domingo, 13 de marzo de 2016

Batallitas


Hablo de los años setenta. Como siempre, la onda expansiva del Mayo francés llegaba con retraso. Una mañana de finales de abril, tras las vacaciones de Semana Santa, los pasillos de la facultad de filosofía y letras de la Universidad Autónoma de Madrid aparecieron sembrados de octavillas en las que se invitaba a todos los estudiantes que estuvieran a favor de la liberación sexual a participar en el acto fundacional del POE (Partido del Orgasmo Esmerado). La reunión se celebraría el jueves a las doce en el salón de actos presidida por la coordinadora universitaria (como si hubiera otras); en total seis cargos cuyos nombres y apellidos no constaban. Daba igual porque todos eran muy conocidos. En general, tenían fama de tipos bullangueros, inquietos en lo intelectual, vagos crónicos y salaces en las asambleas: por orden, presidente, vicepresidente, secretario, tesorero y dos vocales. 
El asunto prometía. En primer lugar, la mayoría estábamos saturados de asambleas, saltos en la vía de acceso al campus y “denuncias espontáneas” por los detenidos de la represión. Lo que tenían en común era la presencia en menos de cinco minutos de un montón de sociales y policías armados que ponían fin a la algarada (palabra muy franquista) de manera fulminante. No era difícil, pues desde la huelga general del setenta estaban instalados de forma permanente en el campus. Montones de jeeps y furgonetas en fila formaban parte del paisaje. Incluso disponían de una casamata prefabricada en la que se habían instalado, según la prensa del Movimiento, los mandos del operativo con sus equipos de transmisión, calabozo provisional y otros medios. Algunos estudiantes ya habían catado aquel lugar de pesadilla.
Era especialmente temible la retirada de carteles en la cafetería  a las once, en el descanso de las clases. El sitio estaba a reventar y cuando la fila de grises con casco atravesaba la sala con caras patibularias siempre había algún tipo que los llamaba hijos de puta o les tiraba un vaso. El desalojo con palera era lo menos que podía pasar. Los sociales sacaban la pistola. Un espectáculo lamentable. La policía franquista se comportaba aquí (y en todas partes) como un ejército de ocupación en su propio país. 
Tres razones más a favor del acto fundacional del POE (que me pierdo en batallitas): las hormonas juveniles eran en aquel templo del saber la cosa mejor repartida del mundo; el tedio a esas alturas del curso subía bastantes enteros y, finalmente, aunque la cosa no atacaba directamente al régimen, tampoco tenía pinta de estar a favor. Deporte de riesgo y emoción garantizada.
Ni que decir tiene que el decano de la facultad, un aséptico catedrático de geografía que se hacía el gracioso, no cedió el salón de actos al P.O.E. Según las crónicas de primera mano, a los tres miembros del comité que recibió en su despacho les dijo que el asunto olía mal y que, en cualquier caso, no tenía autoridad para permitirlo.

- Si queréis, ir a hablar con el capitán de la policía armada, él es quien manda aquí o todavía no os habéis dado cuenta. Aunque no os lo aconsejo porque tampoco os va a dejar y además tendréis que tocar el piano. ¡Las huellas dactilares muchachos! Después vendrá a pedirme explicaciones con cara de ogro: ¿Es que no conoce usted sus competencias? No, podría contestarle.

El acto se celebró contra viento y marea en la antesala del salón de actos. La coordinadora del POE, desoyendo el consejo del decano, fue a la casamata y le largó al capitán el cuento de que se trataba de un acto cultural para presentar un curso de psicología de la motivación. Ciencia pura. Pero el régimen tampoco se fiaba de la ciencia.

- No me vengan con gilipolleces -los conminó mientras liaba un cuarterón- háganlo en el hall pero sin pasarse. A la primera palabra malsonante entro. Lo cierto es que después de un rato mareando la perdiz, los grises no habían aparecido.

