miércoles, 24 de julio de 2013

Inteligencia artificial


Vivimos en telépolis, la ciudad de los zombis virtuales. Cualquier objeto (no ya aparato) que caiga en nuestras manos funciona gracias a un software de sistema. Vas por la calle y la mitad de tus congéneres son programadores. Hasta el vigilante de la empresa compila código en sus ratos libres.
Haga una prueba: introduzca en un buscador de aplicaciones el nombre de cualquier monserga y al punto surgirá una lista de descargas. Si se baja alguna, entenderá por qué el sueño de la tecnología produce monstruos. El mundo como voluntad ha claudicado ante el  mundo como representación. La vida ya no se vive, se representa. La imaginación ha sido sustituida por imágenes virtuales, un mundo de sombras que se disfraza de vaca multicolor. Antes los niños jugaban al rescate o a la dola, ahora superan niveles. El aumento del estímulo artificial ha sustituido a las cosas mismas. No hay perspectivas sino plataformas. La desintoxicación del adicto digital es parecida a la del alcohólico: tiene que acostumbrarse a vivir en un mundo con menos luces y politonos. Los improperios contra la razón instrumental de filósofos apocalípticos se han quedado añejos. Tal como anunciaron Adorno y Horkheimer, la ilustración, la racionalidad científica, ha devenido barbarie. La crisis, la gran estafa, no ha sucedió por azar ni por las leyes de la historia. Diseño de programas. Ingeniería financiera, las multinacionales del dinero han contratado a las mentes privilegiadas de Harvard para el gobierno de las naciones. Al final, todos enganchados a Matrix.

El joven ejecutivo, hambriento de trabajo y roles, se guía en el mundo borrascoso de la empresa por el lema realista de “es lo que hay” (presagio de cualquier oprobio). Se levanta temprano con los pitidos de la Quinta de Beethoven (los golpes del destino); con el mando multifunción despierta les appareils de ménage  de la “casa inteligente”. Desayuna delante de cinco “interfaces”: la terminal telefónica Samsung, Apple o Android (otro microcosmos cibernético), el portátil o la tablet o ambos, la televisión de alta definición, el dispositivo de teleasistencia de la empresa y la cámara del portal. Dudo que se imponga en el futuro la pantalla única; lo que nos gusta es el exceso de artefactos.  
Sale del piso e introduce su clave en el panel de seguridad. Baja al garaje en un “elevador” implementado con memoria y sensores; con el mando a distancia abre el coche que se aparca solo y pone rumbo a la empresa. El anuncio del modelo de cualquier vehículo les mostrará su equipamiento cibernético. Si se compra uno caro recibirá un tomo de ochocientas páginas (leo el índice): características técnicas, prestaciones, ciclo, seguridad, instrumental, diseño, entretenimiento, audio, comunicación, control… Según parece, cada utilidad incorpora una ingeniería independiente aunque integrada. Átenme esa mosca por el rabo. ¿Cuántas de estas maravillas usará realmente? Se acabó la leyenda del coche fantástico. Todavía alucino con el GPS de mi modesto Ford. Me parece brujería.

Otros ejecutivos de gama alta prefieren ir al despacho en metro tras dar dos vueltas a la manzana con zapatillas air y cortavientos: la moda de acortar la distancia social. Al terminar, ducha sueca y suplemento de nutrientes. Después se calzan un traje a medida de mil pavos. En la esquina sacan dinero de un cajero automático con su tarjeta rebosante de chips: dos nuevos trastos digitales. Más plástico inteligente para llegar al andén. El panorama de un vagón de metro a las ocho de la mañana es desolador: se ha perdido la interacción mediante miradas, gestos o bostezos; algunas teclean el móvil obsesivamente, otros atacan absortos la videoconsola, estas escuchan música rap con unos auriculares rosas que simulan las orejas de un elfo, aquellos leen el último best-seller de Martin, George R.R. en un E-book forrado de goma. Un sistema de control automático del tren (CBTC) gestiona el tráfico de forma eficiente mientras el maquinista, fuera del sistema, se solaza en el túnel con su bella de día (sacado de una noticia de la prensa). Más de lo mismo.

