jueves, 26 de febrero de 2026

Estado social y democrático de derecho

 

En una reciente entrevista a Arturo Pérez-Reverte en el diario El País en la que se suceden sus consideraciones intempestivas sobre la guerra civil, su polémica por la XI edición de Letras en Sevilla o sus puntos de vista sobre la izquierda y la derecha española (a veces da la impresión de que surgen sobre la marcha según el noticiero), las que más me interesan son la que tratan de la decadencia de la cultura europea: Europa fue un referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia.

De las dimensiones del ocaso de la grandeur europea a las que alude el escritor y académico, la primera, por ser el marco de las demás, es la devaluación gradual del Estado social y democrático de derecho.

El ESDD fue un proyecto político que trató de reunir los ideales del liberalismo clásico y del pensamiento socialista: del primero, un conjunto de derechos y libertades inalienables; del segundo, una aspiración a la igualdad, la solidaridad y la justicia social. Inspirado en la primera y sucesivas declaraciones de los derechos humanos se convirtió en el “Estado de bienestar”. Desde la fundación de la democracia por Pericles en el siglo quinto de la Grecia Clásica no se había producido en Occidente un acercamiento tan estrecho entre ética y política. El momento álgido del ESDD coincidió con el gobierno de una constelación de notables estadistas impulsores de la socialdemocracia: Willy Brandt, Olof Palme, Bruno Kreisky, François Mitterrand o Felipe González, entre otros.

Actualmente, el Estado del bienestar, el modelo europeo más genuino y legítimo, ha sido minimizado en parte por la falta de políticos socialdemócratas a la altura de sus predecesores y también por el giro copernicano del electorado  hacia el amplio espectro de las derechas neoconservadoras, ultranacionalistas o simplemente autoritarias (cuyas causas desbordan este análisis). Un apunte histórico. Las sucesivas crisis económicas, desde la remota del petróleo de 1973 hasta la reciente de 2008, hicieron que se tambalease el Estado del Bienestar y el consiguiente retroceso de unos derechos sociales que parecían consolidados. El contexto para su derribo fueron los necesarios recortes y reformas para salir de la recesión mundial que los mercados financieros norteamericanos crearon con sus temerarias especulaciones. Los mismos han sido el problema y la solución, una contradicción lógica y política que obviamente tiene consecuencias.

Vamos a recordar, cual elogio fúnebre cabe la tumba del finado, los principios del Estado social y democrático de derecho.

La idea fundacional era lograr una síntesis entre democracia política y democracia social. Significa que el Estado no tiene que conformarse con el papel pasivo de árbitro de las reglas del juego económico ni con su exclusiva intervención en aquellas áreas que carecen de interés para la iniciativa privada. Por el contrario, debe actuar en los siguientes aspectos:

Coordinar los distintos ámbitos de la economía nacional para evitar los desajustes coyunturales y las crisis periódicas.

Promover la función social de la propiedad mediante leyes destinadas a reducir los abusos del mercado en los sectores básicos de la sociedad: alimentación, vivienda y trabajo.

Regular las instituciones financieras para controlar las prácticas especulativas contrarias al bien común (expresión que por desgracia ha caído en desuso).

Intervenir en aquellos casos en que la función social de la propiedad lo requiera: el derecho de expropiación forzosa mediante justiprecio o la inyección de fondos públicos para reflotar empresas estratégicas y mantener los niveles de producción y empleo.

Propiciar tanto la inversión privada como la propiedad colectiva de los medios de producción. El Estado debe tener iniciativa propia para crear empresas públicas con un patrimonio saneado y competitivo.

Sostener un conjunto de prestaciones universales: la educación gratuita y obligatoria, al menos hasta una determinada edad, la asistencia sanitaria, la protección del desempleo, las pensiones de jubilación, la ayuda a la familia y a la tercera edad, así como el apoyo a los grupos sociales más desfavorecidos.

