miércoles, 21 de diciembre de 2022

El Mundial

El único patriotismo no contaminado, sin mezcla de mal alguno, sin adherencias patológicas, dentro de las limitaciones morales de la especie, es el que suscitan los Juegos Olímpicos organizados por el Comité Olímpico Internacional (COI) y la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA. Ambos acontecimientos se celebran cada cuatro años. En el primero participan (divisa de los perdedores) más de doscientas naciones mientras que en el segundo sólo treinta y dos equipos disputan la fase final, esta vez en Catar 2022. Sin embargo, la temperatura patriótica sube muchos grados durante El Mundial. Es evidente que las masas nos volcamos más en el deporte rey que en la natación, el salto de altura o los cien metros vallas. Excepto los estadunidenses que se inclinan por una versión brutal del fútbol (el soccer o fútbol americano) a medias entre el rugby y la lucha libre. No conozco a nadie que conozca sus reglas.

No voy a comentar las circunstancias extradeportivas del Mundial, habladas, escritas y vistas por los cuatro costados: desde el irresistible empeño de la FIFA para que Catar fuera la sede hasta la túnica honorífica que el jeque del emirato colocó sobre los hombros de Messi como señal de respeto por el guerrero victorioso que, dicho sea de paso, es, junto con Kylian Mbappé, la estrella binaria del Paris Saint Germain, propiedad del emir de Catar. En la final ganaba siempre. Se puede resumir en la sobada frase l’argent fait tout, el dinero lo puede todo y los famosos versos de Quevedo. El resto es evidente. Ya comienzan a iluminarse ciertos rincones oscuros y lo que te rondaré, morena. Esperemos que al final no nos corten la calefacción.  

Rindamos ante todo homenaje a la entrega incondicional de la gran afición. A los seguidores que se han endeudado hasta el juicio final, arruinado el fondo de pensiones, malvendido el adosado de la playa con tal de viajar a los confines del desierto para dar la vida por su selección. Ondean en las gradas las viejas banderas, los colores nacionales pueblan el estadio, resuenan los cantos de batalla y el sonido vibrante de los himnos. Con el pitido inicial comienza la eterna agonía de los contrarios desde el primer toque del balón hasta el último penalti. ¿Qué mejor manera de morir puede tener un hombre que la de enfrentarse a su terrible destino, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?

Pasemos de la poética a la retórica y comencemos por el papel de la selección española en Catar. El término tiki-taka, inventado por el genial comunicador Andrés Montes, que tristemente nos dejó en 2009, está recogido en el diccionario Oxford: Estilo de juego consistente en asegurar pases cortos y en enfatizar la retención de la posesión del balón. Entrenadores tan ilustres como Johan Cruyff, Luis Aragonés, Giuseppe Guardiola (que odiaba la expresión) o Vicente del Bosque lo adoptaron y perfeccionaron hasta el punto de considerarlo el estilo propio del Barça del sextete y de la selección española, campeona de Europa en 2008 y 2012 y del mundo en Sudáfrica 2010. En Catar, Luis Enrique ha optado por dar continuidad al legado de sus mayores. Con trazo grueso, es lo contrario de la defensa numantina y el contrataque relámpago, por ejemplo, de la selección de Marruecos que nos descabalgó en octavos con todo merecimiento. En realidad, superamos la fase de grupos de rebote. El tedio de los mil pases y la falta de puntería anunciaban lo peor. Después de su eliminación, cuando la prensa deportiva española le preguntó a Mario Kempes, el argentino del guante en la zurda, ganador del Mundial 1978 que se celebró en su país en plena dictadura militar, contestó diplomáticamente, pero con guindilla: cualquier sistema es bueno; el problema del tiki-taka es que hace falta una plantilla con mucha calidad para que funcione. Se podría decir, en términos eróticos, que la selección española acaricia una y otra vez el cuerpo del amor, la pelota. Pero no encuentra las zonas erógenas que la llevan en volandas al orgasmo universal, es decir, al gol.

