miércoles, 20 de enero de 2010

Sobre la justicia


Para mí, la mejor solución al tema de definir al hombre justo y, por tanto, al injusto, la he encontrado en la saga (cuatro libros) escrita por el misterioso, acaso apócrifo antropólogo, Carlos Castaneda.
La respuesta se basa en el concepto de impecabilidad, hilo conductor de la obra y causa final de la formación o, mejor, transformación total del antropólogo, elegido por Don Juan, un brujo yaqui del México rural y profundo, como su discípulo. Castaneda asume su destino de forma determinista (bajo el poder inmenso del brujo) y los papeles de ambos se invierten.
La impecabilidad es un concepto iniciático, ajeno a cualquier consideración moral y, en general, de razón práctica (uno de los primeros obstáculos de los que tiene que librarse Castaneda para alcanzar su nueva forma de ver el mundo).
La impecabilidad, en términos de Wittgenstein, no se puede decir sino sólo mostrar. A lo largo de la obra (el aprendizaje de Castaneda de la concepción del mundo yaqui) se presentan innumerables situaciones (siempre situaciones que hay que resolver, nunca exposiciones) que separan la torpeza de la impecabilidad. No existe, créeme, forma alguna de inducir o deducir su concepto, a salvo siempre de cualquier formulación. Cada vez que Castaneda empieza dar explicaciones de lo que hace o debería hacer, Don Juan, en broma, en serio, con ironía, con energía, con habilidad, drásticamente le manda callar; y le enseña a ver las cosas tal y como son para un hombre impecable (al que literalmente llama hombre de conocimiento). El resultado es cautivador.
Sólo un ejemplo para no cansar.
El aprendizaje comienza (libro primero, Las enseñanzas de don Juan) con la propuesta de un problema para probar a Castaneda. El brujo lo conduce a una casa (¿) de una planta, amplia, vacía y sin ventanas, en medio del fascinante desierto de Sonora (cuyas noches a la luz agonizante de una hoguera son el marco incomparable de esta historia). El problema consiste en que, totalmente a oscuras, Carlos tiene que encontrar exactamente su lugar de poder en la habitación. Don Juan le advierte, entre bromas e ironías, que no trate de engañarle con monsergas, porque él sabe cuál es el sitio y lo demás sobra. Cierra la puerta, lo deja solo y Carlos empieza a dar vueltas por todas partes, huele, toca, piensa, llora… y al cabo de las horas, agotado y desesperado, acaba durmiéndose en un rincón. Al amanecer, Don Juan lo despierta entre risas y maternales palmadas.
- ¡Ya veo que lo has encontrado Carlitos, pero que inteligente eres!
- Pero si no he encontrado nada, Don Juan, soy un inútil.

- Pero Carlitos, por qué te tratas así, has dormido como un coyote encima de tu sitio de poder, es todo lo que tenías que hacer…

De pájaros cantores


¿Cuál es la explicación del impulso aparentemente insensato del hombre a ser pintor o poeta si no es un acto de desafío contra la caída del hombre y una declaración de que vuelve al jardín del Edén? Porque los artistas son los primeros hombres antes de perder su inocencia…Barnett Newman