La coordinadora presidía el acto sentada en los pupitres de las aulas. Estábamos unas sesenta personas incluidos los espías disfrazados de progre. Cantaban a un quilómetro. Lo cierto es que allí no había más que tíos. Dos chicas de historia, militantes del partido comunista, hartas de que las miraran con ojos golositos, se largaron. La presentación fue un prodigio de mesura. Habló el presidente del POE sobre la ausencia de una educación secularizada, los patrones de socialización en la familia, la distinción entre instinto sexual y filiación, la teoría del orgón de Reich o las pulsiones polimorfas y perversas de Marcuse… Nadie entendía nada y menos aún los espías de la brigada político social que se lanzaban miradas inquietas. Veinte minutos y el asunto quedó despachado. ¿Alguna pregunta? sugirió el secretario (en este punto finalizó la sesión y comenzó la función).

- Todo eso está muy bien, confirmó un autoproclamado ácrata de cuarto de románicas, pero lo cierto es que esto parece una atracción de feria de “solo para hombres”. Cuando se lo propuse a mis amigas dijeron que no me conocían. Incluso las novias se han pirado. Parecemos los curas (sic) de un convento.

- Tendremos que convencerlas, hablarles, ganarlas para la causa, replicó entusiasta el tesorero. Su ausencia forma parte del problema.

- Para eso no necesito un partido, interrumpió un trostko de filosofía pura, aguerrido veterano de las pruebas de septiembre. ¿Crees que es casual que todos los miembros de la coordinadora seáis tíos, valga la redundancia? (sonrisas del público). De qué coño sois la vanguardia (primeras risas abiertas. Los galones de repetidor le hacían crecerse).

- ¡Oye, Jaime, le interpeló el vicepresidente indignado, no seas faltón y cuida tus palabras o duramos cinco minutos! Reserva tus gracias para ligar. ¿No pretenderás reventar el acto?

- Para nada, cedió conciliador, lo único que pretendo saber es la praxis correcta que proponéis aquí y ahora, en estas circunstancias concretas.

- No hay una praxis correcta, como largas en cuanto puedes, si no hay una teoría detrás; o delante. No pretenderás que montemos una orgía el primer día, le espetó el segundo vocal. (No, no, hoy no, se oyeron voces socarronas).

- Bueno, intervino un maoísta de salón, esto tiene toda la pinta de ser una manifestación objetiva de radicalismo pequeño burgués.

- Escucha Rafa, terció, el primer vocal, más por intervenir que por otra cosa, no fastidies o es que la verdad absoluta es el catecismo proletario del Gran Timonel… (No digas nombres, le exigió Rafa, algo superfluo porque lo conocían hasta las piedras).

Metió baza un joven vestido de negro hasta las cejas partidario de la Federación Universitaria Democrático Española: En resumen, que estáis a favor del amor libre venga de donde venga; o contra la familia, la propiedad privada y el Estado; o sea, vivan las comunas, acostarte con las mujeres de los demás y a la tuya que ni la miren. Es para troncharse Carlitos. 

- No somos hippies postizos ni salidos de ocasión, si es lo que sugieres…

- Vale, vale no te mosquees, era una broma. ¡Me aburrooo!

- Tendréis noticias nuestras. Por razones obvias ahora no es momento de vocear los planes, recalcó el presidente con aire de misterio.
  
- Uno de la última fila: ¿Las noticias serán en el campus? Si se trata de otra cogorza general no contéis conmigo.

- O de cortar el tráfico en la Plaza de Castilla, terció otro. Ya me han sacudido bastante. Casi prefiero quedarme estudiando en casa.

En ese instante entró el capitán de los grises al frente de veinte números con el vergajo en la mano. Con toda seguridad vinieron no por lo que se decía sino por quienes lo decían, viejos conocidos de la inquisición.