He ahí a nuestro directivo rodeado de cuatro mentecatos. Estrena su agenda conectándose a la veloz intranet de la empresa. Sigue una videoconferencia de los responsables de la división con sus colegas de la multinacional en Asia. Más tarde asiste en la sala de usos multimedia a una simulación en 3D de una nueva matriz de gestión sectorial (¿?). Antes de media mañana visita la planta de producción para supervisar la eficiencia de la cadena robótica. Después se toma un café de máquina donde se puede elegir la temperatura, la cantidad exacta de leche y los miligramos de azúcar, otro programa informático.

¿Somos los demás distintos? No lo creo. Telépolis, la ciudad sin fronteras, tiene instituciones paralelas donde puedes vivir sin moverte. La nueva caverna de Platón: educación no reglada, información total, bancos, bolsa, inversión y circulación de capitales (la clave del batacazo), compras virtuales, redes sociales, museos a la carta, libros electrónicos… ¿Es posible aun salir de Matrix y librarnos de la dictadura de las máquinas? Por el momento solo se me ocurre una idea: leer las novelas de Jane Austin en buenos libros de papel.

lunes, 8 de julio de 2013

El Museo Naval de Madrid


Acompañé hace unos días a mi mujer al Museo Naval de Madrid, actual sede del Ministerio de Marina, situado junto al palacio de Correos. Iba tras las huellas de un antepasado suyo, participante en la Guerra de Cuba al mando del acorazado Cristóbal Colón y a las órdenes del almirante Pascual Cervera y Topete, comandante de la flota. Recientemente, con presencia de la familia, se ha presentado en el Ayuntamiento de Motril un libro sobre su pariente: José López Lengo, Emilio Díaz Moreu. Marino y político.
La verdad es que si hay alguien poco partidario del mar soy yo. Vivo en el centro de la Península y no puedo prescindir de sus cielos altos y diáfanos, del clima continental y de los verdores nevados de la sierra. Una vez al año voy a la costa, pero a los quince días añoro mi casa. No podría vivir en una ciudad marinera. Por lo demás, las pocas veces que he subido a un barco (incluso varado) me he tenido que atiborrar de biodramina. Una desgracia como otra cualquiera.
Con tales antecedentes, la noche anterior tuve que hacer un considerable esfuerzo por ponerme a bien con las cuatro quintas partes del planeta: Velé hasta muy tarde con las novelas de Stevenson y Conrad, los naufragios de Turner, el mar de Debussy y el buque fantasma de Wagner; con algunas pelis de aventuras, el barco pirata de Lego, montado por mí la tarde de Reyes con el cabreo de mis hijos, la pesca de caballas en el pantalán de Bayona y la merluza a la gallega… Soñé luego (pido disculpas por mis continuas enumeraciones, pero es una exigencia del género) con el vaporetto veneciano, el bateau mouche del Sena, los alados clippers de los libros de veleros o los imponentes portaaviones. El mundo del mar, un fenómeno estético.
Traspasamos al día siguiente las puertas del museo. La entrada es gratuita aunque diplomáticamente te piden una colaboración para labores de mantenimiento y mejora.
Está organizado por salas según un criterio cronológico (desde el siglo XV hasta la actualidad), el más razonable sin duda, aunque caiga sobre tus espaldas el peso erudito de la historia. Aviso a navegantes: en esta clase de empresas, la gente comienza pletórica, dispuesta a dar la vuelta al mundo a vela. Su mente está fresca y receptiva. Se fijan en todo lo que no se mueve, incluso en radiadores y cortinas; leen los prolijos carteles, agotan las vitrinas y los “¡Mira!” y “Qué bonito” sobrevuelan las estancias. Pero a mitad de la travesía, el exceso de información afloja las neuronas y a partir de entonces sólo se dedican a observar el techo, el reloj o las bellezas que transitan. Un consejo para quien le sirva: lo mejor es optar por un procedimiento selectivo: ojeada general, instinto básico y degustación serena. Lo bueno si breve dos veces bueno. Las salas con guía parlanchín y el consabido grupo de jubilados o japoneses o ambas cosas hay que evitarlas sin más. Sé de sobra que si me quedo, termino por hacer alguna pregunta inconveniente, con el cabreo del respetable y la pelotera conyugal. Sólo puedo describir, por tanto, impresiones breves y parciales.