Afirmaba un conocido pintor de vanguardia que la creación artística es a la estética lo que el canto de los pájaros a la ornitología.
Es un epigrama divertido pero rotundamente falso.
Les ocurre, en mi opinión, a la mayoría de las vanguardias contemporáneas lo contrario que a los pájaros cantores. El canto final del pájaro no tiene nada de espontáneo o genial al margen del concepto estético sino precisamente al revés.
Primero, se escriben un par de tomos inextricables repletos de supuestos estéticos sobre, por ejemplo, el expresionismo abstracto (cuyos más conocidos representantes son Jackson Pollock o Barnett Newman)y después se plasman tales principios en pinturas aparentemente planas.
Es interesante, para ilustrar esta idea, la serie de cuadros zip del propio de Newman (tomados de internet).
En todos, unas bandas estrechas de color atraviesan verticalmente el cuadro (a veces las realiza con pintura y otras con una cinta adhesiva sobrepintada). A estas bandas Newman las denomina zip (cierre de cremallera). Dividen el cuadro en dos mitades al tiempo que las unen como una cremallera: “un campo que lleva la vida a otros campos, lo mismo que estos le llevan a esta línea” y abre, como los juicios indefinidos kantianos, un espacio estético de infinitas posibilidades.
Por otra parte, este esfuerzo de la imaginación conduce, según el pintor, a una nueva existencia individual y a una renuncia consciente “a cualquier relación con la naturaleza vista”. La obra, afirma, cobra una existencia independiente y una vida propia.
La importancia de este descubrimiento plástico (la necesidad de abrir y cerrar cremalleras, valga el símil erótico-estético), le llevó a desplegar durante 1949 una actividad tan febril que creó diecisiete obras en pocos meses sobre el mismo principio compositivo.
Según las reflexiones estéticas del autor, la consecuencia de su descubrimiento pictórico (se aconseja ver algunos cuadros) tiene un doble significado:
- Metafísico: el hallazgo del zip constituye la expresión pictórica “del problema metafísico de la parte y el todo” (¿Cuál es exactamente ese problema?).
- Antropológico: la finitud del hombre consiste en que está aislado de la realidad (¿el en sí sartriano, la nausea?), “solo y solitario, aunque pertenecer a algo, sea parte de otra cosa” (decididamente ininteligible).

Pitanza navideña en el IES La Serna


Pragmática sanción por la que la administración condal del Castillo hace saber a los laboriosos pobladores del noble feudo de La Serna los fastos que se han de celebrar en conmemoración del anuncio de las venturosas fiestas de la natividad de Nuestro Señor (u holganzas vacacionales y placer de los sentidos en laicas palabras ).
Consistirán las susodichas en larga pitanza de almortas y picatostes (¡alabada sea la generosidad de Aquel que nos mantiene!) entre las aparejadas por los vasallos en su cobijo o mansión, si bien pueden también ganarlas en ferias o pagarlas en otros lugares al uso y del ramo.
Otrosí, de los caldos vinosos y licores variados que enervan el cuerpo y alegran el alma, mal vistos del ojo y proscritos del aula por el Inquisidor, non hay problema, temores ni quebrantos, por bula otorgada del abad venerando, Anselmo de Astorga (sean con bien rescibidos los bienes que el cielo nos manda).
Empero, si por indolencia o desamor o por razones aún más indigentes, algunos no obtuvieran provisión de vituallas y mercaderías, aún los más faltos podrán asistir al solemne banquete, aunque asintiendo al jocoso final del sorteo, por el cual, entre los pedigüeños, una hembra y un varón (léase bien) serán debidamente emplumados con brea de Segovia y plumas de torcaz.
La hora precisa del dulce solaz se hará por anuncio que llega de arriba,.
Del ameno lugar se acuerda que sirva a los fines la sala del gremio honorable de entrambos: esforzados maestros y también licenciados.

Anno domini 1231 Del Muy Ilustre Señor Corregidor con mando en plaza a súbditos y vasallos todos.

Miguel "in memoriam"