Buscar una redistribución justa y solidaria de la riqueza mediante una política fiscal progresiva donde las tasas impositivas aumentan a medida que crecen los ingresos o la riqueza del contribuyente.


El artículo 1.1. del Título Preliminar de la Constitución establece que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho.

Para confirmar el cumplimiento de su letra habría que recurrir al realismo mágico puesto de moda por unas novelas a mi entender sobrevaloradas, o al nominalismo puro, al poder de la palabra como expresa el comienzo del hermoso poema de Borges El golem.

 Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de “rosa”

está la rosa

y todo el Nilo en la palabra “Nilo”'.

miércoles, 18 de febrero de 2026

La clase política

 

Hace unos días me contaba un buen amigo, diputado a Cortes durante varias legislaturas en la comunidad autónoma de Castilla-Mancha, que entregó el acta porque no tenía ningún interés en ser el disidente de su grupo parlamentario; en ejercer de “pepito grillo” y ganarse la bronca por saltarse la disciplina del partido con críticas sobadas y sabidas por todos sus compañeros y por él primero.

- ¿Por qué lo haces?, le pidieron explicaciones desde el comité ejecutivo.

- Entre otras razones porque no vivo de la política, respondió con sinceridad. La política me gusta más que comer con los dedos, pero si la dejo te aseguro que tengo la vida resuelta. Y alta edad no estoy aquí para pullas y remoquetes. Y menos para planteamientos eclesiásticos que te obligan a comulgar con ruedas de molino. Me doy de baja en el partido por motivos personales y vuelvo a mi cátedra de sociología en la Universidad. Ironía o iglesia.

Muchos políticos recuerdan al clero semianalfabeto y a los monjes medievales que entraban en seminarios y conventos para utilizar el poder espiritual en su provecho. Por no hablar de las prebendas de los altos cargos de la jerarquía. Las sombras que se proyectan en el muro de la caverna platónica son las imágenes narcisistas de los políticos. En términos psicoanalíticos, los partidos fomentan la regresión infantil. Los hijos de cuarenta años tienen que repetir sin rechistar lo mismo que dice el padre. El tan “necesario debate interno” no es una confrontación ideológica sino una lucha por abrirse paso a codazos. “El que se mueve no sale en la foto”, sentenciaba para la posteridad un reconocido político de izquierdas, mientras reivindicaba como lema heráldico la libertad de expresión, el pluralismo y la función liberadora de la crítica. Nada ha cambiado. O al revés, en la fotografía oficial de la presentación de un nuevo PET-TAC en un hospital público se ve a ambos lados a un ingeniero biomédico, al director gerente y a varios jefes de servicio; el centro de la imagen, tapando la máquina, la ocupan sonrientes el alcalde y el consejero autonómico de Educación. El discurso posterior del regidor municipal es sonrojante. Chorradas y autobombo. Los de la bata blanca no saben dónde meterse…

Toda institución, una vez consolidada, cumple los fines contrarios para los que se fundó: la política, por supuesto; pero qué me dicen del deporte, de la religión, la moral social, la educación reglada (los profesores lo sabemos mejor que nadie) o la economía. Muchos se afilian a los partidos para medrar. Lo he oído sin recato a alumnos míos de quinto de derecho. La carrera política es una buena salida, decían, mejor que remover carpetas en el sombrío despacho de un bufete, el síndrome de Bartleby. El poder llama al dinero. Y el dinero llama a las siete puertas del… Bueno, lo saben de sobra.

En las Juventudes de los partidos abundan los arribistas que tratan de hacerse visibles en la plaza pública mediante tormentas en un vaso de agua, pasamanos oficiales, reuniones de negocios con falsas promesas o una legión de falsos seguidores en las plataformas creados mediante cuentas automáticas. Algunos llegan plenos de buenas intenciones que se pierden por el camino. Al final, cae el tinglado de la antigua farsa: ser es aparentar, pero no cejan; no acaban de comprender que lo contrario de la verdad es la falsedad y la mentira de la certeza y que no es posible saltarse el principio del tercero excluido: casi todos los políticos que creyeron encontrar la fórmula de una opción intermedia acabaron cumpliendo condena.

