lunes, 23 de marzo de 2026

La educación sexual de entonces

 

Recuerdo la “educación sexual” de los jóvenes nacidos durante la época de los cincuenta, la segunda generación de la dictadura y el nacionalcatolicismo (¡aquello sí que era educación en valores!).

¡Sexo! Nadie mentaba la palabra tabú. La omertà, la ley del silencio siciliana, era una broma, un mentidero madrileño comparada con el consenso de la familia y la escuela para eludir el tema. Era una sociedad asexuada, nuestros padres carecían de atributos sexuales y nadie por debajo los tenía, ni siquiera la flora y la fauna. Que las madres enseñaban a sus hijos los misterios de la coyunda “con ejemplos de la vida animal” es una leyenda urbana. Nadie abría el pico. Invitados a una boda, el celebrante adornaba el sermón con loas y floripondios sobre la preminencia de la charitas, del amor desinteresado al prójimo frente a los desórdenes de Don Carnal. Entre los fines lícitos del matrimonio ocupaba el último lugar la satisfacción de la concupiscencia.

A partir de los doce años nos llegaban noticias del sexo, casi siempre de algún amigo mayor que nosotros, avispado y obsceno, quien nos anunciaba con redobles de tambor la buena nueva. Tras demorarse una semana para caldear el ambiente te largaba una conferencia clandestina sobre órganos de los que nunca habías oído hablar (ni volverías) y complicados acoplamientos anatómicos imposibles de imaginar (no digo de entender). Pero la naturaleza se imponía otra vez a la cultura al dotarnos de unos instintos de vida que nos permitían vislumbrar un mundo de intensas sensaciones. Primero, las inesperadas poluciones nocturnas. Lo mejor era no contárselo a nadie por si acaso. Pronto, la práctica del autoerotismo nos llevaba al descubrimiento del cuerpo del amor. Insistíamos con asombro. Pero esta práctica inocente del amor propio era censurada por las grandes instancias de la moral colectiva. Los curas, mediante la catequesis, la confesión y los ejercicios espirituales, donde proyectaban sus luchas heroicas con mundo, demonio y carne (los enemigos del alma), deformaban nuestras tiernas mentes con la pesada carga de la culpa.

Según la doctrina oficial, el onanismo reblandecía el cerebro, impedía el crecimiento y emponzoñaba el futuro de la pareja. Proponía como alternativa la castidad sostenible (diríamos hoy), el único camino para reforzar los hábitos rectos y la fortaleza de ánimo; en realidad lo único que reforzaba era la represión. Me acuerdo del confesor pringoso de Amarcord, la película de Fellini, y su obsesión por los pensamientos impuros (¿hay algo más puro que besar a la niña de tus sueños?), los tocamientos pecaminosos y las ocasiones propicias. Pero las hormonas en alza podían más que palmar en pecado mortal y acabar en las calderas de Pedro Botero. Surgieron los guateques en casa de los padres progres que se iban los fines de semana a su segunda vivienda y los bailongos en las primeras discotecas juveniles de los sesenta. El que más y el que menos trataba de arrimarse. Había llaves de lucha libre para impedir a la moza recular; cuando una bofetada estallaba en medio de una pieza sabíamos que alguien había abusado de las artes marciales. Tras el tumulto y las risotadas, una se iba a tomar el aire fresco y otro al baño, entre otras cosas a ocultarse del bochorno.

La siguiente etapa de la educación sentimental era la primera novia, una continuación de la moral dominante, no un cambio cualitativo. Ahora la masturbación se convertía en un delicioso dueto de viola y violonchelo. Los neófitos frecuentaban las últimas filas del cine de barrio (la gemidora fila de los mancos), los parques solitarios, los portales en invierno.  

Una nueva figura de la autoconciencia erótica surgía tras la mili (otra escuela de barbarie sexual): el noviazgo serio. En un piso alquilado por cuatro amigos se intuía la posibilidad de mantener relaciones sexuales completas. El contraataque no se hacía esperar y las víctimas eran las mujeres: mitos de la virginidad, males imaginarios, falacias del respeto… Otro frente de batalla: el drama irreparable de quedarse embarazada, la vergüenza de ser madre soltera, y aún peor, la posibilidad impensable de interrumpir el embarazo. La asamblea de fieles al completo velaba por la vida del no nato hasta que nacía y entonces todos salían corriendo menos los padres y los abuelos. Pero la vida siempre se abre paso. Más que buscarse, las relaciones sexuales se perpetraban. Corrían tiempos de calzarse dos preservativos superpuestos y sellados con cinta. No era fácil conseguirlos. Una alternativa era comprarlos en el puesto del tío estafa en el Rastro, pero sólo su cara te echaba para atrás. Además vete a saber si lo que vendía era un coladero de trastienda. Sólo había otra opción: esperar a que no hubiera nadie en la farmacia de un barrio lejano y entregar muerto de vergüenza al boticario un papel escrito a máquina; la mayoría de las veces te volvía la espalda con desprecio y lo arrojaba a la papelera; otras te echaba con cajas destempladas. Al final, algún padre descuidado tenía alguno en la mesilla. Si la conjunción de los astros era favorable, la joven accedía (en realidad decidía) y los amigos se iban al cine la pareja podía corear el anhelado ¡Al fin solos!

Pero quedan otras etapas de la educación sexual: la luna de miel, el matrimonio, la sesentena (o sexentena) y más allá. Por el momento lo dejo aquí con la promesa de nuevas disquisiciones. Sólo me queda una reflexión final: a una edad avanzada sin precisar (en lo del sexo cada cual es cada cual y sus cadacualidades) la pérdida de músculo no significa un problema menos como especulan los incautos. Al contrario, el deseo es el verdadero fuego eterno con el agravante de que su satisfacción es ahora una quimera. En lugar de condones pedimos Viagra con receta. En esto se basa eterno mito de Fausto.

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