sábado, 23 de agosto de 2014

El cholismo ilustrado


Y van cinco en dos años. Sin contar el último Carranza. Celebraremos aquí mientras Dios me dé salud cada copa que levante el capitán del atleti por pequeña que sea. Para nosotros todas son de oro. Tenía preparadas doscientas páginas para glosar la gesta de Lisboa pero al final (nunca mejor dicho) la puñalada de Ramos nos dejó con dos palmos de narices. ¡Qué manera de palmar! Por cierto ayer estuvo a punto de repetir la gracia. Hay cosas que se entienden pero no se olvidan. Así es el laberinto de las emociones. Como decía Kun-Fu: Las cosas una vez que ocurren han sucedido. Una vez más, la vida y el fútbol se dan la mano. Ordené a mi hijo, casi como Kafka, que quemara mis páginas de la Champions. No sé qué habrá hecho.

Para mí la “clave del triunfo” en la Supercopa (cito al mítico Manolete) fue el fútbol de autor que practica el equipo. Mientras que cada comienzo de liga el Madrid tiene que rehacer sus esquemas tácticos para que sus flamantes fichajes se acoplen, el cholismo ilustrado practica la máxima de que el bien común es anterior y superior al individuo. Nadie viene al atleti a demostrar lo que sabe hacer por cien millones de pavos porque ya está sabido. Si Messi fuera rojiblanco defendería los saques de esquina en el primer palo metiendo el codo en la cara del central contrario y luego saldría como un lobo con la pelota robada sin culebreos ni mariconadas. La distancia más corta entre dos puntos (le habría dicho mil veces su entrenador) es siempre la línea recta.

La filosofía futbolera del Simeone es muy clara: si no te meten un gol hay muchas probabilidades de ganar. En el atleti todos son defensas, todos cierran las zonas estratégicas del campo (presión agobiante, ayudas escalonadas, ahogo de las bandas) y alguno enchufa el gol que cambia el partido. No importa ceder la pelota, realizar un juego previsible, tirar balones largos, echarla fuera a la mínima, forzar al tarjeta, acabar la jugada como sea… lo importante es no correr riesgos innecesarios.
Las armas ofensivas son el contragolpe marca de la casa y la estrategia a balón parado. Me imagino al Cholo en su casa a las tres de la madrugada echando humo por las orejas tras emborronar innumerables folios con las recetas que ensayará en el entreno de las doce: Protocolo de córner 32 b desde la izquierda. Koke con rosca al primer palo a media altura, fuerte para que la defensa contraria y nuestros propios atacantes se la coman con patatas, el portero tapado por un volante que se le echa encima no la ve y el último delantero en el segundo palo la clava de tacón a dos metros de la red…

Su estrategia psicológica no es menos efectiva. Ama a sus jugadores y es amado por ellos. ¡Esos muchachos que han crecido tanto a pesar de todo! larga conmovido a la prensa. “Todo” es la caja desmedida del Madrid, Barça y los grandes expresos europeos. El Chelsea quería comprar este año hasta el relente del Manzanares. En mi opinión ni Costa ni Filipe Luis han estado a la "altura moral" del club que los ha encumbrado.
Defiende Cholo la sana divisa del “partido a partido”. Una propuesta sensata que significa: no especulemos con proyectos majaderos, no demos pedales en una bici sin cadena pues lo único que se consigue es calentar el cerebro de la tropa. Un jugador debe procesar información en el campo y punto. 
Habla bien de los árbitros (o no habla en caso de cagada) porque es la única forma de predisponerlos a su favor. Por lo demás, no creo que a nadie puedan molestar las dos cariñosas collejas de ayer al línea.
Domina la comunión mística con la grada. Desde el banquillo dirige a la afición como un maestro de coro. Sólo le falta la batuta. Ayer montó su circo grabando con el móvil media hora del incendio colectivo. Pero cuando culmina el triunfo con el pitido del árbitro sabe conceder a sus jugadores el mérito y la gloria. Decía ayer, preguntado por esa modestia suya, que para él saltar al césped con los brazos abiertos era invadir el protagonismo de los gladiadores. Notable.
Por último, sus ruedas de prensa son espléndidas. Es original, evita los tópicos que reclaman los periodistas del ramo, los considera superentendidos y a sí mismo el tonto del pueblo, se parten de la risa con sus desplantes toreros, elogia las virtudes del contrario y tiene la osadía de tocar sutilmente las narices al Madrid (si lo haces de frente enseguida te echan en cara su condición de mejor equipo de la galaxia. El imperio contraataca). 

Me hago la misma pregunta que Rubén Amón en su excelente libro Atletico de Madrid, una pasión, una gran minoría¿Por qué no son del Atleti los demás?

jueves, 24 de julio de 2014

¿Nietzsche y el nacionalsocialismo?