Hay muchas formas de clasificar a las personas, de caracterizarlas –a veces me parece que casi tantas como personas-, sin embargo, en mi opinión, la forma más concisa y penetrante de conseguirlo es dividirlas en dos grandes tipos: las narrativas y las líricas.
La mayor parte de las personas entendemos por costumbre la vida de forma narrativa. Desde que nacemos, ciertos mecanismos de dramatización construyen la experiencia interior como si se tratase de una ficción fragmentaria, de un laberinto inacabado al que, en horas de vigilia consciente o de lúcido insomnio, tratamos de dar un sentido unitario. Esta costumbre novelesca de organizar el mundo está tan arraigada en nosotros que, más allá de la vida diaria, también el lenguaje simbólico de los sueños contiene sus propios elementos de dramatización. En realidad, el significado de nuestras vivencias depende hasta tal punto de tales leyes de asociación que la propia lógica, el lenguaje y los procesos mentales son su consecuencia natural y no al revés.
Pero no siempre es así, tales hábitos no son uniformes ni permanentes: en ocasiones también contemplamos el mundo desde una perspectiva inversamente lírica. Con ella, modificamos nuestra visión interna y el mundo parece transmutarse en algo mucho más inseguro aunque también más luminoso y poblado de espíritus. Damos un salto enigmático desde la representación episódica del mundo a su gozosa representación rapsódica… La explicación tranquilizadora de este misterio que transforma el mundo (acaso la única forma de hacerlo) suele ser un tanto trivial: supone vagamente que tal inversión se debe a un desplazamiento compensatorio de nuestras facultades intelectuales hacia las propiamente afectivas, apoyado esto último en la peculiar -aunque mal conocida- morfología del cerebro, entre otros insípidos argumentos. Sea lo que fuere, y poco importa aquí, esta doble concepción del mundo, lírica-narrativa, es la que ilumina con toda precisión las verdaderas diferencias (no las superficiales relativas al carácter y la educación) entre los seres humanos.
El espectro de las personas entre la que predomina uno u otro atributo, desde las más narrativas hasta las intensamente líricas (no hay personas eminentemente líricas salvo determinados locos), es muy amplio. En consecuencia, no vamos a intentar aquí una tediosa clasificación de tales diferencias, labor que, en todo caso, correspondería a algún tipo de ciencia espectral. Por lo demás, está suficientemente claro que en el vértice superior de los temperamentos rapsódicos están los que tienen la curiosa costumbre de poetizar el mundo. Ahora bien, entre los que poetizan y envuelven de lirismo la superficie de las cosas están, además, las almas perdidas, los ánimos insatisfechos que necesitan poner por escritos sus inquietudes y desvelos. También es sobradamente sabido que los modos de poetizar son inagotables, desde las intuiciones a los conceptos, así como las intenciones de los poetas, el alcance de sus iluminaciones y el contenido de verdad de sus versos… pero acaso tendremos ocasión de referirnos a ello en otro tiempo y lugar.
Fueron, sin duda, estas azarosas leyes de afinidad y contraste las que, en aquellos años difíciles de formación sentimental, unieron a tres amigos y propiciaron la edición de su primer libro de versos. Uno de ellos era Miguel, otro Simón y el tercero, el modesto autor de estas líneas. El libro, publicado con los medios más precarios, era un volumen sencillo de pastas color limón, con un diseño de portada infantil, buen papel y una introducción breve y algo pretenciosa. Quizás lo mejor era su insólito título, lleno de símbolos y promesas: El hombre, el caracol y la piedra. Cada uno de los autores encarnaba uno de los emblemas, sin que ahora recuerde con precisión quien era cada cual; por lo demás, el título fue pensado, obviamente, después de los poemas, con lo cual su sentido es completamente arbitrario y, por tanto, resulta imposible reconstruir las correspondencias. De esta experiencia insólita conseguí extraer dos valiosas conclusiones: la primera, que la poesía de Miguel era, dentro de sus límites, considerablemente mejor que a la mía. En ella alentaban ya con cierta nobleza las voces y los ecos de sus lecturas de invierno, Machado, Miguel Hernández, García Lorca, Alberti; mientras que en la mía sólo podían detectarse alguna referencias, demasiado obvias, a fugaces sentimientos becquerianos, endulzados todavía más por la edad y la vida de provincias. La segunda, que la poesía no era decididamente mi argumento, sino la lectura de los clásicos y, en todo caso, una escritura de segundo orden como el ensayo filosófico o literario…