En mi opinión es, además, una forma superada de entender el fútbol. De 62 partidos sólo 23 con posesión se ganaron. El estilo actual debe ser polimorfo y perverso, es decir, recurrir a una multiplicidad de cambios tácticos sin una estrategia rígida y, a la vez, explotar al máximo los errores del contrario. La optimización de resultados exige cambios de marcha polivalentes no esquemas de pizarra fijos. De ahí la discontinuidad en las fases de los mejores partidos. Ha sido el Mundial de la presión en todo el campo hasta que el cuerpo aguante, de ahí la importancia de acertar con las sustituciones, la vuelta a los marcajes individuales y el papel secundario de los dogmas del entrenador, convertido ahora en gestor de recursos humanos sobre la marcha. También la exigencia de cohesión psicológica en torno a un líder: Achraf, Neymar, Modrić, Kane, Mbappé, Messi… El máximo exponente fue la impresionante final asimétrica, imprevisible, entre Francia y Argentina. El triunfo de la voluntad de poder. El fútbol de un Mundial no tiene nada que ver con los planteamientos homogéneos, identitarios, de las ligas nacionales e internacionales. 

La victoria de la selección argentina ha reavivado la respuesta imposible, como los problemas matemáticos que no tienen solución, de quién es el mejor jugador de la historia. Di Stéfano, Cruyff, Pelé, Maradona o Messi. Los que realmente interesa es comparar a los dos últimos. El único parámetro objetivo es el palmarés. En cuestión de números, Messi es el ganador. Pero la ley del corazón nos dice que nadie ha tenido el talento de Diego Armando. Messi es humano, Maradona leyenda. Es imposible dar un paso más para dirimir la cuestión. Personalmente me inclino por el mito.   

sábado, 10 de diciembre de 2022

La estética masculina

Desde que cerraron hace lustros la peluquería del barrio en que vivíamos siempre me he cortado el pelo en la franquicia de El Corte Inglés. Es más caro, pero no sufres las desagradables sorpresas del aprendiz mal pagado que se inicia en el gremio con trasquilones en cabeza ajena, la bronca posterior de la señora y las pullas del resto de las estructuras elementales del parentesco. Detesto incluso las sorpresas agradables, cuando, el artista de turno decide sin preguntar, mientras dormitas o lees el Marca en la silla hidráulica, que tu cabeza se presta a sus fantasías futuristas. Cuando vuelves horrorizado a tu casa en taxi con la capucha bajada (el taxista te mira intrigado por el retrovisor) te vas directamente a la ducha para escaldar el florero y desfacer el entuerto. Durante las largas tardes sin pisar la calle añoras el rapado al tazón de un monje benedictino. Detesto al esquilador chapucero y al creador hortera. Afortunadamente cada vez tengo menos pelo. Hace muchos años que renuncié a dejarme seducir por los cantos de sirena de las lociones mágicas. Ahora están de moda los probióticos crecepelo. Mis sospechas se convirtieron en certeza racional el día que, en plena crisis de los cuarenta, acuciado por la alopecia pisé la mullida alfombra de la consulta privada de una eminencia de la dermatología en el Barrio de Salamanca. Sus honorarios eran equivalentes a los de un embalsamador de la nobleza egipcia. Una enfermera con uniforme, medias y cofia de un blanco impoluto me condujo a un despacho de cuarenta metros cuadrados con vistas al jardín de una embajada. Se podía percibir en casi todo el toque impersonal del interiorista. Me senté en una silla inestable de diseño Bauhaus Walter Gropius. Cuando le conté al doctor lo que me pasaba, bajó el cuello y señaló con el dedo índice de la mano derecha una cabeza más lisa que una bola de billar. Le puedo recetar complicados análisis hormonales de los que no se sigue nada, tratamientos largos y costosos con efectos secundarios, pastillas que te dejan impotente, dietética budista y al final los cabellos se le seguirán cayendo como gotas de lluvia en el mar. No se lo aconsejo. Olvídese de los bisoñés, son ridículos. Cómprense un sombrero de fieltro con una cinta elegante para el invierno y un Panamá para el verano. Siga el ejemplo de James Spader, el protagonista de la excelente serie de Netflix The Blacklist. Después charlamos un rato de golf (era socio de la Moraleja) para justificar el pago en negro. No me creí que fuera hándicap 9 ni sus recetas para mejorar el juego corto. Los calvos somos tendencia, concluyó. Se levantó, me dio la mano, me pasé por caja y la enfermera me regaló su mejor sonrisa tras desplumarme. No di por ruinosa la inversión.