Friedrich Nietzsche, Ecce homoEl caso Wagner.

Forma incluso parte de mi ambición el ser considerado como despreciador par excellence de los alemanes. La desconfianza contra el carácter alemán la manifesté ya cuando tenía veintisiete años (tercera Intempestiva); para mí los alemanes son imposibles. Cuando me imagino una especie de hombre que contradiga a todos mis instintos, siempre me sale un alemán. Lo primero que hago cuando “sondeo los riñones” de un hombre es mirar si tiene en el cuerpo un sentimiento para la distancia, si ve en todas partes un rango, grado, orden entre un hombre y otro, si distingue: teniendo esto se es un gentilhomme [gentilhombre]; en cualquier otro caso se pertenece irremisiblemente al tan magnánimo, ay, tan bondadoso concepto de la canaille [chusma]. Pero los alemanes son canaille: el alemán nivela… Si excluyo el trato con algunos artistas, sobre todo con Richard Wagner, no he pasado ni una sola hora buena con alemanes. Suponiendo que apareciese entre ellos el espíritu más profundo de todos los milenios, cualquier salvador del Capitolio [un ganso] opinaría que su muy poco bella alma tendría al menos idéntica importancia. No soporto a esta raza con quien siempre se está en mala compañía, que no tiene mano para las nuances [los matices] (¡ay de mí, yo soy una nuance!), que no tiene esprit [ligereza] en los pies y ni siquiera sabe caminar. A fin de cuentas, los alemanes carecen en absoluto de pies, sólo tienen piernas. Los alemanes no se dan cuenta de cuán vulgares son, pero esto constituye el superlativo de la vulgaridad, ni siquiera se avergüenzan de ser meramente alemanes. Hablan de todo, creen que ellos son quienes deciden; me temo que incluso han decidido sobre mí. Mi vida entera es la prueba de rigueur [rigurosa] de tales afirmaciones. Es inútil que yo busque en el alemán una señal de tacto, de délicatesse [delicadeza] para conmigo. De judíos sí la he recibido, pero nunca todavía de alemanes. 

domingo, 13 de julio de 2014

El pantalán de Baiona


A mi hijo Nacho.

Hace un montón de años veraneábamos en la Ramallosa, cerca de Baiona, en las Rías Baixas gallegas. Como soy aficionado a la pesca me compré en la ferretería del pueblo una caña de plástico con carrete y los demás aparejos, incluida sacadera y nasa. Lo conservo todo en un altillo junto a mi equipo de pesca mayor. Sea donde sea, no hay nada como echar unas varas al agua.

Al día siguiente bajé al mercado a por un jurelito y un trozo de volador: el señuelo. Después de la siesta, mi hijo Nacho de ocho años y yo nos fuimos al pantalán de Baiona, prolongación de la Lonja y del puerto de bajura, al lado del muelle de los barquitos que van a las Cíes. A eso de las seis estaba a tope. Allí se daba cita el “todo Baiona”. Abuelos sin dientes de piel curtida, jubilados del sector primario, rapaces renegridos a los que sus madres habían largado de casa, charlistas con papel de fumar y picadura, mirones… Camino del pantalán, algunos mariscadores recebaban las nasas o baldeaban las barcas; las mujeres componían las redes y daban órdenes. Galicia es un matriarcado. Al segundo día vimos como un pescador se cargaba una gaviota de un remazo. La mujer tiró el guiñapo al agua. Nadie se inmutó (debe ser frecuente). Le dije a mi hijo que solo la había asustado pero no se lo tragó. 

Íbamos equipados con ropa de faena, cantimploras, gorras, galletas (nos obligaba mi mujer), toallas viejas para sentarnos en las tablas. Los primeros días el personal nos miraba como bichos raros, turistas fuera de lugar. Todavía Nacho llamaba palomas a las gaviotas. Los gallegos son gente reservada pero afable; encantados de hablar largo y tendido de nada; a la semana nos saludábamos cordialmente.

Hay que tener ciertas nociones de pesca para ir al pantalán y no salir emplumado: tantear el largo de línea, saber colocar el cebo, cambiarlo con frecuencia, calcular el lastre, elegir el tamaño de anzuelo y flotador. Mi especialidad siempre ha sido corchear, colocar el flotador en el sitio exacto; pura intuición, aunque en el pantalán tienes que echar el corcho donde toca. Si pican hay que tirar a tiempo para que los peces no se coman la carnada y escupan el hierro. No es difícil engancharlos si andas listo.

