martes, 25 de octubre de 2022

Novatadas e insultos machistas

 

El acoso escolar o bullying en los centros de enseñanza secundaria tiene su prolongación en las novatadas al comienzo del curso con epicentro en los colegios mayores dependientes de las Universidades. Son un rito de tránsito, según los sociólogos, aunque en realidad es una humillación, una sumisión de jerarquía camuflada de ejercicio de integración en el grupo. Las novatadas universitarias (también se dan en el ejército o el deporte) se perpetran dentro y fuera de los colegios mayores mientras las juntas directivas miran a otro lado por más que un año tras otro se insista en que están legalmente prohibidas. Incluso se hacen en las aulas de las facultades, aunque en general son más benignas: un alumno del último año de carrera se hace pasar por el profesor con su beneplácito y durante media hora trata de aterrorizar a los alumnos de primer curso con las exigencias de la asignatura, las estadísticas de suspensos y las abrumadoras pruebas a que se someterán a partir de mañana. Casi todos saben que es una farsa y se limitan a mirar al vacío mientras el postizo perora en el desierto. Todos los años la misma chorrada. No obstante, algunos deciden pasar de las musas al teatro: un alumno de quinto de medicina en un despiste del conserje se hizo con la llave de la sala de disección, se presentó como el profesor ayudante de anatomía y mostró a un grupo de pipiolos una mesa de mármol, entre otras, con un cadáver descabezado. Descompuestos, se apiñaron en un rincón (¡cero cabeza decía una chica!) mientras el veterano les gritaba: ¡Sois estudiantes de medicina o de periodismo! Hubo quejas de algunos padres médicos al decano de la facultad; finalmente se sancionó al culpable por acceder sin permiso a una dependencia restringida, sin más preguntas. Yo mismo padecí las novatadas. Hace tiempo les dediqué un artículo.

Lo que me ha dejado estupefacto, no sé qué nombre darle, es la explosión subitánea y coral de una ristra de gruesos insultos machistas, sexistas y misóginos de los universitarios de un colegio mayor de Madrid, el Elías Ahuja, a sus compañeras del colegio de enfrente, el Santa Mónica, ambos propiedad de la misma orden, los agustinos. El video es impactante. Se trata de un evento, según parece, repetido y tolerado durante años. Si es así, doy por hecho que las posibles sanciones académicas o penales quedarán en nada por razones económicas: los estudiantes de ambos centros pagan un dineral al mes por lo que con un par de expulsiones se blanquea una simple broma de mal gusto; sociales: muchos estudiantes proceden de familias de posibles, influyentes, algunos padres han sido antiguos colegiales; y también políticas: La Comunidad de Madrid ha considerado que se trata de un asunto menor y un desvío de la atención de los “verdaderos problemas de la Universidad”.

Una minoría de chicos se han desmarcado del tumulto. Incluso han declarado sentirse avergonzados al día siguiente de hacerse viral el escándalo. También sabemos que la presión colectiva empuja a los tibios y condena a los discrepantes. Otros se disculpan por lo que pueda pasar, quizás sinceramente: se nos fue de las manos, nunca más, etc. Lo cierto es que las ventanas del Elías Ahuja estaban a reventar. Algunas residentes confiesan sentir miedo por las posibles conductas de los internos. Del vociferio sexista a la manada en celo solo hay un paso. No queremos ni imaginarlos con unas copas de más en terreno neutral, ¿hasta cuándo tendremos que aguantar estas provocaciones y amenazas?, claman indignadas. 