Así pues, este fue el primer libro poético de Miguel que tuve entre mis manos. Por lo que respecta al último, recuerdo que tenía un título curioso: La poesía en clase. Confieso, y Miguel me perdone una vez más mi falta de sensibilidad, que lo miré con aprensión y algo de desconfianza, quizás provocada por mi ausencia de vocación profesoral. Me parecía que se presentaba, sin más, como una contradicción en los términos, puesto que pocas cosas me parecen más narrativas y prosaicas que el desarrollo de una clase (empezando por la lista de los alumnos y siguiendo por las tediosas explicaciones). Abrí el libro porque era de Miguel y acabé por entender que sus intenciones, abiertamente didácticas, eran construir poemas en grupo (como un taller) mediante un procedimiento similar a la asociación libre de palabras utilizada por ciertas escuelas de psicología. En todo caso, parece correcto admitir que no se trataba para nada de un libro de poesía, sino de pedagogía, en el cual la lírica era utilizada para unos fines ajenos, aunque válidos, que se detallan en el prólogo del libro y, por supuesto, no voy a repetir aquí.
Entre uno y otro, Miguel no volvió a publicar nuevos libros de poesía, de ahí la etiqueta de poeta aficionado que muchos –no yo- le han atribuido antes y ahora. A lo largo de muchos años, por desgracia nunca demasiados para nuestra profunda amistad, me ofrecía periódicamente, en recuerdo de nuestro primer trabajo, los cuadernos de poemas que iban saliendo de su generoso corazón y de su manos. En ocasiones, estaban escritos con la bella letra cursiva que luego utilizó en sus cuadros, otras a máquina, muchos con tachaduras y adendas, algunos incompletos, a veces repetidos, pero siempre dedicados con el afecto del amigo y la complicidad del poeta. Después de leerlos le comentaba prolijamente mis ideas y nociones; el se sonreía, a ratos no me escuchaba, otras no me comprendía y, al final, siempre me decía que hablaba demasiado y que había perdido mi cualidad de rapsoda.
Nunca me he sentido más cerca de él que estos días, tras hojear de nuevo sus cuadernos. Tras su entrañable y dolorosa lectura, puedo afirmar que hay poemas y versos que son propios del poeta principiante, también del aficionado, y otros, sea lo que fuere, son sin duda algo más. En realidad, por conocer a Miguel durante tanto tiempo, creo que los hay de todos los temas y tonos, de todas las calidades y escuelas, de todas los metros y registros…
Para intentar concluir este pequeño grabado de Miguel en la forma pictórica del tríptico, quiero referirme al último de sus trabajos poéticos, sin duda el más elaborado, el mejor, y el que, estoy seguro, hubiera preferido ver publicado, Naufrago al filo del recuerdo. A nosotros corresponde por esta vez complacerle.
Antes de intentar su glosa, quiero permitirme una breve pero obligada digresión: su visión lírica del mundo fue tan variada como sus intereses personales, entre otros, la instrucción (prefiero este término) a la que se dedicaba intensamente, y que fue origen de interminables discusiones entre ambos en las que yo terminaba por callar, intimidado por su capacidad de apasionarse; la pintura, influido por el ambiente cultural y el aura de signos que flotaban en la Cuenca de Zóbel; la política, que padecía en exceso, comprometido hasta el fondo con sus ideas y afectos sociales. Y sobre todo la familia, lo primero en cualquier orden, sus hijos queridos y especialmente, me consta, su inseparable mujer, Georgina.
De entrada, el cuaderno que tengo en mis manos es una extensa memoria personal, un recorrido completo pero no lineal, una larga crónica sin referencias narrativas; se trata, sobre todo, de una reconstrucción desde la presencia de sus últimos años de las impresiones y huellas de cada uno de sus encuentros amorosos. Al final, consciente de su frágil salud y de su creciente agotamiento, comprendió que era el momento de volver los ojos a lo más valioso, a lo más genuinamente lírico del viaje emprendido. Había llegado el momento de remansar en un solo empeño todas las fuentes de inspiración poética que habían confluido en sus obras anteriores. Acaso, el sentido final de toda creación poética sea el triunfo final del arte sobre la muerte…
Es muy difícil entender los motivos íntimos del libro (por más universales que sean) sin conocer la historia real de aquellos luminosos encuentros con la ternura y la pasión. Puedo asegurar que nadie ha conocido esa larga historia tan de cerca como yo. Por eso tengo el privilegio, cuando leo sus versos, de poder contemplar, a veces sorprendido, a veces curioso, en ocasiones divertido, otras conmovido, el milagro humano de la traslación de los hechos a su metamorfosis lírica. Quizás el resto del poeta que Miguel me atribuía consistiera en mi capacidad para percibir con claridad los sutiles movimientos del espíritu en su afán por transponer los límites difusos entre los dos mundos.
Se trata de un libro autobiográfico. Es un recuerdo y una búsqueda inacabable de la identidad personal; un desafío de los últimos tiempos para reafirmar su temperamento y sentirse, como siempre, apegado al árbol de la vida. Su ingenio lo mismo que su cuerpo se resistían a la muerte, la ciega consecuencia natural. Los manes del poeta me perdonen, pero en lo más íntimo estaba sano. Aunque intentó soslayar la muerte, a la vez no evitaba su compañía desde la evidencia de que para los mortales no hay más reconciliación que la rendición, no la resignación. Es el deber de quién afronta la finitud desde la fortaleza de ánimo y el autodominio, consciente a la vez de la fragilidad de la naturaleza y de su trágico destino... pero, después de todo, no a otra cosa llamamos humanidad.