Bandadas de muxes  pasaban por debajo; a veces veíamos peces grandes, pero no picaban aunque pusieras jamón en el anzuelo. Simplemente te veían. El agua estaba sucia de las basuras de los barcos, del combustible y los vertidos del pueblo. Con suerte podías clavar alguna caballa terciada y sobre todo chinchos, unos aguerridos pececillos de diez centímetros que salen del agua muy cabreados agitando sus lomos brillantes. Sólo una vez saqué un sargo de treinta centímetros con la ovación del respetable. Por la noche lo apunté en mi diario. Sacábamos entre diez y veinte chinchos. Los habría devuelto al agua por dos razones: primero porque me caían bien, segundo porque no sabía qué hacer con ellos. Pero el instinto predador de mi hijo se imponía a la compasión que creía haberle enseñado. Lo pasábamos genial; el tiempo vuela, las emociones no paran, es increíble. Discrepo de Nabokov: no hay nada como pescar, ni siquiera cazar mariposas.

A ratos, mi hijo se iba a explorar por su cuenta. Una vez le cambiaron la gorra de Adidas por una visera pringosa de Estrella de Galicia. Otra, vino chupando un polo de fresa de segunda mano.

- Mira papá, volvió alarmado una tarde, aquel señor se ha cagado en D… 

Una tarde vino con la noticia de que un abuelo sacaba un pez tras otro. Hice un alto y me acerqué. Así era. De pronto tiró de un cordel y sacó del agua una bolsa de red muy fina llena de peces podridos. Cuando le pregunté me dijo que los chinchos que pescaba los dejaba un par de días al relente: la mayoría los metía después en la bolsa para cebar el sitio. Los que quedaban los ponía en el anzuelo. El invento me pareció una metáfora de la condición humana pero no encontré la explicación. Estoy en ello.

Al final del mes de julio, cuando ya nos tratábamos de tú, un paisano me pidió un trago de las cantimploras de plástico.

- ¿Es agua? me dijo. Se la pasé y escupió el trago al mar…

- ¿Pensabas que iba a estar fría? sugerí.

- No, pensaba que iba a estar… ¡caliente!  

Nacho no entendió por qué estuvimos cinco minutos aullando de risa.

Solo una vez fue mi mujer a vernos. Duró cinco minutos. Aquel día llevaba de cebo un bote de gusarapas que había comprado al hijo de mi patrón. Las cogía en la ría cuando bajaba la marea. Cuando me vio meter los dedos en el bote, ponerlas en el anzuelo y desclavar el primer pez, me dijo tajante: “No me vuelves a tocar”.

Al anochecer la expedición volvía a casa. El olor de mis manos era indeleble, a prueba de jabón y colonia. El niño iba rebozado en la mugre del suelo de madera, apestaba a sardina y su conversación incluía el repertorio de tacos aprendidos. Mi mujer miró los peces con aprensión y se negó a meterlos en la nevera. En una ocasión (desdichada, no pude reprimir la gracia) sugerí que se los regaláramos a mi suegra que vivía más abajo en la casa de la palmera. Se los cenaban los gatos del paisano que nos alquilaba la casa. Tras el festín, Nacho al baño y yo a la ducha de la mano. Lo mejor eran los percebes, las nécoras y la botella de Albariño sentados por la noche en la mesa del jardín…

La pesca se suspendió al final de las vacaciones por un suceso evitable. Hay ciertas cosas que un padre debe aclarar cuanto antes a su hijo. Volvía de la Ramallosa una mañana de comprar el Marca y una botella de ron. Al entrar escuché en la cocina la siguiente conversación.

- ¿Mamá, me puedes explicar una cosa que papi no ha querido decirme?

- ¿Qué cosa, cariño?

- ¿Qué es hacerse una paja?

Al día siguiente, después de la siesta, fui al dormitorio de Nacho pero se había marchado. Una escueta nota en la mesilla me informaba: “Me he llevado al niño a Panxon a ver a Marta y Agustín. Volvemos cenados. Vente si quieres”. 

miércoles, 2 de julio de 2014

El maniqueísmo


Un sistema filosófico es una concepción coherente y completa de la realidad. El buen lector de filosofía está convencido, mientras devora a un autor, de que la realidad encaja como un guante en su concepto de razón. Por eso se debe leer a los maestros pensadores de una vez, sin interferencias, aunque nos permitamos ciertos cruces, ciertas debilidades y muchas concesiones al entretenimiento, una categoría estética injustamente tratada: recuerdo una patética discusión de Savater con ciertos sepultureros a los que no les gustaba Tiburón o Parque jurásico. Los mismos a los que fascinaba la gilipollesca Gloria de Casavettes o la inaguantable Gritos y susurros de Bergman. Que les den morcilla.

Uno es partidario sucesivamente de la ley moral en Kant, la espiral del espíritu en Hegel, el advenimiento del paraíso socialista en Marx, el abismo del eterno retorno en Nietzsche; el hombre, accidente del lenguaje en Wittgenstein, las esencias transparentes en Heidegger (un año de mi vida me costó acabar “Ser y tiempo”). Mis filósofos favoritos. Y vuelta a empezar.
Mientras dura la inmersión en su obra intentamos pensar “con su propia cabeza”, poner a los demás entre paréntesis. Aceptamos con Whitehead que la filosofía occidental es un montón de notas a la obra del autor que nos envuelve. Al final, cuando el recorrido concluye y las aguas se remansan tratamos de fundar un nuevo espacio. 