Sin embargo, lo que produce más perplejidad es la justificación que muchas mónicas hacen de sus acosadores, incluso han publicado un manifiesto de apoyo: según ellas, todo es una broma, no nos ofenden ni nos intimidan, es un postureo lúdico, inocente en el fondo; son nuestros amigos, pobrecitos, incluso nos acompañan por la noche al colegio para protegernos. Nosotras hacemos lo mismo, pero sólo hemos visto una grabación en la que unas cuantas colegialas entonan una confusa melopea prácticamente sin público del otro lado. Sólo es posible, afirman las defensoras, comprender lo ocurrido como un pique pactado entre ambos colegios. El video se ha sacado de contexto, dicen. El meollo del asunto es comprender en qué consiste el contexto. Si se trata de una tradición acordada, reiterada y consentida lo único que hace es agravar más el significado de la barbarie. A mí me salen cuatro responsables directos. El quinto, indirecto, es la versión edulcorada, que algunos medios de comunicación han querido vendernos con la teoría (extrapolada de la antropología cultural) de que las reglas de un rito milenario, de un juego simbólico, de una fiesta transgresora solo pueden ser entendidas y juzgadas desde dentro, por lo que carecen de significado objetivo fuera del círculo mágico. Lo preocupante es que ese círculo es cada vez más amplio.

jueves, 20 de octubre de 2022

El acoso escolar

 

Cuando estudiaba a finales de los años sesenta en un instituto de enseñanza media de una pequeña ciudad de provincias ya existía el acoso escolar o bullying. El Jefe de Estudios y mis padres vivían puerta con puerta, lo que me convertía en pelota y enchufado. Publiqué, ayudado por mi abuelo, lo confieso, algún artículo en Perfil, la revista del Centro, lo que me convertía en listillo y pedante. Además, sacaba unas notas decentes porque por las tardes me obligaban a estudiar y hacer los deberes, lo que me convertía en empollón y engreído. La típica víctima del acoso escolar. Eran tiempos de hambre y, paradójicamente, eso me salvó. Una mañana durante el recreo se me acercó un compañero de clase, Flores, no me acuerdo del nombre, vecino del barrio de San Antón, un repetidor de raza gitana alto y recio. Miró mi bocadillo de Nocilla y me dijo: me puedes dar un poco, tengo mucha hambre. Se lo di entero y al día siguiente el de foie gras La Piara. Se lo conté a mi madre que previsora me preparaba dos bocadillos que compartía con mi colega. Un día, dos matones de la clase, Óscar y Conejo, que me la tenían jurada desde hacía tiempo, me pararon en el patio con aviesas intenciones. Cuando me dieron el primero empellón, apareció Flores: si alguien se mete con mi amigo, se puede ir con un ojo a la funerala, les dijo con un tono que no dejaba lugar a dudas. No te metas en lo que no te importa, gitano, le dijeron, pero volvieron grupas. Al acabar las clases se me acercó Flores y propuso acompañarme hasta mi casa. Sabía latín, pero del que se conjuga en la calle; en la primera esquina me esperaban los del patio para ajustar las cuentas pendientes. Todo fue muy rápido: el primero, Óscar, dio una vuelta de campana en el aire y cuando pudo levantarse tras recibir un patadón salió al galope entre maldiciones. El segundo recibió una bofetada de tal calibre que giró sobre sí mismo, se tambaleó, y entre gemidos se retiró gemebundo tapándose la nariz. Nunca más volvieron a molestarme. Flores no superó la reválida de cuarto. Amigos para siempre. Los otros tampoco.