- ¡A tomar por saco –aulló-. A casita que llueve y callados. Al primero que grite me lo llevo a la jaula. ¡Aire y rápido!  
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Dos semanas después el POE tuvo su momento de gloria. Fue un viernes a las once, la hora del café. Sobre un tablero con ruedas del que tiraban tres encapuchados iban desnudos un chico y una chica con máscaras venecianas, seguramente alumnos de la escuela de arte dramático (les encantan estos lances exhibicionistas). Estaban medio tumbados en un jergón con sábanas rojas en actitud licenciosa. Detrás iban tres antifaces gritando consignas afrancesadas: cuando desabroches tu bragueta, desabrocha tu imaginación; cuanto más hago el amor más ganas tengo de hacer la revolución; toma tus deseos por realidades, en los exámenes responde con preguntas… No era difícil adivinar quienes eran. Volaron las procaces octavillas del POE, una invitación al desenfreno ya. Todo ocurrió muy deprisa. La procesión báquica apareció por la puerta principal de la facultad, recorrió el pasillo central y desapareció nadie sabe cómo. Aquello tenía mala pinta. Lo mejor era largarse. Pasados los cinco minutos irrumpió la guardia pretoriana con el centurión al frente. El final de la utopía. Después rodaron cabezas por inmoralidad y escándalo público. ¡Qué sarcasmo! En cualquier caso, los guantazos y las multas fueron menores que las que les caían a los culpables de actos subversivos. Ética y política, matices de la democracia orgánica.

viernes, 4 de marzo de 2016

Ian McEwan. La ley del menor


Una línea roja de las buenas: es imposible hacer una crítica seria de una novela sin haberla leído en idioma original. No hablo de erudición del tipo libros negros de Cátedra sino del sentido común y no común. He leído recientemente, por ejemplo, la novela de Michel Houellebeck La carte et le territoire; primero en la estupenda traducción de Jaine Zulaika para Anagrama y después en francés. Son mundos diferentes sin más consideraciones. Hecha esta salvedad ontológica, doy mi opinión (en el sentido platónico de saber inseguro y conjetural) sobre la novela de Ian McIwan La ley del menor, publicada recientemente. Aviso (y el que avisa no es traidor): lo que sigue está pensado para quienes la han leído. Si no es así y decides continuar piensa que te puedo chafar la lectura.


Se trata de una novela corta de doscientas páginas comparada con los tochos de setecientas que son tendencia en la actual narrativa anglosajona. Por ejemplo Pureza, la tercera de las novelas gordas de Jonathan Franzen, de la que esperaba algo más que un formidable embrollo a diez bandas sans queue ni tête.
El libro no comienza -y se agradece- por poner en antecedentes al lector desde el descubrimiento de la pólvora hasta la caída de las torres gemelas (una referencia inevitable) y se sitúa de inmediato in media res, en el meollo del asunto. El marido de una honorable juez del Tribunal Superior de protección del menor en Londres le suelta de pronto a su señora, ambos sesentones jamones, mientras aliña la ensalada que ha conocido a una mujer treinta años más joven que ella y que están liados o se van a liar (no queda claro) porque sólo se vive una vez y le suplica que le permita consumar sus inocentes deseos; bien entendido que a ella, a la legítima, la ama más si cabe que antes de quedar colgado de la otra. Además hace océanos de tiempo que no echan un polvo en condiciones (como casi todo el mundo a esas alturas). Resumiendo: que de las dos notas del amor conyugal, lealtad y fidelidad, la primera sigue en pie pero no la segunda. El marido, profesor universitario de latín, entiende por “lealtad” no ocultar a su esposa  ni un ápice de sus salaces intenciones. Algo es algo pero no cuela. Ella, herida en su dignidad entre otras cosas, se enfurece a la inglesa, coge el dilema por los cuernos (con perdón) y, a pesar de la sospecha de que lo amará siempre por derecho consuetudinario, le da con la puerta en las narices. Normal. Todo hablado, razonable, sin que acabe en divorcio a la italiana.
Este es el primer dilema del relato. El segundo se plantea en el tribunal. Un caso urgente la reclama (la juez está de guardia el día de autos). Un joven de dieciocho años menos tres meses (más madera) enfermo de leucemia se niega por sus convicciones religiosas a que le transfundan sangre sin lo cual morirá en setenta y dos horas; pertenece, como sus padres, a los testigos de Jehová, una confesión que desde su particular lectura de la Biblia, como es sabido, no permite esta práctica. Resultado, el Hospital contra los padres. Las intervenciones de abogados y testigos son un portento de elegancia expositiva, respeto a los derechos individuales y otros formalismos jurídicos. La juez decide aplazar la sentencia hasta que haya hablado con el paciente. Toma un taxi en la puerta del juzgado junto a la asistenta social del muchacho y ponen rumbo al hospital.