Ahora soy maniqueo hasta la médula. En la Biblioteca Nacional me estoy metiendo, entre otros, el libro de Antonio Piñero, Pensamiento, orígenes y fuentes del maniqueísmo. El máximo especialista europeo es Henri Charles Puech, un incansable erudito francés. Me interesa la versión filosófica de esta sabiduría secular y menos sus orígenes religiosos.
La idea central del maniqueísmo, como sabemos, es que el mundo está regido por dos principios contrarios y copertinentes: el Bien y el Mal. Todas las religiones reveladas son un desarrollo histórico, geográfico, antropológico de este supuesto total que abarca la naturaleza, el hombre, los dioses, la sociedad, la moral y el Estado. El maniqueísmo es la versión más pura del conocimiento supremo de la ciencia del bien y del mal del que habla la Biblia.
Bien y Mal, Luz y Tinieblas, además de opuestos y complementarios, son potencias de igual rango o jerarquía. No cabe hablar por analogía eleática de que “el bien es y el mal no es y no es pensable de otro modo”, pues el ser de ambos es pleno y consistente. El mal no es una carencia como argumentaba la teodicea cristiana sino exceso y cualidad. Bien y mal son redondos y nada está decidido en su confrontación final como sucede en las malas novelas.

La versión más superficial del maniqueísmo afirma que los hechos, los actos, las palabras son buenos o malos sin más. Al revés, los grados intermedios, a veces de una sutileza impenetrable, conforman su esencia, pues tales estados son las vías no neutrales que conducen a un lado u otro de la fuerza. Cualquier punto de partida, cualquier cuestión o problema, cualquier decisión se inclina infinitesimalmente por la luz o las tinieblas. No se puede distinguir con una sonda lo que consideramos bueno o malo. El maniqueísmo es, al contrario, la gnosis, la filosofía original del conocimiento, la visión primordial de las cosas, una iluminación que pone a prueba los límites del entendimiento y la voluntad.

La lucha entre el Bien y el Mal es universal; la prevalencia de uno u otro convoca la eterna agonía de las luces y las sombras. Participamos necesariamente del juego pero las reglas no están escritas. A cada cual le toca elegir las suyas. El juego es la vida. El lema maniqueo es “ironía o iglesia”, entendida esta última como fijación dogmática de las reglas. Nada se detiene, sólo la impostura simula el final del viaje. La filosofía moral, igual que la teología, es una disciplina eclesiástica. El bien y el mal de la ética son variantes académicas de los usos y prejuicios sociales. 

Incluso los conceptos morales más nobles pueden mostrar de pronto la cara del monstruo. Son renglones torcidos, hijos del matrimonio del cielo y del infierno. Tampoco vale el esquema dialéctico de tesis, negación, superación. Puede tratarse de un falso conflicto o uno verdadero que no conduce a ninguna parte. La crítica banal que tacha al maniqueísmo de simplificar los problemas se derrumba. El maniqueísmo huye de los dilemas triviales, de los dualismos gastados: deslindar el bien del mal supone templar al máximo las facultades del conocimiento: intuir, analizar, separar, abstraer… Finalmente la distinción entre lo bueno y lo malo se decide, como en toda filosofía, en la conciencia subjetiva, pero no como punto de vista sino como producción efectiva. La realización del bien es el único criterio de verdad. El hombre de conocimiento entiende la vida como mezcla y separación de contrarios, contemplación del bien sin mezcla de mal alguno, razón práctica... consciente de que el maniqueísmo no es un atajo sino un territorio cuyo mapa puede cambiar a cada instante. 

sábado, 21 de junio de 2014

El francés de entonces...


Hoy todo el mundo estudia idiomas por razones de trabajo: quien no tenga don de lenguas (inglés, alemán, chino), no se moleste en enviar su curriculum. Tres idiomas es lo mínimo que piden las empresas para que, en el caso improbable de que te contraten, percibas como mucho un sueldo de mil euros, trabajes media jornada (o sea, doce horas) y te echen a la calle (con tu cajetín de pobres pertenencias) gratis y cuando les venga en gana. Algunos se consuelan diciendo que más vale esto que nada; pero, dicho con rigor, me parece una villanía propia de siervos que se ponen a sí mismos las cadenas.
Estos son los recuerdos de mi aprendizaje de la lengua francesa cuando estudiaba el bachillerato hace más de cuarenta años. Juro solemnemente que los insólitos acontecimientos que a continuación se narran son rigurosamente ciertos…