Durante bastantes trienios impartí clases en un instituto de enseñanza secundaria de la periferia de Madrid. Allí conocí algunos casos de acoso escolar. En uno de ellos me vi envuelto. En mitad de una insufrible clase de ética en el pabellón de alumnos de la ESO escuchamos de pronto gritos femeninos de auxilio. Se hizo el silencio durante diez segundos. Varios profesores de la planta salimos al pasillo. El conserje, un guardia civil retirado, subía la escalera a grandes trancos. Los chillidos provenían de los servicios de alumnas. Nos encontramos a una adolescente semidesnuda, llorando y a punto de sufrir un ataque de nervios. Según su relato en el despacho del jefe de estudios, en presencia de sus padres, los testigos, la orientadora, la tutora de grupo y un agente de la policía nacional, dos alumnos habían abusado sexualmente de ella sin consumar la violación. Los conocía, aunque eran de otro curso de la ESO. Los buscamos, pero se habían ido del centro en cuanto la cosa se les fue de las manos y se dieron cuenta de que en este caso No era No. Huyeron por la escalera opuesta a la del conserje y debieron de saltar alguna valla porque el instituto estaba cerrado a esa hora. Al final, como es obvio, no tuvieron más remedio que comparecer y dar su versión. La conclusión oficial, admitida vagamente por la víctima, es que el día de autos la chica los había incitado y excitado en los servicios hasta que se dio cuenta de la magnitud de lo que se le venía encima, nunca mejor dicho. Sus compañeras de curso confirmaron que era un tanto lanzada y que su noviete, del mismo grupo que los implicados, hacía poco que la había plantado. Hubo expulsiones de un mes a los chicos y un serio aviso de prudencia a la incauta mocita. Sus padres no daban crédito, se aferraban a la inocencia de su hija y culpaban de lo ocurrido a la falta de previsión de los profesores. Si cree que el asunto va más allá de los acuerdos, ponga una denuncia en el juzgado, le aconsejó la directora. Nunca más se supo.

Me vi metido en otro caso de acoso escolar en un colegio concertado, ahora como viejo amigo del padre de un estudiante de bachillerato al que un grupo de compañeros le hacían la vida imposible dentro y fuera del centro (le quitaban los libros, le tiraban de todo en el patio, ¡a por él, gritaban al salir de clase!). Se lo contó a mi hijo, amigo de pandilla veraniega, que estudiaba en otro centro, pero no a sus padres bajo presión de los acosadores. De inmediato llamé a mi amigo y a su mujer, les puse al tanto del problema y les ofrecí mi ayuda como profesional de la enseñanza. Desolados tras hablar con su hijo, aceptaron. Hacía poco tiempo había colaborado como experto en algunos proyectos del Ministerio bajo la coordinación de la Alta Inspección Educativa. Sabía a qué puertas llamar. Días después, a última hora de la mañana, tras la cita concertada, pasamos al despacho del director de colegio (religioso, por cierto) los padres del chico, el inspector jefe de zona y yo mismo. Tras ponerle el inspector al tanto de los hechos, el director, profesor de Lengua, incómodo, trató de darnos largas.

- Tengo clase dentro de diez minutos, si me disculpan podemos continuar mañana si les parece.

- Envíe a un profesor de guardia a su grupo, le dijo el inspector en tono educado pero imperativo. Estaremos aquí hasta que yo lo indique y solucionemos este caso de maltrato escolar. Ante la incipiente protesta del director, el inspector le recordó que desde que él entraba en el centro, como debía saber, asumía legalmente la máxima autoridad académica. Nada que añadir.

 Tuvo el inspector jefe, a mi entender, el acierto de apuntar directamente a la cúpula del colegio como responsable de ciertas conductas inadmisibles que podían comportar la apertura de expedientes sancionadores. Dio por hecho, posiblemente con razón, que había denuncias no atendidas. Se abrió una investigación a fondo cuyo resultado fue el trasladado forzoso de los acosadores a otros colegios de la zona con aviso de posible pérdida de la escolaridad en caso de reincidencia. Punto final.          

Trascribo del Diario de Mallorca la denuncia de un caso de acoso escolar a un niño de 11 años hace un mes:

Lleva cuatro años aguantando insultos, peleas y escupitajos, mientras los profesores hacen la vista gorda. Las palabras desesperadas del hermano de un menor, víctima de bullying en el colegio Es Puigen Lloseta (Mallorca) han llegado a varias decenas de miles de personas que las han compartido y comentado en las redes sociales. Al parecer, y según explica, el niño cumplió 11 años este miércoles y para celebrarlo acudió al colegio con una tarta. Sin embargo, sus compañeros, en vez que cantarle el cumpleaños feliz, le han cantado “gordo”, “foca”. (…) El niño ha dicho que la vida es una mierda y que no quiere vivir más.

