viernes, 31 de octubre de 2025

Orden y desorden

 

El mundo se divide en dos… uno de los dualismos recurrentes del genial western de Sergio Leone El bueno, el feo y el malo que completo a mi manera: los ordenados y los desordenados.

Según la Biblia, En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, reinaba el caos y no había nada en ella. Una contradicción puesto que lo más ordenado que puede pensarse es la nada absoluta. Para la ciencia, el mundo natural está ordenado de forma determinista según las leyes de la física clásica, es predecible según el paradigma relativista e incierto, incluso imprevisible, según la mecánica cuántica. La escisión ontológica entre el mundo clásico y el mundo cuántico es cada vez más asombrosa. Alicia en el País de las maravillas. Y queda lo mejor: la aplicación de la computación cuántica a los futuros algoritmos de inteligencia artificial. Cualquier sistema de encriptación podrá ser descifrado en segundos. Ya pueden guardar sus ahorros debajo del colchón.

Más difícil todavía, como en el circo, es aplicar el dicho dualista a las personas. Para empezar, uno no es ordenado toda la vida. He sido desordenado hasta los dieciocho años, aunque ahora encuentro en el orden una fuente de ventajas, incluido el orden de los conceptos, como reza el título del inefable manual de lógica del teólogo Jacques Maritain; sobre todo sé dónde tengo las gafas de leer, el móvil y las llaves ahora que la memoria me empieza a jugar malas pasadas como ir a la cocina y al llegar no saber a qué. ¡Saca la basura, me apuntan! Todavía no he vetado en mis conversaciones familiares la expresión “te acuerdas de”, pero hay recuerdos a los que asiento perdido en el vacío por no alarmar a nadie. Además la memoria a largo plazo, la que suele funcionar mejor con la edad, es la facultad más desordenada que existe. Sus saltos en el tiempo, sus acrobacias de trapecista si red, son a veces agradables y otras nos recuerdan lo que nunca debimos hacer, consentir o impedir.

Tampoco el orden es un rasgo invariable de la personalidad. Nadie es siempre ordenado por una predisposición innata o adquirida. Orden y desorden conviven sin pautas fijas según una ética de circunstancias. Au Bonheur des Dames: se dan casos de mujeres muy ordenadas, pero nunca en todo. Tres ejemplos: el armario ropero, el mueble del baño y el bolso. Vamos con el último. Nunca he comprendido cómo utilizan las señoras el bolso. De acuerdo, son bonitos, elegantes, exclusivos, pero también son causa de disgustos y discusiones. Suena el móvil de profundis. Tras una búsqueda frenética entre invectivas por fin aparece cuando la llamada se ha perdido. En realidad nada grave, aunque lo mejor es quitarse de en medio y evitar consejos o ironías (¡los bolsos tienen compartimentos y nunca cambian de sitio!). Otro drama. Las llaves del coche están en ignorado paradero hasta que aparecen en un ángulo oscuro del bolso. A veces, la búsqueda requiere un volcado completo. Además del monedero y la cartera se esparcen sobre la mesa ingentes cantidades de papel caduco: un comprobante bancario de hace tres años, la garantía medio borrada de una plancha que hace tiempo se tiró al punto limpio, una fotografía de su hijo que ya es padre cuando hizo el Erasmus en Lyon, una multa del coche anterior… En fin, todo un derroche de memoria histórica. La única explicación es que se trata de un efecto secundario de la probada eficacia femenina para hacer varias cosas a la vez, mientras que los varones son incapaces de llevar el carrito de la compra mientras se comen un helado de cucurucho porque se les cae al suelo antes de dos minutos.

Más de caballeros. Habla, memoria. Un compañero, excelente persona, gestor probado como directivo del centro, una cabeza en la que cabía toda la educación reglada, ¡odiaba a muerte los ordenadores! Hace mil años nos matriculamos juntos (por imperativo legal) en un curso a distancia del Ministerio de Educación sobre Internet y las nuevas tecnologías.

- Me meto en esto para no parecer demasiado paleto, me dijo con evidente apatía. A la semana siguiente le pregunté si había enviado al tutor del curso los ejercicios de correo electrónico. Si quieres te echo una mano le dije presintiendo el olvido motivado.

