Los aficionados silban
a Cristiano Ronaldo en los estadios, en general cae mal, incluso a muchos
madridistas (ahora con más motivo) porque es un personaje narcisista dentro y
fuera del campo; mientras que, por ejemplo, Messi se limita a jugar al fútbol y
sobrellevar la pesada carga de la vida privada de los famosos sin alardes musculosos,
novias de pasarela o fiestas babilónicas (lo que los une es que ambos tienen serios
problemas con el fisco). En la última final de la Champions se empeñó en ser el
centro de todas las miradas y dejar en segundo plano a la orejona. En ese
momento terminó con el Madrid. Se tacharon mutuamente.
Para no estar
triste necesita verse bien, tener una imagen
positiva de sí mismo, a través del balón de oro, la afición, la prensa,
Florentino, el entrenador, el vestuario, el árbitro, los rivales o el ministro
de Hacienda. Si el espejo le dice que no es el más bello deja de ser Cristiano
y se convierte en la madrastra cabreada: me
tienen envidia porque soy guapo y rico. Puyazo a Blancanieves. Un equipo como
el Real Madrid ha tolerado durante años sus desplantes toreros por su
rendimiento en el campo y los beneficios en caja. Pero todo tiene un límite,
sobre todo a cierta edad: ni le han duplicado la ficha ni le han pagado las
deudas con Hacienda. Puerta por una fortuna. Sería curioso saber qué relación
tiene el final de esta historia de amor y desencuentro con la escapada de
Zidane.
Pero el
narcisismo al que me refiero ahora está relacionado con el fútbol pero en las
antípodas del mundo de Cristiano. El colegio donde estudiaron la ESO y el
Bachillerato mis hijos competía en varias categorías: alevines, benjamines,
cadetes, juveniles, etc. Apunté a mi hijo en la categoría de alevines, entre 11
y doce años si mal no recuerdo. Los padres acompañábamos a los niños a la zona
de Madrid donde les tocaba jugar de visitante, con riesgo de patadón y pedrada
en ciertos barrios, o al patio del cole si lo hacían de local. Vista la cosa en
sí, sin contaminaciones narcisistas, se trataba de divertirse los domingos por la mañana, aprender a formar un grupo de amigos
comprometidos con la causa, hacer ejercicio dos tardes a la semana en los entrenamientos que
dirigía uno de los profes de educación física y comprender los valores básicos
del deporte, entre otros, saber ganar y perder; en el libro que me bajé de Internet había un montón más: crear sinergias positivas sobre organización y superación, sincronización entre la mente y el cuerpo, evaluación de decisiones... Chorradas. Si en el fútbol profesional es misión imposible, creía,
inocente inocente, que era posible en el fútbol de alevines.
Lo que me
encontré fue un mundo al revés, la realidad puesta cabeza abajo, como decía Marx de
Hegel. Algunos padres creían que sus hijos eran los magos del balón, que el
equipo debía ganar sí o sí, y si se perdía el partido cargaban contra los culpables: los compañeros, el
entrenador, el árbitro y, en última instancia, la dirección del colegio. ¡Vaya imagen hemos dado! Durante el
partido presionaban a sus hijos de modo intolerable. Se veían a sí mismos en el
espejo de sus hijos, los cuales en vez de disfrutar al aire libre sufrían el
delirio paterno. Fueron los mismos padres que se enfrentaron al entrenador por
hacer rotaciones durante los partidos para que el banquillo al completo pudiera
jugar; obviamente había mejores y peores con el cuero en el pasto, como decía
el gran Alfredo Di Stéfano; llegaron a amenazarlo con partirle la cara si no
planteaba el partido y las alineaciones (sobre todo) como ellos querían. Fue
vergonzoso. No sé cómo aguantó. Recuerdo especialmente a uno de los padres que
se pasó la primera parte increpando groseramente al árbitro que había
expulsado a su hijo por pisar la cabeza de un contrario delante de sus narices
después de tirarlo por detrás. Todos sabíamos que el niño se las traía. Se
aprende lo bueno y lo malo. Harto, el árbitro paró el partido y amenazó con
suspenderlo si seguían los insultos. Jugábamos en el campo del Canal de Isabel
II. Siguió la bronca con los padres del rival. Un gachó de arma y cuchillo
plantó cara al discrepante: ¡Deja de
joder o vamos a tenerla! Llamé a mi hijo que chupaba banquillo y
discretamente nos largamos. A lo lejos vimos como un coche de la policía con
luces y sirena ponía rumbo al Canal. El encargado de campo, experto en estas
lides, hacía rato que se había percatado del follón en ciernes. El árbitro salió
escoltado, me enteré después.
Al domingo siguiente
más de lo mismo. No sabíamos dónde meternos. La cosa fue a más: pasaron de
chillar a sus hijos a criticar alto y claro a los nuestros. Gordo, lento,
torpón… El colmo. Y ahí fue cuando, por desagradable que fuera, tomamos cartas
en el asunto. Pedimos una reunión con el director del centro al que le
expusimos con detalle, con la confirmación del entrenador, el mal ambiente que
rodeaba al equipo cada fin de semana. El director convocó a los padres
implicados en los “incidentes” y primero les rogó que cesaran de inmediato. Ni
caso. Después les advirtió que si se repetían, sus hijos serían apartados del
equipo (eso sí, en voz pasiva porque dos eran miembros del Consejo Escolar y
votaban). Como estábamos a final de temporada (quedaban cuatro jornadas) todo
transcurrió en una tensa normalidad donde unos padres no les dirigían la
palabra a los otros y se mascullaban maldiciones por lo bajo. Los chicos eran
tristemente conscientes de lo que se cocía entre bambalinas. Como el fútbol (y
cualquier deporte) es un estado de ánimo perdimos un partido tras otro hasta
quedar en la parte baja de la tabla, lo que no le hizo ninguna gracia al
director, acostumbrado, dijo, a que el
centro diera otra imagen en la clasificación. De nuevo el narcisismo
dirigía los acontecimientos. El entrenador dimitió y lo dimitieron de su puesto
de trabajo.
La solución salomónica
fue crear dos equipos A y B (la normativa de alevines lo permitía: más equipos,
más fichas, más dinero) para jugar en la misma liga escolar en función de “la
calidad de cada plantilla”. El nuevo entrenador hizo la selección y
distribución, seguramente aconsejado por quienes hubieran debido guardar un silencio
culpable. Qué casualidad que sus retoños se quedaran sin excepción en el primer
equipo. Los padres e hijos del B se indignaron, al conocer el desdoble
perpetrado por las altas instancias. Desde estas se les explicó que obedecía
solo a razones técnicas y que las oportunidades de jugar quedaban abiertas a
todos. Falso porque algunos fueron desviados forzosamente al balón-volea. Asimismo,
los jugadores del B tenían la opción de subir al A por méritos propios. Hubo desbandada
en los “malos”. Los chicos excluidos lloraban sin consuelo. Otros padres y
otros hijos ajenos, entraron. El mío decidió jugar un año más en el B. Cuando
acabó la temporada, eligió otro deporte fuera del colegio, el tenis, y si te he
visto no me acuerdo. Ahora juega en una liga futbolera de cuarta. Cuando vuelve
del partido sólo le pregunto si sigue entero.
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