martes, 11 de octubre de 2022

Trampas en el ajedrez

 

Desde pequeño me ha interesado el ajedrez. Hace años escribí una entrada sobre mi temprana afición al juego de los escaques. Su origen es todavía un misterio; circulan diversas leyendas, aunque la versión más fiable es que proviene de Oriente, probablemente de Persia hacia el siglo III a.C. Lo considero una de las diez maravillas del mundo. Es una síntesis perfecta de las mejores tradiciones culturales de todos los tiempos: la competición, la ciencia y el arte.

Hace océanos de tiempo compraba libros y reproducía las partidas en el precioso ajedrez Staunton que me regaló mi abuelo (y todavía conservo a salvo de mis nietos). Suelo seguir sin grandes pretensiones las partidas que comenta Leontxo García en El País digital en su sección El rincón de los inmortales. También procuro asistir e incluso participar en las sesiones de partidas simultáneas que organiza en el Club de Campo el gran maestro Pablo San Segundo. Este año nos ha visitado El Rey Enigma, un curioso personaje disfrazado de tablero blanquiazul que viaja por doquier para organizar partidas con los aficionados que quieran retarlo. Ninguno de las veinticinco oponentes de todas las edades conseguimos siquiera unas míseras tablas, por lo que el premio de 300 euros quedó desierto.

En todos los deportes profesionales se practica el juego sucio. También en ajedrez. Las malas prácticas dentro y fuera del tablero vienen de lejos. La más sencilla es dejarse ganar. Imagino que lo más prudente era no darle jaque mate al rey persa Ciro el Grande si no querías caer en desgracia o algo peor. Otra es hacer burdas trampas. Recuerdo que jugaba de niño con un tío soltero que venía con frecuencia a casa de mis padres. Era un aceptable ajedrecista de casino. En cuanto se daba media vuelta uno de sus caballos negros volaba del tablero. No se inmutaba. Cuando repetía el invento y le quitaba un alfil, me decía tranquilamente: creo que me has comido el alfil de casillas blancas sin darte cuenta… Al final, cuando con dos piezas menos me tenía acorralado, se levantaba, sacaba la petaca, liaba un cigarro y concluía: lo más justo son las tablas; has mejorado mucho desde la última vez (será como tramposo, pensaba yo).      

Es conocida la infiltración de analistas espías en el equipo de aspirantes al torneo de candidatos al título mundial. Arturo Pérez Reverte lo narra en su divertida novela El tango de la guardia vieja. En este caso se trata de una joven gran maestra con pretensiones, novia del aspirante, que pasa información a los rusos.

En la final por el título mundial celebrada en Reikiavik (Islandia) en 1972, entre el norteamericano Bobby Fischer y el ruso Boris Spasski, defensor del título, pasó de todo. Para empezar, se celebró en plena Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, con el consiguiente traslado de la tensión política a la deportiva. La URSS extrapolaba su supremacía en el tablero a su hegemonía mundial en un alarde de simbolismo socialista. Parte de los problemas se debieron al carácter conflictivo y ególatra del aspirante. Sus caprichos, desplantes y constantes condiciones descolocaron a Spasski a pesar del séquito de veinte personas que lo asesoraban. Bobby rechazó la habitación de su hotel y exigió trasladarse a un lugar fuera de la ciudad, exigió cambiar la iluminación de la sala de juego y protestó por lo poco espaciosa que era (después se quejaría de que había mucha gente), también por la mala calidad del mobiliario; les recriminó a los organizadores la cercanía del público; reclamó que se prohibiera entrar a menores de 10 años, pidió que se examinara al público y se requisaran las golosinas envueltas en papel de celofán porque hacían ruido al desenvolverse, despotricó por los incómodos relojes de la mesa y el orden de ingreso en la sala de jugadores. Lo que no le impidió llegar siete minutos tarde a la primera partida. A la segunda no se presentó por la presencia de la televisión. Insufrible. Spasski cedió en todo y se comportó como un caballero. Al final perdió el título ante el inmenso talento del gran maestro norteamericano, primus inter pares, posiblemente el más grande entre los grandes, incluido José Raúl Capablanca. Después renunció a defender el título y desapareció en la nada.

