó con el cambio de siglo y la RedIris se convirtió en una versión digital de la España vaciada. En 2001 Google compró Usenet y la totalidad de sus contenidos. Los limpió de virus y propaganda no deseada, los integró en la web y actualmente se conservan en groups.google.com. Aunque su uso es marginal, son un testimonio inestimable de los problemas e inquietudes de aquellos años. No dudo en calificarlos de historia viva. Recuerdo que pertenecí a muy pocos grupos de noticias y siempre de un modo académico pues coincidió con la época en que el Programa de Nuevas Tecnologías de la Información y de la Comunicación (PNTIC) del Ministerio de Educación obligaba a los profesores de los IES a realizar cursos de formación sobre los protocolos de Internet más conocidos.

Parecidas a los grupos de noticias fueron las listas de correo. Muy populares a finales de los 90, comenzaron a desaparecer tras diez años de intensa actividad. Del mismo modo, algunas listas eran abiertas y otras sujetas a la aprobación del administrador que a su vez las moderaba para evitar los insultos, los malos modos, la propaganda ideológica o los correos no deseados (spam). Podían referirse, por tanto, a cualquier tópico de interés mayoritario o minoritario, desde la cría de canarios, el fútbol africano o la política exterior del Reino Unido. El usuario utilizaba la lista de correo para enviar mensajes al resto de suscriptores que, a su vez, podían contestarle, lo que daba lugar al intercambio acumulativo de debates. Normalmente, el servidor de la lista enviaba un boletín diario con todos los correos recibidos.

Los foros de discusión y las listas de correos, las primeras tertulias virtuales, dieron paso a los chats. La primera aplicación para chatear se llamaba mIRC. Fue creada en 1993 y desapareció en 2002. Te permitía conectarte a innumerables salas de chat sobre los temas más inverosímiles donde podías intercambiar opiniones de forma pública o privada. Eran muy divertidos porque de forma anónima podías hacerte pasar por el personaje que quisieras y representar un papel. El motivo central de todas las salas era el ligue por lo que los roles femeninos eran especialmente cotizados. Puro machismo, por supuesto. Algunos eran cerrados, sólo para iniciados, pero la mayoría eran abiertos. Algunos tenían un coordinador que expulsaba a los que se pasaban tres pueblos, otros tenían barra libre para largar. Si decidías participar en salas sobre ciertos temas "complejos" te calaban enseguida y te bloqueaban hasta el día del juicio final. Recuerdo entrar en una tertulia de lesbianas con el apodo de Verónica_la_prima y en cuanto abrí el pico me fulminaron con cajas destempladas. Los programas de mensajería instantánea desplazaron a los caóticos salones de chat. Sus afinadas herramientas y, sobre todo su privacidad, tenían muchas ventajas. Entre todos, se hizo famoso MSN Messenger que reinó desde 1999 hasta 2005. Actualmente la aplicación más extendida es WhatsApp para teléfonos inteligentes que incluye el cifrado de mensajes en ambas direcciones. En realidad, todas las aplicaciones de las redes sociales tienen una utilidad de mensajería instantánea. 

Pero nos desviamos de las tertulias virtuales. Las tres aplicaciones especialmente diseñadas para las charlas en grupo mediante videoconferencia y pantalla múltiple son Skype de Microsoft, Google Meet y el FaceTime de Apple. Este último es mi preferido por su calidad de audio-video sin cortes. En este punto cabe afirmar que también las tertulias virtuales han comenzado a convertirse en una especie en extinción. Paralelamente vinieron los blogs. Pero eso es otra historia. 

jueves, 20 de enero de 2022

Tertulias. Primera parte

 

Si consultan el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Coromines, se enterarán, si no lo sabían, de que la tertulia era cierta parte del teatro donde se reunían los espectadores más cultos, los tertulianos, porque, según una tradición del siglo XVII, citaban con frecuencia a Tertuliano (c. 160-c. 220), un erudito Padre de la Iglesia. Otra interpretación atribuye el término a la expresión medieval ter Tullius o “el que vale tres veces como Tulio”, o sea Cicerón.  

Una tertulia, dicho en román paladino, es una reunión de gente que se reúne habitualmente para discutir o conversar sobre los temas más diversos. Hay quien opina que las primeras tertulias surgieron en la plaza pública de la antigua Atenas, cuando Sócrates, rodeado de un buen número de discípulos (le gustaban jóvenes), proponía, discutía y refutaba a sus oponentes, sabios de pacotilla, con su invencible método dialéctico. Históricamente, las primeras tertulias surgieron en el siglo XVIII para conversar sobre asuntos literarios, artísticos, musicales o filosóficos… Con el tiempo, por supuesto, se amplió el repertorio hasta abarcar la totalidad del mundo real e imaginario.  