Cursé estudios en el Instituto de Enseñanza Media Alfonso VIII (un rey medieval) de Cuenca, entonces uno de los centros masculinos más prestigiosos por tradición y plantilla. El instituto femenino (sic) estaba en la otra punta de la ciudad por una separación exigida por la ley natural, el gobernador, el director, el obispo y las fuerzas vivas. Viví en Cuenca porque trasladaron a mi madre, funcionaria del Ministerio de Hacienda, a esta pequeña ciudad de provincias.
Algo conozco del inglés, una lengua bárbara, no latina, propia de los ejecutivos, las nuevas tecnologías y del imperio (también de Milton, Shakespeare y Joyce, lo admito), pero la que he estudiado a lo largo de mi vida (sigo en la brecha) y más me gusta es el francés. En aquel tiempo de silencio (el español se susurraba), el francés era la única lengua extranjera que se impartía en las aulas. Al contrario que en la actualidad, el inglés había desaparecido de los planes de estudios no se sabe aun por qué razones pedagógicas o políticas. Algunos me han explicado que era “por asuntos políticos”, pero lo cierto es que el régimen de Franco caía igual de mal a los ingleses que a los franceses y viceversa. Además, Estados Unidos había certificado nuestra condición de reserva espiritual de occidente.  
Impartía la asignatura de francés Doña Guadalupe, una respetable viuda de edad indefinida, bajita, dura de oído, trato respetuoso aunque sólo en su dirección y proclive al brandy según decían las malas lenguas. Se decía incluso que antes de las clases mascaba un par de caramelos de menta para tapar los efluvios del Terry (en todo caso, chacun à son goût).
Utilizábamos un libro titulado Miroir de la France (“Espejo de Francia”) hecho por expertos nacionales que conservo como oro en paño. Es una antología dividida en tres partes: la primera está compuesta por un repertorio de textos de autores clásicos como Racine, Corneille o Molière (no Voltaire, mal visto por la Iglesia); un espejo de la Francia de los siglos XVII y XVIII, Nada de la actualidad del país vecino, peligrosa para mentes inquietas que podrían plantear ciertas comparaciones incómodas. La segunda parte recogía, entre otros, fragmentos de Sartre (inextricables), de Camus (deprimentes) y de Céline (tendenciosos). La tercera estaba formada por una serie de artículos de corte periodístico que “reflejaban la realidad de la España contemporánea”. Los temas elegidos eran deportivos (La gloria del Real Madrid), heroicos (España, pasado y futuro), homófobos (La enfermedad de nuestro tiempo) o machistas (La mujer al volante). ¡La educación en valores funcionaba!
El método de enseñanza se centraba en varias competencias básicas (diríamos hoy). La traducción directa (francés-español) e indirecta (español-francés) eran las más solicitadas. Después de todo, los diccionarios del ramo se presentan con este formato. No resulta difícil imaginar la calidad literaria de nuestras versiones del Cid de Corneille, Fedra de Racine o Tartuffe de Molière. Para “corregir matices y captar el sentido”, Doña Guadalupe leía con voz pastosa la traducción (ya entonces anticuada) de los libros de bolsillo de la colección Austral... que nadie escuchaba. Pero no tenía importancia. A veces existe la justicia en el mundo. En los exámenes mensuales debíamos resolver frases como ma mère m’aime, c’est à dire, je suis aimé par ma mère. Aun así, la mitad de la clase suspendía holgadamente. Para la traducción indirecta, la profesora nos entregaba fotocopias de Don Quijote, El lazarillo de Tormes o La Celestina. Era particularmente gloriosa nuestra descripción del hidalgo o los lamentos de Calisto por la muerte de su amada. Para nuestro alivio, la traducción indirecta no formaba parte del examen. Dios aprieta pero no ahoga.

Nunca hablábamos en francés; se suponía que Francia era un país lejano que solo se veía en los mapas. Nunca perdonamos a los gabachos aquello de "África empieza en los Pirineos". Solamente usábamos ciertas expresiones que se sabían de memoria el camarero del bar, el puerta de la disco o el conserje del hotel. Se trataba del francés turístico o estándar de Benidorm. Las estudiantes francesas que hacían cursos de verano en Cuenca nos miraban con ojos extraviados cuando las acosábamos en espanfran puro y duro. El objetivo era aprenderse de memoria el léxico. Doña Lupe nos obligaba a preparar un grueso taco de fichas, cada una con la palabra francesa y su significado que luego nos preguntaba en clase. Pasaba lista tras llegar veinte minutos tarde, sacaba una bolsa con bolas de un juego de lotería desahuciado por sus nietos y, tras un instante insoportable, un nombre sonaba al azar: ¡el doce, Rodolfo, le toca!


- ¿Se ha traído por casualidad las fichas? A continuación las barajaba con mano temblona y sacaba una (estaba prohibido alfabetizarlas).