El enfrentamiento en 1978 por el título mundial en Baguio (Filipinas) entre Anatoli Karpov, representante oficial del Estado soviético, y Viktor Korchnoi, la antítesis de los valores del partido y el primer gran maestro soviético que desertó en 1976 fue un circo. Primero la guerra de las banderas. Pronto, la delegación de Korchnoi se quejó de un yogur de arándanos que se entregó a Karpov durante la primera partida porque podía contener información en clave. Korchnoi se calaba unas gafas de sol reflectantes mientras le tocaba jugar a su rival. Se analizaron las sillas de ambos contendientes con rayos X. No se daban la mano. El equipo de Karpov fue más allá al incluir un "parapsicólogo", el Dr. Zukhar, presente en la sala de juego para hipnotizar a Korchnoi e interferir en sus decisiones. Korchnoi aceptó “la ayuda” de una secta llamada Ananda Marga que creía en las influencias telepáticas: se presentaron en la sala varios extraños personajes con túnicas de color azafrán y miradas penetrantes. El enfrentamiento concluyó con la ajustada victoria de Anatoly Karpov y fue descrito como "una experiencia surrealista" por el Gran Maestro inglés Michael Stean, primer analista de Korchnoi.

Hace doscientos cincuenta años un autómata llamado El Turco construido por Wolfgang von Kempelen en 1769, era capaz de vencer a adversarios de todos los niveles. La máquina asombró a las capitales de toda Europa y el inventor del ingenio se hizo de rico y famoso.

Tenía la forma de una cabina de madera de 1.20 cm × 60 cm × 90 cm, con un maniquí vestido con túnica y turbante sentado. La cabina tenía puertas que una vez abiertas mostraban un mecanismo de relojería y cuando se hallaba activado era capaz de jugar una partida de ajedrez contra cualquier rival a un alto nivel. En realidad, la cabina era una ilusión óptica bien planteada que permitía a un maestro del ajedrez de baja estatura esconderse en su interior y operar el maniquí gracias a que sus ojos enviaban al maestro del ajedrez las posiciones de las piezas del tablero por medio de espejos.

Fulminó en una célebre partida al mismísimo Napoleón Bonaparte en 24 movimientos con el consiguiente manotazo imperial a las piezas. Pero hubo que esperar hasta 1997 para que la supercomputadora Deep Blue diseñada por IBM para jugar al ajedrez derrotase al entonces campeón del mundo Gary Kaspárov, aunque el jugador ruso planteó ciertas dudas sobre la posible intervención humana en el desarrollo de las partidas para que la máquina jugara mejor de lo que sería capaz de hacerlo por sí sola. Las dudas nunca quedaron resueltas. Kaparov exigió la publicación de los registros de los procesos de Deep Blue. IBM se comprometió a hacerlo, pero nunca los entregó. En el fondo es lo mismo que El Turco.