Acotemos el término. No conviene confundir una tertulia con los salones afrancesados del siglo XIX donde se reunían en la mansión de un distinguido aristócrata o un burgués de gama alta selectos invitados por su condición social, su popularidad o sus méritos intelectuales. Tampoco es lo mismo una tertulia que una reunión de sobremesa con familiares y amigos donde lo habitual es la charla informal, el chismorreo o las anécdotas. Ni las interminables partidas de mus entre los socios de un casino de provincias donde se pone verde al primero que se da la vuelta. O las charlas de rebotica de las fuerzas vivas de la España profunda a las que puso música y letra José Luis Perales. Y mucho menos la logomaquia entre canapés y copas propia de la clausura de una convención empresarial. Quizás lo más parecido a una tertulia sean las conversaciones crónicas (siempre se dice lo mismo a la misma hora y en el mismo tono) de los miembros de un club de caballeros ingleses arrellanados en confortables sillones de cuero con un cohíba y un escocés las manos.  

España es el país por excelencia de las grandes tertulias. Sería interminable citar las más célebres. Les remito a la excelente página Cafés con tertulia (Madrid). Solían ser nombradas o bien por el personaje ilustre que las presidia o bien por el local donde se celebraban, normalmente cafés, cervecerías o restaurantes.

He asistido a dos tertulias menores. Una literaria, quincenal, organizada por profesores de instituto, que se celebraba en la trastienda de una librería de Chamberí, cerrada mucho antes de la pandemia. Se proponía la lectura de un libro, normalmente una novela española de cualquier época, que luego se comentaba, se leían fragmentos claves con voz arrebatada e incluso se organizaban viajes a los lugares donde se desarrollaba la narración. Como la mayoría eran especialistas en lengua y literatura se hacía, en mi opinión, excesivo hincapié en los elementos estilísticos, históricos y biográficos del texto y menos en los conceptuales. Mis intervenciones, no demasiadas, se consideraban originales y sugerentes pero contaminadas de sobresentidos. Fui más por curiosidad que por interés; además no me convence la idea de leer por obligación ni me gustan los viajes en grupo con personas a las que sólo conozco de oídas. Al terminar el curso me despedí cordialmente. Asistí también a una tertulia filosófica en el Ateneo de Madrid del que fui socio dos años, más por una imagen absurda que por lo que me aportaba. Por ejemplo, su biblioteca es espléndida, pero la de la Biblioteca Nacional es una de las mejores del mundo y además gratis. Algo similar se puede decir de los ciclos de conferencias y eventos culturales de ambas instituciones. La tertulia del Ateneo, más o menos semanal, era una pura improvisación entre muy viejos conocidos con un catedrático de ontología al frente. Con el tiempo habían construido un lenguaje privado que más o menos conseguí descifrar. Afirmaban, tras un laberinto de disquisiciones inextricables, que Dios es el universo entero y que ni la autoconciencia ni la racionalidad son atributos de Dios, aunque lo sean de ciertos pobladores del cosmos, lo cual es irrelevante a efectos teológicos. Esto explica el problema del mal en el mundo y la presencia y, a la vez, la no presencia de Dios en la vida humana, ambas absolutas y no contradictorias. Las leyes naturales son el lenguaje de un Dios que no habla; que es eterno e infinito, pero no lo sabe. Que la nada es inconcebible y, por lo tanto, es imposible que Dios no exista. Según decían, se han descubierto fluctuaciones cuánticas en el vacío absoluto, pero de ahí no se sigue nada (¿Los escalofríos de Dios?). El nudo gordiano de sus embrollos era la palabra nada, que era, en el fondo, de lo que trataba la tertulia.

Hay otro tipo de tertulias: televisivas, radiofónicas y virtuales. Las televisivas son más bien programas de telerrealidad. Aparecen y desaparecen en función de los índices de audiencia que alcancen. No son propiamente una tertulia sino una reunión de gente famosa surgida de los rincones más insospechados del circo social que se dedican a hablar de sí mismos en pretérito perfecto, a soltar sus ocurrencias infumables, a sacar los trapos sucios de los ausentes o a criticarse entre sí, tras airear los suyos. Hubo incluso telerrealidades con gente anónima, de la calle, iguales al espectador, que acababan en broncas enormes y puños fuera o en reconciliaciones lacrimógenas. Se dijo que todo respondía a un montaje prefabricado. En cualquier caso, el desmedido aumento de la cantidad del estímulo dejó de funcionar porque a medio plazo a nadie le interesan las cuitas de un prójimo sin importancia. Prácticamente han desaparecido.