Me llamó la atención en primer lugar la munición de los galeones, las temibles bolas de hierro emplomado. Son como imaginaba. En los combates navales (siempre me acuerdo del combate “nabal” de El Buscón) los buques enemigos se enfrentaban, es decir, se situaban unos enfrente de otros, a cien metros o menos, y se machacaban con fuego y metralla hasta que unos se hundían y otros quedaban para el desguace. Escenas del palo mayor desarbolado, velas caídas, miembros mutilados. El almirante Churruca en Trafalgar al que un proyectil le voló la pierna. El oficial que perdió la mano y hundió el muñón en un barril de harina para detener la hemorragia y seguir en el puente de mando (posiblemente una leyenda marcial). 
También me impresionó la disposición y el equipamiento de las carabelas. ¿Cómo podían sobrevivir a la navegación atlántica en tales condiciones? Hacinados, sin intimidad, faltos de higiene, sólo tíos, agua turbia, hartos de galleta y carne salada. Completaban el cuadro una disciplina férrea y el fanatismo religioso. El escorbuto. Lo cierto es que durante la travesía morían más de la mitad, pero al final llegaban y descubrían un continente. ¿De qué clase de hombres hablamos?
Hay maquetas de todo tipo de embarcaciones, desde chalupas indígenas a grandes acorazados, magníficas. Recuerdo una, primer premio de no me acuerdo qué, que invita a una visión minuciosa. Acabas absorto (el premio más valioso a la perfección) mirando tras las ventanas del castillo de popa, donde se vislumbran lujosos salones y arañas de cristal encendidas en una fiesta de gala. Vuela la imaginación hacia las casacas rojas y los escotes generosos de las damas; los camareros sirven copas altas de champagne y recipientes helados con caviar, mientras la orquesta anuncia los compases de una marcha militar; comienza el baile…
Asimismo, puedes asomarte desde una falsa ventana a la reconstrucción exacta del camarote del capitán de una fragata donde se muestran los retratos familiares, instrumentos científicos, cartas de navegación y los libros de lectura (historia de los descubrimientos y vidas ejemplares, probablemente falsos). La mesa de caoba y la alfombra persa invitan a relatar con pluma de faisán y tintero de Murano los pormenores del viaje; o firmar una decisión crucial a mayor gloria de la reina. ¿Qué no daríamos por dormir allí una noche tropical, a salvo de la lluvia y los vientos huracanados?
Se conserva la única bandera del rey José I (el popular “Pepe Botella”, hermano mayor de Napoleón Bonaparte) pues en 1812 las Cortes de Cádiz ordenaron que se quemaran todas... La asocio a uno de los más logrados Episodios nacionales de Galdós El equipaje del Rey José (y a los siguientes de la Segunda Parte) que trata de la retirada y destrucción del ejército francés y su comitiva. Entre ellos el apuesto Salvador Monsalud con uniforme de la guardia jurada.
Es imprescindible el Mapa de Juan de la Cosa, la representación cartográfica del continente americano más antigua que se conserva. Se trata de un mapamundi pintado sobre pergamino, de 93 cm de alto por 183 de ancho, encargado con toda probabilidad por los Reyes Católicos.  Extendida sobre una mesa, un cicerone con traje y corbata explicaba los detalles a un grupo de marinos con gorra y uniforme blanco (visita ordenada por el alto mando, supongo). Le pregunté cortés, tras disculparme por mi intromisión (y el silencio sepulcral de la tropa), si el mapa se correspondía con la imagen que tuvo Colón de sus descubrimientos.


- No del todo –me contestó en igual tono-. Por ejemplo: Cuba se representa como una isla, en contra de la opinión de Colón, que la consideraba una península de Asia. Más otros detalles.