http://www.dipucuenca.es/noticias3.asp?idnoticia=705  

La disciplina en los centros


ANTEPROYECTO DE LA COMISIÓN EVALUADORA CON LAS SANCIONES CORRESPONDIENTES A LAS CONDUCTAS CONTRARIAS A LAS NORMAS DE CONVIVENCIA EN EL CENTRO

Primera parte. Sanciones ejemplares.

1. La danza del arrepentido. De rodillas sobre los granos de arroz el convicto baila un zapateado presto vivace. Conviene tener a mano algún eficaz antiséptico.

2. El buche de agua. El reo infla la boca de agua y traga hasta que se dispensa el escarmiento. Preparar sábanas viejas pues a menudo se abre encima su propio grifo.

3. La cata del reserva. Bebe el culpable un cuartillo de ricino espeso y tibio. Sin prisa, paladeando el caldo que se le brinda. Aparejar una jofaina por si se tercia vomitera.

4. El apestado. Nadie bajo ningún concepto debe dirigirse al implicado de pensamiento, palabra u obra. No valen miradas ni gestos sutiles. Si en doce días no ha intentado tirarse por la ventana es que la culpa remite.

5. La flagelación. Se aplica al rebelde una generosa ración de mandobles en las posaderas con fina vara de mimbre. Siempre a calzón quitao pues la ropa no tiene la culpa de sus yerros. Los desperfectos los cubre el seguro escolar.

6. Orejas de burro. Se sitúa al infractor en la puerta del colegio con un casquete del que salen puntiagudas orejas. Cada tres minutos debe rebuznar con entusiasmo creciente hasta que no quede nadie. Concertar cita con el psicólogo para retocar la autoestima.

7. Lengua de trapo. Especial para habladores/as pertinaces. De pie con los brazos en cruz cuelga de su boca un trapo de dimensiones mudables según la pena. Cuando el juez chasquea los dedos, el lenguado deslenguado repite tres veces con voz firme “Pamplona” sin que el apéndice se caiga al suelo. El infeliz se queda sin saliva durante tres semanas.

8. El hombre-anuncio. Son candidatos al recargo los fugitivos de la ducha, ropa con lamparones, roña en las orejas y calcetines curtidos. Con la cabeza gacha y los brazos al costado el galeote se pasea por el patio con un formidable cartel que dice: "Guarro”. Conviene animarle después con obsequios alusivos, estropajo de primera, jabón de sosa y piedra pómez.

9. La gallina ciega. Dirigido a los que acosan y maltratan a colegas. En la clase vacía se pone una venda en los ojos del gallito. Una vez perdido tiene que ganarse la salida. Sus compañeros le ayudan mediante toñas y trompazos. Las víctimas tienen derecho a engañarle dos veces. Cuando la encuentra, traspone el umbral mediante patadón y zancadilla. Cuidado con la puerta de cristales de la clase de enfrente.