Las tertulias de la radio son políticas o futboleras. Las primeras incorporan a periodistas, politólogos y viejas glorias de la cosa pública. Detrás de sus incontables discrepancias, matices y variaciones sobre el mismo tema, todas tienen en común el aroma inconfundible del medio que las mantiene. Si alguien les dice que se apunta a todas las tertulias políticas para estar mejor informado, no se lo crean; sólo sintonizamos las emisoras que nos dan la razón. Las tertulias futboleras son las más divertidas porque su formato es el de gritar la opinión, pontificar sobre tu equipo o el rival, interrumpir o no dejar hablar, meterse personalmente con los colegas y, en el fondo ser compañeros del alma. Lo que hacen es alimentar la guerra y el negocio del futbol. En algunas, los oyentes interactúan por teléfono con la peña: hinchas, erasmus, seguratas, camioneros. La lógica de estos últimos me parece especialmente valiosa. Los pondría mañana mismo al frente de un Consejo de ministros filantrópico-tecnocrático. El éxito de las tertulias políticas o futboleras se basa en que forman parte de nuestros hábitos sagrados al acostarnos y levantarnos. Lo que no quita que se las vea el plumero. Si no quieren enterarse de nada comparen las tertulias de la radio catalana con la madrileña. Como Luis Aragonés advertía al vestuario sobre la prensa deportiva: ellos juegan su partido y nosotros el nuestro; ni p. caso.

Por último, las tertulias virtuales se remontan a los antiguos grupos de noticias de internet sobre los temas más insólitos y los chats abiertos o cerrados que, por lo visto, siguen activos. Pero lo que actualmente se lleva son los programas de mensajería instantánea que incluyen grupos con intereses afines. WhatsApp es el primero entre los pares. Se podría decir que las redes sociales son una enorme tertulia digital. Pero esto requiere un nuevo artículo. Continuará. 

viernes, 7 de enero de 2022

Series de la sexta ola: Colombo

 

A casi todos mis detectives favoritos les he dedicado algún artículo: Sherlock Holmes, El Padre Brown, Hercule Poirot, aunque me he dejado en el teclado otros como Auguste Dupin, Maigret o Philip Marlowe. Si el alfabeto griego de la pandemia continúa, acabaré por incluir, nimbado de gloria, al excelente Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. En cualquier caso, hay un sabueso televisivo al que he seguido fielmente desde los inicios de la serie en los años setenta. En estos tiempos de reclusión he revisado las siete temporadas que ofrece la plataforma Amazon Prime de Columbus en versión norteamericana, la original, o Colombo en la española. Más que una serie, donde el guion exige una continuidad narrativa, se trata de un conjunto de largometrajes independientes para la televisión con una forma argumental idéntica, unos elementos que se repiten y una estrategia de investigación sin precedentes. Las tres en una nos convierten en adictos incondicionales.

Lo cierto es que ignoramos su nombre porque siempre se refiere a sí mismo como teniente Colombo, un detective adscrito al Departamento de Homicidios de la policía de Los Ángeles; aunque en el episodio quinto de la primera serie, al mostrar su placa en un plano corto, se aprecia claramente el nombre de Frank. De su mujer, la señora Colombo, que nunca aparece ante la cámara, conocemos un heterogéneo repertorio de gustos y costumbres al hilo de los personajes del caso. Su principal determinación es la indeterminación. Lo poco que sabemos de la vida privada de Colombo procede de esta fuente. En una entrevista, Peter Falk (as Columbo) confesó que se llamaba Rose y que no pensaba decir más. También sabemos por uno de los episodios de la tercera temporada que tiene una hija y al menos dos hijos mayores. Mantienen una relación de pareja normal, convencional, se quieren y su mujer lleva las riendas de la vida familiar y social… aunque a veces dice haberla consultado sobre ciertos aspectos del caso que le quitan el sueño. Colombo es italoamericano. De su padre (por indicios policía fallecido en acto de servicio) sabemos que le enseñó el valor del trabajo y la honradez, de su madre que vive en la ciudad de Fresno (California) y a veces la visitan. En otros episodios menciona a su familia extensa, primos, cuñados, sobrinos, incluso sus profesiones que varían de una temporada a otra sin que al final sepamos con certeza de quien hablamos (otra vez los perezosos guionistas). Colombo significa algo así como Palomo, sinónimo coloquial de alguien ingenuo, despistado y fácil de engañar. Es el disfraz detrás del que se esconde un oficial astuto, observador e implacable.