Me encantan las formaciones de soldaditos de plomo con coronel bigotudo al frente, tambor mayor y abanderado. Son preciosos. Hay dos tiendas en Madrid donde todavía los puedes comprar a precio prohibitivo. De niño, en casa de mis abuelos, jugaba con mi vecino Felixín a las batallas. Colocábamos los ejércitos estratégicamente y tratábamos de derribarlos tirando por turno los saquitos de tierra de un fuerte de indios y americanos (que también intervenían en la refriega). Nunca me he recuperado de tanta felicidad.
Me hipnotizaron los enormes mascarones de proa colgados en lo alto de uno de los patios centrales del museo, ese lugar concéntrico al que se asoman todas las plantas del edificio. Madera policromada: Poseidón, Atenea, el águila bicéfala o la Virgen del Carmen. Pienso en la Odisea, en los trirremes griegos, las galeras romanas, las islas del Egeo y el mar Mediterráneo. Son estatuas antropomorfas: presiento el instante mágico en alta mar en que, tras mover lentamente los ojos, dictan al héroe las reglas sagradas. O erguidas en el bauprés de los galeones, engalanados con hermosas tallas para exhibir el prestigio del buque y propiciar la fortuna de sus tripulantes.
Para finalizar: cuadros de próceres y románticos naufragios, monedas de oro y medallas heroicas, espadas de pedrería, uniformes polvorientos y batallas perdidas. Nada pudimos hallar de su pariente. Secuelas de la derrotas de Cavite y Santiago de Cuba en el 98. De haber ganado, dos salas; más la herencia de mi señora. Sólo un retrato del almirante Cervera. Antes de rendirse Moreu hundió su nave para que no cayera en manos del enemigo. A su regreso a España, consejo de guerra y prisión. Pagó por haberse opuesto a una campaña absurda. Tras su liberación, se dedicó a la política: fue elegido Diputado a Cortes por el partido liberal y Senador por la Provincia de Alicante en 1905.

martes, 18 de junio de 2013

Filosofía en ediciones de bolsillo


Max Horkheimer, Apuntes (1950-1969)

El significado para los individuos de las ideas de Kant, Hegel, Nietzsche y otros pensadores está en relación inversamente proporcional con el número de ejemplares de sus obras lanzados al mercado. Del mismo modo que el fin e incluso el aspecto de esos volúmenes se acerca al de los periódicos, también se acerca la lectura de su contenido al de las noticias más recientes. Más aun, las noticias son más serias. Muchas de ellas tienen consecuencias para la acción –en el significado más inmediato del término- y, dadas las circunstancias, hasta para la organización de la vida, la modificación de las intenciones profesionales, la afiliación política y la emigración. De los filósofos ya no se desprende actualmente nada en absoluto, ni para el lector culto interesado ni para el lector medio; a ellos les corresponde más la función de las novelas y las películas corrientes. Y ni hablar de su poder educativo o civilizador: un texto del cual nada depende en la vida no deja tras de sí una especie de huella, de influencia que se une a otras para formar un modo de pensar. Las ediciones masivas de los grandes filósofos demuestran su inocuidad.

jueves, 13 de junio de 2013

Diccionario filosófico. Libertad


No somos libres. El determinismo es una teoría filosófica que sostiene la falta de libertad en la conducta humana. Los argumentos en contra de la libertad son los siguientes:


- Determinismo físico. Sólo hay una realidad, la materia y sus diferentes estados y por tanto no hay razón para suponer que rige un tipo de causalidad para la naturaleza y otro para el hombre: uno para el cuerpo y otro para la mente. La idea de que la mente no está sujeta por su constitución especial a las mismas leyes que el resto de los seres es una visión dualista de raíces religiosas. Sostener que una de las propiedades de la mente es su capacidad de pensar y decidir libremente es simplemente una conjetura metafísica contraria a la neurociencia. Las leyes de la naturaleza son las mismas para  todos los seres: el hombre, la lechuga y el ratón... Las acciones del hombre, como cualquier realidad del mundo, están sometidas al principio de causalidad. Esto significa que la conducta humana está determinada y su complejidad no implica que seamos libres. Lo que llamamos “libertad” no es otra cosa que la imposibilidad de controlar las ilimitadas variables, es decir, las causas próximas o remotas que intervienen en nuestros actos.