Mientras devoraba durante la pandemia los dos tomos de las memorias de Casanova, una de las cosas que más me llamaron la atención fue el tiempo que los nobles y caballeros dedicaban al arreglo personal: pelucas, afeites, pomadas, perfumes. En parte servían para ocultar la falta de higiene. En la actualidad hay un retorno a la cosmética, al aderezo y al atuendo masculino. El varón de los países desarrollados se ha convertido en protagonista activo del aspecto que transmite a los demás. Algunas feministas templadas lo interpretan como un signo del triunfo de la igualdad de género. Los machistas impenitentes lo consideran más bien como una masiva salida del armario de la extensa lista de los no heteros (según parece hay 32 identidades sexuales). Falso en ambos casos. Se trata más bien del culto actual a la imagen y a las últimas tendencias en todo aquello que suponga mejorar la fachada.

Por supuesto hay una guapeza adolescente y juvenil: peinados altos, piercings y tatuajes. Pero aquí me refiero a los narcisos de treinta en adelante: a la estética masculina del llamado metrosexual, término acuñado por el escritor británico Mark Simpson a finales del siglo XX, que define a un varón mayoritariamente heterosexual que se ocupa en extremo de su aspecto físico al que dedica tiempo y dinero. En función de la percha y la edad los recursos son muy variados. Los cincuentones buscan ante todo tratamientos destinados a retrasar los efectos devastadores del tiempo. El número de hombres que acuden a clínicas privadas para eliminar el abdomen cervecero, los michelines colgantes, el modelado del cuello, la eliminación de las arrugas faciales mediante liposucción aumenta cada año según datos proporcionados por los mismos centros de cirugía estética, aunque también puede ser una invitación encubierta a pedir cita cuanto antes. El corte de pelo del metrosexual incluye complementos en salones exclusivos: manicura, teñido de las canas, esculpido de cejas, estirado de pestañas. Otro elixir de la eterna juventud es el implante capilar mediante micro injertos, un procedimiento quirúrgico costoso y prolongado. Todavía quedan dos pactos fáusticos con el demonio de la seducción: el gimnasio o fitness con monitor para conseguir un buen estado físico (si lo haces por tu cuenta corres el riesgo de crujirte en seco) y la consulta al estilista, un profesional que te asesora sobre peluquería, maquillaje y vestimenta acordes con las preferencias de la parte contratante con el fin de reunir "el buen gusto y la personalidad". Las apariencias no engañan es el lema de los nuevos árbitros de la elegancia. Ser es ser percibido, según la célebre sentencia del filósofo empirista George Berkeley. El problema es que el metrosexual se percibe como un atractivo hombre de mundo, pero puede ser percibido de infinitas formas, entre otra la del cretino que ha convertido la vida social en una feria de las vanidades.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Aprender a enseñar

 

En el sistema educativo español si un licenciado consigue por concurso-oposición una plaza de profesor en la enseñanza pública o firma un contrato laboral en un centro privado o concertado tiene que acreditar unos cursos de formación docente para ejercer su profesión. A lo largo de mi carrera he conocido tres modelos para futuros profesores: los cursos del ICE (el antiguo Instituto de Ciencias de la Educación), el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica) y el vigente Máster Universitario en Formación del Profesorado. Este último habilita, según el decreto ley, para el ejercicio de las profesiones de Profesor de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de Idiomas. El Máster requiere la realización de 60 créditos ECTS (Sistema Europeo de Transferencia de Créditos). Si tenemos en cuenta que 1 crédito ECTS se desarrolla en 25 horas de trabajo, el Título de Máster supone un total de 1.500 horas. Además de abrumador es esotérico (les remito a la información de una prolija página web de referencia). Si echas una hojeada a los índices del curso puedes hacerte una idea de las recetas que se cocinan. En el fondo es más de lo mismo: didáctica, pedagogía, psico-socio-apología.