La estructura argumental es inversa a la mayoría de los relatos de la novela negra en la que el asesino es descubierto en las últimas páginas tras una exhibición de perspicaces deducciones que ponen punto final al enigma. Todos los episodios de Colombo comienzan con la consumación del crimen perfecto. Desde el principio sabemos quién es el asesino y el móvil; suele ser un hombre o una mujer que pertenece a lo que los sociólogos llaman clase alta superior. Muchos son conocidos artistas, empresarios, ejecutivos, senadores, cirujanos o nuevos ricos. Una de las razones del éxito de la serie es que la figura del culpable siempre ha sido interpretada por actores famosos.

Los elementos comunes de la serie son inconfundibles: en cualquier época del año viste una gabardina pringosa que cubre un traje de color ratón que le sienta fatal, una camisa blanca mal planchada cuyo cuello sobresale de la chaqueta y una corbata oscura, demodée, con el nudo aflojado, corrido o apretado. Según parece la famosa gabardina no estaba prevista en el guion, simplemente el primer día de rodaje llovía y se la compró él mismo en una tienda de la cadena española Cortefiel. Es su uniforme de combate que contrasta con los atuendos elegantes y caros de los asesinos, incluso con los trajes correctos de sus subordinados. Otros ingredientes imprescindibles son los puros apestosos que fuma cuando está de servicio y el coche para el desguace (un Peugeot 403 del 59) que conduce a trompicones hasta la mansión o el chalé de lujo donde se ha cometido el crimen. A veces, hasta que enseña sus credenciales, sus interlocutores lo miran con aprensión, como si hablaran con un pordiosero. Tiene un perro al que llama perro, un sabueso cariñoso pero tontorrón, refractario al aprendizaje, incapaz de seguir una pista que no sea un terrón de azúcar que sirve de contraste con la verdad canina de Colombo: un perro de presa que no afloja las mandíbulas hasta que el culpable se rinde. Suele presentarse en el escenario del crimen medio dormido, sin afeitar, quejoso de su suerte, suplicando a un fresco agente de uniforme que le traiga un café por caridad; a veces aparece con un ruidoso catarro que molesta a todos. Come, si lo hace, a salto de mata, en carritos callejeros o baretos mugres donde conoce al dueño; le gustan los perritos calientes con mostaza, el chile picante con judías y los helados de cucurucho (que comparte con el perro). No bebe salvo que lo exija el caso y a veces prueba con deleite las exquisiteces que le ofrece el criminal cuando lo recibe en su casa entre alardes de gente importante. Nunca va armado (tiene problemas con sus superiores porque no asiste a las prácticas de tiro) y jamás emplea la violencia verbal o física. Es tuerto (de niño perdió un ojo debido a un tumor maligno), aunque no se le nota el ojo de cristal. Lo cierto es que con un ojo ve más que todos sus ayudantes juntos con los dos abiertos.

Los métodos de Colombo son bien conocidos. Escucha del sargento, entre bostezos, los hechos; levanta las orejas cuando le informa el forense de causas y horas y tras una ojeada general escucha por educación mal disimulada las teorías de sus colegas que justamente avalan las evidencias que ha sembrado el asesino. Una segunda mirada más minuciosa al cadáver y al escenario le revelan ciertos detalles insignificantes que no encajan con las apariencias. A veces son incoherencias menores, otras, descuidos imperceptibles, rendijas, disonancias brumosas. Comienza libreta en mano las interminables preguntas a próximos y lejanos. Y aquí interviene la asombrosa intuición de Colombo. El instinto le dirige rápido y con seguridad al culpable que se cree a salvo por la solidez de su puesta en escena. Pero Colombo lo acaba acorralando con una sagacidad envolvente. Lo sigue y persigue hasta la extenuación. La coartada se derrumba como un castillo de naipes. Lo interroga mil veces con refinada cortesía para pulir ciertas piezas del caso que no acaban de encajar. Cuando parece que se marcha, vuelve a la carga con su consabido: ¡Ah, se me olvidaba, una cosa más! Las pruebas arrugadas  que salen de los bolsillos de su gabardina son cada vez más concluyentes. Ha removido cielo y tierra entre bambalinas. Su información es exhaustiva. Cualquier dato relevante ha sido contrastado. Ningún culpable se escapa del agujero negro. No le queda más alternativa que confesar o tener que soportar el resto de su vida a Colombo .