(Si comparamos el desarrollo de la novela con una partida de ajedrez, tras la apertura se produce un temprano movimiento de dama con un signo de admiración: una jugada propia del gran Capablanca, sencilla, natural y llena de variantes).


La visita de la juez al joven en la UVI es la parte más previsible del relato. Queda fascinada por un joven gentil que se apaga ante sus ojos: inteligente, maduro, sensible, que toca el violín y escribe versos. Eso sí, está decidido a palmar sin ambages por la causa. Tras charlar un buen rato sobre lo divino y lo humano, hasta que la asistenta pide tiempo muerto, se despiden tras cantar a dúo la conmovedora canción irlandesa Pero yo era joven e insensato (la juez es una consumada pianista amateur). ¿Volverá? se despide. Ella no contesta. En realidad es una escena melodramática, incluidas las reflexiones sobre las primeras causas, que responde más a la finalidad interna del relato que a una situación creíble. La teleología narrativa exige a veces concesiones a la totalidad; lo importante es que no se note el andamio. ¡Bastantes problemas tiene la buena señora! Pero en el arte, no en la política, el fin justifica los medios. Al final lo aclaro.


(Estamos ante una variante muy trillada de la defensa siciliana que conduce a un medio juego muy posicional, como le gustaba a Anatoly Karpov. La jugada merece un signo de admiración y otro de interrogación).


El fallo de su señoría es, por supuesto, favorable al derecho a la vida en este mundo y el joven se recupera pronto tras seguir el tratamiento adecuado (¡porque la sangre es vida! la divisa del escudo heráldico del conde transilvano). Pasado un tiempo, la juez recibe una carta perfumada del paciente con las últimas noticias sobre su estado físico y mental. Y lo que le cuenta en tres páginas por ambas caras no es un cambio sino un giro radical en los dos casos: para empezar, que se plegó a las transfusiones porque estaba en las últimas, debilitado, sin resistencia de palabra u obra pero sí de pensamiento. Que sus padres lloraron mazo, pero no de pena por incumplir las normas sino de alegría por verlo vivo, por tenerlo, por no haberlo perdido para siempre. Que se lleva fatal con ellos. Que tienen disputas permanentes, broncas frecuentes y treguas intermitentes. La teología da mucho juego. Sus padres lo querían inmolar para complacer a la plana mayor de los Testigos de Jehová, por obediencia a los ancianos y la exigencia egoísta de salvarse, no porque, como a él, se lo dictara la conciencia cristiana del deber puro y duro. Lloran de alegría porque a la vez han cumplido con el dogma y su hijo está con ellos. Falsa moneda. Nadar y guardar la ropa según el joven, que ha comprendido en sus carnes el significado del fanatismo, la obediencia ciega y la prohibición de pensar con su propia cabeza. El final de la farsa: se ha largado de la secta sin retorno y rechaza cualquier tipo de creencias religiosas. Pero a un absoluto muerto, otro puesto: ella le ha dado la vida y la razón, ha sido el instrumento de su salvación y de ahora en adelante será su faro por el proceloso mar del porvenir; el renacido la adora con una mezcla de amor sacro y profano difícil de entender para el lector. Cierto que los sentimientos de un joven virgen son a veces más complejos que los de un galán de novela rosa. A partir de este momento la seguirá y perseguirá hasta encontrar la solución a su destino incierto. Tela marinera.


(Buen movimiento de peones para ocupar el centro del tablero. La especialidad de Arturo Pomar. Ahora es posible iniciar un ataque al débil flanco de dama).


Por su parte, el humanista, tras unos cuantos revolcones, comprende que como en casa no se está en ninguna parte y añora el redil arrepentido. Su señoría le permite volver al hogar pero no a su cama; y aunque al principio llevan vidas paralelas y no se dirigen la palabra, el lenguaje corporal lo dice todo: la convivencia se perfila, la reconciliación se presiente, flota en el ambiente la reconstrucción de los puentes (¿es esto posible?). El tiempo pasa. Rule, Brittania! Un fin de semana londinense, brumoso y cargado de agua, varios miembros de la alta magistratura, entre ellos la juez, son invitados como todos los años a una lujosa mansión de estilo paladiano en Newcastle. Las confortables veladas de chimenea se suceden hasta que una noche a los postres el secretario particular de la jueza entra perturbado en el comedor para decirle que hay en la cocina alguien que quiere verla y no admite un no por respuesta.