10. Confesión general. Delante de maestros y compadres el infeliz narra con voz ahogada los cargos más graves de su amarga vida. Según el grueso de la pública misión el coro le fustiga con abucheos, estruendos y remoquetes. Evitar las risotadas, que no sojuzgan sino animan al villano.

11. La gota de agua. En la trastienda se coloca al contumaz bajo gotera añeja. Durante tres clases debe soportar en su cráneo mondo los efectos del poroso radiador. No hay que procurar miramientos ni cuitas porque el cerebro se le ablande un poco.

12. La gatera. Aconsejado para hiperactivos sin solución. En una caja de un metro se acopla al bribón en posición fetal atado de pies y manos. Se cierra la trampa con prudencia para que pueda respirar. A lo largo de la mañana tendrá tiempo de meditar sobre las ventajas de estarse quieto. Al liberarlo del ataúd dejarlo tranquilo hasta que cesen los temblores y babeos.

Nuevos castigos de igual rango aparecen en la siguiente entrega, entre otros los que siguen: todos a una, la bayeta humana, gargajo va y aguadilla en el retrete...

El autor de estas líneas sabe de buena tinta que en nuestro país y en otros de la Europa civilizada se han utilizado con profusión los castigos aquí descritos, tanto en la escuela pública como en la privada. Ahora la situación es justamente la contraria...

Monumentos y compras


En primer lugar, si de verdad queréis disfrutar del arte monumental gallego tenéis que viajar al norte para seguir la ruta del románico o camino de Santiago, que como sabéis está jalonada por antiguas y bellas iglesias situadas en parajes no menos sorprendentes. La más bella de todas es la catedral de Santiago, esa inapreciable joya, promovida por el obispo Diego Peláez y dirigida por el Maestro Esteban en torno a 1075, que se abre en el pórtico de la Gloria y se esconde por el exceso de la iglesia barroca que se levantó sobre ella, la única en que se fijan demasiados peregrinos sin entender finalmente el sentido religioso de su larga andadura.
El pueblo al que nos referíamos es Valença do Minho, al lado de Tuy y en la misma frontera con Galicia. Se trata de una ciudadela fortificada junto al río de origen medieval desde la que los portugueses se dedicaban a vigilar con sus cañones de bronce a sus vecinos españoles (ahora se dedican a aligerarles los bolsillos). Si os asomáis a la espléndida vista del río podéis ver el antiguo puente metálico que servía de aduana y que hasta la constitución de la UE era obligado (y pesado) atravesar. Desde arriba semeja una especie de Torre Eiffel tumbada y cubista, sin especial interés, por lo que no es preciso dedicarle más de unos segundos. Allí está también la reputada Pousada de San Teutonio, una de las más célebres de Portugal, con las mismas vistas que antes pero ahora sentados en una confortable silla delante de un impecable mantel blanco. Nosotros hemos ido prácticamente todos los años a comer, aunque ahora los precios son parecidos a los de parador de Tuy. Os recomiendo una tortilla de camarones como entrada y, obligado, el bacalao al horno, lo único junto con el pollo, que los portugueses hacen realmente bien. Por orden de aparición: el Bacallao a la Dourada (el mejor, pero es una lotería, porque lo hacen una día a la semana) o, en su defecto, el San Teutonio. ¡Ojo!, Las raciones son desmedidas. Se puede beber un vinho verde del año, ligeramente espumoso, no tan bueno como el albariño, pero muy refrescante y excelente compañero del pescado, además de mucho más barato.
Después, para bajar el bacalao, os recomiendo un paseo sin prisas por las estrechas y empedradas calles del Valença, por su plazas con fuentes y otros pintorescos rincones. El único problema es que toda la antigua ciudadela ha sido convertida en una tienda tentacular (me viene a la cabeza el pasaje bíblico de Jesús y los mercaderes del templo) por lo que la única posibilidad de disfrutar del pueblo es o prescindir, en una imposible visión mística, del entorno comercial o aplazar el paseo hasta las cinco de la madrugada… Como ambas cosas exigen al sufrido viajero un sacrificio exagerado debéis conformaros con ir de compras.
En este punto, lanzo un serio aviso a los incautos maridos: las señoras cuando van de compras tienen la persistente costumbre de deambular sin rumbo por todas las tiendas del pueblo, permaneciendo en cada una de ellas un tiempo interminado durante el cual, ante el requerimiento indignado de sus acompañantes, responden que lo único que pretenden es ¡Mirar a ver que hay! Esto traducido a términos más realistas significa simplemente aburrimiento y discusiones desagradables. Los maridos deben, por tanto, negarse en redondo a ir de compras o bien, una vez arrastrados al abismo por sus cónyuges, armarse de toda la paciencia de este mundo y del otro. Si, como preveo, cometen el error irreparable de elegir esta segunda opción, ahí van algunos consejos útiles: en primer lugar, no hagáis pagos con tarjeta salvo en los dos establecimientos más solventes, Azul y Albariño (y mucho menos en tiendas que utilizan un artefacto manual para pasarla). ¡Cuidado con las apreturas en los establecimientos! En Portugal también se roban carteras. En cuanto a los productos: alguna excelente botella de Oporto, ciertamente más barata que en España; cuberterías y baterías de cocina de acero inoxidable de calidad y a buen precio, para mi la mejor opción (nosotros compramos una completa de la marca Silampos al casarnos y está como el primer día); edredones nórdicos de pluma o sintéticos, estupendos; compramos uno de pluma y es excesivo para casas con calefacción.
En cuanto a manteles, sábanas, colchas y toallas variadas, es mejor que Jane hable con Ana, quien tiene la curiosa costumbre (¿manía?) de comprar algún juego todos los años para esconderlo en un armario y mirarlo con ojos brillantes una vez al mes. Si os decidís por estas bagatelas, por el mismo precio o algo más que El Corte Ingles hay por toda la tienda-pueblo un amplio y deslumbrante surtido.
Os recuerdo también que un día a la semana (los miércoles) hay mercadillo ambulante, con lo cual llueve sobre mojado. El pueblo se transforma en unas enormes “guarrerías preciados” llenas de tenderetes de patera y quincalla. Conozco a más de uno que a entrado completo y ha salido en calzoncillos…