domingo, 19 de diciembre de 2021

Mis experiencias en Cataluña

 

Recuerdo que, hace mil años, allá por el 2003, participé en una comisión del Ministerio de Educación y Ciencia para la elaboración de los curricula de mínimos de las asignaturas de Filosofía e Historia de la Filosofía. Una vez aprobados, los representantes del Ministerio y los directores de las comisiones del MEC se reunieron con sus homólogos de las Comunidades Autónomas para consensuarlos. Ardua labor, voto a tal. Lo cierto es que, salvo matices de poca monta, no hubo nada que objetar, ¡especialmente las delegaciones del País Vasco y Cataluña! (decía asombrado nuestro director). La conclusión era evidente. Cuando, al cabo de unos meses, comparamos los decretos de mínimos vasco y catalán con el nuestro, el estatal, lo único que pudimos detectar era un cierto aire de familia… El resto de los decretos autonómicos eran vagamente parecidos. Y a ver quién le pone el cascabel al gato. El actual problema de la cuota del 25% de castellano en las aulas catalanas, ratificado por el Tribunal Supremo, es básicamente lo mismo: como implementar medidas que permitan aplicar la ley. Misión imposible. La aplicación de un 155 permanente es una ocurrencia absurda. En realidad, es lo que desean los sectores más radicales del independentismo. Esperan que las democracias europeas, por más que conozcan el laberinto español, se harten de soluciones contundentes y acaben por darles la razón.   

Según parece, dicen los sociólogos y las urnas lo confirman, la mitad o más de los catalanes no son independentistas. Pueden ser españolistas, nacionalistas, cosmopolitas o nada… pero el catalán es su lengua materna y el castellano su segunda opción; tienen, por tanto, el privilegio cultural de ser bilingües. En mi opinión, no se puede poner puertas al campo. La enseñanza pública y concertada se impartirán antes o después en catalán. Y los que quieran que sus hijos aprendan en castellano tendrán que adaptarse al principio de realidad por mucha razón que lleven y un montón de sentencias los avalen. Alegan los españolistas contumaces que el catalán no tiene proyección internacional; lo cierto es que el castellano tampoco, al menos en la Unión Europea. Además, los catalanes lo hablan tan bien como el que más.  

Yo he vivido un año en Cataluña. Fue mi primera plaza como funcionario de carrera en la Enseñanza Media, agregado de instituto; saqué una plaza en el último tercio de la lista provisional y gracias. Me destinaron a Huesca, pero en la lista definitiva me desplazaron a Sabadell en pleno auge de la transición y del nacionalismo emergente. Me sentí más extranjero que en Lisboa (literal). Ser madrileño empeoró las cosas. Uno de los conversos de tercera generación (los más agresivos), sus abuelos eran de Almería, me preguntó de sopetón en la cafetería del centro delante de sus colegas si era de la brigada política social. Entonces yo era alto, rubio y de ojos azules; le respondí si tenía huevos para decírmelo en la calle, pero solos, sin la guardia pretoriana. Yo había dado clases de defensa personal durante dos años en una escuela de Madrid por mero deporte místico. Le mostré mi homologación de grado (que llevaba por primera vez en la cartera) para evitar partirle la cara y por ese lado se acabó el acoso. Se quejó a la junta directiva de que lo había amenazado en el centro, pero como lo tenían muy visto y, en el fondo, lo miraban como un charnego reciclado, ni siquiera me preguntaron por mi versión de los hechos.

Teníamos horario partido por lo que me apunté a comer con un grupo de compañeros, algunos foráneos, en el restaurante al que solían ir. Lo malo no es que hablaran exclusivamente en catalán, lo cual era lógico hasta cierto punto, sino que nos hacían un vacío cósmico. Dejé de molestarles con mi no presencia. Observé también, los pocos días que estuve, que un profesor de historia, catalán de pura cepa, respetado en el centro, les contestaba siempre en castellano cervantino (¡viva el pluralismo!). Les indignaba a todas luces, pero se callaban. La última celada que sufrí quedó en intentona tras una excursión de profesores organizada por el instituto a un bello pueblo del Alto Ampurdán cuyo nombre no recuerdo. Después de la comida se organizó una partida de póquer tapado con cuatro profesores a la que me dejé arrastrar por complacer a los nativos; no me gusta el juego y además suelo perder. Lo raro es que les gané una pasta gansa con la que pagué el alquiler de la casa. Pasó una semana plana y un martes, al acabar las clases de la tarde, uno de los componentes de la timba, lo reconocí al punto, un profesor de educación física calvo como una bola de billar y la principal fuente de mis ganancias, me dijo que los viernes solían echar unas manos de póquer en casa de J. otro de los perdigones, por si quería apuntarme. Sin tener que afinar mucho, me olí la tostada de los conjurados y el pelat. No sé qué excusa puse, pero el tentador se dio cuenta de que yo me daba cuenta y ahí acabó la cosa, deportivamente.