(Una jugada conjunta de torre y caballo, de esas que, según el gran maestro argentino Miguel Najdorf, hacen temblar el tablero).


Por supuesto es el ex testigo que ha seguido sus pasos y tras soportar un largo camino bajo el diluvio ha llamado chorreante a la puerta. El joven le confiesa su amor trascendente-terrenal sin que ella le corte el rollo que no cesa. Desesperado, le propone vivir juntos con su marido, los tres en amor y compaña, ¡que a él no le importa!, a lo que la juez le responde que ¡no hay habitación disponible! Finalmente, le pide a su secretario que llame a un taxi, le da al joven dinero para la vuelta y lo despide hasta el día del juicio final a las tres y media. Al salir, él le planta con destreza un rotundo beso en la boca que ella no se niega del todo a recibir. Un beso dulcísimo al que le dará más vueltas en su magín de las que conviene a una mujer madura que intenta salvar su matrimonio.
El resto (en realidad todo el libro) es un homenaje  a uno de los relatos más bellos de la historia de la literatura: Los muertos de James Joyce en su obra Dublineses.


(Sigue la combinación ganadora, digna del inmortal Bobby Fischer, un espectacular sacrificio del alfil que domina la gran diagonal y permite doblar las torres en séptima. La dama está acorralada. Ahora todo queda claro. En pocas jugadas el rey negro perderá la corona).
 
Una noche navideña (como en Los muertos) la juez abandona trastornada la sala de un tradicional concierto para colegas donde acaba de interpretar al piano un dúo con tenor. ¡Nunca había tocado así, en ansias inflamada, llevada por la música, transfigurada! Su marido, inquieto por el subidón de lo sublime y el bajón de la espantada, la acompaña a casa en ascuas donde ella le cuenta que ha recibido la triste noticia de la muerte de aquel joven lánguido al que salvó con su sentencia. Es un suicidio por amor… a ella. El marido escucha estupefacto los pormenores del romance del beso. Donde las dan las toman. El cabreo del profesor crece cuando su mujer emocionada, con la sensibilidad a flor de piel, desgrana la historia: lo rechacéla leucemia se reprodujo y esta vez, mayor de edad, impidió que siguiera el tratamiento. Se ha dejado morir porque yo era su vida y lo he abandonado.
El final es el mismo que en el relato de Joyce: un viaje por los abismos del alma de la mujer y los filtros de amor que los procuran: primero la compasión, después la nostalgia, por fin el hastío. En resumen: hay amores y amores (¡quien no lo ha sufrido en su piel!). Y la sentencia de Roland Barthes para condenar al doliente: mi sintaxis es la piel de Roberta. ¡Que no decaiga!

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre las dunas de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

sábado, 20 de febrero de 2016

Umberto Eco. La definición del arte


La parte de la obra de Umberto Eco que mejor conozco es la dedicada a la estética o teoría del arte. En la facultad de filosofía estudiábamos la versión francesa de su tesis doctoral, El problema estético en Santo Tomás (aún no traducida al castellano) en la que el teólogo de París ampliaba la epistemología aristotélica para concluir que la belleza plástica comienza con los sentidos, pero su recorrido de verdad pasa por la elaboración discursiva. Así, la sensibilidad abre paso al concepto y convierte al arte en la más alta realización del espíritu… Idea que marcó la trayectoria intelectual del pensador italiano.
Para los estudiantes de filosofía interesados en la sociología del arte era obligada la lectura de sus sabrosos ensayos sobre cultura de masas. En primer lugar, el lúcido Apocalípticos e integrados cuyos análisis del kitsch, del lenguaje de los comics, de Superman, de la canción de consumo o de la televisión no han perdido frescura a pesar de lo que ha llovido desde entonces.
Asimismo, su Historia de la belleza y su Historia de la fealdad son las dos recopilaciones de textos estéticos más completas y perspicaces que se han publicado (¡y qué imágenes!). Por cierto, El nombre de la rosa no es para mí tanto una novela sino un tratado de filosofía medieval expuesto de forma narrativa. Es su virtud y su carencia.
Entre otras publicaciones del autor fallecido, hay un libro poco conocido titulado La definición del arte. En él vuelve a muchas de las tesis que anteriormente había desarrollado en su conocida Obra abierta cuyo lema bien pudiera ser esta hermosa sentencia de Cicerón: Liberae sunt nostrae cogitationes.
  