Recuerda: nada de lo que allí te cuenten te va a servir para tu práctica diaria en el aula. Se trata de una preparación preventiva, terapéutica, para que confirmes en menos de una semana lo que te espera cuando entres por primera vez en una clase de verdad: un encierro con cuarenta alumnos, una mesa, una pizarra, una tiza y ahora qué. Ni siquiera se trata propiamente de un grupo porque todavía no se ha formado. Con el tiempo despuntarán los líderes, los que simplemente quieren pasar curso, los acosadores y las víctimas, los amores y desamores, los amigos y enemigos, los que miran a la universidad y los que están calentando la silla, los que te aprecian y los que te desprecian. Déjate guiar por tu intuición de observador atento, olvídate del fárrago sobre dinámica de grupos y otras tecnologías de la conducta. Es el momento de que prescindas de la jerga metafísica del curso de formación y pienses con tu propia cabeza: cómo organizar los contenidos de la asignatura, qué actividades de análisis y aplicación serían más útiles, qué sistemas de evaluación más eficaces y cuáles las referencias más directas al entorno social, etc.        

No es cierto que enseñar debe resultar entretenido, divertido para el alumno. El esfuerzo que requiere estudiar es incompatible con una visión lúdica, incluso frívola del aprendizaje que convierte a la clase en un grupo ingobernable cuya función es recluir a los alumnos entre cuatro paredes mientras sus padres trabajan. El profesor se transforma en un animador cultural. A la mayoría de los alumnos nada que les suene a estudiar, hagas lo que hagas, incluso si apareces vestido de torero, les divierte más de diez minutos. Al revés, si te desgañitas indignado con voz tonante para controlar el orden público, los mantienes en un silencio expectante más o menos el mismo tiempo. Adolescentes y jóvenes están acostumbrados a soportar sin inmutarse el aumento de la cantidad del estímulo. Eso en la enseñanza pública. En la privada, donde los alumnos pertenecen a la clase alta, el profesor es tratado como un empleado más del servicio doméstico. Y no protestes porque el cliente siempre lleva la razón.

Tampoco es cierto el dogma de que se debe enseñar para la vida. La enseñanza reglada debe tener una finalidad académica. Además, la expresión enseñar para la vida no significa nada porque el aprendizaje escolar siempre tiene una proyección personal y una función colectiva. Siempre enseñamos para la vida. La división social y técnica del trabajo se basa en la distribución de las titulaciones académicas desde la escuela primaria hasta los estudios superiores. No existe otro procedimiento. Enseñar para la vida es una tautología, una repetición, una redundancia.

También niego el objetivo de que la enseñanza debe trasmitir valores. Desconfío de los denominados temas trasversales (educación vial, sexual, ambiental, para el consumo, para la paz, para la igualdad de género) que imparten algunos expertos, aunque sean voluntarias, complementarias, fuera del horario escolar y no tengan influencia en la evaluación del alumno. En la mayoría de los casos tienen una marcada intención ideológica. Además, hay una asignatura obligatoria en la ESO, Educación en valores cívicos y éticos, a cargo del Departamento de Filosofía que debería englobar los contenidos de los temas trasversales. Debo añadir que mi relación con la antigua asignatura de Ética en Cuarto de la ESO siempre fue conflictiva, hasta el punto de que prefería dar clases de cultura clásica o historia de las civilizaciones. Mi planteamiento de la Ética siempre fue descriptivo. Con un ejemplo se entiende. Si el programa oficial incluía el tema de la interrupción artificial del embarazo, el aborto, explicaba a los alumnos el concepto, la legislación española e internacional, los procedimientos clínicos y los centros autorizados, la enumeración de los argumentos de partidarios y detractores, así como el derecho de los médicos a la objeción de conciencia. Suscitaba luego un debate en el que sólo participaba como moderador y nunca expresaba mi opinión al respecto. En otros temas de ética cívica me limitaba a interpretarlos de la forma más neutral posible en el marco general de los derechos humanos.

Enseñar es instruir, transmitir contenidos, conocimientos científicos, no valores explícitos que corresponden a otros agentes socializadores, en primer lugar, a los padres. En un sistema educativo como el francés (posiblemente el mejor de Europa) o el alemán, los principios de los cursos de formación citados son considerados una jerga inservible y trasnochada propia de pedagogos, psicólogos y sociólogos de la educación que nunca han pisado un aula. Se trata de una ideología burocrática cuya función es blanquear las deficiencias de un sistema educativo no diversificado mediante criterios rigurosos de rendimiento y maquillar las cifras del temido fracaso escolar. Si no apruebas a granel se te echan encima los padres, los alumnos, el tutor, el jefe de estudios, el director, la inspección y la opinión pública en general. El deterioro en las aulas es cada vez mayor. Una enseñanza no selectiva, igualitaria por lo bajo en sentido académico, es una contradicción en los términos. Siempre ganan los malos. Pregunten a los profesores universitarios lo que les llega. Afortunadamente la inteligencia siempre se abre paso.