El Departamento de Lengua Catalana, que hacía entre otras las funciones de comisariado político, me citó por escrito a una reunión oficial. Lo dirigía la inefable Montse, entre cuyas hazañas se contaba el haber pedido en catalán chuletas de cordero en una carnicería del Mercado Maravillas de la calle Bravo Murillo distrito de Chamberí, Madrid. Ante su brava insistencia, el personal castizo se cabreó y se libró por muy poco de salir en bragas a la calle… Lo primero que me espetaron las chicas (se había corrido la voz de que era un matasiete) fue si era consciente de que le estaba quitando la plaza a un profesor catalán. Sí, dije escuetamente, lo lamento. Me preguntaron si pensaba quedarme mucho tiempo en Cataluña porque si era así debía apuntarme desde ya a las clases de catalán para “castellanos parlantes”. Les conté la verdad de mi rebote en la lista, que pensaba irme cuanto antes y que mi familia materna era catalana (mi segundo apellido es Isern, en realidad mallorquín, pero coló); que una parte vivía en Barcelona, lo cual era cierto, les di la dirección y estoy seguro de que lo comprobaron. Desde entonces me llamaban siempre “Isern” y me invitaron por activa y por pasiva a renunciar a mi turbio pasado madrileño. En otra reunión me hablaron largo y tendido, como algo nuevo para mí, del sentimiento catalán (o sea, antiespañol); de la represión lingüística y cultural durante el fascismo, de la aspiración irrenunciable de Cataluña a separarse del Estado y tal y cual. Sí, lo comprendo, les dije, reprimiendo un bostezo.

Me dieron un horario sobrecargado, pero era el último por número de registro y tuve que aguantarme (no había turno rotatorio). Por supuesto, los claustros eran en catalán con breves incursiones en castellano para dejar claro a los monolingües ciertos aspectos cruciales que se podían malentender. Deambulaba por la sala de profesores como burro sin amo. Por lo demás, la junta directiva del centro era pasota y tolerante. Al terminar las vacaciones de Semana Santa somaticé una extraña fiebre rebelde y me demoré, certificado médico en mano, una semana en volver a Sabadell. Nadie me pidió explicaciones; era como si no hubiera pasado.

Curiosamente, con quien mejor relación tuve fue con los alumnos, la parte contratante de la primera parte. Antes de pasar lista en todos los cursos, les aclaré por qué había recalado allí y nadie dijo nada ofensivo ni defensivo. Cuando pronuncié chapuceramente apellidos como Fortuny me corrigieron con humor. Me disculpé por mi torpeza. Algunos me preguntaron, con la mejor intención creo, si podían escribir los exámenes en catalán. Les respondí que podían hacerlo en la lengua que quisieran, pero si lo hacían en catalán, por culpa de mis carencias quizás no podría valorar en su justa medida lo que sabían, lo que podía perjudicarles en mi valoración de la nota. Por supuesto, el viejo truco. Nadie, en el año que estuve, me redactó jamás un examen en su lengua materna. Antes de dar las notas, generosas, les di las gracias por su colaboración en el proceso de aprendizaje y bla, bla, bla. Lo que sí puedo asegurar categóricamente es que escribían en castellano exactamente igual de bien y mal que los alumnos de otros centros públicos españoles en los que impartí mis clases. Además de los alumnos, lo dejo para el final, mi mayor satisfacción fue tener el privilegio de encontrar en Sabadell a uno de mis mejores amigos de siempre, Alfonso Giral. Las circunstancias de la vida nos separaron, pero siempre llevaré conmigo su mejor recuerdo. Va por ti, Alfonso.

lunes, 13 de diciembre de 2021

¿Liberales?