El símbolo de la literatura y de la poesía moderna tiende a sugerir un “campo” de respuestas emotivas y conceptuales que deja su determinación a la sensibilidad del lector. Esta llamada a la autonomía de las perspectivas interpretativas no es exclusiva de las poéticas órfico-simbólicas, de las poéticas que grosso modo podríamos calificar de irracionalistas.
Una llamada consciente a la apertura interpretativa se da, por ejemplo, en una poética racionalista como la de Bertold Brecht. Este autor, de modo explícito (incluso al crear obras de teatro de intención pedagógica que tienden a la comunicación de una ideología perfectamente definida) quiere actuar de manera que estos dramas no presenten nunca conclusiones explícitas: la nota técnica de la “interpretación épica” en Brecht tiende precisamente a estimular en el espectador un juicio autónomo y crítico acerca de una realidad vital que el texto le presenta "desde la distancia", sin pretensiones de influir en él emocionalmente, liberándole para que saque de manera autónoma sus conclusiones ante las pruebas suministradas. Obras como Galileo nos muestran claramente la ambigüedad dialéctica de dos tesis aparentemente contradictorias que parecen no armonizarse en una síntesis final. (…)
En el otro extremo, tenemos, en cambio, ciertas obras literarias que, por la complejidad de sus estructuras, por la densa interrelación de los planos narrativos, valores lingüísticos, relais (relevos, cambios) semánticos, alusiones fonéticas, evocaciones mitológicas y modelos culturales, tienden, en la intención del autor (lo único evidente), a vivir por sí mismas una vida propia, a renovar permanentemente sus significados, a propiciar una inagotable posibilidad de lecturas e interpretaciones y aspiran, en conclusión, a constituirse en sucedáneos del mundo. La máxima realización de esta poética la tenemos en las obras de Joyce y, sobre todo, en Finnegans Wake: en este caso, la obra puede compararse a un gigantesco cerebro electrónico que produce estímulos y respuestas en función de una serie tan compleja de nexos que hace imposible el control de sus posibilidades.

Umberto Eco, La definición del arte. El problema de la obra abierta.

lunes, 15 de febrero de 2016

El mundo de la alta costura



Aquí me interesa el mundo de la alta costura sobre todo como fenómeno estético, algo como fenómeno sociológico y muy poco como fenómeno ideológico. Se trata, por tanto, de un punto de vista parcial que otros podrán completar desde nuevas perspectivas. Por encima de todo se trata de un artículo en clave periodística. Mi bisabuelo fue escritor y periodista; mi abuelo redactor jefe en la prensa argentina de posguerra. Es normal que el género me atraiga.

Entre las artes menores ocupa un lugar destacado la alta costura. Se entiende por alta costura las creaciones exclusivas (trajes, vestidos) de ciertas casas, firmas o marcas especializadas de alcance internacional. Resulta, por tanto, vago y equivocado considerar “alta costura” a las prendas hechas a la medida por sastres o costureras de cierto renombre local. De hecho en Francia, el país que inventó la denominación Haute Couture, sólo la tienen aquellas casas (Maison Couture) que han superado unos criterios muy exigentes.
En Francia, el término “Haute couture” está protegido por la ley y definido por la Chambre de Commerce et D'industrie con sede en París. La Chambre Syndicale de la Haute Couture está considerada la “comisión reguladora que determina qué casas de moda son elegibles para ser verdaderas casas de alta costura”. Sus reglas declaran que sólo “esas compañías mencionadas en la lista hecha cada año por una comisión situada en el Ministerio de Industria tienen derecho a usar la denominación Haute Couture”. Para ganarse el derecho de llamarse así y usar el término en su publicidad y en cualquier otro ámbito, miembros de la Chambre syndicale deben atenerse a las siguientes reglas:
- Diseñar a medida para clientes privados, con una o más pruebas de vestido.
- Tener un taller (atelier) en París que cuente por lo menos con 20 empleados a tiempo completo.
- Cada temporada, presentar una colección de mínimo cincuenta diseños originales al público, que contenga prendas de día y de noche, en enero y en julio de cada año.