La capacidad de las máquinas para procesar información, los cálculos a prueba de errores, el almacenaje ilimitado de información en su memoria y la ausencia de emociones hacen que nuestros amigos inhumanos, como dice Leontxo García, sean prácticamente imbatibles. En consecuencia, el fraude en el ajedrez actual consiste es utilizar a los inhumanos como medios infalibles para fines inconfesables. El escándalo estalló hace unos meses cuando Magnus Carlsen, campeón del mundo cinco veces consecutivas y el jugador con mayor ELO de la historia decidió retirarse de la Sinquefield Cup de San Luis tras perder con el americano Hans Niemann y acusarle de hacer trampas durante la partida… sin aportar pruebas concretas. Surgieron entonces las hipótesis más pintorescas; la más sonada es que Niemann llevaba insertadas unas bolas anales vibratorias de fabricación china, indetectables para los controles habituales de los torneos. Su cómplice computarizado le transmitía mediante pulsos las jugadas precisas. Niemann reconoció que cuando tenía doce años había hecho trampas en partidas on line; los expertos del principal portal ajedrecístico, Chess.com, han analizado las partidas de Niemann y han constatado en un informe de 72 páginas que sus movimientos serían en demasiados casos los mismos que haría una computadora. Se afirma que probablemente recibió ayuda ilegal en más de 100 partidas on line hasta 2020. Por otra parte, su irresistible ascensión en poco tiempo (se convirtió en gran maestro a la edad de 17 años) es un caso bastante raro por no decir sospechoso. Por supuesto, el presunto tramposo lo niega todo y sigue ganando partidas en el arranque del Campeonato de Estados Unidos 2022 donde participa junto a otros 13 ajedrecistas. La Federación Internacional de Ajedrez tiene un buen marrón entre manos. Por este caso y porque los tramposos suelen ir por delante de los sistemas de vigilancia y control.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Galicia y Levante

 

Reconozco que formo parte de los urbanitas del interior. Puedo pasar un mes de vacaciones en la costa, pero después necesito volver y sentir con alivio la distancia del mar. Lo contrario que una amiga, malagueña salerosa: no veo el mar desde mi casa, dice, ni voy al atardecer al paseo marítimo, pero sé que está ahí y no podría vivir sin saberlo.

Veraneaba hace un montón años, cuando mis hijos eran pequeños, en las Rías Baixas, en una finca compartida con otro matrimonio, que me alquilaba un paisano de Nigrán. Era propietario de un piso céntrico en Vigo y conducía un mercedes seminuevo. Según decía vagamente, trabajaba de empleado en una empresa de limpieza de cristales… pero en Galicia las cosas son como son y pasa lo que pasa. Lo mejor es no preguntar. Los paseos marítimos están cada vez mejor embaldosados y las farolas nuevas. Su hijo menor, Peio, lector infatigable, estudiaba Derecho en Santiago de Compostela y los fines de semana faenaba la sardina con su tío en un pesquero de bajura. Amaba el mar y se ganaba la vida. También era aficionado a rimar versos que me solía enseñar para pedirme mi opinión, siempre benévola. Todavía conservo algunos que me regaló y que reparto con cariño por el texto.     

¡Mar, abismo, abrigo!

En apegos de un algo me llamas

sin saber ese algo que sea.

Y a tu lado mi alma se inflama

de un no sé, que Dios quiera que sepa. 

Buscado o no buscado, un remedo becqueriano. Este romántico rapaz, que conocía mis discrepancias con el mar, me dio la clave del problema. Una tarde que volvía del pantalán de Bayona de pescar caballas, me lo encontré en la puerta de la Lonja cuando iba a buscar a su novia.

- ¿Cuántas has pescado, me preguntó risueño?

- Una o ninguna le dije, y se sonrió.

Miró con curiosidad dentro de mi menguada nasa (algo de morralla para disfrute del gato) y me dijo antes de emprender la marcha: Tú confundes el mar con la playa llena de gente. Y añadió unos versos que imitaban a Espronceda.

Del mar en las playas

su nombre sagrado

con sordos afanes

las olas murmuran.

El sol ya declina

con fuego rosado

y oscuros celajes

tan solo fulguran. 