El término liberal está decididamente devaluado. Lo cierto es que el liberalismo actual en España, excepto honrosas excepciones, siempre tuvo unos perfiles débiles y difusos. Por más que el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa trate de darle un noble sesgo ideológico, el liberalismo se ha desmarcado de los genuinos valores éticos del pensamiento de Stuart Mill: el progreso de las libertades civiles, la autonomía del individuo frente a todo tipo de presiones (como la opinión pública), la creatividad personal y la supeditación del legítimo interés individual a la utilidad del mayor número. En realidad, lo que ha hecho es invertirlos. En una tarde invernal de sillón, chimenea y manta les propongo que descubran uno por uno el sentido de tal inversión. Nunca deja de impresionarme en política el abismo entre teoría y práctica; entre pensamiento social y sociología empírica. ¿El puente? A pesar de las críticas ásperas de mis colegas de la Enseñanza Media (como debería llamarse), insisto en que las asignaturas de Filosofía e Historia de la Filosofía (unos estudios minoritarios más propios de la Enseñanza Superior) deberían ser, como mucho, opcionales y, en el fondo, sustituidas por las obligatorias de Ética social y política en la E.S.O., Introducción a la teoría política en Primero de Bachillerato e Historia de las ideas políticas en Segundo de Bachillerato. Puro utilitarismo educativo.             

La práctica: en la actualidad, dícese liberal del seguidor de una ideología conservadora cuyo principio es el respeto al adversario… en la oposición. Las dos grandes lideresas de la Comunidad de Madrid se autocalifican de liberales. Un partido político como Ciudadanos nació con la pretensión de un liberalismo renovado, europeísta, ajeno a los embrollos del Partido Popular. Obtuvo en principio un notable crédito electoral hasta que, finalmente, sus propuestas resultaron calcadas en la forma y en el fondo de la derecha conservadora (a la que pretendía desplazar con sus mismos argumentos) por lo que sus seguidores, como es lógico, eligieron votar al original antes que a la copia. El refranero es sabio: La avaricia rompe el saco. Fusión o extinción, ese es el dilema de Ciudadanos.

La fusión (o confusión) entre los liberales recalcitrantes de la Escuela de Chicago y los conservadores hace tiempo que ha mutado en Estados Unidos a la variante neo (donde puedes completar indistintamente neoliberal o neoconservador). El laberinto español, anterior y posterior a la Guerra Civil, tiene vida propia, aunque el resultado sea parecido. Si los neos pierden el poder en las urnas intentan recuperarlo mediante la estrategia del golpe de Estado permanente; un golpe institucional, en principio, donde todos los medios son válidos excepto el juego limpio y la competencia leal entre ideas. El asalto al Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021 fue la señal de alarma de que la democracia está en peligro.

El Neo sirve de soporte a los desmanes de la globalización que ha traído al mundo la peste de la crisis económica de 2008. Su lema (resuenan los ecos de Adam Smith), cuantas más riquezas acapares, más felices seremos todos, no suena nada filantrópico. Al revés, los desastres medioambientales (desde el cambio climático, el descontrol industrial y la desnaturalización de la flora y de la fauna) han propiciado, sin duda, la pandemia covid. Las palabras mágicas que esgrimen los neos son individuo, pluralismo y libertad. Individuo significa que alguien nacido en la clase alta es capaz de mantener sus privilegios e incluso ampliarlos por méritos propios. Pluralismo, palabra noble en sí misma, ha sido sustituida por el relativismo del todo vale que finalmente es el disfraz de los neos para ocultar el pensamiento único. Libertad equivale al libre flujo de capitales, al rechazo de la iniciativa estatal en materia económica, es decir, a la no intervención del Estado en la regulación de los mercados y a la privatización o externalización masiva de los sectores públicos.

Como dice con buen criterio mi buen amigo Javier desde la ética: lo malo de los liberales es que al final no son nada liberales.

martes, 30 de noviembre de 2021

Fines del mundo

 

La expresión el fin del mundo es ambigua. Puede tener un significado finalista (o teleológico), un significado terminal (o escatológico) y un significado personal (o tanatológico).

Podemos prescindir del primero: en el mundo todo es como es y sucede como sucede, carece de causas finales, incluso en su dimensión biológica. La evolución de la vida en la tierra o la aparición de la especie humana no tienen ninguna finalidad. La selección natural es un mecanismo biológico equivalente a la ley de la gravedad. No es posible, por tanto, preguntar por el sentido del mundo. La frontera del conocimiento sería la paradoja metafísica de por qué hay el ser y no más bien la nada. La cual no equivale a la investigación física sobre el origen del universo. La primera busca un propósito, la segunda una explicación. Hablar del problema del mal en el mundo es un sinsentido: la erupción de un volcán o las mutaciones de un virus pueden ser explicadas, no evaluadas.  En el mundo no hay ningún valor, y aunque lo hubiese no tendría ningún valor, sólo sería un malentendido del lenguaje. El sentido del mundo debe quedar fuera del mundo. Dentro del mundo hay que guardar silencio. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse. Fuera del mundo podemos conferir todo tipo de sentidos: éticos, estéticos, políticos, teológicos, filosóficos, esotéricos…