- Veamos, Roberto, que significa la palabra Pourtant.


- Por tanto… balaba el imputado.


- Por tanto, eres un tontaina, os lo he repetido doscientas veces… ¿Es que estás sordo o te lo haces? No me extraña, la clase es una nulidad. ¿Qué prefieres, Rodrigo, un cero en tu diario o ser fusilado al amanecer?


- Ser fusilado, madame.


- Pourtant, te pondré un cero como rueda de molino. Siéntate y “descansa” zopenco… El ciclo de tratarnos de usted, tutearnos, insultarnos significaba que la clase se desarrollaba normalmente.


Un día a la semana un desafinado coro masculino interpretaba a capella la conjugación del verbo parler, el único que nos sonaba. La profesora escribía un tiempo en la pizarra y nosotros lo aullábamos con las notas de Frére Jacques. Una descarga colectiva de adrenalina. Como contrapunto se oían en los bancos del fondo sur ciertos versos satíricos (u obscenos) que rimaban con parler en número y persona. A veces con doble sentido: Nous empinons, vous empinez, ils empinent. Letra y música de Cuarto A. La sordera la libraba de la ordinariez y el mal gusto. Cantábamos canciones francesas muy conocidas como Sous le pont D’Avignon, Dans les jardins de mon père… y cuando doña Lupe había pulverizado los niveles de alcohol en sangre, tronábamos en pié… ¡La marsellesa! Era la guerra. Don Miguel, el profesor de filosofía de la clase de al lado, entraba sin llamar y decía convencido:


- ¡Esto asusta Guadalupe, el día menos pensado vas a acabar en la guillotina! 

No es que doña Lupe fuera una mala docente, es que la lengua y civilización francesas se enseñaban así. Aprobé con fortuna el examen del preu: el tribunal preguntaba a uno de cada cinco alumnos (el viejo quinteo romano) cómo se llamaba, dónde había nacido y qué le interesaba. Me tocó. Además, mis padres, espantados por mis carencias, me llevaron durante el último trimestre a un sofista que me enseñó ciertos trucos…
Ese verano, para “perfeccionar mi francés” me premiaron a mi pesar con una “estancia lingüística” de un mes en una residencia mixta de Tours, una bonita ciudad a la que he vuelto. Por razones de supervivencia me junté de inmediato con los españoles del curso (que tampoco sabían una palabra de francés). Comíamos y bebíamos como fieras y por las noches, la única actividad intercultural, íbamos en masa a las habitaciones de las chicas a fumar y hablar por señas (pronto comprendí que tales visitas eran inocuas y las dejé). Una vez, nuestro profesor de la mañana, que nos tenía por ladrillos refractarios, nos llevó a practicar con el jardinero los ejercicios del día. El viejo, con cara de coronel de la Grande Armée y olor a moho, se llevaba la mano al oído con gesto feroz o hacía aspavientos de no entender; una comedia fingida mil veces. La profe de la tarde nos obligó a leer Le Petit Prince de Saint-Exupéry que cambié en el acto por El principito, un pastelón de crema que me prestó una gentil veterana. Volví como vine, quizás más gordo y resabiado.
Retomé el francés a los treinta y tantos. Daba clase particular con una joven francesa que me aconsejaron mis sobrinos. Estaba casada con un ingeniero español y deduje que se aburría de vivir en Madrid sin hacer nada. El método era inverso al de la viuda. Hablaba sin parar con un acento impecable. Lo importante, según ella, era la “competencia comunicativa” (un término de la sociolingüística que ascendía en la lista de éxitos). Me decía veinte veces a la hora que no me preocupara (ne vous inquietez pas!) si no entendía “algunos bloques de la frase”. Amoscado consulté a mi mujer, profesora de inglés.
- ¿En serio que no explica gramática, ni escucháis grabaciones, ni hacéis redacciones, ni leéis libros adaptados? –dijo-. Estoy convencida de que pronto te soltará que vas a aprender en seis meses “el francés en mil palabras (¿o eran cien?)”. Creo que esa propuesta absurda marcará el momento de plantearte una retirada estratégica a los campamentos de invierno. 