Llevaba razón. Los días de sol íbamos a Playa América o a la de Patos; el primer contratiempo era aparcar el coche en un solar polvoriento y el último, al volver, diez minutos de sofoquina en un horno con ruedas. Las playas gallegas tienen algunos inconvenientes. Se puede pasar una semana lloviendo a modo o soplar durante días una nortada gélida o entrar una niebla que te cala hasta los huesos y no ves a cinco metros; hay que usar sandalias fanequeras si no quieres acabar rabiando en el puesto de la playa con el pie rebozado en pomada; también puedes disfrutar de un día perfecto con bandera azul, pero el agua está a diecinueve grados o menos. Me compré un termómetro de agua en una tienda playera, una mini boya curiosa, y las medidas eran de bañador de neopreno. Los niños huyen en cuanto tientan el agua. Después se esfuman con sus amigos en busca de aventuras piratas y cuando vuelven hay que hacer el recuento. ¿Dónde se habrá metido Edu? Se oye el altavoz: se ruega a los padres del niño… El resto es perfecto: la comida y la bebida, la dormida, la brisa de la noche, las rías, el paisaje agreste y verde todo el año, la gente tan especial, las tradiciones celtas, las meigas y los conjuros con aguardiente. Las bodas que duran tres días: percebes, nécoras, camarones, almejas, navajas, vieiras, langostas, erizos y las incomparables centollas salvajes. Sin olvidar el pulpo y los mejillones. No soy demasiado marisquero. En cualquier caso, mi plato favorito son las caldeiradas de rape, merluza y mero.

Algunas malas lenguas dicen que en Galicia todo es bueno menos la temperatura del agua, al revés que en la costa de Levante. Que allí, excepto los arroces, la comida no es gran cosa. Dicho así, de modo faltón, no es cierto. La gran diferencia es el turismo masivo, extranjero, ávido de secarse al sol: chiringuitos saturados, precios disparados y cartas de media página con pollo, sepia y gambas congeladas como estrellas del menú; de postre, helados industriales.

Si con baja mar encallo

en playas de mucho abrigo,

me vuelvo tarumba, amigo,

en menos que canta un gallo. 

Dos excepciones: el zumo de naranjas recién cortadas y la horchata de chufa comprada en la fábrica. O la exquisita gamba roja de Denia. Por supuesto, hay restaurantes de alta cocina… pero hay que pagarlos. También es radicalmente distinto el entorno urbanístico mediterráneo del que tanto y tan mal se ha hablado y del que nada tengo que añadir excepto que le debemos gran parte del PIB. En las playas más concurridas había, al menos hasta ahora, la pícara costumbre de dejar toda la noche las sombrillas y toallas en primera línea de playa para ocupar por la mañana los mejores sitios. Temprano, algún corredor solitario estrena la arena rastrillada y alisada por las máquinas. A lo lejos, un abuelo madrugador se pasea con su perro suelto. Después del desayuno empieza la gente a llegar. Las doce en el reloj. No hay mayor sensación de soledad que estar debajo de una sombrilla en una playa abarrotada. A intervalos regulares te cueces al sol y tienes que ir al agua con chanclas si no quieres abrasarte los pies. Primero hay que sortear a los que van y vienen a paso ligero por la orilla. Después procurar que una pelota de los palistas no se incruste en tu cabeza. Cuando por fin consigues meterte en el agua, tras salvar el escalón, una legión de bañistas, padres, hijos, abuelos y nietos se divierten con toda suerte de canoas hinchables, escafandras de plástico, cocodrilos flotantes y neumáticos de tractor. Como el agua está a treinta grados, los vecinos de las urbanizaciones hacen corro y tertulia. La única salvación es nadar mar adentro. En cualquier caso, lo que más me asombra es la gente que se lleva la comida a la playa con nevera y tarteras. También los negros cargados de alfombras, relojes y pareos que te acosan si los miras.

En una tienda, señores,

de Doña Esperanza Martos

encontré por cuatro cuartos

mil géneros superiores.

Allí adquirí el tratado

de vivir sin trabajar

y el método de pasar

por personaje encumbrado. 

Lo mejor: el baño a última hora de la tarde, en esa hora mágica que no es día ni noche, cuando la playa se vacía y se encienden las primeras luces de la costa.

Al vago resplandor del viejo día

arenosas las playas en lugar desierto,

sonoro y apacible el mar batía

formando un mágico concierto