- Determinismo psicológico. El temperamento, que forma parte de nuestra herencia genética, el carácter, que forma parte de nuestro aprendizaje y los rasgos de la personalidad, todos determinan a la vez la conducta. Nuestra organización psicológica deja muy poco margen para elegir, aunque creamos lo contrario por una tradición cultural y un hábito interesado. La evidencia intuitiva de que en todo momento somos libres, es decir, capaces de elegir entre varias alternativas es un espejismo basado en ambas creencias. Siempre elegimos el motivo más fuerte y después justificamos nuestra elección con la suposición de que nuestra voluntad decidió libremente. Asimismo, la voluntad es otro concepto metafísico que puede ser explicado por la psicología científica mediante las nociones empíricas de motivación y toma de decisiones. La certeza no siempre es la verdad. El psicólogo conductista Burrhus Frederic Skinner  (1904-1990) afirma, en este sentido, que simplemente vivimos la ilusión de ser libres.


- Determinismo sociológico. Las conductas humanas son esencialmente sociales y, por tanto, impersonales. En realidad, nuestra conducta no depende de nosotros sino que tiene, aunque tratemos de ocultarlo, un fuerte significado colectivo. En la vida social el individuo no decide ni controla la acción, sino que más bien es controlado y movido a actuar en una dirección única. Una cultura es un sistema normativo que nos dice en todo momento lo que debemos hacer. Esta es precisamente la función de los usos sociales, las costumbres y las leyes. Las normas culturales nos empujan necesariamente a actuar de una forma determinada dentro de unos estrechos márgenes que nosotros ilusoriamente ensanchamos. Algunos mantienen que es incompatible aceptar la dimensión moral del hombre y afirmar a la vez que la conducta está determinada. Pero tal dimensión es una suposición especulativa que puede ser explicada por la psicología científica mediante los términos empíricos de personalidad, aprendizaje, motivación y afectos; y por la sociología mediante los correspondientes de mores o costumbres morales y proceso de socialización. De la libertad nada de nada. Somos otra cosa y, sin embargo, los mismos...

sábado, 8 de junio de 2013

Dalí en el Reina Sofía


Uno de los acontecimientos culturales del año en Madrid es la exposición del Museo Reina Sofía titulada Dalí: Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas.
Copio de la página oficial: El núcleo de la exposición lo constituye su periodo surrealista y en él se presta especial atención a su método paranoico-crítico, que el artista catalán concibió como un mecanismo de transformación y subversión de la realidad, posibilitando que la interpretación final de una obra dependiera totalmente de la voluntad del espectador.

"Comprender” los cuadros de Dalí, por muchas vueltas que le demos, es imposible. No en vano replicó, cuando André Bretón le mostró la espada flamígera para expulsarlo del surrealismo, que le daba igual (je m’en fou) porque él era el único surrealista.
Si queremos pisar tierra (aunque no demasiado), hay que situar a Dalí en un lugar accesible a la filosofía del arte: ¿Qué es lo que sucede en sus cuadros? nos preguntamos como cualquier visitante alucinado de la exposición… ¿Qué pasaba por su divino bigote cuando los perpetraba? Nada que tenga que ver, por supuesto, con el pensar en sus múltiples formas. A Dalí hay que situarlo en los confines del inconsciente personal y colectivo, en la asociación irrepetible de ideas donde todo se relaciona con todo y el flujo de conciencia es indescifrable. Para Dalí no vale la proposición de que los límites del lenguaje son los límites del mundo.

El pintor ampurdanés aseguraba que la parte fundamental de su obra se había creado bajo los auspicios del “método paranoico-crítico”. Cuando le pidieron que explicara sus principios, se limitó a decir que era tan profundo que ni él mismo lo entendía… Lo cual no le impidió escribir un libro sobre el tema y presentarse en Viena para regalárselo a Freud. En la entrevista, el padre del psicoanálisis hacía de todo menos coger el libro, consciente de lo que le esperaba si daba el paso; sabía que no había ventanas a las fantasías del pintor y cualquier cosa que dijera sería un disparate. Hasta que Dalí, harto de evasivas, se levantó y le espetó: He venido a traerle mi libro para que lo lea y me diga lo que le parece, y tras ponérselo en las manos, se despidió a la francesa. Todos en la exposición somos un poco Freud. El sabio vienés elogió posteriormente a Dalí (nunca habló del libro) como el ejemplo más puro del “temperamento racial español”, posiblemente una manera eufemística de referirse a sus modales.
La primera regla del método paranoíco-crítico es convertir los grandes problemas en obsesiones distorsionadas por un exceso de aura. Recuerdan los desbordamientos de la mística española. Los mismos títulos resultan con frecuencia sacralizados, del tipo Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo (no se lo pierdan). Algunos, de más de dos líneas, ni siquiera tienen sentido.