Y así ocurrió. En cuanto me ofreció la poción mágica, le informé de que me habían trasladado repentinamente a un país del África Central, que cuando volviera, si volvía, seguiríamos las clases, que la avisaría, que hasta pronto, adiós, désolé.
Mi tercer intento de estudiar francés es ahora, en la Alliance Française de Madrid y llevo cinco años. Se trata de un centro prestigioso (y muy caro) donde se enseña el francés comme il faut de acuerdo con los objetivos del marco europeo de las lenguas (uno de los cuales es el negocio). Metodología probada, buenos libros, profesores bien formados y, por supuesto, nativos. Una pequeña Francia en el centro de Madrid. Lo que he descubierto con júbilo es que “hablar” no es lo que más me interesa de una lengua romance como el francés. El paso de la filosofía a la filología me fascina. Una lengua viva es la realidad más hermosa que puebla los confines del mundo. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, decía Wittgenstein.
Sólo un matiz: en mi opinión es imposible aprender de verdad una lengua que no sea la materna. Primero: nuestro cerebro, según dicen los expertos, se cierra al aprendizaje gramatical antes de los seis años. Segundo: una lengua es algo más que comprender, traducir, hablar o escribir. Es una forma global de vida, una cultura, una psicología de masas, una antropología social y una metafísica. Cosas que sólo pueden aprenderse en la casa natal donde hemos logrado articular los primeros balbuceos.

sábado, 14 de junio de 2014

Diccionario filosófico. Determinismo


El determinismo es una teoría filosófica que sostiene la ausencia de libertad en la conducta humana. Según esta teoría, las acciones del hombre, como cualquier realidad, están sometidas al principio de causalidad natural. Se han aportado cuatro argumentos en contra de la libertad:


Determinismo físico. Las leyes de la conducta humana son las mismas que rigen el movimiento de las bolas de billar. Solo hay una realidad, la materia y sus estados emergentes, y no hay razón para suponer que exista una causalidad para la naturaleza y otra para el hombre. En la naturaleza no hay saltos; sus leyes son las mismas para  el hombre, la lechuga y el ratón y se aplican de un modo homogéneo al cerebro, una computadora biológica tan sofisticada que no es capaz de conocerse a sí misma. La conducta humana está, por tanto, determinada y su complejidad no significa que seamos libres. Lo que llamamos “libertad” no es otra cosa que la imposibilidad de controlar las innumerables variables que intervienen en cada acción. El atomismo necesitario de Demócrito, el mecanicismo de Laplace, el fisicalismo radical de los filósofos neopositivistas o la teoría unificadora de campos de partículas elementales, publicada por el premio Nobel Werner Heisenberg, son ejemplos de determinismo físico en la historia de las ideas.


Determinismo psicológico. El temperamento, que forma parte de nuestra herencia genética, el carácter, que forma parte de nuestro aprendizaje, la personalidad y sus rasgos, todos a la vez determinan la conducta. Nuestra organización mental no deja margen para elegir libremente aunque lo creamos por un prejuicio firmemente asentado. Por otra parte, siempre elegimos el motivo más fuerte y después justificamos nuestra elección con la conjetura de las decisiones libres. Simplemente vivimos la ilusión de la libertad. El voluntarismo de Schopenhauer y su teoría del motivo más fuerte, la hipótesis freudiana del inconsciente o el conductismo radical de Skinner son las concepciones más afines al determinismo psicológico.


Determinismo sociológico. Las conductas humanas son esencialmente sociales y, por tanto, impersonales. En realidad nuestra conducta individual no depende de nosotros sino que tiene, aunque tratemos de ocultarlo, un significado colectivo. En la vida social, el individuo no decide ni controla la acción, sino que más bien es controlado y movido a actuar en una dirección única. Una cultura es un sistema normativo que nos dice en todo momento lo que debemos hacer. Esta es la función de los usos sociales, las costumbres y las leyes. Asimismo, las normas institucionales (familiares, políticas, económicas, educacionales) nos empujan necesariamente a actuar dentro de unos estrechos márgenes que nosotros agrandamos con la imaginación. El economicismo de la filosofía marxista, el sociologismo de Durkheim desarrollado en su metodología de los hechos sociales y la explicación orteguiana de los usos son algunas de las teorías que han defendido el determinismo sociológico.


Determinismo teológico. Los creyentes y teólogos que admiten la omnisciencia de Dios como uno de sus atributos esenciales se ven de inmediato envueltos en la siguiente paradoja: si Dios todo lo sabe, entonces conoce la totalidad de nuestros actos y movimientos desde que nacemos hasta nuestro destino final. Lo cual supone que la secuencia completa de nuestra conducta está prefijada hasta en sus detalles más nimios y lo que interpretamos como libertad es predestinación objetiva. La teoría evangélica de la gracia en San Agustín o la doctrina calvinista de la divina predestinación son las versiones más conocidas del determinismo teológico.

domingo, 8 de junio de 2014

Los comics de Guy Delisle


Decididamente, el comic se ama o se ignora, no hay término medio. Hay quienes lo descubren de mayores pero normalmente la pasión se fragua de niño. Con los primeros tebeos aprendemos el ritmo de las tiras: plano general, palabras del globo, vistazo a los monos y vuelta a empezar. Unidad de forma y contenido.