Les cuento mi experiencia en los cursos de formación de aquella época. Cuando acabé la carrera a mediados de los setenta en la Universidad Autónoma de Madrid era obligatorio hacer un curso en el ICE de la propia Universidad. No recuerdo el número de horas, aunque se me hicieron interminables porque eran por la tarde, después de las clases. Rancho en el comedor de alumnos y cabezada en un sofá del pasillo. En la primera sesión un profesor y una profesora realizaron una puesta en escena conjunta con preguntas y respuestas mutuas (un peu ridicule) sobre el significado de conceptos pedagógicos que han pasado de un modelo a otro sin más repercusión en la labor docente que la generación de montañas de papel, reuniones interminables y trabajos forzados. Entre otros, diseño curricular, competencias básicas, tormenta de ideas, estrategias metacognitivas, temporización de contenidos, programaciones adaptadas, animación a la lectura… El único aliciente fue el reencuentro con una antigua compañera de segundo (nos sentábamos siempre juntos) a la que me declaré por obligación, me dio calabazas y ahora me hacía ojitos. Volvió a ser mi compañera de sitio en la última fila, pero esta vez no tropecé dos veces en la misma piedra porque un amigo fiel que asistía al curso me contó que tenía novio sólido, un macho alfa con moto, y el resto era coqueteo, postureo y ganas de ganeta. El eterno femenino nos arrastra, le dije, tras darle las gracias por el chivatazo. Sólo nos permitimos miradas tiernas, manitas furtivas y besos robados para matar el tedio. Sobre todo, hablábamos por los codos como antaño y no nos enterábamos de la película. Además, yo salía con una chica, un obstáculo menor en todo caso. Copiamos el trabajo final de unos alumnos del curso anterior y nos consideraron aptos. El curso de formación no me aportó gran cosa, en realidad, nada, pero avancé un trecho en mi educación sentimental.

Luego había que hacer las prácticas en un centro público que tenías que buscarte por tu cuenta. Las hice en un conocido instituto de Madrid gracias a un gran maestro y amigo al que siempre echaré de menos. El catedrático de Filosofía me invitó a dar una clase en su presencia sobre Pascal a un grupo del COU, que me preparé con el Abbagnano, una excelente Historia de la Filosofía. Todavía los alumnos te miraban con curiosidad. Algunos incluso te escuchaban por los comentarios que hicieron al acabar la exposición. Posible peloteo. Entonces, los estudios de letras tenían cierto barniz ilustrado. No eran el destino del pelotón de los torpes, como ahora. Después me encargó corregir un montón de sus exámenes y me despidió a las dos semanas, posiblemente harto de verme, con el visto bueno de la firma. Un final feliz.

domingo, 4 de diciembre de 2022

El coronel Abengoa. La idea de progreso

 

Invité a comer un arroz abanda en el restaurante La Barraca a mi buen amigo el coronel Don Peio Abengoa Garmendia, doctor en Historia Contemporánea y Licenciado en Filosofía, oriundo de Mondragón. Me lo presentó el agregado cultural de la embajada de un país del África Ecuatorial en uno de mis viajes de trabajo. Se había jubilado con la setentena y hacía casi dos meses que no nos veíamos. Siempre lo he considerado mi Sócrates particular, un maestro en el arte de la dialéctica. 

- He leído hace poco, le dije, la novela de Arturo Pérez Reverte, Algunos hombres buenos, literatura de pandemia (añadió), es distraída desde la primera página, bien escrita y con una documentación, real e imaginaria, excelente. Es el típico libro que te engancha y no puedes dejarlo hasta que el mal perece y el bien prevalece. Los buenos y los malos están bien construidos, no como nuestros políticos bipolares que convierten la vida nacional en una mala novela del Oeste. Me gustó volver a esa idea del progreso indefinido de la humanidad que defendían con tanta convicción los grandes filósofos del siglo de las luces (Kant incluido), sobre todo los franceses que forman parte de la intrahistoria de la narración. Es admirable su confianza ilimitada en la eficacia y universalidad de la razón. ¿Qué le parece, coronel, la idea ilustrada de progreso?