Dalí era ante todo un profesional que conocía el oficio; los excesos patafísicos y delirios narcisistas, la puesta en escena, forman parte de la obra. Es apabullante la anécdota que cuenta en su Diario de un genio: cuando pintaba la Crucifixión se embadurnó el cuerpo de miel para que las moscas le atormentaran y así identificarse mejor con el sufrimiento de Cristo… Pero no hay que confundir la envoltura con la cosa. Son meros gestos que glorifican el cuadro. La pintura es la parte más noble de su personalidad (si es que  el término significa  otra cosa que un baile de disfraces).
En otra de sus boutades (que razona en su diario) concluyó que lo único que nos hace libres es el dinero. Que solo el dinero es capaz de convocar al destino. Nueva York lo recibió nimbado de gloria: a la crítica norteamericana le sedujo el personaje, su paranoia, sus cuadros. Dánae le cubrió de oro en forma de dólares. Tampoco descuidó sus intereses en la España de posguerra. Conviene recordar que entre sus innumerables metamorfosis, como Zeus para seducir a sus amantes, están la de firme devoto de la Monarquía, la Hispanidad o la Iglesia con galas de apoteosis barroca. Retrató a Franco y a su familia en el Palacio del Pardo como pintor de cámara (¡el amigo íntimo de Federico García Lorca!). El entorno del dictador ha contado lo irritable que se volvía cuando tenía que posar: Ya ha llegado ese majadero de Dalí, protestaba y tardaba en salir de su despacho…

Para aproximarse a su obra es esencial señalar el carácter puntual de las asociaciones; no son, como anunciaba a bombo y platillo, la destilación de las ideas universales que sobrevuelan el ser, sino al revés. La intuición espontánea, emergente, era uno de sus trucos preferidos. Aseguraba que la inmediatez de la ocurrencia era la explosión i-ne-vi-ta-ble de siglos de cultura atesorados en su mente desde el estado fetal. Es célebre su conferencia en la madrileña Residencia de Estudiantes. Confesó que no se había preparado nada para comprobar la fuerza instantánea, volcánica, de su mente. Ante un público que desbordaba la sala, avanzó con su bastón, se sentó solemne y tras un silencio reverencial anunció: Picasso era comunista, yo tampoco. Después se levantó y se marchó dignamente… El retrato de Picasso, en la colección, es espléndido.

Sus visiones, en sentido esotérico, son irrepetibles. Un ejemplo: al referirse en su libro La vida secreta de Salvador Dalí a La persistencia de la memoria, rechaza cualquier versión simbólica o metafísica y relaciona los relojes blandos del cuadro con la textura cremosa del queso Camembert que cenó la noche en que se puso a pintarlo. Las interpretaciones que se han hecho de El gran masturbador (otra joya de la muestra) son largas y tediosas. Lean un fragmento de una muy apreciada: La langosta es un animal que le provocaba terror desde su infancia y que se encuentra pegado a la boca de su autorretrato. Está en estado de descomposición, lo que atrae muchas hormigas que simbolizan la muerte. Un anzuelo simboliza la atadura a su familia que quería retenerle a su lado y volver a un modo de vida tradicional del que él quiere desprenderse definitivamente. El león como deseo sexual, con una lengua rosada como símbolo fálico. Unas piedras como su pasado. Una figura aislada como soledad.
La línea, el color, el conjunto, eso es para mí lo que cuenta…