Uno de mis autores favoritos es el canadiense Guy Delisle (1966), un ejemplo más de la incomparable tradición francófona en el campo de les bandes dessinées. Ya lo comenté en otro lugar. Admiro de Guy Delisle tres publicaciones: Pyongyang (2003), Chroniques birmanes (2008) y Chroniques de Jérusalem (2011). Los personajes que dan continuidad a estas historias (“historietas”, como se dice del comic de mamporro y tentetieso) son, además de él, Nadège, su compañera, miembro de Médicos sin Fronteras, y sus dos hijos pequeños, Alice y Louis. Nadège siempre permanece en un discreto segundo plano, aunque se nota su importancia institucional; aparecen más los hijos, unos encantadores niños normales, y ocupa el centro del comic Guy, su yo dibujado, cuyos rasgos, pese al esquematismo gráfico, son asombrosamente parecidos a los de las fotos… por más que haya declarado en sus entrevistas que no se trata exactamente de un sí mismo; es más, aclara que al principio su doble pintado le resultaba bastante raro y que se trata simplemente de un personaje que le va bien para contar sus experiencias.

El Delisle del comic es un entrañable compañero de viaje, un espectador divertido que observa y participa sin interferir en el entorno. Desde la primera página se produce un afanoso intento de inmersión cultural propiciado por la situación del dibujante en su crónica: su mujer es la que trabaja y él se ocupa de buscar casa, cuidar a los niños, comprar un coche, ir al súper, entenderse con los vecinos o el personal de servicio, unos inefables nativos cuyos hábitos son una fuente inagotable de gozos y desdichas.

Dispone de un año para solucionar el crucigrama de la nueva cultura. A lo largo de las crónicas conocemos a un Delisle con muchos registros. A veces nos recuerda el trabajo de campo del antropólogo que descubre los puntos de vista emic y etic de la aldea. En otras es el periodista que reescribe de primera mano los marcos sociales o los acontecimientos que el lector ya conoce. En ocasiones, el yo del comic se convierte en actor de la intrahistoria, hundido sin distancia brechtiana en los sucesos del país. Por último, es alguien que cuenta sus impresiones biográficas en distendidos monólogos, empujando al atardecer el cochecito de su hijo con un helado de pistacho en la mano. En todos los casos utiliza un suave tono irónico, un admirable sentido del humor, una mirada comprensiva, cordial, contenida. No hay opiniones radicales como las de Joe Sacco. Guy el turista curioso, un perspicaz contrapunto del totalitarismo.

Sus crónicas se inscriben en la tradición ilustrada de los libros de viajes del tipo “Delisle en el país de los coreanos, birmanos o palestinos”. Veo mi trabajo como cartas en las que explico mis experiencias en el extranjero, lo que he visto. Aparece entonces la crítica a las costumbres de países exóticos, la planificación urbanística, las prácticas religiosas o las formas de gobierno. Aunque evita el etnocentrismo, se estremece con las duras condiciones de vida de las dictaduras militares de Corea o Birmania para las que el miedo es la gran ventaja económica. También en Jerusalén: Israel es una democracia para los judíos pero una autocracia para los palestinos. Delisle es un europeo tolerante en sitios donde los derechos humanos se consideran una invención nada universal de los países ricos.


Acompaña a su mujer a las fiestas de expatriados que colaboran en las ONG o forman parte del personal diplomático. También van juntos a los lugares más típicos o a los rincones más bellos. Rara vez la acompaña a sus misiones oficiales (aunque se muere por ir) porque no forma parte del personal de MSF, no tiene los permisos en regla y los controles son numerosos y exhaustivos. Cuando se queda solo se dedica a recorrer en bicicleta los centros urbanos, los barrios pobres vigilados por la policía y las zonas residenciales protegidas por el ejército. Instalado en la sana perplejidad, pregunta al nativo, se informa en la oficina siniestra, busca en los bares, come platos atroces, acude a las fiestas populares; incluso participa en sesiones locales de iniciación. En general, evita cualquier roce con el aparato represivo, el cual a su vez lo ignora. Por cierto, sorprende, a pesar de las trabas de los gobiernos, la influencia de Médicos sin Fronteras.  

Cuando puede (o le dejan) toma notas, hace esbozos y fotos. Aunque, según dice, su verdadera compañera de viaje es la memoria, un rincón a salvo de la censura. En casa ordena los materiales, los estudia, pero da la impresión de que los termina cuando vuelve a París. Animador y dibujante famoso, organiza cursos gratuitos para sus colegas autóctonos. Otra fuente de placeres y sorpresas. Al finalizar su estancia, durante el último mes, en las últimas páginas, Delisle nunca expresa un sentimiento nostálgico por lo que deja atrás. Al revés, a lo largo del relato crece una niebla cada vez más densa, palpable, que envuelve a las gentes y lugares: primero un horizonte de ansiedad, de opresión después, y al final de oprobio. Nunca más regresaré a los países de mis comics, ha repetido Delisle.


Por cierto, tiene un estupendo blog.


http://www.guydelisle.com/