Otros, menos impacientes, más astutos, apuntan al vértice de la pirámide. Inflan sus currículos con méritos ficticios, copian trabajos polvorientos, plagian tesis o recurren a “negros” para publicar libelos inocuos sobre el bien común; o a la inteligencia artificial porque andan escasos de la natural. Abundan títulos de posgrado fantasmas y másteres a los que no asisten, aprueban carreras al galope en chiringuitos universitarios o falsean documentos con la connivencia de sectores académicos corruptos que esperan pedir lo suyo cuando les toque. Inversamente, las mentes privilegiadas del país no quieren ni oír hablar de la cosa pública. Si entras al trapo, piensan, te puedes ver envuelto en un enredo mayúsculo y acabar en los juzgados por culpa de la clase de tropa o de sus mandos. Nunca sabes a quien tienes al lado. La carrera del político profesional se rige por la ambición, la deslealtad y la puñalada trapera. Lo que cuenta es quienes son los primeros en las listas electorales, lo demás es representación y postureo. Intra muros nulla salus.

Pero no sobrevaloremos la política. En un debate televisado antes de las últimas elecciones generales un representante de la izquierda de la izquierda se preguntaba como remate del llamado minuto de oro: ¿Son los políticos quienes realmente mandan en la sociedad civil? Lo cierto es que en una democracia representativa, además de los tres poderes del Estado dudosamente independientes, hay un cuarto, la prensa y los medios de comunicación, un quinto, las redes sociales, un sexto, los grupos de presión, un séptimo las fuerzas armadas y por encima de todos un ser supremo, el dinero, el primer motor inmóvil que pone en movimiento los engranajes del mundo. Bancos de toda condición, los Centrales primi inter pares, fondos de inversión en casi todo, corporaciones mercantiles, multinacionales tecnológicas, empresas de distribución, consultoras, aseguradoras de las aseguradoras… 

Hagamos un poco de memoria histórica. Recuerdan la confrontación de Yanis Varufakis con las autoridades económicas de la Unión Europea para sacar a Grecia de la quiebra en 2015 y como acabó el conflicto; por poco no se llevaron la Acrópolis a la Grand-Place de Bruselas. El fin del mundo llegará cuando los cajeros automáticos dejen de escupir dinero, le dijeron. Lo toma o lo deja. Y punto final.  O la crisis financiera de 2008, en realidad la gran estafa. Al final pagamos todos el rescate de los desmanes bancarios, además de sufrir años de recesión, desempleo y austeridad. ¿Sacaron los políticos neoliberales que propiciaron el desastre alguna conclusión? Sin duda. Decidieron que la solución era una huida hacia adelante mediante un cambio de paradigma que corregía y aumentaba los errores del anterior: el neodarwinismo social, al cual dediqué unas líneas que entre otras me permito citar: el nuevo paradigma supone la cancelación del contrato social propio de las democracias representativas. La ley de gravitación social que sustituye a la oferta y la demanda propone que los individuos y colectivos más aptos prosperen por todos los medios que hagan valer su superioridad, mientras que los menos aptos están condenados a la extinción. Las miserias del sistema son necesarias por cuanto responden a su funcionamiento natural: la ley del más fuerte.

P.D.1 El artículo 33 de la Constitución Española establece la función social de la propiedad. Es una mentira piadosa. La certeza es que, como subrayó Marx en su Contribución a la crítica de la economía política, la única finalidad del capital es la acumulación de capital.

P.D.2 La libertad de pensamiento y expresión son los principios constituyentes de una democracia representativa. Los demás derechos y libertades fundamentales son su desarrollo consecuente.

jueves, 12 de febrero de 2026

La felicidad

 

En una memorable tira de Quino, Mafalda entra en una cerrajería, saluda al anciano que la observa detrás del mostrador y le anuncia con desparpajo que ha venido a que "le haga la llave de la felicidad". El amable artesano le dice al instante: "Con mucho gusto nenita, ¿A ver el modelo?" Mafalda sale de la tienda con cara de haber captado el mensaje: "¡Astuto viejito!" piensa...