Muchos motivos son puramente pictóricos, “buenos para pintar” y reciben posteriormente  una interpretación arbitraria; como la granada, el pez, el tigre, el elefante, el desnudo de uno de sus cuadros más logrados (también en la muestra): Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar. Esta subordinación del tema al motivo la aprendió del cubismo. Es el oficio de Dalí lo que cuenta. Lo que caracteriza al verdadero artista es la fundación de un mundo, el territorio abierto, la transparencia de un estilo; y eso ni sus más acerbos críticos lo han puesto en duda.

sábado, 1 de junio de 2013

Paul Klee, maestro de la Bauhaus


Con este título, la Fundación Juan March de Madrid presenta una nueva muestra. Copio de la web:
La exposición, resultado de varios años de trabajo en colaboración con el Zentrum Paul Klee de Berna, se apoya en el que quizá sea uno de los proyectos de investigación sobre el artista más relevante de las últimas décadas: la reciente edición crítica del así llamado "legado pedagógico" de Klee. La muestra permite articular una selección de 137 obras entre pinturas, acuarelas y dibujos, realizados entre 1899 y 1940, con casi un centenar de manuscritos seleccionados entre las notas de las clases de Klee en la Bauhaus, que representan cada uno de los 24 capítulos que componen los textos de Klee.

Klee fue uno de los genios que impartió clases en la Bauhaus junto con Walter Gropius, Johannes Itten o Wassily Kandinsky. La idea del arte de esta escuela alemana como un proyecto colectivo, funcional, al servicio de la sociedad, marcó una época hasta que fue clausurada por los nazis en 1933 y la obra de Klee condenada por “arte degenerado”. Por su valor en cambio no fue quemada en la hoguera.

Lo que me atrae de Klee es que detrás de sus cuadros, bocetos, dibujos… hay más de dos mil páginas de teoría. Según parece, tan ingente producción se podría resumir en menos de cien una vez recortado lo accidental, las variaciones sobre el mismo tema y un amplio surtido de obsesiones. Los defectos de un profesor. Sabemos, además, que en la Bauhaus no se podía diseñar una silla con cuatro tubos sin recorrer toda la historia del arte, formular un manifiesto o publicar un tomo. Por supuesto, Klee, nunca dejó de afirmar que el talento creador no se puede aprender y que, como mucho, la escuela puede descartar (y eso con reparos, piensen en Dalí) a los no aptos para la causa. La virtud, desde Platón, es un regalo de los dioses. La academia es una escalera que luego hay que tirar cuando estás arriba.

Lo primero que se percibe en la muestra es la fascinación del maestro por el movimiento y el cambio, uno de los núcleos recurrentes en ciertas visiones artísticas, como el futurismo de Marinetti, Marcel Duchamp o el fotógrafo Eadweard Muybridge… el viejo problema del ser y el devenir que abrumó a los filósofos griegos. Estados sucesivos, secuencias, espirales; flechas y vectores inundan los cuadros. Bergson reunió, como Klee, sus innumerables artículos y conferencias en su obra La pensée et le mouvant (1903-1923). Afirmaba Klee a modo de divisa que la forma fija es siempre el error. Que hay que buscar la formación como fin, el proceso inacabado, la realidad misma. La aparición del cine acabó con las vetas del filón. Por eso a nosotros nos cuesta tanto entender el interés por la reflexión cinética y su plasmación en el lienzo.

Otra serie de cuadros apunta a la perspectiva diédrica como proyección de la tridimensionalidad en el plano. Una forma de neopitagorismo cuya finalidad es husmear los esqueletos de las cosas desde la ciencia pura del espacio. Un saber para iniciados. Instrucciones inextricables para entrever algo que está más allá de nuestras cabezas. Lo que se observa son láminas calcadas de lo que en mi época se llamaba dibujo lineal. Entonces era una labor de alquimia; ahora los ciberartistas se dedican a la generación automática de formas plásticas. No me gustaba entonces ni me gusta ahora.

También el color tiene su rincón en la sala. Aunque inicialmente fue un tema secundario en las investigaciones de Klee, posteriormente cambió de registro y llegó a impartir en la Bauhaus cursos de teoría cromática y mezclas. Algunos trabajos de la exposición presentan paletas con las consiguientes divisiones, transiciones y matices. Nuestro interés por tales hallazgos es limitado. Si el cine fulminó el movimiento, las aplicaciones de edición gráfica, tipo Photoshop, han liquidado el color. Es el precio del progreso.