Todos conocemos las casas más prestigiosas de la alta costura en las capitales de la moda, París, Milán, Londres, Tokio, Nueva York… hemos visto sus míticas fachadas en persona o documentales,  hemos admirado su Olimpo de dioses en los desfiles de salón. Las más famosas son las francesas y las italianas: en Francia, Christian Dior, Yves Saint Laurent, Louis Vuitton, Givenchy. En Italia, Giorgio Armani, Versace, Prada, Valentino. Todas las grandes casas tienen cuatro divisiones con objetivos distintos pero complementarios:

El diseño de prendas únicas a la medida del cliente. Cuando la casa recibe un encargo, una parte del taller puede viajar de un continente a otro para realizar las pruebas. Son vestidos artesanales cosidos a mano por los mejores costureros y hechos con materiales de la más alta calidad. No hay que hablar de precios. Basta con decir que no son más de mil en el mundo las personas, las fortunas, que utilizan este servicio de lujo. Las casas más renombradas consideran clientes preferenciales (con los privilegios que ello comporta) a quienes han invertido un mínimo de trescientos mil euros al año. Son célebres los deslumbrantes trajes de novia encargados por las únicas princesas del mundo que los pueden pagar: las herederas de los emiratos árabes. Por el contrario, muchos famosos, actores, músicos o gente del gran mundo lucen modelos gratis por la propaganda que hacen en revistas del corazón, en restaurantes de ensueño o en las fiestas saturnales de turno (también en los funerales chic). A finales de febrero se celebra la ceremonia de los Oscars en Hollywood; observen los vestidos de gala que lucen las estrellas femeninas; cada una tiene su modisto favorito. Todavía más, los deportistas de élite firman contratos multimillonarios con las principales marcas del sector, Nike, Adidas, Puma, por lucir sus modelos de ropa y calzado. Por supuesto, tales marcas nada tienen que ver con la alta costura.
La creación y exhibición de colecciones a fecha. Son los conocidos desfiles de salón o pasarelas. Se programan dos por temporada (Otoño-Invierno. Primavera/Verano) y es un proceso frenético que comienza con la presentación del modisto estrella que se hará cargo del proyecto y termina con el cierre de la colección, el casting, la prueba final, el plan de sala y el desfile. Según los protagonistas, el proceso es una dura prueba para las arterias. El modisto diseñará, supervisará y aprobará los nuevos modelos. Pero sobre todo es un trabajo conjunto que compromete a la totalidad del taller, a saber (masculino o femenino indistintamente), el director de la casa, los asesores financieros, el modisto, el estilista, el jefe de sastres, los costureros, el coordinador de proveedores, las perchas del Olimpo… 
Tienen especial interés las adaptaciones de obras de arte, plásticas o literarias, al diseño de nuevos patrones. Es legendaria la colección Mondrian que presentó Dior en 1965 o las dedicadas a Picasso en el 79 y el 88. O los vestidos creados por Versace a partir de los frescos de Pompeya.
Por su inspiración, son muy apreciadas las formas y paletas de la pintura abstracta, igual que la orfebrería egipcia o grecorromana para el diseño de joyas o adornos en la división de complementos. La alta costura ha llegado también a la ópera.
Por ejemplo, Verdi: Ricardo Chai diseñó el vestuario de Tosca, Jason Wu el de Aida, Gilles Mendel el de La Traviata, Peter Son el de Un ballo in maschera, Prada el de Atila en 2010 para el Metropolitan Opera House de Nueva York. En el Teatro alla Scala de Milán se guardan como oro en paño (literalmente) los vestidos que lucieron los divos del bel canto: Enrico Carusso, Maria Callas, Luciano Pavarotti, Mario del Mónaco o Renata Tebaldi entre otros.
Los desfiles sirven, por supuesto, para crear tendencia, pero, sobre todo, para reafirmar los códigos genéticos de la casa. En el nombre y número de cada vestido de la nueva colección debe estar impreso el ADN ancestral. La primera modista de Dior decía que, unos días antes de la prueba final, sentía la presencia del fundador, Monsieur Christian, muerto en 1957, mirando sus bocetos por encima del hombro. En el taller, todos percibían su presencia; de pronto se hacía el silencio: una suave brisa, un crujido anormal de la tela, un maniquí que se balancea sin motivo… Ninguna colección se exhibe sin el beneplácito de los lares. Somos iguales y diferentes, es el lema de cada temporada.