PD. Si realmente queréis conocer algo más de Portugal atreveros a hacer algunos kilómetros y acercaos a Braga, una ciudad increíblemente moderna y europea, y a Oporto, añeja y llena de encantos (como la misma Lisboa “ciudad antigua y señorial”)…

Conil de la Frontera




CONIL DE LA FRONTERA I
Nosotros estamos disfrutando de un Julio relativamente benigno. Se puede dormir sin agobios y por la tarde la piscina y el helado final con Pepe es una alternativa razonable.
El miércoles nos vamos a Conil hasta el día 15. La vida que hacemos Ana y yo allí es bastante predecible. Nos levantamos a las 10, desayunamos las bollas y magdalenas del lugar, yo arreglo la casa a grandes rasgos, mientras Ana se acerca al mercado a echar un vistazo a las existencias del fresco. El filete y el morrillo de atún, es caro pero espectacular. Laura, que ha llegado a las 7 de la mañana, duerme plácidamente...
A las 12,30 bajamos a la playa, que está a menos de 100 metros del apartamento que hemos alquilado por tercer año consecutivo. La playa es inmensa por lo que no hay problemas de espacio y acomodo. Allí leemos el periódico (me niego a leer otro diario que no sea el Marca hasta Septiembre); después Ana se pasea largamente por la arena y yo contemplo como un paleto madrileño las relajantes olas del Atlántico y las bellas ondinas doradas al Sol.
A las tres despertamos a Laura y comemos. Me echo una siesta de media hora con pijama y persianas bajadas y Ana se queda viendo la telenovela o los magazines de verano... De cinco a siete es hora de leer algo interesante y después hay varias alternativas: copa en Sancti Petri o visitas a los pueblos blancos. O quedar con unos amigos que tienen casa aquí y cenar en terraza o en restaurante. Los Jueves vamos los dos matrimonios al Baluarte de la Candelaria en Cádiz, al tablao Los Jueves, flamenco, que organiza la peña de Enrique el mellizo, insigne personaje del mundo calé...Buen cante hondo, nada de flamenco a granel, con cena incluida en el patio...
Por la noche la gente del entorno se despereza y comienza la auténtica vida del pueblo. De todo el veraneo lo que más me impresiona es la vampírica vida nocturna. La poblacion se multiplica por tres, pues todos los veraneantes de Roche, Sancti Petri y pueblos del interior, como Chiclana o Medina Sidonia, se dan cita en las plazas, terrazas, carpas, bares y discotecas... Es obligado trasnochar hasta las tres de la madrugada y tomar un agua de Conil... Después a la cama.