Y, por supuesto, el tema recurrente de la naturaleza. Klee enseñaba que la naturaleza no imita al arte y es vano especular. Tampoco el arte imita a la naturaleza; es perder el tiempo competir con ella; sólo obedeciéndola es posible comprenderla. De la naturaleza aprendemos: como Leonardo que observaba el vuelo de los pájaros para construir artefactos aéreos. Igual que en las primeras mitologías, sólo puede ser objeto de admiración. El naturalismo de Klee es otra ficción estética sobre la oposición entre naturaleza y cultura. Me recuerda la enigmática sentencia de un filósofo hispano-árabe: Uno de los fines de la naturaleza es la ciega producción de formas bellas (una propiedad de la materia indiferente a la existencia o no del hombre). Está ahí y forma parte de un misterio inaccesible al entendimiento.

domingo, 26 de mayo de 2013

El cartel cinematográfico


El cartel es una de las manifestaciones estéticas menores pero más sugerentes. Ha sido uno de los resultados más logrados de lo que Benjamin llamó “el arte en la época de la reproducción técnica”. Hay carteles de casi todos los géneros: musicales, futboleros, taurinos, operísticos, históricos, culturales, publicitarios… Cada categoría merece una entrada aparte. Grandes pintores han frecuentado el cartel: Toulouse-Lautrec, Picasso, Dalí, Alphonse Maria Mucha. Aquí me voy a referir brevemente a los carteles cinematográficos, una tradición que se está perdiendo. Los anuncios de neón, primero, y la publicidad audiovisual en los medios de comunicación han condenado al cartel a convertirse en una especie en extinción. Su desaparición es irreversible. Se reducirá al gusto del coleccionista, a la exposición o a la curiosidad del aficionado que rebusca en internet los rastros de un mundo olvidado.


El cartel cinematográfico es una síntesis de los estilemas de la fotografía, del cuadro y el fotograma. El resultado es una mezcla de los tres soportes. De la fotografía toma el encuadre, la elección significativa, el compromiso subjetivo con lo que se incluye (y se excluye) del marco visual. Del cuadro, la composición, la distribución de la figura y el color como elemento plástico. Del fotograma, la transición visual, la intención cinética, la finalidad dinámica de la imagen, los principios de la técnica cinematográfica. Toma de la portada y contraportada de los libros la belleza del grafismo, la propuesta directa y el resumen de lo esencial.


El cartel de la película de Werner Herzog, Aguirre, la cólera de Dios, nos muestra el momento más dramático de un film demasiado dramático: cuando Lope de Aguirre (protagonizado por el actor Klaus Kinski, siempre pasado de rosca, en un papel hecho a su medida) tras contemplar a su hija, su único amor humano, muerta por una flecha anónima que ha surgido de la selva amazónica, se enfrenta a su destino, la búsqueda mística de El Dorado (culpable de la muerte de la joven) y lo antepone, transido de dolor, a cualquier circunstancia tangible.



Le conviene a la mejor película de François Truffaut, Jules et Jim, una frase final del Faustoel eterno femenino nos arrastra. El cartel propone una doble mirada al eterno femenino de Catherine, la compleja mujer de la que ambos amigos se enamoran (interpretada por Jeanne Moreau, francesa de profesión). El cartel muestra dos facetas del triangulo amoroso: por una parte, los momentos de amistad, libertad y bonheur; por otra, los oscuros laberintos de Catherine, que les llevarán a la traición, el desamor y la muerte…
El tercer cartel, Mogambo de John Ford, prescinde de cualquier referencia al argumento o al simbolismo del film. La escena del fondo es imaginaria, no aparece en ninguna secuencia. El cartel directamente se centra en las dos estrellas del reparto: Clark Gable y Ava Gadner; la tercera, la más atractiva, Grace Kelly, se sitúa en segundo plano y su rostro ni siquiera nos recuerda a la actriz. Las letras de su nombre se achican. Es el cartel menos logrado. Incide en la parte más criticada de la gran fábrica de sueños norteamericana: el star system y la industria cultural.