La división de prêt-à-porter es la que obtiene mayores beneficios económicos y permite financiar las colecciones a fecha. En ella se diseñan las prendas en serie (con tallas y variantes de confección para facilitar la demanda) que se venderán en las boutiques de las calles de la moda, en las franquicias de las grandes superficies o en los locales de los pasajes. Por supuesto, dentro del listo para llevar también hay gamas que van desde los modelos exclusivos a los más asequibles. Hay firmas que sólo trabajan el prêt-à-porter popular con pretensiones de crear tendencia, como Zara. Tres claves del éxito de la cadena de Amancio Ortega: un equipo de diseñadores de primera fila; unas colecciones de temporada para usar y tirar muy atractivas y precios competitivos; unos productos dirigidos a un amplio espectro de tribus, edades y gustos que incluye tanto a los pijos quinceañeros como a los carrozas reciclados. Otras firmas solo se dedican a la gama alta, por ejemplo, Adolfo Domínguez, Roberto Verino, Pedro Morago o Pedro del Hierro en España. Pierre Cardin sentenció que las prendas de la Haute Couture pura y dura formaban parte de la prehistoria del vestido y eran poco menos que las pieles del oso cavernario cosidas con huesos y tendones por los neandertales, y que el prêt à porter era la actualidad y el futuro de la moda.
En la década de los cincuenta se produjo una gran revolución en la moda a nivel internacional. La Alta Costura, sin llegar a desaparecer, fue poco a poco desplazada por el prêt-à-porter. Se inició un periodo de democratización de gran repercusión desde el punto de vista social; las prendas se empezaron a fabricar a gran escala, y la ropa de diseño, bien confeccionada, alcanzó a otros estratos sociales. Muchos de los grandes nombres de la Alta Costura se sumaron a esta nueva tendencia para poder mantener sus casas, e incluso algunos de ellos optaron por abrir boutiques donde se comercializase esa otra versión paralela a sus creaciones más mimadas. El primer caso fue el de Yves Saint Laurent.
Por último, los complementos de moda. Todas las marcas de alta costura crean su propia gama de productos que deben ser fieles a la línea de la firma. Bolsos, cinturones, pañuelos, fulares, bufandas, guantes, zapatos, gafas, eau de parfum, pendientes, anillos, colgantes y pulseras… todo cabe, desde un encendedor hasta una corbata pasando por el reloj de pulsera. Cito la sugerencia de una conocida revista femenina:
Una nueva temporada de Otoño Invierno está a punto de empezar y aunque estemos atentas a lo que se va a llevar en los próximos meses, es importante que no descuidemos los complementos y accesorios que encontraremos en las principales tiendas y marcas de moda durante este Otoño-Invierno. Para empezar, no pueden faltar los sombreros del tipo “fedora”. El estilo retro es tendencia por lo que este sombrero arrasará por su originalidad y la posibilidad de combinarlo con todo tipo de “looks” más o menos elegantes, más o menos informales…
Ni siquiera las mochilas son lo que eran; ahora se han convertido en la punta de lanza del street style: Chanel, Louis Vuitton y Gucci han presentado este año una glamurosa colección. Los precios son prohibitivos: la versión mini de Louis Vuitton, 1.150 euros; la mochila de piel con detalles de bambú de Gucci, 1.890 euros; la mochila grafitera de Chanel ronda los tres mil. En todas las divisiones de la alta costura pagamos por el logo de la marca. Como no podemos permitirnos prendas únicas, buscamos dar lustre a nuestro estatus con los complementos y, de paso, mostrar a los demás nuestro buen gusto. El resultado: un río de oro que fluye en todas las direcciones de la moda hasta terminar en las arcas de las grandes casas. Como diría Oscar Wilde, un dandi de su época, es justo lo contrario del arte por el arte.