 - He mandado el curso a tomar por… estalló indignado. ¡Para decir "Hola" a tu abuela tienes que estudiarte dos tomos! Prefiero ir a verla y echarnos un rosario. Lo persuadimos, lo ayudamos, lo mimamos y la cosa salió adelante. Recuerdo que una tarde fui a su casa a explicarle como se configuraba una transferencia de archivos a un servidor remoto (el último tema). Tras la interminable apertura de su ordenador me caí al suelo rodando de risa (él después). ¡Era un cajón de sastre! El escritorio estaba saturado de enlaces a ninguna parte, carpetas con el mismo nombre unas dentro de otras hasta tres niveles, muchas vacías, archivos imposibles de abrir, pitidos, alertas y otros desmanes. Posiblemente estaba de virus hasta el cuello. Además tenía un pistolón enorme que su hijo le había enchufado al ordenador porque se había aficionado a matar marcianos. Pero lo mejor del curso fue la traca final. Una noche estaba con el pijama puesto, dispuesto a tragarme El Larguero, cuando sonó el teléfono.

- No puedo conectarme a la red, me dijo mi colega angustiado. He hecho todo lo que dice el manual y nada. No puedo enviar el ejercicio final que hicimos ayer en tu casa y hoy termina el plazo.

Durante una hora repasamos por teléfono los procedimientos. Todo en orden. Hasta que un relámpago iluminó las tinieblas.

- ¿Has conectado el cable del ordenador a la roseta del teléfono? La risa interminable de los dioses sonó al otro lado de la línea. En fin, mi amigo iba por delante de la mecánica cuántica: internet por telepatía.

Tampoco coinciden necesariamente en la misma persona el orden externo y el interno. Uno de mis admirados maestros, catedrático pata negra de enseñanza media, siempre trabajaba entre un enjambre de apuntes desperdigados, libros tirados por el suelo y una inundación de notas sobre la mesa, pero encontraba (y encajaba) todo al instante.

El caso más notable que conozco de armonía perfecta entre desorden interno y externo fue el de mi colega de campus y conocido de primera, el Tatas, ciudadano de la imperial Toledo. Dos hijos. Su madre, una beata anclada en dogmas medievales y supersticiones de segunda mano, adoraba al mayor, un modelo de vida ejemplar (la gente se cambiaba de acera cuando lo veía), mientras que al Tatas no le hacía ni puñetero caso. El padre, un tipo autoritario y amargado, al revés, le dedicaba toda su atención… para abrumarlo con sus monsergas, sacarlo de sus casillas y humillarlo. El Tatas estudiaba filología inglesa en Madrid y vivía en un piso de sus padres en Aluche porque así se lo quitaban de encima. Sólo fui una vez. Ya en el portal sentí el tufillo. Cuando abrió la puerta un olor insoportable me echó para atrás. Debí largarme pero entré por el motivo más fuerte de los homínidos: la curiosidad. Lo que vi me dejó tieso. ¡No tiraba la basura en meses! La montaña de desperdicios llegaba al techo (¡no exagero!). Pero el toque maestro del Tatas era su ars bene vivendi. Había instalado una tienda de campaña en el salón anclada con tacos al suelo. Allí comía (calentaba el laterío y cocinaba los guisotes con un camping gas) y dormía en un saco mugriento. Finalmente, tras varias semanas, denunciado por el vecindario atufado intervino la policía municipal. Su madre, al ver el paisaje, sufrió una crisis nerviosa que requirió ambulancia y el padre sencillamente lo echó de casa. Dejó los estudios y acabó en Ibiza dedicado a la hostelería y me consta que allí ha prosperado y amanece que no es poco.

Dejo para mejor ocasión otras formas del orden: el orden establecido, la gente de orden, el orden en las aulas, el orden arquitectónico e incluso el orden sacerdotal.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Las edades del hombre

 

Tuve la suerte de haber estudiado el Bachillerato en la edad de oro de la enseñanza media, ejercido como profesor en la edad de plata de la secundaria (al menos durante los diez primeros años) y jubilado, tras una larga travesía del desierto, en la edad de bronce (una aleación que cada nuevo curso contiene más impurezas). Las aulas en las que me convertí en un bachiller antañón tras aprobar el examen de ingreso, dos reválidas y el Preu nada tienen que ver con las actuales. No insisto más.

Han transcurrido océanos de tiempo desde que en los años sesenta me formé en aquel excelente instituto de provincias. El trámite inicial para acceder a los estudios de Bachillerato, tras la educación primaria, era superar a los diez años una prueba llamada Examen de ingreso. Cuando llegó el momento, a mediados de julio, mis padres me compraron para la ocasión un sombrío traje gris marengo y una corbata que se sujetaba al cuello de la camisa con gomas elásticas. Era el primer año que usaba mis flamantes gafas de miope.