Del segundo significado del fin del mundo hay numerosas teorías. Prescindimos de las trompetas apocalípticas de carácter religioso y de las absurdas profecías pseudocientíficas. La ciencia predice que dentro de unos cinco mil millones de años el Sol habrá consumido todo el combustible de su núcleo, el hidrógeno. Entonces, comenzará a fusionar helio, se hará cada vez más grande, como un globo que se infla, y se convertirá en una gigante roja. Se hinchará tanto que su tamaño será casi doscientas veces el actual, se tragará a Mercurio y Venus, aunque no está claro si hará lo mismo con la Tierra. En todo caso, la temperatura será tan alta que la vida en nuestra única patria y morada será imposible millones de años antes. Por entonces, la especie humana o bien se habrá extinguido o habrá conseguido emigrar a otros mundos (naturales o artificiales). Me inclino por lo primero. En realidad, la especie humana es especialmente autodestructiva. Tres ejemplos: la confrontación cada vez más caliente de las grandes potencias mundiales. La imparable carrera de armamento es el trasfondo de la política internacional ante la evidencia de que el poder político está subordinado al poder económico, pero ambos, en última instancia, al poder militar. Otro: Las dos potencias que emiten más gases contaminantes del efecto invernadero, China y Estados Unidos -en torno al 40%- no se han adherido al Acuerdo de París (2021). La realidad hasta ahora es que de las 18 economías que más gases de efecto invernadero expulsan a la atmósfera, solo dos han revisado al alza sus planes de recorte con una notable ambición, como ha destacado Naciones Unidas. Se trata de la Unión Europea, que ha elevado del 40% al 55% su objetivo de reducción de emisiones en 2030, y el Reino Unido, que ha pasado del 53% al 68%. Tampoco los países del llamado primer mundo acaban de entender que es imposible vencer localmente a una pandemia mundial. En los países con recursos económicos el índice de vacunación es relativamente alto: se calcula que más de un sesenta por ciento de la población ha recibido la pauta completa, mientras que en los países pobres es tan solo de un tres por ciento. En muchos países del primer mundo ya se va por el tercer pinchazo, pero las olas no cesan de infectar a la población. Conclusión: mientras los países del tercer mundo no tengan acceso masivo a las vacunas continuarán las mutaciones cada vez más agresivas. No parece viable ponernos cuatro vacunas al año y cerrar las fronteras en un mundo globalizado. La pandemia es una extraordinario ocasión para entender las miserias del nacionalismo y la verdad del cosmopolitismo. Desde hace mucho tiempo, quizás desde los antiguos estoicos, la filosofía espera un tratado cuyo título sea “Principios de una ética cosmopolita”.

Del tercer significado del fin del mundo hay que comenzar con otra proposición del Tractatus: Así pues, en la muerte el mundo no cambia sino cesa. Las expresiones de tránsito (pasó a mejor vida, alcanzó la vida eterna, está con los más, descansa en paz) son eufemismos cuya finalidad es ocultar que con la muerte no cambiamos de estado, simplemente desaparecemos. No deberíamos reflexionar demasiado sobre la muerte puesto que carecemos de información fiable. Tu propia muerte (no la del otro, la que conocemos) es una experiencia única e irrepetible. Cada cual, a solas consigo mismo, conocerá los pormenores de su propia muerte: eso significa realmente la expresión “afrontar la muerte”. El acontecimiento de la hora postrera está reservado a un solo espectador. Podemos imaginar, adelantar acontecimientos, pero sólo son fantasías cuya finalidad puede ser múltiple, positiva o negativa, excepto saber algo de nuestra propia muerte (el último momento de nuestra identidad personal). Tu muerte es tuya, del soneto de Agustín García Calvo. La expresión La muerte no es final, símbolo de la trascendencia, deja intacto el fin del mundo y nos traslada a otro más misterioso y quizás indeseable. Terminamos como empezamos, con otra lúcida proposición de Wittgenstein: La inmortalidad temporal del alma humana, esto es, su eterno sobrevivir aun después de la muerte, no solo no está garantizada de ningún modo, sino que tal suposición no nos proporciona en principio lo que merced a ella se ha deseado siempre conseguir. ¿Se resuelve quizás un enigma por el hecho de que yo sobreviva eternamente? Y esta vida eterna ¿no es tan enigmática como la presente?