CONIL DE LA FRONTERA II
Efectivamente, nuestras vacaciones en Coni han sido estupendas... Te voy a hacer un resumen de mi particular visión de estos días, que obviamente no coincidiría con la de mis hijos ni con la de Ana.
Para empezar echo de menos que no hayámos vuelto a disfrutar de la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba y la Giralda de Sevilla (como el año pasado)... Cada vez me gusta más Andalucía, esa tierra deslumbrante donde floreció hace cinco siglos la cultura árabe (Al Andalus), por entonces la primera y más refinada civilización del mundo, al contrario de lo que, por desgracia , ocurre ahora...
La casa estaba muy bien, a cien metros de la playa y a la misma distancia del centro del pueblo y la zona de compras diarias. Situada en una urbanización (calles, no recinto cerrado) muy tranquila y de bonitas casas encaladas, como todo el pueblo.
Los niños se levantaban a la una, después de dormir no más de seis horas. El ambiente en el pueblo de noche es fantástico. Aquí se vive de madrugá. Hasta las cinco de la madrugada la ciudad no cobra realmente vida. Un par de noches que hemos salido a cenar y tomar una copa con amigos lo hemos podido comprobar.
Nosotros íbamos a la playa cuando ellos se levantaban. Después bajaban a buscarnos y se marchaban otra vez con su pandilla. Comíamos tarde todos (a las cuatro como muy pronto), nos echábamos la deliciosa siesta, y a eso de las seis los niños de nuevo al mar con los amigos. Yo me dedicaba a leer (no he trabajado nada en mi libro) y sobre todo a lo que ha sido mi gran descubrimiento del verano: el cante hondo, el flamenco de verdad, cantado por los grandes maestros del género: seguirillas, fandandos, soleares, tanguillos; ahora mismo sigo metido en el tema con el mayor entusiasmo. Desde luego, casi todo lo que escucho es flamenco grabado, aunque el año que viene, si volvemos , pienso acercarme a los festivales nocturnos de Cádiz y Jerez, las cunas de este arte maravilloso.
Cuando caía el sol nos íbamos de excursión a los preciosos pueblos cercanos (acaso demasiado parecidos en una primera aproximación), incluido el nuevo Sancti Petri, o bien no paseábamos por los laberintos de las calles del pueblo. ¡Son increíbles los andaluces! Allí no existe el concepto de vida privada. Todo es público o semipúblico. Sacan las mesas a la puerta de la casa con la botella y la copita, sin que, en muchos casos, esté claro si se trata de un bar o de una vivienda (posiblememte es algo intermedio que aquí no conocemos).
Las puertas y portales están siempre abiertos, miran la televisión y oyen la música desde la calle. Se puede detectar esa constante radiación de fondo del universo. A la mínima te invitan a entrar y te enseñan las macetas de geranios y las fuentes de agua fresca... En mi urbanización, con las ventanas abiertas a las tantas, te enteras de lo que te interesa y no te interesa. Es frecuente pasar por una tienda cualquiera y oír de pronto como alguien se arranca por peteneras. En definitiva y para no cansaros, a mi me parece otro planeta, delicioso y vivo, que oculta y transforma celosamente sus penas, como debe ser...