El examen se celebraba en el futuro centro de acogida (el Instituto de Enseñanza Media Alfonso VIII de Cuenca fundado en 1946) y comenzaba a las nueve de la mañana. Allí me dirigí, con una hora de antelación, acompañado de mi madre y mi tía, con el pelo cepillado por enésima vez chorreando lavanda a granel. El conserje, de riguroso uniforme y bigote recortado, nos condujo a un aula fresca y espaciosa donde nos sentamos alternados en las filas de bancos de madera. Enfrente había una tarima sobre la que reposaba una mesa corrida con tres butacas tapizadas de rojo traídas del salón de actos. Detrás de la mesa una pizarra y encima dos retratos: uno del caudillo, otro del primer director del centro, Don Olallo Díaz (cuyo rostro barbudo era un arquetipo) y entre ambos una cruz desnuda. A los diez minutos, tras una tensa y silenciosa espera, entraron los miembros del tribunal: el presidente, el secretario y una vocal, catedráticos curtidos de los de entonces. Nos levantamos movidos por el resorte de un reflejo condicionado. Tras saludarnos lacónicamente, nos invitaron a tomar asiento. Se sentaron y tras leer el presidente las instrucciones comenzaron las tres partes del examen.

La primera, lengua española, consistía en un dictado de diez líneas máximo; te permitían para salir ileso dos faltas de ortografía “graves y una leve y alguna que otra tilde" (sin precisar más). La vocal del tribunal, una réplica de la señorita Rottenmeier, leyó lentamente y con voz plana un fragmento de El Buscón de Quevedo. Subrayo en negrita las dudas atroces que me persiguieron día y noche hasta que salieron las notas.

La bercera (que siempre son desvergonzadas) empezó a dar voces; llegáronse otras y, con ellas, pícaros, y alzando zanorias garrofales, nabos frisones, tronchos y otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal y que no se había de hacer a caballo, comencé a apearme; mas tal golpe me le dieron al caballo en la cara, que yendo a empinarse cayó conmigo en una (hablando con perdón) privada.

Al finalizar hizo un bis y nos dejó cinco minutos para repasar.

(Media hora de descanso).

Salimos del aula y fue lo peor. Los padres aguardaban ansiosos en el pasillo; nos apremiaban con preguntas anhelantes, imposibles de responder en un vano intento por tranquilizarse. Por fin, el toque viático de la campana del conserje nos devolvió al encierro para tregua y sosiego de todos.

La segunda parte, matemáticas, consistía en la solución de una división por tres cifras y la prueba del nueve para comprobar el resultado. Obviamente, tenías que hacerlo bien bajo pena capital, pues los traspiés aritméticos no admiten grados ni matices. Como el resultado me salió redondo, sin odiosos decimales, signo inequívoco de la condenación, me convencí de que mi respuesta tenía bastantes posibilidades de ser correcta. Además, la prueba del nueve era mi especialidad.

(Otro enervante alto en el camino).

Por fin, la prueba de cultura general. Esta vez nos quedamos fuera del aula. El secretario con voz tonante nos llamaba por orden alfabético: salía uno y entraba otro. Los más tardíos salían lívidos y se echaban en brazos de su madre que apenas ocultaba las lágrimas. El turno me llegó a mitad de la mañana porque mi apellido empieza por ele. Entré con ánimo reforzado por la prueba del nueve. De pie, desde las alturas me interrogó el presidente, un hombre mayor, canoso y con cara de pocos amigos.

- Cíteme a tres pintores españoles, me espetó sin más preámbulos.

- (Respiré aliviado y bendije a mi abuelo por haberme llevado tantas veces, además de al estadio Metropolitano, al Museo del Prado).

- Velázquez, Goya y el Greco, le dije, muy crecido en el castigo.

El Secretario insistió.

- Puedes decirnos un cuadro de cada uno.

- El Cristo crucificado de Velázquez (ante el cual mi abuelo, hombre de fe, rezaba con emoción). Los fusilamientos del dos de mayo (me equivoqué por un mes) de Goya y El entierro del Conde Orgaz (me comí el “de”) de El Greco.

- ¿Los has visto alguna vez de verdad? (me preguntó la señorita Rottenmeier).

- Sí, los he visto en el Museo del Prado con mi abuelo.

- ¿Todos? (disparó el secretario).

- Los dos primeros muchas veces. El último no. Puede que esté en el Prado pero no lo sé (susurré débilmente).

Se miraron. Parecieron darse por satisfechos y me dieron permiso para salir del aula.

A los diez días mi padre que había ido a consultar las listas sin avisar a nadie por si acaso me dijo que me habían calificado con APTO. Como supe más tarde en el tablón sólo había dos notas además de una considerable escabechina. En Octubre de ese mismo año empezó mi andadura por las Enseñanzas Medias, un largo recorrido que ha durado toda mi vida hasta el día de mi jubilación. Después he seguido por libre.