Quizás por los tiempos que nos ha tocado vivir, la “felicidad” ha vuelto al primer plano de las palabras de moda. Nos sobrevuela una considerable floración de aforismos y apotegmas de filósofos dispuestos a aportar su granito de arena. Obviamente a los medios, sobre todo a las redes, les interesa el impacto inmediato de la frase lapidaria y no tanto las mediaciones que la sustentan.

El término “felicidad” es excesivamente amplio. Cualquier intento de definición caerá en una generalización inconclusa similar a la que propone la Real Academia Española de la Lengua: Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Es una causa perdida. La felicidad es un concepto indeterminado. Las palabras del lenguaje que expresan estados de ánimo ("esperanza", "dicha", "gozo", "melancolía”, "resentimiento", "ansiedad"), lo que Georges Bataille denominaba experiencia interior, incorporan un exceso de contenido introspectivo, mentalista. La definición de la RAE no demarca el concepto sino que lo expande, abre mundo en expresión de Heidegger. La condición humana, versátil y contradictoria, es capaz de desear un número ilimitado de bienes cuyas determinaciones se disuelven en una casuística heterogénea e inabarcable. Es más, el infortunio nace con frecuencia de las expectativas imposibles que hemos decidido desear.

Para Wittgenstein son términos con una intención meramente pragmática. Es evidente, afirma, que no podemos cambiar ni forzar el contenido semántico del lenguaje, su gramática, además de admitir, que está bien como está. Y que los enredos y malentendidos surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones. Un hablante con una competencia comunicativa normal entenderá correctamente lo que queremos decir cuando los utilizamos en los contextos apropiados. No existe un modelo original (como sugería el cerrajero) de la felicidad sino múltiples juegos del lenguaje en los que el término se usa con propiedad.

La concepción de la felicidad que más me convence es la aristotélica (no me privo de dar mi opinión). Anticuada, aburrida, viejuna, puede ser. Pero la edad determina la conciencia y me cae bien el astuto viejito de Mafalda.

Durante el helenismo, Aristóteles confirió al término un significado ético, costumbrista, individual: la felicidad es el resultado de la práctica constante de determinadas virtudes intelectuales (sabiduría, ciencia, entendimiento, prudencia, arte) y morales (fortaleza, amistad, liberalidad, modestia y justicia, entre otras). La felicidad no es un estado puntual, aislado, ocasional. La auténtica es siempre la consecuencia de tales hábitos y sólo quien los posee en grado eminente es capaz de alcanzarla. El resto es satisfacción circunstancial. La felicidad es una forma de vida. Así lo entendieron, fieles a tal idea, las escuelas postaristotélicas.

domingo, 1 de febrero de 2026

Las vacas flacas del Real Madrid

 

Es la primera vez que dedico unas líneas a un equipo de fútbol que no sea el Atlético de Madrid. Hoy le toca al “eterno rival” del Paseo de la Castellana; los de la acera de enfrente según las malas lenguas de la parroquia rojiblanca.

Estos son mis principios: sólo me siento antimadridista de verdad en los derbis. Si palmamos, tras dos días de duelo me olvido del Real Madrid (el estoico Oblivio virtus est) y si ganamos lo apunto en mi diario con letra capitular. Nunca discuto con los madridistas cuando en bautizos, bodas y sepelios me cubren de oprobio por su abismal superioridad y su complejo de ser el mejor equipo de la galaxia. El club que realmente me quita el sueño, les digo, es la Unión Balompédica Conquense y el quite por chicuelinas suele funcionar. Creo que una parte de la afición atlética es demasiado visceral con el antimadridismo en la grada y en la calle (algo que la directiva no ha sabido controlar) y que un exceso de presión perjudica al equipo. Tampoco soy un incondicional del fútbol del Cholo, pero lo dejo para otro momento.