- Es una idea metafísica, una síntesis absoluta de la totalidad de la historia. Se trata en el fondo de una utopía determinista, teleológica, que sostiene, como el marxismo de Marx o el positivismo de Compte, la existencia de unas leyes o estadios que rigen el sentido interno de los hechos históricos cuyo sujeto activo o pasivo es el hombre. En todo caso, habría que trocear la historia en sus elementos constituyentes, las instituciones, y aplicarles la idea de progreso. Me refiero a la familia, la moralidad, la religión, la economía, la educación, la política, la medicina, el deporte…

- Aun así, es muy complicado, le dije. Imposible llegar a un acuerdo consistente. Cuando nos conocimos en la embajada española usted era amigo (y consejero) del embajador y yo uno de los expertos de un equipo interdisciplinar encargado de elaborar con los profesores del país ecuatorial los programas de Enseñanza Secundaria y Bachillerato. Mis colegas me comentaron las enormes dificultades que tuvieron con la asignatura de Ética. Al proponer los Derechos Humanos como principal referencia normativa, los profesores nativos se resistieron. Los Derechos Humanos, argumentaban, son un invento europeo. No son universales. Nuestro país se rige por otros valores, a veces contrapuestos, basados en las relaciones de dominio interétnico, el carácter supranacional de las etnias, el patriarcado, la poligamia, la supremacía de los jefes tribales y el liderazgo hereditario. Al final, curiosa paradoja, tuvo que intervenir el líder supremo para imponer nuestro criterio. Necesitamos libros de texto homologables con los planes de estudios europeos sin excepción, fue, en resumen, la conclusión.

- En el fondo, comentó Abengoa, la ley del más fuerte. 

- En tal caso se podría afirmar que en sentido estricto sólo se podría aplicar la idea de progreso a la ciencia. Esta esta era la idea fundacional del pensamiento ilustrado que tuvo su culminación en la Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios.      

- Ni siquiera a la ciencia, dijo Arbeloa. Más que de progreso científico habría que hablar de sustitución de la realidad. El mundo de la física aristotélica es distinto al de Galileo y este al de Descartes que es inconmensurable con el de Newton, a su vez radicalmente distinto al universo relativista que, por otra parte, tiene graves incompatibilidades con la mecánica cuántica. No existen los hechos puros, cada paradigma o marco teórico determina los suyos, cada revolución científica descubre un nuevo universo. La evolución de la ciencia no es acumulativa sino discontinua. La existencia objetiva, la cosa en sí kantiana, es incognoscible. El único vínculo con la cosa en sí, aunque vacío, es el lenguaje matemático. En fin, aceptemos por un momento que existe el progreso científico-técnico. Más bien habría que llamarlo avance o desarrollo parcial; solo cuando suponga una mejora para el resto de las instituciones cabría llamarlo progreso. Las vacunas cumplen este requisito, pero no las tecnologías energéticas o militares. El mayor logro tecnocientífico de la historia contemporánea, internet, es completamente ambivalente. De hecho, la mayoría de las utopías científicas acaban en distopías.  

- ¿Qué podemos decir del resto de las claves de la razón práctica? ¿Hay algún tipo de progreso moral, político, religioso, económico?

- No si lo sometemos al amplio tribunal de las ideologías, la idiosincrasia, el relativismo cultural o el etnocentrismo, sentenció el coronel. Sólo es transitable la vía de la opinión. Los derechos humanos, la democracia participativa, el laicismo tolerante, la paz perpetua son ideas platónicas. Una parte nada desdeñable de la humanidad las ignora, otra las rechaza. Ni siquiera los creyentes las respetan. ¿No sigue el mundial de fútbol? Quedamos usted, yo y algún ingenuo ilustrado. Incluso se cuestiona la utilidad del árbitro asistente por video, el famoso VAR.

- Quizás se trate, en el fondo, de un falso problema, terminé. Habría que definir qué se entiende por progreso. Después de todo la primera acepción del término latino progressus (prefijo y verbo) es ir o caminar hacia adelante, ni más ni menos.