Dicho lo cual voy al asunto que nos concierne: los motivos del cese fulminante de Xavi Alonso. De entrada, el Madrid no precisa un técnico, un ingeniero del balompié que los abrume con tácticas y estrategias, pizarras magnéticas o videos con sermón para analizar las debilidades del contrario o los traspiés de los últimos partidos; y continúe dándoles la murga en los entrenamientos con andanadas de manual y consejos varios. Xavi no ha gestionado bien el grupo porque lo ha gestionado excesivamente. A veces una sobrecarga de instrucciones no genera organización sino desconcierto. El equipo se convierte en un agregado de individualidades sometido a cambios de alineación, posiciones y esquemas para lograr, si lo logra, un sistema reconocible de juego. Poco se ha comentado en las tertulias y mentideros de la villa de las salidas nocturnas de destacados miembros del vestuario. Nada relevante, por tanto, en su bajo rendimiento. Mayor influencia ha tenido la falta de empatía con el preparador físico Ismael Camenforte-López, a quien Arbeloa ha sustituido de inmediato por Antonio Pintusapodado el "sargento de hierro", un viejo conocido del club y uno de los hombres de confianza del presidente.

En consecuencia: la paciencia se agota pronto en las alturas y el entrenador es defenestrado. El método del staff funcionó en el Leverkusen, pero no en el vestuario egotista y piramidal del Real Madrid. El Madrid del miedo escénico y de las grandes finales de la Champions tenía el centro del campo más solvente de Europa: Casemiro, Luka Modrić y Toni Kroos. Los entrenadores no se calentaban la cabeza con la reordenación del grupo cada tres días ni con las emboscadas y agujeros del rival porque los centrocampistas se encargaban de poner a cada jugador en su sitio. 

El segundo problema es que actualmente hay en el Madrid figuras de talla mundial, algunos de segunda excelencia, varios son buenos jugadores sin más y otros no dan la talla para las exigencias del club. Tampoco los últimos fichajes han aportado lo que se esperaba. En parte se debe a los gastos en la remodelación faraónica del estadio y a que ni siquiera el Real Madrid, una máquina de hacer dinero, es capaz de alcanzar la capitalización de los clubes Estado, los únicos que se pueden permitir las cifras estratosféricas de los fichajes diez y el coste de los contratos. En todo caso, hay que reconocer en descargo de las vacas flacas las roturas de cruzados que han devastado la línea defensiva al completo.

Tampoco la cantera produce las figuras de la edad dorada. Raúl, Casillas, Butragueño, Martín Vázquez, Del Bosque, Sanchís, Camacho, Míchel o Guti. En el equipo actual sólo juegan con cierta regularidad dos canteranos por las lesiones o la baja forma de los titulares. Dejamos aparte a Dani Carvajal en el tramo final de su brillante carrera. Da la impresión de que el objetivo de la cantera actual es sostener al Real Madrid Castilla y exportar a los mejores a buen precio.  

Por último, no me atrevo a opinar de los designios inescrutables de Florentino Pérez. Lo que se deduce de ciertas filtraciones, exclusivas periodísticas y sobre todo silencios es que el presidente primero se distanció de la imagen de Xavi, el esperado, después no lo apoyó (más bien se puso del lado de los díscolos), luego lo cuestionó y finalmente lo destituyó. Zidane y Ancelotti se fueron por la impaciencia de una afición incapaz de asumir que no siempre se puede ganar todo. Arbeloa será un puente y un ocaso. ¿Quién será el siguiente?

P.D. A pesar de la ley del silencio impuesta sobre la separación (más bien ruptura) de Carlos Alcaraz y Juan Carlos Ferrero su entrenador principal durante siete años, la intuición me sugiere que el patrón del conflicto es muy similar al de Xavi Alonso. Quizás salpimentado aquel con diferencias económicas salvables.